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sábado, 12 de septiembre de 2026

VV.AA.: Balazo fecundante

Idioma original: Español
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable (especialmente para raritos)

Tras esa maravilla titulada El sheriff Goodman contra Pinhead, de Takeshi García-Ashirogi, la editorial Pathosformel sigue apostando por un western alejado de lo convencional. En esta ocasión, nos deleita con dos relatos de escritores colombianos, englobados en la colección titulada Balazo fecundante.

El volumen lo inaugura "Balazo split", de Hank T. Cohen. Este relato se estructura como una clásica historia de venganza; sin embargo, el bizarro y el splatterpunk lo inundan de inicio a fin. Así, en el lejano oeste de Cohen hay, además de una violencia mayor a la habitual, magos, un pistolero que es «una dimensión heladería viviente en forma humana», heridas parlantes, etc... 

De esta cochinada rara (para usar la expresión con la que Cohen define su obra) destacaría las alocadas ocurrencias que la salpican (sobre todo la extravagante anatomía de Nacho), la brutalidad de algunas de sus escenas (pienso en la del dueño del banco y su hija) y su prosa (capaz, por lo general, de ilustrar la imaginería más grotesca o delirante). Asimismo, me ha hecho gracia que, a la hora de introducir a diversos personajes pusiera un rótulo con el nombre y apodo de éstos tanto en español como en japonés (recurso narrativo, dicho sea de paso, que toma prestado del anime, el cual también parece influenciar las escenas de acción y habilidades de este particular mundo de vaqueros).

Lo único que le reprocharía a "Balazo split" es su ritmo endiabladamente ágil (se beneficiaría, a mi juicio, de un par de momentos de calma, porque de otro modo el argumento se disuelve tan frustrantemente rápido como un delicioso helado artesanal) y un puñado de reiteraciones intrusivas (en la página 39, por ejemplo, se suceden «salían», «salía», «salían» y «salía» en cuatro oraciones consecutivas).

El segundo relato de Balazo fecundante es "Realidad circundante", de Stephany Méndez. Más contenido y convencional que su predecesor, se decanta igualmente por territorios weird. Narra, desde el punto de vista de una niña, la confluencia de lo humano con lo animal, lo civilizado con lo salvaje y lo real con lo sobrenatural.

De esta historia me gusta su enfoque poético, cómo subvierte las expectativas del lector (tras un inicio protagonizado por forajidos, las cosas se salen de madre por lo menos tres veces), su orgiástico desenlace y la profundidad de la que logra dotar a sus personajes en apenas unas pinceladas. Quizá le criticaría su a todas luces excesivo hermetismo, aunque admito que a mí, personalmente, me ha parecido muy sugerente y atractivo.

En fin, que Balazo fecundante tiene su qué. Desde luego, lo disfrutarán los lectores eclécticos, abiertos a las mezcolanzas de géneros y a las apuestas narrativas arriesgadas. Yo, al menos, le he perdonado sus ocasionales deslices, y he gozado lo indecible de esta experiencia, si bien debo admitir que en algunos apartados me ha dejado con ganas de más. 

domingo, 30 de agosto de 2026

Claudia Amador: Altasangre

Idioma: español 

Año de publicación: 2026

Valoración: bastante recomendable (aqunque quizá no para todos los paladares)

He leído calificar esta novela como "gótico caribeño" (hay que aclarar que, hoy en día, parece que toda literatura de terror que no está escrita en inglés se considera como "gótico esto" o "gótico lo otro". Porque así suena más guay o por lo que sea). Es decir, que cualquiera pensaría que estamos ante un cruce entre el género de horror o terror de toda la vida y el realismo mágico. ¿Esto es así, realmente? Pues sí, pero no... Por un lado, es cierto que Altasangre recuerda, en cierto modo, a Cien años de soledad -habida cuenta, además, que la autora es colombiana-, pues también nos cuenta la historia de una peculiar dinastía familiar, los Vanterroso, dominados por la matriarca doña Julia, Señora de la Costa -Claudia Amador, además de colombiana, es natural de Barranquilla-; por otro lado, la novela nos remite a ficciones vampíricas poco ortodoxas y, más en concreto (o al menos a este servidor), a los cómics y pelis de Blade, pues aquí también encontramos todo un worldbuilding en el que el mundo está dominado por los vampiros considerados "purasangre". Aunque, en este caso, no se ocultan, sino que se encuentran bien visibles en lo alto de la pirámide social, económica y depredadora, hallándose por debajo los llamados "mixtos" y los simples humanos. 

Desde su mansión o sus aposentos del Altasangre Club -ahí tenemos el título-, doña Julia Vanterroso impera sobre todo este entramado social, aunque, poco confiada en el resto de su descendencia, ha puesto todas sus esperanzas de futuro en su nieta Julieta, que precisamente va a ser la Reina del carnaval de ese año, principal y esperado acontecimiento festivo de la Costa. ya veremos, y no adelanto más, cuales son sus intenciones para la niña. Una niña a la que su naturaleza convierte en extremadamente peligrosa, no sólo para los humanos, sino para los demás vampiros (ya os digo que esto me recuerda un poco a Blade). Ahora bien: no todo  van a ser vampiros y baños de sangre a raudales -de esos hay muchos, en todo caso-; en la novela también encontramos todo un despliegue de seres sobrenaturales: diablos y ángeles, presencias incorpóreas pero chismosas, fantasmas que se aparecen en sueños, espantosos mutantes, dioses primigenios... En fin, lo normal en una novela de "fantasía oscura" (porque tampoco estoy seguro de que a esta se la pueda calificar como "de terror", al menos no con todo  el sentido que se le da al género).  Todos ellos -y aquí encontramods, aún más, lo "caribeño" de la expresión "gótico caribeño"- moviéndose, bailando incluso, al ritmo de cumbias, rumbas, congas, bullarengues y demás música afrocaribeña... Porque la música, aunque no pueda oírse, sí se puede sentir en esta novela, y tiene una importancia fundamental...

Música que se deja sentir, incluso, o sobre todo, en la forma de escribir de Claudia Amador, un estilo exuberante, un tanto abarrocado aunque sin caer en un oscuro  conceptismo, de lo que la salva, sobre todo, la extrema ductilidad, la ágil movilidad de una prosaque transita sin dificultad ni rebozo entre lo folletinesco, lo simbólico y el habla popular, que gira y se contonea al ritmo de los tambores y al sonar de las trompetas, al arrullo de unas voces que hablan de amor, de despecho y de pérdida. Un estilo que, y aquí me voy a permitir una poca (más) de pedantería, quizás sea más heredero del de Alejo Carpentier que de un García Márquez...  (por su vertiente gore me ha recordado, a su vez, a La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik En todo caso, y a pesar de estar matizado por el humor -más sutil a lo largo de la novela, explícito en el último capítulo, a modo de coda, titulado Cómo quitarle la sangre a una prenda blanca-, entiendo que este despliegue carnavalesco -nunca mejor dicho- y pletórico de un cierto estilo literario pueda atragantársele a algunos lectores/as, más amantes del minimalismo o, simplemente, de las cosas más facilitas... Eso, unido a la , como ya he comentado, profusión sangrienta -y no sólo de sangre-, que puede repugnar a los estómagos más delicados, hace que no me atreva a recomendar esta novela para todo el mundo. Para los amantes del terror, lo fantástico y la diversión aparejada, por supuesto. Para los amantes de la buena literatura latinoaméricana y de la buena literatura en lengua castellana, también. 


viernes, 1 de agosto de 2025

Mario Escobar Velásquez: Marimonda

Idioma original: Español
Año de publicación: 1985
Valoración: Recomendable

Este libro engaña. Desde el primer momento, además, porque la primera página nos remite a una nota de prensa en la que se informa del reclutamiento de monos por parte del ministerio de defensa de Israel para labores de tipo humanitario. Podríamos pensar, entonces, que lo que encontraremos en las siguientes 150 páginas será algo así como una distopía, una novela de ciencia - ficción o una comedia. Vaya, si estaremos ante una versión tropical de El planeta de los simios o de 12 monos, por poner un par de ejemplos.

Pero pronto descubriremos que apenas hay nada de lo anterior y que lo que finalmente leeremos será una novela, protagonizada por un pequeño grupo de marimondas, bastante más compleja de lo que podría inicialmente parecer.

Protagonismo animal, por tanto, pero animales humanizados (y humanos animalizados, como reverso de la moneda) en un texto que toca multitud de temas. Así, colonialismo, globalización, relación hombre - naturaleza, organización social o la formación de los liderazgos atraviesan las páginas de una novela que en un tono casi ligero, como si estuviésemos leyendo un documental de National Geographic, vuelve a poner sobre la mesa un tema muy tratado en la literatura latinoamericana de la primera mitad del siglo XX: aquello de civilización o barbarie.

