Idioma original: catalán
Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí
Idioma original: catalán
Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí
Año de publicación: 2015
Valoración: entre recomendable y está bien
Pequeño y simpático libro de viajes, en este caso sobre un trayecto a pie que realizó su autor entre la plaza mayor de Bolonia y la catedral de Florencia; seis días para atravesar los Apeninos por el llamado "Vía de los Dioses" -a cuenta de los topónimos relacionados con el panteón clásico-, transitado ya por los antiguos etruscos y, por supuesto, por los romanos, escenario de cruentas batallas tanto en la antigüedad como en la II Guerra Mundial; última morada de miles de soldados alemanes, tierra de leyendas y de castillos y, sobre todo, de la suculenta gastronomía emiliana y toscana (de la que dan buena cuenta el autor y su acompañante). Todo ello para llegar al fin a Florencia, ciudad turistizada hasta el extremo, ciertamente, pero también tan repleta de belleza que ni la desdeñosa ironía contemporánea puede sentirse indiferente a ella. Una recompensa inefable para seis días de esfuerzo (hasta cierto punto) y aventura (ídem).
El librito, ya digo, resulta entretenido y simpático, aunque, por ponerle alguna pega, quizás hace demasiado caso a detalles triviales, lo que le costó subir la cuesta de este monte y luego arriba se comió un bocadillo o si se cruzaron con un señor que paseaba con su perro. cosas así... Cierto que estos detallitos son el aglutinante que une la sustancia de las crónicas de viajes, no todo van a ser descripciones sublimes, referencias históricas y encuentros transcendentales, pero en un libro tan breve como éste; tampoco es que importe mucho, porque el tono general es tan grato y su lectura tan fácil, además de rápida, que para cuando la reiteración de estas menudencias resulte cargante.
Así las cosas, vuelvo a insistir en que el libro se lee con facilidad y resulta suficientemente satisfactorio; un tentempié ligero antes de acometer caminatas más largas, libros que pueden exigir de nosotros/as mayor concentración y, en ocasiones, también una mayor capacidad de sacrificio lector...
Más libros (y una entrevista) de Ander Izagirre en este insuperable blog: Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey, Potosí, ALTAÏR magazine. Contar(nos) el mundo (VV.AA.)
Título original: Meerfahrt mit Don Quijote
Traducción: Genoveva Dieterich
Año de publicación: 1945 (escrito en 1934)
Valoración: Recomendable alto
Se podría reflexionar sobre el peso que en un libro puede llegar a tener el talento del autor, quiero decir, hasta qué punto una mano diestra es capaz de levantar cualquier texto, se trate de lo que se trate. No es sólo la prosa, el estilo o la elegancia, es la cadencia, la sabiduría para contar cosas con el tono exacto, hacer que el libro interese y tenerlo controlado, equilibrado y en el punto que pide el texto. Eso se hace con técnica, con trabajo, claro, pero me sigue pareciendo que la materia prima es insustituible, y es lo que hace que el libro rezume naturalidad y parezca escrito sin esfuerzo. Con todo esto no puedo ya ocultar que me encanta Thomas Mann, en especial el de Muerte en Venecia, aunque de vez en cuando se deje llevar por la frase excesivamente rizada o las digresiones se le vayan a veces de las manos.
Esas cualidades que apuntaba me atrevería a decir que se dejan ver especialmente en obritas menores, cuando el escritor no se está planteando crear algo importante y parece dejar fluir el texto como un mero entretenimiento. Viaje por mar con Don Quijote es una especie de pequeño diario, unos pocos días, escrito en una de las varias travesías marítimas que Mann realizó con su esposa Katia entre Europa y Nueva York. Podríamos pensar en algo parecido al crucero que David Foster Wallace contó en aquel corrosivo librito, pero las similitudes se reducen a la presencia en un barco surcando la inmensidad del mar (cómo se puede escribir dos cosas tan diferentes, e igualmente atinadas, a partir de un mismo motivo).
