- con arriesgados y originales puntos de partida, con comienzos de esos que te agarran por la solapa: Ya en el primer párrafo, Linda, la narradora de la novela, nos dice... Yo estaba convencida de que ese era mi destino: que un avión me reconociera como un alma gemela en pleno vuelo y, arrebatado por la pasión, renunciara a su dominio del cielo, precipitándonos a tierra en una carnicería que fundiría nuestras almas para toda la eternidad. Alguien puede decir que eso de enamorarse de una máquina, de un "ente" o como queráis ya estaba inventado (por ejemplo, Her o Ghost (¿Ghost?, Koldo)), pero en este caso hablamos de un amor físico, lo que vendría a ser, como poco, una vuelta de tuerca. En cualquier caso, el riesgo está ahí y sostener durante 300 páginas una novela que parte de esa premisa tiene su mérito.
- con buen desarrollo de las tramas y subtramas: No es lo mismo un relato de 40 páginas que una novela de 300 (ojo que esta frase te la firman los mismísimos Perogrullo y/o M. Rajoy) y anda que no hay autores de relato a los que se les ven las costuras cuando pasan a la novela. No el caso de Kate Folk. En los que a tramas y subtramas se refiere, Folk es capaz de introducir en la novela tramas, temas y personajes secundarios que podrían funcionar perfectamente por sí solos, algo muy de relato, pero que, al mismo tiempo, están perfectamente imbricados en la trama principal.
- finales a la altura: No sé si en el caso de la novela es la expresión más acertada, la verdad, (ya me diréis cuando la leáis), pero sí que creo que es un final coherente con el desarrollo previo de la novela. Abierto, sí, pero coherente.
Un libro al día
Cada día, una nueva reseña
viernes, 4 de septiembre de 2026
Kate Folk: Sky Daddy
jueves, 3 de septiembre de 2026
Haruki Murakami: Kaho
Título original: Kaho (夏帆)
Años de publicación: 2026
Traducción: NA
Valoración: se deja leer
miércoles, 2 de septiembre de 2026
Shintaro Kago: Novia ante la estación y otras historias
martes, 1 de septiembre de 2026
Reseña Bipolar. Fernando Bonete: La hija del Fénix
Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: rancio
Si no conociera a Fernando Bonete...
Hubiera leído La hija del Fénix hasta la página 45 o 50, y abandonado entonces, ya algo desganado porque lo de la novela histórica no es lo mío, ni siquiera me habría dado la curiosidad como para interesarme sobre el enlace entre los dos pinturas que preceden al texto, cosa que ya, más o menos, la sinopsis se hubiera encargado de desvelar. Seguramente, tras una mirada bastante fugaz a la semblanza del actor, hubiera pensado otro más que se va a dedicar a la novela histórica. En cualquier caso, como son libros que suelen estar confinados a las mesas de las librerías de Planeta o de grandes superficies, difícil que me cruzara con este género y que coincidiera encima el autor. Chao pescao.
Pero conozco a Fernando Bonete...
Que, claro, ha publicado esta novela, y en Espasa (subsidiaria de Planeta con firmas como Risto Mejide en su nómina) porque en su vida paralela como bookstagramer, o cómo narices querráis llamar a eso, alcanza ya cerca de setecientos mil (o 700 K) seguidores, muchos de ellos, meros curiosos, claro. Pero alguno seguirá sus recomendaciones a pies juntillas, y acumulando cientos de comentarios en sus posts (alguno de ellos, por lo de diversificar, hablando, lo juro, de los cinco mejores pasodobles, o las cinco películas más tristes) y elevado, con contratos publicitarios de por medio, las cursillas son mías, a la cima de la divulgación cultural conseguida, eso sí, por sus méritos, muchas veces con la burda estrategia de esconder la portada del libro hasta el final del reel, y a ser incluso saludado por los monarcas españoles, en una de esas extrañas y protocolarias recepciones. Desprende una imagen de yerno perfecto y dedica esta, su primera novela, a su familia, cómo no, no hay sitio alguno a referencias perniciosas.