Superada la extrañeza inicial que provoca ese protagonismo animal, uno va extrayendo cosas positivas de la novela. Tres destacan por encima de todo:

  • el lenguaje, que combina lo popular con "poéticotorrencial", tan relacionado con el contexto geográfico en el que se ubica la novela. Mejor un ejemplo que, no sé si acertadamente o no, me lleva a pensar en Tomás González:
Subió hasta la cara rugosa del cadáver de abiertos ojos en cuyo fondo opaco se copiaba adentrado un reflejo de cielo estrellado, y halló que de esos ojos estrábicos por la muerte, como si quisieran mirarse al propio interior del cráneo, y de la nariz que era poco más que unos agujeros tenebrientos, hoy se escapaba la esencia de ese olor a muerte condensado en gotitas

  • los cambios de perspectiva. El peso de la novela recae en el líder de la manada de marimondas, pero Escobar Velásquez lo traslada a unas hormigas, un zorro, una lagartija, unas vacas o a un hombre, sin pudor y sin que la cosa chirríe.
  • la capacidad del autor para acercarse a temas profundos desde la más absoluta sencillez, en un tono casi de fábula.
Resumiendo: autor colombiano absolutamente desconocido por estos lares (me viene a la cabeza Álvaro Cepeda Samudio, de quien hace unos años se recuperó La casa grande y de quien nunca más se supo) y novela curiosa y recomendable en la que es fundamental, ¿cuándo no?, olvidarse de prejuicios y dejarse llevar por una selva en la que nada es lo que parece. ¿O tal vez sí?

viernes, 4 de octubre de 2024

Luis Carlos Barragán Castro: Parásitos perfectos

Idioma original: Español  
Año de publicación: 2024
Valoración: Recomendable

Parásitos perfectos agrupa trece relatos de distinta extensión escritos por el colombiano Luis Carlos Barragán Castro. En todos ellos hay elementos de ciencia ficción, toques weird o una interesantísima mezcla de ambas cosas. Algunos de ellos comparten escenarios o premisas.

¿De qué van? En "No es un metro, pero es algo" asistimos a un perturbador reencuentro. En "Simbiosis", al periplo de un adicto después de caer en las garras de una mafia. En "Cefalomorfos", a la reconciliación entre un hombre y su difunta hermana. En "Carretera negra", a la liberación que experimenta una profesora obesa tras adquirir un vehículo y unirse a una tribu de inconformistas. En "Maschalagnia", a las fantasías sexuales de dos individuos obsesionados con las axilas. En el relato que da nombre al conjunto, a un estudiante de PhD de Biología que se une a los «bio», un grupo que infesta voluntariamente sus cuerpos. En "Om-Phalos9", a dos pilotos eunucos que inician una relación. En "Centípode azul", a una anciana tiene la oportunidad de enfrentarse a su difunto marido. En "Túneles", a un hombre que intenta sobreponerse al hecho de que su pareja le dejara. En "La Cara", a un militar cuya reconstrucción facial le permite controlar a los demás. En "Amor de Gulgrumbo", al advenimiento de unas extrañas criaturas que surgen tras el consumo de una droga. En "Teología de los campos de fuerza", a un reducto de civilización en el que los religiosos ostentan el poder. En "Tinnitus", a un conflicto entre dos facciones presente en dos líneas temporales distintas.

Como decía antes, Siempre hay un toque de ciencia ficción o weird adornando estas premisas. La adicción de "Simbiosis", por ejemplo, es a memorias ajenas. La reconciliación en "Cefalomorfos" se da gracias a la mediación de unos hongos que adoptan la forma de cabezas humanas y tienen poderes telepáticos. La tribu de "Carretera negra" se dedica a entrenar a sus carros y a cazar y devorar otros. En "Túneles", la gente abandona sus vidas tediosas y sus responsabilidades sociales atravesando a un «módem».

Algunos de estos relatos comparten mundo. Un mundo para nada futurista, pese a las diferencias geopolíticas y avances tecnológicos que le diferencian del nuestro. Un mundo en el que existe Bogotá2 y Plutón ha sido conolizado. Un mundo en el que insectos de todo tipo se usan de mil formas distintas: como APF Decoder, como vehículo, como método adelgazante, como teléfono móvil, como compañero sexual, como cafetera y un largo etcétera.

En casi todos los relatos, compartan el mundo de los insectos o no, el worldbuilding es muy detallado. A fin de cuentas, cada mundo tiene modas, profesiones y moneda propias, por ejemplo. Asimismo, Barragán Castro explora a consciencia los conceptos barajados hasta exprimir todas sus posibilidades; gracias a esto se nos presentan ideas extremadamente ingeniosas, como por ejemplo las ONG que rehabilitan a «humanos-animal», el rol de los profesores cuando «los niños de 16 saben conceptos avanzados de mecánica cuántica y son capaces de reproducir las formulaciones matemáticas que dan origen al sistema de estándar de la física de partículas» o el grupo de apoyo de Pilotos Eunucos Asociados y Anónimos.

Las influencias de Barragán Castro son, en ocasiones, evidentes. Está claro que "Om-Phalos9" le debe mucho a la novela Crash de J. B. Ballard; asimismo, "Maschalagnia" o "Parásitos perfectos" parecen beber de mangas eroguro de Shintaro Kago sobre fetiches y parafilias. También a Kago recuerdan algunas de las ilustraciones interiores del volumen (de las cuales hablaré en breve), así como la imaginería de "La Cara". Sin embargo, Barragán Castro logra encauzar todas estas referencias hacia un estilo propio y aportar su enfoque particular.

Mis relatos favoritos del conjunto son los más longevos. A fin de cuentas, permiten a Barragán Castro poner a sus imaginativas premisas al servicio de búsquedas temáticas (la precariedad de los inmigrantes, la drogadicción, la corrupción política, la violencia de género, el desencanto vital, la frustración sexual, etc...). 

Los relatos breves, a excepción de un par, no me han gustado tanto. Y es que se limitan a entregar una idea creativa que, o bien carece de enjundia, o bien no es llevada al límite. A eso hay que sumarle que pueden antojarse un tanto reiterativos; a fin de cuentas, varios de ellos narran cómo una especie de parásitos se aprovecha de los humanos para expandirse, o relaciones homosexuales en las que alguna razón dificulta la intimidad sexual. Aun así, incluso estos relatos más flojos funcionan por la viveza de sus escenas, muy explícitas, turbias y desagradables.

Resumiendo: Parásitos perfectos es una antología irregular, pero personal, imaginativa y efectiva en líneas generales que gustará especialmente a los amantes de la ciencia ficción, el weird y el erotismo decadente. Yo mismo releeré sin duda algunos de sus relatos; seguramente los logradísimos e intensos "No es un metro, pero es algo", "Simbiosis", "Carretera negra", "Om-Phalos9" o "Teología de los campos de fuerza".

Ah, no puedo terminar esta reseña de Parásitos perfectos sin alabar las ilustraciones de cubierta e interiores que engalanan el volumen. Se las debemos, al igual que los relatos, a Barragán Castro y, sin ser excepcionales, destacan por la creatividad que dejan entrever; asimismo, el formato de las interiores, dispuestas al final de cada relato a modo de páginas de enciclopedia, resulta bastante pertinente.

viernes, 23 de febrero de 2024

Lina María Parra Ochoa: La mano que cura

Idioma original:
Español
Año de publicación: 2023
Valoración: Está bien

La mano que cura va sobre una familia desgarrada por la muerte del padre. También va sobre una madre y una hija que tienen «los poderes», y sobre cómo cada una de ellas aprendió a usarlos gracias a la intuición propia y la tutela de su mentora. 

Es el debut novelístico de la colombiana Lina María Parra Ochoa, y creo sinceramente que apunta maneras. A fin de cuentas, demuestra que la escritora sabe plantear historias con hondura emocional, estructurarlas a través de un desorden conveniente, redactar pasajes con solvencia y echar mano de recursos estilísticos efectivos cuando se tercia. 

Aun así, tiene margen de mejora, ya que acusa cierta repetición y las voces de los distintos personajes no siempre se diferencian tanto como debieran. A eso hay que añadir un par de decisiones narrativas desconcertantes: la tendencia a agrupar ideas en un solo párrafo cuando quedarían mejor divididas en varios, ciertos arrebatos poéticos que rozan la pretenciosidad y la tardía implementación del guion doble para señalar diálogos (si no me equivoco, se usa por primera vez en la página 84).

