lunes, 7 de noviembre de 2016

Hans Ertl: Paititi

Idioma original: alemán
Título original: Paititi
Traducción: Juan Godo Costa
Año de publicación: 1.963
Valoración: Se deja leer


Es posible que últimamente me haya venido excediendo algo con introducciones sobre los autores de los libros reseñados. No es por justificarme pero a veces, por circunstancias muy diversas, tiene más interés el autor que su obra. Así que voy a incurrir una vez más en el desajuste, porque en esta ocasión la desproporción resulta bastante evidente.

Hans Ertl fue fotógrafo oficial del mariscal Rommel, y fue también el cámara que filmó, a las órdenes de Leni Riefensthal, el famoso documental sobre las Olimpiadas de Berlín de 1.936. Era el típico personaje hiperactivo, que aparte de la fotografía y el cine, era alpinista, explorador y aventurero allá donde se presentase la oportunidad. Así, participó en expediciones lo mismo al Nanga Parbat que por Groenlandia o la Tierra del Fuego, aunque su destino favorito fue la zona central de Sudamérica, donde los Andes se encuentran con la cuenca del Amazonas. Tiempo después, Hans se afincó precisamente en Bolivia huyendo de las represalias tras la guerra –aunque él siempre negó haber sido nazi-, manteniendo relaciones no muy claras tanto con el famoso criminal nazi Klaus Barbie como con el dictador boliviano Hugo Bánzer. Aún vive allí una de sus hijas, mientras otra de ellas -la de la foto- llegó a ser importante activista de un grupo guerrillero izquierdista (y de hecho, liquidó personalmente al asesino del Che). Vamos, una vida de película la de toda la familia Ertl.

Precisamente el libro cuenta la expedición que, encabezada por Hans, partió en 1.954 en busca de la legendaria ciudad inca de Paititi, con el objetivo de rodar un documental. Para entendernos, todo el mundo conoce la leyenda de Eldorado: los conquistadores españoles encontraron grandes cantidades de metales preciosos en América y se multiplicaron las leyendas y rumores sobre fabulosas ciudades perdidas construidas en oro, y cosas por el estilo. Eldorado se llamó genéricamente a cualquiera de esas ciudades legendarias, una de las cuales era Paititi, cuya ubicación no terminó de estar clara. Para allá se fue Ertl, siguiendo los pasos de otra expedición fracasada, y acompañado por cierto por dos de sus hijas, entonces adolescentes.

Desde el principio nos parece el documentalista alemán un sujeto más bien hosco, que de ocasiones anteriores parece arrastrar algunos desencuentros con sus colaboradores. Es también sin duda un tipo resuelto, amante de la aventura en sí misma, de la que disfruta al margen del objetivo concreto que se persiga. Es decir, Ertl va en busca de Paititi porque se supone que está por allí, hay una selva que atravesar, riesgos que asumir,  y seguramente imágenes que llevar a Europa. Y esa actitud se reflejará directamente en el libro.

La narración no oculta muchas sorpresas. Parte la expedición con su equipo y van avanzando hacia zonas remotas, con paradas en aldeas cada vez más minúsculas donde son recibidos con hospitalidad. A veces son antiguos caminos trazados por los incas, otras veces senderos vertiginosos o ríos que hay que cruzar mediante ingenios mecánicos, y en la fase más avanzada, la selva en toda su crudeza, donde hay que abrirse paso a machetazos. Ertl admira las maravillas de la naturaleza, tiene sus diferencias con los peones locales que le acompañan, y se emociona cuando empieza a descubrir muros y escaleras de épocas remotas. Tanto da que sea o no la Paititi de la que hablaron los historiadores. Nuestro explorador no ha venido a buscar oro y quizás ni siquiera fama, sino a vivir una experiencia excitante. Y así, el momento más emocionante lo constituye el hallazgo de un pequeño cascabel de bronce: después de desenterrarlo, lo pone bajo un chorro de agua para lavarlo, y en ese momento emite un pequeño tintineo. Hans queda sobrecogido ante el primer sonido que el pequeño objeto emite tal vez desde hace siglos.

