jueves, 26 de septiembre de 2019

Eider Rodríguez: Un corazón demasiado grande


Idioma original: Vasco
Título original: Eta handik gutxira gaur. Haragia. Katu jendea. Bihotz handiegia.
Año de publicación: 2004, 2007, 2010, 2017
Traducción: Al catalán; Pau Joan Hernàndez. Al castellano; Eider Rodríguez, Zigor Garro, Lander Garro.
Valoración: Muy recomendable

La lectura de la veintena de estos relatos breves de Eider Rodríguez depara una sensación rara, inquietante. Por una lado, la propia configuración del género, del formato del cuento, que juega con lo explícito, que no lo explicado. Con lo apenas revelado y no con lo detalladamente inventariado. Y por otro, la punzante capacidad de la autora para moverse entre las paradojas de la cotidianeidad, por señalar las casi imperceptibles grietas adheridas a la fachada de aparente normalidad que exhiben los protagonistas, sus circunstancias, sus confortables casas y familias. Una realidad contradictoria, enrevesada y sutil, hecha de cariño y desprecio, de belleza y de enfermedad, de soledad y de complicidad, de sobrentendidos. Y malentendidos.

En el relato que da título al libro, las metáforas resultan, en mi opinión, un tanto evidentes; el corazón incapaz de funcionar debido al atasco de los conductos que deberían alimentarlo, el limonero moribundo y seco al que el traslado proporciona nuevos brotes, el disfrutar de un verano excepcionalmente largo. Está también la tesitura por la que se desliza la protagonista, a quien su hija empuja a tomar el cuidado de su padre enfermo -su ex pareja,  con la que apenas ha tenido contacto en los últimos veinte años- circunstancia que le aboca a afrontar una inesperada inmersión en su propio detritus emocional. Un precario equilibrio entre lo que pensamos que debe ser hecho, lo que hacemos por un ser querido y lo que sencillamente hacemos porque sí, por darnos el gusto. Un pulcro lodazal en el que chapotear con la sonrisa fatigada, entre la compasión y el patetismo, donde aprender a quererse cuidando del otro, donde resistirse a amar, y a odiar, y donde los momentos álgidos apenas son el preludio de un nuevo hundimiento. Todo eso –recuerden, más explícito que explicado- puede caber en un corazón demasiado grande.

Las narraciones de Eider Rodríguez (Rentería, País Vasco, 1977) sobrevuelan un cierto grupo y ambiente social, esa clase media desahogada materialmente  y emocionalmente cochambrosa. Hay fragilidad en los niños y en los viejos, en los enfermos, en los heridos, en los gatos, y hay solidez en las casas que habitan, espaciosas, ajardinadas, iluminadas. Capaces de destilar rencor, por ejemplo, hacia esos que no son como nosotros, que se visten y peinan de otra manera, y también comen y hablan diferente, y de acreditar carencias de traca, como la de la joven que piensa que sólo las perdedoras van detrás de los chicos, que ellas no han sido educadas para el amor y que si este apareciese, habría que soportarlo tan bien como fuese posible. 

También hay lugar, parco, recóndito, para la esperanza, como la hija que regala unos pendientes de plata a su madre como símbolo de su afán por abrirle ventanas a su pequeño y recluido mundo, así como para la ironía, como la madre y la hija que intentan huir de su origen social, una a través del estilo, la otra del intelecto. Aunque apenas para la condescendencia, como la mujer que se aleja de la juventud y concluye que el problema no es la belleza, sino dejar de ser alguien que pueda provocar una disputa entre cazadores. Y que sentencia (he leído la versión en catalán): És això, la vida? Això i prou? Y como lector me quedo noqueado, atrapado en esa maravillosa sensación. Rara. Y muy inquietante. Quizás estos ambientes sociales que impregnan los relatos de Un corazón demasiado grande podrían resumirse con una frase que en estos últimos años se ha hecho muy popular aunque me parezca especialmente desagradable: Es lo que hay.

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