Thomas Mann no se propone nada concreto relatando su experiencia oceánica. Se limita a contar pequeñas anécdotas, a describir de pasada el ambiente de los salones o la cubierta, o apuntes rápidos sobre la meteorología cambiante. Lo demás son reflexiones que se van encadenando sin más planificación que lo que surge espontáneamente sobre el papel en blanco, y donde queda un papel importante para su lectura de cabecera, que naturalmente es el Don Quijote que luce en el título.
Tampoco es un ensayo sobre el libro de Cervantes, sino comentarios que brotan al hilo de la lectura. Mann se admira no solo de la personalidad de Don Quijote, sino de cómo evoluciona, cómo trata el autor a su personaje, se extiende algo más en torno a la viva defensa que Cervantes hace de su obra frente a la impostura del libro de Avellaneda, o el peso del personaje original frente a la caricatura de loco divertido que todos, en alguna medida, tenemos interiorizado. Las opiniones del autor alemán son de tal finura y profundidad que uno es consciente de que ha conectado por completo con el clásico. Todo ello, expresado en pequeñas píldoras y sin orden aparente lleva a sentir que está uno embarcado con el propio Mann, compartiendo con él un café y cambiando impresiones sobre el Quijote o, mejor dicho, escuchando embelesado sus reflexiones.
No todo se reduce a Cervantes. El pequeño diario incluye comentarios, siempre relajados y elegantes, sobre la propia singladura, sensaciones sobre la sobrecogedora pequeñez frente al océano inmenso, la distorsión de la perspectiva producto del aislamiento y la lejanía, o curiosidades como la llamada diaria a un progresivo cambio de hora y el equívoco de vivir dos veces el mismo tramo horario. El relato se extiende en ocasiones hacia asuntos aparentemente banales, como el contenido deliberadamente amable de la información que se hace circular en la nave (el crucero como mundo independiente de la realidad exterior), y en otras se adentra en reflexiones de calado que sin problema alguno podrían aplicarse a nuestro siglo XXI, como cuando apunta “¡Ah, la humanidad! Su progreso espiritual-moral queda detrás de su progreso técnico, anda muy rezagado”.
Pero ni en esos momentos toca el autor asuntos especialmente sensibles, lo que resulta llamativo en el complicado contexto de los años 30. Se diría que Mann esquiva cuestiones espinosas que sí tocará en otras obras, ahora es como quien, al igual que esas hojas informativas del crucero, al sentirse en un medio hostil, intenta centrarse en asuntos amables o al menos inofensivos. De esta forma, el libro transmite al mismo tiempo agudeza y relajación, y permite disfrutar de un autor que sea en el formato que sea, siempre parece capaz de escribir bien.
Otras obras de Thomas Mann reseñadas en ULAD: La muerte en Venecia, La montaña mágica
Título original: Alle Wege sind offen
Año de publicación: 1941
Traducción: María Esperanza Romero
Valoración: bastante recomendable
A medio camino entre el diario de bitácora y la crónica de viajes, uno podría quedarse en la superficie y recomendar Todos los caminos están abiertos como una especie de lectura algo ligera de verano. Dos escritoras se aventuran al volante de un coche, a finales de los años 30, y visitan varios países asiáticos, Afganistán, Pakistán entre ellos. Cosa reveladora, porque en cierto sentido parece que hayamos ido hacia atrás. Dos mujeres solas en un coche adentrándose por esos parajes, hoy, es el terror de cualquier aseguradora, la pesadilla de cualquier núcleo familiar sobreprotector, cosa que pone en valor la expedición, con el pretexto de artículos literarios, de las dos mujeres (su acompañante es la también suiza Eva Maillart), más aún si evitamos esa ligereza y situamos la obra en su contexto. Un contexto plagado de solemnidad como la Europa Central de 1939, zona de origen de las dos escritoras, una situación que flota en los artículos y que casi obliga a consultar la fecha de estos para ver cuándo y cómo los hechos que discurren (en especial, esa fecha, 1 de septiembre de 1939, que parece marcar un antes y después en la historia del mundo occidental) influyen en la narración. Resulta curioso que estas situaciones no se perciban con claridad. Schwarzenbach y Maillart parecen haber parado el tiempo mientras recorren las precarias carreteras de esos países.