La principal singularidad de este libro es, como digo, el carácter aventurero de su autor. Ertl no es historiador, ni arqueólogo, ni naturalista, de manera que no tenemos prácticamente ningún dato científico acerca de lo que se narra. Es la mirada de un aficionado que seguramente ni tan siquiera se planteó escribir un libro, alguien a quien atrae descubrir cosas o avanzar por donde nadie lo había hecho, y que cuenta lo que ve con la mirada ingenua pero también limpia del profano, alguien que se emociona con las cosas sin conocer su trascendencia.

Si ese particular punto de vista nos convence, el libro puede resultar gratificante. En caso contrario, tampoco ocurrirá nada si prescindimos de él.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Alicia Kopf: Germà de gel / Hermano de hielo

Idioma original: catalán (autotraducido al español)
Título original: Germà de gel
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

Muy cabreado: con tanto escritor atolondrado que entiende que reverenciar a Proust consiste en escribir cuarenta y ocho páginas sobre reventarse una espinilla frente a un espejo a las once y media de la noche. O con esos que aturden con referencias constantes sacando pecho no solo de leer o escuchar, sino de asimilar y comprender a los iconos de la cultura actual. Cabreado porque no haya más que sean capaces de hacer algo sencillo como Alicia Kopf en esta novela, o crónica, o diario, o lo que sea.
Con lo de sencillo, por cierto, estoy siendo algo irónico. Porque hay mucho escritor que parte de planteamientos más ostentosos y más ambiciosos al ponerse a escribir. Quizás no haya que complicarse tanto la vida.


Germà de Gel tiene tres partes: las primeras dos se cruzan y hasta se interfieren o se enturbian, pero resulta curioso cómo siempre el encaje de una en la otra es cómodo y casi esperado. Por una parte el relato de K, narradora, bildungsroman sobre sus relaciones familiares. Con unos padres que se separan, con un hermano, M, autista, ese hermano de hielo que aporta el título y, en muchos momentos, la referencia más clara de M. Pero este no es un libro sobre trastornos: importante saber que Kopf diluye bien rápido cualquier sensación de que éste sea un libro para organizar una telemaratón. La presencia del hermano y su condición no protagoniza esta novela. Flota en el ambiente y le da un empujón a su sentido, pero este no es para nada un libro en el que se retoza en ello (dejemos eso para, erm, Albert Espinosa). 

Por la otra parte, una serie de artículos ambientados en las expediciones a los casquetes polares: Scott, Amundsen, Shackleton, los tipos de nieve, las condiciones de la vida extrema, la locura intrínseca de esos viajes. Explicado todo ello con una pasión gélida, como enumerando pros y contras y compensaciones a pagar. Y esa evocación del aventurero frente a la extensión blanca toma cuerpo y nos fascina. No vemos una parte sin la otra. 

La vida de K, sus experiencias de joven a la búsqueda de su futuro, justo terminando sus estudios de Bellas Artes, lamentándose de que muchos de sus compañeros de estudios acabarán sirviendo copas o de vigilantes en la sala de un museo, o quejándose de que tenga que crear obras que solo podrá adquirir la clase alta, a la par que su vida transcurre entre pisos de estudiantes, viajes al extranjero, precariedad real y no impostada y una cierta actitud contemplativa: nuevas parejas de los padres, amoríos pasajeros, incerteza vital. Y ese terreno, el de la denuncia social y el de qué mal lo tenemos los jóvenes y qué jodido está todo, también consigue evitarlo.

La tercera parte integra los dos escenarios. La fascinación la lleva a viajar a Islandia, y esa crónica es a la vez alejamiento y descompresión. Quizás el punto más débil del libro, pues aquí ya comprendemos que la narración va a ser única y lineal. El lector echará de menos esos fascinantes vaivenes, pero todo acaba cuadrando.

