Mostrando entradas con la etiqueta divulgación científica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divulgación científica. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de enero de 2026

Lorenzo Fabrizzi y Maria Fitzgerald: La representación de la nocicepción y el dolor en el cerebro en desarrollo

Idioma original: Inglés

Título original: The representation of nociception and pain in the developing brain

Traducción: Sin traducción al español

Año de publicación: 2025

Valoración: Muy recomendable

Está de más decir que la mayoría de los "debates" en YouTube o podcasts están protagonizados por gente ignorante, llenas de prejuicios y de segundas intenciones. Uno de los temas favoritos es el aborto, que enfrenta a izquierda vs derecha, hombres vs mujeres, ateos vs religiosos, etc.

Siguiendo los principios que aprendí de Erasmo (leí su biografía hace poco), evitaré posicionarme a favor o en contra, pero el artículo que les comparto hoy trata un punto necesario en la discusión: la fenomenología del dolor. ¿Es inmoral hacerle daño a alguien que no siente dolor? ¿Qué tal a alguien (o algo) que ni siquiera ha desarrollado la capacidad para sentirlo? En la mayoría de las discusiones sobre el aborto, en los cuales se presenta la capacidad de un feto para experimentar dolor (o incluso de tener una conciencia de su medio), se comete el error de no hacer una clara diferencia, primero, de terminología (dolor, nocicepción, estímulo nocivo) y, segundo, de la diferencia a nivel de subjetividad de dichos fenómenos. 

¿Un perro siente dolor, o solo emite un chillido como acción refleja ante un estímulo nocivo? ¿El masoquista, siente dolor, o solo encuentra placer en estímulos nociceptivos? ¿Un feto siente dolor? Este artículo aborda esa cuestión clave, a un nivel diferente, pero que se puede extrapolar a la vida intrauterina. 

"El cerebro es necesario para experimentar dolor porque es donde las señales sensoriales son interpretadas y dotadas de significado. Cuando el cuerpo se enfrenta a un estímulo nocivo, las señales viajan por la espina dorsal y el tallo cerebral hacia el cerebro. Si dichas señales no llegan al cerebro, estas señales solo permanecen como datos (...). "

Dicho de otra manera, el dolor es el resultado de la integración de estímulos nocivos con otros factores para que puedan ser interpretados como dolor: anticipación, estado de ánimo, atención, etc.  

"Estímulos nocivos, que provocan daño a tejidos, evocan fuertes reacciones motoras y fisiológicas en los niños pequeños. Dichas reacciones son usadas como medidas sustitutas para evaluar el dolor en niños en escenarios clínicos. Sin embargo, estas reacciones son mediadas de manera subcortical y no significan necesariamente una representación del dolor en el cerebro."

Además, y de manera importante para el debate en cuestión, el hecho de observar cambios fisiológicos o motores en un individuo no necesariamente significa que se esté experimentando dolor. Pueden ser solo reflejos producidos por parte más primitivas del cerebro.

Este artículo aborda dichos mecanismos y métodos para evaluar señales en el cerebro que puedan ser representativas de la experimentación del dolor hasta niños pretérmino. A partir de dichos estudios nos podemos dar una idea de cómo el estado del desarrollo del cerebro es esencial cuando hablemos de fenómenos que ocurren a nivel de la corteza cerebral y de la maduración de las conexiones con otras áreas del sistema nervioso. 

Al ser el dolor una experiencia subjetiva, es un fenómeno ideal para explorar el desarrollo de algo incluso más elusivo: la conciencia, la cual, al depender de una estructura neuronal que de ninguna manera es similar a la de un adulto, es cualitativamente diferente (¡a saber cómo!).

Pueden leer el artículo completo aquí: The representation of nociception and pain in the developing brain

Figura 1. Estimulación inocua vs estimulación nociva

En la piel, un toque suave (estimulación inocua, negro) y un estímulo que puede dañar el tejido (estimulación nociva, rojo) generan señales que viajan primero por la médula espinal y el tronco encefálico, y después llegan al cerebro, donde se interpretan como sensaciones y se convierten en respuestas (movimientos, gestos faciales, etc.).

