miércoles, 24 de marzo de 2021

Octavia E. Butler: La parábola del sembrador

Idioma original: inglés
Título original: Parabel of the Sower
Traducción: Silvia Moreno Parrado
Año de publicación: 1993
Valoración: muy recomendable

En momentos de incertezas y temores a nivel mundial, a veces buscamos distopías que nos presenten mundos y escenarios que, aunque ficticios, nos resuenen fuertemente y establezcan paralelismos con las crisis actuales. Y sí, hablamos de “crisis” en plural, porque en esta novela escrita por Octavia E. Butler, una de las principales autoras y precursoras de ciencia ficción que existen, la crisis climática y económica son algunos de sus puntos principales. 

Escrita en 1993, esta novela distópica se sitúa inicialmente el 20 de julio de 2024 en un contexto postapocalíptico que no difiere en exceso, a nivel conceptual, de nuestro mundo, con el que vemos claras reminiscencias. La autora sitúa el escenario principal de la novela en una pequeña ciudad en la zona de California, una ciudad dividida por barrios amurallados, encerrados en sí mismos en un ambiente oscuro, pobre y peligroso, lleno de indigentes y drogadictos con partes del cuerpo amputadas, miseria, enfermedades, suciedad... un ambiente cargado y tenso en el que sus habitantes tienen que ir armados para evitar robos, saqueos, violaciones o asesinatos. En una de las casas de esos barrios humildes vive la joven Lauren (quien cumple quince años cuando empieza la narración) con su padre, pastor baptista, Cory (su madrastra) y sus hermanos, todos varones, encerrados en un barrio protegido por un muro, aunque su padre sale una vez por semana para trabajar y, cuando salen del barrio, lo hacen armados y en grupo, pues el paisaje está repleto de casas destrozadas, quemadas, vandalizadas, llenas de indigentes, alcohólicos o drogadictos. Los que viven en la calle están desesperados o locos, se arrancan unos a otros orejas y brazos y la amenaza de la pobreza y la delincuencia convierte su mundo en un peligro constante; ya la propia Lauren reconoce, con pesar, que «es mi casa. Es mi gente. Pero lo odio. Es como una isla rodeada de tiburones, salvo que los tiburones no te molestan a menos que te metas en el agua. Pero nuestros tiburones de tierra están intentando entrar. La cuestión es cuánto tiempo tardarán en tener suficiente hambre». Así, cada salida es un riesgo, una amenaza, que la autora constata al regreso afirmando que «por fin, llegamos a casa, nos envolvimos en el muro de nuestro vecindario y nos acurrucamos en nuestras ilusiones de seguridad».

Butler impulsa en este libro un ritmo altísimo y, sin pelos en la lengua, denuncia políticos y gobiernos, retratando una sociedad arrastrada y exprimida por un inagotable y hambriento capitalismo que convierte a los ciudadanos en un puñado de bocas hambrientas y recelosas. La introducción de ese mundo y los personajes es desde la narración en propia persona de Lauren, quien narra juzgando, profiriendo reivindicativamente proclamas e ideología, dando su punto de vista negativo y pesimista sobre cómo se ha llegado aquí, pero advirtiendo que ese mundo se encamina a un futuro aún peor. No hay confianza en la política, ni en la policía ni incluso en la humanidad más allá de su pequeña comunidad, y, aun así, con matices. Es la subsistencia, es la supervivencia, es su día a día.  El libro contiene mucha violencia, explícita e implícita y la autora no se regodea en ella, pero tampoco oculta detalles.

