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domingo, 11 de agosto de 2024

Benjamín Labatut: La piedra de la locura

Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: recomendable

Pues menudo reseñador estoy hecho: tan de espaldas a las novedades que debo enterarme con varios meses de retraso (en la era de Internet: una eternidad y media) del revuelo que hay con este escritor chileno. Primera referencia suya, la reseña de Koldo de MANIAC, que se me pasa algo por alto en medio de tanta vorágine y hace muy poco la de Un verdor terrible, y, en el colmo de la originalidad oportunista, aprovecho el relajamiento del verano para zamparme, en apenas un par de semanas, sus tres referencias para Anagrama que parecen constituir el corpus de este joven escritor chileno con apariencia de estrella del rock. 

De hecho mi desvergüenza ya es absoluta, pero, público que nos lee, 42 grados son demasiados para vencer la pereza y desisto de publicar comentarios endogámicos en las acertadas reseñas de Koldo y me limito a suscribir el colofón de una de ellas: esperamos a Labatut en otro registro una vez ha demostrado su solvencia en este curioso género que (¿por dónde anda Jean Echenoz?) cuenta con algún precedente quizás no tan directo pero cuesta definir: ¿ficción no ficcional divulgativa con alguna pretensión polémica? (en adelante FNFDCAPP). En todo caso, otro de esos escritores que, a pesar de algún pequeño truco algo tramposo, hay que leer, pues Labatut se las apaña no sólo para ser contemporáneo en su estilo, en su desparpajo, sino que también rezuma referencias clásicas no solo en el ámbito científico sino también en el literario. De hecho, la primera mención en este breve La piedra de la locura es Lovecraft y esto ya muestra un poco el motivo de que estos dos artículos no encontraran acomodo en sus otros libros. 

El ámbito científico es diferente y aquí no estamos metidos ni en física ni en matemática e incluso el tono es más comedido: Labatut no emplea el gatillo que tanto fascina en sus obras. No hay especulación vivencial y sí testimonio directo que abarca - aparte de la mención a otro grande como Philip K. Dick - desde la revuelta de Chile de hace unos años hasta cuestiones más prosaicas que, curiosamente, apuntan en dirección oblicua a sus otras obras y confirman cierta sensación - agradable, por supuesto - de contextualización, de obra en progreso. A seguir exhaustivamente.

Todos los libros de Benjamín Labatut reseñados en ULAD: aquí


viernes, 12 de julio de 2024

José María Álvarez: Lawrence de Arabia. La corona de arena

 Idioma original: castellano

Año de publicación: 1995

Valoración: Recomendable alto


Curioso personaje este Thomas Edward Lawrence, estudioso de las Cruzadas y aficionado a la arqueología, militar que terminó mezclado, un poco por casualidad, en la rebelión árabe contra el Imperio otomano, instigada a su vez por los británicos en el ámbito de la Primera Guerra mundial. Curioso también, y me parece gratificante por lo inusual, que un poeta y ensayista español haya dedicado su atención a un individuo en principio tan alejado de la historia patria. Bien por Jose María Álvarez (*), que nos conviene mucho mirar un poco más allá de las fronteras.

Álvarez nos coloca sin preludios en el buque Rajputana en el que Lawrence es conducido contra su voluntad de vuelta a Inglaterra, envuelto en un oscuro episodio de espionaje. Y ahí, en una mugrienta bodega, escribe las memorias que constituyen el relato. Diríamos que estamos ante una versión libre, personalísima y bastante cruda de Los sietes pilares de la sabiduría, que Lawrence escribió efectivamente en torno a su espectacular experiencia. Álvarez se atreve, y muestra una valentía muy estimable, a meterse en el personaje y conectar con su conciencia, la de un tipo indómito y contradictorio, ansioso de experiencias y fascinado por la grandeza de los guerreros árabes. La personalidad explosiva del militar galés desborda en cada página, satura de sinceridad el relato y le otorga el mismo grado de intensidad en la gloria que en la pesadumbre y la decepción. Obviamente no puedo valorar hasta qué punto el autor fantasea o se está ajustando a la realidad, pero la sensación que transmite es totalmente convincente. Y parece ser, obviamente tampoco puedo afirmarlo, que hay cierta dosis de experiencias personales del autor que se traslucen al protagonista del relato.

Como decía antes, y creo que es suficientemente sabido, Lawrence se enrola en el ejército británico y por su conocimiento del medio geográfico es destinado a contactar con los líderes árabes que se rebelaban contra el dominio turco. Termina por convertirse en uno de los líderes de la lucha, perfectamente identificado con los caudillos locales. Pero, a la vista del libro, aún resulta más fascinante la vertiente personal del galés, un tipo extremadamente intenso, diríamos inflamado, no tanto en el aspecto patriótico como en la vivencia de la heroicidad, la integridad y el aura gloriosa de la que considera revestidos a los árabes insurrectos. Lawrence es siempre consciente de que serán traicionados por los pactos secretos previamente suscritos entre ingleses y franceses, y eso le enerva aunque sin impedirle seguir adelante.

Es al mismo tiempo un individuo despiadado, que aborrece la mediocridad y el igualitarismo (la democracia) que considera castrante, hasta el punto de ser cortejado algo más tarde por cierto Partido fascista británico. Pero es también un hombre cultísimo, que nunca se separa de su lote de libros favoritos, traduce a Homero del griego clásico y domina la poesía árabe, entre otras muchas cosas. Y por ahí se deja ver también una personalidad enormemente compleja, en la que parecen combinarse una extraña asexualidad con el rescoldo de un amor romántico tradicional, fugaces experiencias homosexuales y cierta tendencia hacia algo que podríamos calificar como sado. No se ahorra Jose María Álvarez detalles que ilustran estas contradicciones, al contrario, es explícito y de una crudeza considerable que nos hace dudar de si, cuando este título se publicó en una colección histórica de Planeta, alguien de la casa se lo leyó realmente.

Tal vez no, quizá se habían quedado con la imagen bastante edulcorada de Peter O´Toole en la famosa película de 1962 una versión mucho más amable y cercana al héroe y libertador occidental que el consumidor podía asimilar sin problemas generando buena caja. Este Lawrence legendario fue al parecer un invento del periodista Lowell Thomas, que le transformó en una figura artificial que el protagonista odiaba a muerte. Nunca perdonó que se propagase esa imagen de rectitud y heroísmo que sabía que no era real, ni podía soportar la popularidad que provocaba, de forma que prefirió ocultarse en un desempeño anónimo en la RAF o en un lejano destino en Pakistán. 

(*) Coincidencias del destino, acabo de enterarme de que Jose María Álvarez falleció la semana pasada. Por lo que he podido ver, puede que su valor como poeta no haya sido suficientemente reconocido, pero en cualquier caso, en la reseña de este libro queda nuestro modesto homenaje.


miércoles, 5 de junio de 2024

Paco Ignacio Taibo II: Pancho Villa: una biografía narrativa

Idioma original: español

Año de publicación: 2006

Valoración: está bien (muy recomendable para interesados)


La gran brecha entre las dos recomendaciones refleja, por un lado, la gran diferencia de opiniones que genera un personaje tan famoso y controversial como lo es Pancho Villa. La valoración final depende en gran medida de las expectativas del lector y de cómo se aborde la lectura de este fascinante personaje. Paco Taibo dedica el primer capítulo a hacer un descargo de responsabilidades sobre lo que vendrá a continuación. Viendo el título nos podemos hacer una idea de que, a pesar de tratarse de una biografía, se hace énfasis en el componente narrativo, ya sea por medio de la voz de Taibo, o del mismo Pancho Villa, a través de sus memorias.

La obra se adentra en la vida de Villa desde sus inicios como bandolero hasta su papel fundamental en la Revolución Mexicana. Taibo no solo presenta los hechos históricos con rigor, sino que también se sumerge en las anécdotas y relatos que rodean al icónico personaje, proporcionando una visión completa y matizada.

El estilo de Taibo es ágil, algo que se puede notar en mayor medida en sus novelas policiacas, haciendo que la lectura sea fluida y amena. Utiliza un lenguaje accesible, combinando datos históricos con elementos narrativos que mantienen al lector interesado. Sin embargo, esta misma mezcla puede ser vista de forma negativa por aquellos que buscan una biografía más tradicional y rigurosa, ya que el autor a veces se toma licencias narrativas que podrían cuestionar la veracidad de algunos pasajes.

Uno de los puntos fuertes del libro es la capacidad de Taibo para humanizar a Villa, mostrando tanto sus hazañas como sus contradicciones y aspectos más oscuros. Pancho Villa es presentado no solo como un líder revolucionario, sino también como un ser humano con defectos y virtudes, lo que añade profundidad al relato y permite al lector empatizar con él.

Lo que puede desmerec un poco esta biografía y no ser del interés de aquellos ajenos a la figura de Villa, es que Taibo utiliza frecuentemente licencias narrativas que, aunque enriquecen la lectura desde un punto de vista literario, pueden poner en duda la precisión histórica. Este estilo puede llevar a los lectores a cuestionar qué partes de la obra están basadas en hechos verificables y cuáles son interpretaciones o dramatizaciones del autor. Además, aunque Taibo ofrece una narración detallada de los eventos de la vida de Villa, algunos lectores pueden encontrar que falta un análisis más profundo de las implicaciones históricas y sociales de sus acciones. La obra se enfoca en la vida y aventuras de Villa, pero no siempre profundiza en el contexto más amplio de la Revolución Mexicana y sus consecuencias.

