jueves, 28 de mayo de 2020

Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1858-1865
Valoración: Está bien

Si hablamos de Gustavo Adolfo Bécquer seguramente lo primero que nos viene a la cabeza son las famosas Rimas, ya saben, todo eso del ‘salón en el ángulo oscuro’, ‘volverán las oscuras golondrinas’ o ‘¿Qué es poesía?', etc. etc. O sea, ese romanticismo tardío que tanto éxito ha tenido durante más de un siglo, ideal para corazones inflamados (o desolados) y pasiones más o menos adolescentes o maduras, según se mire. Esta vertiente es la que sin duda ha triunfado, quizá por reflejar sentimientos tan ardientes y comunes, con su puntito de cursilería, y ha relegado a un nivel mucho menos popular el resto de elementos que en Europa conformaban esa literatura romántica, de los que el autor sevillano también se sirvió. Para hacerlos visibles está aquí, cómo no, Un Libro Al Día.

Como decía, bastante menos conocidas que sus Rimas, Gustavo Adolfo escribió también las Leyendas, una colección de unos veinte relatos breves, publicados en vida del autor, en los que efectivamente asoman muchos o casi todos los rasgos de esa corriente creativa: el misterio y lo sobrenatural, préstamos de culturas orientales, medievalismo, la muerte y los sueños… y, cómo no, la belleza femenina, la pasión y el amor.

Todos estos elementos se combinan en distintas proporciones a lo largo de los textos, que ofrecen diferentes tonos y perspectivas. Los misterios de mundos soñados, de seres o presencias incorpóreas se funden a veces con la naturaleza, a veces con divinidades exóticas o locales. Es llamativa la presencia de la cultura india (o más bien hindú), que pocos lectores (entre los que desde luego no me cuento) hubieran sospechado en Bécquer. Vemos por ahí a Brahma, Shiva y Vishnú como figuras clave de varios relatos, quizá viejas leyendas reconstruidas por el autor sevillano. Son algunos de los de mayor exuberancia descriptiva y se ve en ellos la voluntad de recrear las tonalidades orientales tan poco conocidas y por eso mismo tan atrayentes para los autores de la época. (Como inciso, la lectura de esos relatos asiáticos me trajo a la memoria aquellos Cuentos indios que Mallarmé también recuperó para occidente: buf, qué tratamiento tan absolutamente diferente y hasta contrapuesto le dieron los dos poetas a sus importaciones. Pero bueno, no perdamos el hilo).

Pero efectivamente también la religión católica tiene una presencia decisiva, lo que ya es algo bastante más infrecuente en la literatura romántica, y de alguna manera otorga a las Leyendas una seña de identidad digamos nacional. Lugares de culto e imaginería prestan su potencia espiritual a historias de extraños fenómenos, casi siempre determinados por la pugna entre el Bien y el Mal, y se hace patente el magnetismo de los ritos o las figuras santas. La iglesia (edificio) atesora secretos y fuerzas insospechados que solo se dejan sentir con todo su poder cuando el Maligno asoma, o cuando es obligado el triunfo de la justicia.

A veces la fantasía de Bécquer sorprende con un carácter volcánico que amenaza desbordarse sin un rumbo concreto, como cuando confiesa al principio de Los ojos verdes: ‘Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título’. Un rapto de espontaneidad que desgraciadamente se repite poco, porque en demasiados casos el estilo poético estalla y penetra sin remedio en los relatos, lo que hará las delicias de algunos lectores, pero a partir de ciertas dimensiones esa voluptuosidad representa un problema, no solo porque el ritmo se hace moroso en extremo, sino porque el aparato estético ahoga la narración y la reduce a muy poca cosa. Es la tasa que paga Bécquer por adentrarse en un terreno menos propicio a sus efusiones, aunque ciertamente no todos los textos llevan la misma carga. En mi opinión –lector del siglo XXI, claro está- cuando consigue dominar esa corriente, los relatos más contenidos son justamente los mejores: La cruz del diablo, Maese Pérez, el organista y El rayo de luna, por este orden. Y, ya puestos, añadiría por su originalidad y frescura el cuento indio La creación.