En bebés prematuros y recién nacidos, estas respuestas suelen ser más intensas y menos precisas, y con el crecimiento se vuelven más específicas y mejor ajustadas:

a) Información selectiva: La respuesta al estimulo es similar en bebés prematuros. Con la maduración, el sistema aprende a responder de forma distinta a un toque vs. a algo dañino (mejor “diferenciación”).

b) Información proporcional: en términos simples, la respuesta refleja mejor “cuánto” fue el estímulo; en los más inmaduros esto está menos ajustado.

c) Discriminación espacial: al crecer, el cuerpo mejora en localizar dónde ocurrió el estímulo (las zonas detectadas se vuelven más pequeñas y precisas).

d) Sensibilización: después de una lesión, el sistema puede volverse más “reactivo”, haciendo que estímulos que antes molestaban poco se sientan más intensos, incluso durante el desarrollo temprano.

viernes, 23 de mayo de 2025

Barry López: Sueños árticos

Idioma original: Inglés 
Título original: Arctic dreams
Año de publicación: 2003
Traducción: Mireia Bofill
Valoración: Fascinante, aunque irregular

Dice Barry López en la página 343 que la impresión que nos causa la región que recorremos es producto de la combinación de al menos tres factores: lo que sabemos de ella, lo que imaginamos y nuestra disposición ante ello. 

Algo similar condiciona la impresión que me ha causado este libro. Porque aunque esto de los viajes polares sea una de mis zonas de confort literario y lo que uno imagina con la lectura de ciertos pasajes le lleva a fantasear con acercarse (algún día, ojalá) a esas tierras, lo que ya sé del tema hace que haya partes del texto que no terminen de convencerme del todo.

Pero antes recapitulemos y digamos que Sueños árticos es una combinación de ciencia natural, antropología, historia cultural, filosofía, periodismo y observación lírica de un paisaje físico desconcertante que vive en los últimos años un proceso de reorganización económica y ajustes sociales para la población local del que deberíamos extraer no pocas conclusiones.

La primera mitad del texto se centra, fundamentalmente, en la ecología, biología e historia evolutiva, pero no como algo aislado sino situándolo en el contexto de la presencia humana en las tierras polares. Para ello pone el foco en cuatro animales (ánsar nival, buey almizclero, oso polar y narval) y en su biología, en su comportamiento social, en sus formas de adaptarse al entorno y en su vinculación con la actividad humana, lo que nos lleva, incluso, hasta la historia medieval. Personalmente, esta parte del texto me resulta de lo más didáctica y fascinante, tanto por lo fácil que lo hace Lopez como por mi desconocimiento sobre el tema.

Con el capítulo 5, Migraciones, el texto vira hacia lo antropológico e histórico. El espectáculo de las migraciones en el mar de Bering da paso a las migraciones humanas, a los procesos adaptativos a los ritmos de la naturaleza, pero también a las pérdidas culturales o lingüísticas de los últimos siglos. En este mismo "paquete" podemos incluir los capítulos dedicados a la luz y al hielo o al paisaje ártico. Paisajes físicos, mentales y espirituales, huellas pasadas y presentes, mapas que reflejan realidades y / o deseos. Especialmente interesantes resultan las páginas dedicadas a las formas de ver y sentir el paisaje, a la historia cultural, a las diferencias entre la mirada de los pobladores locales y la mirada occidental.

Finalmente, los mapas dan paso a una breve historia de los viajes por el Ártico, desde San Brandán o las sagas islandesas hasta los ligados al desarrollo industrial del presente. Aquí entra en juego algo que decía en el primer párrafo de la reseña. Lo que sabemos de ella. Para bien o para mal, he leído bastante sobre viajes al al Ártico y me queda la sensación de que esta parte del texto es, en cierto modo, un "refrito", un resumen de historias pasadas a la que le falta esa mirada del autor que sí se puede apreciar en el resto del libro. Vaya, que puede funcionar perfectamente como "guía para no iniciados", pero se queda corto para alguien que ya haya leído a Rasmussen, Cook, Peary, Amundsen y compañía.

