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miércoles, 29 de julio de 2020

Fernando Iwasaki: Ajuar funerario

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: entre recomendable y está bien

El género del relato, en su versión más minimalista (quizá habría que hablar de un "microgénero") ha tenido y tiene conspicuos representantes en lengua castellana, como Augusto Monterroso, Ana María Shua o Santi Pérez Isasi. También, y de forma pertinaz, el peruano, aunque afincado en Sevilla, Fernando Iwasaki, que nos ofrece en este volumen titulado Ajuar funerario -se refiere, por los visto, a la costumbre que existe en Perú de ornar a los difuntos para el funeral con alhajas... que luego se retiran, claro-, nada menos que cien microrrelatos de carácter terrorífico o que tienen que ver, de una forma u otra, con la muerte. 

Cierto es que son cuentos mínimos, la mayoría de los cuales no llega a una página y algunos no pasan de unas pocas líneas, pero, caramba... ¡son cien! Cien ideas que hay que desarrollar, cien historias apenas germinadas que hay que cuidar para llegar a convertir en una pequeña plantita, en un retoño que trasplantar a un suelo más espacioso o consumir así mismo, en ensalada... La mayoría , aunque no todos, de estos microcuentos tienen como tema la muerte, en su versión de dar miedito, claro está; encontramos así los clásicos (aunque en algún caso con una vuelta de tuerca) temas de fantasmas -Abuelita está en el cielo, Antigüedades, Aullidos, La OuijaAire de familia-; la variante de casas encantadas -La casa embrujada, Hay que bendecir la casa, Cosas que se mueven solas-, así como los no menos clásicos vampiros, hombres lobos y otros tipos de monstruos, más o menos novedosos o exóticos: El extremo, Réquiem por el ave madrugadora, Resaca, Multiculturalidad...

Encontramos también otras tipologías de microrrelatos que varían un poco el imaginario terrorífico clásico: por una parte, muchos cuentos con niños de protagonistas, un recurso siempre efectivo para dar canguelo al personal, como todos sabemos -La cueva, Los ángeles dormidos, El deseo, El cachorro, El balberito, Vamos al colegio-; las monjas también son figuras que a Iwasaki le resultan especialmente siniestras, vete a saber por qué (bueno, no es difícil de comprender): Las reliquias, Las manos de la fundadora, De incorruptis, Dulces de convento... Y, por la razón que sea, la conducción de automóviles, sobre todo de noche, también es un elemento que aparece a menudo en los cuentos: W. C., El pasajero , con un especial hincapié en la célebre figura de la "chica autoestopista", que merece hasta tres cuentos, con sus variantes sobre el tema. Se puede hacer también un apartado muy divertido con reescrituras de personajes clásicos: Peter Pan, en el relato que lleva su nombre; El apócrifo Frankenstein, mezclando a éste con la leyenda judía del Golem y con Jesucristo; Caperucita  Roja en Caperucita Reloaded, claro, y el Ratoncito Pérez en el muy regocijante Del "Bestiario del cementerio" de Fray Antonio Fuente La Peña... Por último y enlazando con éste último microrrelato, un apartado que sin duda satisfará a los lectores de Un Libro al Día: aquellos minicuentos que tienen relación, precisamente, con libros, en algún caso tan notorios como la propia Biblia: Del apócrifo evangelio de San Pedro (IV, 1-3), Del "Diccionario Infernal" del padre Plancy o el que lleva por título El bibliófilo. Aunque no sólo de libracos vive el hombre (y la mujer, por supuesto): el mundo digital está presente en A mail in the life y El dominio (www.infierno.com, en este caso)...

En suma, se trata de una recopilación de microcuentos notable, con más de una docena (pongamos un 15%) que me han parecido excelentes y, de los restantes, digamos que la mitad están bastante bien, mientras que el resto parte de ideas interesantes, pero su plasmación no siempre resulta satisfactoria. Pero, en fin, que en un libro con cien relatos, más de un 60% de ellos (y ya sé que está feo andar con porcentajes con estas cosas de la literatura, pero es que en este caso me lo han puesto a huevo) resulten, cuando menos, apreciables, sorprendentes y hasta divertidos, cuando no excelentes, me parece que está muy requetebién... Eso sí, recomiendo a quien se disponga a leerlos que no lo haga de un sola vez, sino poco a poco, dos o tres relatos de vez en cuando; de otra forma, el exceso puede llegar a un cierto empacho, además de que, cuando la lecturase encuentra con uno de los mejores cuentos, los siguientes palidecen, de forma inevitable, por comparación y la impresión final quizás quede un tanto decepcionada, o al menos, resulte más tibia de lo que merece este libro.

