jueves, 22 de octubre de 2026

Tatiana Țîbuleac: Cuando seas feliz, golpea tú primero

Idioma original: rumano
Título original: Când ești fericit, lovește primul
Traducción: Marian Ochoa de Eribe en castellano para Impedimenta y Corina Oproae en catalán para Amsterdam Llibres
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Hay autores que tienen un mérito especial: que su prosa sea reconocible a pesar de cambiar el enfoque o el tono de la misma. Este es el caso de Țîbuleac y el de la novela en la que se basa esta reseña porque la autora deja de lado ese estilo poético que enamoró a muchos (entre los que me incluyo) para pasar a un estilo más seco, más duro, más crudo y, en cierto modo, más real. El cambio que se atisbaba ya en su anterior novela «El jardín de vidrio» lo culmina en este libro en el que la dureza que rezuma honestidad es su principal virtud y, a su vez, se erige como elemento de denuncia y lamento. 

Empieza el libro con una frase que es toda una muestra intenciones: «hoy se cumplen seis meses desde que juré que no volvería a beber» y la manera que tiene nuestra protagonista de espantar las ganas de beber es correr, aunque tiene claro que «el objetivo es el agotamiento. Escurrirte hasta la última gota, eliminar hasta la última pizca de placer y atormentarte tanto que llegues a asquearte a ti misma», aunque desgraciadamente, tal y como confiesa, «el problema es que yo no tengo nada que volver a ser. Yo ni siquiera tengo donde regresar».

Con esta introducción la autora nos presenta a Mila, la protagonista del relato, quien acude a la consulta de Benoît Gérard para superar su adicción al alcohol, y con ello encontrar la salida a una vida diferente de la que esperaba, pues ella ansía vivir la vida que cree que merece, una vida que le permita trabajar de lo que ha estudiado y comer bien y poder disfrutar de fines de semana largos y tener vacaciones, «pero, como no tengo nada de lo que debería ser mío, al menos tenía el alcohol, que me arrastraba a través de esa negrura, como por un puente largo». Así nos narra su situación actual, muy diferente a su pasado en el que vivían los tres juntos en un pequeño apartamento antes que muriera su madre; una madre cuya ausencia es nuclear, pues «mi padre solo pasaba por casa a cambiarse de ropa y descansar para las cosas verdaderamente importantes: el trabajo, en la redacción, los amigos, los viajes. Para mi madre, en cambio, el trabajo era yo, y lo verdaderamente importante era la emoción». Una madre con una vida frustrada en parte, como la de muchas mujeres de la época, pues «cuando hablaba de lo que habría podido llegar a ser, si no hubiera quedado embarazada, mi madre resplandecía». Una familia que se sostiene, pero la muerte de la madre lo cambia todo: ella la echa de menos, sus atenciones y su cariño; también su padre, pues echa de menos que alguien se ocupe de su hija porque, además, por tener que cuidar de ella «ya no podía viajar, y eso le sacaba de sus casillas». Combinando la narración en el presente (que ubicaríamos en nuestro tiempo actual) con recuerdos del pasado de Mila en Chisináu (que enlazaría perfectamente con la época narrada en «El jardín de vidrio») y con la independencia de Moldavia tras la desintegración de la Unión Soviética como gran telón de fondo, Țîbuleac ha escrito un libro plagado de tristeza y soledad; la soledad de una niña, sin madre, con un padre que, si bien no la trata mal, tampoco está mucho por ella. Así, la niña sobrevive entre sombras en un apartamento en el que, cuando se levanta, ya está vacío por la ausencia del padre y por la noche, a pesar de su presencia, sigue vacío en su interior. Por ello, su vida la ocupa principalmente la escuela y la amistad con el hijo de la vecina al que trata como a un hermano y, también, el permanente recuerdo de su madre. 

De esta manera, el relato que ha escrito Țîbuleac tiene evidentes rasgos de sus anteriores textos, pero en este caso deja de lado el encanto de su prosa para convertirla en algo más fría, más aséptica; sin el delicado sarcasmo que disimulaba el rencor (aunque también el cariño) en «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» en este caso la autora despoja el texto de calidez, de cercanía, y teje un texto en el que la distancia permite empatizar con la frialdad que rodea la vida de Mila aunque, más allá de los dramas individuales que atraviesan los personajes, la autora cuestiona, en boca de su protagonista, si su verdadero trauma no es causado por “su” vida, sino que se trata de un trauma común, «el de todos los que abandonaron su país en busca de una vida mejor, pero no la encontraron». Con ello, en este duro libro Țîbuleac retrata especialmente el infortunio de una generación de jóvenes de países del este y, a través de Mila, da voz a todos los emigrantes que dejaron sus países en busca de una vida mejor en una migración en búsqueda de nuevas tierras y nuevas oportunidades, en una época en la que abandonar el lugar de nacimiento parecía la única forma de labrarse un futuro, aunque la tierra de acogida fuera estéril, pues ofrecía únicamente (y con suerte) trabajos precarios y condiciones insuficientes. Y en esa migración la eterna pregunta de si la decisión fue correcta, de si la elección de la vida la escogemos nosotros o viene dada de antemano y nosotros somos tan solo sus testigos. Por todo ello, este es quizás su libro menos poético, menos agradable al lector, pero probablemente por ese motivo es quizá el que más abiertamente expone los problemas de la sociedad forzada a emigrar, pues esta es una novela sobre la lucha por seguir adelante cuando todas las cartas están marcadas desde un inicio, y quien reparte el juego en el azar de la vida no tiene buenas intenciones. Los pocos sueños que se atreven a tener son pesadillas vestidas de prosperidad, pero la imperiosa necesidad de salir de la vergüenza de la precariedad empuja a esos jóvenes a dejar la vida conocida y adentrarse al mundo frío, inhóspito e interesado.

