Título original: Malina
Traducción: Isaberl Hernández
Año de publicación: 1971
Valoración: está bien
Título original: Verstörung
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1967
Valoración: Recomendable
Dentro de la obra narrativa de Thomas Bernhard Trastorno (1967) va en segunda posición, es decir, es su segunda novela, publicada ocho años antes de Corrección (1975), la única que conozco aparte de esta. Entre ambas publicó La calera (1970). No son datos que llamen la atención o que puedan interesar mucho al lector, ni es mi costumbre largar este muestrario de títulos y fechas, pero hay algo disonante en esta secuencia, ya verán.
Y es que Trastorno, aunque tiene una cierta unidad argumental, desde el punto vista estilístico muestra una ruptura fuera de lo común a la que no encuentro demasiada lógica. De forma que en el aspecto formal tenemos algo así como dos novelas independientes:
1. Personajes de la Austria profunda
Con un formato perfectamente convencional, Bernhard cuenta el periplo de un médico rural que, acompañado de su hijo, visita a diversos pacientes en la región austriaca de Estiria, repleta de bosques, montañas y valles profundos. El judío Bloch, la señora Ebenhöh, el industrial que vive con su hermanastra aislado del mundo, el hijo contrahecho de los guardeses del castillo, los Fochler con su molino incrustado en un barranco y con gran número de pájaros exóticos en una jaula. Es una ‘población básicamente enferma, propensa a la violencia y el desvarío, […] gentes del campo que degeneran en la brutalidad, […] un paisaje de profundos valles sin sol, pequeñas ciudades y abúlicos pueblos y mercados’. No es de extrañar que Bernhard no despertase precisamente la simpatía de buen número de compatriotas con semejantes opiniones.
Por momentos recuerda retratos inclementes de mundos rurales de otras tierras, pero aquí no se trata de personajes primitivos como los de las aldeas gallegas de Valle Inclán, o brumosos, intemporales y casi metafísicos como los de la Región de Juan Benet. No arrastran, que sepamos, traumas antiguos o extrañas taras, son individuos simplemente sometidos por ese entorno hostil y embrutecedor que los trastorna y deshumaniza generación tras generación, a la vez que les ata para siempre a esa tierra, naturaleza pura, maravillosa y aterradora al mismo tiempo.
La narración es poderosa, fluida, y diríamos perfectamente homologable, como si un artista abstracto decidiese demostrar que también sabe hacer pintura figurativa, y lo hace espléndidamente. Pero Bernhard, de repente, toma otro rumbo.
2. Saurau
El último paciente de la ronda es el príncipe Saurau, que habita con sus hermanas e hijas en el castillo que se yergue en lo alto del barranco. Necesita de un nuevo administrador para sus tierras, y Bernhard, que le concede la voz única en prácticamente todo lo que resta del libro, dedica once páginas a describir cómo un hombre se postulaba al puesto y fue finalmente rechazado, una simple entrevista de trabajo. La desproporción sugiere cierto desequilibrio en el protagonista-narrador, y promete por tanto sensaciones intensas. Saurau puede además resultar un personaje fascinante, solitario y sumido en inquietudes intelectuales, que lanza su disertación de forma fragmentada y en todas direcciones, la naturaleza del hombre, la posible traición de su hijo, la interacción con la naturaleza, el espíritu del castillo o la enfermedad moral de los pueblerinos, sus empleados, o de Austria entera.
Ese torrente incontenible, el interminable monólogo del príncipe, hace inmediatamente pensar en el Roithamer de Corrección, y por eso esta segunda parte del libro es como un puente hacia la posterior novela de Bernhard. Se diría que el autor ha descubierto repentinamente otra forma de contar las cosas, abandona el convencionalismo anterior y se lanza sin freno por el nuevo camino. De ahí que surja la duda sobre esa novela intermedia que de momento no conozco.
