martes, 25 de diciembre de 2012

Owen Jones: Chavs. La demonización de la clase obrera

Idioma original: inglés
Título original: Chavs. The Demonization of the Working Class
Año de publicación: 2012
Valoración: imprescindible


Antes de profundizar en otros temas, debemos saber qué es un chav: en la sociedad británica (que es el tema principal de este ensayo, aunque sus conclusiones puedan extrapolarse a cualquier otro país europeo), un/a chav es un/a joven perteneciente a la clase trabajadora. Pero además, para gran parte de la población, los chavs son vagos, casi analfabetos, visten con chandal, son horteras y vulgares, están en paro, viven de las ayudas sociales (y se aprovechan del sistema, porque no quieren estudiar ni trabajar), tienen un montón de hijos (generalmente son padres antes de cumplir los 15 años), son malhablados, matones y ladrones.

Pero, ¿es real este estereotipo? ¿Acaso toooooda la clase trabajadora británica se corresponde con esta imagen? ¿O es sólo el fruto de una elaborada campaña de marketing cuyo objetivo es crear un chivo expiatorio que justifique los recortes sociales y el fin del estado de bienestar?

Por medio de una completa y exhaustiva investigación (donde se da la palabra a políticos, periodistas y personas pertenecientes a diferentes clases sociales), Owen Jones se encarga de desmontar este prejuicio que tanto daño está causando a los propios chavs y a la sociedad en general. El autor nos habla de las terribles consecuencias que tuvo la política neoliberal de Margaret Thatcher, de la desindustrialización que desde los años 90 sufre el país (lo que ha lanzado a miles de personas al paro), del auge de empleos temporales mal pagados, del ocaso y del escaso poder de los sindicatos, de la alarmante cantidad de gente que actualmente vive en la pobreza... pero también del escaso poder representativo que tiene la clase trabajadora en la política actual, de unos medios de comunicación que trabajan por y para la clase media acomodada y de unas políticas educativas que cada vez restringen más las oportunidades para labrarse un futuro de la gente sin recursos.

Analizando cuidadosamente la –cada vez más desigual– sociedad británica, su férreo sistema de clases aún –y cada vez más– vigente y las consecuencias políticas y sociales que está logrando el prejuicio contra los chavs y los esfuerzos por culpabilizar a los menos afortunados por su situación, Jones elabora un más que interesante ensayo en el que hay sitio para explicar los disturbios que tuvieron lugar en 2011 (y cuyas causas, desarrollo y consecuencias no son, seguramente, las que creíamos) y para intentar abrir los ojos del lector y hacerle echar una mirada crítica a lo que ocurre a su alrededor.

También de Owen Johnson en ULAD: El Establishment

lunes, 24 de diciembre de 2012

J.R.R. Tolkien: El hobbit

Idioma original: inglés
Título original: The Hobbit, or There and Back Again.
Año de publicación: 1937
Valoración: muy recomendable para niños; recomendable para adultos

Por una vez y sin que sirva de precedente, ULAD se sale de sus dominios habituales para mezclarse en el campo de la crítica cinematográfica; porque, sí, lo reconozco, esta reseña nace después de ver la película (primera de la trilogía) El Hobbit de Peter Jackson, y de releer El Hobbit para comprobar si mis recuerdos sobre el libro eran correctos. Así que aquí va, dos por el precio de uno.

Sobre el libro: El Hobbit es la primera obra de ficción extensa publicada por J. R. R. Tolkien, en aquel entonces profesor de literatura anglo-sajona en Oxford (buen conocedor por tanto del Beowulf, de las sagas nórdicas o de los cuentos infantiles tradicionales, como demuestra su obra). En realidad, Tolkien había escrito El Hobbit para su hijo, y parece ser que solo por casualidad llegó a manos de un editor, quien a su vez se lo dio a leer a su propio hijo antes de decidir publicarlo. El resto, como se suele decir, es historia...