Lo que es realmente curioso al leer hoy estas crónicas, que tampoco están tan distanciadas en el tiempo de las de, por ejemplo, Chatwin o Kapuscinski, es la dificultad de no situarse en el plano actual. Lo digo como, en lo personal, alérgico absoluto a las perturbaciones nostálgicas. Esas dos mujeres transitan ya no con absoluta seguridad sino hasta con cierto desparpajo centroeuropeo, y los poblados les muestran un absoluto respeto; los mandos locales que las acogen, esos pueblos que hoy vemos como campo de cultivo del radicalismo, del fanatismo religioso, de la justificación de las duras condiciones de vida para los mujeres, se muestran hospitalarios, amables, acogedores, y ni por asomo vemos condescendencia o paternalismo en esas actitudes. Schwarzenbach describe situaciones políticas complicadas, conflictos fronterizos, la dureza de las carreteras y los problemas mecánicos del vehículo en el que viajan, pero no hay pero alguno a las actitudes personales, a la tensión por el bagaje cultural opuesto entre huéspedes y anfitriones. Todo lo contrario: amabilidad, admiración mutua, casi en algunos casos agasajo. Como si los paisajes agrestes, las duras condiciones, la enorme humildad de las poblaciones locales, se transformaran no en inconvenientes sino en acicates para la visita. De esto hace ochenta años, de estas visitas rellenadas por el espíritu aventurero y una curiosidad mutua ajena a la desconfianza hasta hoy, en que la convivencia, por los factores que sean, parece más difícil e inconcebible que nunca. Así que ese texto liviano, a veces casi ingenuo (trágicamente: Schwarzenbach era adicta a la morfina y al poco tiempo acabó - como Nico - falleciendo en un accidente de bicicleta) resulta ser una perfecta espoleta para muchas reflexiones de hoy en día.
También de Schwarzenbach en ULAD Con esta lluvia
Título original: Primo viaggio intorno all Globo Terracqueo
Año de publicación: 1524
Traducción: José Toribio Medina
Valoración: Fuera de concurso
Se cumplen hoy mismo, 6 de septiembre de 2022, los quinientos años de una de las hazañas más impresionantes llevadas a cabo por un grupo de hombres en las toda la Historia: la primera circunnavegación del Globo, navegando siempre hacia el oeste, en una época en la que no existían los GPS, las radios, los motores y ni tan siquiera los barcos de casco metálico, se navegaba en unos cascarones de madera, movidos por velas de tela, cuerdas y con la ayuda, todo lo más, de una brújula y de rudimentarios mapas, si los había (y en este caso, no los había). Con tan exiguos medios, tal día como hoy dieciocho marinos llegaron a Sanlúcar de Barrameda en la nao Victoria, después de tres años de su partida junto a a otras cuatro naves y 221 compañeros; capitaneados por Juan Sebastián Elcano (*), los supervivientes eran vascos, andaluces, gallegos, italianos, griegos, un alemán... entre ellos el autor de este libro, el caballero Antonio de Pigafetta, de Vicenza, que a su vuelta y tras ofrecerle su diario del viaje al emperador Carlos (aunque también lo hiciera a la regente de Francia, al Papa y a su protector, el Gran Maestro de Rodas) lo convirtió en un libro donde se narraba su aventura.