Un cierto tono ingenuo, textos en general bastante similares y, sobre todo, muchas y muy profusas descripciones, que ya sabemos que es un rasgo muy decimonónico, y al final es posible que todo esto nos conduzca a un debate eterno: ¿son libros que envejecen mal? ¿pesa demasiado la subjetividad del lector actual, con todos sus condicionantes, a la hora de valorar algo escrito más allá de las últimas cinco o seis décadas? No apreciamos apenas, o directamente nos estorban, las florituras que tanto arrebataban a nuestros antepasados. No nos espantan ni nos emocionan ni nos sorprenden igual la sangre, los misterios o los fenómenos inexplicables. Hemos visto, leído y escuchado tanto que pocas cosas nos conmueven como antes. Y aun así, aunque quizá no seamos capaces de apreciar esas obras vetustas, sigo creyendo que es muy conveniente que las conozcamos.

También de Gustavo Adolfo Bécquer en ULAD: Desde mi celda


miércoles, 27 de mayo de 2020

Gabriel García Márquez: Ojos de perro azul

Idioma original: español
Año de publicación: Dispersos: 1947-
1955, en forma de libro: 1974.
Valoración: Muy recomendable




Una vez leí en algún manual que la semilla del árbol contiene el árbol completo, con sus raíces, tronco, ramas en que se va dividiendo y hasta la menor de sus yemas, sin olvidar las flores y los frutos. No es que vayamos a ver, claro está, una maqueta de ese árbol, ni siquiera microscópica, lo que posee esa semilla son las instrucciones para transformarse en algo muy grande, igual que un joven que busca su primer trabajo puede, si lo lleva en sus genes y siempre que las circunstancias no lo impidan, convertirse en un genio. Ojos de perro azul es algo más que una semilla del Gabriel García Márquez posterior, los relatos que componen el volumen son en realidad pequeños poemas en prosa –y si esperamos que nos cuenten una historia coherente quizá nos defrauden un poco– en donde se encuentran perfectamente definidos: el realismo mágico tal como el autor lo concibió y desarrolló en su obra más madura, sus mecanismos mentales, fuentes de inspiración, obsesiones y recursos característicos de una prosa perfectamente reconocible. En ellos no vamos a encontrar una historia al uso porque no ocurre nada que pueda describirse con palabras, y cuando creemos estar tocando, por fin, algo concreto, el desenlace se nos desintegra entre los dedos ya que pertenece, una vez más, al reino de lo simbólico. El que se cuenta a sí mismo es el propio autor, a él, sus contemporáneos y al devenir de la sociedad, y lo hace mediante metáforas y símbolos, con el lenguaje ancestral de los relatos de su tierra, que pertenecían al reino de lo mítico hasta que él los desenterró y los dotó de una nueva vida, a su medida y a la de le época que le tocó vivir.
No creo que nadie tuviese nunca la menor duda de que allí había talento, de que ese misterio y esa magia debían darse a conocer, de que la belleza del lenguaje y esa realidad tan íntima e inasible encerraban un valor evidente. Pero aunque había precedentes, pues el boom latinoamericano estaba empezando a ser un hecho e incluso contaba con precursores que habían anunciado su eclosión, G.M. no era aún más que un joven periodista que escribía raro en el fondo y en la forma. Raro y bonito, sí, pero en definitiva raro. Y difícil de entender, que casi es peor. (Y menos mal que en esa época lo monetario no era tan prioritario como hoy día). Por eso fueron publicándose pero esporádicamente en la prensa, y no llegaron a reunirse en un volumen hasta 1974, cuando el éxito de Cien años de soledad (1967) era clamoroso y el autor tenía ya otras obras en su currículum.