Temáticamente, el libro explora diferentes facetas que convergen en un claro grito de inconformismo hacia la sociedad que se va alzando ante nosotros y critica de manera explícita el egoísmo, causa de los principales males que arrastra y al que la autora claramente apunta y denuncia afirmando que «aquí fuera somos tontos. Queremos confiar en la gente». Pero no solo esto, la autora demuestra su inmenso talento al abordar también diferentes aspectos de la sociedad, que ya a inicios de los años noventa auguraban un aciago mundo:
  • El cambio climático: este es uno de los temas en los que incide el libro que cobra relevancia incluso más ahora, más de dos décadas más tarde. El ambiente cargado que profesa la narración de la autora nos sitúa en un mundo donde llueve únicamente cada seis o siete años, donde el agua es uno de los bienes más codiciados y no siempre fáciles de obtener (y menos aún a un precio accesible), donde existen aguadores que venden agua a indigentes y okupas a un precio varias veces más caro que el de la propia gasolina.
  • La crisis económica y la segregación de clases: la población se estructura en barrios constituidos de manera clara según los recursos económicos de sus familias constituyendo tres grupos poblacionales: los poderosos (que viven apartados y rodeados de alta seguridad), la clase media que vive en apuros y la gente sin hogar; estas dos últimas clases luchan por el espacio y por los pocos recursos en su particular mundo donde los atracos, robos y saqueos se producen de manera continua, donde no se puede salir del propio barrio sin ir armado o, incluso así, sin temer por la propia vida.
  • La crisis política, con una pérdida absoluta de confianza hacia los grandes estamentos, donde la policía no sirve para controlar la situación y se despreocupa de la seguridad de los ciudadanos, donde los bomberos cobran por cada actuación y donde la emergencia del populismo supone una nueva amenaza con la que se tienta a los desesperados ofreciendo soluciones milagrosas.
  • La cultura, como elemento indispensable para entender el mundo y entendernos, la importancia de la formación para constituir un mundo mejor, más rico humanamente, más fuerte y humano, más solidario e integrador.
  • El eje racial, en el que el racismo y su denuncia es evidente y constante. Butler lucha contra este aspecto y nutre en relato de protagonistas diferentes al típico hombre blanco de mediana edad que protagoniza gran parte de la literatura de ciencia ficción. Aquí los personajes son hispanos, negros, jóvenes, viejos, quienes conforman de manera conjunta un reparto coral acorde a la sociedad norteamericana. 
  • El empoderamiento femenino, pues la actitud inconformista, la valentía, inteligencia y la capacidad de liderazgo radica en la joven Lauren, quien ejerce de guía ante las personas que se van añadiendo al grupo en una huida hacia tierras más hospitalarias, hacia un mundo con más opciones no ya de comodidades, sino únicamente de subsistir sin temer por la propia vida, sin que esté amenazada por la ambición o desespero de otros, o por la propia miseria. La hiperempatía de Lauren, enfermedad heredada de su madre drogadicta que murió durante el parto, que causa que siente en sus propias carnes en dolor y el placer de los demás, sufriendo y sintiendo como propio el dolor ajeno hasta el punto de desmayarse en ocasiones. Algo realmente indeseable y peligroso en un mundo donde la violencia está por todas partes, aunque la convierte en alguien especial, alguien terriblemente solidario, porque “si todo el mundo pudiera sentir el dolor de los demás, ¿quién torturaría?”
  • El capitalismo, que crea un mundo de desigualdades, en el que se hecha a la gente de los barrios y en el que las empresas someten a sus empleados a trabajar por sueldos mínimos a cambio de mantener su seguridad, llegando a situaciones de esclavitud donde el empleado se debe únicamente a la empresa para la que trabaja.

El libro que ha escrito Octavia E. Butler es un alegato contra el conformismo, contra la codicia de la sociedad, contra los políticos y el sistema, contra el egoísmo, y una tremenda e irrefutable defensa del empoderamiento femenino, imprescindible para no únicamente la supervivencia sino también para avanzar, para conseguir defender la vida y perseguir una vida un futuro mejor en un mundo condenado a su desaparición pues «nos estamos desmoronando. El vecindario, las familias, los miembros de cada familia… somos una cuerda que está rompiéndose hebra por hebra». Esta obra es un canto a favor de la solidaridad, entre personas que no se conocen, entre pueblos, entre etnias. El camino que emprende Lauren en su huida es un camino difícil y solitario, pero al que la fortaleza de su personalidad y convicción en las ideas de que ese tipo de sociedad es posible le permiten enraizar y difundir su propia religión, sus propias creencias. Así, en esta novela constituye un bildungsroman social, partiendo de uno, encajando en todos; buscando la salida de un entorno cada vez más hostil, en su travesía hacia un lugar mejor no elige compañeros de viaje, sino que se conforma y adapta a quienes se encuentra. En un mundo lleno de personas individualistas, rotas, desesperadas y medio muertas, la autora destaca la importancia de la perseverancia, de la solidaridad, del altruismo, como claves esenciales para hacer renacer un mundo que también se está muriendo, que lo estamos matando entre todos, sin piedad y sin temor a las consecuencias pues ya casi no queda nada que hace que la vida valga la pena. Butler recoge cada uno de los elementos que conforman un mundo lleno de dificultades y obstáculos en el que existen esclavos, maltratados, huérfanos o solitarios para trazar una línea que los asemeje y los una, con la extrema sensibilidad de la que sufre Lauren, para comprenderlos, acogerlos y labrar con ellos una nueva tierra fértil poblada de personas de diferentes etnias y clases, donde crear un nuevo mundo que parta de la igualdad, la solidaridad y la compañía entre individuos diferentes en apariencia pero igualmente humanos.

Octavia E. Butler hace un retrato de un mundo apocalíptico que imaginó hace tres décadas. Curiosamente se ha publicado ahora en castellano, justo cuando hace un año del inicio de la pandemia. Y hemos visto situaciones que avergonzarían a cualquiera: personas haciendo acopio de provisiones, comportamientos insolidarios y eso incluso sabiendo que no habría problemas de abastecimiento. Lo que imaginó Butler, aunque llevándolo al extremo, hubiera podido llegar a suceder; la sociedad es egoísta, no por naturaleza, sino por educación, por tradición, por (in)cultura. Vivimos mirando a nuestro ombligo sin pensar en las consecuencias de nuestras acciones. No tengo duda alguna de que, en caso de necesidad, entraríamos de lleno en un futuro distópico lleno de altercados, saqueos, robos y destrucción. Hemos entrado en una vorágine consumista, egoísta y nihilista que elimina vestigios de compañerismo y solidaridad y, con ello, elimina cualquier futuro y claro que hay casos que van a la contra de esto, pero van a la contra pues son minoría. El egoísmo empuja en una sola dirección, adelante, a por más, sin mirar ya no atrás sino tan siquiera a quien tenemos al lado. Lo hacen las personas y, por extensión, los gobiernos, con el aval de nuestros votos. Hay desigualdad entre personas, entre hombres y mujeres, entre etnias y entre clases; hay muertos en los mares, hay países sin vacunas. Y hay libros sobre distopias postapocalípticas que apuntan hacia ejemplos reales. Todo puede ir a peor, y la distopia que narra el libro no deja de ser un aviso que nos llega con antelación. Quizá sería oportuno no desaprovechar el aviso.

