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lunes, 20 de octubre de 2025

Ocean Vuong: El emperador de Alegría

Idioma original: inglés
Título original: The Emperor of Gladness
Traducción: Yannick Garcia en catalán y Daniel Saldaña París en castellano, ambas para Anagrama
Año de publicación: 2025
Valoración: entre recomendable y está bien


El miedo (o respeto) a las segundas novelas. Como autores, es más que probable que ocurra, pero como lectores, o al menos en mi caso, ya os digo que sí porque siempre hay un proceso de acercamiento a la segunda obra de un autor y la curiosidad lectora te lleva a pensar: ¿cómo habrá (y hacia dónde) evolucionado el estilo? ¿Hacia donde habrá crecido como autor?¿Cuáles seran los nuevos territorios a explorar? Y no siempre el resultado es el esperado, por distintos motivos y en distintas formas. Veamos.

Respecto a Vuong, destacaba en la reseña de su ópera prima «En la tierra somos fugazmente grandiosos» la habilidad del autor en tejer un texto elaborado, preciso, sensible, que emana de su yo más interno, con una prosa que rozaba en ocasiones su forma más poética, con aforismos y reflexiones envueltas de metáforas (aunque también apuntaba cierta irregularidad y altibajos a lo largo de su extensión). Pero en este caso, estilísticamente no es así, el autor se distancia de sí mismo (un poco, tampoco mucho, pues se perciben trazos de su vida a lo largo del libro) y centra el peso del libro en la historia dejando que sea ella la que impacte al lector y no (tanto) la elección delicada de las palabras. Y, para mí, no acaba de lograr lo pretendido pues aparta justo aquello que lo hacía en ocasiones especial e interesante: la belleza del texto. Sí cabe decir que el autor empieza fuerte, dando lo que el lector espera, con un relato en primera persona que dibuja ya de entrada unas vidas marcadas por el olvido, ancladas sin futuro en los márgenes de la sociedad, pues, tal y como afirma Hai, el protagonista (casi) absoluto del relato, «nosotros somos la mancha borrosa de las ventanas de vuestros trenes y monovolúmenes, de vuestros autocares, tenemos las caras deformadas por el viento y la velocidad como si fuéramos pinturas abandonadas de Munch». Un entorno pobre y abandonado, que no les permite vislumbrar un futuro halagüeño pero que, a pesar de ello, lo intentan pues «somos escépticos, pero no indiferentes a la esperanza». Así intuímos un entorno sin un gran porvenir, muchas veces retratado en la literatura pero pocas veces de manera tan nítida como cuando afirma que «es un pueblo donde los chicos del instituto, que los viernes por la noche no tienen donde ir, aparcan las camionetas de sus padrastros en los límites sombríos del parking del Walmart, beben Smirnoff que llevan en botellas de agua Poland Spring y ponen Weezer y Lil Wayne a todo volumen, hasta que, una noche, bajan la cabeza y descubren que llevan un bebé bajo el brazo, y se dan cuenta que están en la treintena y que el Walmart no ha cambiado nada». Este es el retrato del entorno y ambiente en el que se mueve el protagonista hasta que, en una noche cualquiera, un suceso le cambia el transcurso vital cuando se encuentra en sus momentos más bajos: el ofrecimiento de la anciana a que se quede a vivir con ella a cambio de ayudarla a organizarse con los medicamentos para combatir la demencia frontotemporal que sufre, una enfermedad que Hai retrata con acierto y pesar cuando afirma que «la mente con demencia era como una de aquellas pizarras mágicas que tenía de pequeño: una pequeña sacudida y todo desaparece (…) o todavía peor, la mente dibuja cosas por su cuenta para rellenar los vacíos».

