sábado, 11 de abril de 2026

Cory Doctorow: Mierdificación

Idioma original: inglés
Título original: Enshittification: Why Everything Suddenly Got Worse and What to Do About It
Traducción: Enrique Maldonado Roldán, en castellano para Capitán Swing
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


En estos tiempos convulsos donde los temores acerca de los peligros de la IA están a la orden del día, conviene recordar que nuestros recelos no provienen tanto de la tecnología en sí sino de sus posibles usos. Y, lo sucedido con las plataformas más comunes (que, con la rapidez a la que todo avanza, podríamos considerarlas ya casi de “antiguas”) nos tendría que servir para reflexionar que detrás de cualquier tecnología hay una(s) empresa(s) cuyos intereses a menudo distan mucho de ser los del bien común. Y aquí es donde el analista experto en tecnologías Cory Doctorow, después de llevar un cuarto de siglo de activismo en defensa de Internet y también de ejercer como observador de las Naciones Unidas, se encontró con una situación inaudita en lo que refiere al estado de las plataformas lo que le llevó, en el 2022, a acuñar «un término para describir el repentino desmoronamiento de las plataformas en todas partes: enshiffitication», es decir, “mierdificación” o, lo que es lo mismo, el empeoramiento de las aplicaciones de forma intencionada. Parece un propósito curioso y contraproducente, pero no lo es tanto si lo analizamos en profundidad. Y esto es justamente lo que ha hecho el autor.

El autor describe la mierdificación como «un análisis que explica tres cosas: la forma en la que se deteriora un servicio en línea, cómo avanza esa degeneración y el contagio que está provocando que todo empeore de forma simultánea». Por ello, nos encontramos en un momento que el autor describe que «esta era, el Mierdoceno, es el resultado de decisiones concretas, de carácter legislativo, adoptadas por individuos concretos» en beneficio propio (y a perjuicio de los demás). Con esta premisa principal, Doctorow empieza hablando del negocio de las plataformas («un sistema que conecta ‘clientes comerciales’ con ‘usuarios finales’») y apunta que la idea inicial de eliminar los intermediarios en Internet acabó creando una ola de fusiones de adquisiciones que ha consolidado la red en cinco páginas web gigantes y eso se replicó en muchos otros ámbitos. Así, reconoce las buenas expectativas de la propuesta inicial pues «internet podría desintermediar el mundo, permitir las relaciones de persona a persona y relegar a los intermediarios a la mera posición de ayudar a los compradores y a los vendedores, en lugar de explotarlos. Pero no ha sido así».

A partir de ahí, el autor analiza los principales casos en los que este empeoramiento ha sido más evidente, y va directo contra las grandes plataformas (Facebook, Google, Uber, Amazon, Twitter) exponiendo cómo sus fortalezas iniciales fueron utilizadas para empeorar el servicio para los usuarios a la vez que engrandecían sus arcas. Así, afirma «son muchas las formas en las que los negocios digitales pueden retener a sus usuarios, pero en el caso de las redes sociales no tienen siquiera que esforzarse. La mayor parte de los negocios en línea disfruta de altos ‘efectos de red’. Este es el término que utilizan los economistas para definir un producto o un servicio, cuyo valor aumenta conforme atrae a más usuarios» y eso es lo que explota Facebook, quien además de los efectos de red se benefició de otra característica: el coste de cambio. Y una vez que consideró que tenía retenida una masa crítica de usuarios en la plataforma, llegó el momento de la segunda fase: la fase comercial. 

También Amazon explotó otra característica de las grandes plataformas: el “volante de inercia” instaurando un monopolio con el que explota no únicamente a sus usuarios ofreciéndoles en primer lugar de los resultados de las búsquedas productos de inferior calidad, sino que a su vez exprime a sus proveedores de manera que cuando estos suben sus precios en Amazon se les obliga a hacer lo mismo en cualquier otro lugar, incluso las tiendas de su propiedad en las que hacen venta directa y no solamente esto, sino que «Amazon ingresa 38.000 millones de dólares al año cobrando a los vendedores por el posicionamiento de sus productos».

Tampoco Apple se libra del análisis detallado de Doctorow, pues a pesar de que ensalza sus ventajas (seguridad, ausencia de anuncios, etc.), a su vez, en la otra cara de la moneda, se evidencia su gran logro conseguido a través de su “jardín vallado”: la gran dificultad en dejar la plataforma ya que todo aquello que creas o compras están atados a la plataforma. De esta manera, a pesar de que en apariencia el propósito era noble, se constata que «Apple no trataba bien a sus clientes porque los quisiera. Los trataba bien para atraerlos a su jardín vallado, que resultó ser una cárcel». Y, una vez encerrados en él, la empresa (como hacen tantas otras) procedió a explotar a sus proveedores, cobrando 0.3$ de cada dólar que ingresan las aplicaciones que operan bajo sus dispositivos.

