Un libro al día
Cada día, una nueva reseña
miércoles, 10 de junio de 2026
László Krasznahorkai: Herscht 07769
martes, 9 de junio de 2026
Jennifer Johnston: Las luces azules
Traducción: Lucia Barahona Lorenzo
Año de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable
Descubrí a Jennifer Johnston hace unos meses con la lectura del estupendo ¿Cuánto falta para Babilonia? Bien, la lectura de Las luces azules (¡muchas gracias, automáticos!) confirma la entrada de la irlandesa en la selecta categoría "autores de los que leería todo lo que cayera en mis manos".
Porque esta novela vuelve a poner de manifiesto la enorme calidad literaria de la autora y su sensibilidad para afrontar temas delicados en los que el riesgo de caer en lo artificial, lo ñoño o lo lacrimógeno es muy alto.
En esta ocasión, Johnston narra (¿o debería decir recrea? pues la recreación es todo lo que nos queda) la historia de Constance, mujer de cuarenta y pocos años, madre de una hija de corta edad y recientemente diagnosticada con una enfermedad terminal.
Y esa narración toma la forma de vaivén entre pasado y presente, entre los recuerdos que se desbordan, las alucinaciones provocadas por la enfermedad y el miedo y el dolor que crecen día a día.
Pero Constance es una mujer que hace bandera de la libertad y de la independencia, tanto en vida como frente a la muerte, y que huye de la autocompasión, por lo que el tono del texto es conmovedor, por supuesto, pero también irónico.
No me quiero enrollar demasiado así que así a enumerar las que, para mi, son las principales virtudes de la novela:
- Su apertura a diversos temas, tan atemporales y universales como las vidas no vividas o la identidad y la libertad personal.
- La construcción de los conflictos de la novela en base a pares antitéticos (Constance / Bibi, Padre / Madre, Jacob / Bill...).
- Los diálogos, que diría son la especialidad de la casa y que son fundamentales en el desarrollo del texto.
- La relación Constance - Bridie, no demasiado "extensa" en la novela, pero sumamente relevante y coherente con los planteamientos de esta.
lunes, 8 de junio de 2026
Reseña + entrevista: Mal de bosque de Izaskun Gracia Quintana
Título original: Basokoa
Traducción: la propia autora
Año de publicación: 2026
Valoración: más que recomendable
Quien no haya pasado aún por el poco agradable trance de tener que vaciar la casa de algún familiar fallecido puede estar seguro/a de que, probablemente, antes o después le tocará hacerlo; se trata, por tanto, de una situación relativamente común, proclive a servir de marco para narraciones sobre dramas familiares más o menos melancólicos o catárticos. En principio, eso es lo que les ocurre a las dos protagonistas de esta novelette, cuando muere su abuela en su caserío junto al bosque y ellas acuden allí para llevar a cabo tan ingrata tarea. La historia, por tanto, podría transcurrir por los caminos más o menos trillados del drama familiar y, de hecho, lo hace, aunque no por los lugares comunes que cabría esperar, puesto que su familia guarda -"guarda" en el sentido más amplio del verbo- un terrible secreto que niega la felicidad a sus miembros. La primera frase de la narración (que remite, en cierto modo, a uno de los comienzos más célebres de la Historia de la literatura), lo deja bastante claro: "Todas las familias nacen de una mentira". A partir de ahi, el lector o lectora ya intuye lo que puede esperar...
Claro, que cualquiera que haya leído Lo que ruge, el anterior libro, de relatos de Izaskun Gracia Quintana, o, sin ir más lejos, muchas de sus reseñas en Un Libro Al Día (porque sí, amigas y amigos en este blog tuvimos el honor de que Izas fuera "una de las nuestras"... O lo sea aún, porque uno o una puede dejar ULAD, pero ULAD nunca le deja a una) conoce la querencia de esta autora por la literatura fantástica y, sobre todo de terror... Un terror que ya vamos intuyendo desde el comienzo de la novela, pese a que, en un principio, pueda parecer que nos hallamos, sin más (o sin menos) en un drama familiar al uso. El componente fantástico/terrorífico, no obstante, va escalando, avanzando de forma gradual hasta ocupar la mayor parte del espacio narrativo y alcanza su momento climático sin necesidad de recurrir a giros rocambolescos y ni tan siquiera sorpresivos, como suele ocurrir en tantaas obras de este género. El mérito de esta novela consiste en que, sin los consabidos plot twists, cliffhangers y demás viejas argucias con nombre modernete, consigue que quien comience su lectura no pueda despegar los ojos de sus páginas hasta llegar al final. Gracias, en buena medida, a una muy adecuada dosificación de la tensión narrativa, que también va incrementándose poco a poco hasta el clímax.
