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lunes, 27 de mayo de 2019

Enrique Criado: El paraguas balcánico


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Está muy bien

Cuando uno se instala como extranjero en un nuevo país debe aprender a sortear desde el primer minuto unas cuantas adversidades, tan ineludibles como inconmensurables y arduas. No es sólo abrir una cuenta en el banco, contratar un proveedor telefónico o conseguir los papeles que a la burocracia local se le antoje, con esa mezcla de esoterismo y disparate que por supuesto impregna siempre todos estos requisitos, en cualquier parte. También hay que zambullirse en un nuevo y desconocido idioma, puede que incluso en un alfabeto, así como en las ignotas dimensiones del lenguaje no verbal y del sentido del humor, propósitos a los que la lógica no puede prestar prácticamente ayuda alguna. Luego van llegando otras decisiones también importantes; cocinar sus alimentos, leer sus autores y oír sus músicos, coger tirria a sus políticos, hacerse forofo de un equipo, de una marca de cerveza y de una emisora de radio, convertirse en cliente de un colmado y de un kiosko y parroquiano de un café o de un bar… A partir de ahí, el transplantado ya puede empezar a sentirse parte de la comunidad 

Para quienes han escogido la diplomacia como actividad con la que proveerse el sustento, estas inmersiones para establecerse en un nuevo destino tienen lugar cada tres años. O así es, al menos, en el caso de Enrique Criado (Madrid, 1981) cuyo paso como representante del Reino de España en Kinshasa, República Democrática del Congo, entre 2009 y 2012 ya deparó un primer libro, Cosas que no caben en una maleta, etapa a la que prosiguió otro trienio en Canberra, Australia, y otro más, hasta 2018, en Sofía, la capital de Bulgaria. A éste se refiere El paraguas balcánico, cuyo propósito es acercarnos de manera ligera y amena una realidad, la de Bulgaria y, por extensión, la de la región de los Balcanes, compleja y enrevesada. No se trata, pues, de un ensayo con pretensión científico/académica –los hay muy apabullantes, como los del profesor de Historia Francisco Veiga-, si no más bien de relatar en primera persona una experiencia personal a la vez que se proporcionan una serie de datos y pinceladas en clave divulgativa sobre los Balcanes, una región a la que -como se recoge en el prólogo- Winston Churchill atribuyó la capacidad de producir más Historia de la que es capaz de digerir.

En el relato se mezclan por tanto, anécdotas y experiencias personales con la descripción subjetiva de una sociedad y un país que, por así decirlo, no está entre las prioridades de los medios de comunicación. En el imaginario del ignorante, uno recrea la rutina de los diplomáticos exhibiendo sonrisa, modales y pajarita en voluptuosas veladas de recepción oficial entre bandejas de bombones y copas de champán pero en este mundo globalizado y prosaico seguramente tengan más de viajantes de comercio intentando colocar su catálogo de gangas o de delegados de agencia de viajes al rescate de connacionales en viaje de bajo coste metidos en algún lío con una cuenta pendiente de pago en tugurios poco recomendables. Pero Enrique Criado debe ser un tipo muy leído, por que sabe enhebrar su relato de escenas y experiencias cotidianas y costumbristas con reflexiones interesantes acerca de la Historia, la política, el Arte o la literatura y tira de ideas y recuerdos sacados de páginas escritas por Claudio Magris, Svetlana Alexievich, Ivo Andric, Mircea Cartarescu, Lawrence Durell, Philip Roth o Ryszard Kapucinski, y recupera las palabras de personajes de nuestra tradición que dejaron sus pasos por aquellos caminos, como Chaves Nogales, García Márquez o Gaziel. 

Una de las tramas más valiosas de este libro, por su carga de emoción y dolor, es quizás la que recurre a la comunidad judía sefardí, descendiente de aquellos que se vieron expulsados de España hace siglos y que han mantenido su idioma y un sentimiento de identidad muy apegado al mismo y a una cierta idealización a un origen del que fueron brutalmente despojados. Una buena parte de aquella diáspora acabó encontrando refugio en estas tierras, al amparo del por entonces poder bizantino. Y cuatro siglos después se les continúa reconociendo como ispanioles, como atestiguó Elías Canetti, originario de la ciudad búlgara de Ruse, quien al recoger el Premio Nobel de Literatura en 1981 rememoró la raíz de su familia en el pueblo conquense de Cañete. El nazismo y las masivas oleadas de emigración hacia Israel han dejado muy mermadas estas comunidades, como las que se establecieron en ciudades como Salónica o Sarajevo, aunque Enrique Criado trata de seguirles la pista viajando incluso a Israel, donde muchos de ellos se establecieron en Jaffa, hoy convertido en un suburbio al sur de Tel Aviv, donde siguen siendo comunes apellidos como Cohen, Romano, Bassat o Danon.

