Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2026

Nathan Hill: Wellness

Idioma original: inglés
Título original: Welness
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Bienvenidos a la crisis de la mediana edad, bienvenidos al largo e incómodo valle de la famosa “U” vital. Porque Nathan Hill explora esa época de la vida en la que uno puede replantearse su existencia y, tras ello, quizás comprobar que no siempre encaja con lo que uno pronosticaba de joven. Y lo hace tirando de sátira y cierta comicidad agridulce, porque la sonrisa inicial que arranca en las primeras páginas se va congelando cuando el escaparate que muestra el autor se convierte en un espejo, y quizás los protagonistas no son tan estereotipados como parece ni tampoco es tan extravagante lo que les sucede. 

El libro empieza con un inicio algo idílico, romántico, pues nos describe el estado en el que los dos protagonistas se conocieron. Un flechazo prolongado, aunque oculto y desconocido entre ambos, pues él «vive solo en el cuarto piso de un viejo edificio de ladrillos sin vistas al cielo. Cuando mira por la ventana, lo único que ve es la ventana de ella, casi puede tocarla con la mano. Ella vive sola en el cuarto piso del edificio de enfrente. No se conocen. Nunca han hablado. Es invierno en Chicago». Contemplándola desde su ventana, encuentra que ella es guapa, con una forma de andar que lo fascina y le asombra verla leer a todas horas; «ella es exactamente el tipo de persona —culta, cosmopolita— que él vino a encontrar en esta ciudad aterradoramente grande. El error obvio en su plan, se da cuenta ahora, es que una mujer tan culta y cosmopolita jamás se interesaría por un tipo tan inculto, tan provinciano, tan simplón y tosco como él». Pero, sin saberlo, va totalmente desencaminado, pues ella también se ha fijado en él, en su tranquilidad y su quietud y lo «encuentra guapo en la medida en que parece no ser consciente de que podría serlo» a pesar de ser «bajo, anémico, flacucho como un adicto» y con la pinta de «hacer años que no pisa una barbería»; de todos modos, justamente esa despreocupación que transmite es lo que la tiene ensimismada, la aparente seguridad en sí mismo, a diferencia de ella porque él «es exactamente el tipo de persona —desafiante, apasionada— que ella vino a buscar a esta ciudad tan remota. El error obvio de su plan, ahora se da cuenta, es que un hombre tan desafiante y apasionado jamás se interesaría por una chica tan convencional, tan conformista, tan aburrida y burguesa como ella». Así, «ambos tienen la mirada clavada en el oscuro apartamento de enfrente, al otro lado del callejón, y aunque no lo saben, se están observando mutuamente». Ese es el inicio de la historia, pero, como todos los inicios que aparentan ser tan idílicos, también tienen sus sombras, aunque la luz que irradia los comienzos impide verlas.

Una vez elaborado el retrato de ambos protagonistas y perfectamente perimetrado el contexto que el autor ha sabido nutriendo con intervalos de sus respectivos pasados, Nathan Hill despliega su abanico de críticas a la sociedad a través de la pareja protagonista. Así, utilizando la figura de Jack, empieza a lanzar órdagos contra una de las modas actuales: la obsesión por la estética deportiva y la obcecación por mostrar un cuerpo perfecto a la vez que alude a los miles de webs y redes sociales donde los consejos que dan se contradicen unos a otros por la ausencia de expertos (entrenadores personales y dietistas) que opinan sobre el tema. Y, navegando entre las redes, cae finalmente en El Sistema, una aplicación web de mejora de estado físico perfeccionada hasta el punto de que te avisa si la postura que tienes es correcta; también mide el oxígeno en sangre, el pH del sudor, la calidad del sueño, etc. (seguro que todo esto os suena) así como también el estado de ánimo. Obviamente, después de recopilar todos estos datos y con la utilización de la IA, El Sistema marca una serie de pautas sobre rutinas físicas, pero también vitales, así como una serie de metas y puntos obtenidos mediante la “puntuación del amor” donde se evalúa el estado con la pareja porque, evidentemente, también es conocido que «las personas con matrimonios felices tenían mayor esperanza de vida, una menor tendencia a sufrir depresiones, enfermedades cardiacas», etc. Y claro, toda esta perfección a la que deberíamos aspirar puede suponer no únicamente un reto, sino también un cuestionamiento sobre la propia vida. Por otra parte, el trabajo de Elizabeth también la condiciona en su percepción de la realidad, pues encuentra trabajo en “Wellness”, una empresa que se dedica a «comprobar las afirmaciones de productos engañosos relacionados con la salud y ver si obtenían mejores resultados que un placebo» por lo que el hecho de vivir a camino entre realidades e ilusiones, entre ciencia y creencia, le supone un cambio de la perspectiva desde la que observa su vida y la de sus allegados y cómo puede influir en ellas.

Con un estilo frontal, directo y sin excesivos adornos, pero con calidad ajustada el ritmo de lectura alto, promovido por un interés creciente sobre la historia que va planteando el libro, Nathan Hill utiliza la sátira para describir las múltiples ideologías actuales (y sobrerrepresentadas) en torno a la educación respetuosa, el culto al cuerpo, la obsesión dietética, terapias alternativas, pseudomedicina, las redes sociales y sus algoritmos que juegan con la adicción de los usuarios ansiosos de tener seguidores y la necesidad de recibir atención, así como la polarización a la somete a la sociedad; a su vez, el autor enjuicia las teorías conspirativas que circulan por las redes o expone las miserias de los gurús de rutinas saludables y sus ideas vendedoras de humo así como también critica los artistas en la sociedad moderna, pues «primero era la Iglesia la que les decía a los artistas lo que tenían que hacer, luego los ricos. Y hoy en día, al parecer, ese trabajo lo hacen los algoritmos».

Estilísticamente, son fácilmente constatables las grandes dotes del autor para sostener la tensión narrativa, mientras a la vez hace un detallado retrato de los personajes para que el lector sepa en cada momento como piensan y cómo sienten. El ritmo es alto, el autor sabe trazar un arco argumental que intercala episodios del pasado para conocer de dónde provienen los dos personajes principales, de dónde vienen sus inquietudes y sus carencias, así como los patrones familiares que los han llevado a ser quienes son. Orígenes divergentes que coinciden en un punto en el que se torna interesante pero que a su vez los arrastran a una inercia que les aparta por haber sido educados de diferente manera. Y, en este aspecto, lo crucial no es como se ha llegado a ese punto sino cómo salir de él y sí es mejor hacerlo juntos o separados. Por ello, la novela que ha escrito Hill es un retrato de la sociedad actual, una sociedad que lucha por encontrarse a uno mismo entre estereotipos, expectativas (propias y ajenas), entornos que presionan, retan y confunden. La prosa es ágil, el ritmo es rápido, la novela se lee con gran velocidad y posee la virtud de sostener el tempo de la narración sin necesidad de incluir elementos altamente disruptivos o puntos de enganche. En esta novela el texto avanza sin socavones ni marcada aceleración y sus setecientas páginas se leen como quien atiende a escuchar la voz de nuestro tiempo a nivel sentimental y emocional, si bien hay que reconocer (no todo puede ser perfecto) que aunque el libro se lee de manera muy rápida y mantiene el interés prácticamente en  su totalidad hay (para mi gusto) un abuso de saltos temporales, no siempre situados en el punto correcto así como un exceso de detalle en los episodios del pasado que, si bien dan contexto y explican el porqué de sus personalidades, pueden provocar que abundancia y fragmentación lastren en cierto punto el relato.

Por todo lo expuesto, más que el retrato de un matrimonio en dificultades, la novela trata sobre la crisis, destrucción y reconstrucción de los individuos como personas embutidas en una sociedad que vez más exigente, cada vez más controladora, cada vez más obstinadamente influyente e interesada por un capitalismo que todo lo barre y todo lo absorbe. Así pues, el retrato del matrimonio que Nathan Hill realiza no es entre dos personas, sino entre cada una de ellas y el mundo que la rodea, incluyendo el formado por su pasado porque confronta los sueños que teníamos de jóvenes, aquellas promesas internas que anhelamos aspirar a conseguir, pero que la experiencia, la madurez o simplemente “la vida” te llevan a encarrilar tu existencia hacia aquello que nunca habrías dicho, convirtiendo así la vida en un diálogo interno con uno mismo y su yo adolescente, y es que, en el fondo, «la gente también era así, con todo tipo de contradicciones en su interior esperando a salir a la superficie». Porque claro, uno cree que la vida se adapta a él hasta que la realidad lo atropella, y ve que aquellos ideales de joven, aquellas ansias y propósitos de rebeldía, de autenticidad y de honestidad con uno mismo quedan diluidos en mares de cotidianidad y de responsabilidades. Y uno debe saber capear con ellos, manteniendo la cabeza por encima de la superficie, aunque por debajo el cuerpo entero patalee en rebeldía, exija su espacio, luche por sobresalir e imponerse. Porque a veces ocurre que los problemas no se arreglan, sino que acabas acostumbrándote a ellos y los incorporas como un aspecto más que se debería arreglar, pero ya si acaso en otro momento.

Nathan Hill, gracias a su habilidad en detallar con exactitud y amplitud unos personajes con los que cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados (en menor o mayor medida) con algunos de los rasgos de su personalidad, relata una ácida crítica a una sociedad que, a veces huyendo de un pasado, a veces intentando alcanzar un futuro, se olvida de que hay algo más importante que hay que tener en cuenta: el presente. Y ni la cura de las cicatrices del pasado ni la esperanza de un futuro mejor cambiarán el día a día de nuestras vidas, tan solo la justificarán o la adormecerán, pero olvidarán lo más importante: que cada segundo, cada día, seguiremos encontrándonos en el presente y que debemos vivirlo. Y es mejor que este sea placentero porque, en caso contrario, puede que nos parezca eterno, pero no será para bien.