A diferencia de El señor de los anillos, mucho más adulto y oscuro, más denso en mitología y de tono épico, El Hobbit es una novela infantil-juvenil con muchos de los rasgos del género del relato fantástico tradicional: un héroe torpón con el que identificarse y empatizar; un sabio mago ayudante; una aventura llena de peligros y sorpresas; objetos mágicos (¡el anillo!); antagonistas feroces pero algo estúpidos; un narrador entrometido y omnisciente, por no decir sabelotodo; y en general un tono ligero que permite divertirse con escenas que de otro modo podrían resultar terroríficas (como una manada de lobos ardiendo, o una horda de arañas gigantes dispuestas a devorar unos enanos).

Dado que fue la primera obra de ficción publicada, El Hobbit fue, para Tolkien como para muchos lectores, la puerta de entrada a la Tierra Media y a toda su mitología. De ahí que algunos aspectos aparezcan todavía solo esbozados (como la enemistad entre enanos y elfos, o la antigua guerra entre enanos y orcos) y otros apunten ya a lo que después será El señor de los anillos (escrito, por cierto, a petición del editor como secuela de El Hobbit). Hay que tener en cuenta, además, que Tolkien revisó El Hobbit en su segunda edición para hacerlo encajar mejor con su continuación, por ejemplo en cuanto a la relación entre el Anillo y Gollum, o el modo en que llega a manos de Bilbo.

En cualquier caso, e incluso después de estos cambios, El Hobbit continúa siendo una lectura muy distinta a El señor de los anillos: más ligera, más humorística, menos épica y sobre todo pensada específicamente para un público distinto. Esto no quiere decir que un adulto no pueda disfrutar leyendo esta novela; pero para hacerlo, probablemente, tendrá que reencontrarse con su niño interior.

Sobre la película: Voy a decirlo así: si no existiera la trilogía de El señor de los anillos, me parecería que El Hobbit es una película impresionante, que nos deja con la boca abierta por su capacidad visual, sus caracterizaciones, sus paisajes, su capacidad para recrear el mundo de Tolkien como si hubiera saltado directamente de las páginas o de la imaginación de su autor. El problema es que la trilogía existe, y por lo tanto ni los efectos visuales ni las caracterizaciones ni los paisajes resultan nuevos; hasta la música es la misma, o una variación de la misma.

Y voy a decirlo también así: si no existiera El Hobbit (el libro), y esta película fuese una precuela de El señor de los anillos, probablemente seguiría pareciéndome una muy buena película, un pelín lenta, dispersa y repetitiva, pero en todo caso entretenida y muy digna sucesora (o antecesora, según se mire) de las otras tres. El problema, una vez más, es que el libro existe, y como decía más arriba es un libro muy distinto a El señor de los anillos: más liviano, más juvenil, menos épico y sobre todo mucho menos oscuro. Y Peter Jackson ha obviado deliberadamente esta diferencia, añadiendo subtramas violentas y dramáticas (la de Thorin y Azog, por ejemplo) y creando aún más interrelaciones con la trilogía anterior (como la conversación entre Elrond y Gandalf sobre el renacer de Sauron).

En mi opinión, por lo tanto, Peter Jackson ha sido muy poco valiente en El Hobbit desde el punto de vista creativo: además de extender la historia todo lo posible con subtramas e interpolaciones varias, para poder hacer una trilogía donde solo había una o como mucho dos películas, ha decidido hacer más de lo mismo, repetir los trucos que sabe que le funcionan, en vez de intentar algo nuevo y mantener mínimamente el espíritu de la novela original.

Los fans de la primera trilogía probablemente estén encantados con el resultado; los fans de Tolkien, sospecho que quizás no tanto.

También de J. R. R. Tolkien un ULAD: El señor de los anillos, Silmarillion

domingo, 23 de diciembre de 2012

Giorgio Bassani: El jardín de los Finzi-Contini

Idioma original: italiano
Título original: Il giardino dei Finzi- Contini
Fecha de publicación: 1962
Valoración: Se deja leer

«En El jardín de los Finzi- Contini he querido dar una visión profunda de un cierto tipo de sociedad desde un punto de vista histórico, sentimental, artístico e, incluso ideológico, ya que en cuanto narra determinadas circunstancias históricas es una toma de posición contra el fascismo».

Estas palabras pertenecen a Giorgio Bassani, escritor italiano de origen judío y autor de la novela que hoy reseño. Sin embargo, aunque las palabras citadas suenen tan bien, tengo que decir que El jardín de los Finzi- Contini me ha dejado bastante fría. Y eso que hacía mucho que quería leerla ya que todos los comentarios que de ella leía y escuchaba eran muy buenos.

