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miércoles, 7 de mayo de 2025

Paul Tremblay: Una cabeza llena de fantasmas

Idioma original: inglés

Título original: A Head Full of Ghosts

Año de publicación: 2015

Traducción: Manuel de los Reyes

Valoración: muy recomendable 


Me cagué mató de miedo, nos dice Stephen King desde la cubierta de este libro, al menos de la edición española... Bueno, no debemos dudar de la sinceridad de Rey, pero tampoco de su generosidad, puesto que dice lo mismo de todas las novelas de terror (se entiende que ajenas) que caen en sus manos. Así que, de momento, vamos a poner esta afirmación en cuarentena, a ver si resiste hasta el final de la reseña... Y, mientras tanto, al lío:

Los Barrett son una familia de clase media, un tanto debida a menos, de las afueras de Boston que cuenta entre sus miembros con Marjorie, una adolescente endemoniada. Es decir, más allá de lo que suelen ser todos y todas las adolescentes estándar, porque Marjorie parece estar poseída por algún ente maléfico, con el despliegue de efectos especiales habitual en estos casos... Ante la incapacidad de sus padres y de los servicios médicos para ayudarle, todo parece encaminado a que vamos a disfrutar de una entrañable historia de posesión diabólica, con su exorcismo correspondiente, como Dios manda... (nunca mejor dicho). Y así es (perdón por el spoiler, pero este es relativo), sólo que con un par de peculiaridades: en primer lugar, todo el proceso del exorcismo es televisado -y por tanto, manipulado- por un programa de telerrealidad (*). En segundo lugar, lo ocurrido nos lo va contando, quince años después de los sucesos, la hermana pequeña de Marjorie, Merry, durante sus conversaciones,con una escritora que quiere hacer un libro sobre el tema. Merry, que por entonces era una niña de ocho años, por lo que a los posibles fallos de su memoria se une la visión necesariamente parcial y sesgada que puede tener una niña. 

Narradores poco fiables, por tanto, por partida doble, de tal manera que el intríngulis de la novela, más allá de las peripecias y los momentos más o menos terroríficos que podemos encontrar en ella, consiste en saber -o incluso decidir- si la posesión de Marjorie es real o no. Más allá de esto, podemos incluso decir que estamos ante una novela metaficcional sobre la propia literatura de terror -algo que el autor no sólo no disimula, sino que está repleta de referencias a otras narraciones y autores del género-, e incluso sobre la ficción en general y, aún más allá, sobre lo que tiene de ficción lo que nos venden como realidad... (reflexión perfectamente extensible a cualquier otro campo, tanto de la política, la economía o la sociedad). Sin olvidar que aparecen otros temas importantes, como el papel de los medios de comunicación, el fanatismo religioso o las dinámicas intrafamiliares, muchas veces tóxicas, aunque a veces en sentidos inesperados... Aunque quizás la reflexión más interesante que puede suscitar la novela, cuando menos a los aficionados al terror, sea cómo estas historias de posesiones demoníacas, que, generalmente, sufren chicas jóvenes -mientras que son "salvadas" por hombres adultos y célibes- no son sino parábolas del control sobre la sexualidad emergente de las mismas, ejercido por sus familias y la sociedad bien pensante.

Ahora bien, todo ello lo encontramos no en una novela de tesis que los críticos y estudiosos disfruten desmenuzando y analizando, pero que deje indiferente al lector común, sino en una obra de género que no deja en ningún momento de serlo -ni lo pretende-, una historia que no pierde la tensión ni el desasosiego hasta el final y los aficionados/as van a poder apreciar sin necesidad de acudir a otras interpretaciones posibles. Con el añadido de que es inevitable cogerle cariño a los personajes, cuando menos a esa Merry que recuerda a la Pequeña Miss Sunshine de la película, una niña que quiere conservar su ilusión e inocencia en un mundo que parece conspirar para arrebatárselas y, sobre todo, a su hermana que, endemoniada y todo -o no-, sigue siendo su mejor amiga y, en gran medida, el planeta alrededor del que ella gira como satélite. 

En resumen: posiblemente una de las mejores novelas de miedito -relativo, hay que reconocerlo, aunque no faltan los momentos desasosegantes y hasta perturbadores- de lo que va de siglo y que nos puede inducir a sugestivas reflexiones sobre la realidad y la ficción, sobre la misma naturaleza del terror e incluso temas más cotidianos, pero no menos inquietantes como es el de las relaciones familiares o los condicionamientos religiosos. También, por qué no, una novela sobre el mal, su existencia o no, su naturaleza y su propósito, si es que hay alguno... En fin, que os recomiendo que la leáis. Quizá os cueste un poco dormir por la noche, pero no más que después de ver ciertas cosas en la tele...

(*) Telerrealidad porque hablamos del siglo XXI; en la década de los 70, este casi perfectamente podía haber aparecido en un Talk show de prime time... (como se ve en la muy recomendable película El último late night o mejor aún en inglés: Late Night with the devil).

También de Paul Tremblay en Un Libro Al Día: La cabaña del fin del mundo

miércoles, 8 de enero de 2025

Irene Cuevas: Un momento de ternura y de piedad

Idioma: español 

Año de publicación: 2024

Valoración: entre recomendable, está bien y se deja leer

Esta novela parte de una premisa de lo más sugestiva: la protagonista -no conocemos su nombre- se dedica a asesinar ancianas, por encargo de sus herederos, para poder así mantener a su madre ingresada en una clínica psiquiátrica debido a sus continuos intentos de suicidio (es obvia la lectura psicoanalítica del argumento, más aún cuando la novela va acompañada, al menos en su primera edición, por un opúsculo titulado Matar a las madres). En principio, parece un plan sin fisuras que, dentro de su dinámica macabra, transcurre según lo esperado por la protagonista. Hasta que un día acepta el encargo de finiquitar a una víctima que no encaja exactamente con su target habitual...

Aquí he de mencionar un punto que, aunque pueda parecerlo, no resulta en absoluto baladí: varios de los personajes femeninos que aparecen, entre ellas estas víctimas de nuestra asesina -a las que, cierta mente, mata con toda ternura y piedad, como describe el título de la novela- están inspiradas en escritoras a las que admira la autora de la novela (no es que yo sea muy listo, es que lo explica ella en el epílogo); así, encontramos a Sylvia Plath, Diane di Prima, Patricia Highsmith... y, sobre todo, a Lucia Berlin, que no tiene tan sólo una presencia anecdótica, sino que se convierte en un personaje central de la novela. La inclusión de esta escritora -o del personaje inspirado en ella- va, por tanto, más allá del simple guiño (incluso del guiño-guiño-codazo-codazo); de hecho, podría interpretarse como una metáfora de la influencia que ha tenido su obra literaria en la de Irene Cuevas o incluso en su vida, en general, aunque yo diría que llega más allá, hasta caer en cierta fantasía mitómana... En fin, eso tanto da, pero el caso es que esta aparición puede provocar en un eventual lector o lectora lo mismo una sonrisa cómplice que un cierto rubor debido a lo que en inglés se conoce por spanish shame... En todo caso, que cada cual decida o se deje llevar por sus propias reacciones.

Por ir avanzando: ¿a qué viene, os preguntaréis (supongo yo, aunque puede que no) la indecisión que muestro en la valoración de este libro? Pues me explico: por determinados aspectos, tanto el  humor negro pero suave y con un punto de absurdez (que podríamos entroncar con cierta tradición española, desde Jardiel Poncela o Miguel Mihura a, por ejemplo, Juan José Millás), así como los deliciosos diálogos de la protagonista con su madre suicida frustrada, la novela me parece, sin duda, recomendable. Por otro lado, está bien en cuanto a las referencias que prodríamos calificar de "metaliterarias" (las comillas no sobran) que incluye, pues, aunque sean muy explícitas, tampoco tienen por qué condicionar la lectura de quien no las conozca o no las pille. Ahora bien, como ya he comentado, también pueden producir un creciente rubor que no beneficia a la impresión final que deja la novela.

Por último, la novela contienne también algún momento propio de "novela romántica para jóvenes adultos" (momentos Heartstopper, por decirlo así, con personajes que se diría fueran a aparecer en First dates). Seguro que a más de un lector o lectora le resultarán de lo más satisfactorio estos momentos y diálogos -y no me refiero a las escenas eróticas, bastante logradas, por lo demás-, pero a mí, que ya soy todo un señoro que perfectamente podría tomarse un brandy Soberano en cordial sobremesa con Pérez-Reverte, me han parecido morralla que le sobra a una novela que muestra otras virtudes interesantes. Por ejemplo, el estilo ágil, fresco y con una pátina poética, el humor y, por qué no aplaudirlo, la ternura y la piedad que muestra Irene Cuevas, y que nos indican que podemos esperar  de ella cosas muy interesantes en el futuro.

jueves, 4 de agosto de 2022

Dolan Mor: La máquina plagiadora

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2022
Valoración: Inclasificable

La máquina plagiadora, del cubano Dolan Mor, es una de esas marcianadas que tanto me gustan. Podría catalogarse como novela en verso, artefacto metaliterario-hipertextual o alegato estético-político.

Está compuesta por retazos variopintos: narraciones, ensayos, poemas, artículos de periódico, fotografía, listas, reseñas, etc... Emplea distintas técnicas ("collage", apropiación y recontextualización de material ajeno...) y tiene como referentes el Libro de los pasajes de Walter Benjamin y las teorías de la escritura no-creativa de Kenneth Goldsmith.

Reflexiona, entre otras cosas, alrededor de:

  • El acto de escribir.
  • La creatividad.
  • La originalidad. Y es que «el plagio, las imitaciones, las parodias, etcétera, son los sellos de la nueva "originalidad".»

También habla de la realidad social y política de Cuba creando un país ficticio llamado Abuc (Cuba). Abuc está gobernado por el Partido Comunal Supremo, cuyo Líder Máximo no es otro que Orstac Ledif (Fidel Castro). 