A partir de ahí, y cuando la situación ya ha arraigado en el argumento y también en la mente del lector, la historia entra por un nuevo camino, menos luminoso y poético y más centrado en el día a día. Así, el protagonista convive con la anciana y sus episodios mentales que sortean cuando Hai encuentra una manera de conectar con su irrealidad: hacerse pasar por un sargento de la segunda guerra mundial, «una especie de portal donde guiarla cuando el presente se le consumía». Así, él se adentra en el delirio y la acompaña en el tránsito del mundo real al imaginario y es en ese día a día, en su relación, pero especialmente también en la de Hai con los compañeros del restaurante donde trabaja donde se desarrolla la historia y Vuong deja de lado su mirada más poética para adentrarse en la monotonía de la cotidianidad. Y ahí, es donde para mí y a excepción de pasajes puntuales, la novela decae y pierde interés llegando a en cierto punto a la apatía y a la indiferencia a pesar del intento (logrado a medias) de Vuong en hacer un retrato de un grupo de personas que se encuentra y convive en los márgenes de una sociedad que los ha dejado de lado. Ahí, en la cocina del restaurante y en las pausas que los unen confluyen seres solitarios que encuentran en su situación un punto en común que les une en una especie de familia con el vínculo estrecho que forma el día a día del restaurante donde trabajan, aunque lamentablemente ninguno de ellos tiene suficiente peso en la historia para que llegues a empatizar ni a conectar con sus vidas. Sí que es cierto que en la segunda parte el libro mejora, pues profundiza en los personajes principales y también en la relación establecida entre ellos, que se afianza en un nivel de compenetración que juega a su favor. De igual modo, la relación entre Hai y Grazina entra en terrenos más profundos a la vez que emotivos, y es en ese espacio en el que el autor de desenvuelve con más soltura y calidad, dejando un poco de lado el día a día del restaurante con sus diferentes personajes y centrándose en la relación y su complejidad y ternura.

Por todo ello, sensaciones encontradas tras la lectura del libro, pues la verdad es que esperaba bastante más de Vuong después de su anterior novela que, aunque imperfecta, dejaba destellos de calidad literaria, con un estilo que bebía directamente de su trayectoria como poeta, y pensé que en esta novela mantendría su cuidada atención en la elección de las palabras a la vez que conseguiría escribir una historia más redonda y bien acabada. Pero no, aquí no se ve la finura de su prosa (a excepción de momentos puntuales al inicio y al final), no hay grandes párrafos ni elocuentes frases que lleven a pensar en que el autor también es poeta. Aquí la narración, aunque bien escrita, es bastante más plana y no invita al lector a releer algún párrafo para degustar por segunda vez un fragmento conmovedor. De todos modos, por la valoraciones y comentarios sobre el libro de gente que entiende de esto, está claro que yo no he sabido encontrar el punto de enganche en el libro. Será cuestión de gustos, de expectativas, o puede que ambas cosas.

También de Ocean Vuong en ULAD: En la Tierra somos fugazmente grandiosos

viernes, 29 de julio de 2022

Ocean Vuong: En la Tierra somos fugazmente grandiosos

Idioma original: inglés
Título original: On Earth We're Briefly Gorgeous
Traducción: Yannick Garcia (trad. al catalán) y Jesús Zulaika Goicoechea (trad. al castellano) para Anagrama.
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable


La literatura narrada desde el yo, y si además el libro está narrado en forma de misiva o de dietario, me parece un recurso efectivo para dar un enfoque muy personal, y en apariencia honesto, a una serie de temas que preocupan o que incumben al autor a la hora de encarar una obra. Además, si esto se produce introduciendo una serie de elementos basados en hechos reales, el resultado es aún más creíble. Y, para los descreídos o quienes aborrezcan este tipo de literatura, cabe decir que, en el caso de Vuong, la exposición de los hechos se realiza de manera fragmentada y desorganizada, pero bajo un “envoltorio” cuidado, precioso y bello. Porque Vuong escribe desde una actitud de aceptación y no de rebeldía, desde la nostalgia y la añoranza más que desde el resquemor o el recelo. No hay en el libro una búsqueda de venganza o de despecho, sino un terrible vacío creado por la ausencia de su madre o de Trevor.