Se agradece también, o, al menos, yo lo hago, que la novela no utilice ciertos componentes ya un poco tópicos, contra lo que cabría esperar... ¿Una historia de terror que se desarrolla en un caserío vasco al lado de un bosque impenetrable? Cualquiera esperaría un defile del basajaun, galtzagorriak y lamiak, pero no, por ahí no va la cosa y sí por derroteros más atávicos, si cabe, del acervo popular europeo y puede que universal. Algo parecido se puede decir sobre la utilización del espacio doméstico -aunque no exactamente en oposición al de la naturaleza-; cabría esperar la enésima versión de la casa encantada, y si bien, en cierto modo, lo es, el resultado es mucho más ambiguo y sutil de lo que se supone en un principio.
No quiero acabar esta reseña sin retomar la otra pata sobre la que se apoya la historia, junto con el componente fantástico y terrorífico; se trata de las, a menudo, escurridizas relaciones intrafamiliares, y en concreto entre mujeres de una misma familia -en el libro aparecen algunos hombres, pero como personajes secundarios e incluso contingentes-: hermanas, madres e hijas, abuela y nietas... Con seguridad no soy la persona más adecuada para analizar las sutilidades de las relaciones femeninas, pero sí puedo asegurar a quien esté más dotad... dotada, quiero decir, para ello que aquí encontrará suficiente material para la reflexión sobre el asunto. En todo caso, puedo asegurar que, independientemente de cualquier circunstancia, es ésta una lectura que no decepcionará a ningún lector o lectora, incluyendo a quienes no sientan especial atracción por el terror. Porque, sobre todo, esta es una novela corta muy bien escrita y, como ya he dicho, de lectura absorbente hasta su final. Lo que no es poco, hoy en día... O incluso se podría decir que ya es mucho.
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Izaskun ha tenido la gentileza y paciencia de responder a unas cuantas preguntas, me temo que bastante más abstrusas que sus respuestas, siempre interesantes:
-Mal de bosque peertenece claramente al género fantástico y de terror, del que sé que eres devota, tanto en tu vertiente lectora (y reseñista) como en la de escritora. Lo interesante es cómo consigues utilizar, en una novela tan corta, varios tropos del género, desde la casa encantada o la brujería lo que podríamos considerar "horror lovecraftiano", de forma natural y sin que se atropellen unos elemntos con otros. ¿Este despliegue de componentes propios de la narrativa de terror era algo que tenías planeado antes de ponerte a escrribir o fue surgiendo a lo largo del proceso de creación de la novela?
-No lo planeé antes de escribir. No de manera consciente, al menos. Todo surgió de la escena final, que fue la primera imagen que tuve sobre esta historia en la cabeza. A partir de ella fui construyendo el resto, el «cómo hemos llegado a este desenlace», y esos elementos surgieron de manera natural. Puede que en parte se deba a que, como soy muy fan del terror, como bien has dicho, tengo todos esos tropos del género muy naturalizados y salen solos.
-También es una novela que se podría relacionar, en cierto modo, aunque derive en una forma harto diferente, con dos novelas españolas recientes escritas por mujeres y que comparten , más o menos, elementos como el espacio axfisiante de una casa, la nieta narradora/protagonista o la abuela casi bruja (o sin casi), como son Carcoma de Layla Martínez y Termita de Garazi Albizua. ¿Las has tenido en cuenta a la hora de plantearte esta historia? ¿En cualquier caso, qué influencias más o menos directas has tenido?
-Antes de empezar a escribir, había leído Carcoma, pero no Termita (creo que ésta se publicó poco antes de Basokoa, pero corrígeme si me equivoco). Todo lo que leemos (tanto si nos gusta como si no) nos influye cuando escribimos, todo deja su poso, pero no suelo tener ningún libro en cuenta a la hora de desarrollar una historia. Creo que me limitaría mucho, no dejaría que la narración fluyera como debe.
Uf, influencias... Recuerdo que, cuando escribía la novela, estaba leyendo a autores como Tananarive Due, Stephen Graham Jones, gemma Files... que, si bien escriben obras de terror, estas son muy diferentes a mal de bosque (los temas, el estilo, la extensión: todo es distinto), así que no sé... Como he dicho, todo lo que leemos nos influye, pero no sé cómo, exactamente.
-Me resulta curioso que, tratándose de una historia ambientada, en el País Vasco y además escrita originalmente en euskera, no recurras, como se prodría esperar en un principio, a ciertos personajes propios de lo que conocemos como mitología vasca (estoy pensando sobre todo en el Basajaun) y recurras más bien a elementos del folklore británico como el Hombre Verde (aunque también podríamos hablar del Silvano romano o del dios Cernunnos de los celtas) y el mito del "bosque que se mueve", que aparece, en distintas formas, incluso en Shakespeare y Tolkien... Pretendías precisamente evitar lo más obvio o ha sido también una decisión más bien espontánea?