martes, 23 de marzo de 2021

Pierre Rosanvallon: El siglo del populismo

 Idioma original: francés

Título original: Le siècle du populisme

Año de publicación:
2020

Valoración: Muy recomendable



Desde hace algunos años, la palabra populismo se ha incorporado al vocabulario de los medios y hasta se adueña de conversaciones más o menos eruditas y charlas de sobremesa. La palabreja puede sonar a novedad para unos o, por el contrario, haber quedado relegada a estadios muy primitivos de la civilización cuyos ecos caudillistas hasta que empezamos a encontrarla en todas partes no creíamos que se nos parecieran en nada. Encontrar un título así, y que además sea de reciente edición, produce, más que curiosidad, la irresistible tentación de leerlo para aclararnos las ideas de una vez. Rosanvallon no defrauda a este respecto aunque tampoco es que ofrezca una guía para entender la actualidad política, más bien nos sumerge en análisis históricos y teóricos, y será el lector quien deba extraer sus conclusiones. Empezando por el propio término: desde el principio se nos advierte de que se trata de una “palabra de goma”, es decir, tan moldeable que puede servir para usos múltiples, que incluso bien utilizada ha servido para designar a muy diferentes realidades históricas y que, desde luego, tiene connotaciones peyorativas, incluso estigmatizadoras, no siempre aplicadas con justicia. Su aterrizaje en el vocabulario actual se justifica porque “de manera vaga y forzosa a la vez, ha respondido a la necesidad de utilizar un nuevo lenguaje para calificar una dimensión inédita del ciclo político que se abrió al iniciarse el siglo XXI”.

La obra no utiliza un lenguaje cotidiano precisamente ni existe ninguna cercanía con el lector, se trata de un texto científico que quizá disuada a los seguidores de ensayos literarios. Es cierto que requiere algo de esfuerzo, pero tampoco es excesivamente críptico; está pues al alcance de cualquiera que se interese por cuestiones actuales o guste de análisis teóricos sobre asuntos sociales y/o políticos.

Empezando por lo práctico, su éxito electoral se debe a un escenario globalizador que ha acabado indignando a quienes se sienten relegados e invisibilizados, personas a quienes se les ha arrebatado una identidad y por tanto la posibilidad de pertenecer a un grupo social perfectamente definido. Dicho de otra forma, la brecha cada vez mayor entre sociedad y clase política y los diferentes contornos de izquierda y derecha en el contexto actual provocan incomodidad, rechazo y búsqueda de alternativas que den respuesta a los nuevos interrogantes. Esto implica que el populismo sea reconocido “como la ideología ascendente del siglo XXI” ya que se trata de “una forma de respuesta a los conflictos contemporáneos” surgidos de un cambio radical en las relaciones laborales y que se traducen en un abstencionismo en ascenso. Surgen, además, nuevos conflictos, como los territoriales, relaciones hombre/mujer, así como nuevas identidades y sentimientos discriminatorios, que han superado con mucho el antiguo, y mucho más simple, escenario de la lucha de clases que habíamos conocido hasta ahora. Las demandas han cambiado radicalmente y la transversalidad es un hecho que hay que asumir. En palabras del autor:

 

"Hay populismo cada vez que el orden social es vivido como esencialmente injusto y que se apela a la construcción de un nuevo sujeto de la acción colectiva -¿el pueblo?- capaz de reconfigurar ese orden en sus fundamentos mismos.” 

De ahí la clara distinción entre un sujeto “ellos” y un sujeto “nosotros” unido a un fuerte componente emocional. Por un lado se acusa a los gobernantes de haber dado la espalda a los auténticos problemas de la gente (pueblo), por otro se tiene muy en cuenta ese 1% de la renta de unos pocos privilegiados en oposición al 99% del resto de la humanidad. Tampoco son ajenos a estas transformaciones la corrupción política y el rechazo a una inmigración que se asume como usurpadora del legítimo derecho al trabajo. Lo que se busca con esta llamada al cambio es, ni más ni menos, que la regeneración democrática mediante el incremento de las consultas a la población (referéndums), una mayor redistribución de la riqueza y la agrupación en torno a la figura del líder que en sí mismo encarnaría al denominado pueblo (aquí se menciona explícitamente a Trump), se cuestiona la eficacia actual de los partidos, se reclaman soluciones separatistas, se aplaude la instalación de fronteras físicas entre países y se rechazan instituciones, autoridades y grupos de influencia no elegidos democráticamente (Unión Europea, tribunales constitucionales, jueces). Todo este clima se refuerza muchísimo si va acompañado por ideas conspiratorias y por las consabidas fake news. La cuestión del referéndum como herramienta política de índole popular es analizada con bastante detalle. El autor apoya su utilización moderada, ya que abusar de ella nos llevaría a una serie de decisiones incoherentes e incompatibles con un desarrollo lógico de los acontecimientos que afectan a la población.

