martes, 1 de septiembre de 2026

Reseña Bipolar. Fernando Bonete: La hija del Fénix


Idioma original:
español

Año de publicación: 2026

Valoración: rancio

Si no conociera a Fernando Bonete...

Hubiera leído La hija del Fénix hasta la página 45 o 50, y abandonado entonces, ya algo desganado porque lo de la novela histórica no es lo mío, ni siquiera me habría dado la curiosidad como para interesarme sobre el enlace entre los dos pinturas que preceden al texto, cosa que ya, más o menos, la sinopsis se hubiera encargado de desvelar. Seguramente, tras una mirada bastante fugaz a la semblanza del actor, hubiera pensado otro más que se va a dedicar a la novela histórica. En cualquier caso, como son libros que suelen estar confinados a las mesas de las librerías de Planeta o de grandes superficies, difícil que me cruzara con este género y que coincidiera  encima el autor. Chao pescao.

Pero conozco a Fernando Bonete...

Que, claro, ha publicado esta novela, y en Espasa (subsidiaria de Planeta con firmas como Risto Mejide en su nómina) porque en su vida paralela como bookstagramer, o cómo narices querráis llamar a eso, alcanza ya cerca de setecientos mil (o 700 K) seguidores, muchos de ellos, meros curiosos, claro. Pero alguno seguirá sus recomendaciones a pies juntillas, y acumulando cientos de comentarios en sus posts (alguno de ellos, por lo de diversificar, hablando, lo juro, de los cinco mejores pasodobles, o las cinco películas más tristes) y elevado, con contratos publicitarios de por medio, las cursillas son mías, a la cima de la divulgación cultural conseguida, eso sí, por sus méritos, muchas veces con la burda estrategia de esconder la portada del libro hasta el final del reel, y a ser incluso saludado por los monarcas españoles, en una de esas extrañas y protocolarias recepciones. Desprende una imagen de yerno perfecto y dedica esta, su primera novela, a su familia, cómo no, no hay sitio alguno a referencias perniciosas. 

Claro que algún escéptico dirá que es que le tengo (o le tenemos, aquí somos asamblearios, argh, incluso en eso) envidia. Bueno, nosotros enseñamos la portada de buenas a primeras, y la valoración va pronto, no hay suspense que administrar, pues tanto no nos obsesionan ni los seguidores ni las visitas. Puede que pienses, Fernando, si nos lees, pero esto es una conjetura, qué pringaos que no monetizan, pero nos gusta la independencia (aclaro, la del blog) y no tener que rendir cuentas.

Bueno, centrémonos: lo del libro. Diría ya, a costa de mi última expresión: rendir cuentas ante el Altísimo. Porque la característica principal de La hija del Fénix es el rigor con el que Bonete* afronta el lenguaje, recargadísimo de toda clase de expresiones arcaicas, especialmente, justificado, en las especulaciones de diálogos o correspondencia, pero, injustificado, cuando, en varios momentos, el narrador aclara relatar desde un periodo más cercano a la actualidad y no al del siglo XVII en que se desarrollan los hechos. Esa es una primera y sustancial barrera, ya no las eternísimas últimas treinta o cuarenta, sino todas y cada una de las trescientas ochenta páginas del libro, que sufren de ese lenguaje impostado e incómodo, que seguramente el autor ha documentado, y al que no ayuda para nada su gusto por las frases eternas, su tendencia a barroquizar no solo lenguaje, sino construcción. Y creo que en el subgénero elegido para su puesta de largo, que es la novela histórica con aires eventuales de folletín, la legibilidad debería ser una premisa. 

Y no: esta biografía de una hija ilegítima de Lope de Vega que se confinó, por tal condición, en un convento y se dedicó a escribir, quedando mucha de su obra reducida a cenizas, mientras Lope de Vega seguía saltando de cama en cama (a pesar de su sacerdocio) y mendigando a la nobleza madrileña dinero, o favores, para poder mantener a su familia - a la suya y a todas las que eran obra de su inmensa tarea de fecundación - como novela resulta ser una mera exhibición bastante onanista. En algún momento Bonete pretende intercalar algún mensaje ligeramente reivindicativo, pero el encarcaramiento de su prosa lastra de forma absoluta cualquier tímida intención, oculta entre tanto ornamento, tanta ampulosidad, es tal la necesidad de mostrar lo mucho que ha investigado, que ha trabajado, que se ha documentado, que la novela se desmorona donde estas novelas deberían remontar: cautivando al lector, empujando a seguir.

