jueves, 13 de febrero de 2020

Hernán Díaz: A lo lejos

Idioma original: inglés
Título original: In the distance
Traducción: Jon Bilbao (ed. en castellano) / Josefina Caball (ed. en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: entre bastante recomendable y muy recomendable

Hay libros que deberían llevar una faja a modo de aviso, indicando algo parecido a «no empezar este libro a menos que haya tiempo suficiente para leerlo de un tirón». Porque hay novelas que te arrastran inexorablemente por su alto ritmo narrativo y te sumergen de lleno en la historia contada; relatos que rezuman majestuosidad y aires de grandeza; epopeyas que transcurren veloces por vastos y extensos parajes, con historias que crecen y se expanden, desbordando el propio personaje que la protagoniza. Y que son tremendamente adictivas, como es el caso del libro que nos ocupa.

El inicio del libro es trepidante, atrayente, totalmente cautivador. Porque conocemos a Håkan Söderström, protagonista único de la historia. Y la manera en la que el autor nos lo introduce lo envuelve de un aura de misterio que hace justicia a la leyenda del hombre que iremos conociendo. Esa breve introducción, ese prólogo de pocas páginas con las que empieza el libro da muestra evidente de un hábil manejo de la tensión narrativa, el suspense y el sostenimiento del clímax, consiguiendo que entremos de lleno en la historia, en ese barco encallado en la nieve con una tripulación aislada y alejada, con esa figura misteriosa y poderosa que emerge del agua en el nerviosismo emocional propio de una situación que está en vías de estallar. Hay misterio, hay incluso un halo tirando a sobrenatural, hay tensión. Y todo esto, en un inicio de un libro, es algo que se agradece y te empuja a seguir la lectura ávidamente.

De esta manera, con ese inicio arrebatador, la mano hábil de Díaz nos traslada desde ese barco al pasado de Håkan, a su infancia y posterior llegada accidental a California, tierra de ambiciosos y ávidos buscadores de oro donde desfilan caravanas de carros, salones, estafadores, delincuentes y malhechores. La narración nos lleva a esas tierras áridas, secas, de desiertos, hambruna y corruptelas. La tensión narrativa de este libro es brutal, porque te atrapa desde un inicio y la travesía hacia la costa este en busca de su hermano se convierte en un page-turning de manual, pero con un escenario diferente al habitual: la reformulación del típico western. Porque aunque es cierto que hay buscadores de oro, estafadores, delincuentes, carros y armas de fuego, travesías por el desierto y mil elementos más hartamente vistos, la novela se convierte en el antiwestern que  muchos afirman, y no porque no salgan en ella sus elementos típicos (y arquetípicos), sino porque Håkan es un elemento externo a todos ellos; él no busca ser un protagonista, él es una víctima colateral de unos desmitificados pilares sobre los que se construyó América durante la fiebre del oro. Con ello, el espíritu que le da al libro Hernán Díaz es inusual, convirtiendo estos elementos como algo accesorio, casi secundario, un escenario conocido para ubicar en él la verdadera intencionalidad del autor: construir una novela de formación y superación a la vez que sitúa el western en otra esfera. Porque la figura de Håkan crece y engrandece en cada nuevo paso, en cada nueva etapa del camino, en cada nuevo reto.

Así, esta novela somete al western clásico a una revisión, una revisión extensiva a la historia de los mitos fundacionales de los Estados Unidos de América, y a las dificultades y penurias de los inmigrantes para sobrevivir y hacer frente a maleantes, estafadores, sheriffs corruptos y arribistas. De manera parecida a como hizo Philipp Meyer en «El hijo», Hernán Díaz pone el acento y el protagonismo en la víctima, en el diferente y utiliza este enfoque para reprobar el comportamiento de los blancos para conseguir su propósito: enriquecerse. Pero mientras Meyer rompía la imagen históricamente impoluta de los blancos para criticar sus actos, Díaz utiliza el western no para únicamente objetar las prácticas poco éticas sobre las que reposa el mito fundacional estadounidense, sino también, y especialmente, para tratar sobre la no pertenencia; el autor utiliza estos elementos para construir un bildungsroman que se construye a partir de la soledad y el desarraigo como elemento nuclear. Y Díaz sabe de lo que habla, pues su biografía recorre la vivencia en diferentes ciudades sin sentirse parte de ninguna de ellas, y esa sensación de extranjero, casi intruso, se traslada de manera inexorable a este libro.