En un mundo globalizado, en el que ha desaparecido la oposición simplificadora Este-Oeste, donde las guerras, actos terroristas, crisis financieras etc. se multiplican produciendo sentimientos de angustia y desconfianza, no es extraño que afloren respuestas que intentan enfrentar los nuevos retos. Rosanvallon distingue entre populismos de derecha y de izquierda, también estudia con bastante detalle lo que en cada momento histórico se ha entendido como tal, su puesta en práctica, los personajes que adoptaron las diferentes soluciones políticas (durante la  revolución francesa, ilustración, siglo XX) y las zonas del planeta donde estas tuvieron lugar (alguno países latinoamericanos, de Europa del este o Rusia) en un interesantísimo viaje por la teoría y práctica del muy diverso movimiento populista, incluyendo etapas previas a la adopción del término.

Traducción: Irene Agoff

lunes, 22 de marzo de 2021

Jesús Fernández Santos: Libro de las memorias de las cosas

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1970

Valoración: Bastante recomendable


Paso la última de las 499 páginas (incluyendo ciento y pico con una de las exhaustivas y terribles introducciones de Cátedra, de la que luego hablaré) con la sensación de haber leído un muy buen libro, al que habrá que ponerle algunos matices. Diría más, un gran libro, un trabajo admirable lo mires por donde lo mires, serio, concienzudo, técnicamente quizá perfecto. Empezando por el hermosísimo título tomado del Libro de Esther, con ese plural algo disonante que transmite una especie de ligera inquietud. Siguiendo por el tema, algo bastante insólito en la literatura castellana, las vicisitudes de una comunidad protestante asentada en un pequeño pueblo de León.

Centrémonos ahí, de momento. Los evangélicos –protestantes, así, grosso modo- forman en España un colectivo minúsculo promovido sobre todo por algunos ingleses llegados por distintos motivos. La mayoría se ubican en las grandes ciudades pero en zonas rurales hay pequeños grupúsculos que funcionan de forma independiente, a veces una sola familia o algún individuo aislado que mantiene sus creencias contra viento y marea. Los que describe Fernández Santos se encuentran desde finales del siglo XIX en algún lugar de León, un pequeño pueblo en el que se puede uno imaginar que la cosa no pinta fácil. La omnipresente Iglesia católica (´los romanos’) impregna la vida social de arriba abajo, y los vecinos observan a los Hermanos con recelo y hasta cierto miedo (Delibes escribió El hereje muchos años más tarde, con un enfoque bastante distinto). De manera que la sensación más patente y, con el tiempo, más angustiosa, es la del aislamiento de ese puñado de fieles, que es como una isla dentro del pueblo, en una doble dirección: porque nadie les quiere cerca, y porque ellos tampoco quieren contacto con ‘los del mundo’. Gente cuya vida transcurre entre la oración, las reuniones y severas costumbres donde domina el conservadurismo más estricto.

Aunque no de forma lineal, el ámbito temporal del relato abarca desde la creación de esa comunidad hasta la misma fecha de publicación del libro, es decir, casi un siglo, durante el cual el grupo tiene ciertos momentos de alivio (la entrevista con Cánovas para levantar la capilla, la República), aunque lo normal será vivir bajo todo tipo de cortapisas legales y sociales, especialmente durante el franquismo. Una ligera apertura llega con la Ley de Asociaciones, creo que de 1964, aunque la tendencia a la atomización, las desavenencias entre diversas ramas (sobre todo, con los Testigos) y el rechazo a verse ‘laicizados’ impiden prácticamente cualquier progreso real. La comunidad continúa aislada, enroscada sobre sí misma, también afectada por la creciente indiferencia que el entorno muestra hacia cualquier tipo de religión. La sociedad cambia, camina hacia la secularización, y los Hermanos parecen cada vez más encerrados en su círculo.

Esa sensación de asfixia, muy bien transmitida a través de los personajes, la atmósfera oscura, el agotamiento de una fe que parece consumirse en sí misma, genera grietas dolorosas entre los miembros de la comunidad, que apenas asoman al exterior se ven tentados por ese mundo cada vez más libre de las ataduras de normas estrictas y perímetros insuperables. Por ahí, entre dudas existenciales y la tragedia de abandonar lo aprendido y vivido, se va fraguando el hundimiento de aquellas ilusiones iniciales y el camino inexorable hacia su extinción.

El libro podría caber sin problema en el hoy denostado concepto de novela histórica, pero creo que va un paso más allá. Es más bien una recreación, basada con mucho rigor en personajes y localizaciones reales (lo explica con detalle la introducción), pero por la profundidad que alcanza en el análisis yo diría que es más bien un ensayo novelado, un auténtico tratado sobre la evolución y circunstancias de estos grupos evangélicos en la España de finales del siglo XIX hasta los años 70 del XX. Solo el último tramo del relato adquiere un tono decididamente narrativo y la ficción termina prevaleciendo.

Decía al principio que me parece un muy buen libro. Desde el punto de vista literario, se ve un relato muy trabajado, con un subtexto cuajado de metáforas (siempre el páramo, la tapia, los muros, el aislamiento desde dentro y desde fuera, el invierno que debilita la fe), pluralidad de puntos de vista (monólogos de distintos personajes, el relato de un reportero, cartas y documentos) y una sucesión de secuencias, con saltos temporales y de localización muy medidos, de aspecto claramente cinematográfico. En definitiva, una estructura a la que se pueden poner muy pocas pegas como no sea una prosa a veces algo abrupta que contrasta con una indudable capacidad descriptiva.

