lunes, 11 de diciembre de 2017

Angela Davis: La libertad es una batalla constante: Ferguson, Palestina y los cimientos de un movimiento

Idioma original: inglés
Título original: Freedom Is a Constant Struggle: Ferguson, Palestine, and the Foundations of a Movement
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien

Personaje clave en el activismo mundial, Angela Davis ha luchado a lo largo de su vida en favor de muchas causas, todas ellas con un elemento común: la igualdad social y la defensa de las clases más desfavorecidas de la sociedad. La figura de la autora es ampliamente conocida en el mundo del activismo, y su pasado es una clara muestra de su compromiso; de ideas marxistas (lo cual supuso su expulsión como profesora de la Universidad de California en época macarthista), estuvo también implicada en el movimiento de las Panteras Negras e incluso fue acusada de asesinato en un altercado con la policía (del que acabó siendo absuelta), motivo por el cual se dio a la fuga, siendo perseguida por el FBI y causando que apareciera en la lista de las diez personas más buscadas del planeta por terrorismo. Por tanto, es evidente que, más allá de compartir (o no) sus teorías y su ideología, la vida llevada a cabo por la autora la sitúa como una voz a tener en cuenta por el activismo.

Con una estructura basada en diez capítulos cortos, correspondientes a conferencias impartidas por todo el mundo y entrevistas por diferentes medios de comunicación, el propósito del libro es exponer diferentes temas que deberían ser cuestionados por la sociedad, y establecer un marco donde plasmar las reflexiones ante ciertos aspectos que deberían ser tratados, para lograr con ello una sociedad más justa y equilibrada. De esta manera, a pesar de que cada capítulo es independiente y, por tanto, puede leerse de forma independiente, sí existe entre ellos una conexión respecto a los temas tratados, de manera que podemos encontrar el mismo tema en varios capítulos. Este aspecto ayuda a interiorizar los temas expuestos, pero también produce una gran sensación de repetición si uno lee el libro de manera continua. Por tanto, ahí mi primera recomendación: tratar el libro como libro de consulta, y leerlo en diferentes momentos alternándolo con otras lecturas. Otra recomendación que añadiría es tener cierta información previa sobre los temas tratados, para poder aprovechar los conocimientos que la autora expone (otra opción sería leer este libro para abrir la mente a los temas expuestos, y profundizar posteriormente).

El conjunto de conferencias y entrevistas publicado trata, en primer lugar, sobre la colectivización en los movimientos, la formación de los Black Panthers y qué pretendían conseguir, enlazando este tema con los altercados de Ferguson; ahí habla sobre la policía y su formación con técnicas propias de un ejército y echa una mirada atrás enlazando este tema con la colonización y la esclavitud vinculadas a la historia de los E.E.U.U. Manteniendo el discurso sobre estos ejes, aborda los problemas del racismo en la sociedad norteamericana a todos los niveles, especialmente el económico y social. Profundizando el discurso, habla de Martin Luther King, del movimiento Black Lives Matters, de Rosa Parks e incluso de Barack Obama, y enlaza el tema del racismo con el conflicto entre Israel y Palestina, explicando la importancia de las facciones colectivas en la lucha contra el racismo y la desigualdad. La lucha en comunidad es la única que puede hacer posible el éxito en su propósito, la comunidad es la que mantiene la esperanza y el optimismo, porque hay que afrontar el tema del racismo, no a través de casos individuales, sino de manera sistémica; la autora defiende la importancia de la difusión sobre la necesidad de la lucha, y vincularla al mayor número posible de países, exponiendo los temas con una mirada global, estableciendo paralelismos entre lo que ocurre en un territorio y lo que ocurre en otros, para que la población entienda que esos conflictos no pertenecen a un territorio concreto sino que se trata de problemas globales, pues afectan a los derechos humanos. En este aspecto, trata también la lucha por los derechos de las mujeres, y la necesaria involucración de los hombres con la causa, la importancia de su implicación en el feminismo, así como los derechos del colectivo LGTBI.