Claro que algún escéptico dirá que es que le tengo (o le tenemos, aquí somos asamblearios, argh, incluso en eso) envidia. Bueno, nosotros enseñamos la portada de buenas a primeras, y la valoración va pronto, no hay suspense que administrar, pues tanto no nos obsesionan ni los seguidores ni las visitas. Puede que pienses, Fernando, si nos lees, pero esto es una conjetura, qué pringaos que no monetizan, pero nos gusta la independencia (aclaro, la del blog) y no tener que rendir cuentas.
Bueno, centrémonos: lo del libro. Diría ya, a costa de mi última expresión: rendir cuentas ante el Altísimo. Porque la característica principal de La hija del Fénix es el rigor con el que Bonete* afronta el lenguaje, recargadísimo de toda clase de expresiones arcaicas, especialmente, justificado, en las especulaciones de diálogos o correspondencia, pero, injustificado, cuando, en varios momentos, el narrador aclara relatar desde un periodo más cercano a la actualidad y no al del siglo XVII en que se desarrollan los hechos. Esa es una primera y sustancial barrera, ya no las eternísimas últimas treinta o cuarenta, sino todas y cada una de las trescientas ochenta páginas del libro, que sufren de ese lenguaje impostado e incómodo, que seguramente el autor ha documentado, y al que no ayuda para nada su gusto por las frases eternas, su tendencia a barroquizar no solo lenguaje, sino construcción. Y creo que en el subgénero elegido para su puesta de largo, que es la novela histórica con aires eventuales de folletín, la legibilidad debería ser una premisa.
Y no: esta biografía de una hija ilegítima de Lope de Vega que se confinó, por tal condición, en un convento y se dedicó a escribir, quedando mucha de su obra reducida a cenizas, mientras Lope de Vega seguía saltando de cama en cama (a pesar de su sacerdocio) y mendigando a la nobleza madrileña dinero, o favores, para poder mantener a su familia - a la suya y a todas las que eran obra de su inmensa tarea de fecundación - como novela resulta ser una mera exhibición bastante onanista. En algún momento Bonete pretende intercalar algún mensaje ligeramente reivindicativo, pero el encarcaramiento de su prosa lastra de forma absoluta cualquier tímida intención, oculta entre tanto ornamento, tanta ampulosidad, es tal la necesidad de mostrar lo mucho que ha investigado, que ha trabajado, que se ha documentado, que la novela se desmorona donde estas novelas deberían remontar: cautivando al lector, empujando a seguir.
En fin: Fernando Bonete ha elegido (a tenor de su bagaje lector entiendo que pudo manejar otras opciones) lo que es provechoso económicamente: ser un nuevo Pérez Reverte. Dice, en algún momento, que para atreverse a escribir se ha de haber leído mucho (Markson dijo que mil quinientos libros leídos por uno escrito: echad cuentas). Venderá unos miles, por supuesto. Su figura seguramente crezca, e incluso algún incauto le procure rendidas alabanzas, pues hay que encontrar salvadores de la literatura y nos conformamos con poco. Sus siguientes pasos puede que sean recomendar los estantes en que - tan ordenaditos - guarda sus libros, o quizás aconsejar el tono del estampado de sofá o de cortinas que mejor combinen con ellos.
Una broma muy privada sería decir que es el Emilio Aragón de los prescriptores, si bien esto ya poca gente va a pillarlo. Pero es que es justo eso.
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* No me quedaré con las ganas de parafrasear a Jarvis Cocker y decir I am not Fernando Bonete though I have the same initials.
lunes, 31 de agosto de 2026
Colaboración: El repartidor de Pekín, de Hu Anyan
Título original: 我在北京送快递
Traducción: Javier Altayó
Año de publicación: 2023
Valoración: entre Está bien y Recomendable
Tenemos aquí un libro muy curioso. Fenómeno de ventas en su país de origen y aclamado en muchos otros, no es una novela de autoficción, ni tampoco una autobiografía, ni un libro de desarrollo profesional, ni un tratado filosófico: podría decirse que es todo eso a la vez, y que lo es como por casualidad. Pero ya sabemos que, en arte, lo que parece casualidad no suele tener nada de casual.