En resumen, esta es una obra que se destaca por su enfoque único y su capacidad para atrapar al lector. Es una lectura muy recomendable para aquellos interesados en la figura de Pancho Villa y la Revolución Mexicana, aunque puede no satisfacer a quienes busquen una biografía estrictamente académica. Dicho esto, es importante reconocer que "Pancho Villa" ofrece una aproximación fresca y accesible a la figura de Villa, acercándolo a un público más amplio que quizás no se sentiría atraído por una biografía tradicional.

jueves, 22 de febrero de 2024

Annie Ernaux: La otra hija

Idioma original: francés
Título original: L'autre fille
Traducción: Lydia Vázquez Jiménez en castellano para Cabaret Voltaire
Año de publicación: 2023
Valoración: muy recomendable


En el campo demasiadas veces criticado de la autoficción (también a veces denominado “literatura del yo”, nombre que no me acaba de gustar pues tiene cierto rasgo egocéntrico), hay casos y casos. Porque si bien hay autores que pretenden construir una obra literaria en torno a ellos a partir de algún suceso sin especial relevancia, hay otras ocasiones en los que la vida del autor es tan amplia, rica y nutrida de sucesos que es inevitable que su obra gire en torno a ellos pero que se expanda y nos alcance hasta hacerlas incluso nuestra por empatía o por confluencia. Aún y así, incluso en esos casos, la calidad literaria dependerá, no únicamente del relato en sí, sino de la visión que se le quiera dar, de la amplitud de la mirada, del alcance de los expuesto y de donde se quiere llegar con ello. Y claro, Annie Ernaux, tiene mucho que contar, y es innegable que sabe muy bien cómo hacerlo.

En este libro basado en la propia experiencia de la autora (como la mayoría de ellos), Ernaux narra un episodio clave en su vida: el descubrimiento, a los diez años, no únicamente de que ella era la segunda hija de sus padres, sino también de que su hermana murió antes de que ella naciera. Así, descubre que tenía una hermana fallecida, aunque ella no la consideró como tal al momento de saber de su existencia porque, tal y como cuenta en este libro en forma de carta que escribe a su hermana, «según el registro civil, eres mi hermana (…) pero tu no eres mi hermana, nunca lo fuiste. No hemos jugado, comido, dormido juntas. Nunca te toqué, nunca te besé. No sé de qué color tienes los ojos. Nunca te he visto. No tienes cuerpo ni voz, solo eres una imagen plana en unas cuantas fotos en blanco y negro (…) llevabas dos años y medio muerta cuando nací yo». Y esa realidad la conmueve y la perturba, pues es difícil y terrible constatar que «ya muerta, entraste en mi vida en el verano de mis diez años».

Con esta dureza expone el desconcierto ante la presencia de una constante ausencia y la autora es especialmente contundente acerca del momento de su revelación cuando, de manera accidental, oye a su madre hablar con una amiga de su hija que murió de difteria a los seis años, una hija de la que a Annie no le habían contado nada «para no apenarla» y sobre la que oye a su madre decir que era «más buena que ella». Dos palabras, “más buena”, que duelen, que hieren, que carcomen a una niña de tan solo diez años, a quien comparan con una hermana difunta y que causan que la autora afirme que «entre mi madre y yo, dos palabras. Se las hice pagar caro» y la constatación de no ser hija única, de ser consciente de que «había vivido en mundo de ilusión. Yo no era única. Había otra, surgida de la nada. Así que todo el amor que creía estar recibiendo era falso». Una ausencia marcada que nota en sus padres, en sus miradas, en su estado, cuando constata, repasando fotos antiguas de sus padres al poco de nacer ella, al percibir nítidamente que «estás allí, entre ellos, invisible. Eres su dolor» y, siendo su dolor, hace que se establezca entre ellos una barrera emocional, un cisma respecto a sus padres pues «no podía o no quería (…) entrar en el dolor de ellos. Era anterior a mí, ajeno a mí. Me excluía».

Con este relato, Ernaux nos detalla la dificultad y la tristeza de vivir a la sombra de una hermana a la que nunca conoció, pero que vivió a la vez que ella en los corazones y la memoria de sus padres. Una hermana silenciada, aunque eternamente omnipresente envuelta en un silencio que les protegía también a ellos, pues «te ponían fuera del alcance de mi curiosidad, que les habría destrozado», aunque «no les reprocho nada. Los padres de un hijo muerto no saben lo que produce su dolor en el que está vivo». Y, a pesar de ello, la autora escribe este libro con ciertas dudas de su intencionalidad, tal vez para entender lo sucedido, tal vez porque echa en falta a su hermana, tal vez para cerrar un círculo sin tener clara su intencionalidad al hacerlo hasta el punto de que constate y se cuestione si «¿acaso estoy escribiéndote para poder resucitarte y poder matarte de nuevo?». Quizás es algo más sencillo que eso, quizás es algo más puro, quizás «escribirte no es más que eso, constatar tu ausencia» y, en cierto modo, también extrañarla.

viernes, 5 de mayo de 2023

Fight Combo: La condesa sangrienta.

Más que célebre es la historia de la condesa húngara Erzébet o Elizabeth Báthory, que a comienzos del siglo XVII se supone dio muerte, personalmente o como comandataria, a cientos de muchachas con el objeto de  satisfacer sus impulsos sádicos. aunque también de llevar a cabo prácticas en teoría rejuvenecedoras, como darse baños en la sangre de sus víctimas o rituales brujeriles. No sé si cientos, pero sin duda sí que decenas de libros se han escrito sobre ella (y también se ha realizado más de una película); los más conocidos en el ámbito hispanófono son, con seguridad, el que escribió la poeta argentina Alejandra Pizarnik y, antes que éste, el que le dio lugar, de otra poeta, la francesa Valentine Penrose, ambos con el mismo título, La condesa sangrienta y publicados, con algunos años de diferencia, en la década de los 60 del siglo XX. Veamos cuáles son las concomitancias y diferencias entre ellos:

Idioma original: francés

Título original: Erzsébeth Bàthory. La Comtesse sanglante

Año de publicación: 1962

Traducción: M. Teresa Gallego Urrutia e Isabel Reverte

Valoración: más que recomendable

No sé hasta qué punto este libro se considerará canónico sobre el tema, en el ámbito historiográfico, pero, como digo, al menos sí que se considera una obra literaria importante, quizá la principal que ha dado lugar la historia/leyenda de Erzébet Báthory. Y eso se debe a que, si bien parece que Valentine perose buscó y utilizó toda la bibliografía y documentación que pudo encontrar sobre la figura de la condesa Báthory, al final no compuso una biografía al uso. o; mejor dicho, sí que lo hizo, pero no se limitó a eso: este libro es también la crónica de una época y un lugar en pleno cambio, la Hungría de alrededor de 1600, que estaba evolucionando desde la ferocidad -por no decir la barbarie- de una sociedad aún feudal y guerrera (ante la amenaza turca, principalmente), hacia la implantación de un estado fuerte, centrado en la figura del emperador y más orientado a los vientos provenientes de Europa occidental. Pero, sobre todo, es una orgía para los sentidos, un derroche de suntuosidad literaria, tanto en lo que respecta a los aspectos más "ambientales", digamos -las descripciones de fiestas y banquetes, de bosques y castillos, de elementos climáticos, de paisajes urbanos, las genealogías familiares-, como de aquellos otros inevitablemente horrendos, sanguinarios, morbosos... las torturas y los asesinatos, las masacres, incluso, que dejan tras de sí cadáveres, charcos de sangre y hedor.

Como ya he mencionado, Penrose estructuró este libro como una biografía de la condesa, pero también a modo de crónica familiar, tanto de los perturbados Báthory como de los respetados Nàdasdy, la familia de su esposo. Y de la situación política del Imperio Germánico (del que Hungría no formaba parte, pero Austria, sí) en la época de los Habsburgo. pero sobre todo, el libro es un estudio sobre la locura sádica y narcisista, así como de la abyección humana, pues la condesa no perpetraba sola sus crímenes, sino que necesitaba la ayuda de sus siniestras sirvientas -Dorkó, Jó Ilona, Kata Beniezsky, Fitzkó-, la complicidad de muchas personas que cooperaban en la tarea de conseguirle víctimas y el silencio, ya fuera cómplice o cobarde, de muchas otras que sabían o sospechaban los que ocurría en su castillo de Cjelthe, o en otras de sus residencias, incluso en la propia Viena.  Porque, además, La condesa sangrienta, no sé si de forma intencionada por su autora, aunque cabe pensar que sí, tiene una lectura política: la condesa y sus secuaces no se cebaban con las hijas de la nobleza húngara, aunque hubieran podido hacerlo, sino con una infinidad de chicas campesinas que sus propios padres ponían a su servicio; así lo hacían, en primer lugar, para evitarse  problemas evidentes, pero también porque la condesa Báthory consideraba que tal era su privilegio, al pertenecer ella a una de las principales familias del país... y, ciertamente, como tal estaba protegida por los poderosos, incluso cuando se destapó todo el pastel y hubo que imponerle algún castigo. este privilegio de clase también era evidente en el caso de Gilles de Rais, el asesino en serie (o incluso de masas) con quien más se puede comparar a la Báthory -de hecho, Valentine Penrose le dedica un capítulo entero de su libro-, perteneciente, a su vez, a la más alta nobleza francesa del siglo XV.