Kopf ha escrito una novela diferente y nada arquetípica. Que resiste relectura y hasta con un curioso espíritu consultivo. Mientras algunos compañeros de edad (que no de generación, la autora parece un elemento discordante) prefieren emperrarse en epatar con estilos y referencias, Kopf ha arriesgado. Cosa que por mi parte, de momento, voy a celebrar.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Banana Yoshimoto: Kitchen

Idioma original: japonés
Título original: キッチン
Traductores: Junichi Mattsuura y Lourdes Porta
Año de publicación: 1988
Valoración: se deja leer

Japón es un país extraño: uno lee las novelas de Murakami (sí, el Leonardo di Caprio de la literatura), o esta de Banana Yoshimoto, y se hace a la idea de que el Japón actual está lleno de huérfanos, viudos, hombres y mujeres solitarios y misteriosos, fantasmas y apariciones. (Cuando uno lee a Mishima o a Kawabata, o incluso a Ishiguro cuando vuelve a sus raíces, tiene la impresión de estar leyendo sobre un país distinto, más antiguo, más maduro, más intenso). Los tres relatos que componen Kitchen son un ejemplo de ese primer Japón, y la verdad, no es el Japón que me parece más interesante.

Los dos primeros relatos de los tres que componen el libro, "Kitchen" y "Luna llena", están ligados entre sí: tienen como narradora y protagonista a Mikage Sakurai, una chica huérfana que cuando muere su abuela decide trasladarse a la cocina, su habitación favorita. De ahí es rescatada por Yuichi, un simpático joven que conocía a su abuela, y por su madre (que en realidad es su padre, pero cambio de sexo cuando murió su mujer), Eriko. Los dos relatos cuentan la relación entre este triángulo de personajes, y después de la muerte violenta de Eriko, entre los dos huérfanos, que se quieren como amigos y a lo mejor como algo más.

El tercer relato, "Moonlight shadow", tiene como protagonista a Satsuki, una chica (otra diferente, aunque casi intercambiable con Mikage) que ha perdido a su novio en un accidente de coche. Para superar su dolor se hace amiga del hermano del muerto, Hiragi, que también perdió a su novia en el mismo accidente (oh, casualidad). Y a ellos se une Urara, una misteriosa mujer que no solo puede adivinar números de teléfono sino que también sabe el secreto para comunicarse con los muertos.

A la obra no le faltan méritos que pueden explicar que haya sido tan bien acogida: está escrita con un estilo propositadamente impresionista, que mezcla tiempos, sensaciones, pensamientos y diálogos de una forma ágil y entretenida. A pesar de su temática melodramática (¡tanta gente muerta en tan pocas páginas!) no cae demasiado en la cursilería, lo que es de agradecer. El problema es que tampoco cae en mucho más: los personajes son arquetipos bastante planos, que actúan de una forma que quiere ser misteriosa pero que resulta inconsecuente, y los posibles temas de la obra, como la gestión del dolor y del luto, no se exploran más allá de la mera enunciación.

Sé que si no existiera Murakami, Kitchen me habría gustado más. Si no hubiera leído Tokyo Blues (publicado, por cierto, solo un año antes que Kitchen), creo que esta novela me habría parecido más original y sorprendente. El problema es que no solo he leído Tokyo Blues, sino también After Dark y Sputnik, mi amor y... Y ya estoy bastante saturado de chicos y chicas japoneses solitarios y tristes, muy tristes, que deambulan de un sitio para otro comiendo udon, mirando a la luna y sintiéndose únicos.

También es verdad que esta es una novela de juventud, como la propia autora dice en el epílogo: solo tenía 22 años cuando se publicó. Quizás tenga otras obras posteriores donde los personajes sean más redondos y los temas se elaboren un poco más. Es posible que le dé otra oportunidad en el futuro.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Armen Melikian: Viaje a Virgenia

Idioma original: inglés
Título original: Journey to Virginland: Epistle I
Año de publicación: 2011
Traducción: Elia Maqueda López
Valoración: está bien