En el aspecto estructural, cabe decir que detecto últimamente en libros sobrecogedores (con experiencias en parte traumáticas) cierta tendencia al (ab)uso de la analepsis para relatar momentos del pasado que de una forma u otra afectan a la manera de ser o a la vida posterior de sus personajes; a menudo, estos episodios hacen referencia a momentos de la infancia o de la adolescencia, momentos vitales en las que somos más influenciables y, por tanto, cualquier situación comprometida puede incidir en nuestra formación como personas. Y, a pesar de que uno es más partidario de la narración diacrónica por aquello de la continuidad argumental, no me desagrada el uso de esos saltos para romper el relato e ir introduciendo pinceladas que permitan entender a sus personajes, pero (siempre hay un “pero”) hay que tener mesura en su uso porque de lo contrario puede tener como resultado un texto fragmentado en exceso, causando no la desconexión, pero sí una cierta desubicación en contexto y personajes. De todos modos y a pesar de la narración quizás excesivamente fragmentada y desordenada en el tiempo, el estilo de Țîbuleac cautiva y deslumbra en el último tercio del libro donde la autora parece encontrar finalmente, ella ya también, el lugar en el que pertenece. 

En esta novela con marcados tintes autobiográficos (su emigración a Francia y, con ella, el inicio de su dedicación a la escritura, la profesión del padre y el contexto socioeconómico), la autora hace una férrea defensa de una vida con la presencia constante y muy presente de los libros y Mila, de la misma manera y en parte por erigirse el alter ego de la autora, afirma sobre su padre que «había reunido varios miles de libros a lo largo de su vida; los apiló en la habitación, levantando con ellos, torres, muros, pirámides». Quizá simbológicamente esa sea la función de la literatura, levantar a través de los libros una barrera intelectual y emocional que nos permita lidiar con un mundo cada vez más hostil y donde la cultura parece perder importancia. 

También de Tatiana Țîbuleac en ULAD: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, El jardín de vidrio

miércoles, 21 de octubre de 2026

Pablo Escudero Abenza: La culpa de todo la tiene Gordon Lish

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2026
Valoración: Recomendable

Tenemos nueva editorial en el mundillo. Se hace llamar Luz de fondo y este La culpa de todo la tiene Gordon Lish es su primera referencia, lo que no deje de ser una apuesta arriesgada tanto por tratarse de un libro de relatos como por tratarse de un autor no excesivamente conocido. Ojalá la apuesta funcione porque el relato es un género que me encanta y, por encima de todo, porque los relatos de Pablo Escudero Abenza tienen un buen nivel medio.

Diez son los textos que componen este volumen de contundente título que podríamos insertar en la tradición minimalista norteamericana (y no solo por la referencia a Gordon Lish o por las citas de McCullers, Smiley, Michaels o Moore). Así, mientras a nivel argumental los relatos de Escudero Abenza retratan, en ocasiones de forma tragicómica, los fracasos y desengaños de tipos de mediana edad y clase media, a nivel estilístico los textos se caracterizan por la ausencia de florituras lingüísticas y por la importancia que en ellos tiene lo "no dicho". Porque... la realidad está llena de cosas que no llevan a ninguna parte, de hilos sueltos y de botones que no encajan en el ojal correspondiente.

Ya digo que, en general, el conjunto me parece coherente tanto a nivel interno como externo. Solo hay dos relatos que, al menos aparentemente, chirrían un poco: La verdadera (y posiblemente triste) historia de la infancia de Peter Parker, por extensión y tono, y La culpa de todo la tiene Gordon Lish, relato en que la voz narradora es la de una chica de unos 25 años. Ahora bien, este último puede ser leído como el reverso de los demás relatos y, leído de esa forma, su integración en el conjunto parece justificada.

Curiosamente, además, es uno de mis tres relatos preferidos y o es por su sordidez y su carácter más directos. Los otros dos serían Apaches, relato que supone una vuelta al pasado, a cómo se forman las tradiciones y recuerdos y que tiene el que probablemente sea el final más potente de todos, y El pequeño topo..., texto que cierra el volumen, que condensa perfectamente el tono y las obsesiones del mismo y que nos deja un final magnífico

Konec significa FIN en checo. Hace décadas que las películas y los relatos no terminan con un fin claro. (...). No hay un Konec al final del camino. Solo cascotes, polvo, sueños, risas.

