Idioma original: catalán
Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí
Idioma original: catalán
Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí
Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: casi imprescindible
Veintitrés años sin Bolaño, y, quizás por incomparecencia de mejores candidatos alternativos, el mito en torno a su persona se mantiene y ejerce un magnetismo pulsátil, recurrente; de hecho, su influencia sobre una generación de autores en cualquier idioma constituye una sombra (que tanto puede proteger como amenazar) que condiciona, seguro que a partes iguales, tanto a la crítica como a la producción literaria, afanadas ambas en acercarse al nivel de sus obras magnas.
Esquilmados sus cajones, sus discos duros, indagada su correspondencia, sus entrevistas, su siempre percibido como escaso material audiovisual, sometida su obra a sesudos análisis que exaltan la telaraña urdida en sus tramas, puesta en contexto y pergeñadas todas las teorías sobre su condición literaria, resulta que uno podría decir que estaba casi todo, pero Jose Serralvo marca un hito aquí.
Obviamente, desde una admiración rendida y con las dosis (advertidas y necesarias) de especulación, de aderezo narrativo para aportarle continuidad, y cierto grado de suspense, una biografía de Bolaño podría componerse picoteando aquí y allá, porque a poco que uno se haya interesado, conoce los grandes hitos: la estancia en México, una corta y osada aventura en el Chile de Pinochet, la llegada a Barcelona, los trabajos precarios, el descubrimiento, su temprana muerte. Serralvo se ha alejado de esa estructura wikipédica y ha aportado oficio. El oficio de un escritor que está, por supuesto, contaminado por el talante irónico y gamberro del chileno que nunca llevaba la contraria, pero que carga con la responsabilidad con todo el gusto, aportando estilo propio, notas a pie de página que aportan (y ya puestos, que recuerdan a otro genio desaparecido), ciertas subtramas, fruto de conjeturas, y ciertas, no, acerca de su familia, sus orígenes, amigos (algunos), enemigos (no tantos), parejas (bastantes), y, sobre todo, de ese colectivo literario que pululó a su alrededor, del cual fue miembro, gurú, ideólogo y abeja reina.
Porque, por encima de todo y arrinconando con contundencia y habilidad los bulos - lo de la heroína, sobre todo - leer una biografía como esta de Bolaño - seguro que habrá otras - activa el gatillo, no solo de leer su obra íntegra y analizar su progresión, sino también el de acudir a sus influencias, a ver cómo funciona eso de la causa y la consecuencia, a ver si su espíritu bromista incluía cierta exageración en el ensalzamiento de sus dioses literarios, si estuvo al día hasta el último momento.
Paro. Parafrasearía algunas de sus expresiones, incluso alguna de la que, a base de atiborrarme de todo lo relacionado con él, ya he perdido el rastro del origen. Aquí, las hipérboles están justificadas. Al margen del interés que puedas tener sobre Roberto Bolaño, Serralvo ha conseguido, y no solo por un lógico mimetismo, por una comprensible capilaridad, desarrollar un artefacto literario con voz y personalidad propia.
Muchísimas reseñas de y sobre Bolaño en ULAD: aquí
Idioma original: inglés
Título original: Complete Essays of Aldous Huxley
Traducción: Matías Serra
Año de publicación: 2009
Valoración: casi imprescincible
Uno casi palidece cuando se enfrenta a libros como éste, que ya muestra, desde su título, una voraz intención evocadora a la vez de espíritu de confrontamiento con lo establecido y de precaución ante el vasto rango de disfraces de que es capaz la maldad humana, una de cuyas manifestaciones suele ser la quema de libros. Solamente una cuestión como ésta daría para disertaciones que se eternizarían. Huxley, mayoritariamente conocido por una de esas distopías que son, espero que aún sean, pasto de las preferencias de los profesores de secundaria a la hora de aconsejar a alumnos para que desarrollen cierta capacidad de análisis o conciencia crítica. Y me ha resultado tan tentador no mencionar su título que no lo he hecho.
Pero al margen de ese tótem literario, Huxley fue un ensayista de amplio espectro, supongo que a veces por una necesidad alimenticia, como en los comentarios sobre música y conciertos que integran una de las partes de este libro, donde se muestra algo más comedido, aunque cuando tiene que mostrarse más entusiasta o crítico, sabe hacerlo con firmeza y argumentos.
Y ese es el caso. Cualquiera que opine sobre cultura debería tomar nota de la contundencia de Huxley para plasmar sus opiniones, contundencia que no debería ser confundida con dogmatismo o con arrogancia. Leyendo a Huxley virtiendo no solamente los resultados de sus experimentos con las drogas sino también sus opìniones sobre el exceso de oferta literaria (qué diría hoy) uno se da cuenta de que no hace falta alinearse con la opinión de aquellos a quien leas para apreciar su valor intrínseco, Huxley se expresaba de manera firme, sincera y vehemente, plasmaba sus planteamientos con claridad, coherencia, pero por encima de todo con una inapelable intención de hacer prevalecer calidad sobre cantidad, de evitar a sí mismo y a los demás, pérdidas de tiempo en cuestiones banales, superficiales, sin atisbo alguno de perdurabilidad. Por encima, insisto, de aceptar sus opiniones, leer a Huxley implica, y no sé si hay muchos escritores así hoy en día, sintetizar y aislar los grandes males no solo del reducido y atrincherado mundo cultural, sino de la sociedad en que vivimos. Y lo hizo hace más de sesenta años.
Otras obras de Huxley reseñanadas en ULAD: aquí
Dos metáforas constituyen el capítulo inicial y final de esta mastodóntica obra de poco más de 1000 páginas con la que el profesor alemán Karl Schlögel dibuja un panóptico del Moscú y la Unión Soviética en el tristemente célebre año de 1937. No son decisiones casuales, obviamente.
La primera, la elección de un análisis de El maestro y Margarita de Bulgakov (nota mental nº1: tengo que releerla y reseñarla) como apertura de la obra, resulta de la estructura que posteriormente adoptará Terror y utopía, de ese vuelo con el que Bulgakov y Schlögel tratan de aprehender la totalidad de la vida moscovita pasados veinte años del triunfo de la Revolución. Pero no solo eso porque, al igual que ocurre en la novela, en Terror y utopía lo insólito ya no es extraordinario.
