Título original: Albertine disparue
Traducción: Consuelo Bergés
Año de publicación: 1927
Valoración: Se deja leer
Hacía mucho que no leía un libro con un protagonista tan despreciable. Venía de leer los libros anteriores de la "saga" y, aunque tienen sus altibajos, concuerdo con las reseñas anteriores en que son obras maestras. Sin embargo, este libro lo sufrí. Pero, pues, ya que después de este solo queda uno más, no pensaba quedarme a medias.
Me ahorraré el argumento porque está muy bien presentado en la reseña original, la cual pueden leer aquí y luego regresar a terminar de leer esta.
Si ya de por sí sabemos que el protagonista de este culebrón tiene la madurez emocional de un niño de diez años, al presentársele una verdadera crisis (y no que su mamá no le vaya a dar el beso de buenas noches), presenciamos cómo afloran el narcisismo y la cobardía de este niño de papi.
Primero, el protagonista, a quien de ahora en adelante me referiré como Marcelito, nos platica lo mucho que sufre por el abandono de su concubina, la tal Albeghtín, a quien rechazaba, menospreciaba y pensaba abandonar. Pero, como se le adelantaron y lo dejaron primero, sufre a más no poder.
Segundo, Albertine muere (el único castigo que se merecía por dejar a nuestro héroe) en un accidente absurdo. Y Marcelito, en lugar de tener alguna revelación que impacte su carácter, nos suelta frases increíbles tales como: «Si Albertine no me hubiera conocido, tal vez aún seguiría viva y yo no estaría sufriendo tanto». Lo único que le importa a Marcelito de la muerte de Albertine es cuánto le afecta a él y que ya no será posible confirmar sus sospechas sobre las relaciones lésbicas de ella, lo que nos lleva al tercer punto.
Marcelito, el homosexual reprimido, nos narra lo mucho que desprecia las aberrantes relaciones que su Albertine pudo o no haber mantenido con otras damas de su círculo. Sin embargo, debido a que, ¡ups!, está muerta, no podrá confrontarla al respecto y tendrá que ir de rastrero a cuestionar a cualquiera que pueda saber algo sobre las aventuras sáficas de su examante, con el único objetivo de aliviar sus celos.
Por otro lado, a pesar de rechazar sin concesiones las relaciones lésbicas de las damas comme il faut, Marcelito no tuvo reparos en contarnos con lujo de detalle las relaciones homosexuales que un tal Monsieur de Charlus mantiene con jovencitos, asunto al que le dedica cientos de pa... ginas.
En conclusión, La fugitiva me resultó exasperante. Nos vemos obligados a quedarnos encerrados durante cientos de páginas en la cabeza de alguien mezquino, celoso, hipócrita y profundamente incapaz de amar sin poseer. Proust retrata con una precisión casi insoportable esa forma de duelo que nace nada más y nada menos que del orgullo herido.
Fuera de lo anterior, el libro está escrito por Marcel Proust: impecable.





