Idioma original: Español
Así están las cosas. Para escribir esta reseña he necesitado realizar un ejercicio de abstracción de la realidad: Intemperie es una novela publicada a comienzos de 2013 de la que se lleva hablando desde septiembre de 2012, debido a su enorme éxito en la Feria de Frankfurt, cuando apenas era -suponemos- un texto en pruebas; más aún: solamente aquellos lectores que hayan estado de vacaciones en, por decir un sitio, Marte, no se habrán topado con alguna de las innumerables -y elogiosas- reseñas que sobre ella se han escrito durante las últimas semanas en periódicos, suplementos culturales, revistas especializadas y blogs. Esto ha provocado dos reacciones, de las que he sido testigo por diversas conversaciones privadas y, también, por los comentarios de algunas páginas web: están los que, por un lado, han aceptado sin remedio elevar a la categoría de obra maestra la novela, como proclaman entre fuegos artificiales una gran cantidad de críticos, y están los que, por otro, se han negado por principio a acercarse a un texto que, a la vista de la heroica campaña publicitaria llevada a cabo por la editorial, es necesario leer cueste lo que cueste. Nada más humano: cuanto más te repiten que tienes que hacer algo, menos quieres hacerlo. Es por esa facilidad para posicionarse ante la obra (incluso sin haberla leído) que, repito, creo necesario un ejercicio de abstracción para acercarse a ella de una forma objetiva, así que vamos a evitar los lugares comunes: primera novela del autor, 40 años, personajes arquetípicos, relato de supervivencia, vendida a tropecientas lenguas antes de su publicación, éxito rotundo, etc.
Al grano. La historia que cuenta Intemperie es la de un niño que huye de su pueblo por alguna razón y a quien persigue un siniestro personaje, el alguacil. En su huida, el niño se encontrará con un cabrero que lo acompañará y ayudará en la medida de sus posibilidades. La causa de la escapada del chaval forma parte de la intriga de la novela, pero tampoco demasiado, ya que el autor nos sugiere unos motivos en las primeras páginas que luego, en efecto, se concretan; tampoco el destino final del muchacho tiene misterio: hay varios momentos del texto en los que el autor nos adelanta un futuro que, previsiblemente, el lector no encontrará cuando cierre la obra. Así pues, la trama mantiene cierta tensión narrativa -sobre todo en dos capítulos, maravillosamente escritos, potentísimos-, pero sin llegar a ser significativa; lo que realmente destaca en esta novela es la prosa del autor, que ha sido capaz de construir, en doscientas páginas, una bestia literaria a medio camino entre un poema épico y un diccionario de términos del campo. No se enfaden: por ahí van los tiros.
La novela tiene, como digo, apenas 200 páginas y no es hasta la 95 que sucede algo (esto no es necesariamente malo, por supuesto: la ausencia de acontecimientos que hagan girar la trama, en muchos libros, permite al autor explorar otros caminos, darse a la reflexión, poner ideas en orden, etc.). Hasta entonces, Carrasco relata, con prosa impecable, diríamos perfecta, los primeros días de la huida del protagonista con una precisión obsesiva. En el término "precisión" está la clave. Carrasco es descriptivo hasta el agotamiento y hace gala de un repertorio infinito de términos perdidos en la memoria de nuestra lengua, por desuso o lejanía; durante las primeras páginas uno piensa que esta peculiar forma de narrar obedece a una lograda intentona de situar al lector en un ambiente, en una atmósfera concreta; pasadas esas primeras páginas, el lector comprende que no, que toda la novela seguirá en esa dirección, y que cualquier mínima acción (por inventarme algo: coger una manzana de un árbol) terminará negro sobre blanco en un par de páginas de minuciosa exposición (por seguir con el invento: la posición de los dedos, la postura del pie, el nombre de árbol y de los árboles de alrededor, el color de la manzana y el número de boquetes que tiene, las palabras exactas que definen cada una de las capas de su piel, los nudos de las ramas, las puntas de las hojas, y más). Es ahí donde Carrasco se excede, en mi opinión. Una cosa es la precisión y otra, distinta, regodearse. Y creo que el autor se regodea, atraviesa la línea que separa una prosa exquisita de una prosa exagerada, por momentos cansina: abusa de la descripción, de la terminología, de la yuxtaposición, del inventario. Como cuando enumera los distintos objetos que descansan en el altar cuando el cura oficia la misa; hombre, la metáfora ya estaba entendida: es innecesario que nos ponga en línea cada una de las herramientas (con la búsqueda, como sucede durante casi toda la lectura, de una serie de términos en el diccionario). O como cuando, en mítico párrafo, nos describe el proceso de atadura del aparejo del burro: casi una página demoledora, en términos de continuidad de lectura, para decirnos lo que ya sabíamos al comenzar ese párrafo: cargaron las cosas en el burro. Llega un momento en el que te lo ves venir y te entra miedo: da la impresión de que, si cada una de las tetillas de las cabras tuviera un nombre, Carrasco encontraría la forma de escribir todo un párrafo -resumido en "el cabrero ordeña la cabra"- en el que daría cuenta de esos nombres que, casi seguro, conocen él y Nemesio el del llano.
