"La enana en el tren" y "En la silla de ruedas", de Ana María Shua, son dos ejercicios de surrealismo en formato breve.
"Las pisadas del hambre", de Ana María Fuster Lavín, es una historia de vampiros que logra rehuir lo convencional y tiene buenos momentos, aunque su acabado y estructura no me acaban de convencer.
"En paz", de Claudia Salazar Jiménez, resulta entretenido y alberga saludables dosis de humor negro.
"Cosita", de María del Carmen Pérez Cuadra, es tan perturbador como absurdo (conste que esto último lo digo como un halago).
"Afrodita", de Alicia Fenieux, presenta un detallado escenario distópico. Reflexiona acerca de la sexualización de las menores de edad y la delgada línea que separa el ocio voluntario de la presión de grupo.
"María", de Alexandra Pagán Vélez, es muy lineal en su escueto planteamiento, pero alberga descripciones bastante asquerosas que harán las delicias de aquéllos a los que este tipo de cosas nos interesan.
"La joya", de Daína Chaviano, parece salido de la pluma de un Edogawa Rampo occidentalizado y nos obsequia con un desenlace propio de uno de esos hentai directos a DVD de los noventa.
"El Ojo", de Liliana Colanzi, recuerda sobremanera a Carrie, pues contiene una turbia dinámica entre una madre y su hija, fanatismo religioso y puritanismo trasnochado.
En resumen, Aquelarre de cuentos es un volumen agradecidamente ecléctico. La calidad promedio de los componentes del mismo es, cuanto menos, elevada. ¡Así da gusto participar en una misa negra!