También de Nathan Hill en ULAD: El Nix

lunes, 15 de junio de 2026

Caro Claire Burke: Yesteryear

Idioma original: inglés
Título original: Yesteryear
Traducción: Mar García Puig para la editorial AdN
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Salir de la zona de confort, adentrarme en una lectura que nunca habría imaginado pero que, por las opiniones favorables con las que me encontré, decidí lanzarme a ello. Quinientas páginas por delante de atrevimiento. Resultado: un total enganche a una historia que me ha sorprendido totalmente, pero no por lo que esperaba encontrarme. Veamos el porqué.

Si nos fijamos en la contracubierta, encontramos un gran gancho a nivel argumental, algo habitual en distopías: una analepsis (o salto temporal al pasado) que disrumpe una situación de manera brusca e inesperada. Es un recurso siempre útil para despertar la curiosidad del lector y que, en este caso, funciona a la perfección, pues que la protagonista se encuentre de golpe más de un siglo y medio atrás en el tiempo es un anzuelo al que es difícil resistirse. Pero esto no sería suficiente por sí solo para mantener la atención durante casi quinientas páginas sin algo más de sustento y aquí es donde la estructura del libro y sus diferentes capas de temática tratada le dan el soporte necesario para que la lectura sea una experiencia interesante.

Empieza el libro con una primera fase de impacto: «este es el último día de la vida que imaginé para mí». Este inicio ya es un claro ejemplo de lo que el libro pretende conseguir: una búsqueda constante al enganche del lector a la historia. A partir de ahí, conocemos a Natalie Heller Mills, la protagonista casi absoluta del relato, quien nos narra en primera persona su vida marcada por una estricta disciplina planificada y ejecutada al milímetro. Todo parece calculado en su día a día, perfectamente perimetrado, viviendo en su propia granja «enclavada entre dos cadenas montañosas de Idaho» con Caleb, su marido, cuyo padre era el último senador de una larga Estirpe de senadores de Estados Unidos y quien se encuentra actualmente trabajando en presentar su candidatura presidencial por tercera vez. Natalie, por su parte, se considera «una mujer cristiana, impecable (…) la esposa que todo hombre quería tener esperándolo en casa» y que a sus treinta y dos años se encuentra embarazada de su sexto hijo. Además, como buena ama de casa de modelo tradicional, sus hijos están escolarizados en casa para asegurar que aquello que se les enseña es realmente lo que es necesario para ellos (según su sesgada opinión) porque Natalie es una tradwife en toda regla; desde su nacimiento ha vivido con esos ideales que defiende a capa y espada, como cuando afirma, ya de joven ante su futuro marido en su primera cita, que «quiero una granja. Con gallinas.  Quiero vivir cerca de mi madre. Quiero vistas a las montañas desde la ventana de mi habitación, y me gustaría estudiar teología. A tiempo parcial, por supuesto, y solo cuando los niños hayan crecido». Así vive en una aparente idílica vida (o al menos lo podría ser para las mujeres de costumbres más tradicionales), aunque con un peaje a pagar nada baladí por haber convertido su forma de vida en su negocio: estar constantemente expuesta a los ojos de todo el mundo a través de Instagram donde muestra cómo es su vida y la de su familia en la granja, lo que le proporciona abundantes emolumentos y la manera de ganarse tan opulenta vida. Claro está, que sus vídeos no muestran el conjunto de cámaras que filman cada uno de los minutos de su existencia de marcado tinte tradicional, ni los empleados que los ayudan en las diferentes y arduas tareas que la vida de una granja implica ni las disputas internas familiares para conseguir que todos expongan su más perfecta sonrisa. Porque evidentemente, como ocurre a menudo en Instagram y ella no es la excepción, todo es una fachada detrás de las imágenes que muestran las cámaras; la vida real de la protagonista y su familia es radicalmente diferente para Natalie y su familia detrás de las bambalinas del “teatro” que ha orquestado y que los expone a un "gran hermano" perpetuo lo cual desencadena (principalmente a ella) múltiples contradicciones internas debidas a la necesidad de sostener un equilibrio altamente inestable sin que todo se desmorone evitando que caiga como el castillo de naipes que ha construido con la ayuda de sus seguidores y también no pocos detractores feministas. Y es que, en el fondo, tampoco ella se encuentra muy cómoda con su vida, aunque se esfuerza en que las apariencias sometan a la realidad. Todo esto funciona en su vida, más o menos, hasta que, de golpe, un día cualquiera, se despierta en su propia casa con su familia, pero con una extraña sensación de que esa no es su casa ni esa es su familia. Tampoco parece haber electricidad y todo es muy diferente a lo normal. Demasiado diferente. Porque cuando de golpe topa con una fecha tallada que indica 1855, todo se desmorona al encontrarse «como en una máquina del tiempo (…) como una versión magullada y golpeada de mi vida». Así, su artificiosa vida se ha vuelto real de golpe. E ignora el porqué.

Trazada ya la premisa argumental, con la inevitable pregunta de qué ha sucedido, cómo y por qué, la autora es muy hábil en su desarrollo, pues simultanea la narración en tiempo presente con episodios del pasado que nos ayudan a entender su camino evolutivo desde la infancia hasta la edad adulta y su matrimonio. Por ello, el libro nos sorprende por su argumento inicial, pero también por la facilidad con la que te atrapa en la lectura. Y es que más allá del misterio en sí que supone el planteamiento, el libro expone de manera clara los problemas y las contradicciones de las tradwifes y los valores que defienden, y son las situaciones con las que se encuentra Natalie las que sirven en el fondo para criticar todo un sistema construido en torno al patriarcado, construyendo un relato en el que la crítica abunda y en el que deja a la gente retrógrada como ignorantes, catetos y personas altamente influenciables por los vídeos de YouTube y las comunidades digitales, en los que las teorías poco rigurosas científicamente tienen cabida y alta difusión. Así, el libro lanza una ácida crítica sobre las redes sociales, lo que muestran y lo que no, y que Natalie en su faceta de Instagramer exitosa e influyente justifica en que «lo que nosotras les ofrecíamos era lo mejor a lo que podían aspirar: pequeños instantes en los que vivir otra vida». De igual manera, profundizando en las diferentes capas que tiene el libro y en sus diferentes estratos de denuncia, el libro trata también sobre la confianza, el respeto, las ilusiones y las decepciones, el contraste entre lo que se muestra y la realidad, así cómo sobre la forma en que nos sentimos arrastrados por la inercia a una vida de la que no sabemos escapar, a pesar de que hay puertas entreabiertas que cruzamos pero ante las que cerramos los ojos creyendo que mejores oportunidades llegarán. 

De manera muy lograda, la autora consigue que todos estos elementos de denuncia encajen con un altísimo ritmo que engancha al lector sin oponer resistencia y con un tono ácido que invita a odiar a sus personajes a la vez que nos provocan cierta compasión algo que nos mantiene enganchados constantemente a la duda sobre si se merecen lo que les ocurre o nos tendríamos que sentir mal por ellos. Quién sabe si, en el fondo, lo que le sucede al lector es una metáfora perfecta respecto a los contenidos de las redes sociales: un gancho perpetuo y continuo a la tragaperras de dopamina internauta que busca saciar nuestro apetito de sorpresas y alegrías mientras devoramos página tras página, cuál scroll infinito. Porque más allá de la temática y de la analepsis planteada, la estructura del libro en la que mezcla constantemente (y en ocasiones de manera abrupta) momentos de la adolescencia y postadolescencia de la autora, la entrevista con una periodista, la historia del pasado y el presente con tanta rapidez, crea una sensación de cierta ansiedad en querer saber más sobre la historia (lo que contribuye sin duda a generar cierta adicción). Y, además, exponiendo con habilidad una crítica social a diferentes niveles: la pérdida de valores, la necesidad de la educación, los roles de poder en las familias, la machoesfera, las teorías conspiranoicas, la diferencia de clases, la vida moderna versus la antigua, pero especial y radicalmente, la vida expuesta de manera continua en las redes sociales y el impacto que causan en uno mismo y en los demás; la atracción de las redes, para el que lo observa, pero también para el que debe mostrarse, día sí y día también, para satisfacer a sus seguidores, el mundo creado de manera virtual en contraposición con lo que ocurre entre bambalinas y las consecuencias de tal contraste. Así es como la autora consigue engancharnos y conseguir que en poco tiempo terminemos un libro de casi quinientas páginas. Lo que ya no sé es si la velocidad con lo que lo devoramos será parecida a la que permanecerá en nuestras memorias. Dios dirá, como diría Natalie. Pero de momento aquí hemos llegado y pasado a la vez un buen rato. Que no es poco.

P.D.: Evidentemente, ante tal arriesgada apuesta, una de las claves es el final del libro que puede dar lugar a muchos debates y comentarios. Pero aquí, y por respeto a los lectores, no hablaremos de ello. Y agradecería que los posibles comentarios respeten y compartan también esta elección.


jueves, 2 de abril de 2026

Carlota Gurt: Els erms

Idioma original: catalán
Título original: Els erms
Traducción: traducción al castellano en proceso en el momento de escribir esta reseña
Año de publicación: 2026
Valoración: recomendable


Siempre he admirado de Carlota Gurt su carácter atrevido y su honestidad expositiva al hablar sobre el mundo de la literatura a través de sus incontables artículos en prensa. Y, también, su osadía al hacer el salto a la escritura después de décadas dedicada a la traducción (que no deja de ser también un tipo de trabajo como escritor). Y de ahí salieron sus cuentos (interesante primera incursión con “Cabalgar toda la noche”) y también su primera novela (“Sola”) que me sorprendió por su estilo.