Pero lo cierto es que al larguísimo speech no le veo la profundidad y la coherencia que, dentro de formato tan complejo, mostraba en Corrección. La perorata del príncipe es una sucesión de comentarios muy breves y con escasas conexiones, que bien podría ser simplemente el discurso de un demente, con poco que aportar al resto de la narración. Lo cual demuestra que el descubrimiento de una herramienta narrativa, por valiosa que pueda ser, no garantiza por sí misma un resultado brillante, algo que solo se consigue cuando se carga con el material y en la forma adecuados. Con todo, el libro no deja de ser estimable, con ese punto extraño que resulta atrayente siempre que estemos prevenidos: la lectura de Bernhard es estimulante, pero (afortunadamente) nunca sale gratis.
Título original: Traumnovelle
Traducción: Miguel Ángel Vega Cernuda
Año de publicación: 1926
Valoración: Muy recomendable
Está bastante extendida la idea, yo creo que acertada, de que en la vida hay momentos en que el cuerpo, o más bien la cabeza, desdeña la estabilidad y pide acción. Se dice que ocurre no sé si hacia los cuarenta o cincuenta, más frecuentemente en los hombres (aunque yo creo que en ellos solo se manifiesta de forma más visible), y es cuando los más decididos se largan a emprender una nueva vida en un país tropical, el que puede se compra un descapotable, y la gran mayoría no pasa de un viaje un poco bobo con unos colegas, o sencillamente no hace nada en absoluto más que rumiar un descontento que no termina de entender.
Si hablamos de una pareja más o menos estable y con una trayectoria ya larga, quizá esa relación es el primer pilar en tambalearse. Aunque no se haya llegado al hastío o a lo que podríamos llamar desamor, ni se haya uno llegado a plantear nada disruptivo, puede que nos ronde una sensación o sintamos una pequeña punzada, impulsos que pueden tener origen en una imagen, una voz o una simple broma, que de repente provocan un pequeño cortocircuito. Todo puede quedar solamente ahí, pero también es posible que anide para brotar en algún momento posterior. En el caso de Albertine el detonante, todavía algo inocente, es la visión de un joven en un viaje por Dinamarca, una anécdota seguida de un sueño o de un juego de la imaginación, que suele venir encadenado. Albertine se lo cuenta a su marido Fridolin (vale, nombre de helado para niños, pero dejémoslo estar), y provoca una reacción en cadena que ninguno de los dos seguramente había podido sospechar.
Fridolin se encuentra dolido en su autoestima y un poco celoso, pero por encima de todo sorprendido y desbordado por sentimientos desconocidos, y se lanza en busca de aventuras. Casi sin quererlo estas le salen al paso una tras otra y, aunque decidido en su propósito, parece que ha perdido un poco el manejo de los tiempos, hasta que tiene la oportunidad de acudir a la reunión de una especie de sociedad secreta. Aquí empieza a asomar un peligro real, pero también emociones intensas con un indudable sesgo sexual: disfraces, máscaras, mujeres desnudas, ritos extraños, el colmo de lo que un alma ansiosa de emociones podría desear.
Sí, claro, más de uno ya estará pensando en Eyes wide shut, la obra póstuma de Kubrick que justamente está basada en el libro de Schnitzler. Estéticamente impecable, cómo no, la película capta a la perfección la atmósfera inestable que sugiere la narración, ese deambular hacia lo desconocido casi por inercia, la mezcla de temor y decisión inquebrantable que domina al protagonista, la duda permanente sobre si Albertine está pasando por lo mismo, o es todo una alucinación. Para quienes conozcan la película también hay que decir que tiene bastante de deconstrucción del relato, donde los elementos fundamentales se barajan y mezclan al servicio de un guion menos respetuoso en su conjunto que en cada uno de los escenarios. O al menos es lo que ahora soy capaz de recordar, aunque debería volver a verla.
Por su parte, el libro, que es de lo que venimos a hablar aquí, transmite una sensación algo diferente, localizada en un nivel más íntimo donde se profundiza mejor en la psicología de Fridolin y Albertine. Con una prosa a veces algo borrosa, Schnitzler parece mostrar cómo no solo importa y nos afecta lo que realmente ocurre, sino lo que por alguna razón no llegó a ser real, incluso lo que solamente fue soñado, sin que en ocasiones llegue a estar del todo claro a cuál de estas categorías pertenece lo que tenemos en nuestra cabeza.