-Por otra parte, el terror en general es un género que ahora mismo está viviendo un cierto auge, tanto en lo que se refiere a la literatura como, sobre todo, al cine (y, por cierto, debo decirte que a mí Mal de bosque me parece una historia de lo más apta para ser adaptada a una película que lo pete en Sitges, sin necesidad de demasiado presupuesto, además... aunque seguramente habría que meter un poco de CGI). Como, ya digo, conocedora y cultivadora del género, ¿a qué crees que se debe este auge y que, en todo caso, el terror esté dejando de ser algo propio de frikis macabros o, como mucho, de entretenimiento de serie B, para ser visto con más"respeto" (tampoco sé si es la palabra adecuada)?
-Siento también curiosidad sobre cómo, siendo como ere, hasta donde yo sé, una persona urbanita, has afrontado la dicotomía Naturaleza/Espacio Humanizado, en este caso Bosque/Caserío. Y si lo has visto de forma distinta al escribir en euskera o al traducir al castellano, habida cuenta de que en la lengua vasca la diferencia no es tan grande, al decirse el caserío baserri o pueblo del bosque, por lo que no deja de formar parte de él...
-En este sentido, no te voy a preguntar por las dificultades o matices de traducirse a una moisma, pero sí sobre el detalle del cambio de título, que mencionas en los agradecimientos,,, ¿Quizás se debe a que Basokoa supone un ciwerto espoiler?
-Uf, prefiero traducir obras ajenas, no me gusta nada traducirme a mí misma. Lo hago, de todas maneras, pero me da la sensación de que estoy siendo demasiado intransigente con el texto.
El cambio de título, más que a un espoiler, se debió a que la traducción literal no me gustaba nada, jajaja, «Lo del bosque» (o cualquier variación) me parecía muy sosainas, así que decidí que en castellano tenía que ser algo diferente.
Para finalizar, agradecer de nuevo su amabilidad a esta escritora que nos resulta tan cercana y desearle suerte, tanto con Basokoa/Mal de bosque como con sus proyectos futuros que seguro que sertan tan sugestivos como éste. Mila esker!
Más libros de esta autora reseñados en Un Libro al Día: Artikoa/Ártica, Crónicas del encierro, Lo que ruge
domingo, 7 de junio de 2026
Ioana Maria Stăncescu: Primero llega el silencio
Título original: Tăcerea vine prima
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
Año de publicación: 2024
Valoración: muy recomendable
sábado, 6 de junio de 2026
Llucia Ramis: Un metro cuadrado
Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: muy recomendable
Es un poco inevitable que, vista la eficacia de su escritura, siempre le solicite en algún punto a Llucia Ramis que vaya un poco más allá y aborde directamente una obra íntegra de ficción. No porque lo que escriba en otros registros no sea satisfactorio, más bien por esa manía (personal, pero creo que no seré el único) de ver cómo ciertos escritores abordan el proceso creativo, una vez que en la obra que publican relacionada con sus vivencias, con su día a día, ya vemos que se maneja de forma brillante y solvente. Aunque quizás la alternativa fuera ese enorme páramo últimamente muy concurrido de la autoficción. Igual me callo, ¿no?
En Un metro cuadrado Llucia Ramis nos ofrece una mezcla entre ensayo en base a experiencias propias y diario de existencia alrededor de sus peripecias como inquilina de diversos pisos en varios barrios de Barcelona, encabezando cada capítulo con la ubicación de cada vivienda, algunos datos del edificio en que se emplazaba, y el alquiler que en cada periodo tuvo que abonar (y una ligera referencia de cómo sus ingresos derivados de su profesión no crecían al mismo ritmo que ese alquiler). Desde que, dado que en la isla de Mallorca no podía cursar la carrera de Periodismo, tuvo que llegar como una estudiante veinteañera (un piso en Sarrià perteneciente a unos familiares) hasta que, después de un periplo que incluyó París, Buenos Aires e incluso esporádicos regresos a Baleares, acaba hipotecándose en la compra de un pequeño piso en Barcelona. Estancias de diversas duraciones, en ocasiones conviviendo con amigas, compañeras de estudios, a veces con su pareja. Ramis intercala sus reflexiones, siempre en torno al concepto de casa como punto necesario de referencia para el ser humano, o eso dicen las leyes que debería ser así. También añade una bitácora intermitente de las relaciones de pareja que le acompañaron en cada momento.