El objetivo de ésta, como bien se sabe, y comandada por el portugués Fernando de Magallanes, era llegar a las Molucas, las fabulosas Islas de las Especias, por el Oeste, para así evitar las restricciones que el Tratado de Tordesillas le imponía a Castilla. De esta forma, la expedición bajó por la costa sudamericana: Brasil, el río de la Plata, la Patogenia, hasta descubrir el estrecho que hoy lleva el nombre de Magallanes y que les permitió pasar al Océano Pacífico, el cual atravesaron durante meses, en medio de grandes penurias -baste decir que el manjar más apreciado eran las ratas- hasta alcanzar las islas Marianas, las Filipinas y, por fin, las Molucas. Muerto Magallanes en una batalla contra los nativos filipinos de la isla de Matan, el mando de los restos de la flota recayó en Elcano, que decidió continuar el viaje hacia el oeste y de esta forma cruzaron el Océano Índico para costear luego África de punta a Cabo- o al revés, en este caso- y regresar a España, como he dicho, tres años después de su partida.
Como toda relación de viajes de su época o anterior, la de Pigafetta abunda en detalles que , en ocasiones, se pueden hacer excesivos y hasta tediosos; hemos de tener en cuenta que, al escribir su diario, el autor pretendía dejar constancia de todo el mundo novedoso que se iba encontrando, no tanto pensando en el solaz de unos hipotéticos y futuros lectores. Además, también encontramos momentos más vibrantes, como el encuentro con los ignotos "gigantes" patagones, los motines que se produjeron en aquella tierra, las posteriores traiciones de algunos expedicionarios o de reyezuelos indonesios o las cuitas en el viaje de vuelta para evitar en lo posible a los portugueses, recelosos del carácter de esta expedición, que, después de todo, tenía el objetivo de hacerles la competencia directa en el comercio de las especias.
Pigafetta, por otra parte, es un gran observador que detalla muchas características y costumbres de los pueblos que encuentra, de una forma casi etnográfica, así como la flora y fauna de los países -con especial detenimiento en las Islas de las Especias, claro está-; incluso, al final del libro, se recoge un pequeño vocabulario de las lenguas habladas en Brasil, Patagonia, Filipinas y Molucas. Cierto es que , aún con todo el relativismo cultural del que hace gala el autor -sobre, por ejemplo, prácticas como la del canibalismo-, para la acendrada sensibilidad actual, su aventura y la de sus compañeros, puede parecer un mero episodio de la expansión colonial y explotadora europea; es verdad que si los protagonistas de aquel viaje no sometieron y explotaron más a los pueblos y tierras por las que pasaban fue por falta de medios, no de ganas.para otros, la primera vuelta al mundo no será sino el mayor hito simbólico, pero también efectivo, de esa globalización a la que se se achacan hoy en día tantos males. Es verdad que también los es. Pero al mismo tiempo, no deja de suponer un acontecimiento maravilloso, una hazaña, repito, quizás sin parangón en la Historia, dada la modestia de los medios, la enormidad de las ambiciones y la inmensidad -a partir de entonces un poco menos- de ese mundo que, hace justo quinientos años, no sé si se hizo más pequeño, pero sí más nuestro.
25 textos (24 + epílogo) conforman esta edición ampliada de los viajes por cementerios de la gran Mariana Enriquez, 25 textos que inciden y completan el imaginario que compone la obra de la bonaerense y que, por tanto, resultarán de sumo interés para los ya iniciados en la materia. Aunque no solo para ellos!
Publicado originalmente en Argentina por la editorial Galerna y ampliado para la ocasión por Anagrama, "Alguien camina sobre tu tumba" es un recorrido mitómano - a medio camino entre la historia personal y la Historia, entre la realidad y la leyenda - plagado de referencias ligadas a la cultura popular, ya sean estas históricas (la primera Guerra Carlista, la colonización de la Patagonia, Perón, etc), musicales (Joy Division, ACDC, Elvis, Manic Strreet Preachers...), cinematográficas (Nicholas Cage, El Golem, Medianoche en el jardín del bien y del mal...) o literarias (Aitken, Boris Vian, Cortázar, Vallejo, Anne Rice, Carpentier...), artísticas, etc.