Por lo demás, la historia fluye correctamente. En ocasiones, insisto, se puede antojar repetitiva, y hay alguna escena que aporta información de manera apresurada (por ejemplo, aquella en la que se nos cuenta sobre la relación entre Ana Gregoria y Luz). Sin embargo, en general todo cala correctamente, se explican orgánicamente los acontecimientos pasados, se anticipan adecuadamente los futuros y se recurre a trazadas estilísticas efectivas (como bautizar tarde al padre para humanizarlo). Ya digo que Lina María Parra Ochoa apunta maneras.

miércoles, 11 de octubre de 2023

Álvaro Mutis: La nieve del almirante

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1986

Valoración: Recomendable


Seguramente la fama y el currículum de Álvaro Mutis se merecían algo más que las tres únicas reseñas que tiene en el blog, por buenas que fuesen, que lo son. Pero no se olvide el lector que en Un Libro Al Día vamos poco a poco tapando huecos y haciendo un poco de justicia, aunque sea a nuestra manera. Don Álvaro, que empezó como poeta, se pasó a la novela ya bastante mayorcito, iniciando una saga centrada en el personaje de Maqroll el Gaviero, siempre errante, viajero, navegante, buscador de negocios, aventurero. La nieve del almirante es el primer capítulo de esa serie.

De alguna manera Maqroll puede ser un alter ego del propio Mutis, como él nacido en las tierras altas de Colombia, y como él también empujado por las circunstancias hacia lugares lejanos, aunque por muy distintos motivos. El Gaviero recorre tierras y mares, sobre todo mares, a la caza de empresas prometedoras sin importar el esfuerzo ni la distancia. Su aventura ya tiene un recorrido cuando le conocemos al inicio del relato, y en esta ocasión nos lo encontramos embarcado en un planchón dispuesto a remontar un río en busca de unos misteriosos aserraderos con la expectativa de interesantes beneficios.

El río atraviesa enormes extensiones de selva, y la singladura la comparte Maqroll con otros tipos de trazas parecidas a las suyas:

'Y yo aquí remontando este río con un borracho mitad comanche y mitad gringo, un indio mudo enamorado de un motor diésel y un nonagenario que parece nacido de la tumefacta corteza de alguno de estos árboles gigantescos sin nombre ni oficio'. 

Y eso que para entonces ya habían desfilado por el libro otros personajes singulares, como un estonio oscuramente relacionado con los famosos aserraderos, un par de indígenas que no hablan pero se aplican al sexo sin tapujos, o un oficial del Ejército al mando de un destacamento en lo más profundo de la jungla. Personajes bien zurrados por la vida, que no le dan la espalda a ningún peligro siempre que el objetivo merezca la pena, gentes abrumadas por la humedad, el calor y la vegetación asfixiante que embotan los sentidos y liberan ensoñaciones. Gentes como esas parece que seguirán dominando las sucesivas historias de Maqroll, o al menos eso intuimos gracias a algunas de sus reflexiones, y admitiré que Mutis puede cargar algunas tintas de más en sus extravagancias. Eso le da sin duda color al relato y además, qué demonios, nadie que no fuese así podría decidirse a semejante viaje.

El libro puede leerse como novela de aventuras, aunque tampoco hay demasiada aventura, solo el largo y algo accidentado trayecto fluvial con esos tipos aplastados por el ambiente insano de la selva que todo lo domina. Pero en una capa un poco menos superficial puede leerse, y perdón por la expresión algo cursi, como un viaje interior, el cansancio de un hombre que parece condenado a repetir experiencias similares buscando el éxito que siempre termina por esquivarle. El Gaviero siente sobre sí, como los demás expedicionarios, la presión de un entorno hostil, inadecuado para el ser humano, y en las pocas ocasiones en que la enloquecedora vegetación lo permite, vislumbra muy lejos la cordillera, las tierras en las que sí se podía respirar y donde, deducimos también, vivió tiempos más felices y mantuvo una relación con cierta mujer que debe estar esperándole, o eso supone él.

El viaje de Maqroll es un poco el de cualquiera de nosotros, el viaje de una vida, con la perplejidad que a veces nos provoca, con los obstáculos que nos caen encima de improviso, o no tanto. El viaje es más o menos placentero para algunos, un infierno para otros, para la mayoría un recorrido lleno de muchas cosas que forman combinaciones muy diversas. El Gaviero es un perdedor, un hombre vencido por circunstancias que no controlaba y por iniciativas a las que se prestó de forma irreflexiva, buscando la oportunidad definitiva, la buena. Pero no se rinde, persiste en sus intentos quizá porque no sabe hacer otra cosa, con el entusiasmo poco a poco más apagado, pero que nos permite acompañarle en esta dudosa aventura, y disfrutar de paso de la prosa de este autor que escribe con moderada brillantez, con el ritmo bien sincronizado con el relato, siempre río arriba, en busca de algo que ni el personaje ni el lector sabe si realmente existe.

Otras obras de Álvaro Mutis en ULADAmirbarNocturnaLa última escala del Tramp Steamer


lunes, 2 de octubre de 2023

Álvaro Mutis: Nocturna

Idioma original: Español 

Año de publicación: 1953-1964-1985-1986

Valoración: Está muy bien

Con motivo del centenario del nacimiento de Álvaro Mutis se recopilan, en coeedición (lo que aquí sería una reseña a cuatro manos) de la española Libros del Kultrum y la mexicana Zalipoli, 14 nocturnos del, ganador, entre otros, del Cervantes o del Iberoamericano de Poesía Reina Sofía.

Pese a este último galardón, creo que la faceta novelista es infinitamente más conocida que la faceta poeta de Mutis. No diré que sea injusto, porque la saga de Maqroll el Gaviero me parece que tiene muchísima calidad, pero sí que creo que la obra poética de Mutis merece mayor difusión.

Independientemente de lo anterior, queda claro que no se trata de compartimentos estancos en la obra de Mutis, sino que podemos encontrar puntos en común entre la poética y la novelística del autor. Sirven como ejemplo ciertos temas (la desesperanza - la desesperanza como forma más alta de la lucidez y la belleza - , el desamparo, la historia y el pasado) y ciertas atmósferas y elementos (la lluvia, la naturaleza, los ríos) que nos recuerdan a las aventuras y tribulaciones de Maqroll. 

Así, hallamos en los poemas de Mutis noches que revelan tiempos remotos pero son incapaces de rescatar sucesos del olvido, noches que son vigilias para almas sin sosiego, noches plagadas de presencias inmutables, de poderes ocultos, noches que son puro recuerdo y alivio, noches que son prefiguraciones de muerte, etc. 

Pese a estas recurrencias, sí que se observan importantes diferencias entre los poemas "de juventud" y los poemas "de madurez" del autor. En aquellos, la mirada se dirige más al exterior, mientras que en los últimos esa mirada al exterior se vuelve hacia el interior, se carga de melancolía y resignación ante esos poderes ocultos que citaba y ante un final cada vez más próximo (pese a tentadoras encrucijadas)

Porque tiene radas la noche, dársenas tenuemente iluminadas, móviles vegetaciones de algas ansiosas que nos acogen meciendo pausadamente sus telones cambiantes, sus velos funerales

Por último, quisiera destacar la musicalidad de la obra. La preponderancia y repetición de ciertos fonemas, sonidos y/o sílabas en algunos párrafos concede a los poemas de Mutis de un ritmo singular, una cadencia de lluvia sobre los tejados que pueblan estos nocturnos (si jugamos a ser críticos, jugamos a ser críticos y nos flipamos todos).

            Dedos que acarician con distraída ansiedad las joyas de una empuñadura,                  un pañuelo entregado con febril disimulo, la mano que lo oculta con incrédulo fervor,...

Estamos, en resumen, ante una poesía accesible, nada elitista ni en cuanto a estilo ni en cuanto a forma, con temas absolutamente humanos y universales. Altamente recomendable, desde luego. 

También de Álvaro Mutis en ULADAmirbarLa última escala del Tramp SteamerLa nieve del almirante

jueves, 1 de diciembre de 2022

Albalucía Ángel: Los girasoles en invierno

Idioma original: Español 

Año de publicación: 1968

Valoración: Bastante recomendable

Si hay que entender la primera referencia de un sello como una declaración de intenciones, las de Lava Editorial parecen claras: optar por autoras marginales (y, hasta cierto punto, marginadas), por textos complejos, por una literatura híbrida, etc. O igual son todo suposiciones mías, vaya usted a saber.

Sea como fuere, el caso es que Los girasoles en invierno es un texto publicado originalmente en 1968, lo que lo sitúa en plena efervescencia del boom, pero que no tuvo apenas repercusión en su momento (además de por lo "curioso" que resulta que el boom fuera exclusivamente masculino) por tratarse, me temo, de una obra excesivamente experimental, compleja y alejada de los escenarios y estilo de la corriente central del "movimiento". Si acaso, su pariente más cercano podría ser la Rayuela de Cortázar, tanto por escenarios como por cierta sombra de la relación Horacio-Maga en la historia de Alejandra y José Luis.