En fin: Fernando Bonete ha elegido (a tenor de su bagaje lector entiendo que pudo manejar otras opciones) lo que es provechoso económicamente: ser un nuevo Pérez Reverte. Dice, an algún momento, que para atraverse a escribir se ha de haber leído mucho (Markson dijo que mil quinientos libros leñidos por uno escrito: echad cuentas). Venderá unos miles, por supuesto. Su figura seguramente crezca, e incluso algún incauto le procure rendidas alabanzas, pues hay que encontrar salvadores de la literatura y nos conformamos con poco. Sus siguientes pasos puede que sean recomendar los estantes en que - tan ordenaditos - guarda sus libros, o quizás aconsejar el tono del estampado de sofá o de cortinas que mejor combinen con ellos. 

Un chiste muy privado sería decir que es el Emilio Aragón de los prescriptores, si bien esto ya poca gente va a pillarlo. Pero es que es justo eso.

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 * No me quedaré con las ganas de parafrasear a Jarvis Cocker y decir I am not Fernando Bonete though I have the same initials.

lunes, 31 de agosto de 2026

Colaboración: El repartidor de Pekín, de Hu Anyan

Idioma original: chino

Título original: 我在北京送快递

Traducción: Javier Altayó

Año de publicación: 2023

Valoración: entre Está bien y Recomendable


Tenemos aquí un libro muy curioso. Fenómeno de ventas en su país de origen y aclamado en muchos otros, no es una novela de autoficción, ni tampoco una autobiografía, ni un libro de desarrollo profesional, ni un tratado filosófico: podría decirse que es todo eso a la vez, y que lo es como por casualidad. Pero ya sabemos que, en arte, lo que parece casualidad no suele tener nada de casual.

El Repartidor de Pekín cuenta la historia del propio escritor, que trabajaba durante una época como repartidor en Pekín, valga la redundancia. La primera mitad del libro se centra en esta época, y habla de las dificultades logísticas de su vida laboral, las dinámicas de empresa, las relaciones entre empleados, y las interacciones con los clientes. Como si de un diario se tratara, el autor nos cuenta anécdotas y reflexiones de su día a día, desgranando situaciones y persona(jes) con una mirada crítica (y autocrítica) pero compasiva y optimista. 

El resultado es sorprendentemente fascinante: uno no puede dejar de leer. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que las nimiedades y miserias de la rutina de un hombre cualquiera nos enganchen? Yo creo que por dos motivos. Uno es el tema en sí mismo, con el que la gran mayoría de la gente se puede identificar: todos tenemos o hemos tenido colegas tramposos, reuniones superfluas, transacciones desagradables… y todos queremos ser felices a pesar de ello. Por eso, leer a Anyan es como tener una cámara oculta en nuestras propias vidas. Esto inevitablemente nos lleva a compararnos con él, y como el autor no se limita a dejarnos entrar en su realidad (eso sería como un vulgar Gran Hermano literario) sino que la analiza e intenta extraer de ella algún aprendizaje moral, el paralelismo nos obliga a aplicar a nuestras historias su misma perspectiva, a analizarnos como hace él y sacar conclusiones provechosas sobre nuestras propias andanzas. 

El otro motivo del “enganche” es el estilo coloquial y sencillo del autor. Es como si escribiera igual que habla, y es fácil entender lo que nos cuenta, sus reflexiones fluyen con las páginas. Parece como si estuviéramos leyendo cartas (bueno, emails, que esto es el s. XXI) de un amigo; teniendo en cuenta que estamos hablando de un libro de una cultura tan lejana a la nuestra, esto no es baladí. ¡Es tan cómodo de leer!