En este libro, segunda novela de la autora, da la sensación de que deja algo de lado sus influencias literarias en cuanto estilo, pero sigue tratando los temas que acostumbra: las relaciones personales. Así, abandona levemente cierta crudeza expositiva, cierta tosquedad y aridez de sus anteriores obras, para pasar a una prosa más equilibrada, más accesible, más limpia, aunque sin que ello signifique que sea inferior, más bien al contrario: Gurt demuestra tener muchas tablas en el arte de narrar y es algo constatable ya desde sus primeras páginas en las que la autora consigue atraparte completamente en la historia a través de un tono desenfadado pero no desprovisto de calidad, tirando de socarronería pero a la vez de elaboradas metáforas con las que la autora demuestra poseer una gran variedad de recursos. Asimismo, el ritmo es alto, la tensión latente y la intriga mesurada. Pulso firme en la autora que parece tener claro dónde está, dónde quiere llegar y hasta dónde quiere narrar (y también qué quiere mantener oculto).

Argumentalmente, la autora nos presenta a los que serán sus dos personajes protagonistas, describiendo la relación que tienen entre ellas y situándolas en una fecha bastante emblemática (la Nochebuena) y un paraje de lo más particular: el pantano de Sau (cuya característica principal es que otrora se trataba de un pueblo que cubrieron para hacer el embalse y que, en los tiempos más secos, aun se puede observar con totalidad su iglesia que, por el contrario, se encuentra sumergida bajo el agua en tiempos lluviosos). Esta elección del escenario en el que arranca la narración no es casual, puesto que el entorno juega también un papel importante en el desarrollo de la trama, ya sea como ubicación donde trascurre parte de la historia, ya sea como también todo lo que conlleva a nivel metafórico y simbólico (lo que se muestra visible y lo que permanece oculto).

Así, los protagonistas de la historia son una pareja de adultos en su cincuentena: en primer lugar, Ramona que con su pelo negro, 1.83 de altura y elegancia natural llega al hotel del parador para pasar la Navidad. Y allí, en la entrada, topa con Faust, nuestro segundo protagonista, un hombre de elevado peso, baja estatura y que espera repantigado en un sofá de la entrada. El contraste en ambos es evidente, al menos a nivel físico, pues tal y como aprecia Faust, ella está «hecha de ángulos. Una escultura de Giacometti pintada por Picasso. No como él, que proviene salido de un cuadro de Botero. A Fausto no le gustan las mujeres de alambre». 

Establecida la premisa inicial, con un innegable gancho argumental tras el encuentro fortuito entre ambos, la historia traza dos narraciones paralelas para desgranar la vida de ambos personajes. Con ello, profundizamos en sus caracteres, sus pensamientos, sus pasados y sus inquietudes y desencantos, pero a la vez, a medida que avanza el libro, vamos despegándonos del engrudo que unía ambas historias y que contenía un innegable interés asociado por las discrepancias, las dicotomías, los márgenes del espectro a cada uno de los lados enfrentándose y encontrándose. El contraste entre ambos, tan evidente, tan preciso, servía de prometedor inicio para ver donde llevaba la historia, pero la autora lanza un salto temporal (algo abrupto en mi opinión) y establece una (des)conexión con cierto tiempo entre historias. Así, este libro es un libro que trata, más que de relaciones, de predicciones, de ilusiones, de conjeturas a partir de un encuentro fortuito y casual. Trata sobre como proyectamos en alguien a quién acabamos de conocer una idea de relación, una figura ficticia pero que, por contra (o precisamente gracias a ello) de apariencia muy real pues copa todo aquello que nos atrae y no damos la oportunidad a comprobar o rebatir. Así la autora construye ante los personajes un castillo de naipes aun dispuesto sobre un tapiz, una posibilidad infinita de ser aquello que queramos ser, aquello que buscamos. Porque en nuestra cabeza, todas las vidas imaginadas son posibles en ese momento inicial, todo lo que vivimos en ese instante no es el presente sino todos aquellos futuros que esperamos que surjan a partir de esa oportunidad. Y ese punto de partida, nos lleva a reflexiones sobre los comienzos (lo que me lleva al gran libro homónimo de Claire Marin): un momento donde existe todo, incluso lo malo, incluso lo que sí ya vemos, pero a lo que no le damos importancia porque en ese momento pensamos que probablemente quedará allí.

Por todo ello, y con todas las capas que la autora teje en este relato, se hace evidente que Carlota Gurt tiene oficio, tiene tablas a la hora de escribir; se nota y lo demuestra en la solidez de un estilo sin altibajos, con ritmo y calidad constante, manteniendo un equilibrio muy bien trabado entre alta literatura y una narrativa accesible, con el punto justo de metáforas sin excesos ni necesidad de demostrar nada. Pero, también es cierto, que la historia es muy irregular: de un arranque más que interesante, pasamos a una bifurcación en la que cuesta situarse al principio y la curiosidad despertada en cada una de las tramas se hace muy dispar lo que produce que el interés en el libro oscile de manera muy marcada entre ambas, haciendo que la irregularidad lastre la lectura y el lector se encuentre a medio camino entre el interés y la apatía, pues, a pesar de todos los temas que toca de manera tangencial (las parejas, el futuro, el trabajo, los móviles, la obsesión por el cuerpo, al sequía, los problemas de comunicación) al final parece que el argumento sea lo de menos y eso es algo, que al menos a mí, en este tipo de libros y especialmente por lo que el argumento apuntaba, sí es importante. Aún y así, este libro, con sus posibles puntos débiles, trata de manera bastante certera varios aspectos de la sociedad actual, especialmente la soledad y lo que hacemos para lidiar con ella. Y abre la puerta a creer que, a veces, es únicamente necesario un momento, un punto de enganche con una ilusión, para que nos llevemos esa relación con nosotros tanto tiempo como dejemos que nuestra imaginación nos conduzca hacia la búsqueda de una felicidad que puede que no encontremos en la realidad del día a día. 

Dice la autora que, «todo son ficciones dentro de nuestras cabezas, y el futuro también, una ficción más que nos contamos, las ficciones nos empujan adelante y nos permiten creer en lo que todavía no existe, y esta es la grandeza del ser humano», y es que, al fin y al cabo, lo que nos hace vivir y sentir son nuestros sueños e ilusiones. El resto, nos es ya conocido y no siempre ilusionante.

También de Carlota Gurt en ULAD: Cabalgar toda la nocheSolaBiografía del fuego

jueves, 6 de noviembre de 2025

Adam Haslett: Madres e hijos

Idioma original: inglés
Título original: Mothers and Sons
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN editorial
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Llevaba tiempo esperando una nueva novela de Adam Haslett, un autor al que le sigo la pista desde que leí «Imagina que no estoy», una novela muy redonda, interesante, conmovedora y que destaqué como lo mejor del año. También sus cuentos cortos en Aquí no eres un extraño no tienen pérdida, con un nivel muy elevado. Así que teniendo en cuenta que han pasado ya nueve años desde la publicación de su última novela, la expectativa era muy alta, y las ganas de leerlo le iban a la par.

Empieza el relato con un desbordamiento de cotidianidad, de la rutina que envuelve a su personaje principal, Peter, y que nos permite conocer su día a día. Vemos que es un abogado que ejerce en Nueva York, que se desvive por su trabajo porque, aunque en muchas ocasiones se le antoja reiterativo y aburrido, el solo motivo de poder ayudar a inmigrantes a obtener una solicitud de asilo defendiéndoles de la administración que los quieren deportar a su país de origen ya le es motivación suficiente para sentirse recompensado. Cabe decir aquí que el primer tercio del libro está construido desde la pausa, desde la rutina del día a día, y es que en este libro Haslett se toma su tiempo en construir los personajes a pesar de que empieza de manera algo alocada y dubitativa al situar el personaje principal en una situación laboral cotidiana, in media res, como si de repente al lector se le hubieran abierto las puertas por las que atisbar la vida de un personaje en su día a día; un día a día que se nos antoja ajetreado y en apariencia monótono y sin demasiado interés. Ahí el lector se contagia en parte de esa aparente apatía, a la vez que va adentrando en el argumento, pero sin saber muy bien cuál de esas pequeñas historias que constituyen los casos que Peter lleva desencadenará el núcleo central de la trama. Y mientras se avanza con pausa en la búsqueda de esa trama principal, en paralelo, el autor va tejiendo la historia de su madre Ann, desgranando cómo es su vida en comunidad, en un centro que ha creado de ayuda a mujeres, y en cómo su vida se ha encaminado a tal propósito de solidaridad y ayuda.  Madre e hijo, con vidas orientadas a ayudar al prójimo, quizá para subsanar unas heridas del pasado que van reabriéndose a medida que avanza la trama (aunque con cierta dificultad pues en las primeras cien primeras páginas uno transita intentando indagar hacia dónde lleva todo esto, sin llegar a tener la certeza de que el camino sea el adecuado).