El Repartidor de Pekín cuenta la historia del propio escritor, que trabajaba durante una época como repartidor en Pekín, valga la redundancia. La primera mitad del libro se centra en esta época, y habla de las dificultades logísticas de su vida laboral, las dinámicas de empresa, las relaciones entre empleados, y las interacciones con los clientes. Como si de un diario se tratara, el autor nos cuenta anécdotas y reflexiones de su día a día, desgranando situaciones y persona(jes) con una mirada crítica (y autocrítica) pero compasiva y optimista.
El resultado es sorprendentemente fascinante: uno no puede dejar de leer. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que las nimiedades y miserias de la rutina de un hombre cualquiera nos enganchen? Yo creo que por dos motivos. Uno es el tema en sí mismo, con el que la gran mayoría de la gente se puede identificar: todos tenemos o hemos tenido colegas tramposos, reuniones superfluas, transacciones desagradables… y todos queremos ser felices a pesar de ello. Por eso, leer a Anyan es como tener una cámara oculta en nuestras propias vidas. Esto inevitablemente nos lleva a compararnos con él, y como el autor no se limita a dejarnos entrar en su realidad (eso sería como un vulgar Gran Hermano literario) sino que la analiza e intenta extraer de ella algún aprendizaje moral, el paralelismo nos obliga a aplicar a nuestras historias su misma perspectiva, a analizarnos como hace él y sacar conclusiones provechosas sobre nuestras propias andanzas.
El otro motivo del “enganche” es el estilo coloquial y sencillo del autor. Es como si escribiera igual que habla, y es fácil entender lo que nos cuenta, sus reflexiones fluyen con las páginas. Parece como si estuviéramos leyendo cartas (bueno, emails, que esto es el s. XXI) de un amigo; teniendo en cuenta que estamos hablando de un libro de una cultura tan lejana a la nuestra, esto no es baladí. ¡Es tan cómodo de leer!
Pero – porque lamentablemente hay un “pero” – las virtudes del libro se diluyen en la segunda parte. Aunque el estilo se mantiene, el autor se limita a enumerar empleos y situaciones pasadas sin entrar en mucho análisis, y el resultado es una narración árida, casi técnica. De vez en cuando hay algún pasaje disonante que refresca la experiencia (por ejemplo, Anyan nos cuela un maravilloso mini-ensayo sobre la música Rock) pero en general la lectura se hace monótona. A mí me costó mantener el interés.
El Repartidor de Pekín termina con una recapitulación sobre lo que el autor llama “otros aspectos de la vida”. Anyan reflexiona sobre el concepto de trabajo, sobre lo que significa la libertad, y sobre la aspiración de ser feliz. Son apenas cinco páginas, pero ¡qué densidad filosófica! La última frase es contundente: “Cuanto más vivo, más claro tengo que no vale la pena vivir enfadado y lleno de odio”. Es un bonito final para este libro tan diferente como irregular.
Firmado: Yaiza P.