La segunda, la elección del gigantesco Palacio de los Soviets de Boris Iofán que debía construirse sobre los restos de la demolida Catedral del Cristo Redentor y que finalmente resultó inacabado (en parte por la invasión alemana), sirve como perfecta metáfora del destino de la URSS.
Entre medias, como ya digo, treinta y ocho capítulos que recorren casi todos los ámbitos de la vida de un año que ha pasado a la Historia por los Procesos de Moscú, pero que encierra aspectos que quizá han quedado olvidados o infravalorados a la luz de las terribles purgas y matanzas que asolaron al país en esos años (y anteriores y posteriores, ojo) y de las que los 3 Procesos de Moscú son solo un porcentaje ínfimo. Porque Moscú en 1937 no se agota en lo político.
Habla así Schlögel de un país y un momento histórico que quizá hayan sido simplificados en años posteriores, pero que esconden una complejidad que hace de Moscú y de 1937 un lugar y un tiempo tan terrible como fascinante, al menos para mí. De esta forma, conocemos un país que constituye un inmenso laboratorio social, que se encuentra inmerso en una serie de cambios demográficos debidos a la colectivización forzosa y a la industrialización, que resulta una sociedad de arenas movedizas que un Partido debilitado por purgas y nepotismos parece incapaz de controlar, pero también un país que juega con la modernidad en lo artístico / cultural, que avanza como pocos lugares lo habrán hecho en tan breve espacio de tiempo.
Moscú en 1937 es un lugar y un tiempo de síntesis y de homogeneización pero también de crisis, de permanente estado de excepción, con un poder debilitado en sus cimientos, con un orden social en equilibrio precario, etc. Cambios y coyunturas que provocan ese nuevo orden social del que el Censo de 1937 (de cara a las elecciones de diciembre) se hace eco, del que el Plan General de Reconstrucción de Moscú (1935) es reflejo, y que supone un cambio de paradigma en todos los ámbitos: económico, cultural, artístico, laboral, político, o incluso físico, etc. Nada escapa a este nuevo país que se construye, a esta nueva identidad que desde las altas instancias se intenta crear, y para ello sirven el arte, los nuevos medios de masas, la propaganda, los desfiles los descubrimientos geográficos, etc y, sobre todo, la violencia política. Porque nada mejor que un enemigo más o menos imaginario contra el que "unir fuerzas".
Todo esto es lo que muestra Schlögel en este monumental Terror y utopía. Para ello se sirve de archivos y publicaciones de la época, de actas, de estudios posteriores, de testimonios de extranjeros (destacan los de Lion Feuchtwanger y el embajador estadounidense Joseph Davies) o de nacionales como Yelena Bulgakova.
Si con algo me tuviera que quedar de Terror y utopía, además de con el mérito del autor en hacer que una lectura de unas 1000 páginas (y de un tema tan denso) sea relativamente amena, es con esa visión global que va más allá de reduccionismos y que hace que el libro funcione tanto como ensayo sociopolítico, reportaje cultural o novela de terror (considerando "la parte de los crímenes" de 2666 como novela de terror). Moscú en 1937 es, al mismo tiempo, laboratorio social, campo de reclutamiento y vanguardia de corrientes artísticas y culturales, pero casi nada de esto es algo aislado. Moscú en 1937 no se agota en lo político pero lo político "infecta" casi todos los campos.
En el lado menos positivo, tengo la impresión de que Schlögel deja fuera el culto a la personalidad de Stalin. Se cita, aparece por ahí, pero quisiera saber cómo se forja, cuáles son los mecanismos que llevan a un pueblo a una ceguera tal que permita atrocidades semejantes es algo que merecería más espacio en el texto. Digo yo.
En cualquier caso, creo que Terror y utopía es un texto imprescindible para cualquier interesado en la materia, un hilo del que tirar hacia otras lecturas que profundicen o completen (Bulgakov, Platonov, Robert Conquest, Feuchtwanger, Bujarin, Ordzhonikidze, cine o arquitectura soviético, la construcción del canal Volga-Moscova, literatura concentracionaria, etc) lo ya apuntado en el texto. Tarea hay por delante.
Idioma original: inglés
Título original: Sontag
Traducción: Rita Da Costa
Año de publicación: 2020
Valoración: Casi imprescindible
Vida y obra. El subtítulo explicativo (ausente en el título original) podría parecer innecesario, pero hay que poner al lector en antecedentes, que nos enfrentamos a ochocientas veinticinco páginas (intercalo suspiro melancólico al no atisbar futura TochoWeek en que encajar esta reseña) y no es cuestión de sentirse engañados ni un segundo. Por si no la conocemos o no entendemos el contexto, la de la portada es Susan Sontag y esta es - sin menosprecio de otras - una biografía completa y exhaustiva que recorre su existencia en lo personal y en lo literario.
Aunque quizás debiéramos decir "en lo intelectual". Si bien en este blog tardamos algo en prestarle atención, y uno quizás especularía si no fue acaso por esa avasalladora imagen de pensadora aplicada a muchos campos y a muchos canales no siempre estrictamente literarios. Porque Sontag, ensayista, novelista, periodista, reportera, es una figura capital de la escena cultural norteamericana prácticamente a lo largo de cualquier década de su existencia adulta. Y Benjamin Moser, ya tocaba mencionar al autor, acomete en estas páginas un estudio profundo y secuencial de su carrera. Un dato: los agradecimientos y las notas para documentar todas las referencias representan unas ciento veinte páginas de este volumen. Un trabajo descomunal que le reportó a su autor un merecido Pulitzer (un premio de esos que aún mantienen prestigio).
En cualquier caso, es muy de agradecer que a Moser no se le nubla el juicio al acometer un proyecto tan ambicioso. Lejos de representar una rendición constante, Moser indaga y usa testimonios de primera mano y las reverencias están cuando se justifican. Sontag mantuvo una obra en público pero su existencia fue objeto de mucho seguimiento y especulación. Sus volúmenes de diarios, a los que Moser accedió, aportan, aunque no siempre de una forma clara y directa, información adicional sobre aspectos de su vida personal, que por capilaridad asomaban en su obra. Porque Sontag no se limitó a aportar su contribución literaria, a la que la lectura de este libro empuja irremisiblementem, sino que contribuyó con su decidida existencia: mujer en un mundo, el comunicativo, monopolizado por los hombres, estandarte de una sexualidad libre y desinhibida, aunque hubiera de pagar el peaje de la época y mantuviera ocultas sus relaciones sentimentales, la última de ellas con la célebre fotógrafa Annie Leibovitz.