Por tanto, y pese a esa pequeña decepción que deja el final del libro, mejor rescatar la parte positiva que este tiene, esas páginas centradas en la historia natural, en la historia evolutiva y en lo antropológico. Merecen la pena, de verdad.

viernes, 6 de septiembre de 2024

Eduardo Sáenz de Cabezón: Inteligencia matemática

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2016

Valoración: recomendable, si te atreves

 

Tengo que confesar que conocí a Eduardo Sáenz de Cabezón por Tiktok, donde cuenta cosas en torno a las matemáticas, que es lo suyo. Es un tipo con buena capacidad para comunicar, y creo que también tiene, o tenía, un programa sobre asuntos científicos en la televisión. Hay en los medios unos cuantos divulgadores que se dedican, con mayor o menor fortuna, a acercar a la gente al ignoto mundo de las matemáticas y, claro, es difícil resistirse a la tentación de intentarlo una vez más, de buscar otro camino para alcanzar aquello que se escapaba entre los dedos cuando se acercaban los exámenes. Así que lo intentamos con este simpático señor, a ver si hay suerte.

Dice Sáenz de Cabezón que todos llevamos un matemático dentro, aunque muchas veces esté dormido o vencido por la pereza, incluso atrofiado por la inactividad, o también, añadiría yo, desaparecido sin dejar huella. Se trata por tanto de removerlo de su reducto y seducirle para que se ponga a funcionar. Una vez activado, parece ser, la propia práctica irá haciéndole crecer y volverse ágil. Al menos en teoría. Por eso el autor se esfuerza en proponer juegos, pasatiempos, pequeños ejercicios para desperezar al matemático oculto. Juro que he hecho algunos (dos) y he dedicado algunos minutos a algún otro (digamos otros dos), pero considero que he fracasado, porque mi matemático no ha hecho acto de presencia.

La verdad es que da un poco de rabia sentirse incapaz de razonamientos que, en palabras del divulgador de turno, parecen tan sencillos. En realidad solo habría que pensar un poco para desentrañar algunas de las cuestiones, al menos las más sencillas. Pongamos un ejemplo, que creo que es idéntico al que aparece en el libro:

Creo que la pregunta es cuál de las superficies, círculo o cuadrado, es más grande. Vamos trabajando sobre radios y lados, sacamos triángulos y deducimos semejanzas, obtenemos áreas, diferencias… y resulta que no hay uno, sino varios procedimientos válidos para obtener la respuesta correcta. Es fácil cuando vemos el video donde el profesor explica con rotuladores azules y rojos, nombra un segmento como X y aplica fórmulas (que debieron ser) aprendidas en Primaria. Pero cuando uno ve la imagen en blanco y tiene que ponerse a ello, la cosa no pinta tan bien. Lo mismo que pasaba en el examen.

Critica el libro un sistema educativo incapaz de hacer mínimamente atractivo el aprendizaje de las matemáticas, en el que solo se acumula el conocimiento de técnicas cuya utilidad el alumno, naturalmente, no entiende. Y como estas técnicas se van encadenando una tras otra, basta que uno de los eslabones falle para que el proceso quede bloqueado y el estudiante se pase de inmediato al latín, no porque le despierte especial interés la lengua de Virgilio, sino por mera supervivencia. Ofrece Sáenz de Cabezón algunas ideas para mejorar en la enseñanza de estas materias, aunque me permito dudar del éxito frente a un problema al que nadie parece haber encontrado solución, al menos en España, que yo sepa.

En las matemáticas se manejan cosas como la lógica y cierta capacidad para la generalización y la abstracción, cualidades que no todo el mundo posee (o que están ocultas, no sé), y en el sistema educativo se explican mecanismos y técnicas, que son sobre lo que se examina, pero que no funcionan sin aquellos presupuestos básicos, que sería por tanto lo que habría que despertar en los alumnos.