Tampoco se libra Twitter, claro, una plataforma que al «deshacerse de los moderadores hizo que, al instante, Twitter empeorara de forma permanente y significativa tanto para sus usuarios como para los anunciantes». Así, bajo la dirección de Musk, Twitter aceleró la curva de la mierdificación que ha llegado a la paradoja con sus marcas azules de verificación, pues priorizan las publicaciones de los usuarios que han pagado mientras no se somete a vigilancia a quienes compran marcas azules para dotar de verosimilitud a sus fraudes. 

También, claro esto, en esta gran lista se une Google, que «es tal vez el ejemplo ideal de cómo la falta de disciplina en materia de competencia conduce a la mierdificación» y lo demuestra con su plan para incrementar búsquedas tras el cambio en su cúpula directiva cuando dejó de estar formada por expertos técnicos para pasar a ser dominada por ejecutivos comerciales. En ese momento, Google entró de lleno en la espiral de mierdificación cuando se «diseñó un plan para incrementar el número de búsquedas que hacemos (cuantas más búsquedas, más anuncios puede mostrarte Google y más dinero se consigue)». Así, el plan se basa en que, si el resultado de las búsquedas que ofrece Google es peor, se fuerza a que los usuarios tengan que realizar más búsquedas y, con ello, nos podrán mostrar más anuncios incrementando así sus beneficios. De esta manera, una herramienta ideada para facilitar la búsqueda de información se transforma en un fangar en el que hay que hundirse y rebuscar mientras ellos se enriquecen con un producto deteriorado de forma expresa.

El libro también expone los monopolios de IBM y Microsoft, con el beneplácito del gobierno estadounidense o la práctica cada vez más común de ofrecer funcionalidades adicionales que antes se compraban con un solo pago mientras que ahora los fabricantes lo mensualizan a través de suscripciones. Este es otro ejemplo de mierdificación ya que te mantienen cautivo una serie de pagos que debe realizar de manera periódica y cuyo precio puede modificar a conveniencia. Por ello, el autor concluye que «la mierdificación es el juego de desplazar el valor de los usuarios finales y los clientes comerciales hacia los accionistas» y esta «sucede cuando combinas la banalidad del mal con un aparato conectado a internet y una legislación que criminaliza hacer con el dispositivo cualquier cosa que al fabricante no le guste».

De todos modos, parece que no todo está perdido (aún) pues ya en su parte final Doctorow establece cuatro ejes, desde los cuales volver a la situación deseada: 1) competencia, 2) regulación, 3) interoperabilidad y 4) poder de los trabajadores tecnológicos. Con ello, el autor pretende volver a disponer de «un Internet nuevo y bueno (…) un Internet que combina la ética tecnológica de autodeterminación que tenía el antiguo Internet bueno y querido con la simplicidad y los mecanismos engrasados del Internet: cero que permitieron a nuestras amistades, sin conocimientos técnicos específicos, disfrutar de sus posibilidades».

Por todo lo expuesto, el ensayo es muy interesante en su parte conceptual, aunque en ocasiones se enreda con excesivo detalle sobre leyes. Así, los principales puntos débiles del ensayo son un tono, en parte, excesivamente desenfadado por parte del autor (utilizado en múltiples guiños y palabras que rozan la camaradería y que podrían restarle rigor científico), así como un exceso de páginas dedicadas a leyes y normas que hacen que la lectura se convierta de lo que era un inicio, es decir, un análisis y denuncia de cómo ha involucionado el mundo de las aplicaciones de Internet, a convertirse en un tratado sobre las leyes que lo han permitido. Por ello a pesar del altísimo interés que despierta en su arranque, acababa medio emborronado en una gran cantidad de páginas sobre leyes patentes y otro tipo de información que, a menos que uno sea un experto en la materia o altamente interesado en ella, no aporta suficiente interés en la lectura.

De todos modos, dejando de lado estos aspectos de tono y excesivo detalle, la lactura es recomendable y se hace evidente que el autor ex un experto en la materia a través de su análisis perfectamente definido, argumentado y con detalles más que suficientes para que nos pongamos todos las manos en la cabeza y nos planteemos seriamente hasta donde estamos dispuestos a aguantar y cuál es el precio de nuestra dependencia. Es importante averiguarlo porque está claro que esas empresas sí lo saben, demasiado, y lo más triste es que lo hacen sin que nos demos cuenta o que hayan conseguido que no nos importe.

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