Y los matices. Pues con todo esto, reconozco que el libro se me ha hecho bastante largo. Puede que sea el ritmo algo moroso, quizá algo anticuado, donde pesa demasiado la voluntad de tocar todos los temas y entrar en todos los detalles. Tal vez uno se ha acostumbrado a un tipo de relato más dinámico, que haga sentir el avance de la narración, y el Libro de las memorias…, salvo en su parte final, no termina de coger el paso, y eso a pesar de la naturalidad con que la acción se mueve de una secuencia a otra, con cambios de perspectiva, de voz y de época. Todo parece insuficiente para transmitir vigor a la lectura, de manera que, aunque esa atmósfera pesada y aplastante puede acompañar muy adecuadamente al cuerpo de la narración (la soledad, la endogamia, el sometimiento a normas posiblemente castrantes), el libro se puede indigestar a un lector poco habituado a (o poco amigo de) páginas que pasan muy lentamente.

ATENCIÓN: Si se decide usted por esta edición de Cátedra debe tener muy en cuenta algunas cosas. La introducción, como apunté al principio, reúne todas las características propias de estas ediciones: más de cien páginas con todo tipo de datos sobre el objeto del relato, historia de estas colectividades protestantes, paralelismo con los personajes reales, análisis pormenorizado de cada detalle del libro. Es interesante leerlo para ponerse en situación. Pero, como también es marca de la casa, el relato cuenta con numerosas notas a pie de página. En general me parecen prescindibles, pero sobre todo, deje usted de leerlas cuando falten unas cien páginas para el final. HAY VARIOS ESPOILERS INTOLERABLES (y además repetidos) que echan por tierra lo más llamativo del desenlace. No entiendo qué editor puede pasar por semejante disparate.

También de Jesús Fernández Santos en ULAD: Extramuros



domingo, 21 de marzo de 2021

Eduardo Izquierdo y Eloy Pérez: Los sureños no llevan paraguas

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Entran ganas de coger un avión y plantarse en el mismísimo Nueva Orleans

"Los sureños no tienen paraguas" es la primera referencia del sello Muddy Waters Books, editorial que en su declaración de intenciones aboga por la publicación de "ensayos originales, incisivos, con buenas dosis de humor y en lengua castellana". Pues bien, los cuatro requisitos se cumplen en este texto que nos traslada, gracias a la fascinación de sus autores por una cultura capaz de lo mejor y de lo peor, al Profundo Sur (y alrededores) de los Estados Unidos.

Primer requisito: ensayo original, en tanto se trata de un texto que rompe un poco con los estándares del género. No se trata de un ensayo "sesudo", de un libro de historia o ni de una guía de viaje sino de un texto sobre cómo se vive y cómo se respira en el Sur, sobre cómo son y porqué son así. El enfoque utilizado para asomarnos a esta disparatada, aberrante (a veces) y contradictoria realidad geográfica, cultural y emocional que es el Sur es el de la cultura popular. Breves pinceladas acerca de los estereotipos, no siempre del todo ciertos, del cine, la literatura, la música, la religión, las armas, el racismo, el deporte o la comida nos llevarán a los Estados Confederados y nos permitirán acercarnos a la idiosincrasia sureña.

Segundo requisito: ensayo incisivo. Sí, incisivo, mordaz, cáustico. Pese a su carácter "no académico" y más descriptivo que analítico, son muchos los palos que se tocan (algunos de ellos un tanto peliagudos) y los autores no dudan en meter el dedo en la llaga y no solo con los sureños. Aquí hay para todos, con alguna que otra desmitificación también.

Tercer requisito: con buenas dosis de humor. La verdad es que yo me he echado unas buenas risas. Entre que los sureños tienen lo suyo (me he descojonado con las historietas de los predicadores, con las incongruencias del KKK, con las delirantes asociaciones de defensa de las armas o con algunas peculiaridades sureñas) y que el tipo de humor que se gastan los autores es muy de mi estilo, lo cierto es que el libro se hace muy divertido y se lee de una sentada.

Cuarto requisito: en lengua castellana. Poco que decir aquí, salvo que los autores proceden del mundillo de la música y bien que se nota esa querencia por lo "popular".

Así que si lo que buscáis es un ensayo profundo sobre la Guerra Civil, su origen y consecuencias, o sobre la historia económica de lo que fueron los Estado Confederados, etc, ¡huid! En cambio, si lo que queréis en pasar un buen rato y aprender unas cuantas cosas con las que fardar ante vuestros cuñados en la próxima comida familiar y con las que evitar acabar colgados de un árbol en el Viejo y Profundo Sur, este es vuestro libro.

sábado, 20 de marzo de 2021

Peter Hook: The Haçienda. Cómo no dirigir un club

Idioma original: inglés

Título original: The Haçienda. How not to run a club

Año de publicación: 2010

Traducción: Federico Corriente

Valoración: bastante recomendable 

Aclaraciones preliminares: ni Peter Hook va a desarrollar una  carrera  literaria ni el estilo de este libro tiene lo más mínimo de depurado (de hecho, más de una expresión es pura jerga) ni, por supuesto, tiene la más remota pretensión de auparse a lista alguna o selección ni siquiera del opinador literario más snob o cool o dilettante.

