viernes, 12 de junio de 2026
Rodolfo Walsh: ¿Quién mató a Rosendo?
martes, 13 de enero de 2026
Truman Capote: Se oyen las musas
sábado, 4 de octubre de 2025
Contrarreseña: Gomorra de Roberto Saviano vs Los señores del narco de Anabel Hernández
Idioma original: Español Idioma original: Italiano
Año de publicación: 2010 Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable Valoración: Muy recomendable
A pesar de (o precisamente por) ser miembro de ULAD, sigo religiosamente las recomendaciones del blog. Una de ellas me llevó estos días a Gomorra, de Roberto Saviano: una crónica periodística novelada sobre la Camorra italiana (pueden ver la reseña original aquí).
En una rap battle,
los MC suelen jactarse de la violencia de sus barrios, de las armas que tienen,
de lo gánster que son. Aquí vamos a hacer algo parecido con estos dos libros.
Esta es una batalla en
la que nadie gana.
Leídos en
conjunto, Gomorra y Los señores del narco desmontan una misma
ilusión. El crimen organizado no es una anomalía externa, sino una forma de
gestión violenta de la economía y del poder. Cambian los paisajes, los oficios
y las jerarquías de los “negocios”, pero persiste la lógica de captura de
instituciones, territorios y del imaginario colectivo.
Saviano
revela el anclaje del sistema camorrista en la vida cotidiana: puertos,
talleres, residuos, moda, obra pública. Su prosa, cercana y material, muestra
cómo la ilegalidad se adhiere a los circuitos legales y los corroe desde
dentro. Hernández, por su parte, documenta con precisión quiénes sostienen ese
andamiaje en México: redes de complicidad entre cárteles y funcionarios de
distintos niveles, cronologías verificables, nombres propios y
responsabilidades administrativas y penales.
Estas dos obras son complementarias para conocer los mecanismos del crimen organizado: una ayuda a comprender cómo opera la maquinaria en el tejido diario; la otra, quiénes la habilitan y se benefician de ella. Su lectura paralela no ofrece consuelo, pero sí claridad. Entenderlo así desplaza la discusión del espectáculo de la violencia a su infraestructura y obliga a pensar en políticas públicas, controles institucionales y protección efectiva a las víctimas y a las fuentes. Ese es, al final, su mayor aporte: transformar la indignación en una exigencia de rendición de cuentas.
Sin embargo, después de años de su publicación, la situación no ha cambiado mucho. Si acaso, nos ha dejado buenos libros. "Los dioses tramaron desventuras para que los hombres y las generaciones venideras tuviesen sobre qué cantar".
martes, 23 de septiembre de 2025
Iñaki Gil: Arde París
Año de publicación: 2023
Valoración: Está bien
Es probable que ocurra en casi todos los países, al menos en Europa, pero pienso que en nuestro vecino del norte la encrucijada histórica y política se manifiesta ahora mismo con una crudeza especial. La alta tasa de inmigración y su concentración en lugares muy concretos, la desertización industrial de amplias regiones, y la tendencia creciente a apostar por los populismos han convertido Francia en un polvorín donde chocan cada vez con más fuerza antagonismos clásicos y modernos: grandeur y déclinisme, europeísmo y nacionalismo, extremismos mutantes, la tierra de asilo y el gran reemplazo, el laicismo republicano y los fanatismos más feroces.
El periodista Iñaki Gil, durante años corresponsal en París y por tanto se supone que buen conocedor de la realidad francesa, ofrece un repaso a las circunstancias sociales y políticas que conducido a la situación actual, lo que, con sesgo digno de clickbait, llama la Nueva Revolución francesa. Con un orden expositivo algo cuestionable, empieza centrándose en la inmigración, que ha ido creando ghettos en los extrarradios de las principales ciudades, y muy especialmente en París. Jóvenes de segunda y tercera generación, junto con los recién llegados, forman enormes colectivos con problemas obvios de identidad cultural, a veces seducidos por el integrismo islámico, y casi siempre sin ninguna perspectiva de futuro. De todo ello se siguen problemas graves de inseguridad y, claro está, la aparición de la extrema derecha lanzando la caña, asuntos todos ellos que más adelante se irán tocando parcialmente.
Al mismo tiempo (no soy capaz de decir si como causa, como consecuencia, o al margen) la desaparición/distorsión de las ideologías, fenómeno de alcance mundial, deja a los electores a merced de los populismos (demagogia, soluciones fáciles a problemas complejos), y a los partidos tradicionales prácticamente fuera de combate, o de alguna manera autoexcluidos, que también. En esta confusión surgen movimientos autónomos muy potentes, algo muy francés, como el de los chalecos amarillos, muestra clara de descontento social que derivó en episodios de violencia.
Estas son algunas impresiones personales sobre el tema, solo en parte apoyadas en el texto. Porque, aunque en principio pudiera pensarse lo contrario, no hay que pretender buscar en el libro una elaboración teórica coherente sobre la situación social y política francesa. En realidad se trata más bien de apuntes sobre cuestiones más o menos inconexas, donde tienen cabida demasiados chascarrillos (las amantes de los últimos presidentes, las peculiaridades del matrimonio Macron, la familia Le Pen y sus ramificaciones), contado todo ello con un lenguaje muy periodístico, rápido y directo, que bordea a veces el amarillismo. Este estilo, que puede tener un pase en el ámbito de la prensa (depende de gustos), me parece que entona claramente peor en un libro, que en mi opinión pediría más reflexión y elaboración que acumulación de cifras, datos demoscópicos o detalles vistosos. Y claramente la falta profundidad y un mínimo de estructura expositiva.