Aunque lo más destacable de este La condesa sangrienta, aparte del obvio impacto gore que guardan sus páginas, es la recreación  de todo un mundo cerrado, malsano, aunque fascinante, que denota la desconexión con la realidad de alguien que se siente libre de llevar hasta el límite sus fantasías e impulsos más sádicos y homicidas... (por entendernos y para quien la haya leído, la novela malrrollera por excelencia, La chica de al lado, sería una versión doméstica de esta gran producción hollywoodiense en tecnicolor). Una recreación de un mundo tan endógeno que llega a poseer cierto carácter onírico, lo que no es de extrañar habiendo sido Valentine Penrose, antes que nada, una poeta del movimiento, aunque el tono literario del libro recuerde más al simbolismo decimonónico. En cualquier caso, os aseguro que es una lectura que no puede dejar indiferente a nadie.


Idioma original:
español
Año de publicación: 1966
Valoración: también recomendable

Pocos años más tarde que el libro de Penrose y, son duda, entusiasmada por éste, la poeta Argentina Alejandra Pizarnik publicó su propia versión -comenzada, al parecer a modo de reseña-, que puede considerarse casi como un resumen del libro anterior o incluso, más aún, una condensación (o, en este caso, "condesación"... vale, perdón, ya lo dejo) al estilo Reader's Digest. Claro que en absoluto su intención era hacer más "digerible" la historia; bien al contrario, Pizarnik se centra casi en exclusiva -también su libro es considerablemente más corto- en ciertos aspectos que más le interesan: su deriva sádica y truculenta más que en el color local o de la época. Como ella misma explica: "La perversión sexual y la demencia de la condesa Báthory son tan evidentes que Valentine  Penrose se desentiende de ellas, para concentrarse exclusivamente en la belleza morbosa del personaje." Y adjunta una cita de Jean-Paul Sartre, que podrían firmar muchos psycho-killers: "El criminal no hace la belleza: él mismo es la auténtica belleza."

También cita, para que no se diga, a René Daumal, Gombrowicz, Rimbaud, Baudelaire, Milose, Octavio Paz, Antonin Artaud, Pierre-Jean Jouvé y diversas elegías del cancionero. Y, por supuesto, al marqués de Sade, que no puede faltar en toda esta salsa:
"Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible."

No conozco lo suficiente la obra de Pizarnik como para explicar cómo encaja  en ella su "condesa sangrienta" (si a alguien le interesa mucho saberlo, parece que César Aira tiene publicado un ensayo sobre esta escritora. Según él, por lo visto, Pizarnik no quiso seguir por este camino, que para ella quedaba agotado con este libro). Sin duda, su impronta poética ve reflejada en la belleza que consigue sacar de esa pesadilla splatterpunk que suponen los crímenes de la condesa y compañía, algo que se ve reforzado por las magníficas ilustraciones, entre góticas y simbolista, de Santiago Caruso para esta edición de Libros del Zorro Rojo (no es la única ocasión, por cierto, que este ilustrador argentino ha puesto imágenes a la obra de su compatriota). El libro, cierto es, no tiene la riqueza descriptiva ni la ambientación de que hace gala el de Valentine Penrose, pero gana en síntesis y en un esteticismo más depurado, así como en una mirada más "filosófica" (si se quiere decir así) sobre la atracción del abismo que conlleva asomarse a la figura de la condesa Báthory y a sus perturbados crímenes. Ambos libros, en cualquier caso, resultan recomendables, aunque quizá no muy digeribles para según que estómagos, yo aviso...



viernes, 29 de julio de 2022

Ocean Vuong: En la Tierra somos fugazmente grandiosos

Idioma original: inglés
Título original: On Earth We're Briefly Gorgeous
Traducción: Yannick Garcia (trad. al catalán) y Jesús Zulaika Goicoechea (trad. al castellano) para Anagrama.
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable


La literatura narrada desde el yo, y si además el libro está narrado en forma de misiva o de dietario, me parece un recurso efectivo para dar un enfoque muy personal, y en apariencia honesto, a una serie de temas que preocupan o que incumben al autor a la hora de encarar una obra. Además, si esto se produce introduciendo una serie de elementos basados en hechos reales, el resultado es aún más creíble. Y, para los descreídos o quienes aborrezcan este tipo de literatura, cabe decir que, en el caso de Vuong, la exposición de los hechos se realiza de manera fragmentada y desorganizada, pero bajo un “envoltorio” cuidado, precioso y bello. Porque Vuong escribe desde una actitud de aceptación y no de rebeldía, desde la nostalgia y la añoranza más que desde el resquemor o el recelo. No hay en el libro una búsqueda de venganza o de despecho, sino un terrible vacío creado por la ausencia de su madre o de Trevor.

Con esta premisa, el libro empieza con una carta que el protagonista escribe a su madre («te escribo desde un cuerpo que un día fue tuyo. Eso significa que te escribo como hijo»). Con ello, y a través de la narración en primera persona en algunas ocasiones, o dirigiéndose al niño que fue como si lo viera desde fuera en otras, el libro empieza con una serie de recuerdos inconexos, sin orden cronológico, pues «no es tanto una historia, lo que te cuento, más bien es un naufragio; fragmentos que flotan, que finalmente se hacen legibles». Con ello, el protagonista nos transmite la relación difícil con su madre; una relación llena de amores, pero también de castigos llegando al punto de afirmar que «eres madre, mamá. También eres monstruo. Pero yo también, y es por eso por lo que yo a ti no te puedo desviar la mirada. Es por ello por lo que he cogido la creación más solitaria de Dios y te he metido dentro». Y, en esa monstruosidad que reconoce en su madre, mira al pasado recordando «la vez con los puños, chillando en medio del aparcamiento y con el sol del anochecer que te grababa el cabello de rojo. Yo protegiéndome la cabeza con los brazos mientras tú me ablandecías con los nudillos por todos lados» o «la vez con la garrafa de leche. El plástico me estalló contra el omoplato y, después, una lluvia blanca y constante sobre el embaldosado de la cocina». Pero también recuerda las veces en las que eran felices, en las que hacían cosas juntos y reían y se divertían, aunque eran pocas. Por suerte, la infancia no fue completamente triste y solitaria pues el protagonista contaba con el amor y apoyo de su abuela, alguien que le servía de escudo emocional pero también físico como la vez en que «su madre lo encerró en el sótano porque se había vuelto a hacer pipí» y ella lo defendió o la vez en que «antes de verle la cara a su madre, el revés le había ablandado el lado de la cabeza, y luego otro, y diez más. Toda una tormenta. Una tormenta de madre. La abuela del niño, cuando sintió los gritos, vino corriendo y, por instinto, se puso a gatas sobre el chico, construyendo una casita de baratillo con el cuerpo». Una abuela que huyó a los diecisiete años de un hombre con quien habían concertado matrimonio y que demostraba, ahora también, su fortaleza y su valentía.

Más allá de la relación familiar, el relato nos traslada el problema de la guerra de Vietnam y el desarraigo, pues Vuong se encarna en su protagonista para que tomemos consciencia de los problemas que puede tener un niño pobre nacido en Vietnam, en un arrozal a las afueras de Saigón, y narra con ello las difíciles relaciones entre vietnamitas y estadounidenses, que percibimos de manera clara cuando narra que «una mujer está en el margen de un camino de tierra suplicando, en una lengua que los disparos han vuelto obsoleta» y la relación de sumisión que se transmite al comunicarse entre ellos, pues «es verdad que en vietnamita no acostumbramos a decir ‘te quiero’ (…) el afecto y el amor, para nosotros, se pronuncian con más claridad a través del servicio». De esta manera, el autor nutre el retrato de recuerdos desordenados, de infancia en Vietnam y de la sensación siempre existente de peligro y desamparo. La historia de su madre y su abuela también está muy presente y evidencia que su desolación va ligada al infortunio de sus vidas, de sus huidas y temores. Nos habla del desarraigo también emocional de quien huye buscando una vida, buscándose a sí mismo, trasladándonos la incertidumbre y la dificultad de encaja de las personas migradas al constatar, con desolación, que «no sé cómo te debo llamar: blanca, asiática, huérfana, madre?» 

A pesar de la buena intención, el relato, si bien no es monótono, no consigue encontrar el tono pretendido y no llega del todo al lector en su primer tramo, como si no acabara de conectar al lector con la historia contada. Afortunadamente, a partir del momento en el que el autor introduce el personaje de Trevor y el protagonista nos narra su relación, el autor encuentra a su vez el ritmo y el tono que buscaba, más cohesionado, más firme, más continuo, más emotivo, como cuando afirma que «alguien me veía, a mí, a quien raramente nunca alguien había visto. A mí, que me habían enseñado, que te me habías enseñado, a ser invisible para no buscarme problemas». A partir de la aparición de Trevor en la vida del protagonista (pero también en la novela) todo se ilumina porque se introduce el despertar a todos niveles del chico protagonista y se vuelca con ello porque «en una vida de un solo uso no hay segundas oportunidades» y que solo podemos recorrer a ellas a través de la memoria porque en el fondo «la memoria es una segunda oportunidad». Así, la narración de Vuong mejora (y mucho) cuando entremezcla los recuerdos familiares con su relación con Trevor. En esos fragmentos sí vemos el potencial y la herida y la ternura en el autor vietnamita, quien transmite el dolor y el amor entremezclados entre la vida real y la vivida.