Ya a partir de ahí, y trazados los mimbres sobre los cuales construir (ya sí) la historia, vemos como el buen creador de personajes que es Haslett nos cuenta una historia de fragilidades e incomprensiones, de tensiones ambientales pero también familiares, de aceptación y de reconciliación, de saber abrirse caminos a través de la maleza enredada por generaciones y costumbres. Es en este entorno donde Haslett destaca, porque es bueno retratando personajes y relaciones, creando, pero especialmente manteniendo, la tensión en núcleos familiares en cierta manera anquilosados y reacios al cambio. Es en estas situaciones (en ocasiones se asemejaría a la literatura de Franzen) donde nos devuelve a su anterior novela, pues lo hizo de manera magistral en «Imagina que no estoy», aunque en este caso tarda demasiado en llegar a ese punto en el que uno se engancha y necesita demasiadas páginas para llegar al punto de inflexión donde todo empieza a encajar. Demasiadas páginas destinadas a una cotidianeidad que dificulta que la historia avance y encuentre ese punto de enganche con el lector. Eso sí, cuando llega, entonces ya la lectura es fluida e interesante y vale la pena por la historia que cuenta y porque nos invita a la reflexión sobre cuanto pesan sobre nuestras vidas los hechos del pasado que dejamos sin resolver a la espera que el tiempo los cubra con una capa de sostenida tranquilidad.

También de Adam Haslett en ULAD: Imagina que no estoyUnion AtlanticAquí no eres un extraño

viernes, 17 de enero de 2025

Ali Smith: Biblioteca pública

Idioma original: inglés
Título original: Public library
Traducción: Dolors Udina en catalán para Raig Verd y Magdalena Palmer en castellano para Nórdica
Año de publicación: 2015
Valoración: se deja leer

Desde que la conocí hace unos años a través de su cuarteto estacional (gran tetralogía, por cierto), Ali Smith siempre me ha despertado admiración por la gran capacidad que tiene de hilvanar temas actuales que nos afectan como sociedad (con grandes dosis de crítica y denuncia) con relatos protagonizados por protagonistas a los que, gracias a su estilo narrativo, se les coge cariño.

En este caso, la obra que nos ofrece la escritora escocesa es muy diferente a lo que nos tenía acostumbrados, pues se trata de un libro de relatos cortos que más bien son una serie de reflexiones en torno al arte en sus diferentes ámbitos y disciplinas. Y, justamente por este cambio de registro tan marcado y por ser relatos con poca relación entre ellos, su lectura se me ha hecho algo cuesta arriba pues se trata de un libro algo extraño debido a que, a pesar de que supuestamente trata sobre las bibliotecas, solo lo hace en algunas páginas intercaladas y en textos de corta extensión ubicados entre los relatos de la autora que poco o nada tienen que ver con las librerías (aunque sí con las palabras y los libros). Por ello, me cuesta horrores definir este libro porque parece apuntar a una cosa, aunque el resultado es totalmente diferente y en pocos de esos relatos encuentro el talento de Smith que sí vi en sus otras obras. Por contra, las páginas que abren cada relato sí están dedicadas a las bibliotecas y que provienen de conversaciones o anécdotas de la autora sí consiguen transmitir esa pasión por esos templos de cultura que son el gérmen y origen de gran parte de nuestras vidas (reales o imaginadas); son textos basados en conversaciones con amigos, en historias narradas y en otras fuentes de conocimiento que sirven a la autora para, supuestamente a partir de ellos, escribir un relato relacionado aunque desgraciadamente, en este caso, no consigue su propósito y el libro no deja de ser poco más que un conjunto de breves textos inconexos con el añadido de, por su corta extensión, carecen de personajes bien definidos con los que sentirse identificados o empatizar con lo que les sucede; no hay extensión para tal propósito y este hecho provoca que uno vaya perdiendo interés a medida que avanza. Por ello, el principal problema de este libro es, justa y sorprendentemente, la parte de narrativa, pues no he encontrado muchos relatos en el libro que sobresalgan ni despierten mi interés. 

De esta manera, a pesar de tener un título claramente dedicado a las bibliotecas y su gran (e impagable) valor no únicamente por dar acceso para todo el mundo a la cultura y, por tanto, a la reflexión, sino también como espacio de integración, de acogida y de imbricación de la comunidad, el libro no trata especialmente sobre ello aunque sí ofrece en ocasiones interesantes reflexiones acerca de la importancia de las lenguas habladas, la voz y las entonaciones porque, desgraciadamente, «hoy en día todo es imagen y tengo la sensación de que cada vez nos alejamos más de las voces humanas». 

En cualquier caso, me quedo con una de las reflexiones de Ali Smith en la que indica que «lo más importante respecto a la idea de una biblioteca pública es que es el único lugar donde se puede ir, un espacio libre, un espacio democrático al cual puede ir cualquier persona y estar allí con otra gente, y no hace falta tener dinero». Y creo que es justamente por eso, que muchos las consideramos nuestro segundo hogar.

viernes, 10 de enero de 2025

Jon Fosse: Mañana y tarde

Idioma original: noruego
Título original: Morgon og kveld
Traducción: Meritxell Salvany (en catalán) y Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun (en castellano), para Nórdica
Año de publicación: 2000
Valoración: entre recomendable y está bien


Los premios Nobel permiten, en algunas ocasiones, reconocer el trabajo a autores ya consagrados y conocidos ampliamente, pero, en otros casos, sirven para que los lectores (y también unos cuantos críticos literarios) descubramos autores que, de otro modo, hubieran pasado desapercibidos. En mi caso, recientemente me permitió conocer a Tokarczuc y también a Fosse (del cuál ha habido no pocas reseñas desde que le otorgaran el prestigioso premio).

Con unos cuantos libros leídos ya del autor noruego, con pocas páginas uno ya reconoce totalmente el estilo y el tono de la narración, trufado de monólogos internos, diálogos internos (me pregunto si los monólogos internos no serían también diálogos internos con uno mismo), episodios semi oníricos y reflexiones acerca de la vida, la muerte y el paso del tiempo. 

En este breve libro, el autor empieza el relato con el parto de Marta, pareja de Olai, que dará luz a un niño al que llamarán Johannes, como su abuelo. Ya tienen una hija algo mayor, llamada Magda, y la llegada de Johannes supone una agradable sorpresa pues le costaba quedarse embarazada. Son religiosos y saben que a pesar de que en un parto todo puede suceder, piensan que Dios está de su lado y afronta este momento vital entre la angustia del momento y la satisfacción en la creencia de que todo irá bien, aunque siempre con un recelo de que esta suerte pueda cambiar. Acto seguido, el autor hace un cambio de registro para centrar lo que será el eje central del relato y pasa a narrar la monotonía de un día cualquiera en la vida de Johannes, el abuelo, que perdió de golpe a su mujer Erna y que pasa los días en la rutina del día a día, donde la pesca tiene una presencia importante pues le acompaña en la soledad de sus días. En una de esas salidas, le parece ver a su amigo Peter, aunque no está seguro de que realmente esté presente y es ahí donde Fosse vuelve a esos escenarios oníricos tan propios de su obra («y ambos empiezan a andar por la orilla y Johannes se da cuenta que a Peter le cuesta avanzar, es como si, en lugar de caminar, levitara») en los que, como ya hacía en «Ales junto a la hoguera», se suceden una suerte de monólogos en los que reflexiona sobre las antiguas amistades, las costumbres existentes entre él y su amigo con la duda presente e imperante sobre si realmente Peter está ahí o se lo imagina porque, a pesar de que está hablando con él, «¿acaso no estaba muerto, Peter? ¿No se había muerto hacía mucho tiempo, además?» (…) «tal vez debería preguntarle si está vivo o muerto, pero dónde vas a parar, todo tiene un límite y no se puede preguntar algo así». De esta manera, siguiendo el camino trazado por Peter quien aparece y desaparece de su visión ejerciendo de guía espiritual cual Beatrice en la Divina Comedia de Dante, Johannes revive escenas de su pasado convirtiendo un texto en apariencia sencillo en un relato donde se habla de la nostalgia y de las experiencias vividas.

De lectura más ligera que otros de sus libros, el texto destaca especialmente cuando nos habla del padre Johannes y del transcurso de su vida entre barcas, amigos y su familia y es justamente en esta parte en la que Fosse destaca haciendo un acto de revisionismo de la vida de Johannes y en la que nos vuelve a inundar el relato de situaciones reflexivas para, utilizando episodios oníricos, hablar sobre el paso del tiempo y las relaciones humanas. Quizá parecen pocas cosas para llenar un relato o una vida, pero, según cómo, también pueden serlo casi todo.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Paul Lynch: El cantar del profeta

Idioma original: inglés
Título original: Prophet song
Traducción: Marc Rubió en catalán para Edicions del Periscopi y Eduardo Iriarte Goñi en castellano para Alfaguara
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y está bien


No es la primera vez, ni tampoco será la última, que uno se deja llevar por el reconocimiento que otorgan los premios (en este caso el Booker de 2023) y más aún cuando este viene acompañado de muy buenas críticas. Pero ya sabemos que en los premios no es oro todo lo que reluce ni obras maestras todo aquello galardonado. Y aquí nos encontramos, a medio camino entre un prometedor inicio y un resultado final simplemente aceptable. 