Sin perder de vista estas carencias, y pasando un poco por alto informaciones irrelevantes, la verdad es que la lectura del libro aporta algunos datos con los que completar la idea que podamos tener sobre la situación política y social más allá de los Pirineos. Hablamos de un país complejo, uno de los pesos pesados de Europa, con algunos valores firmemente asentados aunque interpretados de formas muy divergentes, donde las pugnas fundamentales del siglo se están manifestando con mayor fuerza, y cuyo futuro, en un plazo no lejano, podría abrir a sus vecinos puertas que a lo mejor deberían permanecer cerradas.
viernes, 21 de junio de 2024
Erika y Klaus Mann: El milagro de España. Crónica de un viaje en 1938
Año de publicación: 2024 (el libro), 1938 (los artículos)
Traducción: Carlos Fortea e Isabel García Adánez
Valoración: Recomendable
Es innegable la importancia que la guerra civil española tuvo y tiene en la cultura popular. Decenas (o centenares) de novelas, ensayos, comics, series, documentales, películas, etc se han acercado al tema desde los más variados ángulos. Dicho esto, y sin negar la importancia de la ficción o los estudios históricos, creo que es fundamental acudir a autores que tuvieron la ocasión de presenciar in situ (parte de) la contienda.
Dentro de este grupo, "llama la atención" la cantidad de periodistas alemanes que cubrieron y/o participaron en la guerra: Alfred Kantorowicz, Ernst Toller, Egon Erwin Kisch, etc. En este grupo hay que incluir a Erika y Klaus Mann, hijos del celebérrimo Thomas Mann y exiliados de la Alemania nazi desde 1933.
Los 13 artículos recopilados en este pequeño volumen de apenas 120 páginas tienen su origen en las tres semanas (23/06/1938 a 14/07/1938) que los hermanos Mann estuvieron en la España republicana, siendo Barcelona, Tortosa, Valencia y Madrid los lugares por donde se movieron.
Seis son los textos de Klaus, cinco los de Erika y dos los escritos a cuatro manos. En todos ellos se observan aspectos comunes que oscilan entre la indignación y la compasión y que dan cuenta de la fe y esperanza en el triunfo del bando republicano, el asombro ante la resistencia de la ciudad de Madrid, el reconocimiento del esfuerzo en materia de educación y formación por parte de la República (pedagogía vs demagogia, etc).
Pero más que estos puntos comunes me interesan ciertas diferencias entre los textos de uno y otro y algunas notas que creo que son 100% actuales (recordemos que estamos a unos días de unas elecciones legislativas en Francia en las que la ultraderecha parte como favorita).
En lo que a las diferencias se refiere, los textos de Erika son más íntimos y personales que los de Klaus. Erika pone su mirada más en los pequeños detalles, en las pequeñas cosas y en la cotidianeidad que asoman en medio de la destrucción y el horror. Además, se permite licencias más literarias, como observamos en este párrafo:
Siempre es una impresión extrañamente horrible y conmovedora ver a la gran ciudad encogerse como un animal atemorizado cuando las luces se apagan en segundos, la gente desaparece de las casa, cuando no hay más que miedo y tinieblas.
En cuanto a la vigencia de los textos, resultan interesantes las reflexiones de ambos en lo que a "comprar el marco mental del enemigo" o al sentido y objetivo de la lucha se refiere. Ese dilema pacifismo / guerra en una situación de excepcionalidad es algo que lleva a los autores al cuestionamiento de sus propias convicciones.
Dicho esto, si alguien busca profundidad o un análisis completo de "cómos y porqués", que se olvide de El milagro de España. Son textos escritos en la urgencia del momento y con un objetivo muy claro, el del hacer un llamamiento desesperado a la implicación de pueblos y potencias democráticas. Ahora bien, si se busca un testimonio de primera mano, subjetivo (obviamente) sin ser panfletario, y que no requiera del lector que se estruje las meninges, esta puede ser una buena opción.
También de Klaus Mann en ULAD: El volcán
lunes, 17 de junio de 2024
Peter Bergen: Osama de cerca
Idioma original: inglés
Título original: The Osama Bin Laden I Know
Traducción: Gabriel Dols Gallardo
Año de publicación: 2006
Valoración: bastante recomendable
Si hay una máxima periodística que dice que no hay nada más viejo que el periódico de ayer, imaginad cómo me siento programando hoy una reseña como esta. Ni tan siquiera cuento con la coartada de la efemérides o de la rememoración de algún hecho relacionado con cierta fatídica fecha, no hay nada (aparte de las referencias el texto en cierta lectura reciente de Susan Sontag) que justifique que recupere o reabra el interés por este personaje que, cuesta encontrar los términos para ser preciso, es historia de la humanidad. Porque han pasado casi veintitrés años de ese momento que, como muy pocos, queda definido en la memoria colectiva con la consabida frase ¿dónde estabas cuándo cayeron las Torres Gemelas? Y para los muy jóvenes o muy despistados, un gentle reminder sobre los motivos por los que cada vez que tomas un vuelo hay que pasar por los farragosos controles de equipaje y los rutinarios arcos de seguridad. O porque en los puertos hay controles aleatorios de escaneo de los contenedores. Y un largo etcétera de cosas que el liderazgo de Osama Bin Laden provocó. Bueno, y los actos de sus seguidores y su organización terrorista. claro.