En la inmensa y colosal figura de Håkan, caben aquellas dificultades y contratiempos de quien se embarca en una aventura sin un claro final y lo hace solo, con el desamparo y el desarraigo del que se siente no únicamente lejos de su tierra, sino ajeno al territorio donde vive, ajeno a sí mismo y a su propio cuerpo y pensamiento. El castigo infringido por la desazón y el desaliento, por las inclemencias de una vida de desesperanza e incertidumbre. Hernán Díaz sabe cómo trasladar ese sentimiento a la novela y lo hace con un protagonista que desconoce el idioma de la tierra de acogida, que no sabe cómo integrarse ni hacerse comprender, que se siente extraño; el aislamiento que le provoca su majestuosa estatura la crea una barrera que le separa de la confianza y la empatía de sus prójimos; su dificultad dialéctica es a su vez otro elemento que genera distancia y el autor lo aprovecha para minimizar el diálogo en la narración, dejando a Håkan a su merced, incomunicado; un extranjero desconfiado en quien tampoco nadie confía. Así, en esa soledad que se percibe en el texto, Håkan nos coge de la mano y nos invita a su mundo, un mundo sin comunicación, sin entendimiento, sin comprensión, sin confianza y sin prácticamente esperanza. El hombre contra los elementos, el hombre contra sus semejantes, el hombre solitario e incomprendido. El extranjero.

Porque a pesar de esos aires de western que ostenta, la novela va más allá de la típica novela de aventuras que parece en su primera mitad, y es especialmente en su último tercio donde el tono oscurece, donde el brillo y ritmo rápido que nos ha acompañado hasta aquí cambia de velocidad, donde aquellas trepidantes peripecias por vastas tierras quedan atrás para pisar, abruptamente, terrenos más áridos: el terreno emocional, donde el sufrimiento y la desolación que han ido acompañando el periplo de Håkan afloran y dominan el escenario. En el sufrimiento de Håkan nos vemos reflejados, en su solitud encontramos compañía, sus temores se funden con los del lector que padece con él.

Bien es cierto que sobra algún discurso moral o científico del naturista Lorimer, algo repetitivo e innecesario, pero por suerte son pocas páginas donde también hay elementos de interés y donde cobran sentido esas páginas de enseñanza básica (y algo de mensaje moral) para ver poco después el porqué. Porque esas enseñanzas a Håkan lanzan a su vez un mensaje claro para todos nosotros: la tierra no existe para ser explotada o para ser un obstáculo para quién transita por ella. La tierra existía ya antes que nosotros. Así, hay en esta novela también cierto componente de denuncia, de intencionalidad en volver a valorar la tierra como parte de nuestro mundo y defender la idea de que debemos coexistir y respetarla, en un claro mensaje que evoca a un trascendentalismo al que quizá deberíamos volver o al menos tener en cuenta.

Este un relato que trata sobre la soledad, la confianza en uno mismo y la desconfianza hacia los demás, el auto conocimiento y la superación, el aprendizaje necesario para sobrevivir, no únicamente respecto al mundo sino también respecto a uno mismo, a tolerar los defectos y conocer las virtudes, a mirar el mundo con generosidad y abierto a un aprendizaje vital sin el cual la travesía es incompleta y a aceptarse y encontrar aquello que desconocíamos que buscábamos: nosotros mismos. Porque en todo este trayecto, lo que queda a lo lejos, en el horizonte, es únicamente un mero objetivo que perseguimos mientras conseguimos lo verdaderamente importante: formarnos como personas mientras buscamos nuestro lugar en el mundo.