Empieza el relato con Eilish Stack estando de noche en su casa con sus hijos cuando, de golpe, la policía de la Agencia Nacional de la Policía Secreta (ANPS) llama a la puerta de su casa preguntando por Larry, su marido, quien se encuentra fuera del hogar. Esta visita le deja un mal cuerpo a Eileen, una sensación de que «alguna cosa ha entrado en casa (…) una cosa informe pero imperceptible (…) el ambiente que ha entrado en casa continúa presente (…) vuelve a encontrarse cerca de la ventana mirando a fuera. El jardín oscurecido ya no es tan deseable, porque una parte de esa oscuridad ya ha entrado en casa». Teme por su marido, pues es el secretario adjunto del Sindicato de Profesores de Irlanda y nos encontramos en un momento en que el estado está en crisis y ha sacado una ley que da más poder a la ANPS con el objetivo de mantener el orden público. Parece que le acusan de incitar al odio contra el estado, sembrando la discordia y la agitación, algo que la ANPS no puede tolerar pues «si altera la soberanía de las instituciones puedes cambiar la soberanía de los hechos, puedes modificar la estructura de las convicciones» y eso es algo que no van a permitir pues su propósito es combatir las ideas revolucionarias a toda costa, aunque sea convirtiendo el país en un estado policial que implica la búsqueda y captura de los elementos disidentes, entre los cuales se encuentra Larry quien desaparece pocos días después de esa visita. Esta nueva realidad, por prematura, por impensable, por imposible de creer en un estado que, hasta la fecha, era regido en una democracia, convierte la vida de Eilish en un ejercicio de aceptación, adaptación y resistencia a una situación en la que ya nada parece que será como antes con la ausencia de Larry. Una ausencia que anhela que sea temporal, pasajera, pero con la que deberá lidiar mientras se hacer cargo de su familia y que decide combatir sin desfallecer porque reivindica, ante la detención de su marido, que «prefiero morirme que ver deambular su ausencia diaria delante de mis hijos».

Con esta premisa, el autor teje una historia en la que sabe transmitir perfectamente la angustia y el temor de una familia ante las posibles represalias de una policía estatal o represiva. A base de pequeños aspectos cotidianos nos va calando ese temor, porque en esos cambios en el día a día hacen que la tensión vaya impregnando la narración y arrastra al lector en la oscuridad y el peligro que se esconde tras esos pequeños gestos y acciones implantadas y ejecutadas por la policía. La tensión es evidente y es impactante por cercana, por basarse en la cotidianidad alterada de una familia, de la esposa y los hijos, y la más absoluta indefensión ante el abuso de una autoridad que, aunque democráticamente elegida, dista mucho de ser ejemplar y justa. Así, el autor es hábil al aumentar progresivamente la tensión en un texto trufado de reflexiones internas y pensamientos que uno tiene y teme acerca de una sociedad cada vez más cercada en un estado policial que incrementa día a día el control sobre los ciudadanos. Sin grandes giros argumentales ni grandes puntos de inflexión, el relato va aumentando en clímax de una manera constante pero progresivamente sutil. Poco a poco se restringen libertades, poco a poco se aumenta el control, poco a poco se ejerce la represión y aumentan las detenciones por parte de la ANPS ante la sublevación y la protesta.

Estilísticamente es indudable que Paul Lynch es hábil al hacer un retrato de una sociedad oprimida, pues lo hace de una manera indirecta y subliminal, que uno casi sin percatarse va tomando consciencia del aumento de la opresión a través de la cotidianidad de la vida de una familia donde van viendo como su vida se ve alterada por el retroceso en las libertades y la opresión ejercida hacia ellos por no someterse al sistema. De esta manera, el lector va percibiendo esos cambios externos sin que sean directamente narrados, los vemos a partir de los pequeños cambios que día a día va sufriendo la familia y algunas noticias en los informativos que miran y oyen (algo que vimos también en «Madre» de Wajdi Mouawad) y únicamente de esta manera el lector va tomando consciencia a través de su propia imaginación, llenando los grandes vacíos que el autor sutilmente va dejando en el texto para no definir ella misma lo que sucede sino dejar un espacio para que cada uno teja su propia distopía. Algo que el propio autor ya deja entrever en el texto cuando uno de sus personajes afirma que «empecé a ver lo que nos hacían, una jugada brillante, te quitan una cosa y la sustituyen por el silencio y te te enfrentas a este silencio en cada momento y no puedes vivir, dejas de ser tu misma y te conviertes en una cosa ante este silencio, una cosa que espera que el silencio termine, una cosa que se arrodilla, suplica y murmura día y noche, una cosa que espera que lo devuelvan lo que le han quitado para poder retomar su vida, pero el silencio no termina, ¿sabes? (…) no termina porque el silencio es la fuente de su fuerza».

Pero, aun y así, también es cierto que, a pesar del logro del autor en transmitir angustia y tensión, el estilo narrativo es algo confuso con párrafos interminables en los que se entremezclan diálogos con la narración y monólogos internos de manera entrelazada, así como una puntuación utilizada que no facilita su lectura pues aparece todo mezclado en un flujo continuo de palabras que agradecerían una cierta estructura más clara en su exposición. Ya comenté en la obra de Jon Fosse que no es fácil meter diálogos en medio de párrafos mezclados con reflexiones y este texto refuerza aún más mi impresión de que un resultado brillante o al menos satisfactorio está al alcance de unos pocos (pondríamos ahí también a Ali Smith, quien destaca al hacerlo en distopias demasiado próximas y reales). Además, para hacerlo más extrapolable a diferentes territorios actuales, el autor no pone contexto, no sabemos cómo se ha llegado al punto de partida, no vemos qué motivos hay detrás, por lo que da la sensación que el autor prefiere lanzar un órdago y una crítica feroz antes que contar una historia y eso es algo que en narrativa es altamente arriesgado ya que, en ausencia de grandes frases o mensajes que lleguen o una profunda sensación de tensión y terror aunque sea in crescendo, es difícil mantener el interés durante trescientas páginas si no hay un arco argumental que lo sostenga. Así que a partir de dos tercios aproximadamente, se entra en un estado de más-de-lo-mismo que echa por tierra lo conseguido anteriormente, entrando en una monótona reiteración en la que el lector solo pretende saber cuándo habrá un giro argumental con el que reengancharse a la historia.

Esta novela, de trágico mensaje, se desmarca de muchas distopías y muestra un oscuro trasfondo pues, en una novela distópica siempre hay algo que nos empuje a seguir y lanzar una mirada (quizás azarosa, quizás a su vez utópica) hacia un posible futuro, aunque sea improbable (incluso en las distopias de Ali Smith hay siempre un atisbo de optimismo), pero aquí no, en este libro no hay ninguna mirada optimista ni una ventana abierta a la esperanza. Y eso me lleva a preguntarme, al finalizar el libro: más allá de la alarma hacia un mundo que podría ser posible en un futuro, ¿qué opciones nos propone el autor para seguir adelante? Parece que no hay opción ni un clavo ardiendo al que agarrase ni una salida (incluso traumática). Todo es negro y lo único que queda es la lucha en un territorio donde tenemos detrás, al acecho, el enemigo y, delante, únicamente un terrible, oscuro e inmenso abismo.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Amor Towles: Mesa para dos

Idioma original: inglés
Título original: Table for Two
Traducción: Gemma Rovira Ortega para Salamandra
Año de publicación: 2024
Valoración: recomendable


Diré ya de entrada, que de Amor Towles me apetece leer todo lo que publica. Más allá de si la historia me despierta más o menos interés, la calidad de su escritura trasciende el argumento planteado. Es sabido ya de entrada que una historia puede atraparte más o menos, pero raramente decepcionará si lleva la firma del autor estadounidense.

En este curioso libro, y digo curioso por su planteamiento al constar de seis relatos (de unas cuarenta páginas cada uno) a las que le sucede una novela corta, el autor deja plasmada su variedad argumental e incluso estilística, aunque en todas sus narraciones el aura que las rodea es una sensación de que para Towles no hay buenos o malos, sus personajes tienen una variedad de matices y rasgos identitarios que los conforman en protagonistas realmente humanos y creíbles. Y, de igual modo, sus historias siempre tienen el mensaje que se vislumbra en el trasfondo de que las cosas no ocurren porque si, sino que el destino de sus personajes se va trazando en cada una de sus decisiones tomadas confirmando que el libre albedrío es esa arma poderosa que mueve los hilos de la vida de cada uno. 

No voy a desgranar aquí el argumento de cada relato, pues me llevaría muchas páginas y probablemente desvelaría en exceso su desarrollo, aunque sí diré que el enfoque varía mucho de un cuento a otro, de manera que nos podemos encontrar una historia de campesinos rusos que, tras constatar que la vida no cambia en exceso si uno no hace nada para remediarlo («las guerras vienen y van, los gobernantes ascienden y caen, las creencias populares se instauran y menguan, pero un surco siempre será un surco») deciden marchar a Nueva York buscando una vida con la que mejorar su condición. En este relato el autor habla de la lucha por mejorar y el contraste de mentalidades entre el marxismo de su vida en Moscú y el capitalismo imperante en la sociedad estadounidense. También en otro cuento el autor trata sobre la ambición y la honestidad, dos características a menudo contrapuestas y que sitúan a su personaje en encrucijadas de las que no siempre elige la mejor opción. Podemos encontrar también, en otro relato donde habla sobre el amor, la perseverancia y la redención, un cálido retrato sobre las amistades fugaces que se tejen en momentos inesperados y las vidas que cada uno llevamos y que raramente se pueden conocer des de fuera sin profundizar en la relación. En otro texto, el autor muestra su habilidad en crear personajes cálidos y encomiables, en una historia que se centra en lo que aparentamos y lo que realmente somos, lo que necesitamos en la vida y lo que escondemos y la necesidad que tenemos cada uno de mostrarnos tal y como somos, aunque sea a escondidas de nuestros más allegados. También el autor nos habla de la importancia del arte y sobre el precio que tienen las obras en otro de los cuentos, así como, en el último texto corto, el autor nos devuelve, en una gran narración, a los grandes escenarios de la clase alta estadounidense y nos hace un retrato sobre la honestidad, sobre las intenciones y sus resultados, y el amor hacia la belleza de la música y la compañía con la que la disfrutamos. Grandes escenarios que el autor trata perfectamente en su último cuento, el más extenso con diferencia con sus más de doscientas, en el que el autor nos retorna el personaje de Eve (a la que ya conocimos en «Normas de cortesía») que protagoniza este último relato, un relato en el que al autor cambia nuevamente de registro y nos embarca a una historia de intrigas e investigaciones policiales, alta sociedad y corruptelas si bien es verdad que, a pesar (y lamentablemente) de ser la más extensa, el relato se disfruta principalmente por el trazo firme de Towles y por el aura que rodea su narración, no por un argumento que uno no sabe muy bien hacia dónde va ni qué pretende hasta llegar a casi la mitad de relato.