Por terminar, haciendo un símil musical, La culpa de todo la tiene Gordon Lish sería un buen álbum del que yo tengo mis canciones favoritas pero al que le falta un gran single. Eso sí, como álbum funciona y nos descubre a un Pablo Escudero Abenza que se maneja a la perfección en el formato breve.

También de Pablo Escudero Abenza en ULAD: La habitación de las niñas

martes, 20 de octubre de 2026

Lana Corujo: Han cantado bingo

Idioma original: Español

Año de publicación: 2025

Valoración: Muy recomendable


Crudo, tierno, desgarrador, dulce, intenso. Madre mía, qué libro. Me ha dejado aturdida. 

Han cantado bingo es la primera novela de la artista canaria Lana Corujo, ¡y qué novela! Con una estructura arcana, saltos temporales y capítulos irregulares, cuenta la historia de dos hermanas que viven en algún lugar de la Lanzarote contemporánea. Está narrada en primera persona por una de ellas, que nos da a conocer su realidad familiar, sus fantasías y sus miedos a través de confidencias y de escenas cotidianas. 

Corujo empieza la novela sin miramientos, zambulléndonos directamente en la historia, que desde el primer momento nos lleva dando bandazos entre la infancia y la juventud de la narradora. Los episodios infantiles están contados con la cándida franqueza propia de los niños, que a veces puede resultar graciosa e ingenua pero otras resulta de una sinceridad certera y demoledora. Los capítulos que se ocupan de momentos posteriores son esclarecedores y reflexivos, muestran más madurez. El tono oscila entre el suspense y la melancolía. El ritmo es siempre ágil. 

El texto está lleno localismos que evocan fielmente el ambiente de Canarias, y de descripciones que evocan igual de bien sus reconocibles rasgos paisajísticos. No es un mero ejercicio de estilo: la orografía lanzaroteña tiene un papel central en los juegos de las hermanas protagonistas, y por ende en la historia. 

No diré nada sobre la trama, porque sería chafar la experiencia que ofrece la novela. Yo la leí sin saber de qué trataba, y me alegro de que así haya sido, porque de otro modo no sé si la hubiera leído... y me hubiera perdido un libro bellísimo. Desorientador, devastador, pero bellísimo. ¿Por qué me lo parece? Porque trata de sentimientos complejos y difíciles con ternura pero sin sensiblerías, y está escrito en un lenguaje sencillo y de gran efecto estético.      

El amigo que me recomendó esta novela la presentó de este modo: "el piberío canario (las pibas, especialmente) ya no está esperando ningún aplauso para crear con lo que les sale de dentro, y los resultados están siendo espectaculares". Para muestra, un botón. Muy recomendable.

lunes, 19 de octubre de 2026

Salman Rushdie: La penúltima hora

Idioma original: inglés

Título original: The eleventh hour

Traducción: Luis Murillo Fort

Año de publicación: 2025

Valoración: Recomendable


Quizá la característica más sobresaliente de Salman Rushdie es su capacidad para contar historias. Al parecer Ursula K. Le Guin le calificó como ‘nuestro Sheherazade’ y, hay que reconocer que dio en el clavo. Rushdie ofrece narraciones en las que ocurren cosas, textos amenos, de prosa sencilla y clara, con sus gotas de ironía, de ternura, de magia, siempre muy medidas y distribuidas con naturalidad. Tiene ese don, como el del familiar que en una sobremesa se pone a contar viejas historias y en poco tiempo ha captado la atención de todos, que quieren escuchar más, interesados, divertidos, a veces conmovidos. Aunque esas cosas, lo de la sobremesa, digo, seguramente ya no se hacen. Pero Rushdie sí que está ahí, de momento.

De momento, porque el autor de origen indio, cerca ya de los ochenta años y cargando a la espalda con las complicadas circunstancias que le han tocado vivir, parece muy consciente de que el telón empieza a cerrarse, y además quiere dejarlo claro. Lejos de escritores cuyos últimos años de vida, libre de ataduras, hacen brotar cosas extrañas, la extravagancia o la osadía con la que no se atrevieron en su momento, Rushdie ofrece un libro crepuscular con el que parece querer mostrar cómo se siente ante el declinar de la vida.

Puede parecer oscuridad o pesimismo, pero no es lo que rezuman los cinco relatos de La penúltima hora. Rushdie sigue narrando sus pequeñas o grandes historias con el estilo diáfano y asequible de siempre, aunque rondando con frecuencia los temas que ahora le interesan. En el sur es la simpática relación de dos viejos siempre en disputa pero unidos por sus circunstancias, con la emotividad en apariencia enterrada bajo el mal humor; y la metafórica El viejo de la piazza dibuja desde la misma perspectiva todo un relato de nuestra historia reciente. 