domingo, 30 de agosto de 2026
Claudia Amador: Altasangre
Año de publicación: 2026
Valoración: bastante recomendable (aqunque quizá no para todos los paladares)
He leído calificar esta novela como "gótico caribeño" (hay que aclarar que, hoy en día, parece que toda literatura de terror que no está escrita en inglés se considera como "gótico esto" o "gótico lo otro". Porque así suena más guay o por lo que sea). Es decir, que cualquiera pensaría que estamos ante un cruce entre el género de horror o terror de toda la vida y el realismo mágico. ¿Esto es así, realmente? Pues sí, pero no... Por un lado, es cierto que Altasangre recuerda, en cierto modo, a Cien años de soledad -habida cuenta, además, que la autora es colombiana-, pues también nos cuenta la historia de una peculiar dinastía familiar, los Vanterroso, dominados por la matriarca doña Julia, Señora de la Costa -Claudia Amador, además de colombiana, es natural de Barranquilla-; por otro lado, la novela nos remite a ficciones vampíricas poco ortodoxas y, más en concreto (o al menos a este servidor), a los cómics y pelis de Blade, pues aquí también encontramos todo un worldbuilding en el que el mundo está dominado por los vampiros considerados "purasangre". Aunque, en este caso, no se ocultan, sino que se encuentran bien visibles en lo alto de la pirámide social, económica y depredadora, hallándose por debajo los llamados "mixtos" y los simples humanos.
Desde su mansión o sus aposentos del Altasangre Club -ahí tenemos el título-, doña Julia Vanterroso impera sobre todo este entramado social, aunque, poco confiada en el resto de su descendencia, ha puesto todas sus esperanzas de futuro en su nieta Julieta, que precisamente va a ser la Reina del carnaval de ese año, principal y esperado acontecimiento festivo de la Costa. ya veremos, y no adelanto más, cuales son sus intenciones para la niña. Una niña a la que su naturaleza convierte en extremadamente peligrosa, no sólo para los humanos, sino para los demás vampiros (ya os digo que esto me recuerda un poco a Blade). Ahora bien: no todo van a ser vampiros y baños de sangre a raudales -de esos hay muchos, en todo caso-; en la novela también encontramos todo un despliegue de seres sobrenaturales: diablos y ángeles, presencias incorpóreas pero chismosas, fantasmas que se aparecen en sueños, espantosos mutantes, dioses primigenios... En fin, lo normal en una novela de "fantasía oscura" (porque tampoco estoy seguro de que a esta se la pueda calificar como "de terror", al menos no con todo el sentido que se le da al género). Todos ellos -y aquí encontramods, aún más, lo "caribeño" de la expresión "gótico caribeño"- moviéndose, bailando incluso, al ritmo de cumbias, rumbas, congas, bullarengues y demás música afrocaribeña... Porque la música, aunque no pueda oírse, sí se puede sentir en esta novela, y tiene una importancia fundamental...
Música que se deja sentir, incluso, o sobre todo, en la forma de escribir de Claudia Amador, un estilo exuberante, un tanto abarrocado aunque sin caer en un oscuro conceptismo, de lo que la salva, sobre todo, la extrema ductilidad, la ágil movilidad de una prosaque transita sin dificultad ni rebozo entre lo folletinesco, lo simbólico y el habla popular, que gira y se contonea al ritmo de los tambores y al sonar de las trompetas, al arrullo de unas voces que hablan de amor, de despecho y de pérdida. Un estilo que, y aquí me voy a permitir una poca (más) de pedantería, quizás sea más heredero del de Alejo Carpentier que de un García Márquez... (por su vertiente gore me ha recordado, a su vez, a La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik En todo caso, y a pesar de estar matizado por el humor -más sutil a lo largo de la novela, explícito en el último capítulo, a modo de coda, titulado Cómo quitarle la sangre a una prenda blanca-, entiendo que este despliegue carnavalesco -nunca mejor dicho- y pletórico de un cierto estilo literario pueda atragantársele a algunos lectores/as, más amantes del minimalismo o, simplemente, de las cosas más facilitas... Eso, unido a la , como ya he comentado, profusión sangrienta -y no sólo de sangre-, que puede repugnar a los estómagos más delicados, hace que no me atreva a recomendar esta novela para todo el mundo. Para los amantes del terror, lo fantástico y la diversión aparejada, por supuesto. Para los amantes de la buena literatura latinoaméricana y de la buena literatura en lengua castellana, también.