También de Hernán Díaz en ULAD: Fortuna

miércoles, 12 de febrero de 2020

Brigitte Giraud: Tener un cuerpo

Idioma original: Francés
Título original: Avoir un corps
Traducción: Maria Teresa Gallego Urrutia
Año de publicación: 2013
Valoración: ¿Está bien?

Tener un cuerpo es una novela que no acaba de cuajar. Lástima, pues tenía un potencial tremendo. Narra en primera persona cinco periodos claves de la vida de su protagonista. Y pone un énfasis tremendo en el cuerpo de ésta. Sí, habéis oído bien: el cuerpo deviene un personaje más en esta obra.

Obra que, si bien es cierto que se lee sin dificultad, me ha decepcionado bastante. Y es que a esta historia la lastran dos cosas: su tono monocorde y la indefinición de la protagonista.

  • Lo primero podría haberse evitado dando mayor variedad a la voz narrativa. Imprimiéndole texturas distintas según el periodo vital que cubre, por ejemplo. 
  • En cuanto a la protagonista, me hubiera gustado que Giraud optara por escribirla de forma más compacta. Que o bien la hiciera un ser individualizado, o bien la convirtiera en un arquetipo femenino. Sin embargo, la autora retrata a dicho personaje a contraluz, y por ello es incapaz de sacarle partido a las ventajas de haberse inclinado hacia una u otra dirección. 

No quiero dejar de reconocer las cualidades de esta novela.

  • La prosa de Giraud es exuberante en lo formal. Usa ciertas decisiones estilísticas con una intuición portentosa, recurre eficientemente a la elipsis, desmenuza acciones y sentimientos con los adjetivos pertinentes... 
  • La autora exprime el cuerpo literaria, plástica y simbólicamente. 
  • Los temas barajados son sumamente interesantes: las diferencias (tanto biológicas como culturales) entre hombres y mujeres, el deseo femenino, la maternidad, la aceptación del duelo... Ojalá dichos temas hubieran sido más influenciados por el ángulo del cuerpo que Giraud había concebido al planear esta historia. 

En definitiva, diría que Tener un cuerpo es una obra paradójica. Una que encierra ideas brillantes, pero que es incapaz de articularlas con la solvencia que requieren. En todo caso, hay que admitir que lo que aporta no está nada mal. Además, se intuye ambición artística en esta novela; algo que siempre hay que agradecer. Y, repito, se lee con fluidez. 

martes, 11 de febrero de 2020

Elena Favilli y Francesca Cavallo: Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes (1 y 2)

Idioma original: inglés (creo)
Título original: Good Night Stories for Rebel Girls (1 & 2)
Año de publicación: 2016 (1) y 2017 (2)
Traducción: Ariadna Molinari (1) y Graciela Moreno (2)
Valoración: sin duda, recomendables


Para fortuna de todos, en los últimos tiempos se está produciendo, al menos en buena parte del mundo, una reivindicación del papel de las mujers más allá del espacio doméstico y de sus derechos como iguales a los hombres; al mismo tiempo, hay una justa revalorización de la aportaciónque muchas de ellas han hecho en diversos ámbitos tanto profesionales como políticos, científicos o artísticos. En este sentido, vivmos un auge de la publicación de libros dedicados a las mujeres, sus circunstancias y sus logros,a sí como al feminismo, y a ello contribuyen tanto la industria editorial como las propias librerías, muchas de las cuales ya reservan espacios para libros de esta temática. Dentro de este movimiento o tendencia (pues no parece pertinente considerarlo una mera moda) encontramos también amenos libros,destinados, en principio, al público infantil -no necesariamente en exclusiva. y, en principio también -aunque tampoco tiene por qué-, femenino, titulados Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, que ya van por el segundo volumen, y no sería de extrañar que no fuera el último. Escritos y editados, por cierto, por dos italianas que viven en Venice... pero de California.