Como ya sabrán nuestros irreductibles y encantadores seguidores, en este blog nos hemos dedicado últimamente al escurridizo tema de los llamados "libros de culto". A pesar del estupendo prólogo  que a tal respecto nos ofreció el compañero Francesc, puede que a algún lector le haya quedado el prurito  de saber identificar uno de estos libros "de culto" e incluso adelantarse a su categorización como tal, para convertirse en el primer -y quizás único- fiel de ese culto tan peculiar que mereces algunos de estos objetos fabricados con celulosa, tinta y cartoné, en la mayoría de los casos, cuando no compuesto de bits o bytes o lo que sea... Pues bien, la novela de la que hablamos hoy reúne varias de las características requeridas para ser considerada como de culto... tal vez en un futuro, claro (después de todo, el libro se publicó hace sólo cinco años). Se trata de una obra excéntrica donde las haya, escrita por un autor poco conocido fuera de, supongo, ciertos círculos literarios estadounidenses. Y eso que en ha ganado un buen puñado de premios con ella, lo que en España le convertiría de inmediato -al menos por un rato- en aspirante a masterchef de las letras hispanas, futuro candidato a disputarse un sillón de la Real Academia de la Lengua y a zurrarse con Pérez-Reverte a la puerta de tan venerable institución.

En fin, sigamos: ¿por qué es esta una novela tan excéntrica, por no decir raruna? Pues ustedes dirán: En Viaje a Virgenia se nos narra, en primera persona, las vicisitudes de Can -viene de Dog, no de lata de refresco-, habitante de un lugar llamado Virgenia -Virginland-, que parece ser una región del Paraíso, país que queda más o menos en el Caúcaso (y que correspondería, se supone, con la real Armenia, el origen familiar, aunque él sea norteamericano, de Melikian). Las vicisitudes en cuestión se centran en sus dificultades con respecto a las vidriosas costumbres, y a las agobiantes peculiaridades políticas y religiosas imperantes en Virgenia. Y sobre todo, a la escasa predisposición amatoria -por decirlo de algún modo- de las lugareñas (lástima para él no haber sido vasco; en Euskadi al menos hubiera comido bien). Porque Can en realidad es de familia virgenia o paradisoica  pero nacido en Adonis -¿Líbano?- y ha vivido en el Infierno o Satania -EEUU- concretamente en Pornostán -o sea, california- por lo que su mentalidad y sus costumbres son harto diferentes. Así, la estancia en la tierra de origen de sus ancestros adquiere casi el rango de crónica satírica de viajes, al estilo (salvando las distancias) de  Los viajes de Gulliver, por citar el ejemplo más conocido... Se trata. por tanto , de una distopía, aunque la geografía del mundo que retrata Melikian sea similar a la real; básicamente está dividido en dos parte: África por un lado y Oniria... todo lo demás. Por lo demás, lo que ha hecho el autor es cambiar lo nombres de los píses y ciudades de forma más o menos chistosa: Alalia sería Arabia; Pashalia -enemiga ancestral de los paradisoicos-, Turquía. Leninstán o Natashalia, Rusia, claro. Alpacinolia (mi favorita) sería Italia y, bueno, no creo que haga falta explicar dónde estarían Napoleonia, Shakespearia o Faraonia...

Pero estos divertimentos geográficos son algo secundario; la miga de la novela se la llevan las disertaciones de can sobre las relaciones humanas en general y las referentes a hombres y mujeres en particular (bastante peliagudas en todas partes, más aún en Virgenia, según parece). Y, sobre todo, buena parte del libro se dedica a dilucidar las intricadas creencias religiosas dominantes en Oniria, un asunto en el que, por lo visto, de igual manera que en el mundo real, lo más prudente parece seguir la corriente dominante en cada sitio, si no se quiere ser lapidado, real o metafóricamente (en caso de convivencia de varias comunidades religiosas, hay que estar doblemente atento). Así, nos encontramos un confuso panteón formado por Diosoh -o Yehubaba- y su hermano Diosonón -también conocido por Ononón...creo-, Yehu o Yaveh o Yah  -nombre inverso de Hay o Hayk dios del tiempo, fundador del Paraíso-, adorado por los judoicos o yinyinistas (tampoco estoy muy seguro de que sean los mismos); Yuju MacYehu, sucesor del faraonio señor Mosmos, con sus doce apóstoles, que a su vez remiten a las doce tribus maimónidas..., el señor Alamalá de Penesalén, el profeta Máimono, hijo de Sha -y sha Abu Ayatolá... Amén de  religiones como la de los pedristas o la Iglesia Paradisoica, seguidora del Antiguo Testículo y del Libro de las Revelaciones, a los que debe renunciar, según el Can Negro -némesis de nuestro Can-, puesto que contradicen el espíritu de los dogmas de Yuju... En fin, todo un lío, intencionado para desnudar la absurdidad de ciertos dogmas y creencias, convenientemenete rebozado con consideraciones políticas, históricas y hasta lingüísticas (por ejemplo, sobre el lenguaje "nostrático", pre-indoeuropeo). El maremágnum resultante convierten la lectura de esta novela en delirantemenete divertida, siempre que no se intente seguir o entender al detalle todos los elementos que aparecen.