Por ello, curiosamente, y al contrario de lo que uno imaginaba, el libro está mucho mejor en los relatos cortos que en la nouvelle ya que esta, sin dejar de lado la sobriedad siempre existente en los textos de Towles, no deja de ser una novela de detectives sin mucho a destacar ni que no hubiéramos leído antes. Sí he disfrutado mucho con los relatos cortos, por la variedad argumental pero también por el enfoque y mensaje subyacente en cada uno de ellos. Por ello, y después de leer varios de los libros del autor estadounidense, se hace evidente que Towles tiene un estilo muy marcado y constante a lo largo de su trayectoria: un estilo sobrio y elegante (a la par que la mayoría de sus personajes) que le permite recrear a la perfección las situaciones en las que sus protagonistas desarrollan la acción a la vez que hace un gran retrato de cada uno de ellos, manteniendo siempre un aura de elegancia y savoir faire imbatible. 

viernes, 8 de noviembre de 2024

Erri De Luca: Las reglas del Mikado

Idioma original: italiano
Título original: Le regole dello Shanghai
Traducción: Albert Pejó en catalán para Bromera, Carlos Gumpert Melgosa en castellano para Seix Barral
Año de publicación: 2023
Valoración: está bien


Cuando la carrera literaria de un autor es larga en tiempo y extensa en catálogo, se pueden producir altibajos cualitativos considerables en función de la inspiración del autor en las diferentes etapas, ya sea por causas vitales o por simplemente artísticas. Cuando, además, estamos hablando de Erri De Luca, unos de los más prolíficos escritores que uno recuerde (con más de setenta títulos publicados) ahí la variedad en resultados ya es algo que uno espera, pues es difícil mantener el nivel en todas y cada una de sus obras.

En este libro (su última obra publicada hasta la fecha), el autor napolitano pisa tierra firme retomando ideas o temas ya tratados en otros de sus libros: las relaciones personales, la diferencia intergeneracional, la migración, la clandestinidad o el entorno natural. Fiel a sus ideas combativas y de denuncia, el autor sabe utilizar su talento para transmitir ideas y reflexiones acerca del presente de nuestro tiempo y sus inquietudes hacia un futuro que avanza en una dirección muy diferente a la deseada.

Centrándonos en el libro que nos ocupa, ya de entrada el autor se confiesa sin tapujos al hablarnos de cómo acostumbra a enfocar sus libros; así, nos indica que prefiere presentar a sus personajes enseguida, pues «no le gusta tener que descubrir quien son los personajes después de unas cuantas páginas, como si el libro hubiera empezado antes y yo hubiera llegado tarde y me hubiera perdido los antecedentes». De esta manera, fiel a esta premisa, nos habla enseguida de los que será sus personajes principales: «él es un hombre viejo y solitario acampado en la montaña (…), ella una joven gitana que ha huido del Campamento y de la familia». De este modo empieza el relato, con el encuentro fortuito de estos dos personajes en la tienda en la que él está acampado, en un espacio fronterizo entre Italia y Eslovenia, una zona ubicada en un paso de "ilegales" en la que el protagonista se encuentra la joven que llega huyendo de su familia y su tierra. Este encuentro le sirve al autor para hablar de migración, de exilio y fronteras, de la vida y la muerte, de las esperanzas y las realidades, del amor y las relaciones, de las ilusiones y decepciones, de la madurez y la inocencia así como también de las diferencias intergeneracionales a pesar de que él intenta reducir esta distancia al indicarle que «soy coetáneo de ti, vivimos el mismo momento. Las generaciones, para mí, no existen. Mientras estemos vivos somos contemporáneos». Así mismo, este encuentro le sirve para hablar de sus pasados: el de él arreglando relojes y hablándonos de una relación pasada con una mujer con la que se encontró en varias ocasiones y que le marcó su vida, así como la convivencia con su madre rusa que «enseñaba ruso a los miembros del partido comunista. Después informaba el servicio sobre la fiabilidad de los militantes» y ella hablando de su familia, de su cultura y costumbres. Entre ellos dos se establecerá una relación basada en la confianza y en la compañía.

Con esta relación entre ambos personajes, Erri de Luca reincide en los temas ya conocidos en sus anteriores obras y sigue con su escritura de ritmo lento y estilo poético, aunque en este caso parece que ha dejado un poco atrás su gran talento en narrar historias conmovedoras ya que el libro va de más a menos de manera que en un principio el relato atrae el interés del lector, pero cuando intenta sorprender argumentalmente cambiando el enfoque se nota algo forzado y pierde atractivo.

En cualquier caso, con De Luca uno siempre encuentra momentos interesantes fruto de la rica prosa que utiliza para lanzarnos reflexiones sobre la vida, la sociedad y el choque entre países o culturas, esgrimiendo de manera clara que «la guerra aniquila, devora, y una vez se ha puesto en marcha no necesita ningún motivo». Lamentablemente, la realidad le da la razón.

sábado, 26 de octubre de 2024

Georges Bataille: Madame Edwarda

Idioma original: francés

Título original: Madame Edwarda

Traducción: Salvador Elizondo

Año de publicación: 1937

Valoración: Rarito, curioso


Mira que en general me gustan los libros raros, me atraen, y en este blog hay algunos ejemplos, cosas que se han escrito para romper moldes, buscar caminos sin explorar. Pues puedo afirmar que este Madame Edwarda podría entrar en el top 10 de los textos más extraños que he leído nunca.

Es raro mi ejemplar, el libro físico (aclaro que no es el de la imagen), comprado a un vendedor de viejo . Edición mexicana de 1977, tiene setenta y una páginas, de las que treinta y siete las ocupan un prólogo de Salvador Elizondo, siempre metido en estas movidas, y un prefacio del propio Bataille dirigido a Pierre Angélique, el seudónimo que utilizó para esquivar la polémica en las primeras ediciones. Es decir, quedan para el relato apenas treinta y cuatro páginas, ninguna de las cuales llegará a quedar ocupada siquiera en su mitad. Por si fuera poco, cuenta mi pequeño volumen con un exlibris del puño y letra del pintor Vicente Roscubas, aunque le faltan, ya sería la leche, los varios grabados que nada menos que René Magritte elaboró para este texto.

Extraño es también el autor, Georges Bataille, de cuya filosofía dice Elizondo que es imposible una exposición razonada, lo cual es algo tranquilizador, aunque se esfuerza el escritor mexicano en aportar algunas ideas. Bataille es uno de esos tipos de principios del siglo XX que tocaba los asuntos más sensibles, o mejor, los destripaba sin cortarse ni un poco: el misticismo, el sexo y la muerte iban en el mismo lote, y hasta parece que quiso fundar una especie de secta en la que se pretendían ofrecer sacrificios humanos. La verdad es que estos tres campos, aunque en una medida algo más civilizada, también los vemos relacionados en algunos otros autores, desde el marqués de Sade hasta gente mucho más moderna pero, visto el panorama, tampoco creo que sea cuestión de intentar profundizar más por ese camino.

Con estos antecedentes, el texto en sí de Madame Edwarda tampoco le va a la zaga en materia de rareza. Con esas treintaypocas páginas mediadas podríamos hablar de un relato corto, pero es más bien un esbozo, que el mismo narrador duda de si tendrá continuidad. La madame que aporta el título regenta un prostíbulo y el narrador es su cliente, que le elige entre la oferta disponible. El tipo parece en principio algo descolocado aunque es evidente que visita con frecuencia locales parecidos. Tras alguna escena de sexo explícito más bien turbio, identifica a Edwarda con Dios, no se sabe si movido por el éxtasis o por algún tipo de mortificación, pero en todo caso parece que bastante en línea con algunas de las ideas erótico-místicas que profesa el autor. 

Si me extiendo un poco más acabaría reproduciendo el contenido completo, porque tampoco hay mucho más, aparte de una escena final algo más larga y también de alto voltaje sobre la que, si no tenemos nada mejor que hacer, se podría elucubrar un rato. Naturalmente, no es una narración normal, sino una sucesión de flashes, alguno de los cuales, no muchos, pueden sonarnos a surrealismo, ideas a medio formular sobre el placer y el dolor, e imágenes a veces sugerentes, a veces brutales, en las que la temperatura se mantiene siempre en el nivel de ebullición. 