Diversas obras del universo planteado por Mor, que vienen a ser "remakes" de clásicos como El proceso de Kafka, La invención de Morel de Bioy Casares, El cuento de la criada de Atwood o Sumisión de Houellebecq, ahondan en el retrato de una Abuc distópica.

En definitiva, La máquina plagiadora es una curiosidad cuya naturaleza experimental, estructura fragmentaria y falta de acción se le pueden atragantar al lector "mainstream". En cualquier caso, a aquéllos que disfrutamos de estas cosas nos parecerá deliciosa. Quizá un pelín más larga de lo estrictamente necesario, pero deliciosa a fin de cuentas.


También de Dolan Mor en ULAD: Larvalar

domingo, 3 de abril de 2022

Kurt Vonnegut: Desayuno de campeones

Idioma original: Inglés
Título original: Breakfast of Champions
Traducción: Juan Carlos Silvi
Año de publicación: 1973
Valoración: Recomendable (especialmente para interesados), aunque harto irregular

Desayuno de campeones es una de las novelas más celebradas de Kurt Vonnegut. Gustará sobremanera a los amantes del autor, porque reúne aquellos elementos que hacen irrepetible la pluma de éste. A saber: 

  • Una voz narrativa juguetona y carismática. 
  • Una prosa preñada de muletillas.
  • Críticas a la sociedad norteamericana. «Casi todos los mensajes que se enviaban y se recibían en su país, incluso los telepáticos, tenían que ver con la compra o la venta de alguna puñetera cosa.»
  • Un sentido del humor que oscila entre lo gamberro y lo cáustico. «A veces la gente agujereaba a personas famosas para ser al menos un poco famosa.» 
  • Humanismo desencantado. «Cuanto más me acercaba a mi quincuagésimo cumpleaños, más me desconcertaban e irritaban las decisiones estúpidas que tomaban mis compatriotas. Y de pronto empecé a compadecerlos, pues comprendí lo inocente y natural que era para ellos portarse de un modo tan aborrecible y con tan aborrecibles resultados.»  
  • Reflexiones en torno a la existencia, el trabajo, el arte, la guerra, las desigualdades sociales, el cambio climático, etc...
  • Referencias a la cultura popular.
  • Pinceladas de ciencia ficción.
  • Toques meta. «Jimmy Valentine era una persona inventada que se había hecho famoso en otros libros del escritor, igual que Kilgore Trout era una persona inventada que se había hecho famoso en mis libros.» «-Este libro que estás escribiendo es muy malo -me dije (...).» 
  • Simpáticas ilustraciones.

En el lado menos positivo, podríamos achacar a esta obra:

  • Un argumento reiterativo y tendente a la dispersión. 
  • Un manejo de temas irregular.
  • Un elenco de personajes bastante planos. 

Sea como fuere, Desayuno de campeones es un artefacto la mar de curioso. Quizá carezca de la genialidad de Matadero cinco, pero cumple sobradamente en tanto que texto cien por cien vonnegutiano. Además, debemos perdonarle sus defectillos, ya que son la consecuencia lógica de crear literatura en la que «Cualquier persona sería exactamente igual de importante que otra. Daría el mismo peso a todos los hechos. Nada se quedaría fuera.» 


También de Kurt Vonnegut en ULAD: Aquí

martes, 1 de marzo de 2022

Ilustres olvidados #2 Denis Diderot: Jacques el fatalista

Idioma original: Francés
Título original: Jacques le fataliste et son maître
Traducción: Fèlix de Azúa i Comell
Fecha de publicación: 1796
Valoración: Curioso, cuanto menos

El rupturismo artístico es, a estas alturas, prácticamente imposible. Creedme, casi todo está inventado. Y si no, que se lo digan a Denis Diderot, que en la segunda mitad del siglo XVIII concibió Jacques el fatalista.

Imaginaos, en plena Ilustración, a una obra empeñada en subvertir esquemas tanto formales como conceptuales. Una obra que no es sino el resultado de un mestizaje de géneros, cuya estructura desafía a cualquier molde establecido, cuyas caprichosas digresiones sabotean al argumento, que presenta a un narrador que interactúa constantemente con el lector, que exuda erudición pero al mismo tiempo no se toma en serio a sí misma. Una obra que adelanta multitud de estrategias metaliterarias, preñada de reflexiones morales y filosóficas, permeada por un ingenioso sentido del humor. Imaginaos, en suma, a «una insulsa retahíla de hechos reales e imaginarios, escritos sin gracia y distribuidos sin orden ni concierto» (Diderot dixit), que consigue, pese a todo, cautivarnos. 

En fin, ojalá os haya interesado en Jacques el fatalista. Sus defectillos, estoy seguro de que intencionados, no pueden eclipsar su modernidad y audacia. Con esta reseña me sumo a sus reivindicadores incondicionales, entre cuyas filas se encuentran nombres de la talla de Italo Calvino, José Saramago y Milan Kundera. Debéis conocer este texto; en especial, aquéllos que se creen innovadores.

miércoles, 9 de junio de 2021

Yan Lianke: La muerte del sol

Idioma original: Chino
Título original: 日熄
Año de publicación: 2015
Traducción: Belén Cuadra Mora
Valoración: ¿Está bien?

La muerte del sol, de Yan Lianke, es la primera novela china que leo. Y, si os tengo que ser sincero, no hemos acabado de conectar. 

Ante todo, porque su prosa no me ha gustado. Entiendo que si te zambulles en ella puede ser tan inmersiva como atmosférica. Pero aunque me ha parecido técnicamente impecable, tengo la sensación de que su lirismo carece de naturalidad. Además, abusa de las figuras retóricas (especialmente de símiles) y se recrea en exceso, dilatando el texto. 

En efecto, también le reprocharía a la obra de Lianke que sea innecesariamente larga. A mi juicio, sus más de cuatrocientas páginas podrían haberse reducido sustancialmente podando la prosa y redirigiendo el argumento, el cual peca de reiterativo.

Detengámonos un segundo en el mentado argumento: Li Niannian es un joven de catorce años. Vive en un pequeño pueblo, junto a sus padres. Un día, tras ponerse el sol, se extiende una epidemia de sonambulismo que impele a la gente a llevar a cabo sus deseos más ocultos.

Dicho esto, voy a resaltar aquellos aspectos de la novela que me han gustado:

  • Su concepto global. Lástima que la ejecución del mismo no le haya hecho justicia.
  • Su toque metaliterario. 
  • Sus contrastes (realidad y ficción, lucidez e idiotez, vida y muerte, vigilia y sonambulismo).
  • La parcela que le cede a la crítica social. Y es que, mientras las violaciones, suicidios y saqueos se suceden, los líderes locales sucumben a sus propios delirios de grandeza, ajenos al drama que les rodea.  
  • Su final apoteósico.
  • El arco de redención del padre del protagonista. 
  • Ciertas escenas, descripciones o símiles.

Resumiendo: La muerte del sol encierra ideas brillantes, pero quizás debería haberse escrito pensando en el lector. En cualquier caso, tampoco es que sea un despropósito. Se hace cuesta arriba, mas no llega a atragantarse. Y lo que aporta no está mal. Asimismo, se le intuyen ambición artística y voluntad de trascendencia, cosas que siempre hay que agradecer.

    sábado, 12 de septiembre de 2020

    Angelina Muñiz-Huberman: El último faro

    Idioma original: español
    Año de publicación: 2020
    Valoración: Recomendable (para aficionados a los alardes)



    La ficción es siempre un pretexto, me refiero claro está a la ficción literaria. Un pretexto para hablar de las preocupaciones del escritor, para que este se cuente a sí mismo, dé testimonio de algo e incluso en algunos casos para que se aclare las ideas y regrese algo más sabio de la aventura de escribir.
    La ficción, además, se mira el ombligo en gran cantidad de ocasiones, lo llamamos metaliteratura. Extraer historias dentro de historias al modo de las muñecas rusas, hilvanar anécdotas, sacar personajes de la manga. Aunque también existe otra más teórica y directa: que el propio autor explique sus propósitos o analice conceptos en su nombre o por boca de algún personaje. Muñiz-Huberman emplea un procedimiento mixto: interviene al modo de los autores decimonónicos, pero además nos deja ver las costuras de la historia sin ocultar que (casi) todo es invención suya. No obstante, la escritora parte de hechos reales de la vida de sus antepasados, ocurridos en el primer tercio del siglo XX. Aunque, ciertamente, se toma todas las libertades imaginables, tanto para narrar como para no narrar en absoluto, pues el texto oscila entre la reflexión, los juegos de palabras, la información objetiva y cualquier otro recurso que le sirva para apartarse del tenue hilo argumental sin dejar de insistir en su proyecto intelectual y emotivo, el que la empuja a enlazar palabras con un sentido muy claro, de forma inteligente, capaces de conmover al lector dispuesto a ello. Y he de advertir, una vez más, que no es un artefacto pensado para gustar a todo el mundo y que, como ya he señalado otras veces, solo desde una perspectiva amplia se le puede encuadrar en el género novela.
    La ficción propiamente dicha ocupa solo una parte del texto, aunque constituye el armazón de este, y desde luego no se atiene a normas al uso. Para empezar ni siquiera es realista, aunque aborda circunstancias históricas y personales que ocurrieron o podrían haber ocurrido. Ni siquiera los personajes tienen rasgos demasiado definidos, son meras funciones en manos de quien mueve los hilos. El arranque parece insinuar que se nos va a contar la vida del mago Jiri Novak, sus viajes por el mundo exhibiendo su arte en compañía de dos peculiares ayudantes y un loro así como su frustrado enamoramiento, pero conforme avanza la trama comprendemos que no será así: Aparecen nuevas figuras, los periodistas Fortuna Levi, Albert Londres y Fred Amún, en otro momento la pareja formada por Alfred y Suzanne junto a otras dos figuras que son como sus sombras, sin olvidar a la bella Amarantina y el conde Lucien, su marido. Y si el conjunto les está pareciendo algo estrafalario y alejado del mundo real, completaré la enumeración con el Palatino, alguien mitad real, mitad imaginario, más bien incorpóreo, que se intuye más que se ve, una especie de ser de luz que, cuando aparece, guía y apacigua a los demás personajes. La verdad es que todos están continuamente apareciendo y desapareciendo, pues acaparan el protagonismo por etapas, siempre buscando su camino en la vida. Pero los hechos históricos que se producen en los turbulentos meses anteriores a la Segunda Guerra Mundial y los acaecidos a miembros de la familia de la autora –como ese niño, cuyo desgraciado final supone un trauma que afectará tanto a los allegados como a los descendientes de estos– sirven de armazón que nos ancla a una realidad conocida e impide que, entre elucubraciones y fantasías, perdamos completamente el hilo. 
    La ficción… Como ven la nombro todo el tiempo, y es para que no olviden que hay relato. Pues las continuas digresiones en forma de comentario, enumeración, reflexión, opinión personal, lamentación por lo ocurrido etc. son igual de jugosos, solo hay que dejar espacio al disfrute y no pretender que se nos estén contando cosas todo el tiempo o que el hilo narrativo no se quiebre nunca. Porque se quiebra. Constantemente. Ya que por medio de los procedimientos más variados se está retratando el clima intelectual y político de esa etapa pre-bélica. Pero, insisto, aunque a veces pueda parecer lo contrario es mucho más difícil sostener una trama de esa manera que con los procedimientos habituales. El resultado es una literatura de ideas, que aparte de paciencia y ausencia de prejuicios no necesita de ningún requisito para ser disfrutada, ya que ni fondo ni forma presentan mayor complicación. Una obra melancólica aunque luminosa, que alterna confianza en los individuos con un comprensible desaliento debido al cariz que estaban tomando los hechos a causa de los totalitarismos de la época.