Adicionalmente, el libro también plantea interesantes cuestiones sobre las cárceles, su necesidad y su función en la sociedad; la autora es muy crítica con ellas por considerarlas un negocio que interesa al estado y por no estar orientada a la ayuda a los presos, sino a intereses económicos que incluso se expanden más allá de las propias cárceles, hasta llegar a las escuelas donde los profesores son formados en el uso de armas. Sus ideas van en el camino de que en lugar de tratar los orígenes de los delincuentes y las causas que les ha llevado a la cometer los delitos, simplemente se actúa sobre las consecuencias. Según su visión, se debería analizar el por qué una persona llega a cometer los crímenes, qué provoca que su manera de ser cambie para llegar a ser capaz a de cometer un crimen; haciendo especial hincapié en la falta de formación y de oportunidades, se deberían analizar las causas psicológicas que llevan a una persona en una sociedad a cometer actos delictivos y centrar el esfuerzo en corregir el comportamiento antes de que el suceso ocurra (cuestión largamente tratada a lo largo del tiempo, como hizo, por ejemplo, Victor Hugo hace doscientos años). La autora aprovecha la reflexión sobre el sistema penitenciario para criticar instituciones como el FBI o la CIA por su dificultad en adaptarse a la sociedad, afirmando que «la memoria individual es mucho menos duradera que la memoria de las instituciones, sobre todo de las instituciones represivas».

De esta manera, el libro plantea un conjunto de reflexiones interesantes y sitúa la lucha por las libertades en una lucha global, destacando que, para conseguir su resultado, es necesaria la interconexión entre luchas parecidas en distintos territorios, la internacionalización de la batalla en diferentes lugares estableciendo un marco común para conseguir empatía entre los diferentes pueblos y unir a la población de diferentes lugares en una misma lucha, por una misma causa: «La lucha contra los abusos atañe a todos, es global, estableciendo una solidaridad entre pueblos en una lucha común contra los abusos, en una batalla global a favor de la libertad». Interesante libro, a pesar de su excesiva reiteración de temas que lastra bastante su lectura, pues aporta una mirada crítica al mundo en el que vivimos, lo cual siempre es bueno.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Isaac Asimov: El fin de la eternidad

Idioma original: inglés
Título original: The end of eternity
Año de publicación: 1955
Traducción: Fritz Sengespeck
Valoración: recomendable

A pesar de la mala calidad, no he podido evitar reproducir la imagen de la portada de la edición de Martínez Roca que fue la que leí de esta novela: por primera vez, hace de ello unas tres décadas. A costa de hacerme pesado, recuerdo que la portada, de un entrañable tono kitsch, me recordaba más bien a las películas subidas de tono de los últimos 70, y que, en un arrebato de pudor, forré el libro en una tonalidad neutra. La portada, entonces, me parecía equivocada y sonrojante.

Sin ser un entusiasta del género, se me ocurren unas cuantas películas que beben parcial o totalmente de lo planteado en este libro: viajes en el tiempo atrás y adelante (nada, unos cientos de siglos), con el objeto de actuar quirúrgicamente sobre hechos del pasado, calculando su repercusión en el futuro. Con sus conceptos, sus cálculos, sus figuras, este es Asimov a pleno rendimiento. Lo cual no deja de ser un estímulo algo relativo, pues lo que tiene la ciencia ficción de libertad creativa lo tiene de limitación literaria cuando se tiene que sujetar a cierta rigidez formal. Todo parece tener que ser muy grave y muy trascendente y ese requisito oficioso aporta cierta solemnidad.
El fin de la eternidad podría ser un ejemplo paradigmático por cuanto su premisa inicial no puede ser más sugerente: un mundo en el que los viajes en el tiempo son posibles y no solo eso. Son aprovechados para efectuar los retoques necesarios con objeto de mejorar la realidad del futuro que entonces será presente. De esos cambios se ocupan los ejecutores, y Harlan es uno de ellos, un tipo que viaja entre siglos y provoca, previos severos análisis, los ajustes que provocarán problemas en el futuro. Para ello usa una especie de cabina o cápsula y sus viajes llegan (no es cuestión de quedarse corto, esto es sci-fi) hasta el siglo 111.000 si eso hace falta. En ese mundo donde unos cuantos han sido privilegiados con la condición de eternos, Harlan calcula los cambios y cómo sus consecuencias se extienden al futuro. Puede evitar una guerra provocando que alguien no llegue a tiempo a una reunión o puede generar el hallazgo casual que haga que un investigador avance en algún descubrimiento.
Pero el amor. Ah, el amor. Si la fe mueve montañas el amor no va a mover siglos. Harlan cae rendido ante los encantos de Noys, una atractiva mujer que le han puesto de señuelo para ver si su inquebrantable rigor profesional es susceptible de tener fisuras. Entonces Harlan descubre que cualquier cambio en el pasado puede alejarle de la situación en la que ha sido capaz de seducir a esa mujer. Y decide traicionar a la Eternidad y hacer lo posible para que eso no suceda.
Un planteamiento audaz, a la vez solemne y algo ingenuo. Que funciona muy bien hasta, más o menos, las tres cuartas partes del libro. Y seguramente sea un peaje que ha de pagar la ciencia ficción para evitar descender a los abismos de la pura fantasía. Las cosas han de cuadrar, y el último cuarto del libro se convierte en algo lioso e intrincado en aras de ese objetivo, de que el lector lo vea todo como coherente y rayano con lo posible (solamente hay que desestimar eso de que el tiempo es lineal, bastante sencillo), con lo cual empiezan a intervenir diferentes elementos (científicos que participan en la creación de la Eternidad, teorías conspirativas y líos varios con unos miles de siglos arriba y abajo, el tabú de encontrarse a sí mismo en el futuro o en el pasado y llegar a verse, etc.) cosa que dificulta la comprensión del texto en sí hasta que la narración toma un rumbo casi policial que permite un final rotundo aunque algo decepcionante.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Bret Easton Ellis: Lunar Park


