miércoles, 6 de marzo de 2013

Edward Glaeser: El triunfo de las ciudades


Idioma original: inglés Título original:Triumph of the City. How Our Greatest Invention Makes Us Richer, Smarter, Greener, Healthier, and Happier
Año de publicación: 2011
Valoración: Está bien

La tesis fundamental de este ensayo aparece resumida en su subtítulo: las grandes ciudades constituyen el lugar ideal, tanto para el bienestar del individuo como para el progreso de la especie. Esto es así porque la aglomeración de personas atraen a mentes inteligentes y creativas, y la interacción de estas produce grandes beneficios a su comunidad, a su país y a todo el planeta. Esta afirmación de Glaeser, hacia la que, en principio, no encontré más que una generalización y simplificación excesivas, acaba volviéndose en su contra por dos razones: que acaba resultando odiosa, independientemente de su veracidad, debido a la exageradísima cantidad de veces que se repite a lo largo de sus casi 400 páginas, y por el hecho –no por confesado menos incoherente– de que él mismo se haya mudado a una de esas zonas residenciales que censura con tanta insistencia.

Tras una afirmación así de tajante se apresura a matizar que el crecimiento desmesurado de la ciudad ha de ser proporcional a su éxito previo. Es decir, una urbe cualquiera no destaca de las otras solo por ser más grande, es una vez que haya destacado cuando debe crecer sin medida. Una ciudad exitosa debe construir mucho, eliminar reglamentaciones que limiten la altura de los edificios o faciliten la conservación del patrimonio; de esta forma, bajará el precio de la vivienda y esto atraerá a su vez a más gente. Al llegar aquí me pregunto ¿hay algún límite para este crecimiento? y, en caso afirmativo, ¿dónde lo situaría el autor?

Otra opinión poco discutible es que son las personas, y no los edificios, quienes otorgan su valor a una metrópoli. Añade más, si estos no cumplen su función, cuando barrios enteros se vacían debido a la decadencia experimentada por un municipio, es mejor derribarlos. Para que esto no ocurra, lo prioritario es invertir en educación y servicios públicos básicos. Todavía va más lejos, frente al dilema entre invertir en infraestructuras o en instituciones educativas, se decanta sin vacilar por las segundas. Lo prioritario, según su criterio, es producir personas con talento para que sean ellas quienes, más tarde, realicen las mejoras que hagan falta. Actuar al revés conduce a que estas no sirvan para nada y la inversión haya sido estéril. Incluso la corrupción, disminuye sensiblemente en cuanto la cultura ciudadana aumenta. (Pg. 145)

Vivir en pleno núcleo urbano conlleva otra ventaja añadida, la de que no haga falta recorrer grandes distancias para trasladarse al lugar de trabajo, con las repercusiones que esto supone para la salud de las personas, el ahorro de energía y la higiene medioambiental. Invertir en carreteras, no elimina el problema sino que lo agrava, ya que constituye un incentivo para emplear más tiempo en la conducción. La imposición de tasas que penalicen el impacto ambiental parece ser la única medida que ha resultado efectiva hasta ahora.

Para que una ciudad pueda prosperar ha de eliminar las dos plagas que han azotado a las aglomeraciones históricas: las epidemias y la delincuencia. Por ello, hay que luchar contra el aislamiento de cualquier grupo social y promover la igualdad de oportunidades, la seguridad en las calles y facilitar agua corriente a todo el mundo. Estos logros, por sí mismos, han dado lugar en multitud de ocasiones a la proliferación de movimientos, culturales, artísticos o a grandes conquistas técnicas y económicas.

La accesibilidad a cultura y entretenimiento es otra ventaja evidente de la gran ciudad. Aunque sus ejemplos se limitan a teatros, restaurantes y moda, pasando por alto otras muchas actividades lúdicas, no se puede negar que tiene razón. No olvida la facilidad de trabar nuevas relaciones por afinidad o ideología, formar parte de grupos con intereses comunes o llevar una vida más libre.

No obstante, y a pesar de todos esos loables enfoques humanistas, el mayor reproche que se le puede hacer a esta obra es su decidido sesgo económico. Las ganancias globales parecen ser lo único que impulsa realmente cualquier sector de su discurso, y esto me parece exagerado como mínimo, ya que existen más valores y hay que darles prioridad cuando la tienen, que es con mucha frecuencia.

Su estilo es claro, salpicado de anécdotas, datos estadísticos y sabrosos episodios de la historia que no siempre convencen pero que sazonan agradablemente el texto en su conjunto. No convencen porque, para avalar sus argumentos, mezcla categorías distintas, pone ejemplos de lugares y culturas que apenas conoce y elude cualquier dato que podría refutar su postura. Según deduzco, apoya los avances que ya han tenido lugar pero es ferozmente conservador en lo que respecta a futuros cambios. Me pregunto qué opinaría si se favoreciese la creación de nuevos núcleos o se potenciasen los de tamaño mediano en lugar del crecimiento indiscriminado de aquellos cuyas dimensiones disuadirían a todo el que pudiese elegir libremente.