    martes, 21 de julio de 2020

    TochoWeek IV #2. Alberto Laiseca: Los sorias

    Idioma original: Español
    Año de publicación: 1998
    Valoración: Empachoso 


    Los sorias (premio Boris Vian) es considerada una obra maestra de la literatura latinoamericana. Autores de la talla de César Aira, Rodolfo Fogwill y Ricardo Piglia respaldan dicha opinión. Personalmente, no sabría decir si están en lo cierto. En todo caso, reconozco que esta es una novela pródiga en virtudes. Pero me es imposible negar lo obvio: también la lastran bastantes defectos. Y, además, es de ese tipo de ficciones que solamente atraerá a aquellos cuyos gustos sean afines.

    Me explico: uno puede apreciar el tremendo esfuerzo que supone concebir este texto. Sin embargo, disfrutar de su lectura y reconocer sus geniales hallazgos es una tarea complicada. Únicamente quienes estén predispuestos a este tipo de narrativa saldrán de él con ganas de más. De más Alberto Laiseca, de más experiencias realmente singulares.

    Volvamos al libro. A este tocho kilométrico que el autor tardó diez años en escribir (y otros dieciséis en publicar). Valorarlo según su carácter unitario le hace un flaco favor, pues no está concebido para ser leído de un tirón, ni tiene un argumento estrictamente lineal. Si acaso, hay que acercarse a esta obra como si de un retablo fragmentario se tratara. Sus mejores ideas se encuentran dispersas; su humor, espaciado. Tengámoslo muy en cuenta.

    Estamos frente a un artefacto literario que parece un homenaje (y, asimismo, una crítica) a la posmodernidad. Ante una pintoresca mezcolanza de géneros y registros: ciencia ficción, fantasía, humor, terror, drama bélico, música, poesía, teatro... Ante una épica que narra el conflicto que existe entre las naciones de Tecnocracia y Soria. Ante la historia de un dictador que se humaniza.

    Los aspectos positivos de esta obra son, a mi juicio, los siguientes:

    • Es una inestimable ventana al curioso universo de Laiseca. Universo onanista y, al mismo tiempo, proclive al tributo (o saqueo, más bien) de lo ajeno. 
    • Su originalidad. 
    • Su creatividad. La imaginación de Laiseca es colosal, capaz de conjurar una Tierra ficticia (aunque tenga algunas similitudes geográficas e históricas con nuestro planeta); una Tierra abundante en "lore", con sus propios países, lenguas y religiones. Amén de un sistema de magia tremendamente complejo (aunque, eso sí, algo incongruente). 
    • Como acabo de insinuar, el sistema de magia de Los sorias es fascinante. Involucra a ocultistas, sociedades esotéricas, mudras, viajes astrales, máquinas capaces de ofrecer apoyo logístico, zombies, gólems imparables, tijeras asesinas... 
    • También la tecnología pergreñada por Laiseca es extraordinaria y, hasta cierto punto, compleja. 
    • Diversos delirios, esoterismos, erotismos o personajes de corte bruegheliano que aparecen en estas páginas. 
    • La erudición (nada jactanciosa) que Laiseca derrocha. Sus conocimientos de ópera, literatura, historia o mitología son excepcionales. 
    • La desmitificación de varias disciplinas (como la filosofía y las matemáticas) o figuras históricas (Wagner, Napoleón...). 
    • El humor de Laiseca. Es cierto que es demasiado intermitente; no obstante, vale la pena armarse de paciencia y buscarlo. 
    • Sus reflexiones en torno al sindicalismo, al comunismo, a los técnicos, a la historia como farsa. Son muy lúcidas y se presentan con humildad.
    • Su "self-awareness". Varios pasajes dan a entender que Laiseca es consciente de estar escribiendo algo «revolucionario», por lo que hay que disculparle sus «excesos» (pg. 341), a la par que algo, en cierto modo «tedioso», cuyo único objetivo es llegar a una «frase genial insertada en el medio» (pg. 330). 
    • Las rupturas de la cuarta pared. Destacaría esa en que el cronista de Los sorias admite haber producido en el relato «rupturas discontinuizantes» y apela al perdón del «magnánimo lector» (pg. 244). O esa otra en que dice que se le ha tostado la tarta que tiene en el horno por estar distraído escribiendo una «disquisición sobre el amor y los franceses» (pg. 573).

    En cuanto a los defectos de esta novela, destacaría que:

    • Los temas se exponen de forma un tanto débil, lo cual resulta insultante, teniendo en cuenta que el autor ha dispuesto de mucho tiempo para desarrollarlos. Por ejemplo, los delirios megalomaníacos de los dictadores. Esta ficción tenía todas las papeletas para sumarse a la tradición de novelas de dictadores hispanoamericanas y ofrecer una meditación al respecto, pero a la postre no da la talla. 
    • Hay poca consistencia en el "worldbuiling" y el sistema de magia establecidos por Laiseca. Comprendo que una obra como esta no requiere que semejantes apartados estén muy pulidos, pero aún y así, había veces en que las disonancias y lagunas impedían que me sumergiera al cien por cien en la lectura. 
    • La psicología de los personajes. Laiseca los va dibujando poco a poco, casi con parsimonia, pero nunca profundiza en ninguno. Y esto impide que empaticemos con ellos. El arco de redención del Monitor hubiera sido mucho más efectivo si se le hubiera desarrollado adecuadamente, por ejemplo. Además, la caracterización pobre de los protagonistas del relato resta impacto a algunas situaciones, especialmente a aquéllas que transcurren en los últimos coletazos de la novela.
    • Algunos pasajes de la novela, o incluso capítulos enteros, se hacen demasiado pesados, cuando no directamente aburridos.  
    • El final se siente abrupto y, sobre todo, se toma demasiado en serio a sí mismo, traicionando el acabado desenfado del resto.  
    • El narrador trata al lector como si fuera estúpido. En serio, se pasa todo el tiempo recordándonos que esto ya lo había dicho, pero te lo repito de todos modos por si te habías olvidado. 
    • La torpe exposición. A menudo, la información se nos entrega de forma poco orgánica. Con "infodumpings" o a base de notas y apéndices. 
    • Los delirios que más divertidos me parecieron reciben muy poco foco. El de un magnicida frustrado, por ejemplo, o el de un comerciante que vende pájaros. En cambio, los estereotipados, como el del Soriator, son omnipresentes. 
    • Las intrigas de palacio acaban reducidas a caprichosas rencillas. Cero tensión política. 
    • Hay muchas erratas. Algunas son obvias decisiones estilísticas (Laiseca emplea signos ortográficos, de puntuación y tildes al margen de convenciones, y a veces de forma arbitraria, sin respetar antecedentes propios); otras se deben, probablemente, a gazapos ortotipográficos. De todos modos, incluso a las erratas intencionadas se le podría reprochar que obstaculizan de forma innecesaria la lectura. Una tilde puede marcar la diferencia entre un sustantivo y un verbo; una mayúscula colocada donde no debería estar puede suponer una pausa accidentada; etc... 
    • Laiseca siente debilidad por las oraciones larguísimas y abusa de las subordinadas o de las comas. 
    • Los argentinismos homogeneizan las voces.

    En conclusión: Los sorias es una novela que sólo recomendaría a los mitómanos de Laiseca. Y, seguramente, incluso los seguidores del escritor tendrán que intercalarla con otras lecturas. Al fin y al cabo, no es ni de lejos su trabajo más redondo, pese a que nos encontramos ante una obra innegablemente ambiciosa.

    Para conocerle, acudid a El gusano máximo de la vida misma. Tiene los mismos elementos que hacen atractiva a Los sorias (ideas locas, humor, experimentación formal, un narrador carismático...) expuestos con mayor consistencia. Y es menos empachosa.