Al cabo, una novela que podemos situar entre el Gulliver y la Guía del autoestopista galáctico, entre le Antiguo Testamento y.... pongan aquí el nombre de su escritor armenio favorito (si conocen alguno, porque yo, he de admitir que ni idea). Si el tiempo lo convierte en uno de esos "libros de culto", cuando menos en el género humorístico y/o religioso (a veces coinciden los conceptos), eso ya se verá. 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Pierre Lemaitre: Tres días y una vida

Idioma original: francés
Título original: Trois jours et une vie
Año de publicación: 2016
Traducción: José Antonio Soriano
Valoración: bastante recomendable

De algo más de un año a esta parte, Pierre Lemaitre parece estar por todos lados. La repercusión del Goncourt, y una curiosa competencia entre Alfaguara y Salamandra, que han puesto en las tiendas como media docena de novelas, de las cuales ésta es la más reciente, también la primera concebida por un autor ya consciente, por el premio, de estar generando ciertas expectativas, cosa que debe tenerlo bastante alucinado: leo por ahí que, habiendo publicado por primera vez pasada la cincuentena, Lemaitre vive ahora el sueño de vivir de la literatura. Aunque mis dudas se mantienen: la velocidad a la que se devoran sus novelas me desconcierta, y la facilidad con la que este hombre es capaz de organizar historias que le tienen a uno en vilo, realmente sorprendente, más cuando parece intentar tratar bien al lector y, sin grandes artificios, su prosa es directa y asequible pero de un cierto nivel.
Y Tres días y una vida es un nuevo ejemplo y no puedo llamarle de otra manera que otro acierto, pues no he soltado el libro hasta que en apenas dos días me he zampado sus doscientas y pico páginas. Así de vertiginosa es esta historia de la cual es muy difícil organizar una sinopsis sin incurrir en riesgos de adelantar cuestiones importantes para un mejor disfrute (contundentemente cierto: se disfruta leyendo este libro). Antoine Courtin, doce años, vive junto a su madre en un pequeño pueblo francés rodeado de bosques. Su padre vive en Alemania y cumple con sus obligaciones de padre divorciado en la distancia: pagar pensión y enviar regalos en fechas señaladas. Una vida plácida en un pequeño entorno donde cualquier insignificante suceso tiene una gran repercusión. Cómo no va a tenerla que Rémi, seis años, desaparezca cerca de la   Navidad de 1999. 
Lemaitre organiza la novela en torno a tres momentos: 1999, 2012 y 2015. Insisto: mejor no dar pistas de qué y quién. En esta novela, que tan pronto puede reducirse a un correcto misterio cifrado con sencillez como desplegarse a una indagación sobre la inocencia, la culpa y los canales del arrepentimiento, pueden hallarse indicios de las miserias rurales de Faulkner o Robertson Davies, como ciertos trucos visuales propios de la cultura actual. Me ha recordado cierta película de Woody Allen. 
Y un valor nada desestimable de los libros de Lemaitre: venía de alguna lectura compleja y exigente y sentía un "bloqueo" lector. Elegir esta novela, consciente de que es a la vez interesante y asequible, ha sido un acierto.


