martes, 3 de septiembre de 2013

Colaboración: La costa de los mosquitos, de Paul Theroux

Idioma original: inglés.
Título original: The Mosquito Coast.
Año de publicación: 1981.
Valoración: muy recomendable.

Si uno Googlea La Costa de los Mosquitos (1981), la mayoría de los resultados harán referencia a la poco exitosa adaptación cinematográfica de Peter Weir (1986). Sin embargo, la novela homónima en la cual se basó, de Paul Theroux, no merece este trato. Igualmente, aunque la faceta más conocida de Theroux es la de escritor de viajes, nos encontramos ante un texto de ficción sobresaliente.

El protagonista de la novela es Allie Fox, un inventor y padre de una familia de clase media-baja del Massachusetts de los años setenta. No obstante, el narrador es su hijo mayor, Charlie Fox, de trece años, quien, como el lector, mantiene una relación de amor-odio con Padre (así lo llaman todos). Pese a que tarda un poco en arrancar, nos encontramos frente a una novela de aventuras de la estirpe del Robinson Crusoe de Daniel Defoe: Allie, o Padre, asqueado de la American way of life, decide trasladar a toda su familia —cuatro hijos y su mujer— a la Costa de los Mosquitos, Honduras, en busca de un lugar donde aislarse de la sociedad de consumo que tanto odia y así vivir como desea. Por tanto, La Costa de los Mosquitos también es deudora del Robinson suizo de Jonathan David Wyss —la primera robinsonada en familia— y del Walden de Henry David Thoreau.

Un acertado comentario de la solapa de la edición reseñada resalta el parentesco de Padre con el Hamlet de Shakespeare: ambos son protagonistas absolutos de sus obras y desbordan personalidad y carisma, pero Hamlet es un indeciso mientras que Padre tiene las cosas muy claras; los dos son, en cierto sentido, unos revolucionarios con un carácter tan complejo que les causará la perdición. Padre es un patriota que detesta y abandona el statu quo en que le ha tocado vivir: los Estados Unidos cristianos del progreso desbocado. De ellos dice:
“Comemos sin hambre, bebemos sin sed, compramos sin necesidad y tiramos toda suerte de cosas útiles. No vendas a nadie lo que quiere, véndele lo que no quiere. Haz como si tuviera ocho pies y dos estómagos, y dinero para tirar. Eso no es ilógico, es maligno”.
Contra el capitalismo salvaje, Padre receta vivir con lo puesto, sostenibilidad y ecologismo; contra la religión, una buena dosis de cientificismo ateo; contra la ociosidad y el aburrimiento, el trabajo constante. Pero junto a esta vertiente tan hippy, Padre es un megalómano self-made man, una hipérbole del Crusoe clásico con un carácter ambivalente: ingenioso, valiente, trabajador e idealista, pero secretamente egoísta, mentiroso, explotador y comodón. Los mejores momentos de la novela son los enaltecidos discursos —o sermones— de Padre, que desvelan su intricada y a menudo contradictoria ideología.

Theroux consigue que los lectores nos volvamos adictos a Padre: como su familia, necesitamos sus conocimientos y sus lecciones de moral, admiramos su arrojo y su genialidad. Pero también entrevemos su lado oscuro y peligroso, como Charlie (el hijo narrador), y acabamos siendo sus rehenes. La novela da un giro interesante cuando la familia huye de Jerónimo, el primero de sus hogares, desprendiéndose del optimismo inicial y encaminándose hacia un modo de vida más salvaje, en busca de una auténtica terra incognita, un lugar intocado por la civilización; al mismo tiempo, Padre se convierte en un tirano, haciendo creer cruelmente a sus hijos que Norteamérica ha sido destruida para que no quieran regresar. Por momentos, La Costa de los Mosquitos tiene un aire a simulacro de novela de ciencia-ficción posapocalíptica, al estilo de La carretera, Mad Max o el Mecanoscrito del segundo origen; las pobres y devastadas orillas del río Patuca lo atestiguan. Con la figura de Padre, Theroux nos muestra cómo a través del utopismo exacerbado —e impuesto a la fuerza— nos dirigimos al distopismo.

El estilo de Theroux es directo y vigoroso. Sus descripciones no se hacen pesadas ni caen en convencionalismos, sino todo lo contrario: encontramos menos de las que cabría esperar —sobre todo de un autor de libros de viajes— y contribuyen a la reconstrucción de los paisajes a medida que vamos leyendo. Como ya he dicho antes, lo mejor de La Costa de los Mosquitos son sus diálogos, y no únicamente los de Padre, pues por ellos percibimos las tensiones familiares. El punto de vista elegido también es un acierto: Charlie Fox es un narrador fiable y perspicaz, aun siendo un adolescente. Si algo se le puede criticar a Theroux es la verosimilitud de algún personaje o situación. Por ejemplo, la madre, demasiado sumisa, apenas protesta ante las locuras de Padre y el modo de vida extremo que impone a sus hijos.

En fin, esta obra es muy recomendable no sólo para los amantes de la novela de aventuras o para los ecologistas. Theroux no es un panfletista —ni pesado ni ingenuo— y es consciente de la complejidad de un tema tan importante y delicado como es el colonialismo. Sus cerca de 400 páginas pasan volando gracias a las reflexiones en voz alta de Padre, sus sermones y sus inventos, y consiguen además sedimentar en el lector.