¿En qué consisten estos "cuentos"? Pues en realidad se trata de pequeñas biografías -100 en cada libro, nada menos- de mujeres que, a lo largo de la Historia y en la actualidad, han conseguido grandes o pequeños logros en campos que, en la mayoría de los casos, parecía reservados en exclusiva a los hombres; encontramos así desde guerreras y gobernantes -como Boadicea o la inevitable Margaret Thatcher- a artistas variopintas: pintoras -Georgia O'Keefe-, arquitectas -Zaha Hadid-, bailarinas -Alicia Alonso-, cantantes - Nina Simone-...; deportistas y aventureras (Nadia Comaneci, Jeanne Baret), activistas de causas varias: Rosa Parks, Rigoberta Menchú, Wangari Maathaienchú... juezas, músicas, pensadoras, innovadoras en distintos campos, e incluso piratas y espías (Anne Bonny, claro, y Mata Hari, pero también unas cuantas más)...

Estas pequeñas biografías están, en efcto, contadas con un airre de cuento: suelen empezar "Había una vez una niña que..." y el lenguaje utilizado es claro y accesible para las y los más jóvenes. Además, cada una viene acompañada de un retrato de la biografiada, realizada por diferentes artistas en estilos muy variados y coloristas, que van desde los ejecutados con más realismo y detalle, hasta los que parecen sacados de algún cómic underground o algún grafitti.

Puesto que hoy, 11 de febrero, es el día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, os daré la lista de científicas de diferentes modalidades que aparecen en estos dos libros, para que veáis que no son pocas. Hay matemáticas como Hypatia, Ada Lovelace y Maryam Mirzakhani; científicas computacionales como Grace Hopper, Margaret Hamilton, Katherine Johns, Dorothy Vaughan y Mary Jackson; astrónomas y astrofísicas. Jill Tarter, Marguerita Hack, Wang Zhenyi, Valerie Thomas y Sara Seagar. Físicas: Marie Curie y Merrit Moore; químicas: Alice Ball, Ameenah Gurib-Fakim, Gery Cori y Rosaline Franklyn. Inventoras: Hedy Lamarr y Ann Makosinski.

Biólogas, zoólogas, ecólogas: Jane Goodall, Maria Sybilla Merian, Silvia Earle, Joan Beauchamp Procter, Temple Gardin; médicas, cirujanas y neurólogas: Mary Edwards Walker, Matilde Montoya, Sofía Ionescu Brenda Minor, Rita Levi Montalcini... Genetista: Netti Stevens. Paleontóloga: Mary Aming y como geóloga, Mary Tharp.

Y puesto que, también, esto es un blog de reseñas de libros, y eso es lo que nos gusta, a nosotros y a vosotros que nos léis, aquí va también la lista de las escritoras que aparecen (aclaro que no se trata de un ranking de "mejores escritoras de la Historia de la literatura", ni nada parecido, sino simplemente las que a las autoras de estos libros, por las razones que sean, les ha parecido conveniente incluir): Astrid Lindgren, las hermanas Brontë, Cora Coralina, Isabel Allende, Jane Austen, Maya Angelou, Virginia Woolf, Agatha Christie, Beatrix Potter, Chimamanda Ngozi Adichie, J. K. Rowling, Mary Shelley, Nadine Gordimer, Safo de Lesbos, y la sin par Wisława Szymborska.

lunes, 10 de febrero de 2020

Yuval Noah Harari: 21 lecciones para el siglo XXI

Idioma original: inglés
Título original: 21 Lessons for the 21st Century
Año de publicación: 2018
Valoración: Bastante recomendable