No sé si esto es un juego o la representación plástica de la peculiar filosofía del señor Bataille, y tengo la duda, que espero que Oriol me pueda aclarar, de si esto puede considerarse bizarro en sentido literario. Es extraño, es diferente, puede hacer reír o dar cierto repelús, son unos minutos de inmersión en el mundo de este autor, que perfectamente se puede calificar de sórdido, pero al que también se le pueden encontrar algunas lecturas más. Pero ojo, veamos la advertencia inicial, algo que podría ser una poesía, una amenaza o una broma:

‘Si tienes miedo de todo, lee este libro, pero, antes que nada, escúchame: si ríes, es que tienes miedo. Te parece que un libro es una cosa inerte. Es posible. ¿Y sin embargo, como suele suceder, tú no sabes leer? ¿Deberías temer…? ¿Estás solo? ¿tienes frío? ¿sabes hasta qué punto el hombre es ‘tu mismo’? ¿imbécil? ¿y desnudo?'

Se podrían dedicar horas a pensar, debatir y escribir muchas cosas sobre lo que Bataille esconde tras el pequeño disparate de este librito, probablemente haya quien lo ha hecho. Por mi parte me limitaré a dejar constancia de que existe y de que también es bueno echar de vez en cuando un vistazo a cosas que se salen de lo normal.

Ah, y acabo de enterarme de que allá por los 80 hubo un grupo japonés que rulaba bajo este nombre, Madame Edwarda, en plan after-punk o cosa parecida, bastante en la línea.

También de Georges Bataille en ULADHistoria del ojo

martes, 3 de septiembre de 2024

Jon Fosse: Ales junto a la hoguera

Idioma original: noruego
Título original: Det er Ales
Traducción: Cristina Gómez-Baggethun en castellano para Random House y Meritxell Salvany en catalán para Galaxia Gutenberg
Año de publicación: 2004
Valoración: muy recomendable


Bien es conocida mi devoción por los autores nórdicos, por su extraña habilidad en narrar sin describir la soledad, la oscuridad que reside en nosotros, la sensación de desamparo en incluso abandono en relación al mundo que nos rodea. Fosse sigue esa tradición tan arraigada desde tiempos de Hamsun o Strindberg, precursores del stream of consciousness, y la rodea de un aura más enigmática, menos visceral o pasional pero sí más introspectiva si cabe.

Empieza el relato de manera muy oscura e inquietante: Signe se ve a sí misma en su hogar, un martes de finales de noviembre de 1979, justo el día en el que Asle, su pareja, desapareció. La visión que tiene es la de entrar de nuevo en la habitación y verlo a él, en la oscuridad de una tarde de otoño, «mirando hacia fuera en la oscuridad, con su pelo largo y oscuro y su jersey negro». Una oscuridad que le rodea y le abraza, atisbando fuera sin ver nada, solo mirando la oscuridad, la falta de luz, la nada. Una oscuridad que se funde con él, conformando una sola cosa, pues apenas logra distinguirle y que le transmite una inquietud, un nerviosismo, cuestionándose «¿por qué lo hace? (…) ¿Por qué está ahí de pie, sin más, cuando no hay nada que ver? » Él, en su ensimismamiento, dice que está pensando en ir otra vez a ver los fiordos, en su pequeña barca, a pesar del mal tiempo y del frío, a pesar de que está oscuro y estamos a finales de noviembre, a pesar del viento y las olas. Porque él es una persona solitaria, tímida y callada, y necesita la soledad. Una salida al exterior de la que sabemos que ya no regresará, dejándola a ella rodeada de dudas y preguntas lanzadas al aire sin más retorno que el del eco de sus miedos y temores ante una presencia que puede que no vuelva jamás.

Tal y como vimos en «Blancura», el autor se sirve también en esta obra del monologo interior; sin embargo, en este caso, lo hace desde distintas voces que ejercen como narradores, pues el libro es un monólogo continuo aunque en esta ocasión la narración se comparte entre diferentes personajes (principalmente la pareja protagonista) en una alternancia que Fosse domina a la perfección e intercambia sin saltos, sin pausa, sin apenas puntos y aparte; todo fluye de manera natural en su relato, todo está perfectamente armonizado y la narración en tercera persona es, en este caso, lo opuesto a un narrador omnisciente, pues Fosse narra en tercera persona lo que sus personajes hacen o sienten de una manera tan próxima que parece que sean ellos mismos los que nos lo digan, parece que estés en sus cabezas y sientas lo mismo que cada uno de ellos, logrando que sea muy fácil empatizar con una narración tan sencilla pero a la vez tan profunda. De hecho, es como si los personajes estuvieran disgregados y se narraran a ellos mismos, cosa que en ocasiones sí ocurre realmente de manera que se ven desde fuera en una especie de proyección que le permite al autor analizar y narrar sin interferencia directa de la distorsión propia del sujeto protagonista.  La narración en tercera persona le da un rigor y un punto de objetividad aún y sabiendo que quien narra es el propio protagonista constatando con ello que Fosse tiene un gran talento para conseguir una proximidad absoluta con los protagonistas sin que sea necesario recurrir a la narración en primera persona per se.

Tras esta escena inicial a partir de la cual prosigue el relato de manera continua, la narración se centra en ese fatídico día, en esas últimas palabras intercambiadas entre ambos, en esos últimos gestos, en la decisión sobre si era conveniente salir o si no lo era; esos recuerdos la invaden y la golpean, porque, a pesar de que han pasado muchos años, un par de décadas, ella sigue recordándolo, recordando no únicamente esos últimos instantes sino también su vida, su relación, su infinita presencia en su casa, la manera en que copaba cada uno de los espacios y las conversaciones, dejándola a ella sola ante su presencia, sola antes sus ideas, sola antes sus necesidades intentando que de algún modo aflorara su personalidad. Pero, aun años después sigue recordando ese último encuentro, su interminable presencia, sus silencios y la soledad que la contagiaba. Y en este continuo análisis en el que se van intercambiando los pensamientos de ambos, se añaden a la historia otras voces pertenecientes a la familia, a su pasado, a un linaje de varias generaciones que arrastran fantasmas, pérdidas e infortunios.

El estilo de Fosse te atrapa y te sumerge en un estado en el que consigue arrastrarte en sus pensamientos, sus inquietudes, sus angustias, sus cuestionamientos y el abrazo permanente a una soledad con el que busca acercarse a aquello que somos y aquello en lo que nos hemos convertido. El autor noruego sabe cómo pocos llegar a esos sentimientos tan íntimos, tan oscuros y a la vez tan esperanzadores al descubrir que aún hay literatura que consigue llegar a nuestro yo más interno y ver que quizá sí estamos solos, pero que no somos los únicos.

lunes, 19 de agosto de 2024

Mònica Batet: Una història és una pedra llançada al riu

Idioma original: catalán
Título original: Una història és una pedra llançada al riu
Traducción: sin traducción al castellano de momento
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


Hay ciertos libros que, por un motivo u otro, quedan en la pila de pendientes durante bastante tiempo, ya sea en casa o en esa lista que todos tenemos de lecturas que algún día deberíamos leer. Y este es el caso de la novela que nos ocupa, pues consta en mi particular lista tras los múltiples elogios recibidos en distintos foros, pero por algún motivo que se me escapa no había encontrado el momento de leerlo hasta estas vacaciones. Y la verdad es que su lectura ha valido la pena.

La historia empieza de manera muy cautivadora con una breve fábula que abre el libro exponiendo lo que vendrá a continuación en cuanto a intencionalidad narrativa y estilo: así, ya en el primer capítulo la autora nos presenta al Futuro Folclorista, un joven nacido en una familia poblada de bailarines pero que, a diferencia de ellos, su gran pasión son los libros y las historias, los cuentos. Así, mientras en su familia tratan de hacerle ver que debe dedicarse al balé como todos ellos, él va cada domingo por la mañana al Mercado de Libros Leídos a comprar antiguos libros de cuentos de una editorial ya extinguida. Y, por las tardes, se adentra de lleno en esas historias, porque «esas eran las tardes del a futuro Folclorista. Unas tardes llenas de felicidad plena y de noches de dormir de una sola tirada» ante la inquietud de su padre que se pregunta cómo pueden interesarle esos libros y qué será de su hijo si no empieza a bailar porque «en la ciudad donde vivía el Futuro Folclorista no solo había diez salas de baile, también había un nombre incontable de escuelas donde jóvenes, y no tan jóvenes, iban a hacer clases». Finalmente, a raíz de un comentario que oye en boca de una joven diciendo que los chicos que no saben bailar no encontrarán novia, decide apuntarse a una escuela donde conocerá al Futuro Revolucionario, un joven con quien comparte su amor por los libros y las historias. A partir de ahí, su relación crece y se dedican a investigar los cuentos populares, sus similitudes y versiones, sus enfoques y características, la narración y su oralidad.

Así, la autora sitúa la historia de la narración en un tiempo y un país indeterminado, aunque en la mente del lector lo podría ubicar en un país centroeuropeo, de mentalidad cerrada, de tradiciones férreas y costumbres anquilosadas, donde rige la censura y la música está restringida a los hombres, porque «no es correcto que una mujer hable del amor que siente por un hombre y menos aún hacia otra mujer. Esto último es inaceptable. Si una mujer cantara, aunque fuera en un local muy pequeño, tanto los músicos como ella tendrían problemas». A través de unos pocos personajes interrelacionados, con alguna elipsis temporal que nos ubica y reubica en los tiempos narrados en los que la guerra, la dictadura o el totalitarismo ocupan y centran el día a día de sus habitantes, la historia se deslocaliza en tiempo y espacio, a través de esos personajes sin nombre y del que no conocemos su procedencia, lo cual amplía el espectro mental en el que el lector sitúa la historia y el contexto, un contexto en el que las libertades son restringidas, en las que los cuentos y las canciones de letras metafóricas son las únicas vías de escape, de protesta y de resistencia ante un estado totalitario. Unas canciones cantadas en la clandestinidad que, a diferencia de las canciones de la música popular, en este caso «tanto en las canciones de las mujeres de su país como en las de aquellos hombres vestidos de negro se entreveía la eternidad». 