Para ello, nos situamos en diferentes cementerios de todo tipo ubicados en Europa y América. No necesariamente han de ser los más famosos o visitados (de esos también hay, obviamente, y sirven de muestra Highgate, Montparnasse o la Recoleta), sino que también encontramos cementerios minúsculos, humildes o semiabandonados que sirven, quizá aún en mayor medida, para hablarnos de nuestra relación con la muerte a lo largo de los tiempos y las culturas, de nuestros mitos, miedos, terrores y fantasías más profundos. En este sentido, cabe destacar la definición que Enriquez hace de los cementerios como libro resumen de todos los tiempos del tiempo.
Todo lo anterior hace de "Alguien camina sobre tu tumba" un libro híbrido que se sitúa, según el lugar y el momento, entre relato intimista, la crónica de viajes, el reportaje, la guía turística o el texto antropológico / sociológico, aunque siempre desde una perspectiva "pop". Lo anterior es debido al entrelazamiento de apuntes autobiográficos, datos históricos, hermosas descripciones de arte funerario, toques de humor negro (no podría ser de otra forma) y leyendas o anécdotas de lo más truculentas y variopintas. Eso sí, sin caer en el morbo por el morbo o en lo tremendista y gratuito, lo que hace de estas crónicas un artefacto literario sumamente entretenido e interesante.
Puestos a destacar algunos de los textos, me quedo con la visita al bellísimo y extraño cementerio de Punta Arenas (Chile), que sirve de base a un repaso de la histórica patagónica y su genocida colonización, con la crónica del surrealista y caótico viaje a la necrópolis de Colón (La Habana) y al concierto que dieron en la ciudad los Manic Street Preachers, con el más tenebroso (y a la vez humorístico) relato de la visita al cementerio de Montparnasse o con el más personal relato situado en el cementerio de la Reja (Moreno, Argentina).
Son solo cuatro (alguno había que escoger), pero de verdad que en "Alguien camina sobre tu tumba" hay mucho y bueno donde elegir. ¡No tengáis miedo!
Otros libros de Mariana Enriquez en ULAD: Bajar es lo peor, Este es el mar, Nuestra parte de noche, La hermana menor, Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego, Cómo desaparecer completamente
Título original: The Air-conditioned Nightmare
Traducción: José Luis Piquero
Año de publicación: 1945
Valoración: Entre recomendable y Está bien
Henry Miller se había ido a Europa, a Paris concretamente, a lo mismo que cientos de artistas de todos los géneros, a vivir en el cogollo del arte, donde todo se gestaba, donde las vanguardias eran siempre bienvenidas, la creatividad se respiraba en cada café, en cada pensión de mala muerte. Pero los tiempos dejaron de ser propicios y la guerra llamaba a las puertas, así que decidió volver a los Estados Unidos para materializar una idea que le llevaba tiempo rondando: un largo viaje por su país natal para explorar su realidad y trasladarla a un libro. Lo hace allá por 1941, todavía antes de Pearl Harbour, y el libro es el resultado del periplo.
Parece indudable que Miller ya inicia la aventura con prejuicios muy sólidos. El hombre llega seguramente tan fascinado por el viejo continente que acaba de dejar, tan predispuesto a encontrarse algo abominable, que lo larga en el primer y más descriptivo capítulo titulado ¡Buenas noticias! ¡Dios es amor! Son horribles las ciudades (en particular, Nueva York, donde nació) pero también las localidades más pequeñas, es un mundo impersonal, cegado por la ambición y el consumismo, un lugar íntegramente dominado por la vulgaridad:
“Tenemos un gusto arquitectónico que se acerca al punto de la inexistencia tanto como es posible. En las diez mil millas que he recorrido hasta ahora, he conocido dos ciudades que poseen barrios merecedores de echarles un segundo vistazo: me refiero a Charleston y a Nueva Orleans. El resto de ciudades, pueblos y villas por los que he pasado espero no volver a verlos en toda mi vida"
No solo en el aspecto externo. El puritanismo y la obsesión por las comodidades y las posesiones materiales ha degradado hasta tal punto al norteamericano que todo ha dejado de importar: la educación, el arte, la pobreza, la democracia misma. Es una sociedad enferma que inevitablemente compara con la Europa que acaba de dejar, cargada de historia, de joyas arquitectónicas, de ideales, de explosiva creatividad.