Por el lado del estilo (en el que me extenderé algo más), la narrativa de Albalucía Ángel es fragmentaria como la memoria. En la novela, que vendría a ser la re(de)construcción de la relación entre Alejandra y José Luis así como el proceso de toma de conciencia de la protagonista sobre la incomunicación, la soledad, el amor y su posición en el mundo, se intercalan flujo de conciencia, diálogo, prosa poética, intertexto y narración pura para dar forma a recuerdos, reflexiones, observaciones, ensoñaciones, conversaciones o descripciones con los que se completan los dos procesos. Alejandra espera a José Luis y mientras tanto (y mientras llueve sin parar) mira a su alrededor, recuerda su historia, reflexiona, lee El hombre ilustrado de Bradbury (y esto es clave)... Saltos temporales, piezas de un puzzle ante el que uno se siente desorientado por momentos...

Por el lado de los escenarios, la novela está ambientada en París, Roma, Grecia, etc, y protagonizada por personajes vinculados al mundo del arte. Por tanto, el cosmopolitismo y lo urbano y la relación de su protagonista con ambos ocupa un lugar preferente en la narración, lo que la aleja de ciertos retornos a lo "primitivo" (entiéndase esto en su más amplio sentido) característicos del boom.

Podréis deducir de todo lo anterior que Los girasoles en invierno no es un libro fácil.  ¡O al menos para mi, que tuve que empezarlo de nuevo después de terminado el primero de sus cinco capítulos! Hecho esto, no sé si por haber conseguido entrar el mundo de la autora, porque la narración de "normaliza" (hasta cierto punto) o por una suma de las dos anteriores, acompaño a Alejandra en su recorrido vital y llego al final con la sensación de haber leído una muy buena novela por la que bien merece la pena el esfuerzo.

jueves, 24 de noviembre de 2022

Carolina Sanín: Los niños

Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: está bien

Hace unas semanas se produjo un cierto "escándalo" en el mundo literario en español (dentro de los límites de éste, claro) cuando la editorial mexicana Almadía rescindió el contrato para la publicación de los libros de la escritora y periodista colombiana Carolina Sanín, debido a sus supuestas ideas y declaraciones tránsfobas. No sé hasta qué punto éstas lo son ni me voy a meter a analizarlas, pues es un tema del que huyo como de un mono con una metralleta, ni tampoco a dilucidar si este episodio se ha tratado de un caso de censura, cancelación o libertad empresarial (sí quiero lamentar, no obstante, que el asunto haya acabado salpicando a nuestra admirada Mariana Enriquez, que abandonó Twitter a raíz de los comentarios hostiles que recibió por solidarizarse con Sanín), pero la cuestión es que me entró curiosidad por una autora de la que nunca había oído hablar e ignoraba si se trataba de una mera juntaletras o una escritora de mérito e interés, así que, como encontré esta novela, que tampoco es demasiado larga, me dispuse a leerla para poder ofrecer a los/as seguidores/as de Un Libro Al Día, a quienes tanto queremos y debemos tanto, la reseña correspondiente. Que ahí va:

La protagonista de la novela es Laura Romero, una mujer de mediana edad de Bogotá que vive con su perro Brus, y disfruta de una posición económica desahogada, pero, aun así y sin necesidad, trabaja de asistenta para unos ancianos. Un día, la mendiga que cuida su coche en el aparcamiento del supermercado al que suele acudir le anuncia, con unas enigmáticas palabras, la llegada de un niño. Y, en efecto, un niño de unos seis años aparece por la noche ante su casa y ella le cobija. A partir de aquí comienza un periplo burocrático y personal por parte de Laura y tras llevar al chiquillo -de nombre Elvis Fider, aunque ella le llama Fidel- a una institución de acogida, decide retomar el contacto y liego hacerse cargo de él por un tiempo.

Hasta este punto digamos que la narración, aun mostrando un tono algo críptico o hermético que parece denotar algo más oculto tras las apariencias (para que me entiendan los lectores/as de España, sobre todo, recuerda un tanto al de las novelas de Sara Mesa, en esos momentos en que sus tramas aún no dan la impresión de desvanecerse  como humo en el aire), pero a partir de ahí la cosa se despista un poco y la historia comienza a transitar de forma más errática por caminos que a veces bordean el absurdo onírico, e incluso el delirio, otras lo esotérico y, con frecuencia, el campo del terror -o incluso entra de lleno en él-; sin olvidar algún que otro gratificante momento humorístico (de un humor paródico-costumbrista que me ha recordado al del también colombiano Santiago Gamboa). Pero, en general, y pese a los asideros en forma de referencias literarias y cinematográficas -desde Gloria, de John Casavettes a Grandes esperanzas de Dickens- la sensación que transmite la novela es que su autora se ha dejado llevar por el impulso tras una premisa más o menos bien planteada, más que siguiendo un ruta trazada con mayor o menor rigor.

Esto no quiere decir que la novela se lea con dificultad o disgusto, bien al contrario; primero, porque, como ya he comentado, no es demasiado larga  y después, y sobre todo, porque Sanín es una buena escritora, capaz de mantener el interés del lector incluso cuando es evidente que ni ella misma tenía claro adónde quería llegar. La novela, pues, se puede leer como una historia sobre la soledad o sobre la crisis de la mediana edad en una mujer acomodada, como una parábola sobre la maternidad, a través de una madre sobrevenida - o "no-madre"- o como un melodrama acerca de la incomunicación y dificultad de relacionarse en las ciudades contemporáneas...yo qué sé, lo que cada cual prefiera (es la ventaja de las narraciones poco clasificables, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido). En todo caso, Carolina Sanín es una autora que tendré en cuenta en el futuro, con la esperanza de leer alguna novela suya más redonda.

lunes, 3 de enero de 2022

Fernando Vallejo: La puta de Babilonia


Idioma original: español

Año de publicación: 2009

Valoración: excesivo

En términos estrictamente literarios, la subjetividad dista mucho de poder ser considerada un defecto. Vallejo lo proclama desde la frase impresa en la portada: "tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar". Es decir, La puta de Babilonia es la materialización de una especie de venganza personal, venganza que Vallejo puede ejecutar con el altavoz que le procuran algunas de sus brillantes novelas, claro, de eso se trata, quizás, de erigirse en un autor consagrado para pasar a darse el lujo de publicar consciente de su repercusión.

Pero una de las cosas que pasan es que el apasionamiento excesivo tiene muchas acepciones peyorativas: obsesión podría ser una de ellas y ello da paso a la ceguera. Nada irresoluble cuando se cuenta con un estilo tan personal y percusivo como el del escritor colombiano, pero evidentemente un hándicap cuando se elige un tema tan delicado (más en estas señaladas fechas ) como es la Iglesia católica y todo su entramado que, y no es moco de pavo, le ha permitido dominar buena parte del mundo occidental, estar presente en la pura medición del tiempo, intercalar las apelaciones a su iconografía en el lenguaje del día a día, dominar buena parte del sistema educativo, acuñar expresiones, acaparar las celebraciones hasta que estas alcanzan un rango de inapelables, en resumen, penetrar de forma tan irreversible en las sociedades que incluso estados autoproclamados laicos parecen no poder desprenderse de su sombra intimidante. 