Con esta premisa, el libro empieza con una carta que el protagonista escribe a su madre («te escribo desde un cuerpo que un día fue tuyo. Eso significa que te escribo como hijo»). Con ello, y a través de la narración en primera persona en algunas ocasiones, o dirigiéndose al niño que fue como si lo viera desde fuera en otras, el libro empieza con una serie de recuerdos inconexos, sin orden cronológico, pues «no es tanto una historia, lo que te cuento, más bien es un naufragio; fragmentos que flotan, que finalmente se hacen legibles». Con ello, el protagonista nos transmite la relación difícil con su madre; una relación llena de amores, pero también de castigos llegando al punto de afirmar que «eres madre, mamá. También eres monstruo. Pero yo también, y es por eso por lo que yo a ti no te puedo desviar la mirada. Es por ello por lo que he cogido la creación más solitaria de Dios y te he metido dentro». Y, en esa monstruosidad que reconoce en su madre, mira al pasado recordando «la vez con los puños, chillando en medio del aparcamiento y con el sol del anochecer que te grababa el cabello de rojo. Yo protegiéndome la cabeza con los brazos mientras tú me ablandecías con los nudillos por todos lados» o «la vez con la garrafa de leche. El plástico me estalló contra el omoplato y, después, una lluvia blanca y constante sobre el embaldosado de la cocina». Pero también recuerda las veces en las que eran felices, en las que hacían cosas juntos y reían y se divertían, aunque eran pocas. Por suerte, la infancia no fue completamente triste y solitaria pues el protagonista contaba con el amor y apoyo de su abuela, alguien que le servía de escudo emocional pero también físico como la vez en que «su madre lo encerró en el sótano porque se había vuelto a hacer pipí» y ella lo defendió o la vez en que «antes de verle la cara a su madre, el revés le había ablandado el lado de la cabeza, y luego otro, y diez más. Toda una tormenta. Una tormenta de madre. La abuela del niño, cuando sintió los gritos, vino corriendo y, por instinto, se puso a gatas sobre el chico, construyendo una casita de baratillo con el cuerpo». Una abuela que huyó a los diecisiete años de un hombre con quien habían concertado matrimonio y que demostraba, ahora también, su fortaleza y su valentía.

Más allá de la relación familiar, el relato nos traslada el problema de la guerra de Vietnam y el desarraigo, pues Vuong se encarna en su protagonista para que tomemos consciencia de los problemas que puede tener un niño pobre nacido en Vietnam, en un arrozal a las afueras de Saigón, y narra con ello las difíciles relaciones entre vietnamitas y estadounidenses, que percibimos de manera clara cuando narra que «una mujer está en el margen de un camino de tierra suplicando, en una lengua que los disparos han vuelto obsoleta» y la relación de sumisión que se transmite al comunicarse entre ellos, pues «es verdad que en vietnamita no acostumbramos a decir ‘te quiero’ (…) el afecto y el amor, para nosotros, se pronuncian con más claridad a través del servicio». De esta manera, el autor nutre el retrato de recuerdos desordenados, de infancia en Vietnam y de la sensación siempre existente de peligro y desamparo. La historia de su madre y su abuela también está muy presente y evidencia que su desolación va ligada al infortunio de sus vidas, de sus huidas y temores. Nos habla del desarraigo también emocional de quien huye buscando una vida, buscándose a sí mismo, trasladándonos la incertidumbre y la dificultad de encaja de las personas migradas al constatar, con desolación, que «no sé cómo te debo llamar: blanca, asiática, huérfana, madre?» 

A pesar de la buena intención, el relato, si bien no es monótono, no consigue encontrar el tono pretendido y no llega del todo al lector en su primer tramo, como si no acabara de conectar al lector con la historia contada. Afortunadamente, a partir del momento en el que el autor introduce el personaje de Trevor y el protagonista nos narra su relación, el autor encuentra a su vez el ritmo y el tono que buscaba, más cohesionado, más firme, más continuo, más emotivo, como cuando afirma que «alguien me veía, a mí, a quien raramente nunca alguien había visto. A mí, que me habían enseñado, que te me habías enseñado, a ser invisible para no buscarme problemas». A partir de la aparición de Trevor en la vida del protagonista (pero también en la novela) todo se ilumina porque se introduce el despertar a todos niveles del chico protagonista y se vuelca con ello porque «en una vida de un solo uso no hay segundas oportunidades» y que solo podemos recorrer a ellas a través de la memoria porque en el fondo «la memoria es una segunda oportunidad». Así, la narración de Vuong mejora (y mucho) cuando entremezcla los recuerdos familiares con su relación con Trevor. En esos fragmentos sí vemos el potencial y la herida y la ternura en el autor vietnamita, quien transmite el dolor y el amor entremezclados entre la vida real y la vivida.

