Título original: Welness
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN Editorial
Año de publicación: 2023
Valoración: entre recomendable y muy recomendable
Idioma original: alemánEn ese inacabable (aunque placentero propósito) de ponerse al día con los clásicos, en esta ocasión le toca el turno a Jakob Wassermann, autor alemán de finales del siglo XIX, idealista comprometido con la idea de la justicia y al que en ocasiones se compara con Dostoyevski.
En esta breve novela, el autor centra el relato en su protagonista principal, María von Krüdener, una dama de alta sociedad que, después de no tener noticias de su marido después de cinco meses de su partida, decide viajar desde Tula al Cáucaso con sus cuatro hijos y una sirvienta con el propósito de llegar a Kislawodks donde espera encontrar noticias de su marido Alexander que había huido a Persia tras estallar la Revolución Rusa; un personaje firme y noble, alguien que «cuando él alzaba un puñado de tierra sopesaba y examinaba todo su país bajo el cielo y con su gente encima (…) que cuando se disponía a hablar con sus campesinos para dictar justicia lo hacía desde la máxima responsabilidad, como si su sentencia fuera a quedar grabada para toda la eternidad».
Resumido de esta manera el argumento de la novela, bastan unas pocas páginas para evidenciar en el estilo del autor los aires de la literatura clásica a través de su ritmo, el ambiente aristocrático en el que se desenvuelve la obra, la marcada diferencia de clases entre los personajes y la manera de dirigirse unos a otros; detalles que uno puede encontrar en otros grandes autores como Zweig o Schnitzler. Así, el entorno en el que se desarrolla la novela forma parte y constituye un personaje más, siendo un elemento crucial para entender comportamientos y reacciones sin ser en ningún caso forzado, superfluo o innecesario.
De esta manera, la novela narra las vicisitudes de María en su viaje al encuentro de su marido, una travesía que la lleva a albergarse de manera temporal en un hotel donde se encuentra y coincide con gente de diferentes clases sociales e intenciones (especuladores, ladrones, estafadores o burgueses) que se hospedan en esa morada al aguardo de acontecimientos y de un desenlace que les permita volver a su hogar en una larga e incómoda espera que viven de desigual manera: los hay temerosos, otros nerviosos, pero también los que matan el tiempo a base de fiestas y excesos. Una casa llena de «hombres y mujeres a los que se les había robado su patria» y que alberga el trajín de las idas y venidas de mensajeros, de soldados corriendo junto a las ventanas con los ecos de la guerra resonando, la incertidumbre, la soledad, pero a su vez la compañía de semejantes.
El estilo de Wassermann destaca por el aplomo de su prosa, su robustez, el aura de serenidad a la hora de exponer sus pensamientos, algo que se evidencia en el gran personaje que construye en María y las conversaciones que tiene con una princesa en torno a la vida, el amor, las debilidades y los sacrificios, así como con la aparición de Golowin, otro personaje singular y altamente cautivador que la enfrenta a dilemas y contradicciones. Así, sin dictar sentencia pero sin titubear, la contundencia con la que Wassermann exhibe sus creencias y valores es de lo más destacable de un libro que establece en esos principios los pilares sobre los que sustentar esta obra. Por ello, más que el argumento, pesa la calidez y la firmeza de los valores y la ubicua presencia de María que se torna en unos de esos personajes carismáticos que inundan todo el relato. Una figura omnipresente y primordial de la que se impregna no únicamente en el lector sino los propios personajes que se encuentran y conversan con ella, como cuando uno, dirigiéndose a ella, le dice «¿qué clase de fuerza alberga usted? ¿Y de dónde procede? (…) ¿qué clase de mujer es usted? ¿Qué es lo que la hace tan especial?». Esa misma sensación es la que llega al lector, una protagonista majestuosa e imponente, con una fuerza interior que la ensalza y la engrandece.
En esta escala de valores que transmite Wassermann a través de sus personajes, el mensaje que deja la novela es contundente y una declaración de valores mantenidos por encima de todo, porque es «mejor sucumbir los dos juntos y de forma honesta, que una muerte lenta durante treinta años de malentendidos y heridas silenciadas». Así, con la sinceridad y la honestidad por encima de todo, esta novela se lee con gran interés por la fuerza de lo que emana, así como por el impecable retrato de sus personajes principales, cuya presencia permanece tiempo después de haber finalizado la lectura.
También de Jakob Wassermann en ULAD: El caso Maurizius, Caspar Hauser
En la vorágine de publicaciones editoriales, donde cada día aparecen nuevos, uno puede caer en el error de centrarse solo en el presente y olvidar que hay grandes autores de nuestro pasado más reciente que todavía tienen obras no reseñadas en ULAD, como es el caso que nos ocupa. Y a ese defecto hay que hacerle enmienda porque Philip Roth es uno de los grandes escritores de la narrativa norteamericana y eso se percibe claramente en este libro por su un estilo firme, sobrio y sin fisuras.