De hecho, cuando este libro se publicó ni siquiera se había producido el misterioso episodio de su muerte (o de su desaparición) y el libro, antes de epílogos y apéndices finales, aún habla en tiempo real del cabecilla de Al Qaeda y, con un respeto distante pero respeto al fin y al cabo, se refiere a él como lo que fue durante años: el hombre más buscado del planeta. Un respeto precavido que, ya sabemos cómo se las gastan, habré de mantener para no excitar los ánimos. A ver si habiendo sobrevivido a los fanáticos de Manuel Vilas voy a caer con esto.
Peter Bergen articula un texto extenso y documentado con dos centros de gravedad: la entrevista que le hizo al propio líder de Al Qaeda y ese crescendo hasta el 11-S al que ineludiblemente el libro nos arrastra. En medio, fragmentos de entrevistas, testimonios y confesiones de detenidos y condenados, confesiones, semblanzas de acólitos y enemigos, recortes biográficos, declaraciones propagandísticas y textos con un claro factor diferencial entre el frío relato de los hechos y el fervor, diría ingenuo pero no, religioso, que tizna las declaraciones y me corrobora en mi opinión expresada no hace demasiado sobre lo pernicioso de las religiones y lo curioso que es que, en los sectores más extremistas, se deteste con tanto encomio a los ateos, como si se tratara de invididuos rebeldes incapaces de acatar un orden superior, bajo el nombre en que este pueda presentarse. Aunque el texto tenga ese efecto colateral de la humanización, al que muchas veces se presenta como un hombre educado, austero, de maneras y ademanes correctos y matizados, apenas hay que raspar un poco para ver cómo sus ideas influyen en sus seguidores, cómo éstas anulan a las de los suyos, cómo el discurso se inflama y se convierte en un díálogo cansino y monocorde (mencionando, eso sí, a Dios cada tres frases) y cómo calaba o cómo cala.
Porque aún asistimos a los poderosos coletazos de esos hechos y Osama Bin Laden, sin lugar de entierro al que peregrinar, sin que la gente lo lleve en camisetas como a Pablo Escobar, aún está vivo en su estela en el presente. Y no sólo por la escasa habilidad de la civilización occidental para neutralizar su influencia. Cuidado, que los frentes que abrió aún están muy lejos de cerrarse.
miércoles, 26 de abril de 2023
Jorge Carrión / Sagar: Barcelona. Los vagabundos de la chatarra
viernes, 11 de noviembre de 2022
Óscar Martínez: Los muertos y el periodista
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable
Alguna vez en este blog cedemos a la tentación de improvisar con las valoraciones. Puede que los términos que empleamos estén expuestos a cierto desgaste y esos matices en el nivel de recomendación acaben convirtiéndose en el trasunto de una escala numérica. Comenté sobre este libro que resultaba muy interesante y luego he repensado que esos muy no acaban de rendir justicia a libros como Los muertos y el periodista. Una crónica de un escritor que, decidido a llegar hasta el fondo del asunto, con no pocas reflexiones de por medio sobre el desempeño de su oficio, sobre el compromiso, ya no solo profesional, sino ético, que supone el adentrarse (no acercarse: adentrarse) en ciertas situaciones para levantar testimonio, un testimonio tan próximo que resulta, sobre todo desde la fría comodidad de un sillón en el Primer Mundo, y a poco que se reflexione, tan necesario como sobrecogedor, tan fascinante como temerario.
Óscar Martínez es salvadoreño. Un pequeño país en el centro de un continente, sobre el que poco solemos saber, pero que nos llama la atención en cuanto a detalles morbosos: estadísticas de asesinatos por habitante, videos truculentos colgados en la red sobre sus prisiones, sórdidas, masificadas, prácticamente lugares donde los pandilleros campan a sus anchas, otro estereotipo, los individuos repletos de tatuajes que los identifican como integrantes de organizaciones criminales con las que no valen las bromas. En ese entorno Martínez nos cuenta la historia de Rudi, un muchacho joven y pobre que Martínez ve abocado a una muerte segura. Porque ese es uno de los muertos del título. Y el despliegue de Martínez es tan crudo como sincero y necesario. Ni recreación de lo morboso - esto no es La parte de los crímenes - ni el mínimo ahorro en definir la realidad. En un país donde las organizaciones criminales campan a su antojo, donde los ciudadanos bastante tienen con lidiar con ello y con una existencia precaria, resulta que los cuerpos de seguridad que deberían defenderles acaban siendo un eslabón más de una cadena de corrupción, violencia y arbitrariedad. Y no solo eso, sus masacres, sus crímenes, cuentan con mecanismos para mantenerse impunes, y muertes de inocentes serán seguidas de más muertes si esa impunidad ha de ser garantizada.
Construido como una crónica en la que Martínez, pues Rudi en una de sus fuentes, ha de exponerse en encuentros furtivos, esa tonalidad que combina denuncia, reflexión y un poderoso dinamismo narrativo puede ser un libro que se le atragante a los estómagos delicados. Más por lo que implica (que quien se supone que ha de protegerte en realidad pueda asesinarte) que por lo que explica. Justo estos días e n que un antiguo ministro del gobierno español parece alardear de haber salido muy bien parado de organizar una banda, constatar que a estas alturas aún estas situaciones pueden darse resulta tan intimidatorio como esclarecedor.
sábado, 30 de abril de 2022
Jaime Santirso: Los primeros días
Año de publicación: 2022
Valoración: Está bien
Quiere la casualidad que mientras leo este libro tenga en casa a dos infectados por covid, nada que no le haya ocurrido a tantísima gente pero que me inquieta de forma quizá un poco irracional, después de dos años sacando bolas blancas. Es una absoluta coincidencia, y no creo que la situación, por lo demás nada dramática, me haya influido en ninguna medida como lector. Porque, como muy bien ilustran la cubierta y el subtítulo, lo que nos va a contar el periodista Jaime Satirso es su experiencia en Wuhan durante los primeros días de la pandemia que todavía nos acosa.