En La intérprete de Kahani es donde el estilo ‘Mil y una noches’ se funde con una especie de relato ‘bollywood’, con historia galante y elementos mágicos, que también aparecen en Finado, tal vez con rasgos autobiográficos o auto-bibliográficos, que muestran al escritor al final de sus días, o más bien un poco más allá de ese final. El humor sobrevuela la narración sin esconder tampoco las heridas de un pasado trágico, no del todo cicatrizadas, por las que sigue siendo necesario reclamar justicia.

Dentro de un nivel general muy digno, Oklahoma me parece el relato más logrado, volviendo sobre los pasos del anterior, escritor en su declinar, con trayectoria interrumpida por algún suceso no desvelado, aunque en este caso con argumento algo más sofisticado y elementos de un relieve especial, como un intenso diálogo, tomando pie en el América de Kafka, entre Goya y El Bosco. Distintos puntos de vista desde los que mirarse, como escritor y como persona, confundidos en un argumento brillante, sin perder nunca de vista las obsesiones del autor en esta penúltima etapa: la muerte y la locura, vivir esos últimos años buscando en sí mismo, o simplemente persiguiendo lo que antes no se encontró: el sosiego, la verdad, la parcela posible de bienestar que la vida, quizá, puede finalmente conceder.


Otras obras de Salman Rushdie reseñadas en ULAD: La decadencia de Nerón Golden, Los versos satánicos, Dos años, ocho meses y veintiocho noches


domingo, 18 de octubre de 2026

Guillem López: La polilla en la casa de humo

Idioma original: Español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

En el pozo, una caverna con incontables túneles, galerías y pasadizos, hay pocas opciones para los más desfavorecidos: entregar su cuerpo al dios de la mecánica y ser útil en una excavación sin fin o convertirse en un paria desempleado. El joven Veintiuno, adicto a sustancias con las que evadirse de su despiadada realidad, fantasea con medrar en su entorno o incluso con abandonarlo en pos de la superficie. Un día, deja su precario trabajo sin avisar a su una familia y emprende un periplo de mentiras, engaños y traiciones, con el que pretende hacerse un hueco en los bajos fondos. Pero el embrollo en el que él solito se ha metido le obligará a abandonar cualquier atisbo de ética y damnificará tanto a conocidos como desconocidos.

Esta es la premisa de La polilla en la casa de humo, cruda, incómoda y desgarradora novela de apenas ciento setenta páginas. En ella, Guillem López nos sitúa ante una sociedad distópica, sucia, degradada y violenta, que no es sino un reflejo de la nuestra, pues ambas comparten una obsesión casi religiosa por el trabajo, la explotación y deshumanización laboral, la atomización del individuo incluso en el núcleo familiar, la obscena desigualdad de clases o la imposibilidad de prosperar sin caer en la amoralidad.

Es precisamente la sociedad creada por López, así como el mundo alrededor del cual ésta se articula, una de las principales virtudes de La polilla en la casa de humo. A fin de cuentas, el pozo no sólo funciona a modo de espejo para hacer crítica social, como ya he adelantado antes, sino que es también un escenario imaginativo y detallado, con sus nombres propios, su terminología, sus expresiones coloquiales, su fauna y flora, sus rígidas jerarquías, su ley (o leyes, más bien, porque cada una de las facciones dominantes, és decir los sacerdotes del dios mecánico, el prefecto y su guardias o el hampa, impone la suya propia), su religión, su gastronomía, su moneda, sus drogas y un largo etcétera.

Otra de las virtudes de La polilla en la casa de humo es su protagonista. Veintiuno no está hecho para que simpatizes con él, pues es completamente despreciable: un muerto de hambre egoísta, mentiroso, ruin, rencoroso y dispuesto a todo con tal de mejorar su situación. Aún así, López consigue que entendamos que es víctima de un entorno miserable e injusto, y logra que comprendamos por qué llega a los reprobables extremos a los que llega. Además, no es ajeno a sentir culpa y remordimientos, y tras las racionalizaciones y justificaciones  con que escuda su forma de obrar se intuye un cariño genuino por su una familia (sobre todo hacia su difunta una madre y su una hermana, Ancas) y por sus amigos  y conocidos (especialmente hacia Ñam).

La narración en primera persona de Veintiuno está, por cierto, muy lograda. Nihilista, soez y petulante por lo general, refleja perfectamente la psicología del personaje. Además, integra adecuadamente los destellos de lucidez que le abruman momentáneamente y le hacen comprender su insignificante lugar en el gran orden de cosas, horrorizarse ante las decisiones irremediables que ha tomado y entender que, por cómo funciona realmente el sistema, él jamás saldrá beneficiado.

Podría seguir resaltando otros aspectos de La polilla en la casa de humo igualmente atractivos: su fascinante mezcla de géneros (que va desde la fantasía oscura y la distopía hasta la novela de formación y negra); su ritmo, ágil y absorbente; las pinceladas que da sobre la superficie; sus secundarios, algo esquemáticos pero imprescindibles para avanzar la trama o funcionar como contrapunto de Veintiuno. Sin embargo, me limitaré a decir que, dada su originalidad, calidad y mensaje, no me extraña que fuera ganadora del premio Ignotus 2017.

