Título original: Mario und der Zauberer
Traducción: J. Fontcuberta, J.A. Bravo, Martín Rivas
Año de publicación: el último, 1930
Valoración: Entre Recomendable y Está bien
Aunque Thomas Mann, además de esa obra excelsa que es La muerte en Venecia, asienta su fama en tochos de magnitud muy notable, su bibliografía se extiende mucho más allá de esos tres o cuatro grandes volúmenes. En tiempos recientes descubrí con placer Viaje por mar con Don Quijote y, habiendo disfrutado de la prosa exacta y elegante del maestro, me decido a rebuscar entre su narrativa más compacta, hasta que doy con este pequeño recopilatorio de tres relatos de mediana extensión.
Curiosamente, el libro incluye dos textos de una etapa relativamente temprana (1902 y 1903), más el que encabeza el volumen, que corresponde a un periodo de madurez, casi treinta años más tarde. En los dos primeros detectamos varios elementos que volveremos a encontrar más adelante, en especial en La montaña mágica, aunque también ecos que recuerdan a algunas otras obras.
Tristán, inspirada en la leyenda clásica, presenta en el conocido marco de un sanatorio la eterna dualidad en el amor: el romántico (platónico, en apariencia imposible) frente al pragmático, entendiendo este último no ya como la relación de mera conveniencia o interés económico, sino como la consecuencia de la sensatez, la consideración de todas las variables, estabilidad, vida previsible, comodidad si se quiere, afecto seguro aunque sea tibio. En el otro lado de la balanza, la promesa de sensaciones intensas, el amor total, saciante, quizá obsesivo. En el trasluz está la poesía, el alma artística que admira la belleza con voracidad y lo interpreta como amor, un tema recurrente del autor que también aquí es tratado con sutileza y habilidad para dejar abiertas todas las posibles respuestas.
Tonio Kröger comienza como una prometedora novela de formación, examinando los sentimientos ambiguos de un jovencito de catorce años. Imposible no evocar al Tadzio de La muerte en Venecia, aunque sobre todo volvemos a tener delante la dicotomía presentada en Tristán, que en esta ocasión va aún más lejos. Se trata de enfrentar dos formas de vida, la del artista, excesivo, con su peculiar perspectiva, y la vida ‘dulce y trivial’ de muchachos rubicundos, sanos y felices, apegados a su visión burguesa y convencional del mundo. La deliciosa forma de narrar de Mann, fuertemente clásica, no puede ocultar una notable descompensación en el desarrollo de la historia, sumergiéndose sin recato en largas reflexiones en torno al arte y el artista, que pesan en exceso en el relato, como si arrastrase un ancla.
Hay que reconocer que el autor tiene esa tendencia a sobredimensionar la digresión, lo que a veces pone las cosas algo difíciles al lector. Este sesgo se manifiesta en parte también en Mario y el mago, que se inicia de forma brillante situándonos en un entorno vacacional de balnearios con cierto aire decadente. Es una narración de tono en apariencia ligero, conducido con maestría hasta desembocar en una larga escena circense que, si bien muestra igualmente cierta falta de medida, mantiene sin embargo la tensión, que va creciendo hasta coronarse en un final muy logrado.
Hay quien interpreta este relato como una alegoría del ascenso de los fascismos (recordemos la época en que se escribe) y más en concreto la construcción de liderazgos fundados en la mentira y la manipulación. Y aunque no suelo ser muy partidario de buscar capas de significado demasiado remotas, en este caso creo que es una lectura perfectamente lógica, como lo es también la exploración en la psicología de los personajes (mago y espectadores).
Tenemos por tanto altibajos en las tres propuestas, aún más lógico por corresponder a etapas muy diferentes, distintos tics muy propios de autor y atmósferas que claramente evocan algunas de sus obras más conocidas. Todo lo cual compone un volumen que combina lo disfrutable y lo tibio, aunque siempre sin dejar de admirar la naturalidad y elegancia de este autor.