Santirso era corresponsal de El País en Pekín cuando surge la noticia del descubrimiento de un extraño virus que empieza a ocasionar problemas. Alguien del periódico le sugiere desplazarse a Wuhan, donde se ha detectado el brote, una ciudad enorme (unos diez millones de habitantes, mediana para los estándares chinos), a unos mil kilómetros al sur de Pekín. El periodista se dirige hacia el epicentro de la noticia, y casi de inmediato la población se ve sometida a medidas de aislamiento cada vez más severas, hasta quedar completamente cerrada al exterior. Satirso queda así bloqueado en el ojo del huracán, y es uno de los poquísimos extranjeros que vivirá la experiencia.
El escenario es en principio bastante aterrador: aunque he creído entender que el autor vive habitualmente en Pekín, no deja de ser un español desplazado en una urbe gigantesca al otro lado del mundo, donde queda bloqueado sin salida, justo en el lugar donde un virus ha empezado a cobrarse vidas sin que se conozca su origen ni su posible evolución. Todos los ingredientes de una película. Como buen periodista busca la noticia, mientras las crecientes restricciones apenas le permiten contactar con los pocos residentes que aceptan hablar, visita a escondidas el hospital donde se concentran la mayoría de afectados, intenta pulsar el ambiente en las calles que pronto quedarán desiertas y en los pocos supermercados que por el momento todavía permanecen abiertos.
Hablamos entonces de la crónica de sucesos muy recientes, narrados desde una localización y un momento muy concretos. Sin embargo, el relato no termina de funcionar del todo. Tenemos mucha, muchísima información sobre el problema de fondo. Han pasado dos años, sabemos cómo se ha extendido el virus, las medidas que se han adoptado para frenarlo, cuántos muertos ha habido y cómo han colapsado los hospitales, hemos consumido cientos de mascarillas, contabilizamos no sé cuántas olas, vacunas… Es como contemplar el principio de algo cuyo desarrollo conocemos perfectamente, de forma que falta el ingrediente fundamental, la incertidumbre.
No quiere decir que sea una historia sin interés. Lo tiene, es el colmo del periodismo, encontrarse en el centro de la noticia en el momento y lugar claves. Pero el problema es que lo que funciona como crónica periodística de actualidad no lo hace automáticamente como libro que se lee mucho más tarde, cuando ya tenemos todos los datos. A estas alturas no nos parece especialmente horrible que los habitantes de Wuhan estén confinados y unos cientos de personas infectadas, porque sabemos que lo estará el planeta entero. Tampoco nos impresiona mucho que Santirso tuviese miedo de contagiarse o asistiese al espectáculo insólito de calles vacías, porque todo esto lo hemos vivido nosotros mismos. Para emocionarnos a posteriori el texto debería tener mucha más intensidad, transmitir la sensación del individuo aislado en un lugar remoto por el que circula un virus misterioso que obliga a levantar hospitales en tiempo récord, la sensación de soledad, el desasosiego de quien está viviendo esa película de ficción pasada de vueltas. Tal vez Santirso es un tipo poco impresionable, o la situación tampoco daba realmente para tanto dramatismo. O simplemente no era consciente, como casi nadie lo era en ese momento cero, de que estaba viviendo el inicio de una catástrofe que se prolongaría durante años por el mundo entero.
A la hora de escribir el libro el autor se muestra sobre todo honesto y con el equilibrio del reportero que huye del sensacionalismo, se resiste a recurrir a la épica y se ciñe a lo que vivió, tal como lo sintió en su momento. Es desde luego una actitud que le honra, pero ahora estamos valorando el libro y la verdad es que, visto desde la perspectiva de 2022, hay que reconocer que queda como algo un tanto frío y diríamos sin gancho. Es lo que a veces tiene la honradez, se valora pero a lo mejor vende peor. Al menos le quedará el consuelo (que no será poco) de que aquella experiencia debió suponerle un considerable éxito a nivel periodístico.
miércoles, 11 de agosto de 2021
Ana Pardo de Vera y VVAA: La armadura del Rey
Año de publicación: 2021
Valoración: Interesante
- Porque el peso de los hechos que se exponen tiene (o debería tener) un alcance de primer orden dentro de un estado (supuestamente) democrático y de derecho como el nuestro.
- Porque todos los hechos están fielmente argumentados y justificados, y muchos de ellos, por más que nos sorprenda, ya eran de algún modo de dominio público.
jueves, 5 de agosto de 2021
Leonardo Padrón. Tiempos feroces
Idioma original: español
Año de publicación: 2021
Valoración: inflamado
En algún jardín peor me habré metido, pero he de reconocer que no es nada sencillo reseñar libros como este, cuando ya el mero hecho de prestarle atención y leerlo pueda parecer, pero no lo es, una toma de posición respecto a cierta polémica que parece eternizarse. Pues Venezuela es una de las palabras que, cansinamente, y al lado de Irán o Corea del Norte, acostumbran a blandir los políticos de derechas a la hora de criticar los planteamientos, el ideario, o las decisiones de los contrincantes de izquierdas. Una peligrosa banalización siempre producto de la generalización, pero efectiva a la hora de polarizar cualquier discurso, que, no hace falta pasearse por Twitter para comprobarlo, es el juego favorito de los debates actuales en todo medio.