Eso sí: no la recomiendo a moralistas que crean en el virtuosismo del ser humano, ni a lectores a quienes les espante la crueldad, la escatología, el sexo, la mala leche o el humor negro en la ficción que consumen. En cambio, creo que la disfrutarán sobremanera aquellos que gusten de narraciones deprimentes, pesimistas y desagradables, y sepan tolerar (que no perdonar, ojo) a protagonistas despreciables.

Avisados estáis, pues. La escasa luz que pudiera llegar a filtrarse en las profundidades de un lugar como el pozo se encarga de apagarla Veintiuno con su egoísmo y ambición. Sea como sea, La polilla en la casa de humo es un novelón, aunque comprendo que resultará insalubre para más de uno. Sumergios en él sólo si os veis capaces de soportar una historia donde «un famélico desharrapado, cubierto de mugre, medio calvo y con dos dientes menos» (página 67) intenta combatir el destino que su hogar de nacimiento y su condición le imponen: convertirse «en algo útil» (página 29) como el resto de mineros adultos, «parcheados y descompuestos, recosidos y llenos de modificaciones y complementos»  (página 83) mecánicos.


También de Guillem López en ULAD: Aquí

sábado, 17 de octubre de 2026

Santiago Lorenzo: Contenta

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: bastante recomendable

Los detractores dirán (no importa, lo dicen también de Houellebecq, que es uno de los mejores escritores vivos, si no el mejor) que Santiago Lorenzo lleva muchos años escribiendo el mismo libro. Incluso hay quien dirá que Contenta, aunque su portada apueste por un gris anodino frente a los tonos verdosos, cierra una trilogía que podríamos adjetivar como rural o algo así. Son ya seis novelas, en lapsos más o menos pausados, que comparten, además de la cuidada edición de Blackie Books, aspectos notables. Las seis publicadas tras la crisis de las sub prime, las seis con protagonistas que difícilmente calificaríamos de triunfadores, las seis rebañadas en el peculiar estilo narrativo de Lorenzo, una mezcla eficaz y novedosa que puede chapotear por igual en el chascarrillo, en el neoanacronismo, en una socarronería con medio pie hundido en la tragedia, siempre apunto de ser levantado, siempre arrastrando algo de barro.

Si bien Contenta nos depara un primer golpe de efecto allá por el capítulo cuarto, un golpe que la convierte indudablemente en una novela más política y más social que algunas de sus precedentes. Que no voy a desvelar aquí, por supuesto. Pero que supone un cambio de registro, aunque sea puntual, y que me hace pensar que Lorenzo no quiere quedarse en un rincón casi Pynchoniano de escritor de tramas extrañas, nombres estrambóticos y guiños indescifrables. Que está tejiendo un mundo, un universo que combina giros vitales a los que el mundo actual empuja, casi siempre en contra de nuestra voluntad.

Cecilia es una joven que se ha formado en algo que está en crisis: la producción audiovisual ya no es una garantía de forrarse. Su padre ha fallecido y ella no puede seguir pagando el alquiler del piso donde vive. Toca reinventarse, entrada la treintena, pues no le ha tocado esa lotería de la herencia. Sus quince minutos de fama parecen evaporarse cuando recibe un estrambótico encargo, hacer un reportaje sobre un pequeño pueblo que resulta ser de todo menos algo reportable. Acaba viviendo allí, a base de encadenar pequeñas tareas que, junto a la cesión de una exigua vivienda propiedad del ayuntamiento, le permitirán establecerse, seguir precariamente adelante y empezar a relacionarse con el entorno, un entorno que contradice sus primeras reticencias, que se muestra algo más acogedor de lo que preveía, pero aun así, con sus pequeños trucos escondidos.

Lo dicho: Lorenzo muestra personalidad, insiste en ella, se desmarca con tozudez de adscripción a movimiento alguno, actúa como un francotirador - de perdigones, eso sí - y continua creando un universo que, lejos de ser repetitivo e intercambiable, es rico y muestra nuevas facetas e incluso algún firme compromiso.

Previamente reseñado de Lorenzo en ULAD: aquí

viernes, 16 de octubre de 2026

Gunzou x Granta: Maru Ayase, Iko Idogawa, Natsuko Imamura, Yusuku Miyauchi, Tomoka Shibasaki, Kohei Toyonaga

A pesar de que las revistas ya no se venden en esas cosas del pasado llamadas kioskos, algunas librerías destinan un espacio para estos objetos que cada vez tienen menor razón de existir (su mayor inmediatez, con respecto a los libros, no puede competir con los satélites y la fibra óptica). Paseando por la librería de mi colonia (y digo paseo porque a qué otra cosa se va a una librería, pudiendo buscar y comprar todo en línea, incluso en negocios pequeños) me llamó la atención este número especial de la revista Gunzou, la cuál suelo comprar con regularidad.