Pero – porque lamentablemente hay un “pero” – las virtudes del libro se diluyen en la segunda parte. Aunque el estilo se mantiene, el autor se limita a enumerar empleos y situaciones pasadas sin entrar en mucho análisis, y el resultado es una narración árida, casi técnica. De vez en cuando hay algún pasaje disonante que refresca la experiencia (por ejemplo, Anyan nos cuela un maravilloso mini-ensayo sobre la música Rock) pero en general la lectura se hace monótona. A mí me costó mantener el interés. 

El Repartidor de Pekín termina con una recapitulación sobre lo que el autor llama “otros aspectos de la vida”. Anyan reflexiona sobre el concepto de trabajo, sobre lo que significa la libertad, y sobre la aspiración de ser feliz. Son apenas cinco páginas, pero ¡qué densidad filosófica! La última frase es contundente: “Cuanto más vivo, más claro tengo que no vale la pena vivir enfadado y lleno de odio”. Es un bonito final para este libro tan diferente como irregular.  

Firmado: Yaiza P.


domingo, 30 de agosto de 2026

Claudia Amador: Altasangre

Idioma: español 

Año de publicación: 2026

Valoración: bastante recomendable (aqunque quizá no para todos los paladares)

He leído calificar esta novela como "gótico caribeño" (hay que aclarar que, hoy en día, parece que toda literatura de terror que no está escrita en inglés se considera como "gótico esto" o "gótico lo otro". Porque así suena más guay o por lo que sea). Es decir, que cualquiera pensaría que estamos ante un cruce entre el género de horror o terror de toda la vida y el realismo mágico. ¿Esto es así, realmente? Pues sí, pero no... Por un lado, es cierto que Altasangre recuerda, en cierto modo, a Cien años de soledad -habida cuenta, además, que la autora es colombiana-, pues también nos cuenta la historia de una peculiar dinastía familiar, los Vanterroso, dominados por la matriarca doña Julia, Señora de la Costa -Claudia Amador, además de colombiana, es natural de Barranquilla-; por otro lado, la novela nos remite a ficciones vampíricas poco ortodoxas y, más en concreto (o al menos a este servidor), a los cómics y pelis de Blade, pues aquí también encontramos todo un worldbuilding en el que el mundo está dominado por los vampiros considerados "purasangre". Aunque, en este caso, no se ocultan, sino que se encuentran bien visibles en lo alto de la pirámide social, económica y depredadora, hallándose por debajo los llamados "mixtos" y los simples humanos. 

Desde su mansión o sus aposentos del Altasangre Club -ahí tenemos el título-, doña Julia Vanterroso impera sobre todo este entramado social, aunque, poco confiada en el resto de su descendencia, ha puesto todas sus esperanzas de futuro en su nieta Julieta, que precisamente va a ser la Reina del carnaval de ese año, principal y esperado acontecimiento festivo de la Costa. ya veremos, y no adelanto más, cuales son sus intenciones para la niña. Una niña a la que su naturaleza convierte en extremadamente peligrosa, no sólo para los humanos, sino para los demás vampiros (ya os digo que esto me recuerda un poco a Blade). Ahora bien: no todo  van a ser vampiros y baños de sangre a raudales -de esos hay muchos, en todo caso-; en la novela también encontramos todo un despliegue de seres sobrenaturales: diablos y ángeles, presencias incorpóreas pero chismosas, fantasmas que se aparecen en sueños, espantosos mutantes, dioses primigenios... En fin, lo normal en una novela de "fantasía oscura" (porque tampoco estoy seguro de que a esta se la pueda calificar como "de terror", al menos no con todo  el sentido que se le da al género).  Todos ellos -y aquí encontramods, aún más, lo "caribeño" de la expresión "gótico caribeño"- moviéndose, bailando incluso, al ritmo de cumbias, rumbas, congas, bullarengues y demás música afrocaribeña... Porque la música, aunque no pueda oírse, sí se puede sentir en esta novela, y tiene una importancia fundamental...