Ya en su parte final, el talento de Vuong se confirma y sobresale cuando llena el relato de aforismos y reflexiones, como cuando afirma que en el fondo intentamos buscarnos a nosotros mismos en los detalles, y por eso, «puede que nos miremos en los espejos no únicamente para buscar ahí la belleza, por engañosa que sea, sino para certificar, a pesar de la evidencia, que todavía estamos allí». Vivimos buscando, explorando y escudriñando el mundo para ver en él la belleza, y nos percatamos que «en un mundo múltiple como el nuestro, la mirada es un acto singular: mirar algo significa llenarte toda la vida con aquella cosa, aunque sea solo un momento». Y, en ocasiones, a pesar de algunos altibajos, el autor consigue que la emoción que nos produce nos llene completamente, aunque sea por un momento.

También de Ocean Vuong en ULAD: El emperador de Alegría

lunes, 19 de abril de 2021

Kim Thúy: Ru

Idioma original: francés

Título original: Ru

Traducción: Julián Rodríguez

Año de publicación: 2009 (en castellano, 2020)

Valoración: Recomendable alto


Sobre la guerra de Vietnam hemos leído y, sobre todo, visto ya muchas cosas, siempre, o casi, desde la perspectiva norteamericana: el horror de una guerra salvaje, el calor y la jungla enloquecedora, el enemigo taimado y sanguinario, las atrocidades propias y ajenas en una contienda en la que el Tío Sam nunca debió meterse, según entendió un floreciente movimiento pacifista. Lo que ya nos es menos conocido es la suerte que pudo correr la población civil, la tragedia de un país dividido no solo por una frontera sino por un abismo de odios irreductibles, sectarismo primitivo y sangrantes diferencias de clase. Aunque realmente tampoco nos es difícil imaginar algo parecido sin equivocarnos mucho, a fin de cuentas hablamos de una guerra civil, con el desgarro que siempre lleva consigo.

Una de sus consecuencias más habituales –y que también aquí conocemos bien- es el exilio, la huida de quienes se sienten amenazados por la guerra misma o por sus vencedores, esa estampa a veces de familias enteras, otras de niños solos, enviados a cualquier parte donde se supusiera que estarían más seguros. Aunque desconozco hasta qué punto este libro puede incorporar elementos de ficción (que yo creo que ninguno, o muy pocos), parece ser que Kim Thúy pertenecía a una familia bien, incluso algo más que bien, de Saigon, que con el acceso al poder de los comunistas no dudan en escapar para salvar su vida y lo que se pudiera de su patrimonio.

La peripecia resulta, como cabe esperar, bastante terrorífica, con gran número de personas hacinadas en barcos en condiciones deplorables, sin una idea exacta de a dónde van a ir a parar y esperando a cada minuto el ataque de piratas que se entiende que no tendrán muchos miramientos con bienes o personas. Llega finalmente el asentamiento de los refugiados en Canadá, donde reciben buen trato y luchan por iniciar una nueva vida en lugar tan extraño y lejano, donde el frío y la nieve han sustituido de golpe el clima monzónico, las costumbres y el idioma chocan con sus tradiciones, y cualquier trabajo será bueno para intentar salir adelante. El shock de abandonar la tierra, de enfrentarse a una cultura diferente y tener que luchar por sobrevivir, el desarraigo y la estupefacción ante lo desconocido hacen que Kim pierda el habla al tiempo que se asombra ante los cuerpos tan diferentes de aquellos desconocidos occidentales.

Ese es un poco el relato lineal que pudo haber sido Ru de haber tenido el formato digamos convencional de una crónica autobiográfica. En definitiva, algo no muy diferente de lo que hemos podido leer con ocasión de tantas otras penalidades de gentes expulsadas por la guerra o el hambre. Sin embargo, el libro tiene en mi opinión un interés adicional. No se trata de una narración cronológica, sino de una colección de imágenes aisladas, pequeñas píldoras de recuerdos entremezclados que muestran sensaciones, momentos o reflexiones que se acumulan en desorden, como una caja llena de fotos que examinamos de forma aleatoria, sin que todavía hayan llegado a componer un álbum. El conjunto proyecta así un cuadro complejo, a veces contradictorio, por el que discurren la nostalgia, el miedo y los secretos familiares, un collage que va saltando en el tiempo y en el espacio pero que, si nos fijamos en los detalles, está muy bien construido, con hilos a veces poco visibles, en ocasiones buscando los contrastes o dejando que fluyan secuencias sutilmente relacionadas. No creo que esto sea fruto de la simple intuición, me parece que hay detrás mucha reflexión y buenas dosis de talento para organizar un puzle con todo el sentido.