Leonardo Padrón es una voz muy respetada del panorama literario venezolano. Un panorama, voy a quejarme, que no es tan conocido ni divulgado como el de sus países vecinos. No lo planteo como una queja amarga sino como una realidad. Tiempos feroces recoge un buen puñado de artículos publicados con diversos desarrollos pero con un fin común: la crítica feroz, como el titulo indica, hacia la realidad venezolana, realidad determinada lógicamente por las políticas aplicadas por Hugo Chávez y su inmediato sucesos Nicolás Maduro. Una crítica que toma diversos caminos pero siempre es velada y contundente, expuesta de forma tan vehemente y documentada (rara vez se eluden nombre y circunstancias concretas, cuando se trata de levantar testimonios) que su lectura, aún con el estilo dinámico, algo inflamado, pero de lectura ágil, acaba obrando en el lector neutro (así me definiría) cierta sensación de agobio u hostigamiento. Pues Padrón centra sus relatos en los perfiles de personas dañadas, perseguidas o represaliadas por el régimen., continua con la denuncia de hechos objetivos que centran su prisma, el deterioro de la seguridad en las calles, el empobrecimiento, la inflación galopante, la censura de los medios de comunicación no afines, y se escora en algún momento, compréndase mi término, hacia la soflama, apelando no en pocas ocasiones a una eventual organización unitaria de las fuerzas opositoras, como lo haría algún escritorzuelo de algunos medios cuando usa su columna para reivindicar sus creencias.
Lo cual no significa que no hablemos de una buena lectura. Pero que es imposible leer sin sentirse o conmovido por lo que describe o escéptico hacia su carga ideológica. Tras su lectura uno tiende a pensar que Venezuela es otro ejemplo más del poder corruptor del poder cuando este se ejerce de forma absoluta y descontrolada. Pero echaría de menos un texto que contrapesara esa sensación y que no fuera un artefacto propagandístico. La realidad es la del enorme número de venezolanos que han abandonado su país a la búsqueda de unas circunstancias más estables para sus existencias. Pero la realidad es, también, la de un país en el que aún se producen consultas electorales de las que salen elegidos quienes lo gobiernan. Incapaz de comulgar totalmente con alguna de las dos salidas de este laberinto, me gustaría eso, contrastar con obras que tomen la otra perspectiva.
martes, 29 de junio de 2021
Beatriz Gimeno: La construcción de la lesbiana perversa
«(…) de qué manera comienza la representación de lo irrepresentable, de lo invisible: cómo se da forma a ese fantasma, a lo que no puede nombrarse, pero que sin embargo, al mismo tiempo, es necesario transmitir para que esa imagen difusa se vaya construyendo desde la negatividad, desde el odio (…)»
- Ella solía salir a correr y tenía un cuerpo musculado, lo que se vendió como que era mujer monstruosa con una fuerza sobrenatural.
- Era directora de un hotel y ejercía su mando con firmeza: alguien soberbio y controlador.
- Mantuvo una actitud digna cuando la gente la abucheaba en la entrada del juzgado o a prisión: propio de una psicópata sin empatía.
- Soportó los intensísimos interrogatorios sin derrumbarse: fría y calculadora.
sábado, 1 de mayo de 2021
Mónica G. Prieto / Javier Espinosa: La semilla del odio
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable
Mencionada con entusiasmo en Una dacha en el Golfo, esta recopilación de artículos a cargo de dos periodistas españoles (justo en la semana que hemos de lamentar el asesinato en Burkina Fasso de dos reporteros) es uno de esos libros que confirma lo que mucho, y muchos, nos tememos: que ciertos conflictos bélicos ineludibles para ciertos políticos (ejem, la famosa foto de los Azores con Ansar despeinado) son solo el resultado de una búsqueda desesperada de pretextos para intervenir en algún punto del globo donde hacer prevalecer sus intereses que, lejos de la preservación de las libertades de los oprimidos o el restablecimiento de la justicia social, suelen ser económicos o geoestratégicos.
Y, tal como su subtítulo indica (De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS) ese proceso se corta en un punto que dista mucho de ser el final. O vamos a ser tan ingenuos, desde nuestros cómodos sofás occidentales, y pensaremos que todo ha acabado porque lo de Siria parece más o menos encarrilado y la pandemia ha distraído al planeta de sus quehaceres bélicos. Nada de eso, me temo. El germen, la semilla de ese radicalismo, su crecimiento, queda descrita aquí en decenas de episodios relatados por estos dos periodistas, muchos, demasiados pero así es la realidad, truculentos, detallados, crueles, pero necesarios para integrar el nudo argumental de la tragedia humanitaria resultado, directo o indirecto tras decisiones torpes que se suceden, de la gran tomadura de pelo de las armas de destrucción masiva y la intervención en Irak, un país al que USA le debía unas cuantas tras lo de Kuwait y la operación Tormenta del Desierto, un gran país y cuna de civilizaciones que tiene la desgracia de estar asentado sobre un territorio rico en petróleo. Así que el ejército USA invade el país y protege desvergonzadamente lo que le interesa, el Ministerio del Petróleo, y siembra el caos, divide a la población, entrega mazos de cartas con los líderes a los que quiere detener, da una demostración de no comprender nada de lo que ahí ocurre (las facciones religiosas, las etnias, el conflicto kurdo, la influencia de Irán) y abraza de forma atolondrada ahora un aliado ahora otro, intenta situar un gobierno títere, actúa de forma histérica y precipitada creando mitos de represión (después de Guantánamo, Abu Ghraib) detiene y masacra a cualquiera que le parece un enemigo y lo único que consigue es crear cárceles que son universidades de radicalismo, cambiar la mentalidad de quienes esperaban que se les liberara del yugo de Saddam Husein y acaban, prácticamente, echándole de menos.