A veces un título es el peor enemigo del escritor. Así que aclaro, aunque este ensayo del historiador Yuval Harari tiene un carácter didáctico, tanto por su carácter divulgativo como por la claridad de exposición; no está aleccionando a los lectores y –en absoluto– contiene el discurso plomizo que podría esperarse del término lección. Al contrario, se trata de disquisiciones muy personales -en las que ideas y trayectoria del autor sobrevuelan cada frase y acaban enganchándonos- expuestas de forma muy amena y repletas de sugestivos ejemplos. Aunque no sea un texto de ficción, se lee casi como un relato de intriga, pues implica al lector en su propio futuro con una empatía nada frecuente en el género. En estos 21 capítulos –que es lo que son, realmente–Harari pretende (y consigue) condensar las preocupaciones del hombre contemporáneo. Empezando por el aspecto más aparatoso: la tecnología, que a pesar de algunas previsiones más que discutibles, tanto su audacia como el hecho de que se centre en los peligros potenciales, resulta apasionante y nos mete de cabeza en el texto.
Desde luego, parte de una ideología concreta e intenta cuestionarla planteando todos los factores que, a su entender, han quedado obsoletos. O sea, desde el principio, las cartas están boca arriba: escuchamos la voz de un amigo, con el que podemos o no estar de acuerdo, que ofrece su visión del mundo con total sinceridad, o eso parece. Quizá consideren que, por obvios, sobran algunos párrafos, pero como no serán los mismos para todos los lectores, deducimos que el autor ha intentado ponerse en la piel de un número lo más amplio posible de personas: de los que saben más y los que saben menos, de los que opinan una cosa y su contraria.
Se plantea, por ejemplo, que quizá no sea tan conveniente como parece el afán por globalizar a toda costa, reflexiona sobre el desempleo masivo o la disminución del libre albedrío con que amenazan los adelantos tecnológicos. Y, siempre que entendamos por humanos el grupo más hegemónico del planeta, no se puede negar que:
“En 1938 a los humanos se les ofrecían tres relatos globales entre los que elegir, en 1968 solo dos y en 1998 parecía que se imponía un único relato, en 2018 hemos bajado a cero”. 
O bien: “El sistema democrático todavía está esforzándose para comprender qué le ha golpeado”.
Eso sí, encuentro que todas esas reflexiones sobre nuestro futuro tecnológico simplifican demasiado. Harari habla de la Inteligencia Artificial, por un lado, y de los seres humanos, por otro, como si la primera procediera de algún germen extraterrestre que hubiese aterrizado aquí sin previo aviso. Además, se refiere a ciertas redes sociales o a generadores de algoritmos como si fueran eternos. Pero la IA –como todo– se construye progresivamente, y es, como sabemos, el resultado de objetivos, trabajo y talento exclusivamente humanos. Es decir, la deriva que tome no es inevitable. Las oportunidades laborales serán distintas, pero estarán ahí, es verdad que la IA expulsará a mucha gente no cualificada del mercado laboral, pero podría no ser así, depende de cómo se gestione. Si el reparto fuese más equitativo –algo poco probable pero no imposible– podría suponer mayor tiempo de ocio para todos. En conjunto, ese apartado resulta impactante, aunque demasiado centrado en las circunstancias actuales y bastante apocalíptico. Recordemos que estas predicciones suelen equivocarse porque no tienen en cuenta innumerables factores imposibles de predecir en su momento.
Sobre la cuestión de las identidades, Harari sostiene que, en estos tiempos cada vez más globales, los humanos nos parecemos más entre nosotros que a nuestros antepasados de una zona concreta, y es el famoso relato, es decir, la forma en que cada grupo se percibe a sí mismo, donde tenemos que buscar las diferencias. (“Insistimos en que nuestros valores son una herencia preciosa de antiguos antepasados. Pero eso solo podemos decirlo porque nuestros antepasados hace mucho que murieron y no pueden hablar por sí mismos”). Lo que nos acerca –siempre según el autor– es afrontar desafíos comunes y discrepar sobre ellos. Como en este momento, las tres grandes cuestiones del futuro son: el calentamiento global, la biotecnología y la inteligencia artificial, sobre ellas nos pelearemos y estableceremos consensos, ya que somos una gran familia. Sin olvidar la vieja amenaza nuclear, que nos obliga a no fragmentarnos demasiado y a mantener el equilibrio por la cuenta que nos tiene. Todo ello se ve afectado por terrorismo y contra-terrorismo, con el coste económico y humano que ambos suponen, así como por los movimientos migratorios, que plantean debates como la tolerancia y sus límites o el mito de la superioridad cultural.
Frente a las éticas religiosas, que pretenden mejorar la convivencia y acaban produciendo más perjuicios que bondades, sobre todo los monoteísmos, la ética laica se apoya en valores como compasión, igualdad, valentía,  libertad y responsabilidad, de modo que no necesitamos dioses. Aunque, cuidado, tampoco somos tan racionales como creemos, tendemos a mimetizarnos con el grupo, que es, en realidad, quien piensa por nosotros por medio de los mitos colectivos, que existen desde siempre, se transforman con el tiempo y son transmitidos por el poder de cada época y lugar. (“Cuando mil personas creen durante un mes algún cuento inventado, esto es una noticia falsa. Cuando mil millones de personas lo creen durante mil años, es una religión y se nos advierte que no lo llamemos “noticia falsa” para no herir los sentimientos de los fieles (o provocar su ira)”. ¿A qué es genial? Y, sin embargo, las religiones son un elemento de cohesión social, como las ideologías, las marcas comerciales o el dinero. Como necesitamos creer en algo, habitualmente mantenemos varios relatos entrecruzados que a veces son incompatibles, pero los guardamos en compartimentos cerrados y no nos damos cuenta. Cuando la religión ya no sirve y hay personas que sienten terror ante la incertidumbre, surgen los totalitarismos modernos.
Conclusión, no hay que buscar ningún sentido a la vida porque la vida es un conjunto accidental de elementos muy variados y no tiene sentido en sí misma. Por lo demás, esta búsqueda de sentido suele tener un fondo egoísta. Lo fundamental es conocernos, aprender a convivir y no dejar que piensen por nosotros. 
A pesar de cierta dispersión y de algunas reiteraciones casi obsesivas, este ensayo es un buen pretexto para replantearnos algunas certezas y abrir la mente a nuevos enfoques. Pero, muy especialmente, se lo recomendaría a los jóvenes y a todos los que se inician en el género ensayístico.