Quizá lo que más llama la atención es el estilo. La primera impresión es la de una prosa que se acerca a lo poético, contenida e intimista, como de quien no quiere transmitir un exceso de emociones ante estímulos tan fuertes como los que se suponen en una situación tan dolorosa. Contemplamos pequeñas inyecciones de imágenes que se ofrecen con solo lo imprescindible para que sea el lector quien por sí mismo evalúe el sufrimiento que llevan consigo. Ese contraste entre el medio y el mensaje es una técnica narrativa que no es nueva en absoluto, pero que la autora pone en práctica con tanta destreza como naturalidad. Ejemplo:

´Las carreteras estaban sembradas de profundas grietas. Los rebeldes comunistas las minaban por la noche y los militares proamericanos desactivaban las minas durante el día. A veces, una estallaba. Entonces, era preciso esperar a que los militares taparan los agujeros y recogieran los restos humanos. Un día, una mujer quedó destrozada, rodeada de flores de calabaza amarillas, diseminadas, desmenuzadas. Sin duda iba camino del mercado para venderlas. Tal vez encontraran también el cuerpo de su bebé al borde de la carretera’.

Al hilo de esa contención (podríamos decir autocontrol) y esa naturalidad la sensación que gana terreno es la de una rara frialdad. Resulta difícil pensar que esas experiencias traumáticas puedan describirse como lo hace Thúy sin que hayan sido asimiladas y digeridas para formar parte del pasado y solo del pasado, algo que forma parte del equipaje, que no se olvida y de lo que se sacan enseñanzas (lecciones que intenta transmitir a sus hijos), pero que no es un lastre, que no condiciona el presente o el futuro. Kim parece revestida de una coraza, tal vez es algo genético, o la fortaleza de quien ha tocado fondo, o que de alguna manera se ha mimetizado absolutamente en el mundo occidental que le acogió: ‘Ya no tenía derecho a llamarme vietnamita porque había perdido su fragilidad, su incertidumbre, sus miedos’.

Es un proceso que estremece un poco, tanto o casi tanto como el relato de los horrores vividos, y trasladado al libro produce un efecto emocionante, ligeramente hipnótico, que le da un valor especial, el de alguien que ni se regodea en el sufrimiento ni hace bandera (exhibición) de la fortaleza y la superación. Sin hipérboles ni adjetivaciones grandilocuentes. Esto ya es mucho, visto lo que se lee por ahí. Si ese aplomo se combina con la destreza necesaria para componer un relato muy personal, preciso y equilibrado, el resultado es un texto que merece realmente la pena. 


jueves, 20 de julio de 2017

Viet Thanh Nguyen: El simpatizante

Idioma original: inglés
Título original: The Sympatizer
Año de publicación: 2017
Traducción: Javier Calvo
Valoración: muy recomendable

Reluciente pegatina dorada que recuerda el premio Pulitzer obtenido por el libro, y una primera figura, como Javier Calvo, encargado de la traducción. Normal apostar por este libro que, apenas leídas media docena de páginas, ya se hace difícil abandonar. El primer capítulo es impactante: una operación de evacuación realizada en el aeropuerto de Saigón en el justo momento en que la ciudad cae a manos del Viet Cong: los norteamericanos certifican haber perdido la guerra y salen despavoridos acompañados de unos pocos afortunados habitantes locales que quieren librarse de las previsibles represalias del bando ganador. Más que previsibles, seguras, como corresponde a toda Guerra Civil que se precie, y Ho Chi Minh, uncle Ho, no va a ser menos. La escena del embarque del avión, entre sospechas de delación, proyectiles de mortero que destruyen las pistas del aeropuerto, disparos emboscados, no se sabe si de amigos o enemigo, que se cobran víctimas inocentes, acaba tomando otra dimensión, incluso albergando dudas, a la vista del desarrollo de la novela.