Gunzou, una de las revistas literarias más importantes de Japón, hizo una colaboración con su homóloga británica, Granta. Las dos revistas comparten un modelo similar: acogen con mayor entusiasmo a escritores jóvenes, el premio que otorgan es un escaparate importante para escritores emergentes y han publicado a escritores que llegarían a ganar el Nobel.

Esta colaboración es de lo más interesante. Es una edición bilingüe, con los escritores japoneses traducidos al inglés, y los escritores no japoneses traducidos al japonés. Así que, si se pueden hacer de un número online, podrán leer lo más reciente de algunos escritores jóvenes que tal vez se hagan con el Nobel en algunas décadas. 

Maru Ayase: We are stars

Idioma original: Japonés

Título original: Watashitachi ha hoshi (私たちは星)

Traducción: Hayda Trowell

Año de publicación: 2026

Valoración: Decepcionante

El primer cuento de esta colección es una especie de slice of life. La protagonista nos cuenta, casi como en una entrada de diario, sus vicisitudes a lo largo de un día.

Una madre recoge a su hija de la escuela para luego ir a una plaza a comer con las otras mamás. Hablan sobre cuáles son las mejores opciones para que sus hijos realicen actividades extraescolares: inglés, música, natación, etc.

Intercaladas con las actividades normales de una madre con hijos pequeños, aparecen las reflexiones de la protagonista sobre temas más o menos relacionados con lo que ocurre a su alrededor y con lo que sucede en el mundo, sobre todo aquello que ve en las redes sociales. Al estrés de lidiar con las responsabilidades de su mundo inmediato se suman la incertidumbre, la desesperanza y la incomprensión que dejan a su paso las noticias.

El contraste es interesante. Y nos podemos preguntar ¿Qué importa decidirse por una escuela de inglés por sus grupos pequeños y atención personalizada cuando ese niño quizá no vaya a tener casa ni trabajo? En una de esas terminará volando en pedazos, envuelto en alguna guerra absurda fuera de su país. O encerrado en su cuarto, jugando videojuegos y comiendo ramen instantáneo. Tiene mucho potencial.

Sin embargo, el cuento no me gustó. La vida diaria que se nos relata, incluso con sus problemas, me resulta demasiado banal. Incluso tengo la duda de si todo esto pretende ser una sátira demasiado velada y simplemente no me da la cabeza para tanta sutileza.

Pareciera que la protagonista es perfectamente consciente de la burbuja en la que vive y, aunque las noticias sobre un bombardeo o alguna crisis humanitaria le producen cierta ansiedad, da la impresión de que no pretende hacer el más mínimo esfuerzo por entender mejor lo que está ocurriendo:

Los debates políticos eran un infierno. Personas de toda ideología y punto de vista posibles se lanzaban mutuamente dolor e ira, burlas y desprecio. El mundo se estaba volviendo peligrosamente inestable.

Creo que este fragmento resume muy bien esa idea de que uno debe preocuparse por lo que pasa en el mundo, aunque en el fondo le dé igual. En ningún momento se nos presenta una mirada verdaderamente alerta ni algún hecho concreto: los movimientos de ultraderecha, el empobrecimiento de la población en muchos países (incluido el de la protagonista), el genocidio en Gaza, etc. Lo único que percibe es que los debates políticos eran un infierno, personas de toda ideología y punto de vista posibles... Bla, bla, bla.

Después vienen algunas reflexiones absurdas sobre el lenguaje que, más que pensamientos de una mujer adulta enfrentándose a la complejidad del mundo, parecen ocurrencias de un niño de primaria (perdón, me alteré). Pero es que por momentos esta historia me pareció incluso ofensiva.

No porque un cuento tenga la obligación de ofrecer un análisis político profundo ni porque su protagonista deba comprender todos los males del mundo. Precisamente una de las virtudes de la literatura puede ser mostrarnos personajes confundidos, contradictorios o incapaces de procesar aquello que ocurre fuera de su pequeña esfera. El problema es que aquí el relato parece querer otorgarle una profundidad particular a esa angustia sin salir nunca de la superficie. La protagonista mira el desastre del mundo desde su teléfono, suspira un poco y continúa con sus preocupaciones cotidianas. Esa indiferencia disfrazada de sensibilidad podría haber sido precisamente el objeto de una sátira, pero al parecer esto pretende hacernos sentir mejor.

El cuento concluye con la protagonista despidiéndose de las mamás de los compañeros de escuela de su hija y llegando, de alguna manera, a la conclusión de que el mundo, después de todo, no es tan malo:

En este mundo que se tambalea, esas manos diciéndonos adiós eran como estrellas centelleantes.

Pfff.

Iko Idogawa: Wasn't there a bigger bird

Idioma original: Japonés

Título original: Motto ookina tori ga ita hazu nan dakedo(もっと大きな鳥がいたはずなんだけど)

Traducción: Jesse Kirkgood

Año de publicación: 2026

Valoración: Recomendable

Este cuento es muy diferente de los demás de la colección en lo que respecta a su estilo. No es tan común encontrar este tipo de textos entre los escritores contemporáneos, quienes se han decantado, en su mayoría, por el ensimismamiento y la psicología de la interioridad.

