domingo, 17 de junio de 2012

Yukio Mishima: El sol y el acero

Idioma original: japonés
Título original: Taiyō to Tetsu
Año de publicación: 1968
Valoración: recomendable

Este es un libro extraño, desasosegante, iluminador y provocativo. Como el propio autor manifiesta en la primera página, se trata de una "crítica confidencial", una reflexión sobre el propio yo y su relación con el mundo y con la escritura. La vida del escritor explica y es explicada por esta obrita, que resume, a través de tres conceptos contrapuestos (la palabra, el sol, el acero) la evolución personal y hasta estilística del autor.

El texto comienza con una idea sugerente: el lenguaje como producto corrosivo de la realidad. No se trata solo de que el lenguaje sea incapaz de explicar la realidad, sino que el lenguaje imposibilita el acceso a la realidad, la oculta, la deforma, la corroe. Mishima propone, en cambio, el acceso al cuerpo ("el espacio que ocupa el yo") como forma de auténtico conocimiento. El siguiente descubrimiento del autor es el sol; y aquí entra ya el elemento biográfico: el padre de Yukio Mishima no le permitía salir al sol durante su infancia, de manera que, efectivamente, el descubrimiento de la luz y el calor solar debió resultar revolucionario para el escritor.

Pero sin duda la metáfora fundamental del texto es la que equipara el descubrimiento del acero, con el nacimiento del músculo, el redescubrimiento del cuerpo desprovisto de palabras. Efectivamente, después de la Segunda Guerra Mundial, en un Japón derrotado y desorientado, Mishima diseñó un proyecto a contracorriente: "revivir el viejo ideal japonés de combinar las letras y las artes marciales, el arte y la acción". Para ello inició un régimen de ejercicio físico constante; se alistó brevemente en el ejército, y fundó la Sociedad del Escudo, una especie de guerrilla destinada a proteger al Emperador y a despertar los antiguos ideales y valores de los samurais. En algunos pasajes de El sol y el acero (los que hablan de la actitud a adoptar ante la muerte, o del deseo de una muerte heroica) se intuye casi el final que Mishima eligió para sí mismo: el golpe de estado fracasado (según algunos, realizado para fracasar), y el posterior suicidio ritual por seppuku o harakiri.

El sol y el acero es como decía al principio un libro iluminador, pero también desasosegante: ayuda a comprender mejor el complejo mundo interior de Mishima, pero también hace que nos sintamos alejados de él, de su exaltación fascistoide de la fuerza física, de la comunión grupal en su sentido más militar. En cualquier caso, sin duda es Mishima una de las figuras fundamentales y más atractivas de la literatura japonesa; y sin duda, también, su personalidad ocultaba muchas más contradicciones de las que deja ver en este ensayo.

También de Yukio Mishima: El marino que perdió la gracia del mar

4 comentarios:

Matías Ballejos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Santi dijo...

Pues no sé si es necesaria, pero cuando escribí la reseña me pareció relevante. La lectura del libro me produjo esa incomodidad o ese alejamiento que describo, porque no se trata aquí de un mero elogio del ejercicio físico como si se tratase de un libro de autoayuda, sino de una mitificación de la fuerza e incluso de la violencia que me resulta, la verdad, bastante poco atractiva.

Anónimo dijo...

Menuda estupidez! Si resulta poco atractiva deberías leer a Paulo, tomar un latte descafeinado con semen o esperar que Disney haga una versión y puedas cantar las canciones, todo eso mientras haces tus masturbaciones anales pasivas de querer escribir.

Jose Antonio Martínez Climent dijo...


La muerte es ya monopolio del Estado Socialista en el que vivimos. Morir una muerte propia entra en abierto conflicto con el contrato de propiedad, más aún cuando ésta se produce en público, ya sea en uno de los últimos lugares que quedan (la plaza de toros) dotado de un nomos propio, de una costumbre no sancionada por el Estado, o en el tejado de una barraca militar japonesa. Poco importa que muera bestia u hombre; lo propio es que se muera en sus términos. Por eso la persona singular se embosca.