Novela que empieza poniendo las cosas claras, en las tres primeras frases. El Capitán es un infiltrado: un Viet Cong, un topo que huye de ese Saigón que cae, junto a los pro-americanos, y se establece en USA. Que se convierte en el primer apoyo del General, en su hombre de confianza mientras se aposentan y empiezan a organizar algo parecido a una resistencia en el exilio. El Capitán puede dudar en su pensamiento, pero sus hechos son coherentes. No duda en asesinar a quien se le sugiere pues él ha de ser parte activa en la búsqueda del topo que se ha infiltrado, y él sabe que está siendo terriblemente injusto, pero cumple con su deber. Y va informando de esos movimientos a su país de origen, aunque sea a costa de delatar o comprometer a gente a la que aprecia. Incluso cuando es reclutado por el Cineasta (trasunto del Coppola de Apocalypse Now) para enmendar el guion de una película sobre la guerra del Vietnam que se rueda en Filipinas y en la que ningún vietnamita es invitado a intervenir. Uno más de los muchos pasajes excelentes que llenan la novela. Nguyen puede haber escrito uno de los libros del año, aportando esa perspectiva del desplazado que va adaptándose a su país de destino, que va relativizando los vínculos con su origen, que va acortando los párrafos de una teórica bitácora del exiliado porque él está exiliado con una misión, sí, pero no deja de adaptarse, evolución manda, al país en que se encuentra.

No son gratuitas las menciones de la contraportada, a Le Carré o Graham Greene. El simpatizante es una novela brillante, adictiva, muy hábil, perfecta en su estructura (una veintena de capítulos sobre la veintena de páginas que ayudan a administrar perfectamente tanto lectura como golpes de efecto) y que cuesta etiquetar en un género concreto. Del thriller de espías con personajes ambiguos (siempre asoma la duda tras los personajes que le frecuentan, si no son otros agentes dobles vigilando sus pasos) y con alguna trama que queda sin resolverse adecuadamente (su relación con la señorita Mori queda abruptamente inconclusa) para los férreos parámetros de la literatura de intriga, esa que no deja cabos sueltos, puede pasar a esa literatura introspectiva, como un Conrad o un Kafka adaptados a los tiempos que corren, a la necesidad de la definición de un escenario visual.  Sea el curso de un río, sea una sala de tortura, sea el mencionado aeropuerto lleno de cráteres producto del bombardeo. Es la única duda que me ha dejado esta entretenidísima novela. Si Nguyen pretendía construir un enigma y resolverlo, pero aquí (las reflexiones personales e ideológicas tienen mucho que decir sobre la condición de refugiado, la esencia de la política americana de la guerra fría, el choque de culturas y mentalidades) la escritura está claramente por encima de los límites de género. O si, por el contrario, deseaba demostrar su experiencia acerca de la versatilidad del ser humano que evoluciona en un entorno nuevo y deja atrás el pasado, y ha optado por dotarlo de un envoltorio atractivo y casi aventurero. En este sentido, me ha desconcertado un poco la presencia de esos dos capítulos finales, cuando hasta la estructura de la narración se altera (pasamos del bloque del monólogo al ritmo del diálogo casi entrecortado por las circunstancias en que éste se produce) y nos damos cuenta, o ése ha sido mi caso, que Nguyen no quería restringirse a la resolución de una situación, sino intentar algo más (no sé expresarlo de otra manera) universal.

miércoles, 18 de abril de 2012

Marguerite Duras: Escribir


Idioma original: francés
Título original: Écrire
Año de publicación: 1003
Valoración: muy recomendable

Marguerite Duras no es santo de mi devoción. Y no sé por qué, la verdad, porque su calidad como escritora es incuestionable, pero sus libros nunca me han atraído demasiado; siempre me han dejado una sensación de "no está mal, pero esperaba algo más". Sin embargo, con Escribir no me ha pasado lo mismo.