Vallejo dedica las trescientas y pico páginas de este ensayo a hostigar la Iglesia católica y desmontar sus mitos y ritos con aportaciones académicas que no voy a empeñarme en contrastar. Reparte en general hacia todas las instituciones religiosas, en especial las de los ritos monoteístas, y en esa reiteración se sintetizan las virtudes y defectos. Sin quererlo, hace proselitismo, aunque a mí no me haya acabado de quedar claro si Vallejo se expresa desde el ateísmo o desde una queja amarga sobre la comercialización de aquellas legítimas creencias que cada uno pueda tener. Sus diatribas no conocen límite y el discurso en este ensayo es algo atropellado e inconexo. Vallejo se queda un poco solo en su ¿púlpito? machacando sin descanso con las incoherencias de los textos bíblicos, con su escaso rigor científico, destripa minuciosamente hasta los aspectos más nimios (desajustes de fechas, idiomas de redacción, ubicaciones geográficas) y demuestra en este texto que se ha documentado con tesón. Pero creo que está, perdonad la expresión, predicando para una parroquia convencida. El propio título del texto, ya en sí una provocación de entrada, ya predispone al lector. No sé si Vallejo aspira a convertir, a convencer o a corroborar. Quiero decir, desde negar la existencia de Jesús de Nazaret hasta ridiculizar hechos descritos en los textos bíblicos, hasta atosigar con una retahíla de nombres que llegan hasta la actualidad (aquí no hay Papa que no reciba, desde los que eran crueles criminales hasta los recientes colaboracionistas, o miradores hacia otro lado, de las dictaduras europeas del siglo XX), y por el camino no son pocos los que reciben, ahora con cierto énfasis, Vallejo es un animalista convencido, en el generalizado maltrato que se da a las especies animales, ahora tratando con sorna y desprecio ilimitado a poderosas congregaciones como el Opus Dei, los jesuitas o los legionarios de Cristo, por muy ateo o escéptico con las religiones que uno sea, el texto resulta demasiado tenso e insistente, claramente sesgado y carente de concesiones. Valiente y desbocado, eso sí, sus pullas al Islam no se quedan cortas, pero el conjunto es tan insistente y, en muchos casos, repetitivo, que desmerece su loable intención.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Fernando Vallejo: Memorias de un hijueputa


Idioma original: español

Año de publicación: 2019

Valoración: cascarrabias

Fernando Vallejo cumple con el tópico: o se le ama o se le odia. Una virtud, desde luego, lo de no despertar indiferencia. Y sus obras siempre disponen de esa extraña cualidad en estos tiempos: primorosamente escritas y llenas de frases que son puñaladas. Ni un ápice de miedo a meterse con quien sea usando desde el más afilado eufemismo hasta el más directo insulto. Su coartada puede ser el registro autobiográfico, la pura creación o, como en este caso, una especie de jugueteo levemente paródico donde parecen convivir, de forma algo excesiva y desquiciada, pura mordacidad con una especie de autoparodia que combina elementos clásicos de la literatura del boom - esta es una novela, o un trasunto de novela de dictador con una muy actualizada puesta en escena. En Memorias de un hijueputa Vallejo demuestra ser un escritor de su tiempo y no hay pocas apelaciones al mundo digital.

Pero a Vallejo también se le puede volcar el tintero en la mesa o llenársele de bilis en exceso. Como si de un alter-ego se tratara, y convirtiéndose en una especie de Houellebecq centroamericano (o de Thomas Bernhard vivito y coleando con  la libido desbocada) ese es el tono dominante en esta novela, que casi podría definirse como un monólogo con muy poco aderezo externo o hasta, parafraseemos, una especie de dictado, que para eso están los dictadores y así se enorgullecen (en la intimidad) de ser calificados. Poca puesta en escena es necesaria: le explica a Peñaranda, supuesto biógrafo en la sombra, sus caóticas decisiones una vez en el poder, consistentes básicamente en un ajuste de cuentas continuo y cruel. Ordena ejecuciones a mansalva, incluyendo las de todos los anteriores mandatarios de su país, Colombia, en una especie de sueño enajenado al que no le falta aderezo alguno. Incluso cierta curiosa promoción: la guisa que crea Vallejo no deja de aludir a otro texto del autor, La puta de Babilonia, que toma como punto de partida para diatribas sin respiro, con varios focos muy concretos: Colombia como país y los colombianos como colectivo; las religiones monoteístas, los Estados Unidos, España y en especial el rey emérito (el cazador de elefantes). Ni una de esas gallinas (o gallos) deja Vallejo sin desplumar a base de prosa juguetona y ácida, una especie de martillo percutor que apenas descansa sino para tomar fuerzas. Lo cual es a la vez lo peor y lo mejor de la novela. Una obra para incondicionales, pues a cualquier no iniciado en la obra del de Medellín estas ciento ochenta páginas podrán hacérsele cuesta arriba. Vallejo emplea párrafos como mero apuntalamiento de otros. Casi se diría que resulta algo grotesco en su necesidad de mostrar (con personaje interpuesto) su rabia, por momentos desesperanzada, y sus pullas pueden agotar, aunque el mensaje vaya calando en el lector, aunque sea por las malas artes usadas. Prosa precisa y descarnada, gota malaya que penetra y ya sabemos lo que pasa con la gota malaya. Quizás lejos de ser su mejor obra, pero plenamente coherente con una evolución, vuelvo a referirme a Houellebecq, en que edad y condición personal deben pesar lo suyo. Y estas memorias mentirosas no son siempre fácilmente digeribles. Pero si lo fueran, no hablaríamos de ese outsider a su pesar que es Vallejo. 

domingo, 11 de julio de 2021

Andrés Caicedo: Calicalabozo

Idioma original: español

Año de publicación: 2008 (recopilación de textos desde 1969)

Valoración: bastante recomendable

La historia de Andrés Caicedo y su mito dentro de las letras colombianas es breve e intensa. Una producción a un ritmo vertiginoso y un suicidio a los 25 años, porque cualquier fase posterior a la infancia no merecía la pena ser vivida. Un apetito voraz por la lectura, por la música (que protagoniza el título de su obra más célebre) y por el cine, aficiones las tres que se filtran en los relatos de esta recopilación  de diversas fechas, empezando por 1969 donde un escritor de prodigiosa madurez ya muestra un aplomo narrativo y una capacidad de transmisión que, en este caso se circunscribe a textos situados en un entorno de aires ligeramente costumbristas, como si estuviera avanzando los textos de barrio de escritores como Junot Díaz, sin la intertextualidad, mejor dicho, sin una intertextualidad explícita, porque aquí el protagonismo es cedido, al menos esa sensación desprende el conjunto, por los protagonistas de carne y hueso al escenario físico, que es la ciudad de Cali, tierra del escritor en la que transcurrió su corta existencia.

Y en ese escenario se ubican relatos escritos desde los 18 años, en los que va aflorando la efervescencia de una ciudad vivaz, extrema, bulliciosa, repleta de una sensualidad no explícitamente carnal ni tampoco de una violencia estereotipada. La perspectiva de Caicedo es aguda y a la vez ácida pero no creo que haya que recurrir al tópico de la precocidad. Algunos relatos iniciales pueden parecer meros ejercicios de estilo en que no falta cierta ingenuidad. En otros ya se apunta una evolución: los relatos dejan de usar la primera persona y empiezan a combinar diferentes voces. Conjugan angustia y desazón tardoadolescente con curiosos arrebatos de erudición, con Caicedo dejando desfilar todos los nombres que conforman sus influencias, no siempre, como apunté del ámbito estrictamente literario. Ahí es un adelantado a su momento,  solo se me ocurre Cortázar como ejecutor de relatos donde elementos de la cultura contemporánea irrumpen de forma constante. Otro elemento determinante es el uso del caleño, repleto de modismos y contracciones que no siempre son amables con el lector ajeno a sus giros: alguno de esos cuentos se me ha hecho difícil de seguir y culminar. Pero imposible mostrarse opaco a tanto talento: Caicedo sería ahora un autor en edad de pleno rendimiento literario y prefirió, fiel a los postulados, vivir rápido y dejar un bonito cadáver. Cuestión que hay que lamentar pero que, a tenor de su profusa obra y su determinación, parece obedecer a un plan, y eso hay que respetarlo.


miércoles, 5 de mayo de 2021

Evelio Rosero: Los almuerzos

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2009

Valoración: Entre recomendable y Está bien


Tengo sensaciones contradictorias con este libro. Me cautivó completamente al principio, y algo más adelante, tras algunos altibajos, noté que se me desinflaba (si es que un libro se puede desinflar), que algo estaba ocurriendo para que esas expectativas quedaran digamos a medio camino. Puede que no fuese para tanto aquella impresión inicial, o puede que tampoco mereciese después mi decepción, que a veces ocurre que uno se entusiasma demasiado con una idea y acaba juzgando con demasiada severidad lo que no alcanza lo esperado. También es cierto que todo esto correspondía más bien decirlo al final de la reseña, pero permítanme la licencia por esta vez. (Y olvídense por favor de la absurda cubierta, que tiene muy poco que ver con el contenido)

Tenemos un escenario claro y definido, una parroquia creo recordar que situada en Bogotá, y unos personajes de indudable aroma clásico: el cura, claro está, un señor que parece bastante riguroso y dedicado por entero a su oficio. Un sacristán huraño ('un círculo negro, un pozo') que vive en las dependencias eclesiásticas con su ahijada Sabina. Tres mujeres de personalidad intercambiable, sobre las que no tenemos siquiera una descripción vaga, las típicas meapilas, solteronas o viudas, no se sabe y tanto da. Y lo mejor de todo, Tancredo, un jorobado que hace labores de intendencia a cambio de cobijo y una promesa siempre incumplida de financiarle los estudios. El jorobado en la iglesia, claro, personaje con algo de gótico, imprescindible para servir a un relato oscuro, sobre todo cuando hay alguna mujer joven en las cercanías. Aunque en este caso, lejos de Quasimodo, se trata de un joven musculoso para quien la tarea más penosa es atender los almuerzos de caridad que el páter organiza a diario.