Carrasco escribe muy bien, seria absurdo decir lo contrario: marca el ritmo, enfatiza los acentos justos, sugiere y propone, lleva al lector de la mano, tiene enorme talento para componer imágenes y moverse en las maneras poéticas (para mí, la vena que más me ha gustado). Quizá repite algunos esquemas en ocasiones ("como Looconte...", "como Lázaro...", "como la mujer de Lot...", "como Jesús..."), hecho que llega a advertirse en una novela con esta extensión y en la que, como hemos dicho, todo la narración se sostiene, especialmente, en la prosa y su aparato lingüístico. También cae en construcciones inevitablemente redundantes, fruto de ese prolijo afán descriptivo (por ejemplo: "como un [objeto cualquiera] invertido...", fórmula que aparece varias veces). El español es una lengua rica, pero pareciera que al autor se le llega a quedar corta. Y es que, independientemente de que se pueda o no se pueda contar todo lo que hace un personaje, habría que pararse a pensar cuándo esa descripción es necesaria y cuándo no, si hablamos de perseguir unos objetivos narrativos. En el caso de Intemperie, son bastantes los episodios en los que me sobran explicaciones y me faltan emociones, a pesar de que al relato lo acompañe una imagen deslumbrante con sobrecarga poética.
Por todo esto he valorado la novela, de acuerdo con los criterios habituales del blog, con un tibio "está bien", quizá forzando la cuerda entre lo que el autor parece capaz de hacer y lo que ha llevado a cabo. Volviendo al primer párrafo, y ya enfrentando esta reseña al noventa y nueve por ciento de las reseñas que han aparecido en otros medios, debo decir que yo no he leído, o no he sabido leer, ese libro magistral y prácticamente definitivo que sí han leído otras personas. Sí que es un buen relato sobre la supervivencia y la solidaridad, pero no mucho más, y creo que la honestidad del autor no está en entredicho. Es una novela que está bien, sólida, que cuenta una historia interesante y que, durante páginas, se me hizo pesada de leer, por exceso y abuso; pesadez que se compensa con algunos momentos líricos particularmente brillantes, pero son destellos, hallazgos. Desde luego, que la comparen con Delibes me hace recordar lo que sentí la primera vez que leí Los santos inocentes y se me para el corazón: no es lo mismo. Porque, si bien ambos autores nos cuentan algo, Delibes además nos decía algo sobre la inocencia, la culpa, el dolor y el miedo en términos universales, sobre una España que abruma, sobre la muerte. No niego la capacidad de Carrasco para escribir una pieza semejante, pues apunta temas en los que ha rascado, un libro que se aferre a la memoria a pesar de las lecturas posteriores, pero, en mi opinión, esta ópera prima adolece justo de eso: ser el relato de una anécdota, interesante en su ejecución, técnicamente impresionante, por momentos lúcida, quizá fácilmente olvidable.