También de Lemaitre en ULAD: Irène, Vestido de novia, Nos vemos allá arriba

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Colaboración: Bob Dylan. Canciones

Idioma original: Español (el libro). Inglés (las canciones)
Título original: Bob Dylan. Canciones.
Año de publicación: 2005
Valoración: (sin entrar en la selección) Está bien.

Homero fue un bardo callejero. Las obras de Shakespeare no fueron escritas para ser leídas sino para ser escuchadas. La poesía más famosa en lengua inglesa es una canción (la canta Ava Gardner en "Mogambo" y es el leitmotiv de "El guardián entre el centeno"). Lo que ha hecho la Academia Sueca ha sido recordarlo, nada más.

Pero la música se perdió y quedó el verso. ¿Por qué nadie ha visto bajo esta perspectiva el nobel a Bob Dylan? La reacción más común ha sido de elogio al premiado y de fastidio por la extravagancia sueca. ¿Y si le diéramos la vuelta a este impulso? Aceptemos que un cantautor puede ser un poeta de altura y, llegados a este punto, leamos a Dylan. Sin música.

Y entonces surge el primer problema grave al que nos enfrentamos: aunque los españoles no lo necesitamos porque el inglés es un idioma que dominamos desde la cuna, apenas existen ediciones de canciones de Dylan con traducciones de especialistas. Por supuesto hay un sinfín de libritos y cuadernos con letras del cantante, pero no queremos eso, no queremos la traducción apresurada del periodista que informa de la concesión del premio, ni la de los discos. Puesto que un poema primero debe ser estudiado, luego interpretado y finalmente traducido.

Leamos a Dylan, pues. No conozco lo suficiente su obra para saber si las canciones recogidas en este volumen son significativas o no. Yo diría que, por lo visto aquí, hay varios Dylan: como mínimo, está el intimista Si los perros corren libres, El sueño de Bob Dylan, Dama mirada triste de las tierras bajas), el profeta del cambio social (Señores de la guerra, Los tiempos están cambiando), el apocalíptico alucinado (Una fuerte lluvia va a caer, Día de langostas). Mi impresión es que mientras el más popular es el segundo, el que más llama la atención de la comunidad literaria -sueca o no- y cimenta realmente su prestigio como poeta, es el último, aunque los tres se mezclan en la mayor parte de las canciones. San Juan, la cábala, Rimbaud, William Burroughs, Ginsberg, y por supuesto Dylan Thomas..., se trata de una poesía conceptualmente densa como el alquitrán, grandilocuente, llena de imágenes chocantes y, por qué no, perturbadoras, que a veces busca abrumar mediante la acumulación y otras encuentra lo extravagante de la sencillez:

de vuelta aquí, un Mercury/convertible modelo sesenta y tres/se estrella contra una chica/y diez pájaros/acaban de cruzar/la frontera de Colorado.

Tengo que decir que prefiero el Dylan más lineal aunque no necesariamente más cercano, el "storyteller" de Chica negra, por ejemplo:

tú hablas de orden/ella empeñaría/el mundo/por un dólar veinticinco

El escritor venezolano Gabriel Jiménez Emán es el traductor y compilador de este libro. Es espinoso pronunciarse sobre el trabajo de un profesional cuando uno no conoce la obra original, si bien he de decir que mi opinión -basada sólo en la extrañeza que me causan determinados giros y expresiones leídas en español- es que se decanta demasiado por la traslación literal del verso de Dylan. Obviamente, es mucho más fácil escuchar sus canciones que leerlas. Uno tropieza constantemente con adverbios y epítetos, porque paradójicamente, su poesía traducida no resulta nada musical. Lean y juzguen:

Hey, Mr Tambourine Man, play a song for me/In the jingle jangle morning i´ll come following you

O lo que es lo mismo (Gabriel Jiménez Emán mediante):

Eh, Señor Panderetero, toca una canción para mí/En la mañana del cencerro y cascabel te seguiré

No creo que nadie pueda leer esto sin olvidar la música. Quizás eso demuestra que Dylan es un poeta aún pendiente de traducir correctamente al español o quizás que no hay traducción mínimamente aceptable de la poesía, de cualquier poesía. En fin, puedo estar equivocado, pero si un poema no traspasa la frontera de su idioma y hace olvidar su soporte sonoro (Homero lo hizo, Shakespeare lo hizo) ¿puede decirse que su lenguaje es universal?

