jueves, 21 de junio de 2012

Colaboración: Arrancad las semillas, fusilad a los niños de Kenzaburo Oé

Título original: Memushiri kouchi  
Idioma original: Japonés  
Año de publicación: 1958  
Valoración: recomendable

Parece que Japón se ha puesto de moda en este blog. Ya se sabe: lo importante es que hablen de uno. Pero obviamente hay más escritores que Murakami. Pobre Santi, si no. Kenzaburo Oé fue premiado con el Nobel en 1994. Publicó esta, su primera novela, con 23 años. Arrancad las semillas, fusilad a los niños se ambienta en el Japón de la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días del conflicto con Estados Unidos. Los poblados apagan las luces por la noche para evitar los bombardeos. Los soldados dan por perdido el conflicto. Un grupo de niños y adolescentes internos en un reformatorio es trasladado a un pueblo de campesinos, que está siendo asolado por una epidemia. Los niños son inmediatamente confinados en un cobertizo, en el que quedan encerrados sin comida ni agua cuando los habitantes salen huyendo de la epidemia. Allí los niños toman consciencia de su situación, e intentan sobrevivir, con la ayuda de un coreano, llamado I, y con la compañía de un cadete desertor.

Esto no es El guardián entre el centeno, ni La comedia humana. El punto de vista del niño narrador no se permite ni siquiera un pequeño resquicio de humor negro. Todo es acre y yermo y dramático. Nada bueno crece en la tierra, y ésta solo es capaz de acoger cadáveres de personas y de animales. Conviviendo a la fuerza, niños sucios, enfermos, despojados de cualquier atisbo de ilusión. Apenas menciones a difusos recuerdos familiares. Oé consigue reflejar esas sensaciones, desde la primera línea. Su prosa es precisa y su dominio del tempo digno de mención, más en una primera obra escrita a tan temprana edad. Hay muy poco margen a la esperanza en ese planteamiento inicial, pero Oé no nos precipita hacia el morbo o hacia el cúmulo de desgracias en cadena. Puede que en el fondo esta novela sea una fábula: los campesinos desconfían de unos niños a los que consideran peligrosos; se comportan con el mayor de los desprecios hacia ellos, y los convierten en víctimas, sin plantear oportunidades ni otra actitud que la crueldad sin contemplaciones.

Una novela árida. Un autor capaz de dibujar paisajes desolados con muy pocas palabras: el frío, el hambre, la injusticia, la suciedad. En medio de bosques y nieve, aislados del conflicto bélico por valles o montañas, no hacen falta enemigos que vengan de fuera, pues estos están ahí: hablan el mismo idioma y tienen los mismos rasgos. En el fondo, los tres libros de Oé que he leído acaban versando de lo mismo, en distintas situaciones: la capacidad de las personas para, dadas las circunstancias, pasar de la máxima confianza a la máxima desconfianza.

Firmado: Francesc Bon