Así que, para situar a quien todavía no se haya acercado a ellos ni conozca demasiado a G.M., podríamos decir que, en lugar de catorce relatos, Ojos de perro azul reúne catorce fogonazos de ingenio, tan extraños y herméticos que solo hay una forma de abordarlos: dejarse llevar por su belleza, por ese torrente verbal e imaginativo concebido hace tres cuartos de siglo, como si escuchásemos una melodía, sin hacernos preguntas para no interrumpir su trayectoria. Solo entonces –y tampoco aseguro nada– lograremos encontrarle algún sentido.
Pero la prosa de G.M., sobre todo la de este libro, no solo se acerca a la poesía moderna por su hermetismo, su carácter simbólico, su ritmo y la belleza de sus imágenes, coincide también en la temática –amor y muerte– y en el propósito de descubrir algo que permanece secreto y nunca pertenecerá al mundo cotidiano. Y esto solo se consigue utilizando recursos rítmicos comunes a la lírica: repeticiones, paralelismos, contradicciones, vueltas atrás en la línea temporal etc., porque estas piezas son una pregunta continua acerca de esas dos cuestiones que, por otra parte, son las que siempre han interesado a los poetas y que se repetirán como un mantra a lo largo de toda su obra. Pues ¿qué es Cien años de soledad sino una oda a lo efímero?
Es evidente que quien se hace preguntas es porque no tiene las respuestas, de ahí que todo sea confuso, relativo y contradictorio. Los muertos piensan (Eva está dentro de su gato), no saben si lo están (La tercera resignación, Tubal-Caín forja una estrella y La otra costilla de la muerte) o no lo están del todo (Alguien desordena estas rosas), hay quien está muerto en vida (La noche de los alcaravanes y Amargura para tres sonámbulos) o quien se vive a través de un espejo porque está sepultado en la rutina y necesita un doble para desahogar con él su frustración (Diálogo del espejo) o quien ha sido enclaustrado durante décadas y acumula energía para resucitar de repente y con fuerzas renovadas (Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, donde encontramos, creo, la mayor crítica social de todo el libro) o la vida no es vida porque consiste en una espera permanente de algo que nunca llega a ocurrir (Un hombre viene bajo la lluvia y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, donde utiliza ya el topónimo que luego convertiría en mítico) o porque es imposible comunicarse con el otro (De cómo Natanael hace una visita). En cuanto al amor, se vive como una danza entre dos seres que van y vienen por el tiempo y el espacio observándose mutuamente (Ojos de perro azul) y si hay algún amor auténtico acaba frustrándose frente a quien lo utiliza como moneda de cambio (La mujer que llegaba a las seis).
El tono es melancólico pero no triste, desencantado sin caer en la desesperación. Y es que siempre nos salvará la belleza.