Ya en su parte final, el talento de Vuong se confirma y sobresale cuando llena el relato de aforismos y reflexiones, como cuando afirma que en el fondo intentamos buscarnos a nosotros mismos en los detalles, y por eso, «puede que nos miremos en los espejos no únicamente para buscar ahí la belleza, por engañosa que sea, sino para certificar, a pesar de la evidencia, que todavía estamos allí». Vivimos buscando, explorando y escudriñando el mundo para ver en él la belleza, y nos percatamos que «en un mundo múltiple como el nuestro, la mirada es un acto singular: mirar algo significa llenarte toda la vida con aquella cosa, aunque sea solo un momento». Y, en ocasiones, a pesar de algunos altibajos, el autor consigue que la emoción que nos produce nos llene completamente, aunque sea por un momento.

También de Ocean Vuong en ULAD: El emperador de Alegría

martes, 5 de abril de 2022

Marise Condé: Yo, Tituba, la bruja negra de Salem

 Idioma original: francés

Título original: Moi, Tituba sorcière... Noire de Salem

Año de publicación: 1986

Traducción: Martha Asunción Alonso

Valoración: digamos que recomendable

El conocido fenómeno de caza de brujas, con cientos de miles de personas acusadas y, en mucho casos, ejecutadas, se extendió por buena parte del mundo cristiano durante la Edad Moderna, pero tuvo lugar, sobre todo, en ciertos países europeos; sin embargo, es probable que el proceso más célebre, Broadway y Hollywood mediante, sea el que se produjo en Salem, Massachussets, en 1692. Entre los cientos de vecinas/os acusadas y decenas de condenadas (mujeres, pero también hombres) destaca, aunque posteriormente no se sepa mucho de ella, la figura de Tituba, una esclava negra oriunda de Barbados que  pertenecía al pastor Parris, en cuya casa comenzó a formarse todo el pitote, con la supuesta "posesión diabólica" de su hija y su sobrina.  Pocas dudas podía haber de     que Tituba, por su condición marginal y exótica, sería una de las primeras sospechosas de practicar la brujería, cabeza de turco en un pandemonio (nunca mejor dicho) en el que se mezclaban malevolencia, superstición, histerismo y rencillas vecinales.

Esta novela, como deja claro ya desde el título, recrea, en primera persona, las posibles memorias de Tituba, desde su infancia como hija de una esclava rebelde, su educación a manos de una "bruja" o más bien curandera, cómo acabó en Salem junto a su marido, John Indien... y también el enrarecimiento del clima social en esa localidad de puritanos, cuando un grupo de niñas comenzaron a fingir haber sido embrujadas... Todos estos acontecimientos y situaciones ocupan la primera parte de la novela, supongo que en su mayor parte , frito de la imaginación de su autora, mientras que la segunda se refiere al proceso por brujería en sí, del que existen multitud de datos, estudios y, sobre todo, las propias actas judiciales -de hecho, hay diálogos que son transcripciones literales de las mismas-; sin embargo, Condé dedica también muchas páginas a elucubrar sobre el destino de la protagonista tras ese proceso y pergeñar sus sentimientos, sueños y reflexiones. Todo esto, junto a cierto "cameo" literario n un momento determinado, resulta, en mi opinión, las partes más forzadas de la narración, que funciona mejor cuando se limita a los hechos más o menos conocidos e incluso registrados. Por no olvidar el elemento fantástico, y en concreto espiritista que también tiene gran importancia en la novela. Ojo, que no digo que todas estas elucubraciones sobre reflexiones o sentimientos no sean pertinentes en una novela en forma de supuestas memorias, pero el tono resulta a veces poco ajustado con el resto de la historia. Ya puestos, señalará que otro punto que me resulta algo discordante es que , en un par de ocasiones, en la novela encontramos unos saltos narrativos algo bruscos, como si se hubieran eliminado de allí algunas páginas por la vía rápida, no sé si por cuenta de la autora o de la editorial (me refiero a la original francesa, claro, no a Impedimenta).

Sin embargo, todas estas pegas no dejan de ser menores ante la potencia e intensidad de la historia y su personaje protagonista, así como de los múltiples asuntos que salen a colación: por supuesto, el racismo y el drama de la esclavitud africana, pero también el antisemitismo, la posibilidad de convivencia entre religiones y culturas distintas, el patriarcado que impone un preeminencia masculina en la sociedad, la espiral de recelo y acusaciones venenosas que se puede imponer en una comunidad enferma de fanatismo... Todo ello con un estiloquizá no siempre tan incuestionable como se podría suponer a una sempiterna candidata al Premio Nobel (aunque también lo es Houellebecq, y ya véis...), pero sí resulta de lo más pulcro, vigoroso y, sobre todo, eficaz para contar la vida de una mujer olvidada en un recoveco de la Historia pero que ejemplifica a la perfección la desdicha y dignidad de su pueblo y reividica la cultura afro-antillana, que es también la de Maryse Condé.

Más títulos de esta autora reseñados en Un Libro Al Día: La vida sin maquillaje, La deseada

miércoles, 23 de marzo de 2022

Wendy Guerra: El mercenario que coleccionaba obras de arte

 Idioma original: español

Año de publicación: 2019

Valoración: Está bien



Mi experiencia con esta ¿novela? ¿biografía novelada? ¿memorias? –dependerá de su genealogía– comienza con una desilusión a la que se añadirán otras, pero vayamos por partes. No sé por qué, había pensado que narraría la vida de un conspirador o guerrillero anticastrista que, ya mayor y apartado de la lucha, se dedica a coleccionar las obras más cotizadas, sus estrategias, especulaciones y maniobras, los autores y obras que escogió, su descripción, quizá, la forma de llegar a ellas, cuales vendió y conservó etc. O sí lo sé, no hay más que ver el título y lo que cuenta la contraportada para imaginar que la pintura –incluso puede que otras ramas del arte– ocuparían un lugar primordial en la historia. Cuando llevaba ya un buen taco de páginas imaginé que tras la enumeración –que no descripción– de las hazañas ejecutadas por el susodicho desembocaríamos por fin en el meollo del asunto. Pero ese meollo nunca llega, tal como comprobamos resignados según vamos llegando al final. El contenido es, por tanto, de otro tipo. Veamos.

En primer lugar, el relato no es lineal. Esto, que en principio es un recurso más, me ha resultado particularmente cargante ya que retrasa la dinámica de una acción que, ya de por sí, no fluye con naturalidad ni resulta nada explícita. Este defecto, que por desgracia se repite en bastantes argumentos basados en hechos reales, implica: falta de documentación, escasez de inventiva y dificultades para integrar ambos aspectos. Pero volvamos a la alternancia mencionada. Turnándose con un supuesto Diario de Campaña, que de diario no tiene ni el aspecto, situado en los sesenta, setenta y ochenta (el supuesto guerrillero abandonaría la lucha en la época de la caída del muro) encontramos escenas de pareja, al principio y antes de presentar a los personajes bastante subidas de tono, totalmente irrelevantes durante la mayor parte de las páginas. Tampoco la otra sección destaca por su efectividad; se emplean demasiadas páginas en presentar a un buen número de colaboradores cuyas identidades no tardamos en olvidar porque apenas les vemos en acción; más allá de generalidades, no se explicitan las circunstancias políticas ni las acciones guerrilleras propiamente dichas ni la vida personal del protagonista. La narración se va por las ramas durante demasiado tiempo hasta que, por fin y a partir del pacto entre el tal Falcón con ese organismo que lo sabe y lo puede todo (exacto, ese) se concretan algunos datos –tampoco demasiados– y empezamos a enlazar los antecedentes con el presente erótico-amoroso a la vez que se perfila la personalidad de la compañera –una buena idea, algo delirante, a la que se podía haber sacado más partido–  y se empuja de una vez el argumento hacia adelante. Pero no, tampoco aquí vamos a ver al coleccionista ni sus obras fuera de unos fuegos de artificio, que no aclaran nada de esa ocupación, y se producen en el ultimísimo momento. Aunque justo es destacar que, también en el desenlace, se incluye otra pirotecnia bastante ingeniosa que logra cerrar dignamente un producto ciertamente irregular.

No he podido averiguar si Guerra entrevistó realmente al personaje para recabar información, tal como explica, y lo que cuenta se basa en sus respuestas o ha recopilado datos de unos y otros. Su mentalidad y comportamiento hacia las mujeres, con las que se empareja y deja luego al cuidado de unos hijos a los que apenas conoce –tal como era de esperar y a pesar de que solo esboza los hechos– son absolutamente misóginos y, en consecuencia, el retrato resulta de lo más convincente. Otro acierto es la evolución que experimenta a lo largo de los años, cómo pasa de los ideales puros a las componendas con unos y otros, se vuelve despiadado, cruel y lo resuelve a base de cinismo para llegar a la fase escéptica y descreída de quien solo piensa en enriquecerse y disfrutar, el mismo proceso que han sufrido todos los caudillos cualquiera que haya sido su causa. Por su parte, Valentina, ese ligue ocasional de procedencia ideológica opuesta y carente de aficiones artísticas, es el ejemplo perfecto del uso que dan a las mujeres los movimientos revolucionarios y cómo les lavan el cerebro para que piensen  cual es el rol que les corresponde. Me gustaría saber si procede del afán testimonial de la autora o se trata de una simple transcripción de lo que le han contado, me inclino por lo primero ya que esta mujer parece más una creación literaria que una persona real. Desde luego, la relación que se establece entre el hombre maduro y rico y la mujer aún joven que ha perdido sus referencias y no tiene dónde ir consiste en un conjunto de tópicos inspirados, entre otros, en el mito de Pigmalión.