    Otras obras de Alberto Laiseca en ULAD: El gusano máximo de la vida misma

    miércoles, 13 de mayo de 2020

    Rafael Courtoisie: El libro de la desobediencia


    Idioma original: Español
    Año de publicación: 2017
    Valoración: Curioso

    El libro de la desobediencia transcurre en el Japón medieval. Lo protagonizan un grupo de lesbianas, al mismo tiempo poetas y guerreras. Miniki, su líder, secuestra a Tanoshi, la favorita del Emperador. Éste, por supuesto, pondrá todos los medios a su alcance en perseguirla. Osos telepáticos montados por fieros samuráis incluidos.

    Que no os engañe semejante premisa: El libro de la desobediencia no es una novela histórica plagada de aventuras. Bueno, sí lo es, pero hay otros aspectos a resaltar en ella. Y no me refiero únicamente a los elementos fantásticos que la engalanan (¡osos telepáticos, pardiez!), que también. Me refiero, especialmente, a su enfoque metaliterario.

    A fin de cuentas, esta ficción realiza extravagantes acrobacias. Hasta tres autores (o quizás sea un autor tricéfalo) la van escribiendo o traduciendo en paralelo; los personajes que la transitan forman parte tanto del plano real como narrativo; cobija en su interior otras obras, en plan "matrioshka" rusa. ¿Sigo?

    Además de por su enfoque metaliterario, El libro de la desobediencia destaca por sus temas. La desobediencia es uno de ellos, como bien indica su título. Por ejemplo: Okoshi Oshura, viejo poeta que narra esta historia, se opone (veladamente al inicio, abiertamente después) al «Poder». También la ya mentada Miniki se enfrenta al «Poder», pese a que su caso no tenga connotaciones políticas.

    Lo que me ha gustado de esta novela son sus reflexiones en torno al concepto de la desobediencia. Rafael Courtoisie logra ahondar temática y casi diría que filosóficamente en él con pasmosa facilidad. Y lo hace, dicho sea de paso, de formas la mar de creativas. Para muestra, un botón: «La desobediencia es, antes que nada, una gran tentación. / Dictada una ley, sobrevienen las ganas de transgredirla. / Toda frontera, todo límite es una invitación a la transgresión, al pasaje clandestino (...). / Toda barrera u obstáculo constituye una puerta abierta para la desobediencia. / (...) Toda puerta cerrada es una puerta abierta para la desobediencia.» O: «La muerte es una desobediencia. / Pero la vida es una desobediencia mayor, de otro grado, casi absoluta. / Aunque uno vaya a morir, haber desobedecido por un instante es haber desobedecido toda la eternidad: la muerte se desobedece cada día, con cada respiración, con cada línea que se escribe. / La poesía es una desobediencia.»

    Quizás lastran a este texto su carácter episódico, la resolución algo abrupta (y a veces tramposa) de varios de sus conflictos, la caracterización pobre de sus personajes y, sobre todo, su final anti-climático. Pero gracias a que, en general, no se toma muy en serio a sí mismo, estas imperfecciones son fácilmente perdonables. En ocasiones, incluso, atribuibles al desparpajo de esta propuesta.

    Me sorprende que en ninguna de las reseñas que he leído de El libro de la desobediencia se mencione sus similitudes con la obra de Alberto Laiseca. A continuación, os dejo las características que este trabajo de Courtoisie comparte con muchas de las creaciones del argentino:

    • Su cualidad híbrida (esa mezcla de fantasía, acción, política, prosa y verso...).   
    • Su enfoque, entre desmitificador y respetuoso, de Oriente. 
    • Su fabulación histórica, situada en un mundo que es y no es el nuestro.
    • Su colorido eclectismo. 
    • Su voz narrativa, que oscila entre la ordinariez y la sensibilidad poética, rompe constantemente la cuarta pared y está dispuesta a jugar con las expectativas del lector.  
    • Sus personajes. Es innegable que el Emperador, sus aduladores y concubinas, recuerdan poderosamente al Monitor y su corte.  
    • La abundancia de magia, erotismo, violencia y torturas que hay en estas páginas.  
    • Su humor, ora sofisticado, ora gamberro. 
    • Sus destellos metaliterarios.
    • Sus caprichosas digresiones, que interrumpen la trama sin pudor alguno, incluso cuando dinamitan adrede una escena intensa. 
    • Sus múltiples homenajes (que a veces rozan la parodia) a otras obras de ficción. En el caso de El libro de la desobediencia, Courtoisie alude a Ryonosuke Akutagawa, Yukio Mishima o Haruki Murakami, entre otros. 

    En definitiva, recomiendo El libro de la desobediencia a todo aquel que guste de la narrativa experimental; a todo aquel que ya se haya zampado la bibliografía de Laiseca pero siga teniendo ganas de juerga; a todo aquel que disfrute con la violencia hiperbólica y estilizada de Quentin Tarantino; a todo aquel que aprecie las virtudes de Japón y, asimismo, sea capaz de reírse de sus conmovedores defectos. Por una vez y sin que sirva de precedente, obedeced mi recomendación y leed esta pequeña joya de la metaliteratura más lúdica y desprejuiciada que, pese a su engañoso desparpajo, es capaz de vehicular reflexiones trascendentes.

    martes, 7 de mayo de 2019

    Alberto Laiseca: El gusano máximo de la vida misma

    Idioma original: Español  
    Año de publicación: 1998
    Valoración: Delirante


    El gusano máximo de la vida misma es una auténtica locura. Pero, ¿de qué me sorprendo? Alberto Laiseca, su perpetrador, estaba mal de la cabeza. De verdad, lo que no se le ocurriera al Maestro, no se le ocurriría a nadie.

    Una pregunta: ¿qué os sugiere el título de esta novela? A mí me hizo pensar en una obra delirante en fondo y desprejuiciada en forma. La ilustración de la cubierta escogida por Tuquets sólo ayudaba a cimentar esta idea. ¿Creéis que acerté? Huelga decir que sí. 

    Al fin y al cabo, leyendo este libro, uno no sabe si le están tomando el pelo o si es cómplice de una broma épica. Así de mal escrito está. Su argumento, por otro lado, es un despropósito sin pies ni cabeza. 

    Tampoco os penséis que me estoy quejando, ¿eh? Y es que El gusano máximo de la vida misma es, por decirlo de algún modo, una gamberrada entretenida. Una que en ningún momento intenta ocultar que lo es. De hecho, el mayor acierto de esta ficción es no tomarse en serio a sí misma; las cotas de auto-parodia que alcanza son altísimas. 

    Además de ser “self-aware”, El gusano máximo de la vida misma reconoce su condición. Pide disculpas al lector por sus excesos, ya sea explícita o implícitamente; confiesa en múltiples ocasiones que está narrado de forma atroz; señala impúdicamente sus fallos... 

    ¿A qué fallos me refiero? Pues al escenario intercambiable, por ejemplo. En ningún momento queda claro si la acción transcurre en Nueva York o en Buenos Aires. Otro defecto que me viene a la cabeza: la puntual pereza de Laiseca, que le impide explayarse en asuntos de vital importancia para la coherencia o legibilidad de la trama. ¿Y qué hay de todos los detalles innecesarios que salpican estas páginas, metidos con calzador y a sabiendas de que son inútiles?

    Por todo lo dicho, puede parecer que este es un libro pésimo. Sí y no. No voy a negar que una obra mal escrita, por más que lo sea de forma intencionada (como es el caso), está, a fin de cuentas, mal escrita. Pero, al mismo tiempo, me parece que El gusano máximo de la vida misma no carece de sustancia. En otras palabras: para mí, esta novela es un divertimento superficial que, asimismo, tiene cierto interés literario.

    No en balde me recuerda a El alma de Gardel, de Mario Levrero. Ambos textos son, aparentemente, insulsos, pero es innegable que rebosan genio. Sus autores se nutren descaradamente de la literatura “pulp” más mediocre, de la serie B más infecta, para moldear a su antojo un descabellado argumento. Y dar, de paso, lecciones de escritura a quien sea capaz de cogerlas al vuelo. O lúcidas sentencias sobre el universo. Todo esto, repito, sin tomarse en serio a sí mismos en ningún momento. 

    Llegados a este punto, quiero aclarar que El gusano máximo de la vida misma no es para todo el mundo. Si no te gusta la narrativa experimental y algo “pulp”, aléjate de él. Si te ofende el humor negro con ramalazos misóginos o racistas, pásalo de largo. Luego no digáis que no os lo he advertido.

    Ahora, al argumento del libro. Bueno, bien mirado, aquí no vamos a encontrar un argumento. Al menos, uno al uso. Porque la trama principal es una excusa con la cual Laiseca pretende unir retazos de lo más dispares, cuyas junturas, muchas veces, ni siquiera se molesta en pulir. Esta es, por tanto, una historia fragmentaria, que se construye mediante el ensamblaje de trozos dispersos, no siempre emparentados entre ellos.

    Por esta razón, uno tiene la sensación de que la novela va creciendo y creciendo de manera caótica. Improvisada, incluso. Tampoco es que Laiseca se abandone completamente al azar. El autor deja claro que planifica ciertos aspectos; no es casualidad que reincida en el uso de algunos recursos. Como resultado tenemos un texto aparentemente deslavazado pero compacto a su manera. 

    El gusano al que hace referencia el título de esta ficción, guiño a las películas de monstruos más casposas imaginables, es el protagonista. O algo parecido. Este ser, antiguo, poderoso, consumado violador de mujeres, conocerá, a lo largo de estas páginas, a una galería de personajes la mar de pintoresca: un necrófilo escapado de otra novela, ex prostitutas, una Reina de las Cloacas que recita incansablemente a Shakespeare y capitanea a un ejército de ratas, un científico nazi que es racista hacia los blancos (sic)...