Aunque Bulgaria es la gran protagonista de El paraguas balcánico, y el título tiene mucho que ver con la literatura y con lo que le aconteció en septiembre de 1978 en Londres al escritor Georgi Markov, y se explican algunas de las claves de su imaginario colectivo, como el desprecio por lo turco y el aprecio por lo ruso, o cómo el rey depuesto por el Régimen comunista, Simeón de Sophia-Coburgo y Gotha, acabó como jefe de gobierno de la actual república tras imponerse en unas elecciones democráticas, en el libro también se recogen otros viajes por países limítrofes o cercanos; Grecia, Turquía, Macedonia del Norte, Albania, Montenegro, Serbia, Bosnia y Herzegovina, Moldavia, Ucrania, Armenia, Chipre o Israel. Un libro que funciona muy bien como ventana a la que asomarse y, a quien le pique el alacrán de la curiosidad, como puerta de entrada a asuntos y lugares repletos de interés.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Nikos Kavvadias: La guardia

Idioma original: Griego
Título original: Βάρδια
Año de publicación: 1954
Traducción: Natividad Gálvez
Valoración: Muy recomendable

Marinero. Poeta. Apenas narrador. La guardía es la única novela que nos dejó Nikos Kavvadías, así como tres relatos breves: Li, De la Guerra y A mi caballo. Como poeta resultó igual de parco, publicando dos libros en vida –Marabú en 1933 y Calima en 1947- y uno más –Través, en 1975- editado de manera póstuma. Su rasgo personal más evidente fue la condición de marino mercante y, en consecuencia, su manera de mirar y de contarlo; “En la ribera veo un marabú muy quieto,/ y mientras él me mira a su vez insistente,/ nos parecemos -creo-: estúpidos y solos”. Marabú, por cierto, le quedó como uno de los apodos con los que fue conocido. Nikos Kavvadías –aunque también transcrito como Kavadias o Cavadias- fue él mismo un personaje solitario, fantasioso y errante. Nacido en 1910 en Usuriisk, al norte de Vladivostok, en la porción de Manchuria dominada por los rusos, se embarcó por vez primera con veinte años y, con el paréntesis de la II Guerra Mundial, no volvió jamás a pasar demasiado tiempo en tierra firme.


La guardia está estructurada en tres partes. La primera lo hace como un diálogo entre un primer oficial y un radiotelegrafista –oficio de Nikos Kavvadías- en el turno de la guardia intermedia, la menos deseada por interrumpir sin remedio el sueño. Ambos se reencuentran dieciocho años después de un incidente con cuchillo de por medio a bordo del Pytheas, un carguero de quinientas toneladas con calderas y máquinas de vapor que navega desde Singapur hacia el Norte. Los turnos de guardia en el puente de mando dan pie a rememorar las vicisitudes compartidas a las que el tiempo ha despojado de rencor para dejarlas en recuerdos de trastadas y fechorías en travesías y puertos: en Beirut o en las islas Aleutianas, en Amberes o en Sydney, en Huelva o en Argel… En sus muelles, sus cabarets y pensiones, o en las cubiertas y camarotes de los barcos que navegaron. Historias de oficiales, mecánicos, peones, estibadores, guardas, prófugos, prostitutas y madames, que parecen haber surgido de un cuadro de Jules Pascin. Personas que se inventan su personaje, que se ocultan tras máscaras para que heridas, fragilidades y traumas no sean demasiada desventaja en la lucha de todos contra todos que los más desvalidos disputan por sobrevivir. Y en la que, cuentan, el propio Kavvadías aportaba el complejo por su escaso tamaño y un físico de esos considerado como poco agradecido. De ahí, quizás, esa querencia por crear personajes fatales y feroces, marineros cosidos a tatuajes, tragos, marihuana, decepciones y traiciones: “A nosotros nos hacen falta los cuerpos celestes cuando se encuentran a determinados grados sobre el horizonte. Lo demás es cosa de los enamorados en los parques.


Por la segunda y la tercera parte de la novela desfilan más personajes de la tripulación y asistimos a nuevos detalles de la vida de los marinos mercantes, navegando hierros flotantes que deberían haber visitado hace tiempo el desguace y que son una actividad más hostil y sacrificada que el de los pasajeros, línea de negocio por la que no cabe si no el mayor de los desprecios. Aquí el relato adopta un tono más intimista y personal (“Escucha. Es como si rompiéramos un juguete para encontrar el resorte”) y son frecuentes las alusiones, fieles o exageradas, a detalles que podrían ser considerados como biografía del autor, en Grecia, en el Índico, por los mares de China; las familias de marineros de la isla jónica de Cefalonia de donde salieron sus progenitores o anécdotas como la de la cucaracha en una barra de pan que su padre se tragó diciendo que era una pasa de su isla para que no menguase su reputación como mercader de confianza, la adolescente que esquivó en Beirut la custodia que le habían confiado... 