Leer Un metro cuadrado es, sí, enormemente satisfactorio. Aunque también es, conforme la cercanía a sus circunstancias es mayor, proclive a cierto desasosiego. Por qué resulta todo tan caro, por qué una persona con un cierto peso en la escena literaria local se encuentra en tantos momentos en una precariedad forzada por la avaricia de los arrendadores, por la tacañería de sus empleadores, por la cosa esa del mercado. Veo, en la minuciosa bibliografía que Ramis nos aporta, al menos tres lecturas coincidentes que tratan, de forma frontal, estas mismas cuestiones: Pacheco, Amat y Dioni, entre otros, están desplegando una especie de ecosistema de denuncia de esas situaciones que Ramis expone aquí, y resulta espeluznante, porque la cosa va a más, ver que se genera tanta literatura (y buena, y certera) a costa de algo que debería ser pasto de prensa, pasto de debate parlamentario, pasto de promesas electorales de aquellas (...) que se cumplen. Pero, como demasiadas veces pasa, luego surgen las razones de alto rango que neutralizan la denuncia, que anestesian la rabia con la que esta se formula, que mitigan y relativizan, con lo que aquello que debería ser un aullido de protesta acaba siendo una tímida queja desde un rincón, una queja que aunque tenga una forma colectiva y coral, queda solapada y replicada con los inapelables argumentos que conocemos de sobras, muchos de ellos, dejad que me repita, incluyendo la palabra mercado.
Reseñado de Ramis en ULAD: aquí
viernes, 5 de junio de 2026
Zülfü Livaneli:La casa de Leyla
Título original: Leyla´nin Evi
Traducción: Carlos Ortega Sánchez
Año de publicación:2026
Valoración: muy recomendable
"A la mayoría de la gente le gusta el Bósforo en verano, pero yo estoy enamorado de sus inviernos. Cuando nieva, suelo contemplar las corrientes color turquesa, la nieve blanca sobre las coloridas barcas amarradas a la orilla y las gaviotas revoloteando en busca de comida".
De esta manera tan colorida y musical comienza la novela del escritor turco Zülfü Livaneli, que nos invitará a sumergirnos en una emotiva historia de nostalgia y desamparo que se desarrolla a orillas del Bósforo, que se convertirá, indirectamente, en un elemento necesario de la trama.
Nuestra protagonista es una anciana, Leyla, nieta del Bajá Abdullah Avni, el bosnio, que es desahuciada de la casa que habita en un jardín de una de las preciosas residencias que los nobles turcos construían como signo de poder a orillas del Bósforo. Esta casa, que fue residencia familiar durante varias generaciones, ha sufrido el mismo proceso especulativo que otras muchas mansiones y ha sido comprada por un empresario de la nueva clase económica emergente que dirige los destinos del país.
Afortunadamente, Leyla es acogida por el hijo de un antiguo jardinero y tendrá que acostumbrarse a vivir en un modesto piso de una zona céntrica y cosmopolita de Estambul y acomodar su vida a las nuevas circunstancias. No le resultará fácil a la anciana, que ha vivido toda su vida en la casa familiar y apenas ha tenido contacto con el mundo exterior. Todo un mundo de oropeles y lujos llega a su final.
Con estas premisas, Livaneli va construyendo una novela de contrastes a través de una serie de historias suspendidas entre una Estambul moderna y occidental y la ciudad del Imperio otomano tardío. El choque entre la tradición que representa Leyla y la modernidad que representa la joven pareja que la acoge.
Leyla va rememorando su pasado y a través de esos recuerdos nos sumergimos en la apasionante historia de Turquía. La saga familiar arranca con la expansión del imperio otómano por el este europeo, convive con la revolución de Ataturk y se desploma definitivamente durante el actual gobierno de Erdogan. Si apasionantes resultan las vivencias familiares que nos transmite Leyla, no menos atrayente es el fresco histórico de la historia de Estambul, y por extensión de Turquía, que nos dibuja Livaneli.
El escritor turco nos entrega una historia donde la delicadeza formal y la musicalidad de las descripciones envuelven al lector. Construye una emotiva novela donde los recuerdos y la nostalgia se convierten en el hilo conductor de una trama muy bien hilvanada que nos mantiene atrapados hasta su conmovedor final.
A través de una prosa intimista y contenida nos invita a presenciar la lenta transformación de un modo de vida condenado a desaparecer en el que sólo el Bósforo permanece como testigo inmutable: "Un día en el que el Bósforo se había cubierto de una niebla tan espesa que no se veía a un palmo, se había detenido en ese mismo muelle y contempló como los enormes barcos se deslizaban en medio de aquella blancura absoluta. Parecían flotar en el aire, mientras las sirenas en la niebla sonaban como lamentos dolorosos. Entre la blancura, un puñado de barcas de pescadores daba la sensación de estar suspendido en el aire, luchando por regresar a la costa. En aquel momento, la orilla opuesta también había desaparecido, como si ambas orillas se hubiesen fundido".





