Título original: Welness
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
Título original: Madame Edwarda
Traducción: Salvador Elizondo
Año de publicación: 1937
Valoración: Rarito, curioso
Mira que en general me gustan los libros raros, me atraen, y en este blog hay algunos ejemplos, cosas que se han escrito para romper moldes, buscar caminos sin explorar. Pues puedo afirmar que este Madame Edwarda podría entrar en el top 10 de los textos más extraños que he leído nunca.
Es raro mi ejemplar, el libro físico (aclaro que no es el de la imagen), comprado a un vendedor de viejo . Edición mexicana de 1977, tiene setenta y una páginas, de las que treinta y siete las ocupan un prólogo de Salvador Elizondo, siempre metido en estas movidas, y un prefacio del propio Bataille dirigido a Pierre Angélique, el seudónimo que utilizó para esquivar la polémica en las primeras ediciones. Es decir, quedan para el relato apenas treinta y cuatro páginas, ninguna de las cuales llegará a quedar ocupada siquiera en su mitad. Por si fuera poco, cuenta mi pequeño volumen con un exlibris del puño y letra del pintor Vicente Roscubas, aunque le faltan, ya sería la leche, los varios grabados que nada menos que René Magritte elaboró para este texto.
Extraño es también el autor, Georges Bataille, de cuya filosofía dice Elizondo que es imposible una exposición razonada, lo cual es algo tranquilizador, aunque se esfuerza el escritor mexicano en aportar algunas ideas. Bataille es uno de esos tipos de principios del siglo XX que tocaba los asuntos más sensibles, o mejor, los destripaba sin cortarse ni un poco: el misticismo, el sexo y la muerte iban en el mismo lote, y hasta parece que quiso fundar una especie de secta en la que se pretendían ofrecer sacrificios humanos. La verdad es que estos tres campos, aunque en una medida algo más civilizada, también los vemos relacionados en algunos otros autores, desde el marqués de Sade hasta gente mucho más moderna pero, visto el panorama, tampoco creo que sea cuestión de intentar profundizar más por ese camino.
Con estos antecedentes, el texto en sí de Madame Edwarda tampoco le va a la zaga en materia de rareza. Con esas treintaypocas páginas mediadas podríamos hablar de un relato corto, pero es más bien un esbozo, que el mismo narrador duda de si tendrá continuidad. La madame que aporta el título regenta un prostíbulo y el narrador es su cliente, que le elige entre la oferta disponible. El tipo parece en principio algo descolocado aunque es evidente que visita con frecuencia locales parecidos. Tras alguna escena de sexo explícito más bien turbio, identifica a Edwarda con Dios, no se sabe si movido por el éxtasis o por algún tipo de mortificación, pero en todo caso parece que bastante en línea con algunas de las ideas erótico-místicas que profesa el autor.
Si me extiendo un poco más acabaría reproduciendo el contenido completo, porque tampoco hay mucho más, aparte de una escena final algo más larga y también de alto voltaje sobre la que, si no tenemos nada mejor que hacer, se podría elucubrar un rato. Naturalmente, no es una narración normal, sino una sucesión de flashes, alguno de los cuales, no muchos, pueden sonarnos a surrealismo, ideas a medio formular sobre el placer y el dolor, e imágenes a veces sugerentes, a veces brutales, en las que la temperatura se mantiene siempre en el nivel de ebullición.
No sé si esto es un juego o la representación plástica de la peculiar filosofía del señor Bataille, y tengo la duda, que espero que Oriol me pueda aclarar, de si esto puede considerarse bizarro en sentido literario. Es extraño, es diferente, puede hacer reír o dar cierto repelús, son unos minutos de inmersión en el mundo de este autor, que perfectamente se puede calificar de sórdido, pero al que también se le pueden encontrar algunas lecturas más. Pero ojo, veamos la advertencia inicial, algo que podría ser una poesía, una amenaza o una broma:
‘Si tienes miedo de todo, lee este libro, pero, antes que nada, escúchame: si ríes, es que tienes miedo. Te parece que un libro es una cosa inerte. Es posible. ¿Y sin embargo, como suele suceder, tú no sabes leer? ¿Deberías temer…? ¿Estás solo? ¿tienes frío? ¿sabes hasta qué punto el hombre es ‘tu mismo’? ¿imbécil? ¿y desnudo?'
Hay cierto debate en cuanto al encaje de las lecturas en una determinada época del año u otra, pues los hay que esperan al calor del verano para sumergirse en un libro que les ofrezca un puro entretenimiento y que sea sin que suponga demasiado esfuerzo lector; otros, en cambio, prefieren adentrarse en libros voluminosos, pues las vacaciones permiten (en teoría) disponer de tiempo suficiente para abordar libros que por su complejidad o su extensión requieren un tiempo necesario que no encontramos durante el resto del año. En este caso, el libro de Isabelle Aupy entraría en el primer grupo, aunque, siendo narrado en forma de evidente metáfora, ofrece más de lo que aparenta en una primera lectura. ¡Vamos allá!
Este breve libro nos habla de una pequeña isla poblada por pocas personas y muchísimos gatos. Gatos de todos los tipos y colores, de todos los comportamientos posibles y maneras de ser. Los habitantes de la isla están acostumbrados a ellos, pues conviven en el día a día y siempre se dejan ver entre las casas y los patios. Pero de golpe, un día, en esa isla, desaparecen todos los gatos y los habitantes los extrañan, acostumbrados como estaban a verlos siempre merodear y pasearse entre ellos. Este incidente deja sorprendidos y descolocados a los habitantes de la isla, pues no saben qué ha sucedido, el porqué, ni saben cómo afrontar la situación. Ellos tienen un carácter tranquilo, amistoso, porque en la isla «todos éramos refugiados, como se dice. Sí, la gente venía aquí para encontrar refugio, se iba del continente porque ya no podía más, buscaba un lugar donde vivir mejor, estar mejor, o puede que no forzosamente: encontrar una forma de ser uno mismo y ya está». Pero, superado el asombro inicial, se percatan que quienes han provocado que no queden gatos tienen otras intenciones, más perversas de lo que parecía: la voluntad de interferir en las costumbres de los habitantes de la isla y las relaciones entre ellos.