Esta novela de confesados tintes autobiográficos se sitúa en Ferrara, durante el ascenso del fascismo, y narra una de esas historias de amor tormentoso que tanto gustan a los escritores melancólicos: chico de clase media se enamora locamente de una hermosa chica de clase superior que juega con él de forma continua al ratón y al gato y que no termina de dejarle claros sus sentimientos.

En esta ocasión el pobre muchacho es un trasunto de Bassani, un joven judío de Ferrara de clase media amante de las letras, y el objeto de sus anhelos y desvelos es Micòl Finzi-Contini, la bellísima hija de una familia judía de clase alta que posee una magnífica mansión y que es sobreprotectora con sus hijos, de tal modo que los vástagos apenas salen de casa.

Desde un primer acercamiento cuando apenas tienen trece años, el protagonista de la novela siente ganas de besar a la impredecible y enérgica Micòl. Y diez años después el héroe y su idolatrada vuelven a coincidir en la mansión Finzi-Contini en agridulces circunstancias. Con la promulgación de las primeras leyes raciales los jóvenes judíos ya no pueden disfrutar del club de tenis de la zona, por lo que los hermanos Finzi-Contini (Micòl y el sexualmente ambiguo y delicado de salud Alberto) abren su mansión a muchachos y muchachas hebreos en su misma situación. ¿La disculpa? Dar en el morro a esas leyes anti-judías jugando a tenis en su digna pista y dejándose mimar por el servicio de la adinerada familia.  Será en estos encuentros cuando el alter ego de Bassani y la bella esquiva se conviertan en íntimos amigos aunque el joven no tenga del todo claro los sentimientos de ella, ya que Micòl a veces se muestra cálida y otras veces tirante. Y el repentino viaje a Venecia de la chica para acabar su tesis (ella también es una brillante estudiante) y su vuelta aún más impredecible, no harán sino trastornar aún más a su enamorado.

Aunque no los nombre a todos, es obvio que varios personajes con papeles trascendentes para la historia pululan por las páginas de la novela, pero el más terrible de todos es un fantasma nunca nombrado: el miedo a que la vida de sus protagonistas sea truncada de un momento a otro. No en vano, hablamos de un régimen que, en teoría, no distinguía entre clases.

Pero como ya he dicho al principio, la novela, pese a contener una historia que podía dejarle a uno con un nudo en el estómago o sacudirlo mediante su triste belleza, me ha dejado bastante fría.

Creo que Bassani contaba con un envidiable material entre manos para tejer su historia, autobiográfica además, lo que debería hacerla más pasional. Pero se limitó a describir lo que le sucedió con los Finzi-Contini sin llegar a la esencia de tanta desilusión, admiración y devaneo sentimental. Es decir: debería habernos contado más, aunque fuera fabulando, sobre Micòl, sobre Alberto, sobre él mismo. Porque aunque la novela sea breve y agradable de leer, esté bien escrita y uno conozca gracias a ella la Ferrara de la época, contiene personajes poco definidos y por tanto, no del todo creíbles. Vamos, esa sensación me produce a mí.

PD: hay película de De Sica, de 1972. A Bassani, por lo que he leído, no le convenció mucho, excepto su duro final…


sábado, 22 de diciembre de 2012

Ryszard Kapuscinski: Un día más con vida

Idioma original: polaco
Título original: Jeszcze dzieri zycia
Año de publicación: 1976
Valoración: muy recomendable