sábado, 29 de agosto de 2026
Thomas Mann: Mario y el mago y otros relatos
Título original: Mario und der Zauberer
Traducción: J. Fontcuberta, J.A. Bravo, Martín Rivas
Año de publicación: el último, 1930
Valoración: Entre Recomendable y Está bien
Aunque Thomas Mann, además de esa obra excelsa que es La muerte en Venecia, asienta su fama en tochos de magnitud muy notable, su bibliografía se extiende mucho más allá de esos tres o cuatro grandes volúmenes. En tiempos recientes descubrí con placer Viaje por mar con Don Quijote y, habiendo disfrutado de la prosa exacta y elegante del maestro, me decido a rebuscar entre su narrativa más compacta, hasta que doy con este pequeño recopilatorio de tres relatos de mediana extensión.
Curiosamente, el libro incluye dos textos de una etapa relativamente temprana (1902 y 1903), más el que encabeza el volumen, que corresponde a un periodo de madurez, casi treinta años más tarde. En los dos primeros detectamos varios elementos que volveremos a encontrar más adelante, en especial en La montaña mágica, aunque también ecos que recuerdan a algunas otras obras.
Tristán, inspirada en la leyenda clásica, presenta en el conocido marco de un sanatorio la eterna dualidad en el amor: el romántico (platónico, en apariencia imposible) frente al pragmático, entendiendo este último no ya como la relación de mera conveniencia o interés económico, sino como la consecuencia de la sensatez, la consideración de todas las variables, estabilidad, vida previsible, comodidad si se quiere, afecto seguro aunque sea tibio. En el otro lado de la balanza, la promesa de sensaciones intensas, el amor total, saciante, quizá obsesivo. En el trasluz está la poesía, el alma artística que admira la belleza con voracidad y lo interpreta como amor, un tema recurrente del autor que también aquí es tratado con sutileza y habilidad para dejar abiertas todas las posibles respuestas.
Tonio Kröger comienza como una prometedora novela de formación, examinando los sentimientos ambiguos de un jovencito de catorce años. Imposible no evocar al Tadzio de La muerte en Venecia, aunque sobre todo volvemos a tener delante la dicotomía presentada en Tristán, que en esta ocasión va aún más lejos. Se trata de enfrentar dos formas de vida, la del artista, excesivo, con su peculiar perspectiva, y la vida ‘dulce y trivial’ de muchachos rubicundos, sanos y felices, apegados a su visión burguesa y convencional del mundo. La deliciosa forma de narrar de Mann, fuertemente clásica, no puede ocultar una notable descompensación en el desarrollo de la historia, sumergiéndose sin recato en largas reflexiones en torno al arte y el artista, que pesan en exceso en el relato, como si arrastrase un ancla.
Hay que reconocer que el autor tiene esa tendencia a sobredimensionar la digresión, lo que a veces pone las cosas algo difíciles al lector. Este sesgo se manifiesta en parte también en Mario y el mago, que se inicia de forma brillante situándonos en un entorno vacacional de balnearios con cierto aire decadente. Es una narración de tono en apariencia ligero, conducido con maestría hasta desembocar en una larga escena circense que, si bien muestra igualmente cierta falta de medida, mantiene sin embargo la tensión, que va creciendo hasta coronarse en un final muy logrado.
Hay quien interpreta este relato como una alegoría del ascenso de los fascismos (recordemos la época en que se escribe) y más en concreto la construcción de liderazgos fundados en la mentira y la manipulación. Y aunque no suelo ser muy partidario de buscar capas de significado demasiado remotas, en este caso creo que es una lectura perfectamente lógica, como lo es también la exploración en la psicología de los personajes (mago y espectadores).
Tenemos por tanto altibajos en las tres propuestas, aún más lógico por corresponder a etapas muy diferentes, distintos tics muy propios de autor y atmósferas que claramente evocan algunas de sus obras más conocidas. Todo lo cual compone un volumen que combina lo disfrutable y lo tibio, aunque siempre sin dejar de admirar la naturalidad y elegancia de este autor.