Sin embargo, este potente arranque del libro, que a veces se coloca como extracto significativo, no agota la narración, porque el viaje continúa y Miller, que parece haberse desahogado suficientemente, recorre el sur del país en un viejo Buick destartalado. El formato hace inevitable el recuerdo de Kerouac, aunque En el camino se escribió unos cuantos años más tarde, y las similitudes no van mucho más allá del carácter itinerante y el entorno geográfico. Olvidándose un tanto de las ciudades y sus aberraciones, Miller se va deteniendo a conocer a diversos personajes, siempre relacionados con las artes o el pensamiento, tipos más o menos extravagantes que suscitan su entusiasmo, como un tal Weeks Hall (que recuerda vagamente al Canterel de Raymond Roussel), el cirujano-pintor Souchon, o el músico Edgar Varèse. Individuos aislados que parecen conservar el espíritu que Miller echa de menos en el alma del país, que de alguna manera trascienden ese mundo materialista del que reniega y conectan con el equipaje mental que trae del viejo mundo. Siempre en el sur, donde el autor parece encontrar restos de las antiguas esencias perdidas desde la victoria del Norte en la guerra, el poso de formas aristocráticas, la vida a un ritmo pausado deleitándose en el detalle, el buen gusto ligeramente decadente, las plantaciones de tabaco y algodón.
Los encuentros con estos personajes hacen florecer cierto impulso filosófico que muestra a un Miller vital, a veces atronador, siempre sincero y también reflexivo, sensible ante la injusticia (la desigualdad y la pobreza, la segregación de negros e indios, el menosprecio hacia el artista) y con un espíritu irreductible:
“A los dieciocho años era tan filósofo como lo seré siempre. Un anarquista de corazón, un espíritu no gregario, un independiente y un filibustero. Amistades sólidas, odios sólidos, desprecio de todo lo tibio, de toda componenda.”
Pero también con un profundo sentido de la estética que se expresa con generosidad al contemplar el Gran Cañón del Colorado, al que dedica bellísimas descripciones, aunque no por ello deja pasar la oportunidad de remachar ‘Por qué será que en América las grandes obras de arte son todas obra de la Naturaleza?’
Como el libro es sobre todo un híbrido en el que cabe todo, tiene momentos para cosas muy diversas como la narración, con tintes surrealistas, de un sueño a propósito de la ciudad de Mobile (solamente a partir de su toponimia), los desternillantes relatos de sus penalidades en la carretera o de una cena de alto copete en Hollywood, o la versión dramatizada de una hipotética charla entre el interesante acuarelista John Marin y su mentor Alfred Stieglitz. De manera que el Miller cronista deja amplio espacio al escritor deseoso de expresarse libremente en distintas direcciones.
Queda la sensación de que aquel comienzo incendiario del libro pudiera no ser totalmente representativo de las convicciones del autor. Quizá era solo producto del shock por haber dejado la Europa ilustrada en la que creció como escritor y tal vez enfrentarse a algunos de sus fantasmas personales. Porque aunque de entrada nos topemos con algo parecido al dolor por una patria decepcionante (a este lado del charco resonarían ecos de la generación del 98), da la sensación de que poco a poco Miller se va sintiendo menos incómodo y empieza a encontrar argumentos para detestar en menor medida o con menos vehemencia el país al que regresa.
Otras obras de Henry Miller en ULAD: Trópico de Cáncer
Idioma original: alemán
Idioma original: español
Idioma original: catalán
Idioma original: francés