Todas nuestras reseñas de Gabriel García Márquez: Aquí

martes, 26 de mayo de 2020

Doris Lessing: El quinto hijo

Idioma original: Inglés
Título original: The fifth child
Traducción: Ángela Pérez
Año de publicación: 1988
Valoración: Imprescindible


Hablaba el otro día sobre libros de lectura ligera o intensa, y también acerca de su capacidad, o no, para suscitar la reflexión. Mi categoría favorita pertenece a esos libros de lectura ligera (estilo ágil y fluido, sin caracoleos estéticos ni reflexiones grandilocuentes y de extensión moderada) que abre la puerta hacia un amplio espacio para la reflexión, esas lecturas que te hacen levantar la vista del papel de puro gozo. El quinto hijo estaría en esa categoría.

Resumen resumido: Londres, finales de los 60. Los recién casados Harriet y David planean comprarse una gran casa en las afueras donde formar una familia (muy) numerosa. Su proyecto —costoso y conservador— sorprende a sus familias que, no obstante, les apoyarán. Pero cuando parece que Harriet y David han alcanzado su sueño, entonces nace el quinto hijo (Ben) y el sueño deriva en una pesadilla del todo inimaginable.

Doris Lessing (Nobel de Literatura 2007) construye un relato narrativamente impecable, al servicio de una historia repleta de sutilezas y grandes momentos con un indiscutible fondo crítico. El quinto hijo es una novela que empieza con el foco abierto, hablando de la comunidad (el matrimonio Lovatt, su familia y el resto de su entorno, los hijos que van llegando, etc) y acaba centrado en la figura de la madre (Harriet) que reflexiona en soledad sobre su hijo menor. La transición se produce sin que apenas nos percatemos gracias al uso de un narrador en tercera persona omnisciente que, poco a poco, va focalizando más en el personaje de Harriet, cuyos actos y observaciones apelan continuamente a la humanidad del lector y despiertan su empatía.

El quinto hijo parte de un conflicto aparentemente familiar para reflexionar sobre cuestiones universales que siguen siendo a día de hoy fuente de sufrimiento, desigualdad y abuso:
  • El (no) lugar para el diferente. Aquel que no se ajusta a los estándares pre establecidos (en este caso, Ben) carece de lugar en la sociedad, tanto desde el punto de vista físico como funcional e ideológico. Ignoramos al diferente y, cuando eso no es posible, entonces lo apartamos.
«Decidió que lo que deseaba era que por fin alguien empleara las palabras adecuadas, que compartiera la carga. No, no esperaba que la liberaran, ni siquiera que las cosas pudieran cambiar mucho. Quería que se reconociera su situación, que se otorgara a su problema su dimensión real.»
  • La «condición madre». La evolución que sufre Harriet es un catálogo de todos los despropósitos construidos alrededor de la maternidad: la madre como objeto social de juicio y escrutinio (si todo va bien, es en cumplimiento de lo que se espera de ella, si algo no sale tan bien, la culpa recae sobre ella). La madre como objeto pasivo, como simple medio, cuyas quejas o sufrimientos o pálpitos son vistos como lamentables excentricidades que no hay que tener en cuenta. La narración rompe con la imagen bucólica y simplista que desde siempre se nos ha vendido de la maternidad, para dar paso a un retrato mucho más humano, profundo, complejo y lúcido. Harriet es la que más sufre la existencia de su hijo pero también la única que trata de comprenderle. Ella cree que Ben tiene una naturaleza propia, a diferencia del resto que lo consideran un desposeído.
«—Ben —dijo con suavidad, aunque le temblaba la voz—. Ben… —diciéndolo como si fuese una reivindicación humana hacia él y hacia aquel peligroso desván desordenado en el que él había retrocedido a un lejanísimo pasado que no conocía seres humanos.»
Otros temas que se ponen bajo la lupa son el clasismo (si puedes pagarlo, puedes hacerlo) así como la ceguera de la sociedad y la inutilidad de sus organismos a la hora de dar respuestas. 

La novela da para extenderse decenas de páginas pero me detengo aquí para no desvelar demasiado, sobretodo porque se trata de una obra relativamente corta. Así que Imprescindible porque, desde mi punto de vista, El quinto hijo está entre los libros que hay que leer y Doris Lessing forma parte, desde ya, de mi top ten de autorEs.

También de Doris Lessin reseñado en ULAD: Canta la hierba

lunes, 25 de mayo de 2020

Michelle Roche Rodríguez: Malasangre

Idioma: español
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable si no esperas una historia de terror

Historias de vampiros, al menos desde el siglo XVIII, ha habido infinidad y con toda clase de variantes, que van desde lo sublime a lo chusco, pasando por la hormona adolescente, lo cómico, lo distópico o lo algodonosamente infantil... En esta Malasangre nos encontramos con una propuesta bastante original, al menos hasta donde yo conozco: una novela de vampirismo tropical, latinoamericana y, para más detalle, totalmente enraizada en la Historia de Venezuela, donde se desarrolla. para más concreción, la novela transcurre en la Caracas de 1921, en plena dictadura del general Juan Vicnte Gómez, cuando el país -o al menos sus dirigentes y la red familiar y clientelar tejida a su alrededor- comienza a enriquecerse gracias a la explotación , aun por parte de compañíaas extranjeras, de los fabulosos yacimientos de petróleo que se iban descubriendo en su geografía. En ese contexto, la adolescente Diana Gutiérrez, hija de un arribista llegado a la capital trass participar en la "Revolución Liberal Restauradora" (sic) que había llevado al poder al general Castro, y luego a Gómez, y de una joven de buena familia caraqueña venida a menos, descubre que ha heredado de su padre la hematofagia, una terrible sed de sangre, aunque aún no evolucionada hasta el vampirismo... de momento.