Música que se deja sentir, incluso, o sobre todo, en la forma de escribir de Claudia Amador, un estilo exuberante, un tanto abarrocado aunque sin caer en un oscuro  conceptismo, de lo que la salva, sobre todo, la extrema ductilidad, la ágil movilidad de una prosaque transita sin dificultad ni rebozo entre lo folletinesco, lo simbólico y el habla popular, que gira y se contonea al ritmo de los tambores y al sonar de las trompetas, al arrullo de unas voces que hablan de amor, de despecho y de pérdida. Un estilo que, y aquí me voy a permitir una poca (más) de pedantería, quizás sea más heredero del de Alejo Carpentier que de un García Márquez...  (por su vertiente gore me ha recordado, a su vez, a La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik En todo caso, y a pesar de estar matizado por el humor -más sutil a lo largo de la novela, explícito en el último capítulo, a modo de coda, titulado Cómo quitarle la sangre a una prenda blanca-, entiendo que este despliegue carnavalesco -nunca mejor dicho- y pletórico de un cierto estilo literario pueda atragantársele a algunos lectores/as, más amantes del minimalismo o, simplemente, de las cosas más facilitas... Eso, unido a la , como ya he comentado, profusión sangrienta -y no sólo de sangre-, que puede repugnar a los estómagos más delicados, hace que no me atreva a recomendar esta novela para todo el mundo. Para los amantes del terror, lo fantástico y la diversión aparejada, por supuesto. Para los amantes de la buena literatura latinoaméricana y de la buena literatura en lengua castellana, también. 


sábado, 29 de agosto de 2026

Thomas Mann: Mario y el mago y otros relatos

Idioma original: alemán

Título original: Mario und der Zauberer

Traducción: J. Fontcuberta, J.A. Bravo, Martín Rivas

Año de publicación: el último, 1930

Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Aunque Thomas Mann, además de esa obra excelsa que es La muerte en Venecia, asienta su fama en tochos de magnitud muy notable, su bibliografía se extiende mucho más allá de esos tres o cuatro grandes volúmenes. En tiempos recientes descubrí con placer Viaje por mar con Don Quijote y, habiendo disfrutado de la prosa exacta y elegante del maestro, me decido a rebuscar entre su narrativa más compacta, hasta que doy con este pequeño recopilatorio de tres relatos de mediana extensión.

Curiosamente, el libro incluye dos textos de una etapa relativamente temprana (1902 y 1903), más el que encabeza el volumen, que corresponde a un periodo de madurez, casi treinta años más tarde. En los dos primeros detectamos varios elementos que volveremos a encontrar más adelante, en especial en La montaña mágica, aunque también ecos que recuerdan a algunas otras obras.

Tristán, inspirada en la leyenda clásica, presenta en el conocido marco de un sanatorio la eterna dualidad en el amor: el romántico (platónico, en apariencia imposible) frente al pragmático, entendiendo este último no ya como la relación de mera conveniencia o interés económico, sino como la consecuencia de la sensatez, la consideración de todas las variables, estabilidad, vida previsible, comodidad si se quiere, afecto seguro aunque sea tibio. En el otro lado de la balanza, la promesa de sensaciones intensas, el amor total, saciante, quizá obsesivo. En el trasluz está la poesía, el alma artística que admira la belleza con voracidad y lo interpreta como amor, un tema recurrente del autor que también aquí es tratado con sutileza y habilidad para dejar abiertas todas las posibles respuestas.

Tonio Kröger comienza como una prometedora novela de formación, examinando los sentimientos ambiguos de un jovencito de catorce años. Imposible no evocar al Tadzio de La muerte en Venecia, aunque sobre todo volvemos a tener delante la dicotomía presentada en Tristán, que en esta ocasión va aún más lejos. Se trata de enfrentar dos formas de vida, la del artista, excesivo, con su peculiar perspectiva, y la vida ‘dulce y trivial’ de muchachos rubicundos, sanos y felices, apegados a su visión burguesa y convencional del mundo. La deliciosa forma de narrar de Mann, fuertemente clásica, no puede ocultar una notable descompensación en el desarrollo de la historia, sumergiéndose sin recato en largas reflexiones en torno al arte y el artista, que pesan en exceso en el relato, como si arrastrase un ancla.

