Título original: Jurassic Park
Año de publicación: 1990
Traducción: Daniel Ricardo Yagolkowski
Valoración: entre recomendable y está bien
En verdad ya hubo un repaso de la trayectoria de Crichton. En esa entrada se hacía un balance de las virtudes (pocas) y defectos (bastantes) del autor, y me pareció que Parque Jurásico (por su popularidad, sí, pero también por otros elementos de la novela derivado del tratamiento de la ciencia ficción) ameritaba una reseña propia.
Diré, primero, que estoy de acuerdo con lo expuesto en la reseña ya mencionada. Los trucos de Crichton para mantener la atención del lector son de todo menos sutiles, y si te agarra un rapto de furia lectora para terminar el libro, como me pasó, te termina dando un leve dolor de cabeza ante las sucesivas escenas construidas exactamente de la misma forma, además de ciertas situaciones inverosímiles para justificar la llegada de los protagonistas a la isla (¿Alan Grant le va a contar todo lo que sabe a un desconocido sobre el patrón que financia sus excavaciones arqueológicas?). Es decir, se empieza con la (re)contextualización de los personajes en el ambiente, se introduce o se retoma la amenaza que los persigue y acaba el capítulo en otro punto de la isla y en una situación más o menos límite, y vuelta a empezar. Esto se agrava por el hecho de que, cuando la acción da comienzo, la trama se bifurca en tres o cuatro personajes diseminados por el territorio, por lo que hay tres peligros y tres formas de resolver la tensión (esto es lo que diría si no fuera porque son peligrosamente intercambiables).
La historia tarda como ciento cincuenta páginas en arrancar: uno diría que en un libro de casi cuatrocientas y de estas características lo primero es instaurar la tensión. En cambio, tenemos unas primeras páginas bien logradas en tono y hasta superiores en bestialidad con respecto a la película, y a partir de ahí pega un bajonazo hasta la entrada en escena de los animales que todos conocemos (quiero decir, cuando actúan en su esplendor y no solo desde la contemplación onanista de John Hammond, su creador, y entre perpleja y cautelosa desde los demás). Pero una vez que, como lector, supera la impresión de que el ritmo del libro navega mejor en los terrenos de la ciencia ficción dura (de hecho conlleva un alud de datos y un manejo de bioingeniería y teoría del caos que, siendo yo un neófito en esos temas, me parecieron lo suficientemente asequibles como para no leerlos en diagonal), se disfruta más el hecho de que a Crichton no le interesa mostrar en sí la amenaza de los dinosaurios, sino más bien los peligros de jugar a ser Dios. Si hace unas semanas mencionaba en la reseña de La isla del Doctor Moreau las críticas acerca de los intentos de superar los límites de la naturaleza, acá se hace un comentario incisivo sobre el manejo de las empresas a la hora de invertir en proyectos que transforman el paisaje de un país ajeno (Costa Rica), con la complicidad del gobierno local e ignorando las quejas de los habitantes, y sobre aquellos adinerados que, producto del aburrimiento y con ganas de cumplir sus fantasías, deciden omitir todo aviso en procura de su megalomanía. Y eso es un punto bastante fresco en una novela que fue un bestseller.
Más allá de la crítica, sutil y no tanto, la historia se lee en un suspiro. No considero que las escenas de acción estén descritas de una forma apoteósicas, ni que en algún momento se haya logrado una sensación parecida al terror (lo único logrado es la escena donde el nene engaña a un velociraptor con carne cruda y congelada para encerrarlo), pero cumplen su función y amenizan la trama. Los personajes son planos, sacando al matemático del grupo, Ian Malcolm, cínico y profundamente moral a la vez y poseedor de los mejores diálogos y monólogos, y a Hammond, el creador de la isla, por su, en apariencia, ingenua personalidad, para revelarse como un anciano déspota e ignorante que solo tiene ojos para sus creaciones. Ni siquiera el protagonista, Alan Grant, pasa de ser alguien que cumple con su rol de protector del grupo, y los nenes, aunque se comportan de forma creíble para su edad, bordean lo repelente en algunas ocasiones, sobre todo la nena, lo que perjudica bastante a la novela, ya que diálogo por medio encuentra la manera de estorbar lo que sucede con las peticiones más inoportunas, y en eso creo que Crichton no midió bien la línea entre el terror infantil y las ganas de ser protagonista sin razón aparente.
Creo que la película es bastante mejor, pero si uno lee esta novela, se encuentra con un planteo mucho más serio en cuanto a los peligros éticos y sociales de clonar especies extintas que la de su contraparte audiovisual, y hay suficientes elementos distintos como para despojarse de lo visto y encontrar una nueva perspectiva acerca del material.
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