Podemos decir que la novela discurre en diferentes niveles, que se entrecuzan: por una parte, la trama o peripecia en sí misma, la historia de la joven Diana, que al dejar la niñez se ve impelida por las ambiciones familiares y las convenciones sociales a buscar marido, comportándose como una recatada señorita casadera, al tiempo que debe asumir -y controlar- su condición de hematófaga, de mujer aviesa y rendida a los instintos animales... una "malasangre", que dice su madre. Mientras que la aaspiración de Diana es abrirse a las posibilidades que ofrece a las mujeres un mundo en proceso de cambio hacia la modernidad (posibilidades entonces bastante relativas, ya lo sabemos, pero al menos diferentes del tradicional papel que tenían reservado como esposas, madres y objeto de cambio para los intereses masculinos).

Por otro lado, encontramos la trama histórico-política en la que se ve envuelta nuestra protagonista, de ella, junto con una ambientación que cabe suponer apropiada, me parece destacable la claridad con que la autora explica las coyunturas política, social y económica de la época, algo a lo que, en un principio, supongo ajena a la mayoría de lectores no venezolanos. Cierto es que quizás la atención que le presta a esta faceta de la novela haga decaer un tanto el aspecto  más "gótico" de la narración (no olvidemos que, después de todo, se trata de una historia de vampiros... perdón, de hematófagos), pero ello también le permite entroncar Malasangre, o eso creo yo, con el ya clásico subgénero latinoamericano de "novelas de dictadores", con cierta conexión, puesto que la protagonista es también una mujer que cuenta las vicisitudes de su juventud, con La fiesta del chivo, de Vargas Llosa.

A un nivel más simbólico, hay una evidente analogía, reiterada a lo largo de la novela, entre el ansia por la sangre y el deseo (llegando al desenfreno) sexual, más aún cuando el descubrimiento de ambas circunstancias le sobreviene a Diana al poco de comenzar su pubertad. Ahora bien, el vampirismo supondría un paso más allá: la asunción de su naturaleza lúbrica, incluso bestial, por parte de la persona afectada; en el caso de las mujeres, la elección de una vida "indecente", "torcida", "viciosa"... es decir, convertirse en una malasangre. De un modo más general, también se vería como tales a las mujeres que querían liberarse de las ataduras de la sociedad tradicional: las sufragistas, feministas, contestatarias... Con otro sentido simbólico, aunque de una forma menos evidente, el vampirismo también se podría considerar aquí una alusión a la extracción de la riqueza petrolífera del país por parte de los extranjeros, y de la riqueza en general por la oligarquía política y financiera, tanto la de toda la vida, el "dinero viejo", como la de los "chácharos" que medraban con los gobiernos de Castro y Gómez.

En suma, la novela toca y trata varios temas, quizá hasta en demasía para su no excesiva extensión; tal vez también, y como ya he señalado, eso vaya en detrimento de la vertiente más gótica, más propia de una historia de terror; pero aunque no sea tal, sensu stricto, sí que se puede considerar una variación interesante del género, refrescante, incluso (si es que se puede utilizar tal adjetivo, en este caso). Sobre todo, y de cualquier manera, se trata de una novela no sólo apreciable, sino recomendable, que, presumo, es además de las que dejan poso en la memoria lectora. Y que espero no sea la última de esta apreciable escritora venezolana, aunque el listón se lo ha puesto ella misma bastante alto. Aguardaremos a ver si lo supera...