Para finalizar la reseña, y con permiso, espero, de su autor y de todos vosotros, reproduzco aquí uno de los cuentos más cortitos de este Ajuar funerario, pero también uno de los que más me han gustado:

Como en el fondo soy un romántico, no me importó que el pobre novio pasara toda la noche en la morgue con el cadáver de su chica. Al día siguiente lo encontramos en la camilla, desangrado y desnudo, muerto de amor. La novia todavía no aparece.

viernes, 19 de agosto de 2022

VV.AA.: Arquitecturas inquietantes

Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: Recomendable (especialmente para interesados)

Arquitecturas inquietantes compila quince ficciones. Quince ficciones que han sido escritas en español por autores de distintos países. Quince ficciones que se relacionan con varios registros terroríficos y giran en torno al concepto de la casa encantada. Quince ficciones que, en conjunto, exhiben un nivel literario altísimo. 

Por un lado tenemos aquellas que dejan un regusto clásico. Asimismo, hay aportaciones más originales (por ejemplo, "Calamidad doméstica", mi favorita con diferencia).

Abordémoslas una a una:

  • "Un flamante apartamento", de José Luis Velasco. Tiene una prosa cuidada y detallista. Desgraciadamente, su voz narrativa es inverosímil.
  • "La casa inútil", de Thomas Harris. Cumple, pero he detectado alguna incoherencia en su lógica interna.
  • "Una noche de invierno es una casa", de Cecilia Eudave. Lograda metáfora sobre la descomposición de una pareja.
  • "En la ruta", de Gustavo Nielsen. La forma en que transmite su premisa, así como la atmósfera malrollera y las imágenes perturbadoras que convoca, se me antojan muy interesantes. 
  • "La casa embrujada", de Fernando Iwasaki. Típico microrrelato del autor, con su ineludible giro de tuerca final.
  • "La casa feliz", de José María Merino. Elegante, aunque insípido, ejercicio de extrañeza.
  • "La lepra de las casas", de Ana María Shua. Prueba de que se puede comunicar muchísimo con unas pocas líneas.     
  • "Habitante", de Patricia Esteban Erlés. Breve pero intenso. Su estructura circular insinúa connotaciones espeluznantes.
  • "La casa muerta", de Alina Gadea. Hermosamente triste a su fascinante manera.
  • "Calamidad doméstica", de Solange Rodríguez PappeSu temática y enfoque rehuyen lo convencional.
  • "La Maga", de Elia Barceló. Historia canónica donde las haya, competente aunque tendente a la sobreexplicación. 
  • "La casa de Adela", de Mariana Enriquez. Tan sencilla y eficaz como una buena leyenda urbana. Destacaría, sobre todo, su conseguido escenario principal.
  • "La casa vacía", de David Roas. Tributo respetuoso a la figura y obra de H. P. Lovecraft con un planteamiento y desenlace excesivamente lineales.  
  • "La maldición de la casa Arteaga", de Yoselin Goncalves. Contenida e introspectiva reflexión en torno a la pobreza, la familia y el desarraigo. 
  • "Casa volada", de Gemma Solsona Asensio. Homenaje a la magistral "Casa tomada" de Julio Cortázar.

Resumiendo: Arquitecturas inquietantes saciará a los interesados. Sólo por sus piezas más destacables ya vale la pena leerla; y es que "Una noche de invierno es una casa", "En la ruta" y "Calamidad doméstica" son, en mi humilde opinión, notables contribuciones al subgénero aquí barajado. 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Colaboración: Golpe de fortuna de Gonzalo Ostagain

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2003
Valoración: recomendable

El atletismo y la narrativa tienen bastante que ver, y me explico: cojan ustedes a Usain Bolt y a Fernando Iwasaki y no verán entre ellos el menor parecido físico pero ambos, el jamaicano y el peruano, son, cada uno a su manera, excelentes velocistas. Un atleta, como un narrador, debe encontrar su distancia idónea, su zona de confort, esa longitud en que pueda conseguir el máximo rendimiento. Digo todo esto a raíz de mi última lectura, Golpe de fortuna, de Gonzalo Ostagain.