Primorosamente escrita y reportada, esta biografía muestra igualmente sus flaquezas, que no sabremos nunca si fueron causa o consecuencia de su turbulenta personalidad, marcada tanto por su poderoso atractivo físico como por su capacidad intelectual, una erudición no siempre asequible al público medio, la de una voraz lectora y una persona con una enorme preocupación por lo que pasaba a su alrededor, que le llevó a manifestarse de forma muy contundente en lo político. Pero Moser no solo escribe sobre la intelectual de izquierdas que incomodaba por su valentía y su determinación. También lo hace sobre una mujer impetuosa y visceral que no encajaba en los estereotipos que se esperaban de ella. De una persona que a veces sometía a la gente que la rodeaba a situaciones difíciles por lo tormentoso que podía ser, ocasionalmente, su caracter. Hay capítulos enteros dedicados casi a analizar psicológicamente cómo su inquietud y su actitud hacia el mundo dificultaron sus relaciones con su madre, con sus parejas de ambos géneros, cómo ella misma puso en tela de juicio si había sido una buena madre para su hijo, el también escritor David Rieff. Sontag no es una hagiografía y esto se agradece. Quizás porque a estas alturas el lector ya dispone de muchos canales de consulta y contraste. Ello tampoco lo convierte en una especie de recorrido dramatizado que busque desmitificar. Todo está allí de forma transparente y objetiva, y leerlo es un gran placer que desboca nuestra curiosidad.
Título original: Korrektur
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1975
Valoración: Casi imprescindible
Roithamer es una especie de científico que investiga y da clases en Cambridge, y además ha construido para su hermana una vivienda en forma de cono en el centro geométrico de un bosque. El narrador (quizá un trasunto del propio Bernhard) es su amigo de la infancia, y reflexiona sobre Roithamer desde la buhardilla de la casa de Höller, quien también mantiene la relación con ambos desde la época escolar. De manera que Roithamer es, aunque de forma más bien indirecta, el protagonista de este relato localizado en pequeñas poblaciones de la montaña austriaca.
Corrección es un enorme monólogo interior de casi trescientas páginas, aunque mejor le cuadraría el concepto inglés de stream of consciousness, donde el stream tendría más bien la acepción de 'corriente' o, mejor, 'torrente', porque esto es justamente eso, un torrente incontenible de reflexiones, recuerdos, hechos, ideas, cuyo centro es el citado Roithamer, con todas las ramificaciones posibles. El carácter desbocado del monólogo, antes de conocerlo mediante la lectura, lo vemos al abrir cualquier página: todas y cada una forman el rectángulo perfecto, sin un hueco, porque no hallaremos ni un solo punto y aparte, ningún párrafo, apenas algún punto y seguido. Pero si a alguien le intimidan esas páginas de aspecto monolítico, le diré que no hay nada que temer, en unas pocas líneas, apenas dos o tres páginas, estamos inmersos en ese enorme caudal, nos dejamos llevar por él y enseguida empezará a resultar adictivo, hipnótico.
Con igual facilidad se diría que Bernhard coge velocidad y se ve a su vez dominado por esa prosa que cobra vida propia, de forma que las ideas se van enlazando unas con otras con total naturalidad y, aún más importante, con absoluta nitidez. Así que, pese a las impresiones iniciales, el libro para nada resulta difícil de leer. Estamos sin remedio dentro de la cabeza del narrador, siguiendo sus reflexiones siempre en torno al amigo genial, y en ese gran flujo desordenado hay sitio para muchas cosas: los feroces paisajes de sombrías gargantas entre montañas, la obsesiva búsqueda de la perfección en la construcción del Cono, el carácter destructivo de un trabajo intelectual riguroso, las zonas oscuras de la labor del taxidermista o las comidas familiares en silencio absoluto, el recuerdo de las caminatas infantiles hacia la escuela, la aversión hacia la mediocridad y la molicie de la sociedad austriaca y, sobre todo, la profunda toxicidad de la historia familiar, en la que odios difícilmente explicables quedan apenas ocultos tras la aparente normalidad. Roithamer es el hermano raro que nunca quiso adaptarse a la alienante vida en la casa familiar, que siempre intentó huir, física e intelectualmente, de un medio que le era extraño.
Y la corrección, claro. La corrección es aniquilación, y así Roithamer, que acumula miles de escritos dispersos por su estudio, ha redactado un texto voluminoso que a cada corrección va perdiendo páginas, hasta quedar en unas pocas decenas. Pero la corrección es un concepto tan poderoso que no solo es aplicable a ese libro sino también a la vida misma, porque esa búsqueda de la perfección destruye todo lo que la rodea, los seres queridos y la propia obra. El Cono, el libro, la vida, van quedando carcomidos según se avanza intentando conocer a fondo cada detalle y gobernar todos los resortes.
El texto es tan obsesivo, repleto de repeticiones y retrocesos para machacar una y otra vez cada idea hasta un punto que se revela insano, que poco a poco las voces se van superponiendo, quizás fundiendo y, sin abandonar una cadencia casi musical, parecen ir acelerándose, como precipitándose hacia un abismo. Es como una extraña terapia, en la que los tres personajes parecen ser diferentes perspectivas del propio autor, como en una óptica cubista. El pensamiento se deja correr en distintas direcciones para encontrar solo atisbos, síntomas o nuevos interrogantes, nunca respuestas, un narrador sin nombre que parece real aunque puede no serlo, un amigo en perpetuo silencio que es sin embargo capaz de construir desde sus íntimas convicciones, un genio atormentado que protagoniza páginas y más páginas pero que quizá no es más que la personificación de una enorme incomodidad con el mundo.
Alguno de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios. Esta versión evolucionada del "basado en hechos reales" de muchas películas es el epígrafe que abre "Las muertas" y es fundamental para dar una idea de lo que en ella encontraremos.
Porque este novelón de Jorge Ibargüengoitia en una deconstrucción / reconstrucción de un suceso real utilizando para ello personajes y escenarios ficticios.
