Año de publicación:2019
Valoración: aún peor que el otro
Pues este año no hay Sant Jordi, o id a saber qué día se van a inventar (al año confinado le seguirá el año desplazado, me temo) para reubicarlo y darle árnica al sector editorial. Pero esta triste (y dramática para demasiados) situación en que se halla media humanidad da para que uno, atolondrado por el constante vagar por casa y sin afeitar, pueda llegar a pensar que esa literatura del yo profundo aún pueda aportarnos algo que se nos escapó. Y que con el buenismo espontáneo y prematuramente patrocinado de los aplausos en los balcones (hasta Telecirco interrumpe su show de casquería para retransmitirlos en riguroso directo), a uno se le ha aparecido un angelito de esos de camisoncillo azulado y rubias guedejas a decirme:
Todo el mundo merece una segunda oportunidad.
Tocaba un arpa y todo.
Y no negaré que me lo pasé bien cuando reseñé Ordesa, aquel fenómeno editorial que dejó a media comunidad lectora babeante de gusto y a la otra media estupefacta, aunque he decir, de forma muy inmodesta, que creo que ganábamos los segundos, aquellos que nos preguntábamos qué le habían visto a semejante despropósito aquellos que la encumbraron no solo como un destacado hito local sino hasta global. La deben haber traducido y todo.
Pues señores, Alegría riza el rizo. No digo que no me lo esperara, incluso me permití (con fria acogida) sugerir a los colegas del blog crear un nuevo género consistente en no reseñar un libro explicando porqué ni se merecía ser leído.
Luego recapacité y pensé en la dilatada trayectoria de este bendito blog y la necesidad de ser éticos y coherentes y dignos de nuestro nombre, aunque esta ética y coherencia lo haya sido a costa de leer esta bazofia.
Pero antes he de agradecerle a Vilas que haya expuesto sus cartas de forma tan abierta, presentando el libro al premio Planeta y entregándose ya sin tapujos al mundo del best-seller, de las ventas masivas y de la nula intención de aportación alguna con significado, ejem, literario. Con todo, fue solamente el finalista. El premio fue para la, dicen, peor novela de Javier Cercas.
Alegría es, claro, la continuación de Ordesa y nos presenta a su autor ya lanzado hacia la fama, con los bolsillos llenos y en plena promoción, y tirando del anodino (sus acólitos dirán que fascinante o hasta inagotable) filón de sus experiencias personales, materializadas en reflexiones que vuelven a responder a los pueriles patrones de su antecesor. Hecho, descripción del hecho, reflexión más o menos objetiva, que evoluciona y se va por las ramas y acaba inflamándose poéticamente y acaba rematándose en alguna frase ridícula, ambiciosa y pretenciosa que contiene las palabras vida, muerte, alegría o viento.
Y así por 107 capítulos, señores. Viajes, hoteles, convivencia con la familia, anécdotas que a nadie interesan. Con familia insoportablemente renombrada con nombres de músicos, con pasajes de pelotilleo a la monarquía, con montones de verborrea que no va a ningún lado más que a la acumulación de tópicos o a que cierto lector poco exigente (o booktuber de medio pelo) llegue a proclamar que Vilas ha hecho de su depresión y de sus paranoias ARTE.
Aun así, esto no es lo peor. El éxito de Ordesa seguramente sorprendió a su autor si este tiene alguna capacidad autocrítica: era un libro llorón y mediocre. Con Alegría ha optado por profundizar en los peores aspectos, adaptarlos a nuevas situaciones, premeditadamente ha servido al público aquello que el público podía comprarle: el engaño, que en este contexto consiste en hacerse con el dinero y el tiempo del lector, se materializa, y aquí no es casual, sino deliberado, cosa que a este humilde reseñista le parece ofensiva e inaceptable. Y, por favor, no me vengáis con lo de los gustos y los colores.
Aun así, esto no es lo peor. El éxito de Ordesa seguramente sorprendió a su autor si este tiene alguna capacidad autocrítica: era un libro llorón y mediocre. Con Alegría ha optado por profundizar en los peores aspectos, adaptarlos a nuevas situaciones, premeditadamente ha servido al público aquello que el público podía comprarle: el engaño, que en este contexto consiste en hacerse con el dinero y el tiempo del lector, se materializa, y aquí no es casual, sino deliberado, cosa que a este humilde reseñista le parece ofensiva e inaceptable. Y, por favor, no me vengáis con lo de los gustos y los colores.
Así que esta vez ya he renunciado a seleccionar muestrecitas de texto para que los pusilánimes defensores de este fraude no me recriminen sacar las cosas de contexto para lucirme. El libro, tomo cierta descripción prestada de quien igual un día lea esto, es horroroso. Y convenceros de ello es la función de estos párrafos, y su misión principal, que ni la curiosidad os acerque a él.
Lo siento, angelito, no habrá tercera oportunidad.