Vamos, un reparto que nos retrotrae a viejas historias que conmovieron a nuestros abuelos (y a algunos guionistas de cine), y que Evelio Rosero hace funcionar con soltura en los primeros compases del libro. En un entorno por sí mismo muy asfixiante, Tancredo muestra síntomas de una confusa pulsión homicida (o suicida); la pobre Sabina, de momento en un segundo plano, tiene todos los boletos para ganar un protagonismo que puede ser esplendoroso o espantoso; y las viejas por supuesto tendrán también mucho que decir o hacer para provocar algún desaguisado. Los personajes están muy bien definidos (o sabiamente indefinidos), y tenemos suficientes atisbos de cosas que pueden ocurrir, y zonas de sombra que anuncian posibles desarrollos. Pero lo mejor de todo es que el ambiente y la propia prosa de Rosero nos llevan sin remedio a pensar en García Márquez, con situaciones que bordean los límites de lo verosímil, la tragedia agazapada en las esquinas de un escenario popular, el absurdo cruzándose con lo cotidiano. Es una delicia, un descubrimiento.

Ocurre que de golpe surgen varias líneas argumentales y aquí parece que perdemos un poco el norte. Tampoco es nada raro jugar un poco a desorientar al lector, pero tras algunas escenas francamente llamativas (y divertidas) y otras injustificadamente largas, esos hilos no terminan de entretejerse de forma convincente. Y claro, estamos hablando de una novela que no llega a las 150 páginas, lo que indica que, o las distintas trayectorias engarzan rápido y con todo el sentido, o es inevitable la sensación de relato fallido. Y nada impide tampoco que se dejen a propósito cabos sueltos, pero igualmente deben estar al servicio de un tronco que los justifique. Si todo esto no se consigue, o no del todo, queda la sensación de relato deshilachado, irregular, de algo sin rematar que en este caso contrasta demasiado con ese excelente arranque al que me refería antes.

Claro está que aunque uno sea lector habitual y constante, eso no le hace infalible, y es perfectamente posible que lo que a mí me han parecido espacios vacíos o rellenos gratuitos haya lectores que lo sepan apreciar mejor. El libro se lee con agrado y tiene varios momentos memorables (la misa cantada, el episodio de los gatos), así que me encantaría que haya quien se decida y nos dejase una opinión mejor fundada y más favorable que la mía.

También de Evelio Rosero en ULAD: La carroza de Bolívar

miércoles, 27 de mayo de 2020

Gabriel García Márquez: Ojos de perro azul

Idioma original: español
Año de publicación: Dispersos: 1947-
1955, en forma de libro: 1974.
Valoración: Muy recomendable




Una vez leí en algún manual que la semilla del árbol contiene el árbol completo, con sus raíces, tronco, ramas en que se va dividiendo y hasta la menor de sus yemas, sin olvidar las flores y los frutos. No es que vayamos a ver, claro está, una maqueta de ese árbol, ni siquiera microscópica, lo que posee esa semilla son las instrucciones para transformarse en algo muy grande, igual que un joven que busca su primer trabajo puede, si lo lleva en sus genes y siempre que las circunstancias no lo impidan, convertirse en un genio. Ojos de perro azul es algo más que una semilla del Gabriel García Márquez posterior, los relatos que componen el volumen son en realidad pequeños poemas en prosa –y si esperamos que nos cuenten una historia coherente quizá nos defrauden un poco– en donde se encuentran perfectamente definidos: el realismo mágico tal como el autor lo concibió y desarrolló en su obra más madura, sus mecanismos mentales, fuentes de inspiración, obsesiones y recursos característicos de una prosa perfectamente reconocible. En ellos no vamos a encontrar una historia al uso porque no ocurre nada que pueda describirse con palabras, y cuando creemos estar tocando, por fin, algo concreto, el desenlace se nos desintegra entre los dedos ya que pertenece, una vez más, al reino de lo simbólico. El que se cuenta a sí mismo es el propio autor, a él, sus contemporáneos y al devenir de la sociedad, y lo hace mediante metáforas y símbolos, con el lenguaje ancestral de los relatos de su tierra, que pertenecían al reino de lo mítico hasta que él los desenterró y los dotó de una nueva vida, a su medida y a la de le época que le tocó vivir.
No creo que nadie tuviese nunca la menor duda de que allí había talento, de que ese misterio y esa magia debían darse a conocer, de que la belleza del lenguaje y esa realidad tan íntima e inasible encerraban un valor evidente. Pero aunque había precedentes, pues el boom latinoamericano estaba empezando a ser un hecho e incluso contaba con precursores que habían anunciado su eclosión, G.M. no era aún más que un joven periodista que escribía raro en el fondo y en la forma. Raro y bonito, sí, pero en definitiva raro. Y difícil de entender, que casi es peor. (Y menos mal que en esa época lo monetario no era tan prioritario como hoy día). Por eso fueron publicándose pero esporádicamente en la prensa, y no llegaron a reunirse en un volumen hasta 1974, cuando el éxito de Cien años de soledad (1967) era clamoroso y el autor tenía ya otras obras en su currículum.
Así que, para situar a quien todavía no se haya acercado a ellos ni conozca demasiado a G.M., podríamos decir que, en lugar de catorce relatos, Ojos de perro azul reúne catorce fogonazos de ingenio, tan extraños y herméticos que solo hay una forma de abordarlos: dejarse llevar por su belleza, por ese torrente verbal e imaginativo concebido hace tres cuartos de siglo, como si escuchásemos una melodía, sin hacernos preguntas para no interrumpir su trayectoria. Solo entonces –y tampoco aseguro nada– lograremos encontrarle algún sentido.
Pero la prosa de G.M., sobre todo la de este libro, no solo se acerca a la poesía moderna por su hermetismo, su carácter simbólico, su ritmo y la belleza de sus imágenes, coincide también en la temática –amor y muerte– y en el propósito de descubrir algo que permanece secreto y nunca pertenecerá al mundo cotidiano. Y esto solo se consigue utilizando recursos rítmicos comunes a la lírica: repeticiones, paralelismos, contradicciones, vueltas atrás en la línea temporal etc., porque estas piezas son una pregunta continua acerca de esas dos cuestiones que, por otra parte, son las que siempre han interesado a los poetas y que se repetirán como un mantra a lo largo de toda su obra. Pues ¿qué es Cien años de soledad sino una oda a lo efímero?
Es evidente que quien se hace preguntas es porque no tiene las respuestas, de ahí que todo sea confuso, relativo y contradictorio. Los muertos piensan (Eva está dentro de su gato), no saben si lo están (La tercera resignación, Tubal-Caín forja una estrella y La otra costilla de la muerte) o no lo están del todo (Alguien desordena estas rosas), hay quien está muerto en vida (La noche de los alcaravanes y Amargura para tres sonámbulos) o quien se vive a través de un espejo porque está sepultado en la rutina y necesita un doble para desahogar con él su frustración (Diálogo del espejo) o quien ha sido enclaustrado durante décadas y acumula energía para resucitar de repente y con fuerzas renovadas (Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, donde encontramos, creo, la mayor crítica social de todo el libro) o la vida no es vida porque consiste en una espera permanente de algo que nunca llega a ocurrir (Un hombre viene bajo la lluvia y Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, donde utiliza ya el topónimo que luego convertiría en mítico) o porque es imposible comunicarse con el otro (De cómo Natanael hace una visita). En cuanto al amor, se vive como una danza entre dos seres que van y vienen por el tiempo y el espacio observándose mutuamente (Ojos de perro azul) y si hay algún amor auténtico acaba frustrándose frente a quien lo utiliza como moneda de cambio (La mujer que llegaba a las seis).
El tono es melancólico pero no triste, desencantado sin caer en la desesperación. Y es que siempre nos salvará la belleza.

Todas nuestras reseñas de Gabriel García Márquez: Aquí

domingo, 10 de mayo de 2020

Tomás González: Primero estaba el mar

Idioma original: Español
Año de publicación: 1983
Valoración: Muy recomendable

La primera página de la edición que yo he (re)leído de “Primero estaba el mar” tiene, si no me equivoco, veinte adjetivos. Tres de ellos se repiten: sucio (3 veces), despoblado (2 veces) y oscuro (2 veces). Entre los que solo aparecen una vez, destacaremos secas, polvorientos, entumecidos, desapacibles, aturdidas, viejos, silencioso… No es casualidad, es el tono general del libro ya desde la página 1.