El hecho real serían los crímenes de las Pochianquis (las hermanas Baladro de la novela), condenadas por asesinato, enterramiento ilegal, privación de libertad, proxenetismo y otras lindezas, los personajes serían trasuntos de los reales y los escenarios el imaginario estado de Plan de Abajo, una especie de Yoknapathawpha a la mexicana y trasunto también del Guanajuato natal del autor. Esta introducción de elementos puramente ficcionales separa a "Las muertas" de la simple crónica o del true crime y permite a Ibargëngoitia darle una vuelta de tuerca a la novela, con lo que consigue que esta crezca gracias a la combinación de voces y registros.
Un narrador frío y omnisciente, conocedor (y si no los conoce, los supone) de los hechos reales o de los posibles, lleva la voz cantante de la novela. Pero Ibargüengoitia no se contenta con una narración lineal del antes, durante y después de los hechos, sino que salta de la primera a la tercera tercera persona, de la narración pura al testimonio, al interrogatorio o al informe policial y se sirve de las diversas subtramas para otros desplazamientos. Así, el autor juega, por un lado, con el eje temporal de la novela y, por otro, se mueve de lo folletinesco a lo periodístico o de lo trágico a lo cómico sin que este movimiento suponga nada extraño para el lector. En este sentido, Ibargüengotia me recuerda mucho a Manuel Puig por su utilización de recursos cercanos a la literatura popular con estructuras más ligadas a las vanguardias.
Sea como fuere, conviene comentar que "Las muertas" una novela más de situaciones que de personajes. Los saltos temporales y la citada utilización de diversas voces no permiten profundas indagaciones en la psicología de cada uno de los personajes, pero Ibargüengotia consigue que el lector conozca qué mueve o qué puede mover a unos y a otros a través de sus propios actos, muchas veces aparentemente banales o casuales.
Otros aspectos a mencionar de la novela son el humor y la más o menos velada crítica a diversos estamentos de la sociedad mexicana. El humor que hallamos en la novela no procede de la utilización de recursos humorísticos sino de la propia realidad. Es esta, en su absurda brutalidad, en su grotesca barbaridad, la que hace que el lector no tenga más remedio que sonreír ante unos hechos que son cualquier cosa menos graciosos. En cuanto a la crítica social, Ibargüengotia ataca sin piedad y presenta un cuadro en el que la combinación de crueldad, avaricia e ignorancia tiene como resultado un reguero de muerte y violencia terrible.
Todo esto con un ritmo endiablado al que contribuye la estructuración de la novela en breves capítulos que exigirán la complicidad del lector para que este vaya completando un puzzle que, una vez terminado, dejará con un inmejorable sabor de boca.
También se Ibargüengoitia en ULAD: Los conspiradores
Título original: Empire of pain
Año de publicación: 2021
Traducción: Albino Sánchez , Francesc Pedrosa, Jesús Negro
Valoración: casi imprescindible
El Imperio del Dolor es una crónica.
El Imperio del Dolor es , eso proclama la portada, la historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmaceútica. O esa, la de la familia Sackler, la portada elude nombrarla, una familia dedicada a la fabricación de medicamentos, que empieza a dedicarse a ello en las primeras décadas del siglo XX y que acumula éxito tras éxito hasta amasar, alguien aludiría al sueño americano, una enorme fortuna, fruto de su creatividad, de su innovación, del esfuerzo combinado de sus propietarios y de sus empleados.
Bueno, también de la agresividad de su política comercial y de su adaptación a la legislación vigente. Ese es el pequeño pero: que el hambre por vender es prácticamente imposible de saciar. Y si hay que obviar ciertos detalles o maquillar la información para que un medicamento registre una demanda exorbitante, pues parece ser que los Sackler procedieron en consecuencia, parece que con pocos escrúpulos a la hora de valorar que, en vez de ayudar a sus usuarios a mejorar su salud, en realidad la estaban empezando a empeorar.
El Imperio del Dolor es una historia de terror.
Porque el ciudadano de a pie tiene derecho, cuando acude a la farmacia con la receta de un medicamento, a saber a todo lo que se expone consumiendo lo que un médico le ha recetado, estando informado de todos los riesgos. En especial, si ese medicamento ha de paliar los dolores de alguna enfermedad terminal o crónica. Y parece que los Sackler (que eran médicos a la par que empresarios) decidieron sacrificar esa premisa a costa de llenarse los bolsillos. Entonces, ¿cómo inicia uno un tratamiento cualquiera sin saber qué le espera para satisfacer la codicia de la industria ávida de facturación y beneficios? ¿No podemos fiarnos del regulador, del prescriptor, del fabricante, del vendedor?
El Imperio del Dolor es un estudio sociológico.
A costa del cacareado debate de la legalización o no de las drogas. El OxyContin (fármaco protagonista de la narración, junto al Valium) lo recetaban los médicos, muchas veces en dosis crecientes, pues sus efectos se atenuaban con las tomas. Era una sustancia legal, controlada, producida bajo supervisión. Pero sus efectos eran los de una droga. En todos los términos. Al igual que hoy con el fentanilo, hay una larga lista de personas (encabezada por celebridades, inacabable) que sucumbió a sus efectos. No solo los zombies de los videos de Kensington Ave. Gente que ni se hubiera acercado a un camello en sus peores sueños entregados a sus efectos aniquiladores de la realidad. Sin posicionamiento sesgado, esa es la fatal realidad de un experimento con casos reales: entrégale a la gente un poderosos narcótico producido con eficacia y seguridad. Déjalos decidir por sí solos. Pues vaya, miles de muertos. Vaya.
El Imperio del Dolor es un reportaje de denuncia.
Pues claro, el capitalismo y sus resortes son avasalladores. Puedes anunciar un medicamento enormemente peligroso como si fueran caramelos a la puerta de un colegio. Puedes activar los resortes de las políticas de marketing (encontrar nichos de mercado, promover económicamente la venta masiva, entregar muestras gratuitas para captar mercado) para maximizar su impacto comercial. Si sus efectos adversos empiezan a ser conocidos, desacreditar o poner en duda a quien lo divulga es válido. Ni juramento hipocrático ni narices. Lo primero, tu bolsillo. Si hay arrepentimiento, ya haremos declaraciones grandilocuentes, ya realizaremos donaciones, ya buscaremos las influencias necesarias para emblanquecer la imagen, y a una mala siempre está lo de borrar las pistas.