Por cierto ¿De quién habla la novela? ¿Qué personaje hay detrás de ese Adrián Falcón que nunca existió? ¿Cómo se llama realmente el mercenario cubano que actúa al principio movido por unos ideales –más prestados, a consecuencia de un drama familiar, que sentidos realmente– luego por inercia, codicia, afán de liderazgo, puede que deseos de pasar a la historia, hasta la fase final de desengaño, escepticismo, conciencia de haber sido utilizado y un pragmatismo que niega cualquier atisbo de sinceridad que hubiéramos podido suponer? Nunca lo sabremos.

“En cada área geográfica mueren los inocentes, los ingenuos, los ciudadanos de a pie y, al caer el telón, ¿quiénes son los ganadores?, los mercados que florecen magnánimamente al compás de dichas hostilidades."

martes, 22 de marzo de 2022

Carla Berrocal: Doña Concha. La rosa y la espina

Idioma: español

Año de publicación: 2021

Valoración: está bien, sobre todo para interesados/as

No hace falta ser un boomer para haber oído alguna vez la expresión "viajar más que el baúl de la piquer" (de hecho, la expresión es anterior a los boomers, aunque parezca increíble que hayan existido tiempos tan pretéritos); otra cosa es conocer de donde viene, aunque supongo que mucha gente sí lo sabrá: de doña Concha Piquer, cupletista celebérrima en España y América en las épocas de pre y posguerra Civil y que ha pasado al la Historia, o al menos, al imaginario colectivo, como epítome de la folklórica española de carácter u tronío, amén de ser quien popularizó muchos de los clásicos de la copla española, ese género musical que , aún hoy tiene muchos adeptos/as y muchos más que tuvo en los tiempos de los que hablo...

Para quien no conozca al personaje, aquí tienen una reciente "biografía gráfica", obra de la ilustradora Carla Berrocal, en la que nos cuenta su vida, desde que fuera descubierta en 1920, siendo aún una niña, por el compositor Manuel Perelló, quien la llevó a Nueva York, hasta su retirada en 1958, cuando sintió que se quedaba sin voz en un concierto en Isla Cristina (Huelva); entre medias, sus éxitos en Broadway, en La Habana, en Buenos Aires y, por supuesto, en España, donde intentó, no sin dificultades, importar el estilo y la profesionalidad de los espectáculos americanos. Nos habla, claro está, de su trayectoria musical , impulsada -a la par que ella impulsaba la de ellos- por las canciones de los celebrados Quintero, León y Quiroga y también de su carrera como empresaria, inusualmente estricta y perfeccionista para los estándares españoles de la época. Por último, de sus amores con dos hombres casados, el propio Perelló y el torero Antonio Márquez (cimentando el tópico) con quien tendría una hija y se casaría en segundas nupcias. 

Aparte de la narración tradicional de los distintos episodios de su vida, algunos de éstos están contados a modo de elipsis por medio de las coplas que hizo famosas: Noche de luna, Tatuaje, Romance de la otra... Además de que la Guerra Civil española también se nos explica utilizando el discurso de Franco cuando se produjo la sublevación militar del 18 de julio (que, por cierto, perfectamente podría declarar como propio y original algún partido político actual y ya os digo que colaría...).  Lo cierto es que estos recursos narrativos resultan lo más interesante del cómic /biografía gráfica, junto con las entrevistas que se incluyen a algunos estudiosos  de la copla: Martín de la Plaza, Lidia García y Stephanie Sieburth, y que inciden en el carácter de subterfugio social e incluso político que tenían a menudo éste género musical. El resto, la parte que hace una narración más lineal de la vida de Concha Piquer, resulta más anodina, e incluso se diría que avanza un poco a trompicones... A tal sensación contribuye que el dibujo de Carla berrocal, que tiende a un esquematismo geométrico, resulta por ello un tanto rígido; tiene su gracia para la ilustración -aunque reconozco que la caracterización de la protagonista, con unas narinas que sirven para identificarla, pero que son como agujeros negros  interestelares, me ha puesto un poco de los nervios-, pero quizá no tanto para la narración, más dinámica, propia de la historieta....


En conclusión, una biografía novelada que puede interesar a los devotos/as de la copla española o quienes sean más valencianos que la horchata con fartons (aunque, curiosamente, en el libro no se habla en ningún momento del origen valenciano de doña Concha); al resto de lectores, a no ser que sean fans del estilo gráfico de su autora, no sé hasta qué punto lo hará... aunque por probar, nada se pierde.

domingo, 20 de febrero de 2022

Julian Barnes: El hombre de la bata roja

Idioma original: inglés

Título original: The Man on the Red Coat

Año de publicación: 2019

Traducción: Jaime Zulaika

Valoración: recomendable

Conocida es la francofilia del británico Julian Barnes y también que en más de uno de sus libros se ha dedicado a explorar la idiosincrasia de su propio país y sus relaciones con sus vecino del otro lado de Canal. Vuelve a hacerlo en este libro, en cierto modo, a partir de una anécdota histórica: el viaje a Inglaterra que llevaron a cabo en 1885 tres franceses de renombre en la bonne société de la época, con el objeto de adquirir en Londres telas, trajes y otros objetos de buen gusto... Los susodichos caballeros eran el príncipe de Polignac, el conde de Montesquiou-Fézenac y el doctor Samuel Pozzi, quien resulta ser el "hombre de la bata roja" que da título e ilustra la cubierta del libro, pues fue retratado de esta guisa por el pintor norteamericano John Singer Sargent.

La anécdota del viaje, en todo caso, no es sino una excusa para departir acerca de estos tres personajes y, sobre todo, de la sociedad en la que les tocó en suerte vivir: la Belle Époque, como en Francia se conoce a los años de paz transcurridos entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la I Guerra Mundial. Una época de apogeo colonialista y lucha de clases, pero también de esplendor de las artes y avance científico. Barnes hace un seguimiento de los tres personajes a lo largo de esos años; un poco menos, empero, al príncipe de Polignac, compositor musical, además de aristócrata (arruinado) que acabó casándose en un mariage blanc, pero muy bien avenido, con la heredera de las máquinas de coser Singer. Los otros dos personajes le resultan más interesantes: el conde de Montesquiou, poeta y, sobre todo, dandy -de hecho, se le puede considerar como epítome del dandismo, fenómeno o tendencia alrededor de la que también gira, en buena medida, este libro- y que acabó consagrado para la posteridad y, sobre todo, en su época, como el poco disimulado inspirador de varios  personajes de ficción: Des Essaintes, protagonista de A contrapelo, de Huysmans; el de Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain, el barón de Charlus, de En busca del tiempo perdido de Proust, el pavo (sic) de la obra Chantecler, de Edmond de Rostand -amén del protagonista de sus propias memorias, Les pas effacés, claro-... Más interesante y, sobre todo, simpático, le resulta a Barnes el tercer viajero y, hasta cierto punto, protagonista de este libro, el doctor Samuel Pozzi, prestigioso médico innovador en la ginecología y la cirugía abdominal, coleccionista de arte, hombre de gran éxito social y aún más entre el género femenino -empezando por la famosa actriz Sara Bernhard, que fue su amante y luego amiga durante toda su vida-, ateo de origen hugonote, darwinista, prodreyfusiano, padre y esposo ejempl... bueno, con algunos problemillas familiares. 

Siguiendo a este atractivo personaje, aunque también a los otros dos, ya digo, Barnes va recorriendo diversos temas que afectaban a la sociedad francesa y occidental de aquella Belle Époque: desde el dandismo, el decadentismo o los estetas a los frecuentes duelos que se producían en aquellos tiempos, la homosexualidad y la relación entre Francia e Inglaterra (cómo no); de los avances científicos en el campo de la medicina -cirugía, higienismo, transplantes- o las ideas de Darwin, a la pervivencia del arte, la relación entre retratista y retratado o, en el caso de la literatura, entre los personajes y las personas que los inspiran y su posteridad...