Nikos Kavvadías dejó de navegar unos pocos meses antes de fallecer en febrero de 1975 en Atenas: “Yo que deseé tanto que un día me enterraran / en algún mar profundo de las Indias lejanas / tendré una muerte triste y bastante normal / y un funeral de esos como toda la gente”. (Todos los versos aquí citados han sido traducidos por David Hernández de la Fuente). Un busto en su homenaje le recuerda en la orilla de ese mar que fue su vida, en Argostoli, en Cefalonia, junto a Ítaca. Por lo que cuentan, en Grecia sus poemas gozan de bastante popularidad gracias a las versiones de algunos músicos como Thanos Mikroutsikos.

jueves, 31 de mayo de 2018

Almeida Garrett: Viajes por mi tierra

Idioma original: portugués
Título original: Viagens na minha terra
Traducción: Martín López-Vega
Año de publicación: 1846
Valoración: interesante

Me pregunto si alguno de los aquí (virtualmente) presentes conoce a Almeida Garret, un autor fundamental para entender la literatura, la cultura e incluso la política portuguesa del siglo XIX, pero que ha tenido bastante poca fortuna fuera de sus fronteras. Me pregunto incluso si mucha gente que ha estado en Lisboa, y que ha escalado la rua Garrett para llegar a la Brasileira y sacarse la foto con Pessoa, sabrá quién es ese Garrett que da nombre a la calle; o si quienes admiran el Teatro Dona Maria II en la plaza de Rossio sabrán que ese teatro no existiría si no fuera por Almeida Garrett, el gran promotor del rejuvenecimiento del teatro portugués...

Bueno, pues Almeida Garrett (o con su nombre completo, João Baptista da Silva Leitão de Almeida Garrett) fue un hombre del Renacimiento en pleno Romanticismo: revolucionario, escritor, político, diplomático, gestor cultural, periodista o dandy (aunque algo dado a enamorarse de adolescentes), Almeida Garrett jugó un papel esencial a la hora de promover una recuperación del teatro portugués (no solo con la teoría sin con la práctica, fundando y regulando los teatros, recuperando autores clásicos y escribiendo sus propias obras). Fue, además, poeta, autor de ensayos fundamentales como Portugal en la balanza de Europa y también de novelas como El arco de Santa Ana.

Y de estos Viajes por mi tierra que fueron un día lectura obligatoria en las escuelas, aunque ya no lo son (y quizás con buen motivo).

Los Viajes de Almeida Garrett tienen tres modelos citados en el propio texto: Xavier de Mestre y sus Viaje alrededor de mi cuarto; el Quijote y el Tristram Shandy. Con esos moldes, está claro lo que tenía que salir: más una sátira o una parodia que una historia de viajes propiamente dicha. El propio objeto de la obra (un modestísimo viaje desde Lisboa hasta el Ribatejo) ya contrasta con las grandes narraciones de viajes al Oriente, a África o a la Amazonia, por dar solo tres ejemplos clásicos. Y también la forma de contar la historia, en la que en realidad el viaje importa más bien poco, contrasta con el supuesto género de la narrativa de viajes en el que se inscribe.

Porque Almeida Garrett, siguiendo de cerca a Xavier de Mestre (a quien cita desde el epígrafe) viaja más a través de la imaginación, la digresión o el recuerdo, que propiamente con los pies. Así, el texto se convierte en un laberinto o una selva, en la que caben reflexiones sobre Camões, sobre la situación política de Portugal, sobre la política agraria del Marqués de Pombal o sobre el Quijote de Cervantes, y una multitud de guiños y reconvenciones a un lector al que se quiere al mismo tiempo atento y desconfiado, divertido y confuso por las vueltas, retrocesos y paradas que da el texto.

De hecho, quizás siguiendo esta vez a Cervantes, casi toda la segunda mitad de la obra está ocupada por una "novela intercalada": la historia de amor entre Joaninha ("la chica de los ruiseñores") y su primo Carlos, que a su vez le sirve a Almeida Garrett para contraponer el personaje de Frey Dinis (un fraile viejo y conservador) con Carlos (un joven liberal que acabará convertido en barón, o sea, en una nueva forma de fraile). Esta historia de amores, desamores e identidades ocultas tiene su punto entrañable, aunque también su punto desfasado; aunque Almeida Garrett desbarraba contra el romanticismo exaltado, lo cierto es que su sensibilidad era en sí misma romántica.