El Imperio del Dolor es una novela de suspense
Aunque uno intente tener confianza en las instituciones y en la justicia, la familia Sackler genera recursos sin fin que le pueden asegurar - sobre todo con abogados caros y eficaces - salir indemnes del caos social que han organizado. A partir de cierto punto, conforme el avance de la prensa y las investigaciones sigue su curso, uno empieza a preguntarse si, con los argumentos abrumadores que se acumulan, estaremos ante la enésima ocasión en que las grandes corporaciones (y sus CEO, y sus accionistas mayoritarios) se salen de rositas gracias a su influencia, su tamaño o esos perversos acuerdos extrajudiciales. La respuesta a esa pregunta te sorprenderá.
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Quiere la casualidad que alterne la lectura de El Imperio del Dolor con la de algunos artículos de Anna Politkovskaia (periodista asesinada por su postura disidente) y con el visionado de Succession (serie de HBO sobre los avatares de una familia de super millonarios) y todo ello refuerza la importancia de este exhaustivo, bien documentado (cien páginas de referencias) y excelente estudio que - y me he dejado alguno - opera a tantos niveles. A cambio de dinero - los bonus, las comisiones, las donaciones, los sobornos, las influencias - todo vale. Incluso desviar la atención y argumentar que aquellos que se engancharon al OxyContin hacían un mal uso del medicamento, incluso erigirse una empresa poderosa como víctima ante un escuadrón de yonkies que se hubieran enganchado, que hubieran muerto de consumir cualquier otra cosa. Setecientas son muchas páginas, sí, pero los datos son objetivos y las piezas encajan. Estados Unidos padece una severa epidemia de opioides y ello no hubiera sucedido sin el OxyContin. Radden Keefe apenas aporta juicio u opinión propia. Lo explica, con prosa dinámica y eficaz. Como en otros muchos casos, siempre se puede mirar hacia otro lado.
También de Patrick Radden Keefe en ULAD: No digas nada
Título original: What Are You Looking At?
Traducción: Federico Corriente Basús
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable…
… incluso Imprescindible para el lector interesado en el arte moderno. Quizá para cierto tipo de lector no muy familiarizado con ese mundo tan peculiar, pero que quiere entender mejor esas cosas que algunos todavía pueden estar valorando como mamarrachadas u ocurrencias, algunas de ellas que de verdad pueden chirriar al espectador bienintencionado, sobre todo cuando vemos noticias de subastas enloquecidas por algo que parece un garabato o directamente una tomadura de pelo.
Gompertz es periodista, director de arte de la BBC, y ocupó durante varios años un cargo relevante en la Tate Modern de Londres, nada menos. El perfil es desde luego el de un comunicador que conoce en profundidad el mundo del arte, y en el libro se explica con frescura y un punto de humor, con lo que el resultado puede calificarse como un trabajo divulgativo muy bien hecho, dirigido a ese público al que me refería, no experto pero sí interesado en la materia. Si todos los profesores de Historia del arte tuviesen la destreza de Gompertz, las vocaciones proliferarían como setas en otoño. Manuales sobre la historia del arte moderno los hay a montones, con mayor o menor caudal de información o ilustraciones, mejor o peor sistematizados. El que nos ocupa hoy es también uno de ellos, un libro de volumen relativamente generoso (cerca de 500 páginas) que, como manda el canon, arranca con los impresionistas allá por finales del siglo XIX, y alcanza hasta fechas bastante recientes, siguiendo más o menos un criterio cronológico. Pero aporta algunas peculiaridades muy interesantes.
Nada más abrir el libro, literalmente, encontramos algo bastante insólito: la historia del arte moderno resumida en un mapa estilo Metro, en el que hasta casi podemos distinguir la venerable Circle Line londinense. Cada uno de los ismos y movimientos artísticos conduce hacia los siguientes, a veces en línea recta, otras con paradas intermedias e intercambiadores en los que reciben influencias para desembocar en una nueva tendencia. Así, todas interrelacionadas, nutriéndose de lo que existió antes y alimentando lo que vino después, Gompertz muestra con claridad el objetivo del libro: ilustrar cómo toda la evolución del arte moderno es un gran movimiento, de enorme diversidad pero rara vez azaroso, cuyas mutaciones son a veces una reacción, a veces una evolución respecto de lo que otros hicieron.
El deseo de mostrar coherencia impregna todo el texto, y el autor lo maneja de forma muy convincente, aun exponiendo algunas conclusiones algo arriesgadas y sacrificando si es necesario la cronología para no alterar el sentido del viaje. Empeñado en una didáctica dirigida en buena medida al aficionado algo reticente, Gompertz procura dejar claro que todas esas obras, por caprichosas o extravagantes que parezcan, responden a un por qué y tienen una posición concreta dentro de ese enorme flujo de creatividad. Bueno, todas o casi, porque en ocasiones es inevitable que algunas elucubraciones resulten algo forzadas, algo de lo que ni el propio Gompertz puede desembarazarse.
Visto como manual de arte moderno, el libro es muy bueno, seguramente uno de los mejores que conozco, pero en ocasiones va un paso más allá. En su estimable intención de explicar algunas de las claves más problemáticas de la materia, el autor resulta brillante desarrollando el paralelismo entre la música no vocal (algo que todo el mundo entiende con mucha naturalidad) y la pintura abstracta (algo sobre lo que muy pocos se abstienen de presentar objeciones), pone luz sobre conceptos como el de obra no retiniana de Duchamp o el de pintura pura de Picasso, el valor de la obra por sí misma y no como representación de algo, o el manejo de distintas paletas de color según los diferentes momentos o tendencias. Aspectos técnicos explicados de forma amena y muy clara, ideal para quien desee asomarse a ese mundo singular sin prejuicios e interiorizando algunos conceptos básicos.
Toca también Gompertz un asunto especialmente espinoso: la muy visible distancia entre el erudito y el espectador corriente. Alude al lenguaje alambicado y elitista de los catálogos, y entra de esta forma en el mundo del arte como negocio, como actividad profesional en la que los comisarios, que en definitiva comen de todo esto, se ven obligados a exhibir cierto nivel intelectual para mantener su prestigio. Es indudable que el autor conoce de primera mano los entresijos de ese mundillo, y es una lástima que no se extienda más en ese terreno (las políticas de los museos, las subastas, el peso de los críticos) pero, claro, todo no cabe en un volumen ya de por sí bastante robusto.