La lista de otras personalidades de las que se habla en el libro y que configuran, entre todas, una amplia panorámica de la época resulta bastante extensa: a los ya citados, hay que añadir otros escritores como son o fueron Henry James, Maupassant, Mallarmé, Oscar Wilde -muy presente en todo el libro, como no podía ser de otra forma-, Baudelaire, Barbey d'Aurevilly, Flaubert, Edmond de Goncourt, Félix Fénéon, Colette, Ford Madox Ford, Conan Doyle, Zola, Léon Daudet (hijo de Alphonse), Léon Bloy; pintores como el ya citado Sargent, Gustave Moreau, Degas, Boldini o Whistler; personalidades de otros ámbitos como los médicos Alexis Carrel o Tourette (sí, el del famoso síndrome), el historiador Maurice Delafosse, etc. Lo más divertido es que los retratos de muchos de estos personajes aparecen en el libro... en la colección de fotografías que venían con las chocolatinas de la confitería Félix Potin, de París, en una especie de parnaso de la época, convenientemente endulzado y chocolateado para los siglos venideros. Quizá sea una forma muy adecuada de recordarlos, qué narices,,, ; )


Otros títulos de Julian Barnes reseñados en Un Libro Al Día: 
aquí

sábado, 22 de enero de 2022

Teresa Carpenter: La chica de la mafia

Idioma original: inglés

Título original:  Mob Girl

Año de publicación: 1991

Traducción: Ángela Esteller García

Valoración: recomendable, sobre todo para interesados

Cualquier aficionado a las historias de gángsters y mafiosos (ya sea en libros o, sobre todo, películas y series) sabrá que alrededor de estos personajes del hampa se mueven toda una serie de secundarios característicos, que van desde los pequeños traficantes y corredores de apuestas o los asesinos a sueldo, a los jueces y policías corruptos o los políticos amigos... Por supuesto, también las coloristas familias de los mafiosos y, como reverso, las "amiguitas" de los gángsters, ya sean prostitutas ocasionales o amantes fijas que tienen de facto el estatus de segunda esposa e incluso participan en los negocios de sus "protectores"...

La chica de la mafia (*) es la biografía novelada de una de ellas, Arlyne Brickman, una de esas mujeres que comenzó siendo la hija mimada y cabra loca de una próspera familia judía del Lower East Side de Nueva York con conexiones con el crimen organizado por no decir que su padre formaba parte, directamente, de ese mundo-, para ser luego la "amiguita" de multitud de gángsters o "chicos listos", por lo general de poca monta -aunque también pasó por la cama de algún mafioso más importante- y luego acabar como buscavidas, metida en asuntos de loterías ilegales y tráfico de drogas, mientras al tiempo era confidente de la policía, el FBI y la DEA. Es más, su colaboración y testimonio resultaron determinantes para entrullar a los capos de la famiglia Colombo,  a finales de los años 80.

En cierto modo, su historia sería la versión femenina de la de Henry Hill, contada por Nicholas Pileggi en Wiseguy y llevada al cine por Scorsese en Uno de los nuestros (el paralelismo es mayor aún porque en breve se estrenará una adaptación al cine del libro de Teresa Carpenter). Ahora bien, Henry Hill era un "chico listo" que en verdad parecía listo, y su perdición vino por pasarse de..., mientras que Arlyne Brickman da más la impresión de haber sido una destarifada que no hacía sino meterse en un lío tras otro, pasando de Guatemala a Guatepeor, y sólo la buena suerte , el dinero de sus padre o , finalmente, la colaboración con las autoridades, la iban sacando de los atolladeros en que se metía. Por explicarlo de otra forma, supongo que todo el mundo ha visto alguna vez una imagen en cámara lenta de un accidente de tráfico, del derrumbe de un edificio o, simplemente, de una flecha atravesando una manzana, o algo así... Pues bien, esa misma es la sensación que me ha dejado este libro, la de estar asistiendo a algún suceso catastrófico cuyo desenlace resulta inevitable pero que ni el coche, ni el edificio ni la manzana parecen prever ni mucho menos evitar (en su caso, lógicamente, claro). 

 Algo así parece haber pasado con la vida de Arlyne Brickman o, al menos, esa es la impresión que deja el libro -de hecho, por lo visto la protagonista no acabó de forma demasiado amistosa con la autora-, cierto es que, en la última parte del mismo, su figura adquiere una dimensión dramática aún mayor y casi podríamos decir que se convierte en una suerte de personaje de tragedia griega... vestida de una forma ostentosa y con una laxitud ética bastante cuestionable, pero, en fin, no dejó de ser una hija de su tiempo y circunstancias. Estará bien saber cómo va a recrear su historia el cine y si la película, interpretada por Jennifer Lawrence y dirigida, nada menos, por el gran  Paolo Sorrentino será capaz de convertir a Arlyne Brickman  en un nuevo icono del universo mafiosos...Próximamente, en sus pantallas.

(*) En la traducción española se ha utilizado el término "mafia", con minúscula, pero en el original se emplea Mob, que se refiere también al crimen organizado, pero sin tanta connotación, creo, a la Cosa Nostra o mafia italoamericana. En el libro aparece sobre todo ésta, pero también la mafia judía o delincuentes de otros grupos étnicos..


lunes, 4 de octubre de 2021

Dave Eggers: El monje de Moka


Idioma original: inglés

Año de publicación: 2019

Título original: The Monk of Mokha

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

Valoración: bastante recomendable

Con cerca de veinte obras publicadas hasta la fecha (entre ficción y no-ficción) podríamos definir a Dave Eggers como un escritor prolífico. Apenas tiene cincuenta años. De su tiempo, por supuesto, pues combina sus publicaciones en formato clásico con una dinámica presencia en Internet, y ello también se deriva en una enorme variedad. Eso, digamos, lo convierte más en escritor que en creador. Esta es mi quinta reseña de sus libros aquí. He palidecido al olvidar uno de sus cuatro libros anteriores cuando he hecho una retrospectiva mental de mi experiencia con su obra. Pero es así, y El monje de Moka es algo representativa de lo que me pasa con Eggers. Un holograma para el rey me sigue pareciendo su mejor novela. Osada, valiente, casi distópica de una manera muy a lo Tom Mc Carthy. Extraña y con matices psicológicos. Pero este El monje de Moka empezó a recordarme alguno de los defectos (leves) que achaqué a Zeitoun. 

Que básicamente pueden resumirse en que, cuando Eggers afronta material real, no es todo lo contundente que otro sería. No voy a pedirle la intensidad de Foster Wallace o del mejor DeLillo. Para empezar, creo que Eggers, si la salud le acompaña, cumplirá los 60 y hasta los 80. Pero tanto aquélla como esta obra, ambas de no-ficción, parecen como incompletas, como si el autor olvidara escribir algún epílogo o pieza que corroborase lo que se apunta en toda la obra. Igual lo hay, pero en su sitio web, pero esta biografía de Mokhtar Alkhanshali está, sobre todo en su primera mitad, escrita en un tono algo plano, descriptivo, periodístico, impecable en lo narrativo y contenido en lo lírico, donde solo puede apreciarse una crítica sutil y sostenida como una música de fondo, cuando quizás dos de los tres temas más recurrentes de la novela - el racismo imperante en el mundo post 11-S, la inestabilidad constante en ciertas zonas del Golfo Pérsico y de la Peninsula Arábiga - darían para hincar más el tenedor, así de histérico es el universo en que vivimos o prueben de sentarse en un avión al lado de un señor ataviado con un kufi. 

El tercer tema, por cierto, es la consabida historia USA de la superación del individuo que aúna tesón y talento, aquello de lo de levantarse y caerse o incluir los fracasos estrepitosos como hitos del CV.

Entonces Mokhtar es un joven estadounidense de origen yemení que descubre que su país es el origen del café, esa infusión globalmente conocida a la que media humanidad (qué originales) alega no ser persona hasta que no la ingiere por la mañana. Esa infusión que pugna con el té como si fueran la Pepsi y la Coca Cola, con sus varietales, sus tuestes, sus combinaciones de grano y sus rastros de chocolate, de regaliz, de caramelo. Un estimulante más, vamos. Tras una juventud con escasez de recursos y después de haber experimentado con muchos trabajos de mierda, Mokhtar decide hacerse entrepreneur e intentar importar café de su país. Para ello habrá de formarse en lo técnico y viajar y conocer agricultores y franquear todo tipo de obstáculos superando su triple condición, -yemení, musulmán, clase baja- hasta conseguir que un contenedor con dieciocho toneladas entre por el puerto de San Francisco. Por medio, en un trayecto que recuerda por momentos a Edmund De Waal, toda clase de peripecias personales y colectivas, en una tercera parte, la mejor con mucho del libro, en que Eggers se viste de Kapuscinski y nos relata ese difícil discurrir por zonas de conflicto armado constante. Los controles en carreteras, los soldados como adolescentes empuñando AK-47 más grandes que ellos mismos, la inestabilidad, la corrupción a todas las escalas, todo eso convierte este El monje de Moka en una experiencia a medio camino entre lo cultural o lo literario. Pero repito: Eggers podría haber sido más claro en esa crítica que se apunta. Aclarar que Mokhtar acabará financieramente apoyado por fondos que apoyan modelos tan dudosos como Uber o Airbnb.

O que, por cierto, el café finalmente se despachará a dieciséis dólares la taza. Para que lo deguste quien tenga el capricho puntual o pueda permitírselo cada día. Servido por un camarero que apenas cobrará la mitad de eso por trabajar una hora. 