¿Por qué decía que a lo mejor ha sido bueno sacar Viajes por mi tierra del currículo de lecturas obligatorias en las escuelas? ¿Y por qué le doy un "interesante" y no un "recomendable"? Pues porque este es uno de esos libros que, con el paso de los años, se ha convertido más en un monumento que en una obra de disfrute; cabe leerlo, admirarlo, analizarlo, reírse con ciertas ocurrencias del autor, saltar unas cuantas páginas... pero no ofrece el tipo de placer que puede atrapar a lectores adolescentes, sobre todo porque para entender muchos de sus guiños se exige una cultura literaria bastante amplia. Aunque tenga su gracia y una indudable inteligencia en su estructura, su lectura a ratos se hace lenta y ardua.

En cualquier caso, Garrett merece su reconocimiento y su lugar en la memoria literaria de Portugal, y quizás algo más. No hay muchos individuos que hayan conseguido, ellos (casi) solos, levantar un teatro nacional de sus escombros. Espero que algunos de nuestros lectores, cuando suban por la rua Garrett en dirección a la Brasileira para sacarse una foto con Pessoa, se acuerden de esto, y recen una oración (laica, literaria) por el alma del bueno de Almeida Garrett.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Wladimir Kaminer: Viaje a Tralalá

Idioma original: alemán
Título original: Die Reise nach Trulala
Año de publicación: 2002
Traducción (al portugués): Helena Araújo
Valoración: Muy recomendable

Los que sean seguidores fieles de este blog (y me refiero a seguidores-fieles-desde-el-inicio-de-los-tiempos) quizás ya conozcan a Wladimir Kaminer; in illo tempore Izas reseñó por aquí varias de sus obras: Mis vecinos rusosMúsica militar o Desde Alemania con amor. En estas reseñas se presenta la información básica sobre el escritor, que yo solo voy a resumir: autor ruso, emigrado a Berlín en 1990, instalado en la ciudad y convertido en una especie de celebrity local, gracias a sus relatos, novelas, guiones radiofónicos y sus actuaciones como DJ, todos ellos caracterizados por su sentido del humor y su visión de "extranjero en tierra extraña". 

En esta misma línea se sitúa Viaje a Tralalá, con el que termino (por ahora) mi incursión en la narrativa de viajes. Narrado en primera persona, y basado una vez más en las experiencias del propio Kaminer como emigrante ruso en Berlín, este libro se compone de capítulos con títulos tan reveladores como "Desencuentro de París", "Desencanto de América", "Desaparecido en Crimea", "Desviado en Dinamarca" o "Desencaminado en Siberia". En resumen, este libro trata de viajes que no llegan a su destino, de viajes que no cumplen las expectativas del viajero o que se frustran antes incluso de comenzar.

El relato más largo y quizás también el más entretenido del volumen es el primero. En él, el narrador sueña con llegar a un París idealizado y casi imposible (estamos hablando de 1990, recién caído el Muro); Berlín se convierte en una etapa intermedia de este viaje hasta occidente, que por un motivo o por otro nunca llega a realizarse: a veces hay trabas burocráticas, otras veces económicas, en otras ocasiones son los relatos desencantados de quien ya estuvo en París y no encontró allí lo que esperaba los que hacen que Kaminer desista de emprender el viaje. "Como no podíamos viajar a París, fuimos al cine", dice el narrador, y en este continuo aplazamiento del viaje y en su sustitución por otros entretenimientos está buena parte de la gracia del libro.

Aunque la crítica fundamental del texto esté dirigida contra la Unión Soviética y su autoritarismo, no es difícil encontrar también una irónica visión del turismo y el efecto que tiene en el viajero y en su lugar de destino. En uno de los pasajes más divertidos del libro se cuenta cómo los rusos crearon, en las fronteras de sus dominios, una ciudad que en verano hacían pasar por París y en invierno por Londres, para que sus súbditos pudieran viajar a Occidente sin el peligro de verse contaminados por el capitalismo; en otro capítulo se narra la historia de un aviador ruso desaparecido en Crimea, y cómo los pueblos de la región se adaptan para ofrecer reliquias del aviador y su aeroplano (chapas, cazadoras, relatos) para "vendérselos" a los turistas que vienen buscándolos. 

Es difícil no ver en estos capítulos en concreto una visión desencantada, y muy actual, de los efectos del turismo en ciudades como Barcelona o Lisboa, disneyficadas para responder a las expectativas de los viajeros, por no hablar del efecto que el turismo puede tener en regiones más "exóticas" en las que los locales se adaptan para responder, precisamente, a esa mirada exotizante del turista occidental. Recuerda, por eso, al relato "La isla de los antropólogos", de Iban Zaldua, sobre una isla en la que cada antropólogo que la visita encuentra exactamente lo que esperaba encontrar para confirmar sus teorías.