Año de publicación: 2013
Valoración: está bienAsí están las cosas. Para escribir esta reseña he necesitado realizar un ejercicio de abstracción de la realidad: Intemperie es una novela publicada a comienzos de 2013 de la que se lleva hablando desde septiembre de 2012, debido a su enorme éxito en la Feria de Frankfurt, cuando apenas era -suponemos- un texto en pruebas; más aún: solamente aquellos lectores que hayan estado de vacaciones en, por decir un sitio, Marte, no se habrán topado con alguna de las innumerables -y elogiosas- reseñas que sobre ella se han escrito durante las últimas semanas en periódicos, suplementos culturales, revistas especializadas y blogs. Esto ha provocado dos reacciones, de las que he sido testigo por diversas conversaciones privadas y, también, por los comentarios de algunas páginas web: están los que, por un lado, han aceptado sin remedio elevar a la categoría de obra maestra la novela, como proclaman entre fuegos artificiales una gran cantidad de críticos, y están los que, por otro, se han negado por principio a acercarse a un texto que, a la vista de la heroica campaña publicitaria llevada a cabo por la editorial, es necesario leer cueste lo que cueste. Nada más humano: cuanto más te repiten que tienes que hacer algo, menos quieres hacerlo. Es por esa facilidad para posicionarse ante la obra (incluso sin haberla leído) que, repito, creo necesario un ejercicio de abstracción para acercarse a ella de una forma objetiva, así que vamos a evitar los lugares comunes: primera novela del autor, 40 años, personajes arquetípicos, relato de supervivencia, vendida a tropecientas lenguas antes de su publicación, éxito rotundo, etc.
Al grano. La historia que cuenta Intemperie es la de un niño que huye de su pueblo por alguna razón y a quien persigue un siniestro personaje, el alguacil. En su huida, el niño se encontrará con un cabrero que lo acompañará y ayudará en la medida de sus posibilidades. La causa de la escapada del chaval forma parte de la intriga de la novela, pero tampoco demasiado, ya que el autor nos sugiere unos motivos en las primeras páginas que luego, en efecto, se concretan; tampoco el destino final del muchacho tiene misterio: hay varios momentos del texto en los que el autor nos adelanta un futuro que, previsiblemente, el lector no encontrará cuando cierre la obra. Así pues, la trama mantiene cierta tensión narrativa -sobre todo en dos capítulos, maravillosamente escritos, potentísimos-, pero sin llegar a ser significativa; lo que realmente destaca en esta novela es la prosa del autor, que ha sido capaz de construir, en doscientas páginas, una bestia literaria a medio camino entre un poema épico y un diccionario de términos del campo. No se enfaden: por ahí van los tiros.
La novela tiene, como digo, apenas 200 páginas y no es hasta la 95 que sucede algo (esto no es necesariamente malo, por supuesto: la ausencia de acontecimientos que hagan girar la trama, en muchos libros, permite al autor explorar otros caminos, darse a la reflexión, poner ideas en orden, etc.). Hasta entonces, Carrasco relata, con prosa impecable, diríamos perfecta, los primeros días de la huida del protagonista con una precisión obsesiva. En el término "precisión" está la clave. Carrasco es descriptivo hasta el agotamiento y hace gala de un repertorio infinito de términos perdidos en la memoria de nuestra lengua, por desuso o lejanía; durante las primeras páginas uno piensa que esta peculiar forma de narrar obedece a una lograda intentona de situar al lector en un ambiente, en una atmósfera concreta; pasadas esas primeras páginas, el lector comprende que no, que toda la novela seguirá en esa dirección, y que cualquier mínima acción (por inventarme algo: coger una manzana de un árbol) terminará negro sobre blanco en un par de páginas de minuciosa exposición (por seguir con el invento: la posición de los dedos, la postura del pie, el nombre de árbol y de los árboles de alrededor, el color de la manzana y el número de boquetes que tiene, las palabras exactas que definen cada una de las capas de su piel, los nudos de las ramas, las puntas de las hojas, y más). Es ahí donde Carrasco se excede, en mi opinión. Una cosa es la precisión y otra, distinta, regodearse. Y creo que el autor se regodea, atraviesa la línea que separa una prosa exquisita de una prosa exagerada, por momentos cansina: abusa de la descripción, de la terminología, de la yuxtaposición, del inventario. Como cuando enumera los distintos objetos que descansan en el altar cuando el cura oficia la misa; hombre, la metáfora ya estaba entendida: es innecesario que nos ponga en línea cada una de las herramientas (con la búsqueda, como sucede durante casi toda la lectura, de una serie de términos en el diccionario). O como cuando, en mítico párrafo, nos describe el proceso de atadura del aparejo del burro: casi una página demoledora, en términos de continuidad de lectura, para decirnos lo que ya sabíamos al comenzar ese párrafo: cargaron las cosas en el burro. Llega un momento en el que te lo ves venir y te entra miedo: da la impresión de que, si cada una de las tetillas de las cabras tuviera un nombre, Carrasco encontraría la forma de escribir todo un párrafo -resumido en "el cabrero ordeña la cabra"- en el que daría cuenta de esos nombres que, casi seguro, conocen él y Nemesio el del llano.