Hay que reconocer que el autor tiene esa tendencia a sobredimensionar la digresión, lo que a veces pone las cosas algo difíciles al lector. Este sesgo se manifiesta en parte también en Mario y el mago, que se inicia de forma brillante situándonos en un entorno vacacional de balnearios con cierto aire decadente. Es una narración de tono en apariencia ligero, conducido con maestría hasta desembocar en una larga escena circense que, si bien muestra igualmente cierta falta de medida, mantiene sin embargo la tensión, que va creciendo hasta coronarse en un final muy logrado.

Hay quien interpreta este relato como una alegoría del ascenso de los fascismos (recordemos la época en que se escribe) y más en concreto la construcción de liderazgos fundados en la mentira y la manipulación. Y aunque no suelo ser muy partidario de buscar capas de significado demasiado remotas, en este caso creo que es una lectura perfectamente lógica, como lo es también la exploración en la psicología de los personajes (mago y espectadores).

Tenemos por tanto altibajos en las tres propuestas, aún más lógico por corresponder a etapas muy diferentes, distintos tics muy propios de autor y atmósferas que claramente evocan algunas de sus obras más conocidas. Todo lo cual compone un volumen que combina lo disfrutable y lo tibio, aunque siempre sin dejar de admirar la naturalidad y elegancia de este autor. 

Otras obras de Thomas Mann reseñadas en ULADViaje por mar con don QuijoteLa muerte en VeneciaLa montaña mágica

viernes, 28 de agosto de 2026

Vladimir Voinovich:Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin

Título original: Vida e insólitas aventuras del soldado Ivan Chonkin

Idioma original: ruso

Traducción: Antonio Samons García

Año de publicación: 2006

Valoración: Muy recomendable


Reseñar este libro supone necesariamente ponerlo en contexto. Vida e insólitas aventuras de Ivan Chonkin se publicó originalmente en  París en 1974, pero la crítica mordaz al régimen soviético que destila el libro hizo que su autor, nacido en la república soviética de Tayikistán,  fuera expulsado de la URSS en 1980 y su publicación estuviera prohibida en su país  hasta después de la perestroika.

Voinovich fue un escritor cercano a las voces disidentes con el sistema comunista y estuvo siempre en el punto de mira de los servicios secretos y del gobierno soviético. La publicación de este libro le supuso ser expulsado de la Unión de escritores soviéticos, y una persecución continua del régimen soviético, que le retiró la ciudadanía y finalmente le expulsó del país.

En apariencia, el argumento puede resultar sencillo y cercano a una novela  costumbrista. En vísperas de la segunda guerra mundial un avión del ejército ruso se estrella a las afueras de la aldea de Krasnoie. Dado que no hay repuestos para arreglar el aparato y se debe solicitar un nuevo motor a las instancias superiores, los altos mandos del regimiento deciden enviar a un soldado para que custodie el aparato y evite actos de vandalismo. Como medio regimiento está de maniobras y el otro medio en la enfermería se decide enviar al soldado Chonkin "de escasa estatura, piernas zambas y orejas rojas". Por si los rasgos físicos no fueran suficientemente definitorios, Voinovich nos describe así la psicología del personaje: "Los pensamientos de Chonkin eran de naturaleza varia. Una atenta observación de la vida y de las leyes que la gobiernan le habían enseñado que en verano, de ordinario, hace calor, mientras que en invierno hace frío. A su cabeza acudió un segundo pensamiento, todavía más interesante y sustancial, pero en el acto mismo olvidó de que se trataba, y no consiguió recuperarlo por más esfuerzo que hizo".

Pues bien, este soldado más bien simplón, emparentado lejanamente con el soldado Svejk, es enviado a custodiar el aparato y abandonado a su suerte en la remota aldea. Aburrido y deseando integrarse en la vida local, Chonkin aprovecha la situación para emparejarse con una campesina local, Niura, que posee una vaca y un jabalí  como mascota. Nuestro soldado abandona alegremente su tarea de vigilancia y se dedica a plantar patatas, dar de comer a las gallinas y arar el huerto de su prometida.