Talibán

martes, 1 de noviembre de 2016

Colaboración: Cortejo de sombras de Julián Ríos

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: recomendable (para coleccionistas)

En estos últimos años se está dando la tendencia a editar todo lo escrito por según que determinado autor. No sé si es el propio escritor o su editor el que manifiesta este afán de publicación. Es cierto que en algunas ocasiones puede ser interesante conocer determinados textos que hasta ahora habían sido ignorados, que nos pueden dar una visión más amplia de la obra de un autor, por sus diferentes usos de la lengua, por sus variadas opiniones o por su evolución en el transcurrir de la vida. En otros momentos parece ser más un deseo desmedido de querer sacar rentabilidad de un nombre, lo cual puede ser lícito económicamente hablando, pero tiene poco que ver con la calidad al hacer las cosas.

Cuarenta años después de escribir este su primer trabajo literario, Julián Ríos se decidió a publicarlo en el 2008. Realizado entre 1966 y 1968, como nos recuerda en "Tamoga revisitada", el texto que prologa la edición, está escrito bajo el Franquismo, y ya titubeó entonces entre publicarlo o no. Sin embargo, la presión de la censura quizá no fue tan importante para su larga demora como el hecho de que, por aquellas fechas, estaba ya embarcado en la serie de Larva (Babel de una noche de san Juan, Poundemonium, Monstruario, La vida sexual de las palabras), sin duda uno de los proyectos narrativos más formidables en la historia de la lengua española. El objetivo de Larva está determinado por una dimensión donde las palabras desempeñan un papel más amplio que el de solo el significado, creando imágenes de sonido y sentido vivos que discurren parejos a la línea argumental, es una experimentación total del lenguaje para extraer todo el juego literario posible a los textos. Por el contrario Cortejo… es una primera obra de juventud/formación con un carácter narrativo clásico, donde la precisión del lenguaje es tan simple como perfecta.

"Novela de Tamoga" es el subtítulo que tiene esta obra organizada en nueve capítulos. Por un lado estos capítulos se pueden leer como relatos independientes, son historias perfectamente cerradas, con una unidad muy sólida de relato corto en cada uno de ellos; algunos fueron premiados independientemente antes de la definitiva instalación del escritor en Londres. Ríos por su parte prefiere plantearlos como piezas de una novela, hay una unidad estilística y compositiva además de una relación argumental entre algunos de ellos, un conjunto de novela coral sobre un pueblo y un tiempo imaginarios pero determinados. Aun así, a mi entender, tienen más fuerza como relatos independientes que como una novela unitaria, pues a la obra le falta una cierta cohesión para que todas las historias tejan un acaecer común que dé una unidad al conjunto.

Lo principal de estos relatos, o novela, es la exactitud del lenguaje; sobre todo la descripción de personajes, centro de cada texto, y en menor medida de los espacios que los arropan. Un lenguaje justo, hábilmente manipulado para crear un cierto desorden que dé lugar a una interpretación abierta de los relatos. Pero en todo caso la calidad del lenguaje casi pasa desapercibida a pesar de su precisión de mecanismo lingüístico por su aparente sencillez, lo que le da una gran claridad. A pesar de la perfección literaria de las historias, publicadas ahora, y tal vez debido a que conocemos los lenguajes posteriores de Ríos, el libro nos parece muy lejano. Estos cuarenta años de intervalo han hecho que algunas relatos no se correspondan ya con la mentalidad del público del siglo XXI. Es una obra que de haberse publicado en su momento sin duda gozaría de un merecido prestigio, pero que ahora es un poco anacrónica. Es un texto para coleccionistas, es decir para aquellos que leen todo de un escritor, por quererlo conocer profundamente o por puro afán de coleccionismo.

Firmado: Jordi Corominas