Título original: Men Who Hate Women: from incels to pickup artists, the truth about extreme misogyny and how it affects us all
Traducción: Paula Zumalacárregui Martínez (ed. en castellano, Capitán Swing)
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
- Íncels y la machoesfera, sobre las comunidades que acogen, nutren y expanden las ideas misóginas así como también radicalizan el mensaje animando a la violencia hacia las mujeres o hacia sus propios miembros.
- Gurús de la seducción, personas que describen y entienden a las mujeres como meramente objetos de placer, como presas , pues sostienen que «hay que superar la inconveniente resistencia de las mujeres con el fin de dominarlas y controlarlas». Por ello, cita los principales «artistas de la seducción» y su ideología (alguien a quien encarnó perfectamente Tom Cruise en «Magnolia» emulando a Ross Jeffries), pues usan «la pseudociencia y la psicopalabrería para cimentar una base impresionante que suene académica para lo que, en realidad, es misoginia empaquetada que se vende a los hombres; en este caso, como una receta aceptable y prácticamente infalible para mantener relaciones sexuales» y que recurren si hace falta a la apología del acoso, la violación y de la agresión sexual.
- Hombres que siguen su camino, que forman un número muy superior a los incels y en aumento a raíz del #MeToo y lo constituyen aquellos hombres que eligen renunciar a cualquier tipo de relación con las mujeres en una práctica menos violenta que los incels o los artistas de la seducción pero igualmente peligrosa, pues tiene consecuencias negativas reales en la vida y la carrera profesional de las mujeres debido a que las consecuencias de evitar a las mujeres en un mundo patriarcal son desastrosas ya que impiden desarrollar su carrera profesional lo cual «legitima un discurso que en realidad constituye una misoginia extrema».
- Activistas por los derechos de los hombres, aquellos que creen que, como indica la autora: «desde una perspectiva feminista, “igualdad de género” ha llegado a significar dominación femenina y subyugación masculina. Ha provocado que se invierta la discriminación: donde antes se marginaba a las mujeres, los hombres denigrados han tomado su lugar».
- Trolls, quienes se encargan de acosar a las mujeres víctimas de agresiones a través de la «técnica de acoso llamada “doxeo”, que consiste en que tus datos de contacto personales se divulguen y se publiquen en internet junto con invitaciones a que se te bombardee a insultos y amenazas», culpando a las mujeres en los casos en los que hombres han abusado de ellas siendo expertos en ciberacoso y en provocar a otros usuarios para que sus respuestas sean cada vez «más emocionales, airadas o defensivas» algo constatado en «una investigación llevada a cabo con cuatro mil mujeres de ocho países diferentes concluyó que casi una cuarta parte de las mujeres de entre dieciocho y cincuenta y cinco años han sido víctimas de insultos o ciberacoso; en los Estados Unidos, la cifra supone el 33 por ciento de las mujeres. Más de una cuarta parte de las que han experimentado esa clase de acoso ha recibido amenazas de agresión física o sexual, y una de cada seis ha sido “doxeada” con consecuencias como estrés, ansiedad y ataques de pánico. Con ello, se expulsan a las mujeres de los espacios públicos virtuales, imprescindibles para las personas jóvenes para «organizarse a nivel político y participar en los debates».
- Agresores y maltratadores físicos, aupados por aquellos medios de comunicación afines que les protegen y suavizan su imagen. Por ello, en este capítulo trata también sobre el papel de los medios a la hora de informar sobre estas noticias, con tendencia al blanqueamiento del agresor y a la (doble) victimización de la víctima.
- Hombres que se aprovechan, en el que habla nuevamente de los «gurús» y de cómo en lugar de apoyar aquellos que no saben cómo disfrutar de experiencias románticas se aprovechan de ellos vendiéndoles cursos y seminarios cargados de misoginia, pues «es fácil entender que los artistas de la seducción (…) hayan pasado de campamentos de adiestramiento para ligar a seminarios de “autoayuda”. Les permite seguir explorando al mismo público, solo que de una forma nueva». De esta manera, en este capítulo se explica también la cadena de generación de odio desde las altas esferas (políticas, comunicación) hasta las «auténticas víctimas, los hombres que se ven envueltos en el odio y los estereotipos rígidos y anticuados con los que trafican sus ídolos en beneficio propio».
- Habla sobre cómo algunos hombres creen que se ha orquestado contra ellos una caza de brujas a raíz del #MeToo y, con ello, afirma irónicamente que «los hombres actuales están aterrados. Viven en un mundo en el que se los persigue y amenaza. Cualquiera de ellos: con independencia de sus actos i relaciones pasadas, corre el peligro de ver destruida su felicidad y diezmada su carrera sin previo aviso. Las mujeres furiosas, mentirosas y manipuladoras están en pie de guerra y ningún hombre está a salvo».
- Hombres que no saben que odian a las mujeres, en el que habla sobre adolescentes que, a través principalmente de internet, se empapan del mensaje misógino y se «educan» sexualmente a través de las redes y webs con contenido pornográfico. Con ello, la autora expone el peligro que suponen las redes y plataformas como YouTube (representa el 37% de todo el tráfico de internet móvil), pues opera en él una gran red de influencers de ultraderecha; Bates denuncia su práctica de recomendar vídeos una vez termina el que ves actualmente, pues el algoritmo funciona de manera que los siguientes vídeos son cada vez más radicales porque es la manera con la que consiguen que la gente de enganche y genere más tráfico. La autora explora este efecto y expone el gran peligro que supone pues los jóvenes son grandes consumidores de YouTube y con ello «se empieza a crear un espacio para el adoctrinamiento virtual, un problema especialmente acuciante en el caso de un grupo de edad de semejante vulnerabilidad potencial (…) los jóvenes son más susceptibles de verse influidos en sus ideales políticos». La autora concluye, de manera taxativa, que «cuanto más subestimemos a la machoesfera, mayor será el riesgo de que les sirvamos a nuestros jóvenes en bandeja».