Chonkin se integra alegremente en la vida local y a su alrededor iremos conociendo a la entrañable galería de aldeanos de Krasnoie. La llegada del soldado altera la apacible vida de la aldea y sirve a Voinovich para poner sobre la mesa todos los elementos que motivaron la prohibición de su libro: la ineficiencia del koljós local, la desidia laboral de los aldeanos, la ineptitud de los gobernantes locales y regionales, la incompetencia de los altos mandos militares y la adoración incondicional al líder supremo: "Stalin era un hombre inteligente, capaz de comprender a los demás y de ponerse en su lugar. No en vano el pueblo lo amaba. !Y que bien cantaba aquella canción, "Botas de fieltro"! Pero ¿por qué se le había puesto de pronto voz de mujer?".

Todos los acontecimientos de la vida diaria son tratados con ironía y sarcasmo. Una fina crítica a todos los estamentos sociales va deslizándose página a página y  episodios surrealistas, por absurdos, van acompañando la azarosa vida de nuestro héroe  que va tomando conciencia de la inutilidad de su presencia en la aldea: "Fuese por causa de la palmada recibida en la cabeza o por otra de índole no mecánica, algo en el cerebro de Chonkin se desplazó, y esa mutación dio nacimiento a la desasogante idea de que en aquel lugar se le estaba pasando en vano el tiempo, de que con él no contaba nadie y de que nadie sería enviado en su busca".

Cuando la situación parece estancada y nuestro héroe está integrado en la dinámica aldeana, estalla la Segunda Guerra Mundial y la convivencia se crispa. El ambiente general se enturbia y los engranajes del estado se ponen en marcha. A las altas esferas  llegan rumores indeterminados de que algo raro sucede con un avión y un soldado en una aldea pérdida. Primero, los agentes de la Institución, algo parecido al KGB, y luego el ejército ponen rumbo finalmente hacia Krasnoie y el caos más absoluto se adueña de la aldea.

En resumidas cuentas, Voinovich nos entrega un libro divertidísimo, con unos personajes memorables,  por el que sobrevuela una finísima e inteligente crítica encubierta al régimen soviético. Según muchos medios, la mejor novela satírica rusa del último medio siglo.


jueves, 27 de agosto de 2026

René Araya: Noche de los cristales rotos

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y está bien (tirando más a lo segundo)

Este libro me hubiese gustado mucho más (bueno, tanto como mucho más no, pero quizás la valoración sería un recomendable alto) si no hubiese leído Vivir abajo. Como lo leí (y para más inri me pareció una novela apabullante, excepcional, un clásico moderno), y a riesgo de sonar inmisericorde e injusto, solo puedo decir que la inspiración es evidente por todos lados. No en la prosa (y hasta ahí nomás, porque ciertas construcciones sintácticas y semánticas son calcadas a la citada novela), pero sí en la premisa y estructura. 

Para empezar, la novela se divide en cinco partes: arrancamos con un paneo del argumento, en donde uno de los protagonistas, Zárate, un policía argentino, se obsesiona con una seguidilla de crímenes cuyas víctimas siempre parecen ser de River Plate y (siendo el único que establece esa conexión) judías. Para eso,  aunque sea hincha de Racing, se tatúa una esvástica en el hombro y se vuelve parte de La Doce, la barra pesada de Boca Juniors. De ahí saltamos unos años luego de la Segunda Guerra Mundial, donde el autor nos cuenta de un nazi fugitivo que se refugia en la casa de dos curas homosexuales italianos, cuyos mambos mentales serán de lo menos interesante de leer en toda la novela, ya que, en realidad, solo tiene importancia Kohl, el nazi, y su relativa transformación en un anónimo que escapa hacia rumbos latinoamericanos. Y de ahí desembocamos en la verdadera tríada de personajes de la novela: el ya citado Zárate, Olivera, un policía paraguayo que está perdidamente enamorado de la tercera pata de esta historia, Elisa Feldman, una cazadora de nazis que ayuda a Zárate a buscar al responsable de los crímenes y a la vez persigue su propia obsesión, la de encontrar la hemeroteca del horror en algún punto de Latinoamérica donde haya habido una dictadura, una vasta colección de cintas filmadas todas en campos de concentración, con interrogatorios, torturas detalladas y asesinatos, para cerrar con cierta explicación de todo lo sucedido y retomar personajes que parecían olvidados (personajes que, si el lector está atento, se adivinan su participación en el misterio clave del libro, el paradero de las cintas).