 Traducción: Joandomènec Ros

domingo, 9 de febrero de 2020

Kenzaburo Oé: Cuadernos de Hiroshima

Idioma original: japonés
Título Original: Hiroshima Nôto
Año de publicación: 2011
Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Valoración: está bien

Kenzaburo Oé tenía menos de 30 años cuando efectuó una serie de visitas a Hiroshima. Habían pasado casi 20 años desde el lanzamiento de la bomba atómica y Oé, que pasó, impactado por la experiencia, a considerarse un ciudadano más de la célebre ciudad japonesa, aprovechó cada una de sus visitas para escribir cada uno de los ensayos que da forma a este libro, inicialmente publicado en 1965 y en el que Oé ya muestra algunos de los detalles presentes en su obra posterior, y por el total de esta Oé fue galardonado por el Nobel y es el último japonés (hay uno cruzando los dedos cada mes de octubre, pero no) en recibir tal premio.

Quede claro que si los libros se valoraran por sus intenciones uno no podría justificar (sin ser masacrado por doquier) una valoración tan tibia. No sé exactamente qué esperaba de esta obra cuando tomé el ejemplar del estante de la biblioteca. Quizás lo que me he encontrado, pero más rabioso, más militante, más ofuscado. No quiero decir que Oé haya de presentarse a hablar con toda esa gente que sufre con intención de profundizar en la desgracia y de que esa profundidad sea la espoleta de agrias polémicas. En ese sentido, perdonad que me embarre algo y diga que esos textos de más de medio siglo de antigüedad me han parecido demasiado proclives al tópico que asocia al individuo japonés como alguien extremadamente considerado, educado, digno y cauteloso e incluso con alguna tendencia a lo reverente. Incluso poniendo en contexto esa distancia temporal, el hecho de que en 1964 y como consecuencia del final de la guerra la influencia norteamericana era poderosa, me hubiera gustado una prosa no tan contenida, más sanguínea, porque a los que Oé visita son a víctimas del primer bombardeo atómico de la historia, bombardeo que se justificaría bajo la excusa del mal menor, pero bombardeo que ha acabado de forma cruel no solo con las vidas de sus seres queridos, sino que ha condicionado su existencia posterior por los efectos de la radiación sobre su salud y la de generaciones posteriores. Me ha pasmado ver que el único momento en que Oé se pone algo agrio es protestando porque uno de los militares estadounidenses involucrados en las decisiones sobre el bombardeo es condecorado por un organismo japonés, seguramente títere de los acuerdos post-capitulación. Es una protesta tibia y débil, apenas un párrafo, un balance muy exiguo cuando el libro ha relatado tanto sufrimiento y ha levantado testimonio de tantas situaciones crueles y sórdidas.
En este sentido y contrapesando libros sobre testimonios parecidos, como el excelso Voces de Chernobil de Svetlana Aleksiévich, el de Oé me ha parecido un libro contenido y tibio sobre una cuestión que, como otras, merece una oposición más frontal, que se incrementa en los últimos tiempos, en que la densidad de chalados con acceso al botón nuclear se ha elevado de forma espectacular. Como otro aniversario destacado este año, el de Auschwitz, conviene seguir asociando Hiroshima al de una sima de la historia de la humanidad de cuyos aledaños nunca estaremos suficientemente alejados.