Gran novela de aventuras: un periodista algo osado se decide por quedarse alojado en un hotel en Luanda, capital de Angola que está a punto de ser tomada por uno de los bandos que luchan por el poder, una vez Portugal ha decidido otorgar la independencia y le ha puesto fecha y hora. 1975. El periodista, polaco, arriesga su vida ya por el mero hecho de serlo; uno de los bandos persigue atrozmente a cualquiera que huela a comunista. Pero eso no lo pone a salvo de otros, ni mucho menos. Constantemente se juega el pellejo pasando controles, hablando con soldados y mandos de ambos bandos, manteniendo un imposible equilibrio de amistades y conocidos a todos los niveles, con tal de que ello le permita cumplimentar el ejercicio de su labor.
Se trata de informar de lo que pasa, de hacerlo sin otro prisma que el de la realidad o, en todo caso, el posicionamiento al lado de los más débiles (pues considera que siempre son los que más sufren en los conflictos bélicos). Se trata de tensar la cuerda al máximo con tal de contar con los mejores recuerdos, los mejores testimonios, las mejores imágenes (encima el tipo puede usar fotos propias para ilustrar sus portadas), en definitiva, la estampa más real y menos sesgada de lo que ocurre a su alrededor.
Luego vuelve a Polonia, se supone, ordena sus notas, recompone un poco sus recuerdos y lo escribe de una manera ágil, con escasas licencias pero con sublimes resultados. Elude el tono excesivamente emocional, la fácil languidez o la apelación al lloriqueo inútil. Los muertos que se encuentra a su paso huelen fatal, si no se entierran hay que pasar de largo, a lo sumo ver la cantidad que hay de ellos, y luego explicarlo.
Explicar, explicar de la mejor manera. Ésa es la finalidad última del héroe de esta novela. Las conclusiones ya le irán surgiendo al lector, que sabe que poca imaginación y poca inventiva se ha aportado. Hasta explicar cómo lo explica, qué vicisitudes atraviesa el periodista para poder rendir cuentas de su trabajo, cómo se cansa y cómo suda y cómo siente miedo y asco, no en Las Vegas y con drogas, en Angola y con apenas un par de cajas de tabaco polaco húmedas de sudor, que son casi la mejor moneda de cambio, donde la sonrisa es de desconfianza y la carcajada es de locura.

Ya está, lo confieso, por si alguien no se ha dado cuenta: ni es una novela ni su protagonista es sólo un periodista. Mejor: sí es sólo un periodista, en cuanto periodista es persona de carne y hueso, persona que valora lo injusto de lo que pasa, persona que piensa en qué habrá sido de aquellos a los que ha conocido y le han ayudado. Persona que cuenta lo que pasa a su alrededor. Porque los hechos son reales y las personas también. Qué grande, este hombre.

También de Ryszard Kapuscinski en Unlibroaldía: Aquí

viernes, 21 de diciembre de 2012

Libros para el fin del mundo

Por algún motivo, la idea del "Fin del Mundo" parece atraer a la imaginación humana. Hoy, 21 de diciembre de 2012, es uno de esos días en los que dicen que vamos a dar nuestro último aliento, solo porque hace un porrón de años a los mayas se les acabó el espacio en la piedra para meter más años. Pero esta confusión anecdótica revela una atracción intemporal por el destino final de la humanidad, del planeta o del universo, que se presenta al mismo tiempo como un momento de destrucción, sufrimiento y caos, pero también como un restablecimiento del orden cósmico: el juicio final en el que la humanidad en su conjunto, y cada ser humano en particular, paga por sus pecados.

De hecho, los mitos sobre el fin del mundo (o "escatológicos") están presentes en todas las grandes religiones: el hinduísmo, por ejemplo, cree que estamos en la última fase del ciclo o Kali Yuga (la más impura e infiel de todas, faltaría más), después de la cual Vishna disolverá y regenerará el universo; el "sermón de los siete soles" de Buda describe la destrucción del universo, después, también, de una fase de decadencia, inmoralidad y crimen. En las religiones de la tradición judeo-cristiana e islámica, el fin del mundo toma la forma de "Juicio Final" en que Dios resucitará y juzgará a los muertos por sus actos; por supuesto, no podemos hablar del Apocalipsis sin hablar del Apocalipsis, el último libro de la Biblia y uno de los más poéticos y simbólicos.

Pero no solo los textos religiosos se han ocupado del "final de los tiempos": la literatura también, con especial recurrencia en los últimos doscientos años. De hecho, una de las primeras obras modernas en plantear la desaparición de la raza humana es El último hombre (1826) de Mary Shelley (sí, la autora de Frankenstein), en el que la culpa la tiene una enfermedad incurable que se extiende por el mundo. O cómo no, La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, en que el viajero temporal termina cayendo en un futuro lejano en que la civilización ha desaparecido y la humanidad ha degenerado en dos especies distintas: los refinados Eloi y los brutales Morlocks (en otro salto hacia el futuro, el viajero temporal llegará a ver el momento de destrucción de la Tierra, a causa de un sol gigante y abrasador).