En esa primera página asistimos a la llegada de J y Elena a una finca junto al mar, a un retiro que tiene tanto de huida – de hecho venía huyendo de cierta racionalidad oprobiosa – como de búsqueda de una última utopía, lo que podría sugerir una lectura también política del libro.

Desde ese primer momento, la sensación de decadencia, de ruina y de desastre inminente sobrevuela la historia, ya sea a través de los escenarios (una casa desordenada y polvorienta, una selva ingobernable), del medio (un mar con olor a manglar, que huele a podrido, mezcla de vida y muerte), de las condiciones (un clima caliente, húmedo y lujurioso) o de las propias notas que va dejando el narrador. El paso de las páginas viene a confirmar que no es solo una sensación, que, pese a los sucesivos intentos de redención, el desastre económico, personal y moral es ineludible.

Es, por tanto, una novela simbólica y sensorial. Por un lado, todo - el mar, la lluvia, la madera, el semental - puede y debe ser entendido como la representación de algo más profundo; por otro, los olores y los sabores, a fritanga, a sudor, a alcohol…, nos sumergen y sumergen a los protagonistas en un estado letárgico en el que luz y oscuridad alternan peligrosamente.

Varios son los aspectos a destacar en esta novela:
  • La ya citada recreación de una atmósfera asfixiante, que oprime al mismo tiempo al lector y a los protagonistas de "Primero estaba el mar".
  • El tratamiento de la violencia en sus más variadas formas.
  • El lenguaje, poético en las descripciones y coloquial en los diálogos pero siempre conciso, utilizado por Tomas González.
  • La tensión que se mantiene pese a que algunas informaciones aportadas por el narrador revelan el desenlace de la historia. En este sentido, es algo similar a la formación de una tormenta. Ves los rayos y escuchas los truenos en la lejanía, sabes que se acercan y sabes que la lluvia va a descargar, pero tu sigues allí, esperando.
  • J., un antihéroe de manual, mezcla de literato, anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippy y bohemio sin ninguna chance de sobrevivir que intenta, sin demasiada convicción, buscar una salida en compañía de Elena, personaje desbordado por las circunstancias.
Vale, ¿y por qué no un imprescindible? Pues por una cierta sensación de algo ya leído, por la falta de ese punto de originalidad que solo algunas obras tienen. Así, por ejemplo, las referencias al Conrad de "El corazón de las tinieblas", al Cepeda Samudio de "La casa grande" o la narrativa sureña norteamericana son inevitables. Pese a esto, "Primero estaba el mar" es una muy buena historia muy bien contada. Un muy buen libro.

domingo, 5 de enero de 2020

Ingrid Rojas Contreras: La fruta del borrachero


Idioma original: inglés
Título original: Fruit of the Drunken Tree
Año de publicación: 2019
Valoración: Está bastante bien



El borrachero es el árbol productor de una sustancia llamada popularmente burundanga que se caracteriza por anular la voluntad de quienes la consumen, de ahí que haya sido utilizada por algunos delincuentes para asegurarse la complicidad de sus víctimas. Fue una entrevista radiofónica a Rojas Contreras lo que despertó mi interés. Se trata de una primera novela, de inspiración autobiográfica y contenido histórico, quizá demasiado ambiciosa para empezar, ya veremos lo que le depara el futuro.
El punto de partida es autobiográfico, pero la experiencia se distorsiona tanto que puede considerarse ficción pura. Narra la trayectoria de un matrimonio y sus dos hijas a finales de los años 80 y buena parte de los 90 del siglo pasado, con el telón de fondo de los convulsos sucesos que marcaron a la sociedad colombiana de entonces: entre otros, el asesinato de un candidato presidencial, la captura y muerte del narcotraficante Pablo Escobar y los grandes desastres que produjo la actividad guerrillera a todos los efectos. Dos voces están a cargo del relato: la hija menor de la familia y la preadolescente que contratan como criada. Esta última resulta algo más creíble, pero Chula, la más explícita y locuaz y a quien conocemos con solo siete años, resulta un personaje muy forzado. Al ser ella quien debe poner al corriente al lector acaba convertida en una especie de híbrido, muy poco creíble, entre criatura alocada y alguien que discurre y está tan informado sobre las cuestiones de actualidad como un adulto. Por otra parte, muchos de los sucesos que ya forman parte de la historia la encuentran casualmente en primera fila. No obstante, como los ojos de una niña tienen un alcance limitado, apenas se nos dan explicaciones y lo que vemos es confuso y ambiguo. Recurso este que en realidad no es más que un pretexto para eludir información relevante sin que se note demasiado.
El resultado es una trama algo blandengue y previsible –que a veces recuerda a esos relatos de aventuras protagonizados por adolescentes– a pesar del enorme dramatismo de los hechos, de que se vive demasiado rápido y las vidas no tienen ningún valor. Conocemos asesinatos de niños y adultos, evasiones y capturas, secuestros reales y en grado de tentativa, territorios arrasados, un fuego cruzado presenciado por dos niños pequeños, alguien que enloquece, palizas, persecuciones, liberaciones, exilios, vivencias que causan traumas de por vida, una violación seguida de embarazo. Pero los adultos –que no resultan mucho más coherentes– viven en un mundo paralelo mientras las niñas campan a sus anchas sin demasiada justificación. Y es que ni siquiera las relaciones personales están bien reflejadas, ni se entiende por qué un árbol tan peligroso –eje central de un episodio bastante delirante– se ha plantado a propósito en una vivienda, menos aún si en ella hay menores. Es verdad que hay momentos de gran tensión dramática, que la mayoría de los personajes suscitan simpatía o rechazo, que la intriga se mantiene la mayor parte del tiempo y que puede resultar bastante entretenida, pero nada de esto convierte a La fruta del borrachero en una novela excepcional.

viernes, 11 de octubre de 2019

Gabriel García Márquez: Relato de un naúfrago

Idioma original: español
Año de publicación: 1970
Valoración: muy recomendable

Una entre mis muchas carencias como lector es no haberme especializado aún en ninguna de las figuras del "Boom". Puede que se trate de una mera lejanía generacional, sí, será sobre todo eso el hecho de que no haya vivido en primera persona ese fenómeno literario en espectacular eclosión hace ya unas cuantas décadas. Lejanía generacional, que no física. García Márquez firma en Barcelona, 1970 (supongo que en su famoso piso en el barrio de Sarrià) el brillante, por revelador y por muchas cosas, prólogo a este curioso relato, menos de 150 páginas, puede que parezca una obra menor, claro. Pero menos tenía El coronel no tiene quien le escriba y menudo portento de novela. Aún así, quizás haya de considerarse una obra de excepción, al margen de la florida imaginación del fallecido autor colombiano, tratándose, la explicación en el prólogo representa todo un "entrante" en calidad literaria, de una obra que había sido previamente publicada en prensa, de hecho, de una especie de resumen de esos artículos, constituida, celebridad obliga, en una obra redonda en lo literario pero más enmarcada en lo que podríamos definir como escenificación de un eventual diario de a bordo, basado en hechos reales y fruto de las diversas entrevistas mantuvo con el protagonista.

Porque el título, curiosamente apoyado por un florido párrafo, el horror de aquellos que temen el spoiler que subtitula de forma contundente y que, él solito, ya representa una declaración política, un sutil y poderoso puñetazo al poder público.

Porque el naúfrago es un marino, Luis Alejandro Velasco, un militar tripulante de una embarcación de guerra, un destructor, que, en una rutinaria misión y bajo diversas irregularidades, da un bandazo en el mar y pierde a varios de sus tripulantes, todos ellos miembros de la Marina de Guerra de Colombia, todos ellos menos Velasco fallecidos, Velasco entonces único superviviente, naúfrago, héroe de aquellos que merece distinciones, oropel, reconocimiento y placas colgadas por doquier con políticos y gobernantes prestos a tirar de las correspondientes cortinillas.
Pero Colombia era una dictadura entonces con un férreo control de medios de comunicación y opinión pública. Y si todo es política, hasta el acto más nimio, qué puede ser un episodio de heroicidad en manos de un escritor haciendo de periodista. A García Márquez le fue imposible atajar la repercusión de este escrito, que traspasó la barrera del relato de aventuras para convertirse en sus lecturas directas, y en las indirectas más aún, en un alegato que las autoridades se aprestaron en silenciar (otra vez conviene leer el texto subtítulo de la portada, apenas cuarenta palabras que representan no solo la mejor sinopsis producto del mismo autor, sino la precisa descripción de lo sucedido sin un ápice de añadido, pero así son las cosas, la realidad desnuda duele).
La narración carga también en lo psicológico, como si resonancias de Melville y Kafka se asomaran a la balsa, como si el mar y las especies que la habitan fueran criaturas de Lovecraft. Velasco en el agua diez días preso de esperanza y liberado por alucinaciones, las aletas de los tiburones, la evocación de los compañeros fallecidos, el leve tono de fantasía aportado por el convencimiento de que esa aventura representará el fin de su recorrido vital, la recepción cuando es rescatado en un pequeño pueblo costero alejado de las cuitas de la centralidad política de las naciones. Como simple relato, ya sería una crónica muy notable, sencilla y sincera. Si empezamos a añadirle capas, podríamos llenar párrafos y párrafos. Literatura peligrosa.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Álvaro Mutis: La última escala del Tramp Steamer