La semilla del odio es, diría, un reverso de una serie como Generation Kill con sus soldados aburridos por la burocracia entusiasmados por entrar en combate. Aquí se habla de una población hastiada y manipulada por sus líderes antiguos y nuevos, de una desesperación en que cualquier ilusión de futuro arraiga, de la fácil penetración del sentimiento religioso (el opio del pueblo de Marx) como contrapartida para un presente funesto y un futuro de muy mal presagio. Una magnífica obra en la que sus autores no usan guisa alguna de héroes sino puro uniforme de reportero entregado a su profesión, sin ínfulas ni compromiso con otra cosa que contar lo que ve. Una lectura que dista mucho de ser gratificante, ligera o incluso agradable, pero es que así son las cosas.
lunes, 8 de febrero de 2021
Sergio Vila-Sanjuán: Por qué soy monárquico
- Por qué soy monárquico es, antes que un ensayo, una suerte de «crónica impresionista (...) declaradamente personal». Lo cual reduce sobremanera su potencia conceptual y fomenta licencias y excesos alejados de una perspectiva objetiva e imparcial.
- Vila-Sanjuán se centra tanto en la realidad española que pierde en el proceso la capacidad para hacer una reivindicación más amplia y enjundiosa de la institución a la que trata de defender.
- Las tesis de la obra no ofrecen enfoques novedosos. Son las de siempre, por lo general tan vacías de contenido y carentes de rigor crítico como las que podría expresar un tuitero anónimo. Sin duda, esperaba más nivel de Vila-Sanjuán, a quien tengo por una persona culta y cuya labor periodística (no puedo juzgar su vertiente narrativa, porque la desconozco) me parece sobresaliente.
- Por qué soy monárquico nos enfrenta por enésima vez a debates que a estas alturas tendrían que estar superados, y recurre impúdicamente a varias falacias lógicas (la del falso dilema o la "cum hoc ergo propter hoc", por ejemplo).
- El relato histórico de Vila-Sanjuán presenta imprecisiones, tergiversaciones, omisiones convenientes y lecturas sesgadas. Un caso flagrante de esto es el de Juan Carlos I, cuyas virtudes y hazañas son sobredimensionadas en estas páginas, y cuyas equivocaciones y tachas se intentan relegar casi exclusivamente a los años 2000 en adelante. Al menos, y esto honra a Vila-Sanjuán, se airean unas cuantas de las miserias del emérito (y de algún otro monarca); no todo el mundo se atreve a asumirlas.
- A ratos, uno tiene la impresión de que este texto no sólo es el peloteo laudatorio habitual, sino que es un ejercicio oportunista de blanqueamiento de la cada vez más desprestigiada Casa Real española. Y si no, que me expliquen por qué de los Borbones que Vila-Sanjuán aborda, aquél al que se dedica más tiempo es Felipe VI, quien a día de hoy no lleva ni diez años de reinado. Entiendo que Vila-Sanjuán ha conocido personalmente al actual jefe de Estado, pero no comprendo por qué le ve tanto interés. ¡Casi le pone más énfasis a su lucha contra el catalanismo independentista que al papel que Juan Carlos I desempeñó durante la Transición! ¿No sería conveniente tener mayor perspectiva histórica antes de endiosarle? ¿Quién te dice que en unos años no se le va a relacionar con los tejemanejes de su padre? Si a un monarca «se le pide que sea sabio y prudente», también a sus partidarios.
- No ayudan a redondear el conjunto las constantes intromisiones de Vila-Sanjuán, que distraen del que debería ser el objetivo del texto. Sus comentarios y opiniones connotan situaciones que deberían haberse retratado con fidelidad documental; las referencias a su familia y amigos, amén de las que hace a su propio corpus literario y a su carrera laboral, huelen a ego y a autopromoción.
- Que entre los países con más calidad democrática del mundo se encuentren múltiples monarquías parlamentarias no implica que dichas monarquías parlamentarias sean la causa de la calidad democrática de los países en cuestión.
- Que la monarquía (o cualquier otra forma política) sea constitucional no quiere decir que se vea respaldada por la legitimidad.
- Los monarcas carecen del peso simbólico que se les intenta insuflar. Es más: a ningún ser humano (y menos todavía a uno que no lo obtiene a través del filtro de la meritocracia, sino a través de un derecho de nacimiento) debería atribuírsele peso simbólico alguno.
- Soy el primero en reclamar una separación (especialmente, en el terreno de las artes) de autor y obra. Por tanto, estoy a favor de que los méritos políticos de los reyes no queden opacados por sus defectos humanos. Pero es que a menudo olvidamos que los reyes alcanzan el estatus institucional que les permite intervenir en política mediante mecanismos hereditarios, lo cual hace que incluso sus méritos políticos sean injustos. Y, ¿de qué sirve separar, como propone Ernst H. Kantorowicz, la figura institucional de su actividad como persona normal sujeta a debilidades y fallos, si luego se dota a esta última de inmunidad jurídica, blindando obscenamente así sus debilidades y fallos?
- ¿Puede considerarse monárquico (en sentido amplio, se entiende) alguien que se define exclusivamente como juancarlista o felipista? Yo no dejo de ser demócrata cuando un candidato que no me gusta gana las elecciones presidenciales; si acaso, me vuelvo más crítico todavía con el sistema imperfecto al que me adscribo.