domingo, 24 de mayo de 2020

Faruk Šehić: Cuentos con mecanismo de relojería

Idioma original: serbocroata
Título original: Priče sa satnim mehanizmom
Traducción: Miguel Rodríguez Andreu
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Es indudable que el paso de una guerra por un territorio deja secuelas por mucho tiempo, pues más allá de la muerte física de los fallecidos existe también una muerte emocional, una muerte en las aspiraciones de sus gentes; una muerte que nace en el pasado, pero que mata el futuro. Faruk Šehić es un claro ejemplo del impacto que dejan las guerras en un territorio, pues este conjunto de relatos es indisociable de su vida: nacido en 1970 en la República Socialista Federal de Yugoslavia fue reclutado a sus veintidós años por el ejército de Bosnia-Herzegovina y, ya terminada la guerra, estudió literatura y empezó a escribir poemas, novelas y relatos como el que nos ocupa.

Con esta trayectoria vital, parece inevitable que la temática abordada en los quince brevísimos cuentos que contiene este libro traten todos, de una manera u otra, sobre la guerra; en unas ocasiones hablando de ella a través de protagonistas como soldados, en otras a través de las voces de meros espectadores o víctimas colaterales como escritores, familias o seres solitarios, evidenciando que el impacto de la guerra se extiende más allá de los que luchan en ella, pues de una manera u otra todos deben luchar para sobrevivir y evitar la muerte (física o anímica).

De esta manera, el libro es una reflexión sobre lo que ocurre en los territorios donde transcurre un conflicto bélico y Šehić nos habla de ello con una prosa poética, visual, emotiva, tal y como queda evidente ya en el primero de los cuentos, «Los soñadores», donde el autor narra la relación entre dos amantes en un mundo efímero, que solo observa el presente y teme un futuro que quizá no llegue nunca, pero en el que el amor a los libros sobrevive a todo ello, incluso a ellos mismos, a su mundo, y así lo expresa uno de sus protagonistas al afirmar que «en algún libro continúa nuestra vida incansable. Allí nuestras palabras hacen el amor. Aquí ni el polvo siquiera tiene algo que hacer. Envejecemos, pero somos externamente jóvenes». También este supramensaje que emana del texto, de amor y trascendencia, se transmite en «La fábula de hierro» donde el protagonista afirma que «buscábamos amor por todas partes, cada noche levantábamos en vano piedra a piedra. Aquello que se nos arrebató en vida, durante cuatro años de guerra, quisimos reemplazarlo de cualquier manera, sin saber que eso nunca se puede suplir». Estos dos fragmentos son claro ejemplo del estilo del autor, profundo, bello y, a pesar de ello, contundente.

En otros relatos menos poéticos, la voz protagonista se sitúa en los combatientes, personas en las que el autor manifiesta el vacío y desesperanza, a veces utilizando altas dosis de escatología y sexo como mecanismo de evasión a la absurdidad y vacuidad en la que se encuentran (como en el relato «El rey de las mierdas») o desde el punto de un excombatiente en «El tiempo vuela» donde un antiguo soldado nos cuenta, tiempo más tarde, lo que recuerda de esa época y la fragilidad y sinsentido de sus vidas, que destrozaban día a día el futuro prometedor que auguraban de pequeños. Un futuro roto por una guerra difícil de olvidar, que pasaron bebiendo para ello, afirmando que «continuamos con la bebida. La noche prometía que nos olvidaríamos de la guerra, pero nos recordó que el tiempo tiene su propio ritmo, en el que la vida humana no interviene para nada».

Cambiando a menudo de registro, el estilo ecléctico de Šehić nos adentra, en ocasiones, a escenarios con aires futuristas, emulando escenas propias de Matrix o Blade Runner, en unos relatos en los que el autor transmite la fuerza del ocaso de una época, de ciudades perdidas, de rostros sin cara y almas sin esperanza, donde «todos los horrores diarios serán derramados sobre los sueños en el tiempo sordo de la noche» como afirma en «Matrix en Belgrado» o también escenarios donde un escritor se refugia en un sueño de un mundo futuro, con ciudades reconstruidas donde vive aún la esperanza. De igual manera, el autor también habla de la infancia, en ese precioso cuento que es «El retorno a la naturaleza», donde relata la ilusión de un enamoramiento fugaz, en esas aulas con olor a lápiz de madera y grafito, y a goma de borrar, y el recuerdo de una niña de aspecto trágico, alguien de quien afirma que «en su cara alguna vez vio cómo la muerte saluda desde el futuro».