Como ven, hay gran parte de Vivir abajo en esta novela. El tema del horror, de la paranoia de los personajes, de cintas escondidas en sótanos (como un George Benett buscando a su padre en varias dictaduras latinoamericanas), de historias dentro de historias que llevan o no a algún lado, de conexiones insólitas entre la cultura y el miedo (por ejemplo, la comparación de las canchas de fútbol con los campos de concentración, de la que estoy bastante seguro que ya existía en Vivir abajo, o las citas permanentes a películas que redefinen la vida de los protagonistas), de personajes cultos que mágicamente conocen todo lo que sus interlocutores refieren (exceptuando a Olivera, que no sabe nada de nada salvo de dibujitos animados, el personaje mejor trazado) y que monologan constantemente en un esfuerzo de escapar de la soledad (el tema es que no basta con mencionar torturas y contar una historia ingeniosa para que automáticamente se convierta en una parábola de la mugre infinita de la humanidad). Pero en donde Faverón Patriau lo hace con naturalidad, incorporando sus influencias de manera orgánica (Bolaño, sobre todo, y hasta mejorándolo a mi gusto), acá todo se siente forzado, como si el autor hubiese pensado que hacer un copia y pega de ciertos temas y trucos literarios (ciertos diálogos, ciertas terminaciones de reflexiones parecen un manual de cómo tener el tono de otros autores) bastara para convertirla en una buena novela.

No quiero únicamente criticarla por el lado de la comparación (porque parecerlo asegura un mínimo de calidad nada despreciable) ni quiero rebajar los méritos de una novela que, por sí sola, cuenta con cierta potencia reseñable, pero es inevitable. En contraposición, puedo decir que algunos relatos tienen originalidad y consiguen casi siempre el impacto buscado (la historia de los dentistas cazadores de nazis es buena), y la parte central del libro, donde los tres personajes van entrelazando sus tramas mediante fragmentaciones narrativas y saltos temporales, posee una buena técnica y escenas perturbadoras (la sección de la madre de Elisa siendo cuidadora de una obesa mórbida, por ejemplo). El problema es que Araya busca una circularidad (lo que Tom Spanbauer llamaría escritura peligrosa) que no consigue: la repetición de conceptos (el horror, las cintas, el nazismo, la contraposición del paradisiaco paisajismo latinoamericano con la maldad escondida, incluso frases y chistes que retoman otros personajes) no termina de funcionar porque siempre tenemos la sensación de que calcula dónde ponerlos, como una forma de avanzar la trama, y poco más. Entonces, le pongo esa valoración porque el libro es ameno (sacando la parte de los sacerdotes, que me parece larga al pedo y te hace pensar en abandonar la lectura), tiene buenos diálogos e ideas, pero falla en solidificar lo que hubiese sido una buena idea a costa de basarla casi punto por punto en otro libro de calidad superior. Una pena, porque, como dije al principio, si no hubiese leído ese libro, este me parecería un poco mejor.

miércoles, 26 de agosto de 2026

2x1: El truco de los espejos y Los trabajos de Hércules de Agatha Christie

Idioma original: 
inglés
Título original: They do it with mirrors o Murder with mirrors / The labours of Hercules
Traductor: C. Peraire del Molino / A. Soler Crespo  
Año de publicación: 1952 / 1947 
Valoración: está bien / muy recomendable 
 
El verano es un momento ideal para leer, o releer (como es el caso), aquello que se podría llamar comfort literature: aquella que no cambia el mundo ni revoluciona nuestra vida, pero que, precisamente por lo que tiene de conocido y de esperado, nos proporciona horas de placer y de entretenimiento. No voy a usar la expresión "placer culpable", porque no hay ningún motivo para sentirse culpable por aprovechar los días de vacaciones para tirarse a la bartola y leer un par de libros de esa maestra de la literatura policiaca, y de la vida en general, que es Agatha Christie
 
En esta ocasión han caído dos libros de la bonita colección publicada por la editorial Molino que he recuperado en casa de mis padres: una novela y una colección de cuentos (aunque formando un ciclo casi novelesco) que, además, presentan a los dos detectives más emblemáticos de la escritora, Miss Marple y Hércules Poirot respectivamente. Y aunque he disfrutado con los dos, porque leer a Agatha Christie es siempre reencontrarse con una maestra del género, debo decir que el segundo libro me ha gustado más que el primero.
 