Idioma original: español
Año de publicación: 1989
Valoración: Recomendable




El auténtico viajero no suele ir acompañado, debe tener un temperamento individualista, incluso algo huraño, que convierta su aventura en un descubrimiento constante. La última escala del Tramp Steamer es una novela corta protagonizada por uno de ellos, un solitario que apenas necesita del contacto humano, un vividor que se dedica a transportar las mercancías más variadas de una punta a otra del mundo recreándose en lo que ve y oye e interviniendo lo menos posible. De ahí que los personajes sean escasos y tengan poca relevancia. Solo dos personas, Iturri y Warda, merecen su atención y por tanto la nuestra, también un barco: el Alción, cuya peripecia se narra como si fuera humano. Las escenas dónde aparece son pura poesía en la que Mutis, al revelar su decadencia, consigue fascinar al lector con la imagen de algo (alguien) viejo, feo, inservible, miserable y sucio. Pero ese cacharro maltrecho ha vivido, ha ejercido su función y en su aspecto va incluido el honor de las glorias pasadas.
Finalmente, asistimos a su agonía: El Tramp Steamer, batido por la corriente a fuertes sacudidas, se iba destrozando ante nosotros. Era como ver una bestia prehistórica acabar despedazada por un enemigo omnipresente y voraz. Por fin, los dos trozos en que se había partido se fueron alejando en opuestas direcciones, hacia las orillas y, de pronto, desparecieron…” 
El narrador se convierte en oyente al activarse una confidencia que llega a durar varios días. Un intercambio de papeles que quizá no sea tal, porque ¿cuánto hay de Iturri en el protagonista y de este en el vasco? Sus identidades, si no intercambiables, tienen tantos puntos en común, tanto pasados como presentes, que -me arriesgo a afirmar- además del fracaso y la vida itinerante, aquí se plantea un tercer asunto: el del doble. Temas universales donde los haya pues, tal como Mutis reitera a lo largo de su obra, toda vida es un viaje repleto de riesgos y todos, de alguna forma, somos o seremos derrotados por ella. En cuanto al doble, ese gran misterio de la literatura, tan atractivo como imposible de desentrañar, muchos y muy grandes lo han tratado repetidamente. 
El relato no tiene nada de extraordinario, lo amplifica ese espacio tan reducido y monótono, la cubierta de un barco que hace las veces de escenario en el que se desarrollan los hechos narrados por Iturri. Y eso es todo, prácticamente, porque lo que ocurre es lo de menos: un amor tan irreal como idealizado y algunas coincidencias. Lo que importa es la mirada del protagonista y los sentimientos que esas vivencias provocan. Pura introspección que representa para nosotros todo un viaje en el tiempo y para los personajes dos mentalidades opuestas, dos visiones del mundo que se pueden sintetizar en dos palabras: Oriente y Occidente.
Alvaro Mutis es un escritor fundamental, por su estilo, su complejidad y, sobre todo, porque no se parece a nadie, es el paradigma del autor muy vivido que utiliza su experiencia para componer una obra única y personal, alguien. que de ningún modo debe caer en el olvido. Su personaje más conocido, Maqroll el Gaviero, aparece aquí muy tangencialmente. Los de esta novela en concreto, cada uno a su manera, transpiran la melancolía de la derrota, la del narrador, la de Iturri y la del propio novelista.
Una lectura que no aconsejaría a quien esté buscando grandes sorpresas o emociones fuertes. Aquí la anécdota es mínima, para disfrutarla hay que dejarse envolver por la prosa, por sus evocadoras descripciones, por la recreación de los lugares más variopintos, pero sobre todo por su atmósfera.

 Del mismo autor en ULAD: Amirbar, NocturnaLa nieve del almirante

domingo, 4 de agosto de 2019

Juliana González-Rivera: La invención del viaje

Idioma original: Español
Año de publicación: 2019
Valoración: Está muy bien

Juliana González-Rivera nació en Colombia en 1985 y en estos 34 años ha vivido, según ella misma cuenta, en Bogotá, Medellín, Estocolmo, Madrid, Barcelona, etc. Quizá este trasegar por el mundo, unido a su formación académica (González-Rivera es Doctora en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid), haya sido clave para un interés por la literatura de viajes en su más amplio sentido que desemboca en la tesis doctoral que con el sugerente título de La primacía de la información en la escritura del viaje: estrategias narrativas del escritor viajero sirve de base a este magnífico ensayo.

El texto se divide en dos partes: "El viaje como universo" y "Breve historia del viaje y su relato". La primera de ellas se centra en el hecho en sí del viaje. Resulta curioso comprobar, en esta época de tours organizados, de  macrocomplejos hoteleros que lo mismo pueden estar situados en Varadero, Bali, Tenerife o Acapulco y de turismo de masas, cómo el viaje ha sido a lo largo de la historia algo tremendamente individual. No importa el motivo del viaje (aventura, cruzada, expedición científica, ocio, comercio, etc) ni la época (la antigua Grecia, Roma, la Edad Media, el siglo XIX, etc). Incluso tampoco importa que el viaje como tal no exista (viajes psicotrópicos, por ejemplo). Cada viaje y cada viajero son uno y las impresiones que estos nos transmiten son algo plenamente subjetivo. Esto no impide reconocer que las circunstancias sociales, culturales o económicas de cada época condicionan la actitud del viajero y que en casi todos ellos hay un afán de conocimiento y una búsqueda de la alteridad, pero los resultados varían enormemente de un viajero a otro. Otras dos cuestiones más a destacar son una cierta desmitificación del viaje y la constatación, una vez más, de la escasa presencia de la mujer en este ámbito. La primera puede parecer una obviedad, pero lo mismo que el viaje ha servido (y mucho) para acercar culturas o ampliar horizontes, también ha servido como instrumento de los poderosos para el expolio y la destrucción. La segunda tiene que ver con la "batalla del relato". Los viajeros nos han contado, explicado, inventado... el mundo a lo largo de la Historia. Siendo la participación de la mujer prácticamente nula, por desgracia, resulta obvio que el relato ha sido y es (esperemos que no será) sesgado e incompleto.

La segunda parte ("Breve historia del viaje y su relato") es un recorrido cronológico a través del viaje y la escritura - el viaje está en el centro y el origen del acto mismo de escribir - desde los primeros textos sumerios y egipcios hasta la actualidad. El principal mérito de la autora, además del ingente trabajo de documentación que se intuye detrás de toda la obra y del que dan fe las 20 páginas del notas al texto, reside en hacer esta parte entretenida y didáctica al mismo tiempo. González - Rivera nos lleva por el antiguo Egipto y la primera "guía de viajes" que fue el Libro de los Muertos, por Mesopotamia y la primera narración convencional (según nuestros estándares) que fue el Libro de Gilgamesh, por el boom para la literatura de viajes que fueron Grecia y Roma con sus míticas narraciones, por las sagas y epopeyas nórdicas y por los textos chinos y árabes de la Alta Edad Media, por las guías para peregrinos y mercaderes, por el resurgir de la literatura de viajes debido al Imperio Mongol y al descubrimiento de América... Podríamos seguir por los tour europeos de formación tan en boga en el siglo XVII y XIX, por Humboldt, Byron, los aventureros polares, periodistas, etc. La profusión de nombres, títulos, referencias, etc. es tremenda, pero no marea. Al contrario, sirve perfectamente para ilustrar cómo ha evolucionado el viaje y el viajero, cómo ha variado la función de los textos (explicaciones más o menos metafísicas, etnográfica, antropográfica, divulgativa, informativa, etc) y por dónde puede o debe seguir la literatura de viajes.

En fin, queridos lectores. Estamos ya en pleno mes de agosto, mes de vacaciones por excelencia por estos lares. Quizá no sea mal momento para acercarse a este libro y plantearse algunas de las eternas preguntas:  ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?. A lo mejor la respuesta no nos gusta (o igual sí, a saber), pero ahí está la gracia. ¡Feliz verano!

P.S.: Me encanta la portada del libro, diseñada por Elsa Suárez Girard (todo hay que decirlo)