Aunque es posible que esto sea leer demasiado, y que haya que quedarse solo con un conjunto de historias divertidas, curiosas y bien contadas, sobre viajeros y sus viajes imposibles en los límites entre Europa y Asia. El libro también funciona así, y muy bien.

P.D.: En español solo se ha traducido, que yo sepa, un libro de Kaminer, Yo no soy berlinés. Guía para turistas y vagos. Esperemos que pronto otras editoriales se animen a seguir este camino y pronto podamos leer más obras suyas.

lunes, 17 de abril de 2017

George Sand: Un invierno en Mallorca

Idioma original: francés
Título original: Un hiver à Majorique
Traductor: Pedro Estelrich
Año de publicación: 1842
Valoración: recomendable (salvo si eres mallorquín)

Siguiendo con las obras de narrativa de viajes a las que me he dedicado últimamente, hoy le toca el turno a este Invierno en Mallorca de George Sand, alias de Amandine Aurore Lucile Dupin, una de las escritoras más relevantes e influyentes del panorama literario y artístico del siglo XIX francés, y una personalidad al menos tan interesante como sus obras. Autora de una amplia producción narrativa, así como de una influyente crítica literaria, George Sand narra en esta obra el invierno que pasó en la isla balear junto con Chopin, compañero en aquel momento de la escritora, y sus dos hijos.

Y la verdad es que se quedó a gusto: a George Sand la isla le pareció inhóspita, poco civilizada, mal servida de productos básicos de comida, sucia, mísera; y sus habitantes, seres atrasados, tacaños, bruscos, cerrados, supersticiosos. Llega a decir, literalmente, que son poco más que animales en cuerpos humanos, y critica tanto sus olores como sus costumbres, su falta de higiene tanto como su falta de prodigalidad. A su llegada a la isla no tienen dónde alojarse; nadie quiere alquilarles o prestarles muebles; y cuando se enteran de que uno de sus hijos (en realidad, Chopin) puede tener tisis, los expulsan y los aislan, de forma que tienen que alojarse en una cartuja abandonada. Y aun allí, la única preocupación de los "indígenas" parece ser extraerles todo el dinero posible. Solo algunos paisajes y algunos monumentos (la mayoría, en ruinas) se salvan de la crítica implacable de la autora, que también tiene palabras elogiosas para el ministro Mendizábal, promotor de la desamortización.

(Por supuesto, esta no era una actitud única ni extraordinaria en los viajeros románticos que venían a España o a Portugal; los viajeros británicos, por ejemplo, eran conocidos por su capacidad para no mezclarse con los habitantes nativos, no aprender su lengua y despreciarlos como seres atrasados y salvajes. Hay cosas que cambian poco con el paso del tiempo...)

Con todo, pesar de esta dureza en el juicio de sus huéspedes, Un invierno en Mallorca se lee con cierta simpatía, en gran parte debido al sentido del humor algo cruel de George Sand. Sus comparaciones, descripciones irónicas o estampas ridículas (como cuando los lugareños descubren una oca y piensan que es un animal extrañísimo) entretienen y divierten al lector. Por otra parte, como pasa con muchas otras obras de narrativa de viajes de esta época, Un invierno en Mallorca tiene algo de collage que salta alegremente la línea que separa la ficción de la no ficción: la narración concreta y (suponemos) más o menos verídica de las condiciones del viaje de la familia, se alterna con la inclusión de fábulas, digresiones históricas, descripciones de monumentos y paisajes, e incluso con la citación explícita de documentos anteriores en los que se basó la autora. Así, a medida que leemos nos encontramos con un texto complejo y variado que va mucho más allá de ser un simple "diario de viaje" o una descripción geográfico-etnográfica de la isla.

Como decía al inicio, es normal que a los mallorquines, y a los baleares en general, no les sentara muy bien esta obra; por mucho que la Mallorca actual ya no sea la misma que la del siglo XIX, a nadie le gusta que desprecien a nuestra patria chica. De ahí que el menorquín Mario Verdaguer publicase en 1959 una novela titulada Un verano en Mallorca, que es una respuesta satírica a la obra de George Sand. Habrá que leerla, a ver qué tipo de venganza se toma con la escritora francesa...