    Así pues, de El gusano máximo de la vida misma resaltaría:  

    • Su planteamiento, ocioso pero no por ello exento de cierta profundidad. 
    • Su naturaleza de artefacto posmoderno. La experimentación en esta novela nos entrega: fluctuación de formatos narrativos, apropiación de personajes literarios ajenos, recuerdos del propio Laiseca, disertaciones de corte absurdo... 
    • El simpático acabado "naif" de toda la propuesta. 
    • Que todo el tiempo nos pilla por sorpresa, pues no deja de superarse, gamberrada tras gamberrada.
    • La prosa de Laiseca, que alterna el uso de argentinismos, onomatopeyas, muletillas y palabras inventadas con tiempos verbales en subjuntivo, tan carcas y pomposos. 
    • El narrador (que no deja de ser el propio escritor) y su tremendo carisma. Durante la mayoría del relato se muestra informal, juguetón, y rompe constantemente la cuarta pared. 
    • El humor chusco que asoma de tanto en tanto. Funciona prácticamente todo el tiempo. 
    • La erudición (nada jactanciosa) que demuestra el autor a través de estas páginas. Referencias literarias, mitológicas, culturales, históricas y filosóficas abundan en esta narración, pero como ésta no se toma en serio a sí misma, una pátina de intelectualidad sarcástica no desentona en absoluto. Lo mismo con las constantes citas a Shakespeare. La desmitificación a la que se somete al dramaturgo es tal que su presencia en un dislate como El gusano máximo de la vida misma no se antoja pretenciosa. Además, Shakespeare no podía quedar al margen. A fin de cuentas, «Hoy sólo los marginales citan al Bardo.» 

    Como veis, hay muchos aspectos positivos a reivindicar en esta novela. Pero tampoco os penséis que está libre de defectos. A bote pronto, se me ocurre que: 

    • Algunos de sus pasajes son aburridos. Uno en que Laiseca habla de las cloacas de Nueva York y Buenos Aires, por ejemplo (aunque hay que reconocer que está plagado de chistes y de anécdotas la mar de curiosas). U otro en que divaga sobre gallos y gallinas.  
    • No todos los personajes son ni la mitad de interesantes que el protagonista o la Reina de las Cloacas, pese a que se les da un foco similar.

    Todo esto en menos de ochenta páginas. Ochenta páginas que se leen en un santiamén y que, contra todo pronóstico, perduran en el lector. Eso sí: conseguir este libro no es nada fácil. Al menos, un ejemplar físico. Actualmente está descatalogado, y los especuladores han inflado su precio en el mercado de segunda mano, como viene siendo costumbre. Yo os recomiendo tirar de Lectulandia y leerlo en PDF. Con tal de poder comprarlo, no obstante, deberíamos montar un Change.org para que se reedite esta pequeña joyita. ¿Quién se apunta?


    Otras obras de Alberto Laiseca en ULAD: Los sorias

    lunes, 22 de abril de 2019

    Tochoweek III #1. Gonzalo Torrente Ballester: La Saga Fuga de J. B.



    Idioma original: español

    Año de publicación: 1972

    Valoración: Imprescindible

    Al grano. Esta es una obra maestra de la literatura de todos los tiempos, podemos situarla, nada menos, entre las cinco primeras en lengua española. Aún así, muchos no querrán ni olerla, porque su lectura no es nada fácil, sí, pero también en sentido literal, ya que tanto novela como autor están siendo injustamente olvidados y –aunque creo que Alianza lo ha reeditado este año– quizá sea más fácil encontrarlo en la rancia atmósfera de las librerías de viejo que en las flamantes ediciones de hoy mismo. Aún hay una tercera razón y es el desconocimiento: no puede valorarse, ni a favor ni en contra, lo que no se sabe que existe. Y aquí estoy yo, con ganas de dar a conocer, a pesar de lo reducido del espacio, lo esencial de forma, contenido y posibles motivaciones de La saga fuga de J. B. Con ese propósito la he releído –y ya dije que ante un panorama de lecturas tan inmenso prefiero elegir lo que no conozco– y he disfrutado tanto o más que la primera vez, he vuelto a maravillarme con fondo y forma y a renovar mi admiración por su autor, tanto por la genialidad que manifiesta como por su valentía en aquellos tiempos heroicos. Esto de la valentía creo que no se ha destacado lo suficiente, porque Torrente Ballester (1910-1999) pasa por haber sido un hombre tibio de ideas, apreciación que no puede ser más injusta. Otra cosa es lo que aparentase –recuérdese que era gallego–, pero cualquiera con dedo y medio de frente advertirá la enorme carga crítica que contiene esta novela. Lo bueno es que la censura de la época, no solo era corta de mollera, además había leído más bien poco, y desde luego nada comparable a este monumento a la erudición, a este alarde de fantasía que se alía con la realidad para denunciar lo que le da la gana sin que ningún profesional de la tijera consiguiese desenrollar tamaña madeja, embarullados como estaban por la torrencial prosa de Torrente. Como no encontraron justificación para prohibirla y aprobándola le adjudicarían un valor inexistente para ellos, decidieron aplicar el silencio administrativo. El motivo que alegaron: “de todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, este es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario etc.”. A pesar del tiempo transcurrido, permítanme que me ría.
    Lo primero que debemos saber es que don Gonzalo fue un auténtico animal literario (gran lector, escritor prolífico, articulista y académico de la lengua), tampoco es desdeñable su tarea de docente. Su biografía no está por debajo de su currículum, pero vamos con la novela que el tiempo apremia y hay mucha tela que cortar en esas 816 páginas.
    Lo que vamos a leer es un brillantísimo ejercicio metaliterario en el que la ficción reflexiona sobre sí misma, se retuerce y llega a realizar toda clase de acrobacias. Ni siquiera la poesía o el vocabulario se libran de esa afición por lo lúdico concretada en varias composiciones, que parodian el poema, para las que utiliza un lenguaje inventando que se adivina contundente. La acción se sitúa en un supuesto pueblo gallego llamado Castroforte del Baralla que la crítica suele identificar con Pontevedra. Un pueblo con fuertes sentimientos nacionalistas; con el cuerpo incorrupto e iluminado de una tal santa Lilaila (¿les recuerda esto a algo?) que llegó navegando en una barca y fue bendecido por un obispo; con una estirpe de próceres que se remonta a tiempos remotos, vinculados, no por parentesco, sino porque sus nombres coinciden en las iniciales J. B. (no sé si la retranca gallega del autor iría en esa dirección, pero a mí siempre me ha recordado a una marca de wisky); con cierta tendencia a levitar, amparado por la niebla, cada vez que sus habitantes se enfrascan en una preocupación común; con unas lampreas de carne muy apreciada debido a que devoran ipso facto toda materia orgánica que vaya a parar al río; con unos caballeros de la Tabla Redonda que emulan –no a los originales– sino a sus propios antecesores castrofortinos, y cuya misión consiste en contrarrestar a las fuerzas vivas centralistas (o godas, que viene a ser igual); con dudas intermitentes sobre su propia existencia, nunca confirmada del todo en los documentos oficiales.
    En una obra tan satírica y divertida, que respira anticlericalismo, aboga por la libertad de las costumbres y critica todo lo criticable -rencillas locales incluidas– lo primero que llamará su atención es que el coctel de realidad y fantasía está presente de principio a fin. Tampoco hay continuidad cronológica, incluso los personajes pueden transmigrar de un cuerpo a otro, es decir, se salta todas las reglas de la lógica y gran parte de las que rigen la literatura canónica. Dicho esto, no esperen encontrar un caos: todo está sabiamente calculado, el autor ha sabido compensar su heterodoxia con un férreo control de la trama, se apoya en tradiciones muy antiguas y en modelos reconocibles. La Galicia mítica está aquí muy presente, el propio autor reconoció en más de una ocasión el influjo de la narrativa oral gallega. Se pueden rastrear también otras influencias: el realismo mágico es lo primero que se nos ocurre, aunque él nunca admitió el menor parentesco con esta corriente. Yo diría que en este caso la magia procede del mito y sirve para interpretar la realidad, pero esta, de algún modo, triunfa porque el escritor apuesta por el racionalismo: lo maravilloso es meramente simbólico y hasta el fundamentalista cura del lugar acaba abandonando sus creencias. Se perciben también rasgos surrealistas, cervantinos e inspirados en la mejor narrativa de la lengua española.
    La saga fuga de J. B. podría clasificarse como novela coral a pesar de que tiene un protagonista claro: José Bastida, el último Jota Be a pesar de sus dos contemporáneos. Un hombre afable y sabio, pero feo, extremadamente pobre y acusado de subversivo por la justicia. Debido a su mera existencia, pero también a la evolución que experimenta con el tiempo, su creador –por muy jocoso que se muestre – no puede ocultar que era un sentimental. Es un hecho: cerraremos el libro amando a José. Nos da igual que el desenlace sea tan convencional como es porque, lejos de desentonar con el resto, lo completa, demostrando que en una obra de ficción, todo, hasta la mayor de las locuras, acaba encajando siempre que se tenga la suficiente habilidad. 
    Claro que para apreciar todo esto hay que esforzarse un poco, pero garantizo que merece la pena. La prosa es exacta y clara, arcaica solo cuando se ubica en el pasado, su manejo brillante, los diálogos, rápidos y concisos, recuerdan a autores que llegaron después y triunfaron. Pero se salta reglas que tenemos más que asimiladas, como prescindir casi por completo del punto y aparte. Esta práctica, junto al uso tan poco convencional de los recursos, supone, no voy a negarlo, una dificultad añadida. Aunque garantizo que se supera: quien logre ir más allá de las primeras páginas acabará asimilando sus esquemas y la comprensión estará garantizada. Eso sí, no intenten acordarse de todos los nombres ni situar a los personajes desde el primer momento, poco a poco irán familiarizándose con ellos, si no se acuerdan de alguno lo identificarán por el contexto, y si no fuera así no se agobien repasando lo leído: no hay que superar ningún examen, lo único que hace falta es disfrutar.