El truco de los espejos es una novela bastante convencional dentro de la producción policiaca de su autora: en ella, Miss Marple se "autoinvita" a la casa de una antigua amiga, Carrie Louise, que vive en una mansión grandiosa que sirve, al mismo tiempo, como sede de un experimento correccional de jóvenes delincuentes. Alli se reúne el habitual coro de personajes secundarios, destinados a servir como sospechosos: el marido actual de Carrie Louise, los hijos de sus anteriores maridos, su nieta y su marido americano, la asistenta, el secretario... Y, como es de esperar, hay un asesinato, y una investigación, y todos los habituales trucos y giros del género. 
 
Aunque me lo pasé tan bien como siempre leyendo esta novela, no me dejó demasiado satisfecho, en primer lugar porque, como decía antes, es bastante "formulaica": la primera mitad de la novela se dedica a presentar con morosidad a todos los personajes y sus interacciones, algo que es marca de la casa de la escritora; después tiene lugar el crimen, y en la segunda mitad tanto Miss Marple como el inspector Curry interrogan a cada uno de los sospechosos, hasta reunir todas las piezas del puzzle. Hay aún un segundo crimen, antes de la esperada y esperable resolución final, como mandan los cánones. Es cierto que en las novelas "de género" parte del placer se basa en la repetición pero, en este caso, me faltó, también, ese elemento de sorpresa u originalidad que eleva una obra por encima de su molde. 
 
El segundo motivo por el que la novela me dejó un poco frío fue que, en fin, sin querer dármelas de listo, conseguí adivinar cómo se había cometido el crimen desde bastante pronto, lo que es muy poco habitual en las novelas de Agatha Christie. "No puede ser tan obvio", pensé, esperando el sorprendente giro final, y genial, a la que nos acostumbra la autora. Así, cuando ese giro no llegó que quedé un poco "chof", por decirlo en términos técnicos.
 
En cambio Los trabajos de Hércules me pareció una pequeña joya y una genialidad de la escritora, que se basa en la homonimia de su detective Hércules Poirot con el héroe clásico para plantear doce casos que corresponden, de forma no siempre evidente, con cada uno de los doce "trabajos" originales ("El león de Nemea", "La hidra de Lerna", etc.), elegidos por el propio detective como cierre y culminación de su carrera. Es en ese sentido curioso ver a un Poirot crepuscular, famoso y respetado como una celebrity de su tiempo, que planea retirarse para dedicarse al cultivo de calabacines, ¿o quizás a una inesperada historia amorosa? Curiosamente, varios de estos casos parecen manifestar algunas preocupaciones sociales de la escritora (las drogas, los tabloides, las sectas), lo que da a algunas de estas historias un curioso aire didáctico.
 
Naturalmente, tratándose de cuentos de extensión relativamente breve no hay espacio para toda la exposición de personajes y ambientes, para los red herrings habituales o para investigaciones detalladas y minuciosas; son, más bien, chispazos de genio del detective, que en un corto espacio de tiempo tiene que abrirse paso entre apariencias y engaños, para desenmascarar a los auténticos culpables. Así, en las páginas de este volumen caben casos de chantaje, fraude, difamación, tráfico de drogas, robos y, por supuesto, asesinatos, en una secuencia de eventos entrelazados que llevarán a Poirot, como al Hércules clásico, a recorrer miles de kilómetros en busca de respuestas. Por otra parte, la continuidad narrativa de todos los casos, así como la reaparición de algún personaje secundario (y por supuesto, la analogía con el Hércules clásico), ayuda a que el volumen vaya más allá de la mera suma de cuentos independientes, para convertirse en una obra unitaria y coherente.
 
Solo puedo terminar agradeciendo a Agatha Christie por haberme proporcionado unas cuantas horas de entretenimiento, y por haberme trasladado a la época, cuando era más joven y tenía más pelo, en que leí estos libros por primera vez.