Teniendo a la vista un repaso a la trayectoria del arte moderno que es relativamente exhaustivo, echamos también de menos algunos nombres ilustres que ni siquiera merecen una cita, como Toulouse-Lautrec, Calder o Balthus, por poner algunos ejemplos (¿quizá por haber volado más libres y no ser fácil ubicarlos en aquella red metropolitana?); o nos hubiera gustado una visión algo más amplia y un poco menos descriptiva del arte de las últimas dos décadas (hay vida más allá de Koons, Hirst o Weiwei). Pero esto no desmerece en absoluto el valor del libro, que es claro, ameno, interesante, algo que merece ser leído incluso aunque el tema no nos entusiasme del todo.
Año de publicación: 2011
Título original: Jo confesso
Valoración: Casi imprescindible
Admiro la figura de esos escritores cuyo
objetivo es explicarse a sí mismos (y a los demás, de paso) y para ello
construyen un mundo propio, que acaba siendo un territorio confortable donde el
lector se instala durante un periodo de su vida. O no tan confortable, porque
las preguntas incómodas, la obsesión por analizar causas y efectos, de observar
el lado oscuro de la realidad nos puede amargar más de una cena. Lo peor –o lo
mejor, según se mire– es que cada vez escasean más estos creadores tan
aguafiestas que se empeñan en buscar tres pies al gato hurgando en lo más hondo
de nuestra forma de ser y de relacionarnos.
Acabo de terminar esta novela y les
confieso que todavía estoy flotando entre el mundo real y el que allí se
describe. Pero ¿qué es la realidad? Habrá que preguntarse si Cabré ha escrito
una novela realista. Es un hecho que disecciona sin medias tintas la realidad
de todos los tiempos, por tanto el contenido lo es sin ninguna duda. No lo son,
en cambio, sus procedimientos, o no todos, y con esto me refiero a esos saltos
espacio-temporales que afectan, no solo a la trama sino también ¡atención! al
desenlace. Aunque el desenlace realista es anterior –ya hemos visto cómo acaba
el protagonista– las últimas páginas son una pirueta estilística, un magnífico
alarde de virtuosismo y, quizá, la insinuación de un silenciamiento preventivo,
pero esto último no queda claro del todo. Y no puedo decir más, lo entenderán
cuando estén a punto de concluir tantas páginas apasionantes (mil nada menos en
números redondos) que, como en cualquier novelón que se precie, parecen
demasiadas hasta que notamos que los personajes se han convertido en nuestra
sombra. El autor lo explica refiriéndolo a la botella de Klein, teoría de un matemático
alemán que no tiene relación con el argumento propiamente dicho, sino con su aspecto
más literario, también con la idea, subyacente en todo el texto, de que la
maldad humana es una corriente que atraviesa la historia y se repite a lo
largo de los siglos aunque se oculte o se disfrace de acciones altruistas.
Y es que el mal es la gran obsesión de
Adrià Ardevol (Jaume Cabré mediante) y por tanto el asunto central de la
novela. Aunque, como en cualquier ficción larga, compleja y con análisis
profundos, repasa los aspectos que nos conciernen a todos. ¿Cuántos filántropos
conocidos se han hecho millonarios gracias a sus supuestas buenas acciones?
Preguntas que surgen según vamos leyendo. Respuestas no hay, tal como el propio
autor reconoce cuando habla de esta obra, pero ni falta que nos hace, las
conclusiones ya las sacamos nosotros. Si además lo hacen disfrutando tanto como
yo, a pesar de su dificultad de fondo y forma, la lectura será un largo y
apasionante viaje a través de la Historia y las historias. Prepárense pues y,
por si acaso, abróchense los cinturones.
El grueso del relato, o su línea
principal, está escrito en segunda persona, ya que se trata de una carta, extensísima
y muy densa, dirigida a uno de los personajes más relevantes, (no diré a quién
porque este es un dato que no conoceremos hasta bien avanzada la narración). Pero
esa línea se quiebra con abundantes interrupciones en tercera persona que
narran hechos ambientados en épocas pasadas, algunas remotísimas. Se incluye
también una supuesta transcripción de documentos, además de ese añadido final post-mortem (o su equivalente) en cursiva, y también en tercera persona, que trastoca casi todo
lo que hasta entonces considerábamos inamovible. Y a pesar de toda esa
minuciosidad quedan muchas preguntas en el aire (esa criatura que perdió Sara y
cuyo retrato aparece por casualidad cuando ya queda poco que decir). Puede, incluso,
que al cerrar el libro lo que nos quede sean más incertidumbres que certezas,
pero en absoluto se debe a desaliño sino a una forma de narrar escrupulosamente calculada
que imita a la vida lo más fielmente posible.
Tantas líneas argumentales y, sobre todo,
tanto avance y retroceso por la historia, tal cantidad de personajes, personajes tan vivos, tantos
argumentos y escenarios distintos, tanta erudición tienen, entre otros, un
propósito meta-literario interesante pero supone un esfuerzo por parte del lector. Así que no esperen una lectura cómoda, aunque sí acción trepidante que engancha, una
conexión entre sucesos a muchos años vista que da fe de que el ser humano es
cómo es, tanto en sus facetas más perversas y egoístas como en las más
generosas y heroicas, que así ha sido siempre y seguirá siéndolo. Maldad y
bondad, perversidad e inocencia. En la Edad Media, en la época nazi, en la
actualidad, entre eclesiásticos, políticos y gente de a pie, pobres y potentados,
cultivados y analfabetos. Nadie se salva. Y en este caso, el mal se ejerce, no
como parte de una larga cadena, sino a conciencia, por parte de personas con
nombre propio (o con varios porque algunos tienen que esconderse y esto
complica aún más el rompecabezas). Cabré no parece estar de acuerdo con la
teoría de Hanna Arendt, aquí todos actúan por decisión personal, no son el eslabón de una cadena (eslabón cuyo objetivo fundamental era en apariencia mantener su posición social), tienen conexión directa con los crímenes o las desgracias personales, no parece haber banalidad ni obediencia debida. En definitiva, ninguno de esos sinvergüenzas es Eichmann -por más que la inocencia de este sea también más que discutible-, y aunque se consiga eludir a la justicia, las responsabilidades
están claras, también los motivos, que se reducen a uno solo: la codicia
entendida en su sentido más amplio.