Otras obras de Arthur Schnitzler reseñadas en ULAD: La señorita Else, La cacatúa verde, El teniente Gustl
Título original: Das Feld
Traducción: Ana Guelbenzu
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable
Harry Stevens, un anciano alemán residente en el pueblo de Paulstadt, disfruta paseando cada tarde entre las tumbas del cementerio, un lugar al que los vecinos llaman “el campo”, los días que hace buen tiempo. Cuando se cansa, se sienta a la sombra de un viejo abedul, y deja vagar sus pensamientos. A veces, cree oír hablar a los muertos, aunque no llega a captar más que palabras sueltas, y se pregunta cuál será el objeto de sus conversaciones. A muchos los conoce o, mejor dicho, los conoció. Fueron obreros, comerciantes, dependientes y políticos del pueblo que, a buen seguro, tienen muchas cosas que contarnos sobre su vida y, claro, sobre su muerte.
Quizás sólo en ese último momento, como dice nuestro protagonista “sería razonable que un ser humano pudiera emitir un juicio definitivo sobre su vida”.
Y eso es lo que hace Seethaler en este libro. Dar la palabra a veintinueve vecinos de Paulstadt que nos hablan de cómo vivieron y cómo murieron. Es un universo pequeño y cerrado y, en muchas ocasiones, inevitablemente, las historias de algunos personajes se entrelazan con las de otros creando un universo en el que vemos como respira toda la comunidad. Hay historias de amor, odio, soledad, esperanza, venganza, ilusión o crueldad. Cada capítulo no deja de ser más que un reflejo de la condición humana.
Seethaler se propone, y lo consigue, que comprendamos a cada uno de los personajes que nos presenta. Son personajes normales y corrientes, como usted y como yo, con sus pequeñas alegrías y tristezas, que toman decisiones, acertadas o equivocadas, que dirigen su vida, y a menudo su muerte, en una determinada dirección.
No me resisto a incorporar el fragmento final de un capítulo. Unas líneas ilustrativas del tono poético en que se mueve el escritor alemán:
“En mi memoria ya no paró de llover, el mundo se vino abajo. Ahora yazco aquí, entre mis padres. No ha sido un camino largo, pero se está tranquilo, y algunas noches oigo a lo lejos un gemido, leve al principio, aunque constante como el llanto de un niño, que luego crece y se vuelve más intenso y penetrante, hasta llenar la noche. Yo me quedo quieto y escucho aullar a los lobos hasta que su aullido se interrumpe”.
Seethaler escribe con elegancia y sobriedad y transmite ternura hacia los personajes que retrata. Algunos merecen unas líneas, otros varias páginas, pero todos han constituido el tejido vivo de Paulstadt y todos tienen cosas que contarnos.
Como señaló el propio novelista alemán en alguna entrevista: “cada hombre es el héroe de su propia historia”.
Firmado: José Miguel Martínez
Título original: Korrektur
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1975
Valoración: Casi imprescindible
Roithamer es una especie de científico que investiga y da clases en Cambridge, y además ha construido para su hermana una vivienda en forma de cono en el centro geométrico de un bosque. El narrador (quizá un trasunto del propio Bernhard) es su amigo de la infancia, y reflexiona sobre Roithamer desde la buhardilla de la casa de Höller, quien también mantiene la relación con ambos desde la época escolar. De manera que Roithamer es, aunque de forma más bien indirecta, el protagonista de este relato localizado en pequeñas poblaciones de la montaña austriaca.
Corrección es un enorme monólogo interior de casi trescientas páginas, aunque mejor le cuadraría el concepto inglés de stream of consciousness, donde el stream tendría más bien la acepción de 'corriente' o, mejor, 'torrente', porque esto es justamente eso, un torrente incontenible de reflexiones, recuerdos, hechos, ideas, cuyo centro es el citado Roithamer, con todas las ramificaciones posibles. El carácter desbocado del monólogo, antes de conocerlo mediante la lectura, lo vemos al abrir cualquier página: todas y cada una forman el rectángulo perfecto, sin un hueco, porque no hallaremos ni un solo punto y aparte, ningún párrafo, apenas algún punto y seguido. Pero si a alguien le intimidan esas páginas de aspecto monolítico, le diré que no hay nada que temer, en unas pocas líneas, apenas dos o tres páginas, estamos inmersos en ese enorme caudal, nos dejamos llevar por él y enseguida empezará a resultar adictivo, hipnótico.
