miércoles, 26 de julio de 2023

Bertolt Brecht: La ópera de cuatro cuartos

Idioma original: alemán

Título original: Die Dreigroschenoper

Año de publicación: 1928

Valoración: Se deja leer


Tengo que reconocer algo, una cosa que me avergüenza un poco, pero no voy a ocultar: no me gusta demasiado el teatro de Bertolt Brecht. No he leído sus poemas más allá de alguno suelto, tampoco la famosa Madre Coraje, reconozco claro está su compromiso político-social, asumo su aportación a las artes dramáticas, su capacidad para romper moldes e innovar en la relación con el público, alterar las formas de conectar con el espectador y provocar su reacción. No recuerdo si he llegado a ver representada alguna de sus obras, seguramente sí, pero en las varias que he leído esa famosa técnica del distanciamiento no ha conseguido más que justamente eso, distanciarme. Sé que Brecht rehúye utilizar la subjetividad, el elemento emotivo, para llegar al espectador, buscando precisamente que no se involucre en la trama para moverle a pensar y captar el mensaje de forma racional. Pero a la hora de leer o asistir a la representación, personalmente me quedo en esa distancia, y ni disfruto ni me empapo del todo, al menos como a mí me gustaría, del subtexto que fluye por la obra.

Lo intento una vez más con La ópera de cuatro cuartos, que es en realidad un libreto para la música de su amigo Kurt Weill, con lo que es muy probable que luzca más en el formato para el que fue concebida, y no en la fría lectura en un sofá. Por lo visto la obra tuvo un éxito resonante hasta que los nazis la prohibieron, y ostenta múltiples traducciones y representaciones de todo tipo. 

La cosa tiene un tono de ópera bufa tras la que se oculta, a veces más y a veces menos, el esperable trasfondo de crítica social. Los antagonistas son el maleante Mackie Messer (Mackie Navaja, nombre que parece haber triunfado a lo largo de las décadas), ladrón clásico y sin escrúpulos, putero de vocación y con buenos contactos en la Policía; y un tal Peachum, una especie de proxeneta de mendigos, a los que recluta para formar toda una gran empresa, en realidad un monopolio mafioso de la mendicidad, léase esclavitud. Algunos enredos sentimentales/sexuales de Mackie acabarán enfrentando a los dos tipos, en lo que se adivina una manifestación metafórica de la lucha de clases.

Ya lo vemos, el ‘empresario’ respetable frente al delincuente común, seguramente de origen humilde. Pero no solo eso. Tenemos un ejemplo nítido de corrupción policial, con raíces en la vida militar, otra derivación con tintes críticos. O muestras de manipulación de la opinión pública, y de paso, de la volubilidad de esa misma opinión pública, encantada con la fiesta de coronación de la reina, o rey, no sé, algo que será decisivo para el desenlace. De paso, una curiosa dualidad entre los amores profesados por la hija del burgués, que no duda en pasarse al ‘otro lado’ para demostrar sus sentimientos, y la prostituta a la que le falta tiempo para traicionar a su amado.

Todo esto, que parece tan didáctico, se presenta sin embargo tan sumergido en la caricatura, tan envuelto en el tono general de sainete, que el mensaje queda en mi opinión arrinconado, diluido entre risas y sorpresas, poco menos que reducido a algo inofensivo. Aunque creo que Brecht lo utilizó en alguna ocasión más, puede que el formato operístico no sea el más adecuado, o que simplemente esa técnica del distanciamiento que el autor propone con tanta frecuencia no funcione bien con mis esquemas mentales. Ha habido otros muchos autores que se han servido del humor para lanzar críticas corrosivas y en mi opinión el resultado ha sido mucho más eficaz. O es posible que simplemente ciertos recursos generen conexiones con unos espectadores y no con otros. Se puede probar, pero por mi parte me temo que, una vez más, voy ser de los escépticos.

P.S: El título de la obra y sus traducciones genera una muy curiosa diversidad. El original, como se ve arriba, habla de tres groschen, que debían ser monedas sin apenas valor, que es el sentido que hay que dar a la expresión. En castellano la traducción más usada es la de cuatro cuartos, pero en francés se ha titulado como cuatro sous, o en inglés tres peniques, todo con la misma intención de subrayar su carácter aparentemente liviano o de opereta.

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