Con lo que ahora he de dedicar los siguientes párrafos (tranquilo, no serán muchos que hoy es sábado y hay cosas que hacer) a explicar por qué me ha parecido un libro tan divertido y estoy valorando si ese bastante recomendable no debería ser un muy, pero prefiero no exponerme a los puristas y definir un poco de qué trata antes de entrar en valoraciones osadas basadas en argumentos más peregrinos.

Presentemos al autor: Peter Hook tocaba el bajo en dos de las bandas más influyentes de la música: Joy Division y New Order. Era el tipo que se dejaba el cinto de colgar el instrumento tan largo que este prácticamente quedaba a dos palmos del suelo y se veía obligado a tocar encorvado, sin mirar al público en una especie de característico ensimismamiento forzado. Cientos de bajistas han imitado tan característica pose pero pocos han sido capaces de obtener su personal burbujeo sonoro. Pero The Haçienda... no es un libro sobre música. Es un libro escrito por un tipo que se hizo célebre como músico y componente de esas bandas para pasar a tomar todas las decisiones equivocadas, que es lo que aquí narra y relaciona y que muy bien pudiera resumirse con la frase aquella de zapatero a tus zapatos. En este libro, que cubre con cierto lujo de detalles (relaciones de los eventos organizados jalonan los capítulos dedicados a cada año, junto a deprimentes balances económicos que muestran el descorazonador devenir del negocio) el recorrido vital de The Haçienda, emblemático club  situado en Manchester que el sello Factory promovió, financiado casi exclusivamente con los beneficios procedentes de las ventas de los discos de las bandas mencionadas y los de las respectivas giras, Hook detalla, desde la fina ironía del título presente en cada página, cómo esos músicos se meten, aconsejados por cierta euforia situacional en la que el ímpetu juvenil tendrá algo que ver, a propietarios y gestores de un club de enorme éxito e influencia. Una sala de conciertos/discoteca/punto de encuentro de la juventud que enlaza la angustia del post-punk con el hedonismo inducido por las drogas sintéticas de la era pre-acid y desde allí hacia adelante y sin freno. El propio Hook habla del club más como usuario y eventual empleado de sí mismo cuando en realidad debería ser un serio señor que se pone traje y corbata una vez al año para acudir a la junta de accionistas. Pero ello no es posible. No por actitud de rock star, de la que Hook carece, simplemente porque Hook, y sus compañeros de banda, se han visto envueltos en una idea que les ha parecido fenomenal, por encima de inversiones excesivas en eventos, en toda clase de instalaciones, en DJs, en bandas de escasa convocatoria, en aparatosos montajes audiovisuales de nula convocatoria.

Cada decisión es más catastrófica y el local acaba siendo definido como "el agujero al que van todos los beneficios de la banda". Nada de músicos entregados al lujo y al dispendio como premio a la brillantez de sus logros artísticos, más bien una pandilla de pringaos que no saben diferenciar sus ganas de diversión de su faceta de forzados y esperpénticos hombres de negocios, rodeados de profesionales que les recriminan sus acciones, capeando problemas con policía, autoridades, suministradores, bandas de traficantes, delincuencia local, problemas de seguridad, descontrol de los asistentes. La evolución del club acaba resultando tan patética y deprimente en su resultado económico como brillante en su influencia global. Y Hook lo explica de una manera tan cercana, sincera y resignada que voy a perdonarle todas sus carencias. Pocas veces me lo había pasado mejor leyendo un libro.

viernes, 19 de marzo de 2021

Delphine de Vigan: Las gratitudes

Idioma original: francés
Título original: Les gratitudes
Traducción: Pablo Martín Sánchez
Año de publicación: 2021
Valoración: Muy recomendable




No voy a andarme con rodeos: lo ha vuelto a hacer.

Me refiero, por supuesto, a Delphine de Vigan, cuyos libros empiezo siempre con recelo (pensando que me van a decepcionar porque me parece imposible que vaya a lograr mantener el nivel de sus obras anteriores) y cuyas últimas páginas siempre termino rebosante de GRATITUD.

Resumen resumido: la anciana Michka vive sola y no tiene familia. Cuando empieza a sufrir vértigos y afasia, no le queda más remedio que internarse en una residencia a la que Marie, su única allegada, la visita con frecuencia. Allí Michka conocerá a Jérôme, un amable logopeda que se implicará, junto con Marie, para que Michka no pierda su capacidad de comunicarse y, con ella, la oportunidad de cumplir su deseo por expresar una gratitud que tiene pendiente.

Las gratitudes forma parte de una serie iniciada con Las lealtades cuyo objetivo es, según expresó la propia autora, indagar en esos sentimientos que de un modo u otro determinan nuestra visión de la vida y, sobre todo, nuestras relaciones con los demás. Ambas son novelas bastante cortas con tramas muy contenidas, casi minimalistas, con el propósito de mantener continuamente el foco en el asunto central, la gratitud en este caso. Ese planteamiento hace que durante la lectura uno se pregunte si no se tratará en realidad de un relato largo o incluso de una fábula, sin apenas subtramas y con tan pocos personajes; dos narradores que hacen avanzar la trama desde el punto de vista de Marie y de Jérôme y de forma lineal, un final que se prevé con facilidad… Esto no es una novela —te dices a ti misma— Delphine está resbalando —te lamentas— tenía que pasar —concluyes. Pero, de nuevo, te equivocas. Las gratitudes es otro artefacto narrativo calibrado con gran precisión, cuya contención no le resta ni un ápice de sensibilidad, de certeza o de emoción. De hecho, Las gratitudes podría adaptarse con suma facilidad al teatro. 