- Sugerir que las conquistas modernizadoras y democráticas alcanzadas gracias a los Borbones sólo podrían haberlas logrado ellos, y que por esto la institución monárquica es necesaria en España, es deshonesto.
- Si vamos a ensalzar el valor de los rituales, citando fuera de contexto a Byung-Chul Han, ¿no sería mejor que nuestro país dejara de ser aconfesional? A fin de cuentas, la religión ofrecería unos cuantos «rituales y ceremonias»; esos que, según parece, son tan necesarios. Tampoco deberíamos revisar críticamente varios de nuestros rasgos identitarios, como el toreo, pese a su insultante anacronismo.
- Y bueno, no creo que haga falta entrar en por qué declarar que Felipe VI encarna los valores republicanos es una paparruchada. Por no hablar de lo falso que es asumir que, económicamente, la aportación del rey al Estado es muy superior a lo que cuesta al contribuyente.
- Que los reyes pueden ser, hasta cierto punto, gobernantes (o agentes políticos) reformistas.
- Que no todos los que los apoyan deben ser necesariamente gente conservadora, pues suelen atraer también a perfiles liberales.
- Que se les puede reivindicar sin caer en el proselitismo.
domingo, 13 de diciembre de 2020
Michael Herr: Kubrick
Idioma original: inglés
A ver quién es el guapo que se resiste, después del festín que me di en Despachos de guerra, a investigar sobre más obra de Michael Herr. Lamentablemente, la lista es corta, tanto que con este fascinante Kubrick ya he llegado a la mitad y ni siquiera sé cómo podré hacerme con las otras dos publicaciones que figuran en su escueto perfil en Wikipedia. Kubrick es un casi obvio enlace ya que Michael Herr ayudó al director a preparar La chaqueta metálica y Herr nutre este breve (120 páginas) pero intenso libro de su experiencia en ello, con especial mención a agotadoras llamadas telefónicas que Kubrick le hacía, pero en general con un tono que podríamos resumir, pero os agradeceré que sigáis leyendo, en la clásica frase sobre los genios y sus difíciles personalidades y sus complicados modos de trato con su entorno.
A los profanos he de advertirles que Stanley Kubrick fue un director de cine norteamericano conocido por su ambición y su perfeccionismo, y que entre sus películas hay no menos de media docena de obras maestras absolutas, abarcando todo tipo de géneros y siempre dejando su impronta.
(Por cierto, me cuento entre los que hasta ahora habían optado por no ver su discutido último film, Eyes wide shut, pero es muy posible que la marca que ha dejado este libro me haga decidir a ello).
Lo de Herr ni es una biografía ni un panegírico. Herr no ha de dorar la píldora a Kubrick ni mitificarlo incluso habiéndose publicado el libro tras su fallecimiento. Herr habla de su tacañería, de su escaso don de la oportunidad, de su personalidad obsesiva, de sus arrebatos. Y eso es escribir sobre un genio: mostrar todas sus facetas sin apelar al morbo ni rendirse de antemano ante su grandeza. El enorme valor de esa sinceridad, de ese testimonio de periodista que ha visto al personaje y ha atravesado la capa y se ha relacionado con la persona, es lo que convierte esta centena de páginas en un hito. Sirve, desde luego dudo que algún incondicional del director no conozca el libro, repito, sirve igual si eres un admirador del director como si te interesa el cine contemporáneo (o directamente clásico), pero su valor se confirma igualmente si la curiosidad se restringe a cualquier manifestación artística o incluso si se trata de acometer el perfil psicológico de los genios, palabra que Herr en ningún momento recuerdo que haya usado. Hasta en eso el libro es sincero y profesional: hay anécdotas de los procesos de concepción de las obras y hay menciones a una convencional vida familiar, pero sobre todo hay una constante sensación de absoluta fidelidad a lo real. Kubrick racaneando con los presupuestos de sus películas, Kubrick entregado en cuerpo y alma a su perfeccionismo, a la necesidad absoluta de que las imágenes acabaran reflejando aquello que concebía en su cabeza, la cercanía es total y la rendición del personaje de una transparencia (la que Kubrick, introvertido, permitía casi de forma inconsciente) intuyo, absoluta, sin necesidad de detalles escabrosos o de pirotecnia sensacionalista. No lo dejéis escapar si cae en vuestras manos.
sábado, 28 de noviembre de 2020
Mónica G. Prieto y Maruja Torres: Contarlo para no olvidar
Año de publicación: 2017
Valoración: Interesante
«M.T.: De repente, a un tipo de estos lo hicieron jefe de Cultura de El País y salió diciendo que de Plácido Domingo para abajo no se hablaba nada de ópera, porque la gente no sabe quién es. Pero estos individuos, en el fondo, tenían razón. A ver si me entiendes, no iban desencaminados. ¡Intuían que iba a venir Trump! ¡Ellos fueron pioneros! Y comprendieron que lo que hay que hacer es cargar a la masa de razones para que se sienta bien siendo analfabeta.»
El recorrido por todas las W mezcla lo personal con la mirada sagaz sobre cuestiones de gran calado a nivel mundial como, por ejemplo, la evolución del estado islámico. Ambas periodistas han vivido sus experiencias en zonas de conflicto en primera persona y no como meras observadoras externas, y eso ha dejado huellas imborrables tanto en su memoria como en su mapa emocional. Me ha gustado especialmente conocer su visión sobre la profesión, en varios momentos Maruja Torres habla del periodista de raza; no sé si la expresión me convence pero, en todo caso, llevamos tanto tiempo pensando que las mierdas que vemos y leemos por todas partes (tono inapropiado, lenguaje coloquial gratuito, línea editorial sesgada...) son periodismo que reconforta saber que NO, que todavía quedan profesionales que saben cuál es su trabajo (ser los ojos del lector) y que ello conlleva una gran responsabilidad.