Idioma original: Inglés
Título original: Lunar Park  
Traductor: Juiz Rodríguez Cruz
Año de publicación: 2005
Valoración: Repugnante 

 Me encanta American Psycho, de Bret Easton Ellis. Tengo veintidós años y ya he leído esta novela cuatro veces. Pienso que su factura es perfecta (aunque, ciertamente, algo inaccesible); es un libro con un inusual paralelismo entre lo que quiere comunicar y los aspectos formales. También he leído Menos que cero, la primera novela de Ellis. Ha envejecido mal, no lo niego, pero no es un auténtico despropósito. Lo tercero que he abordado del autor es Lunar Park, y me ha parecido un insulto. Mira que tenía todos los ingredientes para que me gustara: una mezcla de realidad y ficción, a Patrick Bateman (el protagonista de American Psycho) y sucesos de apariencia sobrenatural. ¿Cómo ha podido naufragar de tal manera una historia tan prometedora?

 Creo que a Ellis le ocurre como a Chuk Palahniuk. Ambos autores lograban escandalizar al principio. Ahora, sin embargo, no lo consiguen con la misma efectividad. Pese a sus constantes esfuerzos. Y, para colmo, esta insistencia les vuelve machacones. La polémica no es ya un medio para ellos, sino un fin absurdo y gratuito. Ya cansa que recurran a ella una y otra vez, irreflexivamente. 

 Lunar Park parecía haberse dado cuenta de esto. Al empezarla, pensé que Ellis se estaba redimiendo, que iba a cambiar de modus operandi; una lástima que no fuera así. El escritor vuelve al shock que en su momento le funcionó, y que ahora no es más que un recurso barato: sexo pornográfico, violencia extrema y drogas duras. Bret Easton Ellis cae de nuevo en la provocación. Lo peor es que no por inercia, sino que para vacilarnos, pero ya llegaremos a esto. 

 La premisa de la novela no es muy original. Ellis es perseguido por una de sus creaciones. El adversario del escritor es una confusa mezcla entre Bateman y su padre ya difunto (quien fue, de hecho, su principal inspiración a la hora de concebir al asesino de American Psycho). Metaliteratura a punta pala, vamos. Ellis es el protagonista del duelo al que ya tantos otros se han enfrentado: pienso en Frankestein, de Shelley, o en Beaumont, de King. 

 El protagonista de Lunar Park está lleno de defectos. Lo sabe y hasta lo reconoce. Esta es una buena decisión. Al fin y al cabo, ya no estamos frente a los desubicados adolescentes de Menos que cero, ya no hablamos del psicópata completamente ido de American Psycho. No, el protagonista no es otro que el propio Ellis, autor de los anteriormente citados libros. Este enfant terrible que escandalizó al panorama literario en el pasado parece haber madurado: se arrepiente de sus errores. ¿Pues por qué sigue cometiéndolos? No para. Drogas, alcohol, mujeres. Y no tengo ni idea de por qué narices le aguanta su cabreada esposa (añadido ficticio, por cierto). 