Carrasco escribe muy bien, seria absurdo decir lo contrario: marca el ritmo, enfatiza los acentos justos, sugiere y propone, lleva al lector de la mano, tiene enorme talento para componer imágenes y moverse en las maneras poéticas (para mí, la vena que más me ha gustado). Quizá repite algunos esquemas en ocasiones ("como Looconte...", "como Lázaro...", "como la mujer de Lot...", "como Jesús..."), hecho que llega a advertirse en una novela con esta extensión y en la que, como hemos dicho, todo la narración se sostiene, especialmente, en la prosa y su aparato lingüístico. También cae en construcciones inevitablemente redundantes, fruto de ese prolijo afán descriptivo (por ejemplo: "como un [objeto cualquiera] invertido...", fórmula que aparece varias veces). El español es una lengua rica, pero pareciera que al autor se le llega a quedar corta. Y es que, independientemente de que se pueda o no se pueda contar todo lo que hace un personaje, habría que pararse a pensar cuándo esa descripción es necesaria y cuándo no, si hablamos de perseguir unos objetivos narrativos. En el caso de Intemperie, son bastantes los episodios en los que me sobran explicaciones y me faltan emociones, a pesar de que al relato lo acompañe una imagen deslumbrante con sobrecarga poética.
Por todo esto he valorado la novela, de acuerdo con los criterios habituales del blog, con un tibio "está bien", quizá forzando la cuerda entre lo que el autor parece capaz de hacer y lo que ha llevado a cabo. Volviendo al primer párrafo, y ya enfrentando esta reseña al noventa y nueve por ciento de las reseñas que han aparecido en otros medios, debo decir que yo no he leído, o no he sabido leer, ese libro magistral y prácticamente definitivo que sí han leído otras personas. Sí que es un buen relato sobre la supervivencia y la solidaridad, pero no mucho más, y creo que la honestidad del autor no está en entredicho. Es una novela que está bien, sólida, que cuenta una historia interesante y que, durante páginas, se me hizo pesada de leer, por exceso y abuso; pesadez que se compensa con algunos momentos líricos particularmente brillantes, pero son destellos, hallazgos. Desde luego, que la comparen con Delibes me hace recordar lo que sentí la primera vez que leí Los santos inocentes y se me para el corazón: no es lo mismo. Porque, si bien ambos autores nos cuentan algo, Delibes además nos decía algo sobre la inocencia, la culpa, el dolor y el miedo en términos universales, sobre una España que abruma, sobre la muerte. No niego la capacidad de Carrasco para escribir una pieza semejante, pues apunta temas en los que ha rascado, un libro que se aferre a la memoria a pesar de las lecturas posteriores, pero, en mi opinión, esta ópera prima adolece justo de eso: ser el relato de una anécdota, interesante en su ejecución, técnicamente impresionante, por momentos lúcida, quizá fácilmente olvidable.