Gratitudes expresadas, las pendientes, las dolorosas, las arriesgadas, las sistemáticas, todas nos sobrevuelan y conforman nuestro universo. Así lo refleja maravillosamente esta historia, aparentemente pequeña, que de nuevo abre una brecha a la reflexión sobre esas «cosas pequeñas» que al final tanto importan y tal vez por eso el libro se nos pegue a las manos como a fuego y nos dejemos transportar por su belleza, su nostalgia, tristeza, humor y sobre todo, por su amor.
«Veo, como si estuviese allí, esas extensiones vacías, áridas, esos caminos devastados que surgen en mitad de sus frases cuando intenta hablar. Paisajes desolados, sin luz, de una trivialidad inquietante, y nada, absolutamente nada, a lo que aferrarse. Imágenes del fin del mundo. En cuanto empieza una frase le faltan las palabras, trastabilla como si hubiera metido el pie en un agujero. Ya no hay balizas ni puntos de referencia, pues no hay sendero capaz de atravesar tierras tan estériles. Las palabras han desaparecido y las imágenes no consiguen reemplazarlas. Su voz, asfixiada por el yugo de la derrota, se desintegra. Obstáculos desconocidos le obstruyen el paso. Masas oscuras, igualmente innombrables. Ya nada puede compartirse. Y todos sus intentos caen en un pozo sin fondo de donde nada, jamás, podrá ser rescatado. Busca en mis ojos un indicio, una clave, un atajo. Pero mis ojos no le ofrecen ninguna ayuda, ningún desvío. La ruta está cortada. El hilo de la comunicación se ha roto. El silencio le ha ganado la partida. Y ya nada la retiene.»
La valoración, sin duda que Muy Recomendable. Aprovecho para adelantarme al debate que suele surgir siempre que reseño a esta autora. En mi opinión, Nada se opone a la noche es su mejor obra (punto) y si en mi reseña de entonces la valoré solo con un Muy recomendable en lugar de con un rotundo Imprescindible fue quizá porque era mi primera aportación oficial en el blog como colaboradora y no quería ir de intensa. Dicho esto, revalido el Recomendable de Basado en hechos reales y el Muy Recomendable de Las lealtades que guarda, como ya he dicho, ciertas similitudes con Las gratitudes sin que por ello ninguna de las dos pierda una pizca de personalidad propia o el lector pueda sentir que al leer una ha leído la otra.

Hemos llegado de nuevo a ese punto en el que trato de disimular mi absoluta veneración por la autora y, para demostrarlo, me quejo de algo. En este caso diré que Las gratitudes es muy corta —unas ciento setenta páginas bien espaciadas— y te la lees en una sola tarde quedándote, inmediatamente después, huérfana de lectura. A solas con la reflexión y con el pataleo.

Otras obras de Delphine de Vigan reseñadas en ULAD: Nada se opone a la noche, Las lealtades, Basada en hechos reales

jueves, 18 de marzo de 2021

rupi kaur: todo lo que necesito existe ya en mí

Idioma original:
Inglés
Título original: home body
Traducción (al catalán): Bel Olid
Año de publicación: 2020
Valoración: Prescindible

Rupi Kaur nació en Panyab, India. Siendo muy joven migró a Canadá. Empezó a difundir sus textos en las redes sociales (primero en "Tumblr" y luego en "Instagram"). Después autopublicó dos de sus poemarios; dado el éxito que éstos obtuvieron, las editoriales no tardaron en acercársele. En total lleva vendidos diez millones de ejemplares, que se han traducido a la friolera de cuarenta idiomas. Hay quien dice que es la voz de su generación. 

No os voy a engañar: a mí, la fama de Kaur me olía a chamusquina. Sospechaba que era una de esas escritoras cuya literatura resuena en gente que no ha leído demasiado, o que no tiene un criterio exigente, o que sólo pide que la conmuevan. Sospechaba, también, que la producción de Kaur sería comercial, ligera, digerible, efectista, emocionalmente manipuladora, enquistada en modas efímeras y sobrevaloradísima. Pero quería comprobar si estaba equivocado, si los prejuicios me cegaban, si estaba dejando pasar la oportunidad de conocer a una autora clave del siglo XXI. Quería, en suma, opinar con fundamento.

De modo que me hice con el tercer poemario de Kaur, home body (incomprensiblemente trasladado al español como todo lo que necesito existe ya en mí). Y mucho me temo que, una vez más, tendré que vestir de purista pese al rechazo que ello me provoca, nadar a contracorriente, cuestionar a la opinión de la mayoría, contradecir al aluvión mediático, cabrearme ante los parabienes gremiales. Alguien tenía que decir que el emperador va desnudo.