 Ellis, en una entrevista, aseguró que escribiendo esta novela se estaba mofando de la visión que la gente se había formado sobre él. Pues bien, esto me parece una pataleta infantil. Al principio de su carrera, esa intención me hubiera parecido justificada. Ya sabes, por lo de indignar a un público hipócritamente remilgado, que se lo tiene bien merecido. Pero a estas alturas no lo veo necesario. Creo, incluso, que está fuera de lugar. Los lectores ya no son igual de impresionables que antaño. Ya no tienes que escandalizarlos para reírte de ellos. Por eso no veo por qué nos tiene que tomar el pelo. En Lunar Park no buscamos la redención de Ellis por morbo. Él nos la ofrece en bandeja de plata al iniciar este libro, y cuando nos ha dado una falsa impresión, nos la quita delante de nuestras narices. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra credulidad? Que en su novela nos haga pensar que se está flagelando para después acabar riéndose en nuestra cara. 

 Ellis también confirmó que el protagonista de la novela está basado un 60% en él. ¿Dónde empieza realmente, pues, esa versión que el lector se ha fabricado sobre Ellis si él mismo confiesa haberse inspirado mayoritariamente en sí mismo?

 En definitiva: mientras que Lunar Park arranca con un agradable sabor a autocrítica (personal y literaria), acaba por recurrir a los tropos de siempre. Lo que parecía una especie de autobiografía no autorizada, la confesión avergonzada y a regañadientes de una persona que ha cambiado, da paso a una dispersa sucesión de momentos que buscan ser polémicos y que acaban contradiciendo el que se nos hizo creer (a traición) que era el mensaje inicial. Dichos momentos, por cierto, opacan la supuesta historia principal de la novela, aquélla en la que el escritor se ve inmerso en una persecución metaliteraria. 

 Mejor paro, que sueno a ex pareja despechada, a moralista barato. ¿Soy un exagerado? ¿Soy injusto al reclamar algo a una obra, algo que creía que el autor me estaba ofreciendo? Al fin y al cabo, hay muchas reseñas celebrando aquello que yo critico. Ni idea. Va, Ellis, riéte de mí, si quieres; felicidades, has conseguido indignarme. Lo único que tengo claro es que es poco probable que relea tu Lunar Park. Para ver a Bateman ya tengo suficiente con American Psycho o la excepcional encarnación de Christian Bale. 

También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero, Suites Imperiales 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Serguey Dovlátov: El compromiso

Idioma original: ruso
Título original: Компромисс (Kompromiss)
Año de publicación: 1981
Traducción: Miquel Cabal Guarro (al catalán); Moisés Ramírez Trapero y Anna Alcorta Pita (al castellano)
Valoración: muy recomendable

Hasta hace poco ni siquiera sabía quién era este Serguey Dovlátov (sí, ya sé que ha sido reseñado en Un Libro Al Día... pero uno no siempre hace los deberes), pero ahora ya puedo decir, tras haber leído dos de sus libros -vale que son más bien finitos-, La maleta y este El compromiso, que sin duda es uno de los escritores con los que más me podría identificar... si ese verbo no llevara aparejado cierta presunción por mi parte. Digamos entonces que es uno de los escritores con los que más hermanado me siento, uno de esos autores y, en este caso, personajes, a los que no cabe sino calificar como "uno de los nuestros"... ¿Qué quienes son los nuestros? Pues me temo que todos aquellos en las que las intenciones son siempre mejores que las realizaciones. Los dispersos, los disolutos, los procrastinadores, los contradictorios, los dipsómanos (aunque sea poco, para el estándar soviético) y los desastrosos en general. También, hay que decirlo, aquéllos que tratan de hacer las cosas bien pero las circunstancias, que son muy suyas, se retuercen para que no quede otra que hacerlas de la mejor manera posible, o sea, como se puede, que no siempre es lo mejor...