    También de Torrente Ballester; La muerte del DecanoFilomeno, a mi pesarLos cuadernos de un vate vagoLa isla de los jacintos cortados

    jueves, 10 de enero de 2019

    Ernesto Sábato: Abaddón el exterminador

    Idioma original: Español
    Año de publicación: 1974
    Valoración: Imprescindible

    "Abaddón el exterminador" es la tercera y última obra narrativa publicada por Ernesto Sábato y vendría a constituir, según los expertos, una especie de trilogía junto a las anteriores (y magníficas) "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas". Personalmente, no estoy del todo de acuerdo en que las tres obras constituyan una trilogía ya que, pese a que tienen en común una temática y unas inquietudes y obsesiones muy determinadas, no comparten personajes y pueden ser leídas de forma independiente, en especial "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas". De hecho, diría que la lectura previa de "El túnel" no es, ni mucho menos, indispensable para la comprensión de "Abaddón", aunque la de "Héroes y tumbas" sí que se hace más que conveniente.

    Por otra parte, "El túnel" y "Héroes y tumbas" sí que son novelas más o menos al uso. Por contra, "Abaddón" es, al mismo tiempo, novela, ensayo sobre arte, texto político, tratado filosófico y una suerte de guía de lectura de toda la obra de Sábato. Es una es una obra de ficción que habla de sí misma, un libro fragmentario, confuso y oscuro, mucho menos "directo" y más experimental que sus antecesores. Vamos, que no encontraréis aquí una historia de "amor" como la de Juan Pablo Castel y María Iribarne o la de Alejandra y Martín, pero sí que volverán a aparecer muchas de las "filias y fobias" presentes en las anteriores novelas de Sábato y esa perpetua búsqueda del ABSOLUTO.

    Para empezar, el propio Sábato se convierte en uno de los protagonistas principales del libro, rompiendo con la "lógica" de la novela tradicional. "Abaddón" pasa a ser, entonces, una obra de autoficción en la que "la función del arte" y "la posición del escritor ante su obra" adquieren un carácter fundamental. Tanto es así que las recurrentes obsesiones del autor, sus sucesivos desgarramientos y la permanente búsqueda de eternidad a través del arte y la escritura, además de ofrecernos claves acerca de la obra anterior de Sábato, constituyen el núcleo de "Abaddón" (al menos para mi).

    Fruto de esos desgarramientos y de sus continuas búsquedas en la ciencia y el arte nace otra de las vertientes del libro: la que en párrafos anteriores llamé "tratado filosófico". En el, Sábato navega entre el marxismo y el existencialismo, luchando con sus dudas y contradicciones y con los puntos de fricción entre ambas corrientes, vinculados sobre todo con la dualidad del ser humano (racionalismo contra inconsciente, vigilia contra sueño, ciencia contra espiritualidad, realidad contra mito, razón contra potencias invisibles e invencibles, etc). 

    A medio camino entre ambas vertientes del texto podríamos situar la parte política de "Abaddón", reflejo de un mundo en crisis en una época terrible y confusa. Esta parte se centra en las luchas de liberación que tuvieron lugar en América Latina en los años 60 y 70 y en la posibilidad (o no) de la creación de un hombre nuevo. Pero no es tanto un ensayo político como una muestra más de algo a lo que aferrarse (un amor, el arte, la religión, la revolución...) dentro de las constantes búsquedas humanas.

    Por último, y sobrevolando todo lo anterior, está la trama propiamente novelesca, esa en la que  diversos personajes tratan de huir de un destino que inexorablemente acaba encontrándolos o de un pasado que solo alcanza su pleno sentido en el instante de la muerte. La búsqueda del absoluto y el desgarramiento interior de los personajes vuelven a ser, al igual que en "El túnel" y en "Héroes y tumbas", temas centrales del libro, aunque en esta ocasión no da lugar a historias y personajes tan apabullantes y brutales.

    Pese a esta última apreciación, "Abaddón" constituye un texto imprescindible, sobre todo por dos motivos. El primero es su "modernidad". Se trata de un texto que trata de salir de los límites de la novela en busca, quizá, de la misma totalidad o absoluto que buscan sus personajes. Y esto, pese a su fragmentariedad, lo consigue plenamente. El segundo motivo es que, pese a situarse en un contexto político y geográfico muy concreto, "Abaddón" trasciende ese contexto y se sitúa en el ámbito de lo universal. Las dudas, miedos, terrores y  obsesiones más profundas e inconscientes son, básicamente, las mismas y Sábato nos las hace sentir en toda su crudeza.

    En fin, que he vuelto a leer, casi 10 años después, "El túnel", "Sobre héroes y tumbas" y "Abaddón el exterminador" y no me arrepiento. Sé que dentro de unos años volveré a leerlos. Seguro.

    También de Ernesto Sábato en ULAD: Sobre héroes y tumbasEl túnel

    viernes, 22 de junio de 2018

    Miguel Ángel Hernández: El dolor de los demás

    Idioma original: Español
    Año de publicación: 2018
    Valoración: Muy recomendable

    En la Nochebuena del año 1995, el mejor amigo de Miguel Ángel Hernández mató a su hermana y se tiró por un barranco.

    Este es el impactante comienzo de este libro y es, también, el punto de partida de un viaje de vuelta, el de Miguel Ángel Hernández, a unos años y a unos lugares que fueron escenario temporal y físico de la tragedia. Regresa Hernández a sus dieciocho años y regresa a esa huerta murciana de la que siempre quiso escapar, a ese lugar que, pese a su caracter semimítico y casi idealizado en ocasiones, encerraba un mundo pequeño, viejo, cerrado y claustrofóbico, un mundo de sexualidades reprimidas y llenas de pecado, remordimiento y culpa. 

    Aunque por el párrafo anterior y por las primeras páginas del libro lo pueda parecer, este no es un libro del "yo-mi-me-conmigo". El autor, al más puro estilo de Emmanuel Carrère en “El adversario” (influencia admitida por parte de Hernández en las mismas páginas de “El dolor de los demás”), intercala lo personal con el objeto de la narración, aunando autobiografía, metaliteratura, pelín de ensayo y algo crónica casi periodística, pero él no es el protagonista principal del relato. Puede parecerlo en un primer momento, pero, a medida que avanza la narración, el centro se traslada del yo al ellos (o al nosotros, si queréis). Partiendo de unos hechos y unos recuerdos muy concretos que dan lugar al proceso de escritura de la novela, Hernández consigue salir del “circulo del yo” llevando el peso de la historia al daño y las heridas que se van reabriendo, tanto en él como en el resto de seres que pasan por el libro, a la par que avanza en la escritura de la novela.

    Esa es una de las principales virtudes del libro: la capacidad del autor de no mirarse al ombligo y ser capaz de “descentrar”  la historia, de reescribirla y llevarla por caminos en los que lo principal viene a ser el paso del tiempo, la memoria y las dudas y preguntas que estos suscitan, tales como “¿Soy otra persona?”, “¿Soy el mismo?”, “¿Podemos recordar con cariño a quien ha cometido el peor de los crímenes?”, "¿Es legítimo hacerlo después de haber comprendido la parte del otro?” o “¿Es posible llevar flores a la tumba de un asesino?”. 

    También me gustaría destacar el ritmo de la narración, que apenas decae en las casi trescientas páginas de las que consta la novela, gracias tanto a la propia estructura del libro como al lenguaje utilizado por el autor, y las más que interesantes reflexiones que el autor va intercalando sobre el lenguaje y la función de la escritura y la literatura.

    Por último, y esto es algo que me suele pasar con la literatura en general, me resultan mucho más interesantes los libros capaces de convocar a los demonios que los que pretenden exorcizarlos. Este es uno de esos libros. Hacedme caso!

    También de Miguel Ángel Hernández en ULAD: Intento de escapada

    martes, 4 de abril de 2017

    Enrique Vila-Matas: Mac y su contratiempo

    Idioma original: español
    Año de publicación: 2.017
    Valoración: Muy recomendable

    Nunca había leído un libro de Enrique Vila-Matas (me había asignado el neologismo ‘neófito vilamático’, pero era quizá demasiado esdrújulo), y hacía siglos que no acudía a la presentación de un libro. Pero los planetas se alinearon debidamente, Enrique publicó su última novedad, leí el libro y de inmediato me entero de que lo va a presentar aquí, muy cerquita de casa.

    Somos unas sesenta personas, puede que algo más, en una sala de la Biblioteca municipal de Bidebarrieta (Bilbao), antigua sede de la Sociedad El Sitio. Es un escenario solemne, un recinto con cierto aire rancio, y mientras esperamos ponen música clásica. Detrás de mí se ha sentado una señora (bueno, intuyo que es una señora) que jadea sin cesar tras haber subido las escaleras hasta este primer piso. Son apenas dos docenas de escalones, pero mi vecina debe ser bastante mayor, lo mismo que casi todo el resto de la concurrencia. Vamos, que me siento como un chaval rodeado de carcamales, algunos, eso sí, con un look intelectual muy marcado.  Me traigo conmingo el ejemplar del libro con la intención de que el autor me lo firme, aunque me da mucha vergüenza.

    Llega EVM con aspecto algo intimidante, cuerpo compacto, expresión inexcrutable y bufanda, aunque hace cerca de 18º C. Le acompaña la conductora del acto, que comienza claramente nerviosa y con la adulación esperada hacia el artista. Mientras dice algunas generalidades, voy intentando ordenar en mi cabeza las principales sensaciones que me había transmitido el libro. Quizá la más notable es que se trata de un libro sumamente inteligente en el que, bajo la forma de una prosa sencilla y un argumento mínimo, se construye todo un repertorio de elementos de diferentes tamaños, que interactúan entre sí, asoman y no siempre sobreviven.

    Hago memoria del relato, muy a grandes rasgos: Mac es un tipo maduro que se ha quedado en paro y –al parecer, libre de problemas económicos- decide dedicarse a escribir. Un poco por casualidad, repara en un libro mediocre escrito por su vecino Sánchez, autor más o menos conocido, y se muestra decidido a reescribirlo. El atento repaso que Mac hace del libro sirve para explorar en el mundo de los cuentos y en el del propio proceso creativo, y cuando se pone a la tarea de su nueva versión, se encontrará con una de las interferencias a las que me refería, en este caso, entre ficción y realidad.