La última W no es ni mucho menos la más extensa pero sí es la más mordaz. En ella, ambas periodistas que han vivido largas temporadas en zonas de conflicto de países donde las mujeres viven en declarada sumisión, afirman que los peores episodios machistas a los que se han enfrentado han sido en sus propias redacciones:
«M.P.: Tras la invasión de Irak en 2003, Javier Espinosa venía de Kuwait, Alfonso Rojo de Kurdistán y yo de Bagdad. Alfonso y yo regresamos al mismo tiempo a la redacción de El Mundo. Habían matado al compañero Julio Anguita (empotrado con los norteamericanos). El comentario de un director adjunto fue: "Alfonso, qué pedazo de trabajo, enhorabuena, siempre tan valiente". Cuando se giró hacia mí, me dijo: "Hombre, Mónica, qué morena estás, parece que has estado de vacaciones". Y yo pensé con ironía: "Será el calor de las bombas...". ¿Cómo que qué morena estás? ¿Tres meses en Bagdad, peleando con el régimen, cubriendo toda la invasión y la caída de Sadam! Regresé a Irak muchas veces, en los peores momentos de la invasión y de la guerra civil: solo Javier y yo volvíamos a ese Irak a donde nadie quería ir por los secuestros. Siempre recibía ese tipo de comentarios por parte de algunos individuos de la redacción.»
sábado, 21 de noviembre de 2020
Michael Herr: Despachos de guerra
Título original: Dispatches
Año de publicación: 1977
Traducción: J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez
Valoración: imprescindible
Vietnam es la primera brecha en la cabeza del poderío USA. Igual Corea o el 11-S tienen impactos parecidos, pero Vietnam es un conflicto prolongado y coincidente en el tiempo con una cierta efervescencia creativa y una serie de acontecimientos (el movimiento hippy, el asesinato de Kennedy) que, empujados por el auge de los medios de comunicación de masas y la repercusión que estos eran capaces de obtener como altavoces de la chispeante industria cultural, nos conduce casi irremisiblemente a toneladas de tópicos. Guerras televisadas, equilibrio de bloques, uso subterráneo de las influencias. Todo es en colores pero todo es sucio y susceptible de dudas, si no en su plasmación gráfica sí en su recorrido oculto.
Despachos de guerra, gracias, Tuli Márquez, por la recomendación indirecta, es una constatación terrible de esa presencia física. Un periodista, Herr, que se sitúa en la primera línea del conflicto, con solo un distintivo y los trastos propios del oficio que lo distingan de los marines a los que acompaña. Y crónicas que publica en Esquire, extensos textos de una densidad sobresaliente y una crudeza tan real que solo las imágenes que, por ejemplo, espléndidas películas, las dos contando con Herr como asesor de contenidos, como Apocalypse Now y La chaqueta metálica, pueden contribuir a completar, casi mejor digamos a complementar, no porque al libro le falte nada, simplemente porque todo lo que representa es tan visual que su plasmación en pantalla resulta una especie de constatación, un punto final de confirmación, aunque sea a través de imágenes, que todo fue real.
Herr convive con los soldados en escenarios dantescos gobernados por el caos, la crueldad, el uso de las sustancias como necesarios elementos de escape de un entorno que, al margen de las dosis necesarias de corrosivo humor negro, necesarias porque todo es terriblemente duro ahí, desde la actitud de un enemigo de otra raza, de otra ideología, de otra cultura, un enemigo, caricaturizado el Vietcong como los dinks, como Charlie que es una mera organización de resistentes (armados, eso sí por el bloque soviético) que no acepta la injerencia, que rechaza con lo que tiene a mano la maquinaria bélica USA, hasta la propia actitud de los soldados, arrancados de sus familias y de su país para ir a defender no saben bien qué, eso sí, envueltos en la bandera de la land of the free sin más explicaciones que las órdenes de alistamiento y la consabida apelación al sentido patriótico. Vietnam fue, claro, una herida en el orgullo yankee y una inagotable fuente de inspiración para el mundo artístico, un mundo siempre escorado hacia la izquierda que no entendía (o lo entendía demasiado) qué hacían ahí todos esos jóvenes pertrechados de armamento frente a gente que conocía el territorio en el que vivían. Herr empieza las crónicas muy enfocado en el hecho bélico, en las contingencias de combate, de escaramuzas de trágicos resultados, de rutina en los enclaves alejados del frente, y las acaba, cercano el regreso a casa, habiendo trazado un recorrido hacia el absurdo. Compañeros de profesión fallecidos o enajenados, crudas descripciones que incluyen hileras de bolsas de cadáveres mutilados o desfigurados, crueldad sin límites ejercida por ambos bandos, arraigado su antagonismo y actuando este como espoleta de una locura que hoy nos puede parecer plásticamente fascinante, caótica, apabullante en lo visual, pero que las páginas de Herr, magnífico escritor, magnífico descriptor del viaje a la nada que es la guerra, nos permiten matizar, dejándonos en el suelo. Un suelo lleno de cascotes, polvoriento, con un aire fétido mezcla de napalm, muerte y podredumbre. Tan necesario como abrumador, casi hostigador, en su lectura. Menudo libro.

