Del capitalismo, Dave, ¿cuándo hablamos?

sábado, 3 de julio de 2021

Andrés Barba: Vida de Guastavino y Guastavino

Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: está bien

Hace poco leí (y reseñé, que la máquina no puede parar) un librito de Georges Perec que hablaba sobre la isla de Ellis y en donde contaba cómo los inmigrantes que llegaban allí eran recibidos en la sala más grande que habían visto nunca. Pues bien, en uno de los siguientes libros que he leído se habla, oh, casualidad, de la construcción de la bóveda de esa sala, a cargo de la "Guastavino Fireproof, Construction Company", al igual que otras cubiertas semejantes en edificios tan emblemáyico de E.E.U.U. de principios del siglo XX como el Smithsonian de Whasinton D.C., la biblioteca de Boston, la iglesia St. John the Divine de Nueva York, la Grand Central Station, el Madison Square Garden, la academia militar de West Point... entre muchos otros ejemplos. Y todo ello utilizando bóvedas tabicadas recubiertas de azulejos, como las quye se llevaban usando en el Mediterráneo desde cientos de años atrás.

Los artífices de esta hazaña fueron Rafael Guastavino y su hijo, de igual nombre, de origen valenciano y emigrados para hacer las Américas en 1881 -bueno, el padre, puesto que el hijo no era entonces más que un niño, también para dejar atrás un pufo monetario de cierta cuantía que había cometido-; tras los consabidos tiempos duros y haber patentado la "invención" de este sistema tradicional de cubierta ignífuga, éste llegó a convertirse en casi un símbolo, suavemente art déco, de la incipiente arquitectura norteamericana, en una época en la que empezaba a despegar hacia el cielo, literalmente. y Guastavino padre, a codearse con los Rockefeller, Morgan y Vandervilt, aunque también se arruinó en una ocasión y quien llegaría a hacerse rico en verdad fue su hijo, ya entrado el siglo XX.

Andrés Barba consigue pergeñar aquí una novela biográfica (coincidente en el tiempo , por cierto, con otra de Javier Moro, que dudo que llegue a leer) breve, pero bastante resultona, aunque gracias, sobre todo, al esfuerzo del autor por otorgarle alguna densidad -parece que es el fruto de una beca para escritores que le concedienron en N. Y., así que se entiende el pundonor de presentar un buen producto final-; centrándose sobre todo en dos elementos hasta cierto punto especulativos, la ambición desmedida del padre y la rivalidad con el hijo, así como cierto resquemor que pudiera sentir éste. El caso es que todo el libro exuda la sensación de que sin la excelencia y habilidad de Barba al desplegar sus recursos literarios, la cosa habría quedado bastnate más ramplona... Sí, lo sé, en eso consiste justamente la literatura, pero, aunque parezca paradójico, ymás al tratarse de una novela, la tutela del escritor sobre el texto me resulta un poco excesiva, dando como resultado un estilo un tanto overdressed, por decirlo así. Un ejemplo:
"No sabemos nada y la historia es mentira y el amor no existe, pero a veces basta el miedo, el miedo como el hilo dorado de un fábula, para recuperar todas las realidades perdidas; la verdad , la ciencia, el amor.

Por cada gesto bajo sospecha, el miedo engendra una constelación de ciudades posibles. dadle el miedo a alguien capaz de construirlas y tendréis el mundo." 

A continucación no se nos narran las dudas de Odiseo por la vuelta a Ítaca ni el vértigo ante la conquista de Asia que pudo sentir Alejandro Magno, sino cómo Rafael Guastavino, no recuerdo si padre o hijo -a veces hay cierta confusión en el libro, supongo que adrede- construía una bóveda ladrillo plano y cemento Portland en algún sitio... Que desde luego es una labor honrada y encomiable, pero más pedestre de lo que cabe suponer al leer el tono del libro. La vida no necesita parecer tan extraordinaria para ser extraordinaria.


Más títulos de Andrés Barba reseñados en Un Libro Al Día:  Las manos pequeñas, República luminosa, La ceremonia del porno, La hermana de Katia

lunes, 7 de junio de 2021

Eduardo Jordá: Anna Ajmátova


Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: imprescindible

Me tomo las licencias propias del mundo anárquico y descontrolado de la blogosfera para empezar mi reseña con una aseveración que quizás debería haber ido al final, en plan colofón. Pero es que no debería permitir que algún párrafo extendido en exceso distrajera o  evitara al lector en lo de llegar a la conclusión:

** Si esto lo publicara Tusquets, Siruela, o Anagrama y le prestara su consabido despliegue promocional, hablaríamos de fenómeno editorial y cosas de esas. No creo que la cuestión con el autor sea ego o ambición, pero no habrá muchos libros mejores que este en 2021, de hecho hasta hoy es lo mejor que yo he leído. Y desde este inmodesto rincón de este modesto blog, solamente  aspiro a que se le haga justicia.

Afirmado esto, justificar mi contundencia dista mucho de ser una corriente a remontar. Eduardo Jordá, cronista, autor de relatos, comentarista literario de mucho fiar, traductor, etc. escribe una biografía en primera persona, la de Anna Ajmátova, poetisa rusa fallecida en 1966 sin haberse dejado vencer por la tentación del exilio, a pesar de todas las vejaciones que sufrió, en particular y de forma muy cruel durante el mandato de Josef Stalin. La escribe con seguridad, firmeza, dignidad, un rencor más que directo e intenso, atomizado a lo largo de toda su existencia. Claro que puede haber especulado con alguna sensación, con algún detalle, pero más que licencia creativa, que tendría todo el derecho, lo habría hecho al servicio de uno de los esqueletos de este texto, que es el de la dura narración de la vida de quien es marcado como disidente desde el primer momento, ex personas llegan a denominarlos por haber convivido o haberse relacionado, en los años pre-revolucionarios, con cierta élite intelectual o incluso económica en el San Petersburgo de los primeros lustros del siglo XX. Jordá se ha documentado, seguro, la bibliografía es extensa, veremos desfilar los hombres de la vida de Ajmátova, marcada por la marginación y la miseria a la que solo puede oponer su poesía. Ejecuciones, depuración, campos de trabajo, exclusión por su escepticismo ante el régimen, por hacer alarde de coherencia rechazando prebendas a cambio de falsas adulaciones.

Entonces el segundo valor de Anna Ajmátova consiste en su condición de crónica de la época: una revolución y dos guerras mundiales. Personajes con los que Ajmátova se relaciona. Modigliani, Pasternak. Y es una crónica subjetiva, claro. La de una persona oprimida por el totalitarismo que anula a la obra y por tanto anula a su autora. Y Jordá/Ajmátova no quiere ser libre para conspirar ni para organizar acciones contrarrevolucionarias. Quiere expresarse a través de su obra y cómo no va a dejar que su opresión encuentre resquicios para mostrarse. El arte ante el poder, el arte contra el poder tanto más necesario el uno cuanto más opresivo el otro. Un tránsito vital fascinante que encima encuentra un caudal narrativo idóneo en la prosa de Jordá.

Añadamos que todo este recorrido es escenario ideal para intercalar fragmentos de sus poemarios, de los cuales contamos con no pocas muestras de las diversas traducciones al español, todas ellas acreditadas debidamente al final de este extraordinario texto del que, por si alguien se ha descontado, vamos ya por tres planos diferentes (el narrativo, el histórico, el poético) en los que este libro destaca de forma muy significativa. Muchos autores andan hoy en día perdidos sin acabar de manejarse bien en uno de ellos y Jordá se muestra brillante en los tres. De ahí el "imprescindible". Y aquí iría el segundo parrafito de marras **, que me ahorro repetir. Lo publica una editorial pequeñísima, así que a correr a la tienda y a exigírselo al librero. 

domingo, 16 de mayo de 2021

Jordi Amat: El hijo del chófer


Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Traducción: (al catalán, de Ricard Vela, edición leída con el título El fill del xofer)

Valoración: muy recomendable


Reconozco que mi opinión sobre El hijo del chófer puede estar mediatizada por alguna cuestión personal indirecta (digamos, un factor Kevin Bacon grado 2), y que me cuesta  abstraerme a la cuestión de que, por un aspecto puramente generacional, la cercanía temporal (y física: el punto culminante de la narración se produce a menos de 2 km de mi piso en Barcelona) es tal, que su lectura me ha causado gran fascinación (con la dosis justa de morbo, no voy a negarlo) y me ha sido imposible saltarme cierto orden de lecturas, ya que mi opinión lleva ya unos días madurándose como para darla a conocer.

Porque estamos ante una excelente lectura. Amat toma la figura de un personaje público, Alfons Quintà, periodista, primer máximo dirigente, allá por los años 80, del canal autonómico de TV en Catalunya, TV3, un directivo del sector de las comunicaciones que hubiera tenido una trayectoria, sin más repercusión que la profesional, con los vaivenes propios de los influyentes altos cargos, pero que, a los setenta y tres años, en 2016, saltó a la fama cuando asesinó de un tiro en la cabeza a su ex-esposa, una médico de familia del centro de salud del barrio, y se suicidó, en el piso en que vivía en el barrio acomodado de Les Corts, en Barcelona. 

Toma esa figura e investiga en su pasado, en sus vicisitudes familiares, en su devenir profesional, en aquellos a los que conoció y le conocieron, en sus artículos y sus manipulaciones para mantenerse cercano al poder. Arma una biografía en la que puede que se haya tomado alguna licencia o que haya tiznado algún párrafo o alguna situación con algún matiz ideológico, pero a mí me ha parecido que tanta precisión en los detalles, tanta mención directa a tanta celebridad en el panorama de medios y político (y no he oído que Amat haya sido desmentido o denunciado o querellado) sitúa la narración en las cercanías de la realidad, y me aventuraría a decir, incluso algunos hechos posteriores confirman que Amat no fabula o especula, que muchos de esos acontecimientos fueron así.