También de George Sand en Unlibroaldía: Cuentos de una abuela

viernes, 1 de abril de 2016

Fermín Muguruza, Harkaitz Cano & Dr. Alderete: Black is Beltza

Idioma: castellano / euskera (*)
Año de publicación: 2014
Valoración: está bien

La anécdota es bastante conocida en Navarra, pero supongo que no tanto fuera de allí. en octubre de 1965 la comparsa de gigantes y cabezudos -más "zaldikos" y "kilikis", claro- fueron invitados a participar en el desfile por la quinta avenida de Nueva York. ¿Todos? No: los gigantes de raza negra, que -paradójicamente- representan al continente americano, no lo hicieron pues las autoridades consideraron que podrían dar lugar a disturbios raciales, en una año que había vivido una buena cantidad de ellos a lo largo de todo el país. Para rizar la ironía, se tuvo que contratar a personal local que portase los cabezudos... y se contrataron ayudantes de raza negra. (**)

Partiendo de esta historia, el músico vasco Fermín Muguruza (exacto, el ex-Kortatu y ex-Negu Gorriak), el escritor también vasco Harkaitz Cano y el ilustrador argentino Dr. Alderete crearon un cómic con las aventuras de Manex Unanue, uno de los mozos encargados de hacer bailar a un gigante negro y que no pudo desfilar por ello. Enfadado por ello, Manex, nacido en el País Vasco francés, hijo de un brigadista inglés y de una navarra (!), se pierde por Nueva York y acaba en Harlem, donde hace nuevos amigos y decide quedarse en América. Por medio de una carambola argumental, acaba enrolado en la revolución cubana y encargado de una importante misión que le llevará de un lugar a otro del globo, de Cuba a México y de Canadá a Argelia, esquivando la persecución de los villanos de turno (en esta ocasión el FBI y, no sé muy bien por qué, también ciertas agencias de inteligencia de varios países). En su periplo, Manex se cruzará con diversos personajes emblemáticos de la época, tanto de la política como la cultura, el Che Guevara, el escritor Juan Rulfo, el black panther Emory Douglas o el actor mexicano Germán Valdés "Tin-Tan". Otros muchos aparecen brevemente, componiendo el marco de esa década tan interesante como fueron los 60: Andy Warhol, Mohamed Ali, Angela Davis, el general De Gaulle...Y, por supuesto ,ya que un músico ha intervenido en la creación del cómic, toda una serie de músicos ya míticos que crean el ambiente necesario, entre revolucionario y cool para las peripecias de Manex: Otis Redding, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, The Who, Cheihha Rimitti... si alguien quiere iniciarse en la cultura y la Historia de los burbujeantes años 60, este cómic puede ser un buen inicio, incluso una oportunidad de encontrar referencias algo menos trilladas que las que se suelen señalar.

Por lo demás el trazo del dibujante resulta vigoroso y, aunque a veces no demasiado pulido, es adecuado para contar una aventura tan dinámica. Quizás en algún momento cuesta seguir el hilo de la narración, aunque esto puede deberse a la influencia del montaje cinematográfico -de hecho, parece que en un principio el proyecto era hacer una película de animación- en el cómic. ¿Qué otras pegas se le pueden poner? Pues, básicamente, que el argumento parece a veces producto de -¿cómo decirlo?- un cierto delirio autosatisfactorio; el simpático Manex acaba convertido en una suerte de James Bond vasco y revolucionario (también un poco lila, la verdad) que combate a los malandrines y mantiene tórridos encuentros con bellas mujeres en exóticos escenarios internacionales... No es que yo sea un talibán de la verosimilitud en la ficción, ni mucho menos, pero esto no hay quien se lo crea. "Oye, ¿y qué pasa porque no sea verosímil?", se opondrá, sin duda, alguna voz, empezando por la de mi conciencia; "tampoco lo son las pelis de James Bond y bien que disfrutas con ellas". En efecto, pero tampoco me las creo (y, por otro lado, también he disfrutado a ratos con este cómic). Y además, habría que considerar la sutil, o no tan sutil diferencia, entre un original y una copia. Por ejemplo, también prefiero a los Beatles -que aparecen como referencia en el cómic, dicho sea de paso- que a Los Bravos, por más que éstos cantaran aquello de "Black is Beltza"... es decir, perdón: "Black is Black". Cuestión de gustos.

Notas:
(*) El libro se publicó a la vez en los dos idiomas, sin que me conste que uno sea la traducción del otro, o viceversa.
(**) Aún a riesgo de resultar pedante, he de señalar que, al parecer, en realidad los dos gigantes negros, Braulia y Toko-Toko, ni siquiera viajaron a N.Y. y se quedaron en Pamplona. Por otro lado, los graves disturbios raciales del año 65 no fueron debidos, al menos directamente, al asesinato de Malcolm X en febrero de ese año, tal y como se sugiere en el libro.