De manera más breve e infrecuente, Šehić también nos habla de los escritores, del autor y la novela que crece dentro de él como apunta en «Un reloj de sangre y carne» y también en «Mi Atlántida privada» donde nos habla del poder de la literatura cuando todo se viene abajo, así como de los recuerdos que tiene de su padre y de cuando era pequeño, leyendo y disfrutando con otros mundos. Este tema aparece también en el posfacio que cierra el libro, donde el autor nos cuenta el origen de los diferentes cuentos y de su literatura e incluso afirma que la elección sobre qué incluir y qué descartar, sobre qué escribir y cómo hacerlo, pertenecen únicamente al escritor: «el escritor siempre decide las reglas del libro. Si escribes libros para que se desarrollen como le gustaría a otra persona, es mejor que dejes la literatura».

Por todo ello, la sensación que el libro deja en conjunto es de desesperanza y tristeza, pues el desánimo existente en la población que sufre una guerra es palpable, como en «La fábula de hierro» donde Šehić hace un afinado retrato de la desolación existente en la juventud de una sociedad castigada por la guerra, sin un futuro en el horizonte que les permite vivir más allá de cada día y cada noche. También en el relato «El hombre mutilado» aborda este tema, con un protagonista que espera que pase el tiempo, los días, intentando soñar en que un día salga el sol y pueda volver a vivir y ser feliz o en «La reunión», donde los protagonistas van a ver las estrellas y el cuento aprovecha este trayecto para recordar una ciudad que intenta sobreponerse a la guerra, iluminando sus casas a pesar de que estén vacías. De igual manera toca este tema en «La ofrenda», uno de sus mejores relatos, donde una familia que vive en el bosque espera pacientemente y de manera resignada la llegada de los soldados que pondrá fin a sus vidas; en él nos habla de la guerra, del monstruo de la guerra, un monstruo sediento de nuevas muertes a los que sólo se le puede combatir no entrando en su juego, combatiendo a través de la no violencia.

Mucho mejor en el terreno real que en el fantástico, en los relatos donde habla directamente de la guerra, sus consecuencias y la desgracia que acarrea la misma que en aquellos relatos de tintes post apocalípticos (donde habla de relojes, electrodomésticos, zombis o insectos), la prosa de Šehić destaca cuando nos habla de la tragedia y la desolación, de la tristeza y la falta absoluta de la esperanza, de los sueños que marchitan, esperando un futuro que no llegará.

Lleno de metáforas, el libro expone y muestra una sociedad abandonada y sin esperanza, repleta de personas con el alma perdida y sin ninguna aspiración, tras una guerra que se ha llevado vidas y sueños. Šehić ha escrito un libro amplio, variado e impactante, donde incluye quince relatos de diferente temática en apariencia, pero donde en todos ellos tiene cabida un estado de ánimo abatido y desesperanzado, sin ningún futuro para las personas enfrentadas a una guerra de resultado incierto y de futuro nada halagüeño que debe renacer de ciudades devastadas, vidas destruidas y futuros arrebatados.

