sábado, 14 de mayo de 2011

Gonzalo Rojas: Materia de testamento


Idioma original: español
Año de publicación: 1988
Valoración: Muy recomendable

Gonzalo Rojas, portador de los más prestigiosos premios internacionales, entre ellos nuestro Cervantes recibido en 2003, nos dejó, a sus 93 años, el pasado 25 de abril. Todavía era joven. O lo había sido hacía poco tiempo. Recuerdo su enorme vitalidad en los días que, aunque nadie lo hubiera dicho, cumplía 82. Su aspecto era el de un dandi. Afable, cortés, apasionado, rebosante de anécdotas, llegó a Madrid e impartió un curso sobre su obra en la Casa de América, dónde tuve el honor de sentarme con otras ocho personas a la mesa que presidía. A lo largo de la semana fue explicando pacientemente los mecanismos de su creación, generalizando unas veces, deteniéndose en algún poema concreto, otras. Contó que en una ocasión tuvo que dejar uno en barbecho, a falta de un último verso que no venía y que apareció, cuando menos lo esperaba, meses o años más tarde. Aunque el poeta no hizo mucho por atraerlo, sí disfrutó de la suerte de haberlo atrapado en cuanto empezó a resonar.

Aunque se apartó pronto del surrealismo más ortodoxo le marcó, no cabe duda, así como el resto de rupturas vanguardistas. Entre sus influencias, reconoce: Vallejo me dio el despojo y desde ahí el descubrimiento del tono, Huidobro, acaso, el desenfado, Neruda cierto ritmo respiratorio (…) ¿Y Borges? El rigor. Y el desvelo. A menudo roza el absurdo, sorprende con las asociaciones más inesperadas, rompe los esquemas sintácticos y léxicos pero, aún así, se le entiende todo.

Él mismo revela los tres ejes de su visión del mundo: la numinosa – aquello que le inspiran esos dioses laicos que tuvieron a bien concederle el don poético –, la erótica-amorosa y la de testigo inmediato de la vida. No puede haber mejor resumen de este libro que, como en todo testamento que se precie:

Reflexiona sobre la muerte. Parece que de lo que muere uno es de maniquí / asustado en la vidriera, inmóvil / y horizontal con ese descaro…

Recrea su propio fin: Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada / Pero respiro, y como, y hasta duermo / pensando que faltan unos diez o veinte años para irme / de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo. (Contra la muerte)

Lega sus bienes a los herederos en el poema que da nombre al libro:

A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar
a mi madre la rotación de la Tierra,
al asma de Abraham Pizarro aunque no se me entienda un tren de humo,
(…)
a mis 5 hermanas la resurrección de las estrellas,
a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio,
a mi hermano Jacinto, el mejor de los conciertos,
(…)
a Santiago de Chile con sus 5 millones la mitología que le falta,
al año 73 la mierda,
al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,
al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado,
a la nieve manchada con nuestra sangre otro Nüremberg,
(…)
a Buñuel el papel de rey que se sabía de memoria,
a la enumeración caótica el hastío,
a la Muerte un crucifijo grande de latón


Hace un somero repaso de su vida:

Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca de tormenta.


O de la del lenguaje, que es lo mismo, en el juguete poético titulado De lo que contesció al Arcipreste con la sserrana bicicleta e de las figuras della, dónde, con su particular soltura, recrea el castellano primitivo.

Homenajea a sus genios tutelares en ”Por Vallejo”, “Aleph, Aleph” “No le copien a Pound”, “Almohada de Quevedo”, “Darío y más Darío” y otros. Y a sus mitos personales en “Adiós a John Lennon” y “Memoria de Joan Crawford”.

Da testimonio de lo que vio, aclara su postura ante lo que ocurre, se alegra de vivir:

Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y a siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
En mitad de la calle y hacia todos los vientos
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo

(De Contra la muerte)

Pero tomemos el sombrero entre las manos y dejémosle hablar a él:

Sucio fue el día de la mariposa muerta.
Acerquémonos
A besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos
que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando
sopló la Arruga, y nada
sino ese precipicio que de golpe,
y únicamente nada.