Escrito en forma de metáfora, el libro nos habla de la seguridad de nuestra sociedad basada en la estabilidad de las cosas del día a día y la amenaza que suponen aquellos que pretenden cambiarla imponiendo nuevas costumbres, nuevos hábitos, forzándonos a cambiar la realidad a menos que nos rebelemos contra ello y luchemos por los derechos conseguidos sin cesar en nuestro empeño, porque tal y como afirma uno de los personajes hablando de las cosas que antes poseían, «nos las quitaban porque habíamos dejado que nos lo hicieran. Nos las quitaban porque habían puesto palabras a unas necesidades que no eran nuestras. Y como una panda de zoquetes, encima fuimos a darles las gracias».
Debo reconocer que el libro no me ha causado el impacto que esperaba, no sé si por el enfoque, por el lenguaje o por una trama muy simple, pero seguramente la razón de ello es el estilo utilizado por la autora. Escrito con un lenguaje plano, casi orientado a un público infantil en forma aunque no en contenido, el narrador en primera persona nos cuenta la historia como si de una fábula se tratara, como un cuento contado a un grupo de jóvenes formando un círculo en torno a un fuego en el campo, aunque el mensaje que esconde bajo una capa de supuesta superficialidad es bastante más preocupante. Un mensaje que refuerza la importancia del lenguaje y de cómo y con qué finalidad usamos las palabras, y la importancia de no dejarnos llevar por la corriente de un pensamiento que bajo una capa de inocencia puede esconder auténticas perversiones.
Título original: Hex
Traducción: Jesús Cuéllar
Año de publicación: 2022
Valoración: Decepcionante
Los procesos de las brujas de Berwick, a finales del siglo XVI, son algunos de los más conocidos entre los muchos que tuvieron lugar en Europa en busca de poderes oscuros, curaciones sospechosas y maleficios. Al parecer, el rey Jacobo volvía de su boda en Dinamarca y fue sorprendido por terribles tormentas, lo que provocó que se buscaran responsables de causar semejantes fenómenos para acabar con él. Mediante el uso generalizado de la tortura comenzó el habitual reguero de delaciones, mientras se vengaban viejas rencillas, se doblegaba a gentes incómodas y se consolidaba el terror frente a la disidencia o simplemente frente a conductas que pusieran en cuestión el orden religioso, moral y, finalmente, político.
Jenni Fagan toma como protagonista a una de aquellas brujas, Geillis Duncan, apenas una adolescente que por algún motivo fue elegida para ser eliminada y cuya confesión, obtenida de aquella manera, sirviese de paso para condenar a otras mujeres de mayor significación pública, en especial Euphame McCalzean, cuya posición social y económica suscitaba ciertos deseos de quitarla de en medio. Geillis va a ser ajusticiada, y en su celda, donde ha sido violada repetidas veces, recibe la visita de Iris, una mujer del siglo XXI que le acompaña en sus últimas horas.
Lo que parece podría ser una narración llena de fantasía de tintes góticos se convierte sin embargo en otra cosa. En vez de recibir a un ser extraordinario procedente del futuro, se diría que el carcelero ha dejado entrar en el calabozo a una amiga de Geillis para que la pobre tenga un poco de conversación antes de morir en la horca. De manera que Iris, obviamente solidarizada con la presunta bruja, se dedica durante unas cuantas páginas a colocar el discurso feminista propio de su época. En la base de los procesos por brujería, parece defender Iris, no hay un fondo de incultura popular, de alienación religiosa, intereses pueblerinos o maniobras políticas, solo el deseo de castigar a mujeres por el hecho de serlo, el impulso depravado de hombres obsesionados por la integridad de sus pollas (sic), una especie de miedo atávico frente a aquellas a quienes no pueden someter de otra forma.
Y bueno, el resto de las largas conversaciones entre la víctima y su visitante no pasa de ser una charla insulsa, llena de lugares comunes, reflexiones sobre la injusticia y la violencia, peroratas apenas disfrazadas de patetismo y ramalazos líricos, fogonazos de magia injustificada, todo lo cual tiene como mayor virtud la brevedad de sus apenas cien páginas.
No era mala la idea, y daba para montar una historia quizá atractiva. Tampoco era desdeñable la posibilidad de levantar una reflexión sobre un posible enfoque de género en la persecución de la brujería, o un juego de contrastes entre la perspectiva ideológica de nuestro siglo y la de los inicios de la Edad Moderna. No sé, había posibilidades de hacer unas cuantas cosas interesantes, tal vez en otros formatos, pero Jenni Fagan elige la peor opción, una sucesión de diálogos, a veces monólogos sucesivos, sin nervio, con un fondo forzado y nada creíble que a veces suena a representación escolar, por mucho que se adorne con una especie de acotaciones que presentan cada escena de modo más bien efectista.
Solo las últimas páginas tienen un tono más intenso, imágenes más sugerentes y un ritmo más vivo. Bien habría hecho Fagan en aplicar el mismo criterio al resto del libro. Pero aunque este último empujón deja un sabor algo más gratificante, ni aun así nos libra de la decepción.