sábado, 11 de diciembre de 2010

Zoom: "Mujer con alcuza" de Dámaso Alonso



Idioma original: castellano
Año de publicación: 1944
Valoración: Imprescindible

Este extenso poema – que forma parte del libro Hijos de la Ira y se puede considerar emblemático en la obra del gran Dámaso Alonso, poeta de la generación del 27 y crítico de la corriente idealista de su época – está tan lleno de símbolos, de enfoques, de imágenes y alusiones de toda clase, que admite tanto los ríos de tinta que se han vertido como los que se verterán en lo sucesivo, sin agotar un significado que se amplía cada vez que un nuevo lector lo descubre y cada vez que un viejo lector lo visita otra vez.

Podríamos ver Mujer con alcuza como un cuadro pues hay una descripción minuciosa del personaje principal y de lo que le rodea, también como una de esas historias con bifurcaciones, que comienza una y otra vez sin llegar nunca al desenlace. El final, los finales de cada propuesta, ha de ponerlos el lector. También ha de poner cara a la mujer, puede verla con cualquier aspecto, el de un anciano, el de una niña, toda interpretación es válida. Igual que el paisaje que atraviesa, la estación, los vagones, podrían ser cualquier cosa: una aldea, un terraplén junto a la carretera, un barco de pesca o un piso perdido en una colmena de apartamentos, podemos suponer que en el escenario que sea hará frío o calor, pero el ambiente desolado, la melancolía, la imagen de cada uno de nosotros parado frente al espejo de su vida cargando el equipaje que le toca llevar, eso lo pone el poeta y consigue enfrentarnos con una realidad que nadie puede eludir.

Este poema se considera habitualmente triste, a mí me parece más bien recogido, reflexivo, esencial. Una obra tan llena de interrogantes, incluso físicos (va curvada como un signo de interrogación,/ con la espina dorsal arqueada/ sobre el suelo.) nunca será pesimista pues las preguntas y la variedad de alternativas sólo pueden producir esperanza, las elecciones que haga cada lector serán la forma de escapar del callejón sin salida aparente. El poema, como la vida misma, pasa por diferentes fases: la angustia, tanta (como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma), el temor al futuro (pero llevada/ por un terror/ oscuro,/ por una voluntad/ de esquivar algo horrible.), la nostalgia (sólo/ para ver alejarse en la infinita llanura,/ eso, una solitaria estación,) la soledad (Y esta mujer se ha despertado en la noche,/ y estaba sola,/ y ha mirado a su alrededor,/ y estaba sola,/ y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,/ a algún empleado,/ a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,/ y estaba sola,) pero también la placidez (Y por fin se ha dormido,/ sí, ha dormitado en la sombra,/ arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,). Y, lo más importante, no deja de haber movimiento (Y ha viajado noches y días,/ sí, muchos días,/ y muchas noches.) y, por encima de todo, no deja de avanzar (Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),/ abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,/ como si caminara surcando un trigal en granazón,).

Pero es la cadencia del ritmo, las repeticiones, los sonidos, la diferente longitud de los versos, la elección de palabras e imágenes lo que nos sumerge en el ambiente del poema y transmite su verdadero significado. Por eso hay que leerlo, escucharlo o las dos cosas juntas. Y si es más de una vez, mucho mejor.