En este caso, el cuento es prácticamente un párrafo continuo, narrado en tercera persona, pero siempre desde la perspectiva de un niño de primaria. El estilo se adecúa muy bien a esa mirada infantil y a la sucesión de momentos, impresiones y sensaciones nuevas que el protagonista todavía no es capaz de comprender del todo. Se nos muestran las impresiones y sensaciones más que un entendimiento de lo que ocurre.

El niño juega, tiene conflictos con otros niños, es víctima de bullying y convive con su familia. Aunque todas estas experiencias parecen atravesarlo inicialmente de una manera similar, casi sin jerarquías claras entre unas y otras, en un texto tan corto alcanzamos a percibir cómo su visión del mundo comienza a moldearse a partir de las circunstancias que lo rodean.

El cuento consigue además algo que me parece particularmente interesante: mostrarnos acontecimientos que para un adulto pueden tener significados muy evidentes, pero que el niño simplemente recibe como nuevas experiencias. Hay crueldad, miedo, amistad, violencia y relaciones familiares, pero todo nos llega filtrado por una conciencia que todavía no posee las herramientas para ordenar ni interpretar completamente lo que está viviendo.

Sin embargo, debido al estilo del texto, me perdí varias veces. Lo atribuyo también, al menos en parte, a las dificultades de la traducción: en japonés es frecuente omitir pronombres y, al no llamar constantemente a los personajes por su nombre, en algunos pasajes resulta difícil saber exactamente de quién se está hablando. Aunque creo que esto termina siendo secundario. El autor parece querer transmitirnos imágenes, sensaciones y pequeños momentos antes que construir un discurso claramente procesado por la razón, haciéndonos experimentar durante unas páginas la manera fragmentaria, inmediata y todavía incompleta en que percibe el mundo.

Natsuko Imamura: After today, that’s it

Idioma original: Japonés

Título original: Kyou de saigo (今日で最後)

Traducción: Lucy North

Año de publicación: 2026

Valoración: Se deja leer

El siguiente cuento va más por la línea de la que les platicaba hace rato: las ideas y sentimientos de una paria social.

Como no podía ser de otro modo, la protagonista encaja casi a la perfección en el estereotipo del personaje japonés contemporáneo: lleva una vida precaria, sobreviviendo al día con un sueldo de medio tiempo (aunque habría que detenernos un momento en las diferencias con Latinoamérica, porque, por Dios, ¿quién puede, ya no digamos vivir, sino siquiera sobrevivir con un salario de medio tiempo? Problemas de primer mundo), lidia con el aislamiento social y la depresión y, en este caso particular, se suma además un trastorno alimenticio (bulimia y anorexia).

Para un lector ajeno a este subgénero que podríamos llamar, provisionalmente, post-existencialismo japonés, el cuento resulta interesante. Vemos el contraste entre dos formas de vida dentro de una ciudad preapocalíptica como Tokio.

Por un lado está la protagonista, completamente alienada de la naturaleza, y no solo del entorno, sino también de sus propios instintos básicos de supervivencia. Carece de motivaciones, vive aislada y parece desplazarse por la ciudad siguiendo apenas una rutina mínima que le permite continuar existiendo.

Por otro lado, se nos presentan (claro, siempre desde los ojos de la misma protagonista) personajes que dedican su tiempo libre al alcohol, al ruido, al consumo y a una búsqueda constante de sobreestimulación.

Son, al final, dos formas distintas de una misma deshumanización. Unos se retraen hasta casi desaparecer y otros se saturan de estímulos para no tener que detenerse a pensar. En ambos casos, queda la impresión de una sociedad profundamente indolente, incapaz de ofrecer vínculos, propósito o siquiera una razón convincente para seguir participando en ella.

El cuento funciona mejor, para mí, como retrato de ese estado de ánimo que como historia propiamente dicha. No hay aquí una gran revelación ni una idea particularmente novedosa, sobre todo si uno ya ha leído varias obras japonesas contemporáneas construidas alrededor de la alienación, la precariedad y el aislamiento. Pero está bien contado, tiene una atmósfera consistente y logra transmitir con bastante eficacia esa sensación de estar viviendo en una ciudad inmensa, rodeado de personas y, al mismo tiempo, completamente solo.

Yusuke Miyaguchi: The man with seven genders

Idioma original: Japonés

Título original: Nanatsu no sei wo motsu otoko (七つの性を持つ男)

Traducción: Matt Treyvaud

Año de publicación: 2026

Valoración: Está bien

La diferencia de estilo de este escritor con respecto a los anteriores se entiende un poco mejor al conocer sus antecedentes. Miyauchi pasó buena parte de su infancia en Estados Unidos, adonde llegó con cuatro años y donde permaneció hasta los once o doce. Además, antes de dedicarse a la literatura trabajó durante unos ocho años como programador. De pronto, esta especie de pulp tecnológico, con hackers, corporaciones malvadas, conspiraciones, traiciones y personajes excéntricos, resulta bastante menos inesperada.