sábado, 8 de febrero de 2020

R. L. Stine: La máscara maldita

Idioma original: Inglés
Título original: The haunted mask
Año de publicación: 1993
Valoración: Se deja leer (está bien para niños)

Carly Beth es muy miedosa y en la escuela la asustan con frecuencia. En Halloween decide llevar una máscara aterradora para vengarse de aquellos que se burlaron de ella.

R. L. Stine reflexiona en La máscara maldita sobre el monstruo que hay en todos nosotros. La protagonista de la novela debe luchar contra su propia maldad, evitar convertirse en algo igual o incluso peor que sus torturadores.

Semejante mensaje es poderoso, no resulta moralizante y se comunica con sutileza. Bien por ti, Stine. A esto súmale que en la narración hay algún momento genuinamente pavoroso (el cual no me extraña que traumatizara a cientos de niños en su adaptación a televisión), y tenemos una ficción de terror infantil bastante conseguida.

Por desgracia, La máscara maldita sigue perteneciendo a la franquicia Escalofríos, y por ello es defectuosa de fábrica. Abusa de la tensión artificial y los sustos baratos (aunque éstos tienen cierto sentido dentro de la trama), presenta situaciones reiterativas, dilata en exceso algunas escenas, exhibe una prosa ramplona, etc, etc...

Pero dentro de lo que cabe, insisto, La máscara maldita funciona. No me extraña que se haya convertido en un clásico del terror infantil, y en una de las entregas de Escalofríos más queridas por los fans (incluso lo es del mismísimo autor). De nuevo, bien por ti, Stine.


También de R. L. Stine en ULAD: No bajes al sótano

viernes, 7 de febrero de 2020

Peter Brook: El espacio vacío

Idioma original: inglés
Título original: The Empty Space
Traducción: Ramón Gil Novales
Año de publicación: 1968
Valoración: Imprescindible para interesados (recomendable para los demás)

Para mí el teatro tiene algo de arcaico, y también algo lúdico. Unas personas subidas en una plataforma con tres paredes hablan, gesticulan o representan algo mientras otros observan desde el hueco de la cuarta pared. Es por tanto una forma de entretenimiento que puede encontrarse, en alguna de sus variantes, en cualquier aldea del último rincón del planeta; puede ser igualmente un ritual, una ceremonia quizá con alguna simbología; tal vez una representación con intención didáctica. Cada obra que se pone en escena incorpora  seguramente parte de todas estas perspectivas o varias de ellas en diferentes proporciones, siempre con personas de carne y hueso que están a unos metros de nosotros, sin filtros. 

Podríamos decir que todo esto tiene también algo de magia, pero no nos equivoquemos: la magia estará en el mejor de los casos en el resultado final, pero para edificar esa representación lo que se necesita es mucha dedicación y capacidad para llegar al corazón de lo que concibió el autor. En ese complicado camino encontramos a Peter Brook, respetado director con muchos años en la profesión y unos cuantos libros en los que ir dejando constancia de sus indagaciones. El espacio vacío es quizá su obra más sobresaliente, en la que expone no ya una teoría compacta sobre el teatro, sino una amalgama de intuiciones y experiencias.