La maleta, ya reseñada en ULAD, consiste en una suerte de crónica, estupenda, sobre la vida del autor en la Unión Soviética, tomando como partida las prendas de ropa que se llevó de allí cuando emigró a los EEUU, en 1978. El compromiso sigue un esquema parecido, en cierto modo, sólo que aquí el elemento que da pie a las remembranzas es una serie de artículos periodísticos escritos por Dovlátov mientras trabajaba en el periódico Estonia Soviética, de Tallinn, justo en los años precedentes. El "compromiso" al que hace referencia el título es, pues, el compromiso con la verdad y la transmisión de esta a los lectores u oyentes -hay también alguna historia de la radio- que deben, en teoría, cumplir todos los que se dedican al periodismo. pero, como bien sabe cualquiera que haya leído a este autor, la ironía es inherente a todo lo que escribió: divide el libro en doce capítulos, doce "compromisos", en los que, digamos, esa máxima de informar con veracidad y honestidad no se cumple o lo hace -lo intenta, al menos- por medio de caminos bien torcidos. ¿Qué puedes hacer, después de todo, si tienes que cubrir el reencuentro anual de los veteranos de los campos de prisioneros alemanes... antes de serlo de los soviéticos? ¿O esperar el nacimiento del ciudadano 400000 de Tallinn, pero cuidando de que el recién nacido se adecue a las expectativas del buen ciudadano socialista? ¿O te toca cubrir el entierro de un directivo de la televisión y acabas haciéndole la corbata y portando el ataúd? ¿O si una conocida te pide que le busques un instructor en materia sexual, puesto que parece que su marido no es muy ducho en el tema? Dovlátov se mueve por estas y otras peripecias con el aire perplejo del hombre justo  pero batido por la fuerza de las circunstancias, que no siempre lo son, y te animan a tomar derroteros poco virtuosos. Coadyuvado por sus aún menos ortodoxos compañeros: el borrachín fotógrafo Jbánkov, el amoral Xablinski o el inclasificable y feroz individualista Busch. De todos modos, la naturaleza del libro no consiste en una simple crónica pícara o canallesca al uso; la del autor es, sobre todo, una mirada profundamente tolerante, aunque sea por resignación, sobre las debilidades y desventuras humanas. Compasiva, si se quiere, aunque sea porque Dovlátov no se sabe mejor -o no pretende serlo- que los personajes que retrata.

Por último, quizá quien contemple con cierta condescendencia o incluso conmiseración el desventurado ejercicio de la profesión periodística en un estado donde impere el socialismo real (también llamado desde otras perspectivas "capitalismo de Estado", algo que queda muy bien reflejado en este libro), debería echar un vistazo a las vicisitudes de los periodistas en algún país que se desarrolle dentro del sistema capitalista de libre consumo (y con libertad de expresión, se entiende) en este siglo XXI... como por ejemplo España. No obstante, no seré yo quien haga una comparativa, y hay que admitir que la labor periodística y el transcurrir de la vida ciudadana, en general, en la URSS de Brézhnev tenía sus peculiaridades propias. Con permiso reproduzco un párrafo del libro harto significativo -también del estilo y la actitud de Dovlátov-:

"En el mundo periodístico, a cada uno se le permitía hacer una sola cosa, transgredir los principios de la moral socialista en un solo aspecto. es decir, a uno de le permitía beber. A otro hacer el sinvergüenza. A un tercero, contar chistes políticos. Al cuarto, ser judío. Al quinto, no ser del partido, Al sexto, llevar una vida sin moral. Etcétera. pero a cada uno, repito, le dejan pasar nada más que una cosa. No se puede ser un borracho y judío, entonces. O un sinvergüenza sin ser del Partido.
Yo era perniciosamente polifacético. Es decir, me permitía un poco de todo."

¿Como no sentirse  hermanado con él?


Otros títulos de Serguey Dovlátov reseñados en Un Libro Al Día: La maleta

jueves, 7 de diciembre de 2017

Yanis Varoufakis: ¿Y los pobres sufren lo que deben?


Idioma original: inglés
Título original: And the Weak Suffer What They ?:
Europe's Crisis and America's Economic Future
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable (para interesados)