En este librito (y digo bien, librito, porque apenas pasa de 100 páginas) Duras recoge los textos utilizados para rodar tres cortos sobre su persona, en los que habla del oficio de escribir. La autora explica dónde escribe, el lugar físico (su casa, generalmente) y el ambiente que necesita para ello. Sobre todo, habla del silencio, de la paz que precisa para escuchar sus pensamientos y poder plasmarlos sobre el papel.

Pero también habla de los acontecimientos vividos que marcan, como no podía ser de otra manera, su escritura: sus amantes, la política, el alcohol, su marido, los hijos... todo lo que la rodea es fuente y objeto de escritura, todo forma parte de ese "escribir" que marca su vida y todo aquello con lo que se relaciona.

Duras utiliza para ello una prosa sin artificios, directa, que sin embargo nos atrapa y nos guía a través de sus reflexiones, en las que confiesa que ni ella misma sabe cómo nace un libro. Para la autora, la acción de escribir es algo que va más allá de toda racionalidad, es una contradicción, un sinsentido, una incógnita, una enfermedad que sólo se cura escribiendo. Como afirma en esta obra, La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir.

También de Marguerite Duras en ULAD: Moderato cantabileEl amante, Las diez y media de una noche de verano, La siesta de M. Andesmas

sábado, 15 de agosto de 2009

Duong Thu Huong: Novela sin nombre

Idioma original: Vietnamita
Título original: Tiểu thuyết vô đề
Año de publicación: 1991
Valoración: Muy recomendable

Estamos muy acostumbrados a ver la guerra del Vietnam desde el punto de vista que nos ofrecen las producciones estadounidenses (literarias y sobre todo fílmicas). En ellas se retrata el absurdo de una guerra que representa el absurdo de todas las guerras, y la desesperación traumática que acompañó a quienes la sobrevivieron. Apocalipsis now, La chaqueta metálica o la más reciente El americano impasible son sólo algunos de los ejemplos. Sin embargo, en todas ellas hay un “personaje” al que no se le presta atención, una mirada que nunca vemos reflejada, una realidad que se nos escamotea. Es la de la otra mitad, la del bando contrario, es decir, la de los vietnamitas.

Novela sin título de Duong Thu Huong puede ser un buen modo de reparar ese error. Su autora, defensora de la libertad de expresión en un país donde es peligroso serlo, representa muy bien la voz de los que se ha querido acallar. Encarcelada durante casi un año por sus posturas críticas hacia el Partido Comunista en 1991, sufrió desde entonces la censura y la marginación en su propio país, hasta que se mudó a Francia en 2006.

En Novela sin título se mantienen las mismas líneas temáticas de la mayoría de las producciones occidentales antes citadas: crítica de la brutalidad generada por la guerra, oposición entre soldados rasos y dirigentes ambiciosos o corruptos, dolor por la pérdida de vidas y de inocencia... La superficie del texto, en cambio, es sorprendentemente tersa, inusualmente elegante en una novela bélica.

El argumento es relativamente sencillo: el oficial Quân, al mando de una unidad, emprende un viaje a través del frente de guerra, con distintos objetivos: primero, encontrar a un antiguo compañero del que dicen que se ha vuelto loco; después, regresar (fugazmente) al hogar, donde lo esperan el amor y una familia deshecha; por último, reintegrarse en su nueva unidad, y continuar el combate. En este camino, Quân descubrirá lo que ya sabe: que los ideales no tienen nada que ver con la realidad de la guerra; que la muerte se encuentra a cada paso, y que no hay regreso posible a la normalidad de la vida en medio de la barbarie.

Duong Thu Huong narra con sencillez, casi con calidez a pesar de lo dramático del contenido. Especialmente llamativos son los paisajes, que trasmiten la belleza y la angustia a partes iguales. También los personajes: Biên, el compañero que prefiere enloquecer o morir antes que volver a casa deshonrado; el padre del protagonista, capaz de sacrificar a su propio hijo pequeño no por un ideal, sino por ambición familiar; Hoa, la amada del protagonista, víctima inocente de la guerra y, quizás, única esperanza de redención. Y sobre todo Quân, el protagonista, héroe escéptico e impermeable al discurso propagandístico oficial, pragmático pero valeroso, noble a pesar de su nihilismo y poseedor de una mirada aguda y sensible a través de la cual vamos descubriendo un Vietnam resquebrajado tras años de lucha.