Para un profano en la materia (adjetivo que asumo totalmente) una buena parte del texto resulta algo complicado de asimilar, por mucho que Marcos Ordoñez diga en su interesante prólogo que es ‘una obra tan clara y profunda como entretenida’. Brook distingue en una larga exposición entre teatro mortal, sagrado y tosco, que muy superficialmente podríamos identificar, en ese orden, como aquel irremisiblemente abocado a la extinción, el vinculado a un cierto ritual (lo que Artaud llamaba liturgia), y el que arraiga con la sencillez de lo digamos popular. Ya digo, intentando sintetizar para hacernos una idea muy básica, porque en esa clasificación avanzamos por numerosas páginas de reflexiones de mucho calado en torno a Shakespeare (de quien Brook es profundísimo conocedor), Brecht, Chéjov o Artaud, bajo cuya inspiración formó el autor parte de un grupo llamado precisamente Teatro de la Crueldad. 

En realidad, Brook no se posiciona en favor de un tipo de teatro concreto, sino que pone en valor aspectos de cualquiera de los que cataloga, teniendo como meta llegar a la esencia de la obra, ignorando los prejuicios que procedan de todo lo que con ella se hubiese hecho o dado por supuesto con anterioridad. En este sentido, la propuesta de Brook es completamente radical: se parte de cero, se cuestiona todo lo aprendido y se construye de nuevo prestando atención a cada detalle, cada gesto o modulación del actor, cada movimiento en escena y cada segundo de silencio. Todo ha de ser estudiado al milímetro, suprimido lo que no conecte con el alma de la obra aunque alguien lo considere sacrílego, expuesto sin miramientos lo que resulte imprescindible. Un trabajo intenso (al leer el libro se antoja obsesivo) que naturalmente involucra a todos los que participan en la representación, pero también al público, que de alguna manera es destinatario pero también partícipe del trabajo. La relación con el público es quizá uno de los aspectos más llamativos del texto de Brook, como se muestra en varias de las experiencias que relata. Por poner un ejemplo, cuenta cómo en una gira internacional de El rey Lear el público que siguió la representación con mayor atención fue el de un país centroeuropeo (creo que era Hungría), donde casi nadie hablaba inglés (no olvidemos que eran los años 50 o 60). Era tal el grado de concentración de esos espectadores y tan intenso el silencio que esa electricidad se contagió a los actores, que en esos pases dieron la medida exacta de lo que la obra requería. Algo que se hizo mucho más complicado frente a otros públicos de habla inglesa.

Aunque subraya Brook la importancia de esa conexión con el público, son múltiples los pilares en que se apoya la representación, y muy diferente la función que desempeñan. A ellos dedica la última parte del libro (El teatro inmediato), detallando aspectos muy interesantes en torno a la escenografía, el director y por supuesto los actores, así como comentarios realmente agudos sobre por ejemplo la noche del estreno, cuando el director se sienta entre el público, percibe sus reacciones y contempla la obra de forma completamente diferente a como la vio en los ensayos.  Es la parte más amena y menos exigente del libro, donde el autor desciende a una realidad que cualquiera podemos apreciar y se aleja un poco de la abstracción anterior. 

Brook habla, de forma más o menos llana, pero como teórico de la escena. Pero este señor es también (y sobre todo) un director de teatro, y por tanto tiene ocasión de poner en práctica lo que expone en el libro. De forma que, terminada la lectura, y como nunca he asistido a ninguno de sus montajes, se me plantea una incógnita fundamental: ¿cómo se materializarán todas las profundas reflexiones y enseñanzas que acabamos de conocer? ¿será realmente el espectador medio –o sea, yo mismo- capaz de captar toda la energía que se desprende de ese enorme trabajo? En resumidas cuentas, que a tenor de lo que ocurre con algunos autores que han expuesto aspectos teóricos de su arte, convendría saber qué ocurre realmente cuando Brook pasa de la teoría a la realidad.