El siglo XX ha sido pródigo en ficciones apocalípticas, que han reflejado los sucesivos miedos dominantes: una epidemia incurable, la guerra nuclear, el calentamiento global... La ficción literaria o cinematográfica sobre la capacidad devastadora de las armas atómicas inundó la imaginación del siglo XX. Ray Bradbury, por ejemplo, incluyó en varios relatos de sus magistrales Crónicas marcianas (1950) un escenario de guerra nuclear de efectos devastadores sobre la Tierra.

En la rama epidémica se sitúa una de las novelas más influyentes del género, Soy leyenda de Richard Matheson (1954), que ha sido llevada al cine en varias ocasiones; aunque no es la primera: además de la obra de Shelley de la que ya hemos hablado, Jack London había escrito medio siglo antes una novela titulada La peste escarlata (1898) en que la humanidad es destruida por un virus. Una supergripe es también la causa del fin de la humanidad en Apocalipsis (título original, The Stand, 1990), de Stephen King.

Entre los relatos apocalípticos de origen ecológico se impone mencionar El rebaño ciego (1972) de John Brunner, una novela terible en que la polución y la sobreexplotación del planeta causan todos los males imaginables a los seres humanos. J. G. Ballard, otro autor clave del género de ciencia-ficción del siglo XX, jugó a imaginar distintos finales para el planeta tierra: el exceso de agua en El mundo sumergido (1962); la falta de agua en La sequía (1964), o un extraño fenómeno que transforma la materia en cristal en El mundo de cristal (1966). En Ciudad (1952) de Clifford D. Simak los humanos también son culpables de su propio final, pero por puro agotamiento y decadencia de sus estructuras sociales.

En otros casos, el origen del desastre proviene del espacio exterior: de nuestros amigos los marcianos. H. G. Wells, de nuevo, marcó la senda con su novela La guerra de los mundos (1898), creando una tradición que llega hasta el Mecanoscrito del segundo origen (1974) de Manuel de Pedrolo; mientras que en El día de los trífidos de John Wyndham, una extraña lluvia de meteoritos verdes y unas misteriosas plantas asesinas se reparten la destrucción del planeta. Philip Wylie y Edwin Balmer, por su parte, fueron pioneros al plantearse lo que ocurre Cuando chocan los mundos (1933), una novela que también ha sido adaptada varias veces adaptada al cine. La tierra también es destruida, por medios más burocráticos, en la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams; pero ya sabéis, Don't panic.


El siglo XXI comenzó con su propio mito apocalíptico (el famoso "efecto 2000", que se suponía que iba a freír todos nuestros sistemas informáticos); así que no es de extrañar que la ficción (post)apocalíptica siga ocupando un lugar en nuestras librerías, televisiones y salas de cine: The Walking Dead, Los juegos del hambre, Soy leyenda, la saga Terminator... De hecho, la ficción distópica o post-apocalípstica ha atraído la atención de escritores consagrados como Cormac McCarthy (La carretera, 2006) o Margaret Atwood (Oryx y Crake, 2003).


No se prevé, por lo tanto, una falta de interés por el tema apocalíptico en un futuro cercano. Quiero decir, si es que hay futuro más allá del 21 de diciembre. Y si no lo hay, si al final resulta que las profecías tenían razón y hoy se acaba todo, por lo menos que el fin del mundo nos pille leyendo.


jueves, 20 de diciembre de 2012

Alan Licht (editor): Bonnie 'Prince' Billy por Will Oldham

Título original: Will Oldham on Bonnie 'Prince' Billy
Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2012
Calificación: recomendable para fans


Lo malo de los libros sobre músicos (o sobre artistas, en general) es que, salvando excepciones, suelen estar escritos desde la más profunda admiración o desde el sentimiento contrario, lo que da como resultado una obra en la que el objeto de la misma acaba siendo subido a los altares o bajado a los infiernos sin contemplaciones. Y lo bueno de este libro es que no hace ninguna de las dos cosas.