    La conductora de la presentación del libro ya parece haber encontrado algo más de aplomo, y plantea precisamente uno de los aspectos más interesantes: la movilidad entre géneros. En realidad, Mac está escribiendo un diario, que de ninguna manera quiere que se convierta en novela, por lo que desearía que no le ocurra nada interesante. Pero la realidad termina por imponerse, y quiera o no se ve obligado a incorporar algunos episodios digamos novelescos. Por otra parte, el libro que quiere reescribir está constituido por varios cuentos, dispersos aunque con un hilo conductor, y las reflexiones de Mac dan pie a que vaya deslizando en su diario párrafos enteros sobre la creación literaria, la repetición o el estilo de otros autores, materias que recaen claramente en el ámbito del ensayo. Con todo ello se construye un apasionante entramado de relatos dentro de relatos, realidad fundida con ficción, diario, novela, cuento y ensayo, todo manejado con maestría y humor, ágil y bien dosificado. Todo fluye con naturalidad aunque vayan quedando algunos cabos sueltos.

    Desgraciadamente, ni la presentadora ni el propio Vila-Matas se detienen mucho sobre la mezcla de géneros y las simetrías entre conceptos, que me parece lo más atractivo del libro. Pero, a propósito del humor, advierto que ella subraya cómo se ha reído ‘a carcajadas’. Parecía inevitable, porque en la faja del libro también se habla mucho de lo divertido que es, y creo que es Eduardo Mendoza el que también lo destaca. Sinceramente, a mi me ha parecido que, como decía antes, la novela está teñida de un humor fino, que a veces hace sonreir, pero de ahí a las carcajadas… Bueno, será que ando un poco huraño últimamente.

    En lo que sí se detiene la conductora un par de veces es en el tema de la autoficción. Yo creo que era para buscarle un poco las cosquillas a Enrique, que este elevara tal vez el tono e hiciese vibrar un poco al público con algo de polémica. Y en efecto, el autor se muestra algo molesto de que siempre metan sus libros en el campo de la autoficción, se extiende en la definición teórica del concepto y admite su encaje únicamente en una de sus obras (creo que es 'París no se acaba nunca'). Pese a todo, de un par de anécdotas que cuenta acerca de ‘Mac y su contratiempo’ sí parece deducirse que al menos una parte puede identificarse con lo que habitualmente designamos con el dichoso término. Pero bueno, creo que es una polémica un poco boba, que al lector le importa más bien poco.

    Tampoco parece que la haga mucha gracia a EVM que una señora –muy entrada en años, con una maravillosa gorra que le da un aspecto parisino- ponga en cuestión su atrevimiento para alterar frases célebres. Enrique le responde –ya digo, un poco incómodo- defendiendo su derecho a adecuarlas a su propio texto, y divaga un poco sobre las digresiones que el propio libro contiene en torno a la repetición, las diferencias o el ‘lector creativo’.

    La verdad es que yo llegué con la intención de cuestionarle el hecho de que, cuando alcanza digamos cierta cima argumental, cuando uno supone que llegaría un desenlace poderoso, el libro parece desinflarse un poco, deslizarse con poca vida hacia el final, y tomar un derrotero que a mi me parece no demasiado seductor. Pero, claro, aparte de incurrir de alguna forma en espoiler (casi aseguraría que yo era el único de los presentes que había leído el libro), me pareció una descortesía lanzar al autor algo parecido a una crítica en sus propias narices, o forzarle a justificarse en la propia presentación de la obra. Y además, hubiese sido bastante injusto, porque esa parte final tan tenue es lo único que no me ha convencido del todo. El resto me parece –creo que ya lo he dicho- un libro inteligente, muy hábilmente construido, valiente a la hora de saltarse géneros literarios, lleno de reflexiones interesantes y bien colocadas en un envoltorio aparentemente simple, y agradablemente irónico… aunque no llegue a la carcajada.

    Así que al final prevaleció mi deseo de que don Enrique me firmase tranquilamente el libro y se fuese para Barcelona sin que nadie la incordiara, le hice una pregunta más bien neutra (aunque yo creo que era interesante y evidente, y a la conductora no se le había ocurrido), y me fui a llevarle mi ejemplar para que me hiciese el dibujito chulo habitual. ¡Y yo que siempre creí tener alma de periodista!

    Todas las reseñas sobre Enrique Vila-Matas en ULAD: aquí

    miércoles, 24 de febrero de 2016

    D. E. Stevenson: El libro de la señorita Buncle

    Idioma original: inglés
    Título original: Miss Buncle's Book
    Año de publicación: 1934
    Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
    Valoración: entre recomendable y está bien

    ¿Quién no ha jugado alguna vez al Candy Crush? (excluyo de la pregunta a doña Celia Villalobos, porque ya sé la respuesta y además, no creo que frecuente este blog) ¿A qué mola cuando vas eliminando chuches y pasando pantallas y una voz inefable dice "DELICIOUS"? Pues exactamente esa palabra, dicha con esa misma voz, es la que se oye en la cabeza del lector (bueno, en la mía... junto con otras muchas que me ordenan cometer actos apocalípticos, pero... ejem, esa es otra historia) al leer esta novela; es deliciosa. Ahora bien, deliciosa como puede serlo las chuches o golosinas, precisamente: agradables, apetecibles, divertidas, pero quizás en exceso azucaradas y que, en caso de abuso, pueden llegar a empachar.

    Esta novela, escrita por la escocesa Dorothy Emily Stevenson (por si alguien se lo pregunta: sí, era pariente del gran Robert Louis), se desarrolla, sin embargo en un ambiente típico -y tópico- inglés: un pequeño pueblecito de la campiña, como hemos conocido en tantas novelas de la misma época de entreguerras que ésta, de tono también humorístico-costumbrista, y escritas por E. F. BensonNancy Mitford, y por supuesto, Wodehouse o Evelyn Waugh. Ambiente inmortalizado también en muchas novelas de Agatha Christie, que tuvo la genial idea de utilizarlo como escenario de intrigantes crímenes y la aún más genial de poner a resolverlos a una apacible ancianita... En esta novela de Stevenson aparecen también los personajes habituales en estas novelas: el vicario, el médico rural, las solteronas, las criadas... y también un misterio se abate sobre el pueblo -llamado Silverstream, en este caso-; pero no es un asesinato, sino el libro que un tal John Smith ha escrito y que se titula, acertadamente, El pertubardor de la paz. Esta novela  ha sido escrita, en realidad , por uno de los habitantes de Silverstream, la muy discreta señorita Barbara Buncle (supongo que nadie considerará esta revelación como un spoiler, teniendo en cuenta el título...), y puesto que, como ella siempre asegura "carece de imaginación", se ha basado en sus propios vecinos para dar forma a los personajes del libro, revelando debilidades y secretillos que sus dueños hubieran preferido que no saliesen a la luz.

    La aparición de El perturbador de la paz hace precisamente eso, pues: perturbar la paz del pueblo y saca a relucir lo mejor y lo peor de cada afectado. También, hay que decirlo, sirve de inspiración a alguno que otro... Esto, en realidad, es lo más interesante de la novela de Stevenson: se establece una especie de juego de espejos metaliterario  -o incluso de muñecas rusas- entre la realidad -es decir, la ficción que estamos leyendo nosotros- y la ficción -esto es, la que leen los personajes de la ficción que leemos nosotros-; vamos, que si esto se le llega a ocurrir a un escritor con más renombre literario y/o intelectual (una cosa no conlleva la otra, me temo), se hubiese considerado la caraba y aún se harían tesis doctorales sobre la obra (no me digáis que a Cervantes ya se le había ocurrido algo así, que ésa es otra liga...). La novela -las dos, en realidad, o incluso las tres... y no digo más- también puede promover una interesante reflexión sobre la naturaleza de la ficción literaria, las características de la hoy llamada "autoficción" y sus peligros, que en el libro son reales y nada metafísicos. La novela como es de suponer está escrito en un tono distendido y aun humorístico; de hecho, más de una vez da la impresión de que su autora -me refiero a D.E. Stevenson, no a Miss Buncle- podría haber afilado bastante más su ironía, pero parece que se contuvo  y no quiso hacer sangre con sus personajes. Para el disfrute del lector puede resultar una lástima, claro, pero, por otra parte, también es de agradecer a veces la empatía de los autores hacia sus criaturas. Otro detalle de estilo, al menos de algunos diálogos, es un tono más bien machista que hoy día nos puede chocar - no sé si a todo el mundo, me temo-, pero que supongo era el habitual en 1934... sin descartar que también se debiera a la sutil ironía de la autora.

    En todo caso, una novela esta que sin duda hará disfrutar a quien se decida a leerla... a pesar del azúcar. Y si alguien es especialmente goloso, aviso de que existe dos novelas más protagonizados por la encantadora señorita Buncle. Siempre será mejor leerlas que jugar al Candy Crush, desde luego...


    martes, 27 de octubre de 2015

    Philip K. Dick: El hombre en el castillo

    Idioma original: inglés
    Título original: The Man in the High Castle
    Año de publicación: 1961
    Traducción: Manuel Figueroa
    Valoración: Muy recomendable

    La verdad es que me pirran las ucronías; ya saben: esas realidades alternativas pergeñadas a partir de un cambio en algún acontecimiento histórico, generalmente de orden bélico: qué hubiera pasado si Napoleón hubiese vencido en Waterloo o si los confederados hubieran logrado secesionarse de los Estados Unidos. Cosas se ese tipo... Y a los escritores de ucronías les pirra todo lo relacionado con la II Guerra Mundial, sus protagonistas, consecuencias y prolegómenos. Algunos ejemplos muy logrados son la estupenda Patria, de Robert Harris, la reveladora La conjura contra América -con un Lindbergh pro-nazi convertido en Presidente de los EEUU- de Philip Roth o en el caso español, la muy célebre, en su momento, En el día de hoy, escrita por Jesús Torbado, pero se dice que concebida por el astuto señor Lara -el primero-, que además le dio un premio Planeta en el 76 (todo un escándalo: ¡un premio Planeta encargado por la editorial...!).

