miércoles, 3 de noviembre de 2021

Maryse Condé: La deseada

.Idioma original: francés

Título original: Desirada

Año de publicación: 1997 (en castellano, 2021)

Valoración: Recomendable


La deseada. ¡Sugerente título! Mejor dicho, ¿qué les sugiere a ustedes? Desde luego, ni título ni ilustración son inocentes, menos aún el conjunto formado por ambos. En la portada –ya se ha hablado aquí largo y tendido de ellas, y muy atinadamente – en la portada, digo, aparece una niña negra con carita de desconcierto, ¿será ella la deseada? Pues no, precisamente no es ella. Que esto quede claro desde ahora mismo. La Deseada (La Désirade)  es el nombre de una isla que forma parte del archipiélago de Guadalupe –lugar de nacimiento de la autora– y, por tanto, uno de los territorios franceses de ultramar. Por otra parte, el adjetivo en cuestión es bastante polisémico. Dos de sus acepciones más usadas son, a saber: -mujer objeto de fantasías masculinas, -bebé de sexo femenino que se ha esperado vivamente y/o durante mucho tiempo. Bien, quede claro que aquí nos referimos al segundo. Una vez ubicado el contexto, y como no me gustan los juegos verbales tratándose de asuntos tan serios, ni la ambigüedad cuando se alude a personas vulnerables, me apresuro a aclarar que el título en cuestión juega, además, con una paradoja. Y es que el mencionado bebé fue todo menos deseado. Es más, su madre hubiera preferido morir antes que dar a luz, y no estoy desvelando nada que no vayan ustedes a leer justamente al principio.

Un progenitor que no acepta a su descendiente debería mantenerse alejado de él. Gracias a un arreglo de ese tipo la niña es feliz hasta un determinado momento, luego las cosas cambian. A partir de ahí comienza realmente la trama. Acompañamos al personaje en su búsqueda de una identidad tan esencial como el origen. Un dato que a casi todos nos viene de serie pero que en este caso se muestra esquiva, se evapora cada vez que la protagonista (y los lectores) creemos estar a punto de alcanzarla. La deseada es, pues, la crónica de una búsqueda incesante que ocupa el tiempo, los pensamientos y las energías de alguien que no pidió nacer. Las repercusiones que tiene semejante planteamiento nos llevarían demasiado lejos, además, según vayan leyendo ya tendrán ocasión de pensar en ellas. Solo diré que la genealogía es un rasgo relevante que demasiadas veces no se tiene en cuenta a la hora de encargar a una personita.

Como muchos literatos que han sabido combinar experiencia e intelecto convirtiendo la primera en literatura, Marise Condé ya reflejó en La vida sin maquillaje una existencia rica en viajes, estudios, amores, hijos, amistades que registró y luego reprodujo gracias a una capacidad de observación poco común. Leyendo esta novela encuentro ideas, personajes, lugares y episodios que me recuerdan a su propia vida, tal como ella la cuenta en sus memorias. Ese fértil sustrato, que abarca tantas culturas, etnias, personalidades, costumbres, regímenes políticos etc. enriquece y llena de colorido estas páginas. Pero a veces peca de exceso. Durante demasiado tiempo no jerarquiza anécdotas ni personajes, abusa de nombres y datos poco relevantes difuminando en la avalancha a esos pocos que realmente importan. Por momentos, me parecía estar leyendo de nuevo su biografía, pero lo que resulta un buen recurso a la hora de volver la vista atrás no funciona en una obra de ficción como esta, con una protagonista bien definida.

No había llegado ni a la mitad de la novela y estaba preguntándome por qué en 2018 se le había concedido precisamente a ella el Nobel alternativo para ocupar el lugar del auténtico. No conozco lo suficiente a Condé para opinar, pero lo cierto es que, en un momento dado, la historia remonta, encuentra su objetivo y lo persigue, pero no de una forma lineal sino dando todas las vueltas, giros, retrocesos, indecisiones y engaños al lector, tan necesarios para que la intriga se mantenga.

A partir de ahí, aumenta el nivel literario y, en consecuencia, el interés de los lectores. Los personajes principales se redefinen y crecen hasta alcanzar una estatura inimaginable hasta entonces. No pierdan de vista a Reynalda, esa madre peculiar que acabaremos comprendiendo aunque sea mínimamente, a Nina, la abuela relegada a su rincón del mundo, a la abnegada Ranélise, a Ludovic, tan poliédrico como aparentemente simple, a la buena de Arcania, a Stanley, siempre en su burbuja, a Gian Carlo, déspota aunque atractivo o viceversa. Y su factor común, Marie-Noëlle, con su eterna insatisfacción a cuestas debido a unas carencias de las que en realidad no  es responsable. Ese peregrinaje suyo partiendo de Estados Unidos, por Guadalupe y París en busca de respuestas adquiere una entidad que trasciende la anécdota para abarcar asuntos muy complejos y nos obliga a fijarnos en situaciones que, por repetidas, hemos normalizado y en las que ni siquiera solemos reparar. De ahí surgirán preguntas, tan relevantes o más que las de nuestro personaje, y algunas de nuestras convicciones quizá se tambaleen un poco.

La verdad única no existe o es casi imposible dar con ella. El lector tendrá que conformarse con recopilar los diferentes puntos de vista y manejarlos como mejor le parezca. A estas alturas se preguntarán si, por fin, la protagonista, como esos personajes míticos que emprenden un largo viaje hasta llegar a su destino, encontró lo que estaba buscando. Puedo responder que sí, que el objetivo se cumple, o ella lo cree así y eso es lo que importa. Aunque todo es relativo: en realidad nadie sabe nada y, como no existe prueba que lo avale, hay que basarse en deducciones. Para colmo, quien recibe la confidencia no comparte su hipótesis. Por supuesto, al lector tampoco se le llega a informar: de pronto ve la luz, a la vez que Marie-Noëlle, cuando esta recrea una escena no vivida. Pero ¡cuidado! lo menciona tan de pasada que se nos escapará si no estamos atentos.


También de Maryse Condé: La vida sin maquillaje

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