Hace años el autor vizcaíno ganó el Lope García de Salazar con un cuento impagable, "La arpía y su bestia favorita". Sigo reconociendo al autor de esa maravilla en este volumen de micros pero percibo en algunos de ellos cierta precipitación: las tramas son geniales pero algunos desenlaces chirrían levemente, bien por demasiado explícitos, bien por apresurados.

En los más humanos ("Para lo que sea menester", "Las artes de la dominación", "Filatelia", "Modu Tollendo Ponens", "Flotación traumática"), los protagonistas, llevando la contraria al título, son seres desafortunados, desorientados, desencantados y a los que la vida les reserva una última barrabasada. Es curiosamente en su descripción donde más se nos seduce: la sutileza, la ironía, el piadoso sarcasmo con que se nos da cuenta de los avatares que los han colocado en el nudo de la historia están muy bien modulados.

En otros, una lágrima anega "Baikal", un bosque se conjura contra sus "Taladores", unos libros se escapan de una biblioteca en una insólita "Desbandada"… En "Cuando despertó" se rinde un irreverente homenaje a Monterroso.

Los desenlaces son una continua sorpresa aunque a veces se echa de menos en la conclusión la delicadeza que hemos notado en el desarrollo. Son justamente aquellas historias que no están condicionadas por esa última vuelta de tuerca, por ese trompo que siempre se le supone al género, las más jugosas ("Polígono amoroso", "El ángel descalzo").

No se les ocurra saltarse el maravilloso prólogo de Aurelio Pizarro. Imposible con este comienzo: "El reloj es el más inquietante símbolo de la muerte, el segundo es la rutina. Bajo el acecho combinado de estas dos fuerzas discurren nuestros días".

El seudónimo bajo el que se oculta el autor, Santiago González, es la prueba definitiva de su genialidad.

Firmado: Aster Navas

viernes, 26 de febrero de 2016

Colaboración: Mar de pirañas de varios autores.

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: Imprescindible

"Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado 'El dinosaurio'.
-Ah, es una delicia –me respondió- ya estoy leyéndolo". 
José de la Colina (tampoco están mal los giros de Pablo Urbanyi o Marcelo Báez) le da una vuelta de tuerca al mítico lagarto. ¿Hasta qué punto el micro, a fin de cuentas un velocirraptor, ha evolucionado? ¿Qué meteoritos ha tenido que sortear para salvar el pellejo?

Ya sólo –permítanme esta tilde díscola- por el prólogo de Fernando Valls, que responde a muchas de estas cuestiones, merece la pena hacerse con esta antología de microrrelatos: Fernando (no dejéis de pasar por su blog La nave de los locos) conoce perfectamente el paño y nos monta una estantería con las joyas del género. De esa cuidada biblioteca y de la red se nutre Mar de pirañas.

El volumen es un auténtico festín, una sucesión de de bocados minimalistas que dejan agradablemente insatisfecho al lector. Cada texto es un plato que se devora rápido, una copa de un caldo exquisito que se bebe con avidez pero que necesita un tiempo en boca para pillarle el retrogusto: conviene, tras cada historia mínima de Castán, después de cada genialidad de Olgoso, de Greciet, de Prieto Barba, de Muñoz Rengel, de Sánchez Quiles… releer de nuevo la página, detenerse en los recovecos de sus párrafos y cerrar después el volumen para paladearlo durante unos minutos o macerarlo durante una tarde.

Y es que estas "Nuevas voces" –éste es el subtítulo de la colección- son dignas herederas de Javier Tomeo, de Luis Mateo Díez, de Merino, de Millás, de Monzó, de Mrozek o de Örkény. La mayor parte de ellos son sencillamente brillantes.

Quizá –por buscarle algún pero- servidor hubiera escogido otras pirañas de Iwasaki (hay verdaderas maravillas en Ajuar funerario) y hubiera colgado el "Aviso" de María José Barrios. Servidor, tal vez equivocadamente, hubiera añadido a este inventario algún texto de M. José Martín de la Hoz (“Vendo agendas pequeñas para gente de pocos amigos”).

Nada, felizmente, es perfecto. Lo importante es que el dinosaurio está vivo; más vivo que nunca. Se lo debemos, aparte de a sus autores, a la Nube y a editoriales alternativas y entusiastas como Impedimenta, Páginas de espuma, Lengua de trapo o Menoscuarto que apuestan por la orfebrería literaria pues creen que se debe leer también a sorbos. Pueden, pues, despertarse tranquilos.
"Terminemos, o como diría Ana María Shua, "huyamos, los cazadores de letras están aq…"

En fin.

Firmado: Aster Navas