En el libro que nos ocupa, Roth vuelve a recurrir a su alter ego Nathan Zuckerman para escribir un relato que nos habla de la vejez, de la atracción, de la nostalgia y de la lucha por defender el honor de las personas que admiramos. Con ese propósito, el autor empieza el relato situando a su protagonista en Nueva York, ciudad que abandonó once años atrás para ir a vivir a una casita junto a la carretera, alejado de las personas y de la tecnología, dedicándose a escribir la mayor parte del día. Así, su retorno a la gran manzana es promovido por la necesidad que tiene de una intervención prostática, pues su avanzada edad pasada la setentena le está empezando a hacer mella en su salud. Una visita que es tan temporal como pensaba, pues la partida de su bucólico hogar para trasladarse a la gran ciudad le revitaliza y le estimula, porque tal y como afirma, «cuando llegue a Nueva York, en cuestión de horas la ciudad hizo conmigo lo que hace con la gente: despertar las posibilidades. La esperanza resurge». Una esperanza que se magnifica cuando topa por casualidad con un anuncio en el que una pareja de escritores quiere hacer un intercambio de casa con alguien que viva alejado de la ciudad; así que Nathan se presta a ello a la vez que, sin desearlo ni tan siquiera darse cuenta en aquel momento, queda prendado de la propietaria de treinta años del piso que va a intercambiar. Una primera impresión que impacta profundamente a Nathan, pues tal y como confiesa, «ejercía sobre mí una enorme atracción, una enorme atracción gravitacional sobre el fantasma de mi deseo».
A partir de aquí, vamos viendo los motivos por los que abandonó Nueva York a la vez que nos va introduciendo en una trama de indagaciones periodísticas que remueven su pasado. De esta manera, la novela avanza en diferentes frentes, todos ellos entrelazados y sumamente interesantes pues Roth es muy bueno tejiendo historias, pero también construyendo personajes; este aspecto se pone también de relieve en esta novela pues consigue atrapar al lector desde un inicio, con una trama multicapa de fácil acceso en la que el lector se sumerge de manera irremediable contagiándose del devenir de la vida de Nathan. Roth sabe cuándo frenar y cuando acelerar, donde dejar esos puntos de enganche que tiran del lector hasta llevarlo a donde él pretende, y la trama gira en torno a Zuckerman en forma de una espiral a la que uno es arrastrado llenándose y empatizando con la historia narrada. Porque aquí Roth nos habla de misterios, de deseo, de política, de la Nueva York post 11-S que sobrevuela de manera constante a lo largo de la novela («después del 11-S, cerré la caja de las contradicciones»); nos habla también del paso del tiempo en uno mismo que lo acerca a la vejez, de la salud, pero también de la vigorosidad, de la sociedad y su tendencia a admirar la novedad.
Con todo ello, Roth escribe un relato que conforma una suerte de triángulo entre una joven, un periodista osado y un escritor ya fallecido. Y la verdad es que se desenvuelve realmente bien desplegando en el relato su habilidad para tejer personajes con claroscuros, historias en apariencia simples pero narradas con toda la meticulosidad que demandan y un estilo que lo envuelve de cierto aire clásico que lo reafirma como uno de los grandes escritores norteamericanos.
Otros libros de Philip Roth en ULAD: aquí
A lo largo de mi vida siempre he tenido un marcado interés en aquellos ámbitos relacionados con el conocimiento de uno mismo pero también sobre el mundo que nos rodea, siendo la filosofía una disciplina que cubre marcadamente estos objetivos acercándose a ellos de manera racional. Pero claro, la profundidad que a menudo encontramos en los textos de este campo puede suponer un escollo a quién pretenda aproximarse a ellos. Por suerte, Marina Garcés sabe encajar su vocación didáctica con los amplios conocimientos que otorga y el resultado es un libro accesible en su mayor parte a la vez que sumamente interesante.
A pesar de un título que puede llevar a cierta confusión, el ensayo trata sobre la amistad, desde su significado desde tiempos pretéritos hasta su concepción actual. Ya en el prólogo la autora confiesa cierto recelo del típico concepto de amistad afirmando que «la confianza y el confort con el que mucha gente se refiere a sus amigos me despierta una alarma que no sé si es una señal de sospecha o de envidia». Un recelo que se basa en su percepción de que «la amistad es un espacio de relaciones tan inquietante como temible, afectado por un deseo y un miedo que escapan a lo que podemos llegar a denominar: el deseo de ser amados porque sí y el miedo de no serlo». Con ello, afirma la autora que «este libro se propone recorrer los márgenes de la escritura sobre la amistad, recorriendo sus hilos conceptuales, pero también adentrándose en sus vacíos».