Otros títulos de estos autores (o sea, de Harkaitz Cano) reseñados en Un Libro Al Día:  aquí

lunes, 30 de noviembre de 2015

Xavier de Maistre: Viaje alrededor de mi cuarto

Idioma original: francés
Título original: Voyage autour de ma chambre
Año de publicación: 1794
Valoración: recomendable

Hay libros escritos por divertimento, sin darles demasiada importancia, y que sin embargo adquieren una fama y una repercusión que sorprende incluso a su autor. Quizás el caso más famoso sea el del Quijote, que Cervantes no consideraba como su mejor obra, pero este es también el caso de este Viaje alrededor de mi cuarto, una broma literaria que quizás no habría visto la luz si no llega a ser por el hermano del escritor, que la publicó por su cuenta y riesgo, presintiendo, él sí, que tenía entre manos una pequeña joya.

El Viaje alrededor de mi cuarto tiene un origen biográfico real: en 1794, Xavier de Maistre fue condenado a seis semanas de arresto domiciliario en su casa de Turín por participar en un duelo. Durante esos cuarenta y dos días compuso este librito, formado exactamente por cuarenta y dos capítulos breves, de una a cuatro páginas, en el que narra, parodiando el estilo de los libros de viajes tan habituales en el siglo XVIII, las vueltas que da en su cuarto, las conversaciones que tiene con su criado, y sobre todo consigo mismo, o sus reflexiones sobre la vida, el arte, el amor, la literatura...

Porque, claro, Maistre no se limita a describir su habitación, que sería muy aburrido: gracias a la división entre "alma" y "animal", su mente puede viajar, llevada por las asociaciones de los objetos que encuentra en su mesa o de los libros de su biblioteca, aun cuando su animal, su cuerpo, esté atrapado entre cuatro paredes. Así, puede ver un cuadro y recordar un viejo amor, ver unas reproducciones de pinturas y reflexionar sobre el arte, o hacer una digresión sobre historia de la literatura universal... Todo ello con la ligereza de quien escribe solo para divertirse, sin pretensiones de estilo o de inmortalidad.

El resultado es un libro ameno, original, extraño; una lectura de una tarde que nadie se arrepentirá de haber hecho. Como nota final que da cuenta de la relevancia que ha llegado a alcanzar esta obrita, Borges (o mejor dicho, Carlos Argentino Daneri) lo mencionan en el relato El Aleph.

(Hay una segunda parte, una Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, pero claro, como cabía esperar no tiene la misma frescura del original).

jueves, 27 de agosto de 2015

Colaboración: Arenas de Arabia de Wilfred Thesiger

Idioma original: inglés
Título Original: Arabian Sands
Año de publicación: 1959
Valoración: Recomendable

Debo tener Arenas de Arabia desde hace casi una década, y desde que lo recibí (un regalo), pasó a engordar la amplitud de mi biblioteca sin que me suscitara el menor interés. Sin embargo, hace poco, reorganizando libros, lo cogí, lo sostuve, lo hojeé y ya no pude devolverlo a la biblioteca hasta que lo finalicé. Y es que, sin contar una “hazaña épica”, la obra de Wilfred Thesiger sumerge al lector en otra época, o más bien debería decir en otro mundo, ya extinto, pero no menos fascinante por ello.

Wilfred Thesiger fue un explorador británico nacido en Abisinia (Etiopía), que pasó algunos años de su vida (los mejores según él) recorriendo los áridos y extensos desiertos de la península Arábica, entre ellos, el “Territorio Vacío” (la región de Rub’al Khali), nombre por el que los pueblos arábigos conocían al desierto de arena más grande del mundo, que ocupa alrededor de la cuarta parte de la península, y cubre zonas de Yemén, Omán, los Emiratos Árabes y gran parte de Arabia Saudí. Un lugar donde apenas unos pocas tribus eran capaces de adentrarse, atravesarlo y salir vivo de la aventura.

Wilfred viajó realizando mapas de zonas antes nunca exploradas por occidentales, conviviendo con los beduinos y otras tribus milenarias capaces de sobrevivir en un entorno inhóspito, donde la vida parece imposible, y aunque posible, de condiciones desoladoras: sed, hambre, frío, calor, miedo... Además de las condiciones extremas, tuvo que vérselas con los pueblos musulmanes que no toleraban a un extranjero en sus tierras (al que consideraba como “cristiano” y por tanto “infiel”), así pues, a menudo tuvo que evitar ser visto, hacerse pasar por árabe o buscar la protección de un jeque tolerante para obtener seguridad y que su vida no peligrara.

El autor escribe la obra años después de su aventura, lo hace utilizando un lenguaje sencillo, incluyendo los mapas realizados de su propia mano, fotografías tomadas por él, un glosario con los nombres de plantas y otro con los nombres de los distintos personajes.