«… pasamos a la banalidad del mal, porque hacía poco que había leído yo ávidamente a Arendt y me rondaban por la cabeza unas cuantas cosas a las que no sabía dar salida. “¿Por qué te preocupa?” – dijo Bernat. “Si el mal puede ser gratuito, estamos apañados”. “No entiendo”. “Si yo puedo hacer daño porque sí y no pasa nada, la humanidad no tiene futuro”. “Te refieres al crimen sin motivo, sin más ni más”. “Un crimen sin más ni más es la cosa más inhumana que puedas imaginarte. Veo a un hombre esperando el autobús y lo mato. Horrible”.»
Adrià Ardevol es un reconocido erudito
cuya asombrosa capacidad intelectual le aporta tantas satisfacciones como
fracasos. Conforme al tópico, carece de sentido práctico y está poco preparado
para una vida convencional. Hijo único (sus padres, diseñados con esmero, no
dejan huella solo en él), exclusivo en la amistad (un solo colega y para toda
la vida) y en el amor (¿real o idealizado?) como el hombre concentrado en sí
mismo que es, triunfa profesionalmente sin apenas esfuerzo y dedicándose a lo
que le apasiona, pero no ha logrado el afecto que cree merecer. O no ha sabido
valorarlo cuando lo tuvo y lo ha sobrevalorado cuando era más que discutible.
Cada lector juzgará por sí mismo pero, repito, la partida no está jugada hasta
que no sale la última carta, o la última página en este caso.
“En la residencia de Collserola, cerca de mi querida Barcelona, cuidarán de mi cuerpo cuando me haya ido a un mundo que no sé si es de tinieblas. Me aseguran que no echaré de menos la lectura. No deja de ser irónico que me haya pasado la vida procurando ser consciente de los pasos que daba, toda la vida cargando con mis culpas, que son muchas, y las de toda la humanidad, y al final me iré sin saber que me voy. Adiós, Adrià. Me lo digo ahora, por si acaso.”
Reflexionar mientras leemos es inevitable
en un texto tan meditado, e inspirado en autores tan ilustres como Arendt,
Isaiah Berlin, que aparece como un personaje más en algunos episodios, o Primo Levi –a veces citados de forma no explícita– pero
además, e independientemente de la técnica que es original e impecable, el
relato nos toca en lo más hondo. Por todo ello me parece que Yo
confieso forma parte del contado número de novelas que merece la pena releer.
Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Año de publicación: 1980
Valoración: Casi imprescindible
Habrá que reconocer que muchas veces empezamos la lectura de libro con prejuicios, es inevitable. No ocultaré, por ejemplo, que llevaba una buena mochila repleta de ellos en mi único acercamiento a nuestro queridísimo Paulo Coelho, y también en alguna que otra ocasión. Pero ahora me refiero a prejuicios positivos. Evidentemente releemos a un autor cuando nos ha gustado algún libro suyo, y de alguna manera confiamos en su talento, queremos confirmar aquella apuesta que salió tan bien. A veces, también es verdad, esa ilusión se nos chafa, el gran escritor decepciona, porque se repite, porque esta vez no acertó, se dejó llevar por el éxito. Esto ocurre mucho menos con los grandes, por eso lo son, y don Gonzalo Torrente Ballester es uno de ellos, uno de los más grandes.
Hace algún tiempo, en la reseña a uno de sus libros, y demasiado influido por el recuerdo de lecturas recientes, tuve la osadía de calificarle como ‘autor poco dado a la fantasía’, o algo así, y recibí de un comentarista un zasca muy bien dado, que además se completaba con la recomendación precisamente de este libro que traemos, así que, desde la distancia, le agradezco enormemente el chopo. Porque sí, Torrente tiene una cara más bien realista y clásica, pero cuando hace aflorar justamente eso, la fantasía, es difícil de igualar. Y si no, vean.
En un entorno de intelectuales vinculados a la Historia, un erudito cree haber descubierto que Napoleón no existió, que fue un simple invento para responder a las necesidades políticas del momento. Un compañero de cátedra, el narrador, se interesa por la historia y desarrolla una peculiar línea de investigación, basada en la observación del fuego de una chimenea. A todo ello se superpone el enamoramiento de este profesor hacia una joven y brillante discípula, que es a su vez pareja del peculiar descubridor, con quien mantiene una relación algo especial. Cualquiera de los dos niveles narrativos sería suficiente en manos de este autor para alimentar un relato de por sí poderoso y lleno de matices interesantes, pero aquí los tenemos entremezclados, indisolubles, enriqueciéndose mutuamente hasta componer una novela de complejidad más aparente que real y de enorme belleza.
La fantasía, claro, esa virtud que muy equivocadamente me atreví a echar en falta, resulta que no solo está presente de manera desbordante, sino que es el corazón mismo de la obra. En las largas horas escrutando de dónde pudo surgir la extraordinaria invención del emperador francés Torrente nos lleva a la mediterránea isla de La Gorgona, en la que tiene lugar lo que llamaríamos una revolución conservadora, una antiRevolución francesa que termina con la victoria de un general leproso que gobierna desde la soledad de su castillo, secundado por su ministro, el irreductible Ascanio Aldobrandini, uno de esos personajes que queda para siempre en la memoria. Las intrigas políticas se cruzan con diversos lances amorosos, intereses económicos y estratégicos, y con la presencia de singulares personajes de nombres equívocos y personalidades a caballo entre los dos lados de la historia, el acontecido en la isla a finales del siglo XVIII, y el actual, protagonizado por el narrador y el más bien hipotético triángulo del que forma parte.
En este segundo campo disfrutamos de la inmensa sutileza con que se trata la relación del profesor –un hombre más o menos maduro- con la joven historiadora, donde a cada paso se deja ver la pugna entre lo intelectual y lo emocional (también entre realidad y ficción) sin que en ningún momento adquiera el aspecto de una lucha, aunque en realidad lo sea. La inteligencia no doblega al sentimiento, sino que lo integra, intenta manejarlo, dirigirlo, y en esa larga carta de amor que es el libro entero, muestra su victoria que es a la vez una derrota.