Bonnie 'Prince' Billy por Will Oldham es una extensísima entrevista en la que el cantautor de Kentucky habla, de la mano de Alan Licht (compositor, guitarrista, musicólogo y periodista, además de amigo personal de Oldham), de (casi) todo aquello que sus fans quieren saber. Y eso es mucho decir, pues no hay que olvidar que es uno de los músicos más reacios a dar entrevistas y a hablar de sí mismo que podemos encontrar hoy en día.

Así, gracias a este libro descubrimos que Oldham comenzó su carrera como actor, que su experiencia en el mundo del cine ha influido muchísimo su forma de hacer música –y, sobre todo, de desenvolverse en el negocio–, cómo se enfrenta a la página en blanco, qué hay de sí mismo en sus canciones, qué hay detrás de Palace y cómo concibe los conciertos y su manera de actuar ante el público, entre otras cosas. Pero también se nos descubre, más que como el genio huidizo que parece, como un hombre normal que sólo quiere hacer música y olvidarse de todo lo demás.

Debido al misterio que siempre ha rodeado a Oldham, creo que esta obra es perfecta para despejar muchas dudas y para poder disfrutar de su música desde otra perspectiva. Y, a pesar de que éste es un libro a priori "sólo para fans", merece la pena echarle un vistazo y descubrir en qué se inspira o cómo trabaja uno de los músicos más interesantes del panorama actual.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

David Lodge: La vida en sordina

Idioma original: inglés
Título original: Deaf Sentence
Año de publicación: 2008
Valoración: está bien

Tengo que admitir que me compré este libro solo por el título. El original en inglés, Deaf Sentence, supone una pesadilla sadomasoquista para todo traductor cuyo jornal dependa de su ingenio. El pobre Jaime Zulaika ha hecho lo que ha podido, pero tampoco se ha lucido (y que conste que no le culpo: ni que yo tuviera una idea mejor...).

Deaf Sentence hace referencia a la sordera del personaje protagonista, un profesor universitario recientemente jubilado, por culpa de la cual se ve cada vez más y más aislado de todos los que le rodean. El juego de palabras ["death" (muerte) y "deaf" (sordo) suenan casi idénticos en inglés] sugiere que el autor va a abordar el tema de forma humorística, y, efectivamente, así lo hace al principio. Lo malo es que el tono ligero que prometen tanto el título como la edición --por lo menos, la británica-- no se mantiene a lo largo de toda la novela. Y el lector, que creía haber comprado una comedia, no puede evitar sentirse un poco estafado en ese sentido.

Escrita en forma de diario, aunque salpicada con algunos fragmentos de autoficción en tercera persona, La vida en sordina se centra en un principio en las situaciones comprometidas y graciosas a las que Desmond Bates se ve abocado por culpa de su mal oído. Haciendo alarde de un gran sentido del humor, el profesor reflexiona acerca de su condición y llega incluso a compararla, por oposición, con la ceguera: la una resulta cómica y la otra, trágica; la una simboliza lo bajo y la otra, lo sublime; la una inspira irritación y la otra, compasión. Y no deja de tener razón: aunque ninguno osaríamos exasperarnos con una persona ciega por el hecho de que no vea, a menudo nos impacientamos con los duros de oído. Por contrapartida, escribe Desmond, los "sorditos" suelen ser los animadores oficiales de las reuniones sociales.

Pero es como si David Lodge hubiera decidido escribir un libro distinto a mitad de camino: para cuando terminamos la lectura, no queda ni rastro de ese humor autoparódico del principio. Por otro lado, lo que narrativamente resulta inconsistente no deja de ser un reflejo de la vida misma: como podría haber dicho un Desmond más palabrotero, shit happens. Y entonces todo cambia de forma radical. No podemos culparle a Desmond Bates de que su diario comience de un modo y termine de otro. Pero ¿podemos culparle a David Lodge?

Pese a esa gran incongruencia tonal y a otros defectos, es indudable que el autor consigue meternos en la piel de su protagonista. Así, aunque de forma insospechada, La vida en sordina va superponiendo capas de profundidad a los conflictos de Desmond Bates y plantea temas que nos afectan a todos y que podrían resumirse en una sola palabra: envejecer. Una maldición de la que todos, independientemente de nuestra edad, desearíamos poder escapar.

También de David Lodge en ULAD: El mundo es un pañuelo, Trapos sucios