“Hay algo que es seguro, y es que Europa es demasiado importante como para que la dejemos en manos de sus despistados dirigentes”
Y.V.
Al escoger una cita de Tucídides (Historia de la guerra del Peloponeso) para dar título a este ensayo, el profesor y ex ministro griego anuncia la orientación que dará a su discurso. Y es que tras lo evidente –su interés por reducir las enormes diferencias entre las zonas más y menos prósperas de la Comunidad Europea– encontramos a un escritor culto, didáctico y ameno, que además de manejar con soltura los conceptos económicos como era de esperar, está familiarizado con los clásicos y es capaz de construir un texto claro, conciso y perfectamente argumentado con las metáforas precisas para hacerse entender.
Para marcar el camino recorrido desde el loable proyecto de crear una Europa unida hasta los terribles desencuentros entre países europeos producidos tras la crisis de 2010, Varoufakis se remonta al papel que ejerció Estados Unidos en la reconstrucción de las economías europeas al poco de acabar la Segunda Guerra, gracias al cual se convertiría en árbitro de la economía mundial a lo largo de unas cuantas décadas. La explicación pormenorizada de las diferentes fases que tuvieron lugar en el complejo entramado internacional y la postura de los políticos más relevantes que influiría decisivamente en los acontecimientos posteriores ocupa más de la mitad del libro. Se trataba –y no era nada fácil– de amigar territorios que hasta hacía poco habían luchado entre ellos, de unificar fronteras y crear instituciones comunes con el fin de reconstruir y prosperar. El plan que levantaría Europa fue diseñado por los New Dealers de Bob Kennedy en 1944 y su derribo, provocado por su expulsión de la zona dólar durante el mandato de Nixon en 1971, hizo plantearse a Francia y Alemania una futura unión monetaria que, al estar mal concebida de raíz, llevaría el germen de su posterior decadencia. Pero antes de eso Estados Unidos adoptaría otra decisión trascendental: conseguir que el resto de países europeos aceptase la condonación de la deuda alemana contraída antes de la guerra convirtiendo con ello a Alemania en la potencia industrial que conocemos.
Como sabemos –y el autor explica con todo detalle –el primer paso para la creación de una Europa unida consistió en crear, en 1951, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), integrada por seis países, para establecer precios comunes y disponer la libre circulación de mercancías que más tarde se ampliaría a los productos agrícolas. La propuesta francesa de una moneda común constituiría una etapa más del largo proceso, liderado por Francia y Alemania, que acabó dando lugar a la actual Unión Europea.
Es fácil concluir que el antiguo liderazgo ha resultado decisivo para configurarla tal como es y determinar los mecanismos de su funcionamiento. El gran fallo –como en su momento predijo Margaret Tatcher– fue organizar la economía al margen de la política, objetivo imposible que dejó las decisiones finales en manos de un sistema financiero que, al no tener que rendir cuentas a los representantes elegidos democráticamente, por fuerza condujo a un sistema esencialmente autoritario, un sistema dirigido por burócratas franco-alemanes que antepone el predominio de los fuertes a la esperada prosperidad de todos. El desenlace, lejos de ser casual, fue programado a grandes rasgos por élites y monopolios para tomar en exclusiva las riendas económicas del continente. Dentro de ese esquema hay agravantes, como ocurrió cuando los bancos europeos se esforzaron en conceder préstamos a los ciudadanos menos hipotecados hasta entonces, los del sur, dejándolos con deudas imposibles de pagar una vez sobrevenida la crisis. El predominio financiero se refuerza a base de  comportamientos, a primera vista ilógicos, como admitir en la zona euro a países que en principio no cumplían los criterios del Tratado de Maastricht y, una vez dentro, obligarles a cumplirlos condenándolos a una pobreza creciente. Y no parece haber otro remedio porque no es fácil empezar de cero recuperando la moneda anterior.
Tal desequilibrio, sin una federación que ampare a la Unión Europea ni instrumentos que regulen los mercados, los desestabiliza y produce crisis periódicas. Pero además Varoufakis comprende que una organización de este tipo no es inmune a los totalitarismos, sobre todo cuando está dirigida de arriba abajo y su riqueza se vuelve cada vez más asimétrica. De ahí, amenazas como el creciente racismo ante quienes, se supone, vienen a usurpar derechos ya de por sí muy deteriorados, la aparición de grupos neofascistas (sobre todo, el griego Amanecer Dorado) o las recientes disputas entre gobiernos por el acogimiento, o no, de refugiados sirios.
Los augurios son, como mínimo, frustrantes: “En un bucle interminable de refuerzo aterrador, el autoritarismo y el malestar económico seguirán alimentándose entre ellos hasta que Europa llegue a su punto de ruptura”. Habrá que esperar que se equivoque. O que las medidas que propone -él y otros- se tengan en cuenta.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Juan José Saer: La grande

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy (pero muy, muy) recomendable

Un hombre abandona la ciudad y no se sabe de él durante treinta años. Al cabo de ese tiempo vuelve, busca a uno de sus antiguos amigos y charla con él en un bar. Para contar esto, Juan José Saer emplea unas cincuenta páginas. Como emplea grandes párrafos o varias páginas para describir cómo alguien abre un paraguas plegable o cose un botón, o la búsqueda de una pauta para consumir un plato de aceitunas verdes y negras en función de la potencia de su respectivo sabor. Qué quieren que les diga, son muchas, sí, pero qué páginas. La prosa de Saer puede parecer excesiva, con su frase demorada, sinuosa, en la que una subordinada se descubre en el interior de otra subordinada, y así sucesivamente, como matrioshkas o pequeños puzles, oraciones interminables que son como un eco de pensamientos no errantes sino, al contrario, de una precisión mareante. Frases que requieren leerse un poco hacia delante y hacia atrás, que necesitan reconstruirse, que se inflan como una burbuja creciente e impredecible y terminan estallando en un verbo solitario. Pero nada es gratuito, todo está donde debe estar y en su dosis exacta. Si encima sabemos –luego diré por qué- que este caballero, Saer, apenas corregía nada de sus escritos, lo que sugiere que todo ese torrente le salía con naturalidad, llegamos a la conclusión de que era un monstruo.