En la onda de El adversario de Carrère o el levemente inferior El impostor de Cercas, Amat nos acerca al personaje y traza un marcado perfil psicológico: Quintà, hijo del chófer del célebre Josep Pla que acompaña a su padre a esas reuniones en el tardofranquismo donde empieza a producirse cierta conspiración política, Quintà adolescente que se dirige por carta a Pla y amenaza con delatarle si Pla no media para que su padre le permita estudiar en Madrid, un adolescente que vive el abandono por parte del padre que ha llevado una doble vida, Quintà que empieza a ejercer cargos en el pujante periodismo de la Transición y que empieza a mostrar los rasgos perversos de su carácter, sus fijaciones, su personalidad como dirigente, despótico, cruel, tóxico, maquiavélico, errático, sus cambios de bando en función de sus intereses, la enorme marca que deja el abandono, sus obsesiones periodísticas (el caso Banca Catalana, oscura historia de cómo se manipuló la situación de un banco del cual la familia Pujol era principal accionista), sus devaneos ideológicos, siempre orientados a abrazar el poder y a denostarlo cuando este poder no actuaba a favor de sus intereses... todo ello Amat lo narra con un prodigioso dominio del tempo, con un ritmo firme y preciso, con una administración de los hechos que es tan inapelable como producto de la investigación periodística que como narración literaria deudora lejana del género negro, con los comprensibles ajustes de ficción al servicio de la trama. En fin. Uno puede pensar que Amat haya escorado algo el relato para criticar el errático devenir de los primeros pasos del procès (si bien recientemente sus protagonistas estén empeñados en convertirlo en un esperpento), pero es absurdo negar que este es un estupendo libro, un certero estudio psicológico de un criminal o, simplemente, una historia perfecta de la relación entre medios de comunicación y poder económico y político: en ese ámbito particular, Amat no deja títere con cabeza, y yo a esto no voy a ponerle pega alguna. Tros de llibre.

lunes, 10 de mayo de 2021

Robert Penn Warren: Todos los hombres del rey

Idioma original: inglés

Título original: All the King`s Men

Año de publicación: 1946

Valoración: Imprescindible



A punto de cerrar el libro, y todavía levitando por lo que acabo de leer, me tropiezo con la foto del escritor encabezando una corta biografía y no tengo más remedio que emocionarme, no solo por la huella que han dejado en mí sus más de siete centenares de páginas sino porque nunca tendré ocasión de abrazar a un autor (norteamericano, fallecido en 1989) cuya fisonomía puede parecer anodina, pero solo a quien no le haya acompañado a lo largo de esta travesía maravillosa. (Y eso que mi primer impulso al ver el bulto fue arrinconarlo por tiempo indefinido). Digo más, obras como esta no solo deberían recomendarse, tendrían que recetarlas los farmacéuticos (¡ejem! esto se llama hipérbole), porque pueden gustar a todo el mundo (con cierta paciencia lectora), porque la crítica ha derrochado alabanzas desde que se publicó hasta hoy mismo y porque ofrece un pedazo de vida auténtica, un retrato de las sociedades humanas en todos sus aspectos, sin olvidar lo peor ni lo mejor de ellas.

Su autor ganó el Pulitzer por esta novela (y otros dos como poeta), y, ya convertida en película, obtuvo varios oscars en su versión de 1949, la clásica. Parece que Warren, aunque nunca lo reconoció abiertamente, tomó como modelo a Huey Long (gobernador de Luisiana de 1928 a 1932 y senador de 1932 a 1935 por el Partido Demócrata). Imposible saber si los rasgos de Willie Talos, aparte de la coincidencia del apodo, traducido aquí como el Jefe, se ajustan al original, pero su  política populista y rasgos de personalidad están perfectamente descritos. De todas formas, el argumento rebasa los límites de una biografía novelada ya que Jack Burden, el narrador, posee protagonismo y personalidad propios, hasta tal punto que su figura resulta todavía más relevante si cabe. Desfila también por allí un puñado de personajes, llenando el escenario de luces y sombras y trazando un microcosmos que se parece mucho a lo que podemos observar, tanto en nuestros días como, probablemente, en cualquier época histórica. Se trata, pues, de una novela política, pero tan humana y universal que, nos interesen o no ese tipo de cuestiones, nunca nos va a dejar indiferentes.

Desde ese primer capítulo –en el que con el pretexto de un viaje por carretera se incluyen los recuerdos del momento en que ambos personajes se conocieron en el bar de Slade– nos sentiremos atrapados por unos tipos y un ambiente muy particulares, así como por las metáforas y los sarcásticos y cínicos comentarios del tal Burden. Una escena memorable que, además de presentar a todos ellos, subraya cómo se han ido transformando con el tiempo y en función de las circunstancias. Este capítulo fue entregado al editor cuando la novela era solo un proyecto y devuelto con una serie de recomendaciones que acabarían transformándolo de forma apreciable. La primera versión se incluye al final del volumen y, desde luego, vemos que ha mejorado con el cambio, sobre todo porque el autor no lo reescribió hasta que la novela estuvo acabada. No ocurre lo mismo con el resto de objeciones que el equipo editorial puso al primer borrador. La edición que he leído traduce la versión restaurada, que –tal como se indica en el Apéndice final – está basada en varios manuscritos conservados y no solo en el texto publicado en 1946, ya que considera que gran parte de esas correcciones rebajan la calidad de la obra o diluyen su auténtica esencia.

Las incidencias que determinan la vida de estas personas a lo largo de décadas muy significativas en la historia de Estados Unidos, -marcadas por la Gran Depresión del 29, la Ley Seca, la corrupción política, los padecimientos europeos, la mentalidad de la época etc.– traza un panorama social fácilmente identificable y un análisis de las relaciones familiares y de todo tipo tan realista como descarnado y, no obstante, lleno de esperanza. Jack es observador y errático, el testigo ideal para trasladarnos lo que ocurre. Conoceremos también a Lucy, la maestra casada con Talos, a Sadie Burke y el encanto de su inteligencia, a Anne y Adam Stanton, amigos de Jack desde la infancia y pertenecientes, como él mismo, a una de las familias más influyentes del lugar, al Juez Irwin, al Niño de Azucar, al Pequeño Duffy y al resto de los chicos que acompañan siempre a Talos y cuya actitud recuerda a esas figuras del hampa que hemos visto en el cine en blanco y negro. Se nos mostrarán las difíciles relaciones que mantiene Jack con sus padres, cada uno por separado, y sus personalidades respectivas, tan atípicas como opuestas.  Pero, sobre todo, vamos a acompañar al gran Willie Talos, el Jefe. Talos, procedente de una familia humilde, logra graduarse en Derecho a base de robar horas al sueño. Su talante, idealista y algo ingenuo, lo impulsa a procurar el bien común. Pero las buenas intenciones no triunfan, el electorado no quiere que le hablen de proyectos ni estadísticas, y se inclina más bien por los candidatos que les seduzcan con buenas palabras. (“Tu misión es ofrecerles algo que los saque de su marasmo y les haga recuperar las ganas de vivir. Aunque solo sea durante media hora. Por eso acuden a los mítines. ¡Diles lo primero que se te ocurra, pero, por el amor de Dios, no intentes conseguir que piensen!”). Esto, unido al hecho de que el panorama político esté copado por facciones enemigas que luchan a brazo partido por hacerse con el poder a costa de lo que sea, acabará abriendo los ojos a Talos que se convertirá en el oponente más populista y astuto, imposible de vencer por los retorcidos procedimientos habituales pues, una vez asimilados, es el que mejor los domina. El relativismo moral es una constante en todas las etapas y en todos y cada uno de los personajes (que abarcan toda la gama: del amoral absoluto, el que admite componendas para conseguir un fin más elevado hasta el idealista sin mácula que caerá en un inevitable fanatismo, pasando por la abnegada que  vive al margen de lo que se cuece pero se aprovecha de los réditos o la ingenua en apariencia que sufre pero también se beneficia). Aquí abundan los matices aunque la degradación va aumentando con el tiempo, a veces de forma imperceptible. Pero es Jack, el independiente, pragmático, indeciso, escéptico Jack, quien nos informa de los hechos y nos mueve a reflexionar sobre lo que estos significan.

Los años pasan y nunca dejarán de sorprendernos, pues Warren desarrolla un argumento tan complejo como dinámico: siempre ocurre algo, y es tan determinante que dislocará una y otra vez cada estado de cosas. Hay que tener en cuenta que los acontecimientos se narran desde el futuro, y que lo que se nos muestra es un presente que desconoce lo que va a ocurrir, por eso hay comentarios o destellos fugaces de lo que ocurrirá luego que pasarán desapercibidos al lector porque quien los hace es el Jack más maduro y no el joven que los está viviendo. Alarde metaliterario que, junto a dos investigaciones acerca de la historia familiar de Jack, integran en el argumento algunos interesantes procedimientos de construcción narrativa que resultan la mar de sugestivos. También hay mucho lirismo, recreación de paisajes y sentimientos que nos acercarán al narrador hasta convertirnos en poco menos que sus cómplices. Todo encaja tan perfectamente como el mecanismo de un reloj, pero las piezas están desperdigadas y no ocuparán su sitio, para gran satisfacción del lector, hasta que lleguemos al punto final.