De hecho, esos dos mundos (Estados Unidos y las computadoras) aparecen constantemente en su obra. En entrevistas, Miyauchi ha dicho que conserva algo así como dos canales mentales, uno japonés y otro estadounidense, y que la diversidad racial del Nueva York de su infancia siempre le pareció, en sí misma, una situación bastante cercana a la ciencia ficción. También ha hablado de las dificultades que tuvo con el idioma y de las experiencias de discriminación racial que vivió durante esos años.

Por eso tampoco parece casual que en The Man with Seven Genders aparezcan cuestiones relacionadas con la integración racial, la pertenencia y la clasificación de las personas. No sé hasta qué punto Miyauchi pretende defender aquí una postura concreta sobre estos temas, pero sí parece evidente que le interesan desde hace tiempo. En Kabul no Sono, por ejemplo, la protagonista es una mujer estadounidense de ascendencia japonesa que debe enfrentarse tanto a la discriminación sufrida durante su infancia como a su propia relación conflictiva con la identidad japonesa; incluso aparece la historia de los campos de internamiento de japoneses en Estados Unidos.

No sé si todas las ideas terminan de cuajar en un cuento tan corto, pero se puede considerar como una parte más de su obra completa.

Tomoka Shibasaki: Nothing to do with it

Idioma original: Japonés

Título original: Nani mo shiteinai (なにもしていない)

Traducción: Eriko Ikeda Kay

Año de publicación: 2026

Valoración: Recomendable

Mi principal problema al tratar de entender este cuento es mi ignorancia de ciertas sutilezas de la historia contemporánea de Japón. El relato parece tener varias capas de lectura, de las cuales me da la impresión de que solo pude atravesar por completo una y me quedé a medio camino de la segunda, con la sensación de que había una profundidad mayor que apenas logré vislumbrar.

La primera capa es bastante sencilla: un cuento de formación. La historia de dos amigas que crecen en un barrio y de cómo su cotidianidad va cambiando de significado a medida que ellas también cambian. Los lugares son prácticamente los mismos, las personas continúan ahí y muchas de las cosas que hacen parecen no tener ninguna importancia; sin embargo, al pasar los años, aquello que antes era simplemente parte del paisaje empieza a adquirir otro significado. Hasta aquí todo bien. Es un cuento interesante, aunque tampoco nada fuera del otro mundo.

La segunda capa, donde me quedé a medias, tiene que ver con los nombres de los personajes y con los caracteres que componen Shōwa (昭和). La era Shōwa, que se extendió de 1926 a 1989, contiene dentro de sí periodos completamente distintos de la historia japonesa: el expansionismo y la guerra, la derrota, la ocupación estadounidense, la reconstrucción, el crecimiento económico acelerado y finalmente el Japón próspero de las décadas de 1970 y 1980. Es casi absurdo que una sola era abarque países tan diferentes entre sí. Yo, por ejemplo, nací precisamente en el último año de Shōwa y tengo 37 años.

Que esos caracteres aparezcan asociados con los personajes difícilmente parece accidental. Da la impresión de que las vidas de estas niñas y las transformaciones del barrio funcionan también como una versión diminuta de las transformaciones del país. Las personas envejecen, desaparecen, llegan otras; las casas cambian; ciertas costumbres dejan de tener sentido y aparecen otras nuevas. Aquí es donde siento que me falta información. Aunque conozco algo de la historia de Japón, no termino de comprender qué correspondencias concretas quiere establecer Shibasaki entre los personajes, sus nombres y las distintas etapas de Shōwa. No sé hasta qué punto debemos buscar una alegoría histórica precisa o si la autora simplemente quiere que esa historia permanezca solo como fondo. 

Y quizá exista todavía una tercera capa que se me escapó por completo. Muchas cosas del cuento parecen no tener nada que ver unas con otras: los juegos de las niñas, los perros, los vecinos, las historias familiares, el paso del tiempo, la historia de Japón. Ni idea.

Kohey Toyonaga: The ETC card is not inserted

Idioma original: Japonés

Título original: ETC kado ga sounyu sareteimasen (ETCカード挿入されていません)

Traducción: Kalau Almony

Año de publicación: 2026

Valoración: Recomendable

Este es el cuento más raro de la colección. Para que se den una idea, empieza siendo una especie de cuento de Raymond Carver sobre un doble de acción, para terminar convertido en uno de Cortázar, pero de los más delirantes. Definitivamente estamos ante una voz interesante dentro de la literatura japonesa contemporánea.

Toyonaga, además, parece tener cierta afición por este tipo de mezclas. Su obra anterior combina historia, violencia, cultura popular, fantasmas, hip-hop, graffiti, Ultraman, anime y referencias a Ghost in the Shell, sin preocuparse demasiado por mantener la coherencia. Es un autor joven, muchos lo consideran muy prometedor. Ya veremos.