    En la realidad ucrónica que nos propone Dick, Alemania y Japón han ganado la guerra y se reparten  el mundo, grosso modo. Lo que eran los Estados Unidos de América han quedado divididos entre una entidad al este, depedendiente de Alemania y con un régimen político muy racista y bastante jerarquizado y otro protectorado, al Oeste -los Estados del Pacífico- dependientes del Imperio japonés, muy jerarquizado y bastante racista. En medio, a modo de conveniente colchón, los Estados de las Montañas Rocosas, más o menos a su bola, como antes de las guerra... Los alemanes, por su parte, después de seguir ejerciendo sus propósitos genocidas en los territorios conquistados, como África, se han lanzado a la exploración y colonización de otros planetas, mientras que los japoneses, más cautos, se preparan para una relación cada vez más gélida con sus antiguos socios. La novela se desarrolla sobre todo en San Francisco y en Colorado, mostrándonos las vicisitudes de una serie de personajes que resultan estar unidos entre sí a modo de cadena humana. Hay americanos, japoneses y alemanes. Vencedores y vencidos (y la actitud que toman algunos de éstos hacia su derrota resulta lúcidamente llena de sutilezas... No he leído la reciente Sumisión, pero por lo que dicen sus reseñas, sospecho que hay alguna concomitancia al respecto entre ambas novelas).

    Aparecen además, dentro del libro, otros dos (y esto es lo más interesante, como ejercicio metaliterario): el I Ching chino o Libro de los cambios, cuyo sistema adivinatorio consultan muchos de los personajes (incluso parece que el propio autor lo utilizó para escribir esta historia... y no sólo él); y además, otra novela, también leída por casi todos los personajes, titulada La langosta se ha posado , donde  se narra ... una ucronía en la que Alemania y Japón han perdido la guerra -el "hombre en el castillo" al que alude el título es, precisamente, Hawthorne Abendsen, el autor de este otro libro dentro del libro-; se crea así un juego especular que, revelado poco a poco, no muestra toda su complejidad hasta el final de la novela (la que tenemos entre manos, no la otra) y que resulta algo confuso en algún momento, pero también muy satisfactorio, desde el punto de vista del lector poco acomodaticio.

    Para terminar: El hombre del castillo, además de una magnífica novela, creo yo, es una obra política. Tal vez ya no dé esa impresión, pero sin duda lo era en el momento de su publicación y aún muchos años después; otra cosa es que a estas alturas se nos haya olvidado su motivación. Parece que por suerte, aunque quizá pequemos de incautos...


    Otros libros de Philip K. Dick reseñados en Un Libro al Día:  ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ubik

    jueves, 18 de diciembre de 2014

    John Barth: El plantador de tabaco

    Idioma original: inglés
    Título original: The Sot-Weed Factor
    Año de publicación: 1960
    Traductor: Eduardo Lago
    Valoración: imprescindible... con algún matiz

    Impelido por el renombre de esta novela, por las estupendas críticas y, sobre todo, por la reivindicación de este título que se hizo en un conocido blog -colega en esto de reseñar-: aquí, me decidí por fin a afrontar las casi 1200 páginas de este Plantador de tabaco (si menciono su extensión no es para colgarme medallas, sino, muy al contrario, para señalar mis deméritos como lector, al no haberme atrevido antes con el libro). La novela, además, pasa por ser una de las obras señeras de la literatura postmoderna norteamericana, cultivada en la segunda mitad del s. XX por unos cuantos autores, hoy muy considerados entre el gafapastismo hispánico (que no se ofenda nadie: yo mismo, de hecho, las uso de culo de vaso).

    ¿Y de qué va esta novela tan afamada? Pues se trata de las aventuras -desventuras, más bien-, del joven, virgen y bastante torpe poeta -Laureado de Maryland, nada menos- Ebenezer Cooke, que en 1694 parte de Londres para hacerse cargo de la hacienda familiar en la colonia de Maryland y, de paso, componer una ambiciosa oda en verso en honor de esas tierras. pero ya se sabe lo que ocurre con "el camino del hombre recto" -en palabras del profeta Ezequiel y del asesino Jules-, así que el laureado se verá asaetado, en su accidentado periplo, por toda clase de azares y pruebas... en especial por aquéllas que comprometen su preciada virtud, aunque también es cierto que en ocasiones será él quien trate de perderla, con singular falta de fortuna... Porque ésa es otra: la novela está plagada de escenas y situaciones salaces, cuando no claramente lúbricas, hasta el punto de que en algún momento parecen constituir el armazón de la historia (tampoco es de extrañar, si pensamos que Barth publicó este libro con treinta años, luego debió de comenzarlo mucho antes, en plena edad bullente y vigorosa). Pero no todo es lascivia o concupiscencia: la novela nos ameniza, además, con varios diálogos irónicamente filosóficos -entre el Laureado Cooke y su camaleónico preceptor Burlingame, o bien con su bastante menos cultivado criado Bertrand-; si añadimos que el tono general del libro es marcadamente jocoso, su lectura se hace mucho menos trabajosa de lo que cabría suponer... (de hecho, en muchos momentos da la sensación de que el joven Barth se lo pasó escribiéndolo aún mejor que nosotros leyéndolo).

    A todo esto hay que sumar que nuestro héroe se ve envuelto en una intriga política bastante enrevesada, que toda la novela está trufada de otras historias más cortas, narradas por los personajes que el laureado se va encontrando durante sus peripecias, incluyendo la búsqueda y hallazgo -por entregas -de un manuscrito donde se cuentan las aventuras de un posible antepasado de Burlingame, junto al famoso capitán Smith (sí, el de Pocahontas)... El libro, indefectiblemente -y ésa era la idea, claro- recuerda a las clásicas novelas inglesas del s. XVIII ; también a aquéllas llamadas "filosóficas" como Cándido de Voltaire. Pero, sobre todo, a lo que recuerda esta novela es al mismísimo Quijote: Ebenezer Cooke no es sino otro letraherido iluso que, en vez de creerse un personaje de los libros de caballerías, se cree un poeta y deambula por el mundo tratando de seguir un supuesto código de honor lírico, que, de manera inevitable, choca con la crudeza de la realidad. Choque que no amortigua, sino que hace más evidente aún, su terrenal criado Bertrand, a modo de pícaro Sancho. El Laureado incluso tiene una idealizada Dulzinea en la persona de la prostituta Joan Toast, a la que vio desnuda en Londres... Blanco y en botella.

    Porque en esto consiste, al parecer, el carácter postmoderno de esta obra: su condición de parodia más o menos incisiva de géneros y estilos considerados del pasado. Lo que la diferencia, por tanto, de otras novelas, contemporáneas a ésta -o un poco anteriores-, a las que en cambio no dudamos en atribuirles la etiqueta  de "novela histórica" (que yo he estado a punto de colocar a la que estoy reseñando, lo confieso. Lo mismo que esa otra, tan curiosa de "novela pornográfica arrepentida de serlo"... qué diablos, se las voy a poner, aunque me equivoque...), como las de Graves o Yourcenar es la mirada en todo momento irónica que sabemos ha concebido esta obra y con la que nosotros debemos leerla.  Mayor ironía aún puesto que, por lo visto, existió realmente en el siglo XVII un poeta llamado Ebenezer Cooke que escribió una obra en verso, de carácter satírico, llamada... pues El plantador de tabaco... Una juerga metaliteraria, vamos. Lo que yo me pregunto es: ¿sería esta novela considerada como "postmoderna" de haber sido escrita en el siglo XVII? Es de suponer que no. Ahora bien, ¿lo sería Tristram Shandy, de haber sido escrita en el XX?. Sobre tales cuestiones, puede que a alguno de nuestros avispados seguidores les venga a la memoria un célebre cuento de Borges: Pierre Menard, autor del Quijote, de su libro Ficciones, en el que este supuesto autor escribe, en el siglo XX, un nuevo Quijote, que resulta ser exactamente igual que el anterior, pero cuya lectura, al producirse en un contexto y época diferentes, cambia totalmente su significado... Ya se sabe que está todo inventado.

    Y vamos por fin al delicado tema de la valoración de este libro (y pido disculpas por explayarme tanto en la reseña): aquí no puedo por menos que volver a recordar la extensión de esta novela (y su grosor y peso, me temo... no es aconsejable leerla tumbados y colocando el tocho sobre la barriga). Y ello es porque, lo queramos o no, condiciona en parte la inversión en tiempo -y dinero, para quien la adquiera- que debemos dedicar a su lectura. Pues bien, yo recomiendo a cualquiera que se decidan a realizar tal inversión, incluso en el aspecto económico -la ratio entre el desembolso efectuado y las horas de diversión proporcionadas resulta imbatible-,que lo haga, sin objeción alguna. Ahora bien, ¿es esta una obra literaria de las que consideramos "imprescindibles"? Pues aquí ya pienso que hay que hilar más fino... creo que para algunos lectores -o muchos- puede serlo, y en atención a esta circunstancia, no dudo en valorarla como tal. Ahora bien, en mi caso particular, no sé hasta que punto me resulta tan "imprescindible". Ya he escrito que en más de una ocasión me ha parecido que el autor se lo había pasado aún mejor escribiendo la novela que yo leyéndola y eso, que en principio no tiene porque resultar algo negativo -incluso muy al contrario-, a veces me ha dado la sensación de estar asistiendo a una suerte de acto onanista que ha impedido mi total satisfacción. Pero como, ya digo, no deja de ser una impresión subjetiva mía, tampoco quiero que condicione mi dictamen. Por tanto, que no haya duda... valoración: imprescindible.