Fácilmente uno se percata de que el estilo de la autora es sólido, firme, con un propósito claro que es el de adentrar al lector en esas mismas historias y lo consigue desde el primer momento con un acercamiento a sus personajes tal que en pocas páginas ya estás metido de lleno en la historia. Se nota en Batet un oficio logrado a base de sus estudios académicos, pero también una trayectoria de libros publicados que empieza a coger cierto volumen y, especialmente, en su predilección por la literatura centroeuropea de la que se contagia en su pulso narrativo en la que se constata una prosa muy precisa y ligada al texto que narra. Así, como la propia autora reconoce, su bagaje cultural pasa por la literatura centroeuropea y se nota por la solidez y la concisión en su estilo. Un lenguaje sin excesivos adornos a la vez que firme, en un estilo que recuerda en parte a Saša Stanišić y sus «Orígenes» (publicado también por Angle Editorial y libro del que nunca me cansaré de recomendar) pero también a Zweig o mi siempre admirada Agota Kristof.

Mònica Batet, ha escrito un libro en el que destaca no únicamente un estilo firme y sin altibajos, sino también una historia en la que la importancia de la misma no radica únicamente en sus personajes sino en lo que estos pretenden, la intencionalidad subyacente en su interés por las narraciones orales y por los cuentos. De manera similar a cómo Joan-Lluís Lluís defendía la narración oral en «Junil a les terres dels bàrbars», Batet hace lo propio y lo expande también a las canciones populares destacando la importancia de la transmisión oral de las historias en la cultura de una sociedad recordando a la vez los tiempos en los que las canciones eran utilizadas como instrumentos de protesta, donde la letra ocultaba mensajes de denuncia y esperanza, de lucha y subversión.

Afirma la autora, en boca de uno de sus personajes, que «fuimos nosotros. La victoria empezó con nosotros. Solo hay que mirar la historia, siempre hay un momento en el que el pueblo deja de obedecer». En tiempos en que la extrema derecha y los totalitarismos asoman tras cada contienda electoral, conviene no olvidar que, en el fondo, solo el pueblo salva el pueblo.

miércoles, 17 de julio de 2024

Isabelle Aupy: El hombre que dejó de querer a los gatos

Idioma original: francés
Título original: L'homme qui n'aimait plus les chats
Traducción: Mia Tarradas en catalán para Raig Verd y Jean-François Silvente en castellano para Rayo Verde
Año de publicación: 2019
Valoración: está bien

Hay cierto debate en cuanto al encaje de las lecturas en una determinada época del año u otra, pues los hay que esperan al calor del verano para sumergirse en un libro que les ofrezca un puro entretenimiento y que sea sin que suponga demasiado esfuerzo lector; otros, en cambio, prefieren adentrarse en libros voluminosos, pues las vacaciones permiten (en teoría) disponer de tiempo suficiente para abordar libros que por su complejidad o su extensión requieren un tiempo necesario que no encontramos durante el resto del año. En este caso, el libro de Isabelle Aupy entraría en el primer grupo, aunque, siendo narrado en forma de evidente metáfora, ofrece más de lo que aparenta en una primera lectura. ¡Vamos allá!

Este breve libro nos habla de una pequeña isla poblada por pocas personas y muchísimos gatos. Gatos de todos los tipos y colores, de todos los comportamientos posibles y maneras de ser. Los habitantes de la isla están acostumbrados a ellos, pues conviven en el día a día y siempre se dejan ver entre las casas y los patios. Pero de golpe, un día, en esa isla, desaparecen todos los gatos y los habitantes los extrañan, acostumbrados como estaban a verlos siempre merodear y pasearse entre ellos. Este incidente deja sorprendidos y descolocados a los habitantes de la isla, pues no saben qué ha sucedido, el porqué, ni saben cómo afrontar la situación. Ellos tienen un carácter tranquilo, amistoso, porque en la isla «todos éramos refugiados, como se dice. Sí, la gente venía aquí para encontrar refugio, se iba del continente porque ya no podía más, buscaba un lugar donde vivir mejor, estar mejor, o puede que no forzosamente: encontrar una forma de ser uno mismo y ya está». Pero, superado el asombro inicial, se percatan que quienes han provocado que no queden gatos tienen otras intenciones, más perversas de lo que parecía: la voluntad de interferir en las costumbres de los habitantes de la isla y las relaciones entre ellos.

Escrito en forma de metáfora, el libro nos habla de la seguridad de nuestra sociedad basada en la estabilidad de las cosas del día a día y la amenaza que suponen aquellos que pretenden cambiarla imponiendo nuevas costumbres, nuevos hábitos, forzándonos a cambiar la realidad a menos que nos rebelemos contra ello y luchemos por los derechos conseguidos sin cesar en nuestro empeño, porque tal y como afirma uno de los personajes hablando de las cosas que antes poseían, «nos las quitaban porque habíamos dejado que nos lo hicieran. Nos las quitaban porque habían puesto palabras a unas necesidades que no eran nuestras. Y como una panda de zoquetes, encima fuimos a darles las gracias».

Debo reconocer que el libro no me ha causado el impacto que esperaba, no sé si por el enfoque, por el lenguaje o por una trama muy simple, pero seguramente la razón de ello es el estilo utilizado por la autora. Escrito con un lenguaje plano, casi orientado a un público infantil en forma aunque no en contenido, el narrador en primera persona nos cuenta la historia como si de una fábula se tratara, como un cuento contado a un grupo de jóvenes formando un círculo en torno a un fuego en el campo, aunque el mensaje que esconde bajo una capa de supuesta superficialidad es bastante más preocupante. Un mensaje que refuerza la importancia del lenguaje y de cómo y con qué finalidad usamos las palabras, y la importancia de no dejarnos llevar por la corriente de un pensamiento que bajo una capa de inocencia puede esconder auténticas perversiones. 


sábado, 24 de febrero de 2024

Jenni Fagan: Maldición

Idioma original: inglés

Título original: Hex

Traducción: Jesús Cuéllar

Año de publicación: 2022

Valoración: Decepcionante


Los procesos de las brujas de Berwick, a finales del siglo XVI, son algunos de los más conocidos entre los muchos que tuvieron lugar en Europa en busca de poderes oscuros, curaciones sospechosas y maleficios. Al parecer, el rey Jacobo volvía de su boda en Dinamarca y fue sorprendido por terribles tormentas, lo que provocó que se buscaran responsables de causar semejantes fenómenos para acabar con él. Mediante el uso generalizado de la tortura comenzó el habitual reguero de delaciones, mientras se vengaban viejas rencillas, se doblegaba a gentes incómodas y se consolidaba el terror frente a la disidencia o simplemente frente a conductas que pusieran en cuestión el orden religioso, moral y, finalmente, político.

Jenni Fagan toma como protagonista a una de aquellas brujas, Geillis Duncan, apenas una adolescente que por algún motivo fue elegida para ser eliminada y cuya confesión, obtenida de aquella manera, sirviese de paso para condenar a otras mujeres de mayor significación pública, en especial Euphame McCalzean, cuya posición social y económica suscitaba ciertos deseos de quitarla de en medio. Geillis va a ser ajusticiada, y en su celda, donde ha sido violada repetidas veces, recibe la visita de Iris, una mujer del siglo XXI que le acompaña en sus últimas horas. 

Lo que parece podría ser una narración llena de fantasía de tintes góticos se convierte sin embargo en otra cosa. En vez de recibir a un ser extraordinario procedente del futuro, se diría que el carcelero ha dejado entrar en el calabozo a una amiga de Geillis para que la pobre tenga un poco de conversación antes de morir en la horca. De manera que Iris, obviamente solidarizada con la presunta bruja, se dedica durante unas cuantas páginas a colocar el discurso feminista propio de su época. En la base de los procesos por brujería, parece defender Iris, no hay un fondo de incultura popular, de alienación religiosa, intereses pueblerinos o maniobras políticas, solo el deseo de castigar a mujeres por el hecho de serlo, el impulso depravado de hombres obsesionados por la integridad de sus pollas (sic), una especie de miedo atávico frente a aquellas a quienes no pueden someter de otra forma.

Y bueno, el resto de las largas conversaciones entre la víctima y su visitante no pasa de ser una charla insulsa, llena de lugares comunes, reflexiones sobre la injusticia y la violencia, peroratas apenas disfrazadas de patetismo y ramalazos líricos, fogonazos de magia injustificada, todo lo cual tiene como mayor virtud la brevedad de sus apenas cien páginas.

No era mala la idea, y daba para montar una historia quizá atractiva. Tampoco era desdeñable la posibilidad de levantar una reflexión sobre un posible enfoque de género en la persecución de la brujería, o un juego de contrastes entre la perspectiva ideológica de nuestro siglo y la de los inicios de la Edad Moderna. No sé, había posibilidades de hacer unas cuantas cosas interesantes, tal vez en otros formatos, pero Jenni Fagan elige la peor opción, una sucesión de diálogos, a veces monólogos sucesivos, sin nervio, con un fondo forzado y nada creíble que a veces suena a representación escolar, por mucho que se adorne con una especie de acotaciones que presentan cada escena de modo más bien efectista.

Solo las últimas páginas tienen un tono más intenso, imágenes más sugerentes y un ritmo más vivo. Bien habría hecho Fagan en aplicar el mismo criterio al resto del libro. Pero aunque este último empujón deja un sabor algo más gratificante, ni aun así nos libra de la decepción.