Entre otros aspectos, disfruté con el libro porque cuenta con pelos y señales como es el día a día de esos pueblos del desierto: su alimentación, entretenimiento, moral, cultura, normas... Thesiger lo escribe de forma tan personal y cercana que mientras lees Arenas de Arabia, parece como si te encontraras allí mismo, entre ellos, saboreando café mientras tratas de comer el pan de la cena, un pan insípido y duro como una piedra, lleno de cenizas y de tierra, pero alimento al fin y al cabo, un alimento que servirá para mantenerse vivo y proseguir el recorrido del  “Territorio Vacío”.

Firmado: Rubén J. Triguero

martes, 16 de septiembre de 2014

Bruce Chatwin: Los trazos de la canción

Idioma original: inglés
Título original: The Songlines
Año de publicación: 1987
Traducción: Eduardo Goligorsky
Valoración: imprescindible

No puedo evitar lanzar un tweet de pre-aviso apenas leídas unas páginas. Este libro es especial, o es importante, o así, es lo que digo. Puede que apenas un par de párrafos sean suficientes para saberlo. Y no recuerdo bien cómo he dado con él. Habitual como soy de las estanterías de ficción, esta excelente narración está catalogada como literatura de viajes. Luego hay otras coincidencias: cierta persona conocida se va a vivir a Australia, aunque resulta que me entero de esto cuando el libro ya está en casa, esperando paciente el inexorable turno de lectura que he preestablecido hace semanas. Ese turno que establece alternancia de estilos, de autores, de tiempos de ubicación de acciones. Bah. Igual es una estupidez, tanta premeditación. Cuando una lectura te levanta de la silla gravitando dará igual cuales sean sus características en relación a la anterior o a la siguiente. Basta con que sea irresistible. Y sí, Chatwin escribe desde su experiencia, pero sus personajes reales son fascinantes, cómo los presenta y los describe, les hace superar a muchas ficciones. Y lo que cuenta. Veamos lo que cuenta. 
Difícil es definir ya qué es Los trazos de la canción. Obviamente es la crónica de un viaje, pero su estilo y su distribución por capítulos cortos lo adaptarían incluso a la condición de relato. Y el tono es personal, confidente, lo que cuadra con lo autobiográfico y, ya puestos, atribuyamos a Chatwin la cualidad de envolverlo todo en un muy leve halo como para situarlo cerca de la ficción.
Y aún más difícil explicar de qué versa y a qué viene ese título. Los aborígenes australianos establecían las fronteras de sus territorios y la situación de algunos de sus lugares sagrados en función de canciones por las que esos territorios quedaban definidos. Una tradición secular que impone a los colonizadores ciertas restricciones. Arkadi, ruso residente en Australia y, a la sazón, cicerone de Chatwin, ha de encargarse de negociaciones relacionadas con los emplazamientos del proyecto de una línea de ferrocarril teniendo en cuenta esa condición. Dialogando con los representantes de las comunidades aborígenes e intentando comprender la necesidad de preservar lo sagrado de esos territorios. Eso es un punto de partida, solamente, aviso.
Los trazos de la canción es una colosal aventura en modo real: los lugares que sirven de escenario a esa misión, desde tabernas de mala muerte a chozas precarias, a caravanas destartaladas, sin recurrir a fácil búsqueda de lo exótico, sin hacer turismo eco-yuppie, esos lugares los vemos y los olemos. Sus personajes, tan notables y tan diversos que no sería justo nombrar a éste y olvidar a aquél. Sin el recurso de lo entrañable o lo sentimentaloide, se nos muestran en su día a día. Pero eso no es lo único: sería muy fácil tirar simplemente de solvencia como escritor para describir mundos y lugares lejanos, lo que ya a simple vista es fascinante. Chatwin no se queda (quedaba, lamentablemente Chatwin falleció con 49 años, en 1989) ahí. Los trazos de la canción desarrolla capítulos que son auténticos catálogos de citas donde tiene cabida el pensamiento humano, donde se ahonda en aspectos antropológicos, nuestro comportamiento atávico como especie, dominante o no, la agresividad, la condición carnívora, las especies que nos precedieron, nuestras costumbres, el nomadismo, el sedentarismo. Oh sí. 335 páginas de libro total. Qué es eso de restringirlo a un estante de libros de viaje. Disfruten de Chatwin (yo voy a seguir haciéndolo, claro), disfruten de su magnífica escritura y de su sentido común expectante. De su facilidad para escuchar y transcribir lo escuchado a espléndidas páginas que nos transportan tan lejos, y tan cerca.

También de Bruce Chatwin en ULAD: UtzColina Negra