Con igual facilidad se diría que Bernhard coge velocidad y se ve a su vez dominado por esa prosa que cobra vida propia, de forma que las ideas se van enlazando unas con otras con total naturalidad y, aún más importante, con absoluta nitidez. Así que, pese a las impresiones iniciales, el libro para nada resulta difícil de leer. Estamos sin remedio dentro de la cabeza del narrador, siguiendo sus reflexiones siempre en torno al amigo genial, y en ese gran flujo desordenado hay sitio para muchas cosas: los feroces paisajes de sombrías gargantas entre montañas, la obsesiva búsqueda de la perfección en la construcción del Cono, el carácter destructivo de un trabajo intelectual riguroso, las zonas oscuras de la labor del taxidermista o las comidas familiares en silencio absoluto, el recuerdo de las caminatas infantiles hacia la escuela, la aversión hacia la mediocridad y la molicie de la sociedad austriaca y, sobre todo, la profunda toxicidad de la historia familiar, en la que odios difícilmente explicables quedan apenas ocultos tras la aparente normalidad. Roithamer es el hermano raro que nunca quiso adaptarse a la alienante vida en la casa familiar, que siempre intentó huir, física e intelectualmente, de un medio que le era extraño.
Y la corrección, claro. La corrección es aniquilación, y así Roithamer, que acumula miles de escritos dispersos por su estudio, ha redactado un texto voluminoso que a cada corrección va perdiendo páginas, hasta quedar en unas pocas decenas. Pero la corrección es un concepto tan poderoso que no solo es aplicable a ese libro sino también a la vida misma, porque esa búsqueda de la perfección destruye todo lo que la rodea, los seres queridos y la propia obra. El Cono, el libro, la vida, van quedando carcomidos según se avanza intentando conocer a fondo cada detalle y gobernar todos los resortes.
El texto es tan obsesivo, repleto de repeticiones y retrocesos para machacar una y otra vez cada idea hasta un punto que se revela insano, que poco a poco las voces se van superponiendo, quizás fundiendo y, sin abandonar una cadencia casi musical, parecen ir acelerándose, como precipitándose hacia un abismo. Es como una extraña terapia, en la que los tres personajes parecen ser diferentes perspectivas del propio autor, como en una óptica cubista. El pensamiento se deja correr en distintas direcciones para encontrar solo atisbos, síntomas o nuevos interrogantes, nunca respuestas, un narrador sin nombre que parece real aunque puede no serlo, un amigo en perpetuo silencio que es sin embargo capaz de construir desde sus íntimas convicciones, un genio atormentado que protagoniza páginas y más páginas pero que quizá no es más que la personificación de una enorme incomodidad con el mundo.
Año de publicación: 2020
Valoración: Se deja leer
Pero también podría valorarse como Decepcionante, o al menos Flojo, si esa categoría existiese en nuestro baremo. Lo de Decepcionante, básicamente porque es un concepto que viene en línea recta de la comparación con unas expectativas previas, justificadas o no, y las mías venían determinadas por varios elementos favorables:
Bueno, y hasta la cubierta es bonita, es verdad. Dentro, más de cuarenta microrrelatos que, como ya he comentado aquí alguna vez, es un formato que me parece arriesgado, que puede arrojar un resultado brillante pero también lleva encima el riesgo de resultar inane. Hummm.
Por empezar por alguna parte hay que decir que el repertorio de materias tiene toda la amplitud de las cuatro decenas de relatos, desde un amor a primera vista hasta un ritual de harakiri, un misterioso libro de sabiduría de un pueblo perdido, las reflexiones de un teléfono (sic) o, claro está, los sentimientos de esas plantas carnívoras que lucen en el título. No cabe más dispersión de temas, lo que habla bien de la creatividad de la autora, al menos para imaginar cosas casi siempre un poco disparatadas.