Pero en ese largo camino de las más de cuatrocientas páginas tenemos ocasión de asistir a párrafos tan maravillosos como este en que el narrador explica
‘las particularidades de mi método, tan exquisitamente acientífico, tan rigurosamente poético, de averiguar los hechos por la contemplación del fuego, procedimiento de oscura cuanto arcaica reputación, propio del tiempo de los reyes por derecho propio y de los magos llamados sabios, los todopoderosos’
Este párrafo, como otros muchos, con esa cadencia ligeramente antigua de Torrente Ballester, con su prosa medida en la que la belleza se deja ver con una naturalidad que parece silvestre, la ironía es como una tenue música de fondo, y el erotismo (en esta novela quizá más marcado que de costumbre) late en cada página, a veces disfrazado, a veces asomando con más decisión; este párrafo, digo, es una pequeña muestra de un libro lleno de recursos administrados con maestría, de lectura grata, a ratos hipnótica, que nos conduce con sencillez por los entresijos entre dos mundos, el de lo real y el de lo imaginado, o mejor, entre dos planos, a veces indistinguibles, de una única realidad, que es justamente eso, la propia fantasía.
Año de publicación: 1959
Valoración: Casi imprescindible
Julio Cortázar tiene, como no podía ser de otra manera, una buena serie de reseñas en este ya veterano blog. Entiendo que no es un autor que suscite unanimidades, sobre todo cuando hablamos de la inevitable Rayuela, que no es cosa de fácil digestión. En lo que ya parece que hay más consenso es en admirar su narrativa breve, y hasta se podría divagar un poco sobre por qué en la América de habla hispana y de forma muy señalada en Argentina ha prendido este género hasta parir algunos de los mejores relatos jamás escritos, y naturalmente estoy pensando en Borges, aunque no solo en él. Por mi parte, como hacía muchísimo que no leía a Cortázar, este reencuentro me ha sabido a gloria, lo reconozco.
Las armas secretas se publica ocho años después de su primer libro de relatos (El Bestiario ¡todavía sin reseña!) y antes de Rayuela, por situarnos un poco. Así que, sin entrar en un análisis sobre su ubicación en la trayectoria de don Julio, podemos decir que ya viene de la mano de un escritor más o menos rodado, quizá con un cierto poso. Son solo cinco relatos, como siempre de asunto muy diverso, con atmósferas también diferentes, pero con algunos rasgos comunes. El más característico es en mi opinión (y dicho de forma muy genérica) la indefinición, el tránsito entre varias dimensiones, la vida y la muerte, lo real y lo imaginado, el tiempo y sus dobleces. Cortázar deja que caigan esas fronteras, que los personajes se muevan aleatoriamente a uno y otro lado sin importar por qué están aquí o allá, porque estamos ante mundos permeables sin que termine de estar claro ni tan siquiera que estemos solo en uno de ellos. Las cosas ocurren, sean o no inverosímiles, estén solo en nuestras cabezas o se sitúen en un tiempo todavía no alcanzado (‘Esto ya lo toqué mañana’, dice Johnny el saxofonista de El perseguidor), y siempre se acaban entrecruzando con lo que creemos que es real, lo condicionan, lo retuercen o lo hacen desaparecer. Hay que ser un genio para poner eso por escrito, y Cortázar lo hace con una naturalidad que casi asusta.
Pero atengámonos al canon, cinco relatos:
- Cartas de mamá: Una pareja de recién casados recibe cartas convencionales de la madre de él, hasta que en ellas empiezan a percibirse detalles algo extraños. ¿Asoma la locura? ¿Es el deseo de normalidad o el remordimiento, de emisor o de receptor, lo que ha trastornado la realidad? El relato debería ser ejemplo para cualquier taller de escritura, cómo en pocas páginas es capaz de crecer de forma orgánica e internarse a través de grietas que parecían haberse cerrado.
- Los buenos servicios: Una mujer es contratada como asistenta para una fiesta de pijos, recibiendo un encargo algo inusual. Es el relato más sencillo, escrito desde la voz en primera persona de esa mujer modesta y algo ingenua que tiñe la narración de credibilidad y de un estupor en ocasiones inquietante. El lector se queda con ganas de más, pero la vida –para decir el cuento- es a veces así de simple y de paradójica.
- Las babas del diablo: Un fotógrafo es testigo por casualidad de una extraña escena entre un adolescente y una mujer madura y atractiva. En mi opinión es el relato más brillante y complejo desde el punto de vista técnico, con un narrador que son varios, la realidad que se entrecruza con la especulación y el terror, y el presente (o uno de los presentes posibles) interactuando con el futuro a través de una imagen fotográfica. Una maravillosa construcción de orfebre que impresiona aún más por la aplastante naturalidad con la que fluye.
- El perseguidor: Un famoso saxofonista cada vez más devorado por la droga y quizá por la locura es sin embargo capaz de alcanzar un nivel inigualable con su música. Se trata de una narración más o menos lineal y realista, aunque el delirio del protagonista deja un reguero de momentos en que su mente distorsionada domina la escena. El relato más extenso y puede que más conocido, es el que a mí me ha impresionado menos.
- Las armas secretas: Una pareja mantiene una relación algo atípica en la que solo existe una intimidad muy limitada. Se observa la situación desde la conciencia del joven, que muestra un cierto trastorno cuyo origen no sabemos si está en la situación misma o en su propia personalidad. Como en Las babas del diablo, nos movemos entre varios planos sin terminar de descubrir cuál de ellos es el real, lo que resulta aún más perturbador si se considera lo banal de los hechos que se cuentan.
En fin, que a poco más puede llegar la sinopsis si uno quiere respetar la experiencia del posible lector, y en este caso quiero ser más escrupuloso que nunca, porque no me perdonaría arruinar la lectura a nadie.
Aunque son relatos bastante diferentes entre sí, casi siempre muestran cómo algún tipo de sombra (el remordimiento, la locura, el miedo, el deseo) se va colando en el curso corriente de la vida, a veces imponiendo su poder, otras simplemente provocando la sospecha (del personaje y del lector). En definitiva, enredándonos en esa frontera fascinante a la que me refería antes, provocando la duda de en cuál de los mundos nos encontraremos en cada momento, todo ello con aparente sencillez y con una media distancia (incluso aunque se esté narrando en primera persona) que transmiten mayor sensación de inquietud y desasosiego.