lunes, 2 de noviembre de 2026

F. Scott Fitzgerald: El Crack-Up

Idioma original: inglés
Título original: The Crack-Up
Traducción: Albert Pijuan en catalán para Angle Editorial y Mariano Antolín Rato para Capitán Swing
Año de publicación: 1945
Valoración: muy recomendable


Hay ciertas verdades irrefutables. Y considerar a Francis Scott Fitzgerald uno de los grandes representantes de «Los felices años veinte» es una de ellas. Porque más allá de que guste su estilo o no, más allá de la admiración que provoque (o repulsión) el modelo de vida estadounidense de hace un siglo, la verdad es que varios autores supieron captar ese momento y plasmarlo en sus obras. Y, entre ellos, despunta F. Scott Fitzgerald a quien la revista Esquire destacó como el máximo representante de «La Era del Jazz» (o los “roaring twenties”), ese momento en la historia de los Estados Unidos de América en la que, una vez concluida la Primera Guerra Mundial, su dominio y esplendor empezaban a despuntar. Una época de excesos, de orgullo patrio, de efervescencia, del auge del capitalismo y del enriquecimiento y hedonismo en una sociedad que por primera vez se siente potente, orgullosa, crecida, exultante y con una ambición que la llevaba a dilatar la juventud nadando entre alcohol y fiestas, de borracheras alcohólicas y económicas que, de una manera u otra, parecía anticipar lo que vendría: el "Crac del 29".

Esta recopilación de relatos lo componen nueve escritos del autor entre los que se encuentran su tres textos publicados en la revista Esquire escritos pasada la década de los años veinte y que fueron la semilla que empujaron al autor a desnudarse al público ante la nueva realidad; en ellos, se evidenciaba el contraste en el cambio de década tras el «Crac del 29», pues el tono y el estado de ánimo en el que escribió esos artículos mostraba la caída de un sistema que deslumbró a gran parte del mundo. Este recopilatorio incluye, entre otros, esos tres artículos autobiográficos en los que el autor de desnudaba a ojos del público exponiendo sus debilidades, fracasos y decepciones y que, por ello, causaron un impacto por la constatación del declive de un mundo que había dejado de existir. Entre los textos más destacables de este recopilatorio se encuentran aquellos que hacen referencia a la ciudad en los años de bonanza, en la década mágica. Es allí donde Fitzgerald nos retorna a Gatsby, al resplandor de la época donde todo parecía posible y donde los únicos límites que se ponían a la vida eran los marcados por el reloj que acechaba el fin de la noche, con sus fiestas y sus lujos, con sus excesos y su fulgor. El resto de los escritos son a nivel más personal y autobiográfico (un traslado, el insomnio a raíz de un mosquito o del incesante bullicio mental por las preocupaciones o antiguas amistades ya olvidadas). Así que, por la gran variedad de textos y temáticas, centraré la reseña en los que considero mejores.

En el primero de los textos («Ecos de la Era del Jazz», escrito en 1931), y uno de los mejores de esta antología, el autor nos pone en antecedentes sobre la Era del Jazz, de la que habla afirmando que «aquella década, que no encontraba el momento de morir de vieja en la cama y que se lanzó acrobáticamente al vacío el octubre de 1929, comenzó, más o menos, con los alborotos del 1 de mayo de 1919 en Cleveland». El autor afirma, con cierta mirada nostálgica, que «fue una época de milagros, una época artística, una época de excesos y una época llena de sátira»; una época donde el alcohol era escaso por la instauración de la Ley Seca y debían recurrir a bares clandestinos, pero eso no impedía que la gente saliera a disfrutar de la vida y el momento. Aun así, visto unos años después, el autor constata que «la Era del Jazz vivió una juventud desenfadada y una adultez intoxicada», aunque no se lamenta en absoluto de lo vivido, pues bajo el prisma de esas edades donde todo despunta y deslumbra el recuerdo permanece vivo, pues «ahora todo nos parece tan romántico y de color rosa, a nosotros, los que entonces éramos jóvenes, porque nunca más volveremos a sentir con tanta intensidad, todo aquello que teníamos alrededor». Aun y así, cabe decir, que en bastantes de estos textos, se vislumbra cierto tono de pérdida, de lamento, como en «Mi ciudad perdida» (escrito en 1932) donde el autor muestra cierto aire de pesar, de desolación, cuando se marcha de Manhattan con un lamento, con un sentimiento casi lapidario, afirmando sin rubor, pero con pesar, que «así que me despido de mi ciudad perdida. Vista desde el ferry, con la primera luz del alba, y no murmura ninguna historia de éxito fabuloso ni de juventud eterna».

Más allá de los textos más orientados a la Era del Jazz, también el autor lanza interesantes reflexiones sobre la confición humana y el espíritu crítico, como en «Romperse» (escrito en 1936) donde afirma que «la prueba de una inteligencia de primer orden se encuentra en la capacidad de sostener simultáneamente dos ideas opuestas y aún y así continuar funcionando. Todo el mundo debería entender, por ejemplo, que no hay esperanza y, a la vez, tener la determinación posible para cambiar las cosas». Así, el autor hace una férrea defensa de la mirada crítica, no únicamente hacia la sociedad sino también hacia uno mismo, mientras apenas reconoce opciones de futuro sobre un mundo que ha sucumbido pero que, a pesar de ello, merece la pena seguir intentando mejorarlo; avanzar y luchar por un cambio de rumbo. Asimismo, el autor también se desnuda al hablar de la época posterior a su éxito, en la que se aisló hasta el punto de no querer verse con nadie ni mantener ningún contacto; es posible que la fama le pasara cierta factura, pero no se arrepiente de ella sino al contrario, valora el legado que deja como autor, pues «parecía un asunto tan romántico ser un hombre de letras de éxito: nunca serías tan famoso como una estrella de cine, pero la fama conseguida podía perdurar más».

En su vertiente más introspectiva y con mirada más pesimista el autor afirma en «Manipulad con cuidado» (escrito en 1936) que «el estado natural del adulto consciente es una infelicidad cualificada. También pienso que, en un adulto, el deseo de ser mejor que lo que eres, aquel ‘esfuerzo constante’ (…), al fin y al cabo, solo añade más infelicidad a la que ya se tiene por el fin de la juventud y las esperanzas». Es curioso que casi cien años más tarde se reproduzca la misma situación: la esperanza de ser, día sí y día también, “la mejor versión de uno mismo”, con su carga emocional, con su presión añadida, con unas expectativas que, en cierta medida pueden suponer un estímulo, pero que en exceso pueden llevarnos a la decepción. 

Quizá de la misma manera que los excesos de la Era del Jazz la llevaron a una crisis, el autor intenta ponernos también en alerta ante los augurios de nuevas eras que parecen resplandecer bajo luces, espejos y moderneces, pero que en el fondo, cuando la realidad explota cual burbuja, las estrellas se apagan y los ánimos decaen como esas notas finales de una canción que suena ya débil, cuando la fiesta ha terminado, el murmullo de la gente se desvanece y solo quedan las bebidas abandonadas a medio consumir y los escombros que nadie quiere barrer. Esos momentos finales en los que ya solo queda apagar la luz y cerrar la puerta al pasado, a lo que fue, pero también a lo que pudo haber sido.

No hay comentarios: