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lunes, 9 de mayo de 2011

José Blanco: Las nubes

Reseña premiada en el I concurso ULAD

Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable

El libro Las nubes, de José Blanco, no se pretende una obra perfecta, acabada, monumento cerrado en sí mismo, sino provisional, en camino, una obra que es reflejo de la búsqueda del propio autor, y en la que el lector puede buscarse también, sin pretender por eso encontrar una respuesta definitiva en sus líneas, que acaso podrían compararse a hilos de agua o luz para orientarse en el laberinto. La verdad no es algo predeterminado, es una verdad que asoma en la experiencia, en la propia experiencia de la escritura, actividad en el límite, al borde de los ojos y de la vida misma. Y sin embargo, nos dice el poeta, "una angustia insoluble / quiere asirlas con las manos" (las nubes): quiere hacer realidad el deseo. Acaso sería más justo decir que la obra expresa esta contradicción cernudiana, entre la libertad y los límites, las alas -las nubes- y las paredes, el camino y el muro.

El poemario se abre y se cierra (en su Prólogo y Epílogo) con sendas referencias al laberinto. Curiosamente, su apertura es esperanzadora :"simplemente estamos en camino", y su cierre fatal "Esta ha de ser tu casa de por vida", verso que culmina un laberíntico soneto.

La primera sección, OFRENDA, es celebratoria, sobre todo en una décima que no me resisto a copiar:

CEREMONIA
Subo al alto de Ilharrita
buscando los monumentos.
Pongo en manos de los vientos
la ceniza que me habita.
Mi cuerpo se deposita
hecho un ovillo a tus pies,
oh sol que todo lo ves,
descendido a mi ascendencia,
investido de inocencia,
para nacer otra vez.

En la segunda sección, HAIKUS DEL METRO, se agrupan 63 poemas breves, haikus libérrimos que capturan instantes, instantáneas tomadas de la cotidianeidad que cobran una dimensión simbólica, filosófica, humorística, existencial o puramente poética. El metro, por supuesto, no deja de tener algo de laberíntico.

He aquí un par de ejemplos:

Sentado en el andén.
Viendo pasar el tiempo.
Siendo visto pasar.

Volver al día
No necesariamente
Supone alcanzar la luz.

Después de esta transición hacia la noche a través del metro, llegamos a los NOCTURNOS. Nocturnos como los de Chopin, emparentados con la inspiración romántica, o de la noche moral de la guerra "No hay guerra preventiva, ni guerra humanitaria. / La guerra es siempre guerra, cadáveres", o noche sin concesiones en un poema de antipoesía verdadera: "Este poema nada dice, sólo / te contempla en silencio." (BRENT)

La cuarta y última sección antes del Epílogo es la que da título al libro, y se subtitula "Unas décimas de fiebre". Esta es, sin duda, la parte más cernudiana del poemario. El juego de palabras no es en absoluto banal: la sensación de irrealidad que la fiebre provoca es una puerta al sueño, una alteración de las puertas de la percepción que ha sido fielmente traducida en estas décimas (estrofas) realmente febriles y de una rara lucidez. El marco de la exigente estrofa (otro laberinto) es otro filtro más para que el poeta se exprese entre sus estrechas paredes. Detengámonos en una de estas décimas: "El cuerpo guarda memoria / de haber estado completo, / pero ahora el esqueleto / desmembrado se demora / en la luz que tanto añora. / Ser aquel que imaginábamos, / nombrar todo cuanto amamos / nos lleva a admirar las nubes, / pero una angustia insoluble / quiere asirlas con las manos".

Las nubes es el cuarto poemario de José Blanco tras Las obras de la mar. Las obras del amor (1992, Premio Arcipreste de Hita), Cuaderno de Bitácora (2000, Premio Mariano Roldán) y Mira mi corazón preso en el ámbar de los instantes eternos (2005). La página web del poeta es www.joseblanco.org.

Autor: Javier Aguirre

lunes, 2 de mayo de 2011

Antonio Ungar: Tres ataúdes blancos

Reseña premiada en el I concurso ULAD



Idioma original: español
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Tres ataúdes blancos (Premio Herralde de Novela), del colombiano Antonio Ungar, es mucho más que una sátira política de América Latina. En un país ficticio llamado Miranda, José Cantoná, joven obeso y ensimismado, se ve envuelto en un absurdo complot contra el tirano Don Tomás Del Pito. El parecido físico del (anti-)héroe de este relato con el del candidato de la oposición de Miranda, el asesinado Pedro Akira del izquierdista Movimiento Amarillo, desencadena toda una serie de situaciones dignas de una novela de aventuras con aires de thriller, en las que a las escenas de secuestros, explosiones, fugas e intrigas de poder se suma una historia de amor tan profunda como pasmosa.

Tres ataúdes blancos retoma, con una alta dosis de cinismo, la tradición de las novelas de dictador en América Latina. Pero, en esta ocasión, el tirano no es el centro del relato, sino que aparece como un símbolo indirecto. La novela de Ungar retoma de El otoño del patriarca el gusto por la suplantación, materializado en esta última en la figura de Patricio Aragonés, doble del dictador. La situación de impostura en cabeza del improvisado redentor hace que el verdadero blanco de la sátira sea el poder, o la pretensión de alcanzarlo. Ni la derecha al mando en Miranda, ni la opositora izquierda Amarilla, pasando por las Guerrillas Estalinistas y los paramilitares mercenarios del gobierno, sin olvidar a la prensa, escapan a la mirada cáustica del narrador con cara de mártir de la patria y cien kilos de peso.

Asimismo, en Tres ataúdes blancos subyace una profunda reflexión sobre la falsedad, envuelta en una urna negra de humor. La novela gira en torno a varias figuras de la usurpación: Suplantación, antes que nada, de la realidad histórica (América Latina, el caudillismo, los regímenes totalitarios por todo el mundo) por una realidad ficcional absurda porque lamentablemente cruel (Miranda, su magnánimo Líder, los desplazamientos de Cantoná y los demás conjurados). Usurpación, en segundo lugar, de la identidad de un personaje público. Cantoná no sólo es un falsario dentro del enredo de poder en el que se ve envuelto. Es, también, un acaparador de la palabra. Substitución, igualmente, de la figura paterna. El padre, apacible coleccionista de estampillas e insectos, ejerce su verdadera función tutelar desde la ausencia o el silencio. El epílogo de la novela revela una última faceta de la simulación, urdida desde lo más hondo del proyecto de escritura. Bajo la forma epistolar, las máscaras de la ocultación van cayendo, aunque no por completo: Miranda no es Miranda, claro, pero tampoco llegamos a saber el nombre verdadero del país de las desventuras, ni tampoco el del todopoderoso Tomás Del Pito, pues las menciones permanecen protegidas por una mancha de tinta negra que no es otra cosa que una autocensura.

Por su condición precaria, en esta novela el simulacro alcanza hasta los presupuestos de la escritura, y la dolencia del sentido acaba por sumergir al lector en el Unheimliche freudiano de los Tres ataúdes blancos.

Autor: Felipe Cammaert