Pero vayamos por partes. ‘La grande’ es de alguna manera una novela coral sin más hilo argumental que el retorno a que me refería al principio, y que desemboca en una reunión de amigos en torno a un asado, un día de verano. De forma que las cuatrocientas y muchas páginas se dedican a explorar, a veces en el pasado de alguno de los personajes, otras veces en su personalidad, o en aspectos sociales o literarios. Así nos enteramos de que Gutiérrez, el retornado, fue pasante de un despacho de abogados que uno de sus socios, Mario Brando, utilizó como sala de máquinas de un movimiento literario local conocido como precisionismo. La peculiar personalidad de Brando y su contacto con la élite social y militar del país provocan la agitación del ambiente cultural, y suscitan el estudio del fenómeno por parte de alguno de los personajes, al mismo tiempo que el desprecio de otros. En contacto con ese entorno por diferentes vías se encuentra Nula, un joven vendedor de vinos con aspiraciones intelectuales y la autoestima en posición cenital, que a su vez tuvo una relación poco común con la hija de aquel Gutiérrez. Teniendo como fondo, como transparentándose, la pequeña historia del singular movimiento literario, se van superponiendo diferentes planos temporales de todos estos personajes, descritos con calma, de forma pausada y concienzuda, entreverados con la climatología cambiante, paisajes fluviales o ligeras inmersiones en los aconteceres políticos.

Como decía, la prosa de Saer no se parece a nada corriente, cuesta asimilar su envergadura en un primer momento, incluso puede resultar pesada cuando hemos consumido digamos un cuarto, o un tercio, y vemos lo poco que hemos avanzado si atendemos a un modelo argumental preconcebido. Pero en mi opinión, y sin pretender pontificar, cuando uno se enfrenta a textos así, tan poderosos o tan alejados de lo convencional –en ritmo, en forma, en perspectiva-, la clave está en dejarse llevar, no pretender dominar el trabajo del autor sino sumergirse en la corriente que propone. En este caso al menos, el resultado es reconfortante.

Con todo lo dicho hasta ahora, descripciones que rozan el hiperrealismo, manejo mágico del lenguaje, encaje perfecto de las diversas líneas del relato, por supuesto humor fino, inteligente, sin rehuir la crudeza en su momento justo, con todo ello ¿le podemos pedir más, algo que nos moviese a ponerle el cartelito de Imprescindible? ¿Tal vez un argumento de mayor recorrido, más visual o estimulante para el lector? ¿Personajes algo más humanos, menos sutiles, o que a veces no parezcan algo plastificados? ¿Quizá Leopold Bloom podía haber sido un tipo un poco más interesante, o podía haber ocurrido algo menos vulgar aquel 16 de junio en el Dublín del 'Ulises'? Pues tal vez, nada es perfecto, pero si escrutamos un poco más, tras la aparente linealidad de esos personajes encontraremos siempre algunos misterios, zonas de sombra a veces importantes y otras veces nimias, que quedarán en ocasiones desveladas y otras ocultas para siempre. Y para eso hay que mirar con atención, con pausa.

El caso es que después de esa inmensa marea de literatura con mayúsculas que contiene el libro, tras el memorable (y esta vez breve) cuadro de un colibrí que aparece en el jardín y deja petrificados a los presentes, el relato queda cortado de cuajo. Saer murió justamente cuando se encontraba a punto de terminar el libro y, según la nota del editor que se incluye al final (por ella sé lo de las correcciones), tenía proyectado un capítulo final mucho menos extenso que los anteriores, de forma que nos queda la clara sensación de quedarnos al borde de algo, una sensación que hace de la novela, por inconclusa, algo todavía mucho más grande. Maldita sea.