sábado, 23 de mayo de 2020

Juan José Saer: La ocasión

Idioma original: español
Año de publicación: 1987
Valoración: recomendable

Uno se pregunta cómo han descendido de nivel ciertos premios literarios para acabar otorgándose a ciertos autores cuando en 1987 se le llegaron a conceder a escritores como Juan José Saer, que incluso en esta novela, no siendo la mejor que le he leído, se muestra, se mostraba, tan superior a todo lo que últimamente se presenta como novedad o como la octava maravilla que demasiadas editoriales parecen poner en los estantes cada semana. La ocasión dista de ser una de sus obras más renombradas porque queda atrás en el tiempo y porque el autor publicó maravillas como El entenado o La pesquisa, pero desde luego, y muchas veces he mencionado en mis reseñas lo que me repele el concepto de nostalgia, es una enorme novela de esas que, seguro, releerás para capturar detalles de esos que se escapan a la primera.
Porque Saer tiene esa cualidad de recordar a escritores que le han precedido en algunos detalles pero anticipar a otros. No siendo un autor desde luego de alcance mayoritario. La ocasión manifiesta detalles de bildungsroman de trazos no clásicos, más cercanos a Musil o a Robertson Davies, pero a la vez incorpora tratamientos de los escenarios que consiguen transmitirnos de forma plástica pero no recargada esa incómoda sensación de paisajes que te hablan. Sus descripciones de los terrenos de la pampa, esos terrenos que serán entregados a los colonos que poblarán Argentina, remiten a obras posteriores de escritores como McCarthy e incluso tienen una capacidad de evocación fotográfica de raigambre cinematográfica.
Ambientada a mitades del sigo XIX, la novela nos cuenta el regreso a Argentina de Bianco, personaje de incierto origen que habla muchas lenguas con extraños acentos, que huye de Paris tras ser ridiculizado cuando ha pretendido demostrar ante un comité científico sus pretendidos poderes sobrenaturales, que se propone ser rico a base de imitar lo que los ricos hacen y que se acerca a Garay López  (Saer ya empezaba a adelantar nombres de su imaginario futuro), influyente miembro de la comunidad, joven médico que administra las tierras de su familia e incierto e involuntario componente de un extraño triángulo: Bianco, Dina, joven esposa de Bianco y Garay. Pero limitar la novela a esa situación es quedarse corto. Saer explora el ámbito psicológico, tantea incluso con la narración histórica (tenemos un pasaje que recrea un hipotético nacimiento de un mesías en un establo de Belén) y, sin ser una novela perfecta, introduce muchos de los elementos que marcarían su obra posterior.

Unas cuantas obras de Juan José Saer reseñadas en ULAD: aquí

viernes, 22 de mayo de 2020

Gianni Rodari: Érase dos veces el barón Lamberto

Idioma original: Italiano
Título original: C'era due volte il barone Lamberto
Año de publicación: 1980
Traducción: Isabel Soto
Ilustraciones: Javier Zabala
Valoración: Está bien (recomendable para niños)

Érase dos veces el barón Lamberto es una novela breve escrita por el celebérrimo autor de literatura infantil Gianni Rodari. Obra imaginativa donde las haya, destaca por el entrañable humor que la permea, los excéntricos personajes que la pueblan, las descabelladas situaciones que cobija, su inesperado final y su negativa a entregar un mensaje moralizante.

Transcurre en el lago de Orta, situado en el norte de Italia. Más concretamente, en la isla de San Giulio. Allí está la villa del barón Lamberto, un anciano que padece numerosas enfermedades y convive con su fiel mayordomo Anselmo. En uno de sus viajes le revelan cómo puede vencer a la muerte. Escéptico, hace la prueba ¡y el método funciona! Lo cual desencadena un problema tras otro. Para empezar, a su único heredero, Ottavio, no le hace ninguna gracia. El milagro tampoco coopera, precisamente, con los intereses de los miembros de las Veinticuatro Eles, una banda criminal que invade San Giulio.

Sin duda alguna, Érase dos veces el barón Lamberto hará las delicias de los niños, demografía a la que va destinada. Aunque no penséis que deja de lado a los adultos que la tienen entre manos; Rodari, mientras entretiene a los pequeños, también nos va guiñando el ojo con complicidad a nosotros. Eso sí: en tanto que crítico exigente que quiere sacarle punta incluso a una narración de estas características, le pondría un par de pegas. En primer lugar, que su argumento sea tan episódico; por no hablar de la escasa participación que tienen varios personajes, cuyo potencial se acaba desperdiciando. Pero insisto en que ésta es una lectura agradable, especialmente para los chiquillos. 


También de Gianni Rodari en ULAD: Cuentos por teléfono