El estilo es casi tan flexible como la temática: preferentemente limpio, con alguna tendencia al preciosismo, pero procurando adaptarse a lo que se cuenta, adquiere suaves tintes a veces arcaizantes, otras veces románticos o lejanamente científicos. Pero lo que domina por completo es el humor, ese humor infrarrojo que reza en el subtítulo (un concepto que tampoco entiendo bien) y que impregna cada uno de los relatos, en ocasiones a través de cierto tono irónico, y las más articulando el argumento hacia algo parecido a la fábula o directamente hacia el absurdo.
Todo esto, visto así, variedad de temas, habilidad para manejar una prosa eficaz y buenas dosis de humor, tendría bastante buena pinta, pero cuando se empiezan a pasar páginas algo ocurre, y el libro, un relato tras otro, se nos va desmoronando. Y es que el mundo del microrrelato se parece bastante a caminar sobre una cuerda: o sea hace muy bien, casi perfecto, o la aventura acaba de mala manera. Ya lo hemos comentado en alguna ocasión, se trabaja sobre muy poco espacio (en el caso de este libro, tres o cuatro páginas como mucho) y todo debe estar medido y dosificado con exactitud para que funcione: un argumento que atrape desde la primera línea, un desarrollo que no pierda vigor y conduzca hacia el final deseado, un desenlace poderoso, no necesariamente pirotécnico, que cierre el círculo narrativo. Una narración comprimida, o un simple pasaje, que deje al lector estupefacto, o inmerso en una atmósfera de que la no desea salir, o aturdido por una experiencia especial.
Esto es algo que en mi opinión muy pocos consiguen, casi siempre el especial talento de Monterroso, con frecuencia genios como Borges o Cortázar cuando se internan en este campo, y de vez en cuando, esporádicamente, algunos otros autores cuando consiguen dar con la tecla. Pero salvo esos casos contados (e insisto en que es una opinión muy personal, que habrá quien corra a rebatir) el microrrelato se convierte en algo de poca sustancia, un sucedáneo para quien no alcanza a edificar una narración más compleja ni domina los secretos de la poesía, un contenedor de ocurrencias más o menos afortunadas, expresadas con mayor o menor habilidad.
Exactamente es lo que le ocurre al libro de Schrödinger, que muestra imaginación, sí, también cierta habilidad para narrar, y esa saludable corriente de humor que recorre las páginas. Pero todo eso no parece suficiente para seducir al lector, para emocionar o sorprender más allá del chiste más o menos inteligente. Hasta me parece detectar tibieza en los elogios que, como no podía ser de otra manera, le dedica Menchu Gutiérrez en el prólogo y que se repiten, como es también inevitable, en contracubierta y citas publicitarias de la editorial. Lógicamente, algunos de los cuentos tienen un nivel algo mayor, pero en general se quedan en algo bienintencionado, pulcro y amable, tal vez con una chispa de crítica asomando de vez en cuando, pero claramente insuficiente para valorar el conjunto de forma más generosa.
Quizá el momento más interesante del libro lo encontramos cuando la autora se libra del difícil corsé que marca el formato y se extiende algo más en Cuatro momentos cruciales en la vida de una mujer. Con algo más de desarrollo y un bien manejado juego de puntos de vista, parece sugerir que Schrödinger podría dar más de sí apuntando a algo más grande. Podría ser interesante ver hasta dónde llegaría, pero a mí me costará un poco darle la oportunidad.