Otras obras de Juan José Saer en ULAD: La pesquisaEl entenadoNadie nunca nadaCicatrices

martes, 5 de diciembre de 2017

Joyce Carol Oates: El señor de las muñecas y otros cuentos de terror

Idioma original: inglés
Título original: The doll master and other tales of terror
Año de publicación: 2016
Traductora: Laura Vidal
Valoración: recomendable

Esta reseña podría empezar con ese famoso meme de internet que dice: "EMOSIDO ENGAÑADO". Lo digo por el subtítulo: "y otros cuentos de terror"; de hecho, yo encontré este libro en una lista de libros recomendados para Haloween, y pensé: "Joyce Carol Oates + terror = me lanzo de cabeza". Y el problema es que varios, por no decir casi todos, los relatos que componen el libro, solo pueden llamarse relatos de terror en un sentido bastante vago y muy alejado del canon tradicional del género (Poe, Lovecraft, Stephen King y compañía).

Aunque también hay otra forma más positiva de verlo: el hecho de catalogar estos relatos como "relatos de terror" nos obliga a repensar los límites del género, los elementos que lo definen y las expectativas que despierta en el lector el término "terror" (que por cierto creo que tiene connotaciones diferentes en español y en inglés, sobre todo desde que se declaró la War on Terror).

De los seis relatos que componen el libro, hay dos que encajan mejor en lo que esperamos en el género de terror: en "El señor de las muñecas", un niño (y después joven) "encuentra" una serie de muñecas indicadas por su amigo invisible (el "señor de las muñecas" del título), con las que intenta sustituir la que le quitaron sus padres después de que su prima muriera de leucemia; solo que las muñecas que encuentra quizás son demasiado humanas para ser simplemente muñecas. En "mamaíta", en cambio, lo que encontramos es una familia aparentemente ideal y acogedora, pero que en el cuarto del fondo de la casa guarda un secreto: un secreto que quizás tenga que ver con por qué están desapareciendo niños y mascotas en la ciudad. Y hasta aquí puedo leer.

"Ecuatorial" es probablemente mi relato preferido del libro. Con una técnica magistral, Oates consigue crear una ambigüedad terrible y maravillosa en torno a un matrimonio estadounidense que viaja por Sudamérica. ¿Es el marido infiel a su mujer, y busca secretamente la forma de librarse de ella? ¿O es la mujer una paranoica que, por puro miedo, va a acabar matando a un marido inocente y cariñoso? El relato mantiene al lector (y a la protagonista) en un vaivén constante entre ambas posibilidades, sin que sea fácil decidirse por ninguna de las dos, incluso después de terminar el relato.

En "Soldado" y "Accidente por arma de fuego" hay violencia, pero no terror; de hecho, en estos dos relatos Joyce Carol Oates apunta a dos temas que quien la siga en Twitter reconocerá como dos de sus luchas constantes, sobre todo en el reino de Trump: el racismo y la violencia contra las mujeres (unida al control de las armas de fuego). "Soldado", que cuenta la historia de un joven que mata a un negro, supuestamente en defensa propia, es quizás bastante previsible en su desenlace y en su tratamiento del tema. "Accidente por arma de fuego" es una indagación en un trauma sufrido por una adolescente violada por su propio primo en la casa de una de sus profesoras; más que una historia de terror es una historia de violencia, aunque hasta cierto punto encajaría en el género de home invasion tan de moda ahora, sobre todo en los EE.UU.

Y el volumen termina con "Misterios S.A.", en el que un astuto (sic) librero especializado en literatura policiaca planea hacerse con otra exitosa librería del mismo género, usando cualquier medio necesario para ello; y cualquiera es cualquiera. El estilo más ligero de este relato hace pensar en clásicos del género policial (mencionados en el propio texto) como Ellery Queen, y también, por qué no, en los cuentos de Roald Dahl como "Cordero asado". Aunque conviene recordar que fue precisamente Poe uno de los inventores del detective moderno en relatos como "Los crímenes de la calle Morgue" o "La carta robada".

Como se ve a lo largo de la reseña de los capítulos, Oates parece jugar saltando a un lado y a otro de la borrosa línea que define lo que es un relato de terror, y con la propia tradición del género. Leyendo las críticas de Goodreads veo que no soy el único que se ha sentido algo "engañado" por el subtítulo, lo que pone al descubierto de forma clara el juego de expectativas e (in)satisfacciones que componen el proceso de lectura, y con el que autores, editores y comerciales juegan constantemente. Como libro de relatos, a secas, sin subtítulo, creo que es un libro notable, sobre todo en aquellos cuentos en que Joyce Carol Oates profundiza en los traumas e inseguridades de los personajes. Pero me quedo con ganas de algo todavía más oscuro y más amenazador: ese tipo de lectura que te hace sentir incómodo y te impide apagar la luz inmediatamente después de terminar el libro.