Al fin y al cabo, esta obra me ha parecido simplona, reiterativa y vacua; está llena de lugares comunes buenistas, cursilería y madurez impostada; coquetea con la autoayuda más infame; receta unos consejos inoperantes e incluso tóxicos; se disfraza de feminista pero solamente ofrece diagnósticos de género de brocha gorda; pretende alzar una voz crítica (casi mesiática) contra la misoginia, el racismo y el capitalismo, pero desconoce que cualquiera de sus proclamas ya han sido dichas antes y mucho mejor; y, para colmo, ni siquiera se puede disfrutar formalmente, porque tanto los versos como la prosa poética que compila exhiben una calidad inexistente. A la postre, home body recuerda a la libreta de una adolescente que nace como un ejercicio de arte terapéutico pero que termina por revestirse de ínfulas cuando el contenido de la misma obtiene una inmerecida popularidad.

Fijémonos en los dos poemas que más me han gustado: el de la página diez y el de la setenta y dos. No digo que sean extraordinarios, pero sin lugar a dudas son de lo mejorcito que aporta este volumen. Aun así, podrían pulirse, y mucho. Su métrica es, cuanto menos, deficiente; su subtexto se revela en la frase final, privando al lector de su intervención hermenéutica. Saber que ambos son los mejores fragmentos de una antología de casi doscientas páginas resulta descorazonador.

En el apartado formal, home body se caracteriza por emplear únicamente minúsculas y por, excepto en dos ocasiones, no puntuar. ¡Qué derroche de originalidad, cuánto rupturismo! Este proceder se antoja artificioso, pues carece de justificación. Según tengo entendido, es el estilo de Kaur, y supongo que puede llegar a impresionar a personas poco curtidas con el lenguaje. 

Asimismo, los temas manejados en home body no entregan ningún enfoque novedoso. De hecho, se presentan como enriquecidos por el entre comillas fotogénico bagaje de la autora (su cualidad de mujer inmigrante de procedencia humilde, así como su pasado de víctima de violación y abuso), pero no hay unicidad en su tratamiento; ni siquiera frescura, pues lo que Kaur cree que se le ocurre en un arrebato de inspiración no es más que algo que lleva años en el imaginario de nuestra especie. Lo que yo conozco como sonrojantes verdades de Perogrullo, vamos.

Por ejemplo, sus reflexiones en torno al feminismo son sumamente genéricas. Además, se vinculan con el sexismo, el identitarismo y el colectivismo más trasnochados. Que si los hombres tienen miedo de que las mujeres les sobrepasen, que si nosotras debemos hacer piña, que si el amor romántico hetero es prescindible... Ya no hablemos de lo previsibles que son sus comentarios sobre la ansiedad y la perfección, o lo ingenuas que son sus ideas para construir un mundo mejor y quererse a uno mismo.

Pero todavía no he explicado de qué trata home body. Pues bien, este poemario se divide en cuatro partes. Casi todas emplean el mismo registro desinspirado y cansino, y giran una y otra vez en círculos concéntricos. En consecuencia, la estructura del libro se siente repetitiva y, sus componentes, clónicos, aunque admito que hacia el final se aprecia un tenue progreso. Por ahí afirman que esto se debe a que Kaur narra su viaje emocional de la inseguridad y la depresión hacia la aceptación y el amor propio. Puede que así sea, y de ahí provenga la sensación de progreso antes sugerida. En todo caso, el conjunto se antoja, insisto, repetitivo, amén de cursi y edulcorado. 

Llegados a este punto, estaría bien señalar que Kaur es una de esas escritoras que dibujan (o artistas visuales que escriben, como prefiráis). Por tanto, muchos de sus textos van acompañados de unas ilustraciones monocromas, hechas solamente a base de líneas torpes. Una chiquillada cuya ejecución no tiene mucha gracia (por no tener, no tiene ni siquiera el encanto de lo genuinamente "naif"), ni evoca nada interesante ni visual ni conceptualmente hablando. De nuevo, Kaur se muestra derivativa, aunque no tengo claro de hasta qué punto es consciente de que un corazón llorando es un recurso trilladísimo.

En fin. Abrumado ante el paupérrimo nivel de esta obra, decidí darle el beneficio de la duda a la autora y leerla en su idioma original. Quizá la traducción que yo tenía entre manos no le hacía justicia. ¡Sorpresa, tanto su prosa como sus versos son igual de lamentables en inglés! Y lo que es peor: buscando cosillas, he visto que Kaur llegó a jugar con el formato híbrido y la composición, dando lugar a resultados un pelín más satisfactorios que en home body. Pues no sé, ya podría habérselo currado un poquito también esta vez para alcanzar unos mínimos de nuevo.

Resumiendo: este poemario se deja leer. Te lo ventilas en una tarde, más que indignar le deja a uno perplejo, y se olvida enseguida. Da un poco de rabia, eso sí, que se haya gastado papel para imprimirlo. Asimismo, irrita vagamente el saber que hay miles de personas que creen que es buena literatura, y que lo consumirán entusiastamente y lo reseñarán como si se tratara de la segunda venida de Cristo. Si esto es todo lo que tiene que decir la voz de una generación, estamos apañados. Si alguien tan abierto como yo tiene que mimetizarse con un purista dogmático para denunciar ciertos productos editoriales, la hemos cagado.