Idioma original: alemán
Título original: Der Trafikant
Traducción: Ana Guelbenzu
Año de publicación: 2012
Valoración: Recomendable
Robert Seethaler es, en terminología de las editoriales, un autor bastante aclamado, especialmente en el mundo de la literatura en alemán, a raíz de la publicación de Toda una vida, que algo me dice que no tardaremos mucho en ver reseñada en este blog. Este señor es también, por lo visto, un prolífico guionista de series de televisión, y aseguraría que ese hábito de trabajar para un medio audiovisual deja su sello en su obra escrita. Diría más, creo que en algunos escritores se ha filtrado cierta dosis de lenguaje cinematográfico que da lugar a un estilo muy visual, que fácilmente traslada al lector al mundo de la imagen, de la misma forma como la tradición oral dejó huella en la obra escrita durante siglos. Pero bueno, es solo una reflexión que dejo servida a la concurrencia.
La historia que cuenta El vendedor de tabaco (que aunque no lo parezca es una traducción casi literal del título original) tiene un aroma clásico indiscutible: el jovencito Franz Huchel es enviado por su madre desde su hogar en las montañas a Viena, al cuidado de un estanquero con quien trabajará como aprendiz. Esto ocurre en los meses anteriores al Anschluss, la anexión de Austria por Hitler, y por tanto en plena efervescencia del nazismo. El escenario ofrece por tanto dos líneas narrativas claras: la del inocente chaval de pueblo que desembarca en un medio desconocido, y la histórico-política que inevitablemente terminará afectando a su experiencia.
La primera de ellas tiene las trazas de una pequeña novela de formación, eso que, con el puntito pedante, llamamos a veces bildungsroman. Franz queda admirado por lo que ve en el estanco, las labores de tabaco que el viejo Otto le enseña a distinguir, los periódicos que le obliga a leer, los clientes que va conociendo día tras día. La relación entre ambos es bastante impersonal, diríamos netamente profesional, pero aun así resulta inevitable que el estanquero deslice consejos hacia el joven pinche con un vago eco paternal, y que este a su vez acabe correspondiendo con un grado creciente de estima que se dejará ver más adelante. En ese proceso de maduración Franz tiene también una efímera y algo misteriosa aventura con una chica, descubre el sexo y los desvelos del amor, y ahí el autor introduce el personaje de Sigmund Freud, que le servirá al chico de asesor, puede que más con su sola presencia que con sus limitados consejos. La aparición de Freud es lo que podríamos llamar un cameo, bastante bien traído, que opera como nudo entre las dos líneas del relato, la personal del muchacho desorientado, y la política, con la incipiente persecución de los judíos.
En esta segunda perspectiva, la novela tiene un crescendo bastante convincente. Ante la visión en principio ingenua de Franz empezamos a asistir a los primeros episodios de la irrupción del nazismo, que se inician con anécdotas que parecen no tener un significado claro, para ir tomando forma y dibujando la tragedia que se avecina. No es que encontremos cosas muy novedosas (primero unas pintadas, clientes que dejan de comprar, luego presencia de individuos en actitud amenazante, rumores en la calle, patrullas de extremistas), pero el relato está muy bien construido, combinando los momentos de acción con las pausas para la introspección a través de los sueños de Franz y su comunicación con Freud y ocasionalmente con la madre, en definitiva, conectando el presente con aquel mundo rural y despolitizado del que procede.
En realidad, casi nada en el libro es demasiado original, como los personajes tampoco resultan especialmente ricos (todos son más o menos estereotipos, con excepción de la chica), y sin embargo el conjunto queda equilibrado, con escenarios alternativos bien dosificados para que el lector no pierda el hilo ni la narración llegue a estancarse. Todo lo cual, contado con mucho tacto, de forma sencilla y con una prosa clara y no exenta de figuras de cierta belleza, da a entender que Seethaler no es solo un autor de indudable eficacia cinematográfica, sino que tiene además un apreciable talento para escribir. Otra cosa es que le falte quizá un punto de atrevimiento, que la historia no se salga de un cierto canon narrativo (joven de pueblo aterriza en la ciudad en tiempos turbulentos), pero el trabajo funciona francamente bien y la novela se lee desde luego con agrado.
P.S.: Acabo de ver por ahí que, como parecía inevitable, hay versión en cine, de 2018 y con el gran Bruno Ganz en el papel de Freud. Al parecer las críticas no son nada buenas así que, sin haberla visto, les sigo recomendando el libro.
Idioma original: Alemán