Lo intenta el autor lanzando cuestiones muy sencillas con las que seducir al profano, y también presentando otras (hipótesis y conjeturas sin resolver) que ilustran el trabajo de los matemáticos. E igualmente expone el carácter auxiliar de las matemáticas, cuyos descubrimientos sirven para resolver cuestiones pendientes en otras ciencias o abren nuevos caminos dentro de las distintas áreas de este campo. Asuntos en general bien explicados, en un tono quizá excesivamente coloquial, más adecuado para los medios audiovisuales donde se desenvuelve Sáenz de Cabezón, y no tanto, o eso me parece, para un libro.

Pero bien, simpático y con la loable intención de atraernos hacia esas materias que a algunos nos hicieron sudar tanto y con las que me temo que, por mucho que le pongamos buena voluntad, difícilmente nos vamos a congraciar. Pero en todo caso se agradece el intento.



viernes, 5 de abril de 2024

Jorge Volpi: Leer la mente

Idioma original: español

Año de publicación: 2007

Valoración: recomendable (muy recomendable para interesados)

Es hora de preparar la cena y quieres sorprender a tu pareja. Dudas si cocinar pollo o pescado. Te decides por el pescado. A tu pareja le parece delicioso y recibes tu recompensa esa noche. Al siguiente día, estás con ganas de acción, así que, tomando en cuenta el éxito de la noche anterior, preparas pescado nuevamente. Tu amorcito tiene náuseas con el puro olor del guisado. Te sacas de onda mientras tienes que recurrir a Internet esa noche. ¿Cuál fue tu error? Tomaste solo en cuenta los resultados inmediatamente anteriores para guiar tus decisiones. A partir de ese día decides preguntarle a tu pareja sus actividades del día, checar el clima, la situación política del país, etc., y tomando en cuenta esa información, determinas el contenido de la cena que le caerá mejor a tu pareja, y que la ponga de humor para el lecho matrimonial (si es que la gente se sigue casando). Un gran acierto. Decidiste crear un modelo de tu relación gastronómica con tu pareja.

Nuestra vida sería muchísimo más fácil si pudiésemos crear modelos para todas las situaciones posibles en nuestra vida, pero debido a nuestra condición de simples mortales, tenemos el tiempo y las oportunidades limitadas para hacerlo. ¿Qué nos queda entonces? Hacer como que las vivimos. Creer que las vivimos. Crear un escenario hipotético para situaciones probables. ¿Qué pasaría si leyese muchos libros de caballería? ¿Qué pasaría si matase a una viejita usurera para solventar mis gastos? ¿Qué pasaría si viajara al pasado y me encontrara con mi propia madre dentro de un automóvil? Lo que nos queda es crear ficciones.

Lo anterior es una respuesta plausible de un neurocientífico a la pregunta ¿Para qué sirve leer (o escribir) novelas? En “Leer la mente”, Jorge Volpi representa ese papel.

Volpi es conocido por explorar diversos temas: artísticos, históricos, científicos, etc., tomándose el tiempo necesario para documentarse exhaustivamente. Si considerásemos lo variado de las temáticas de sus libros, podríamos decir que es una especie de erudito, esa rara especie de eras remotas. Aunque en este caso, la característica de Volpi que hace de este libro un éxito es su prudencia. Volpi evita meterse en temas que están más allá de su conocimiento o que son irrelevantes para entender la trama, porque sí, aunque no lo parezca, esto sigue siendo en gran parte una narración.

“Leer la mente” es el resultado de las reflexiones de Volpi acerca de cómo nuestro cerebro es capaz de crear ese rasgo que abre una brecha enorme entre el ser humano y todas las demás creaciones del señor: la ficción. Esa capacidad que tenemos los Homo sapiens para predecir el futuro (bueno, un futuro hipotético, jeje). Volpi nos platica todos los malabares que hace el cerebro para sacarnos de ese paraíso que solo habitan los animales, el eterno presente, para traernos a este mundo donde tenemos que preocuparnos por cosas como ¿Qué pasaría si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial?

Este libro es una muy buena entrada al campo de las neurociencias, mejor aún si te interesa la literatura y eres un poco nihilista: aquello que llamamos realidad, no es más que una representación del mundo producida por la actividad de nuestro cerebro, esa masa gelatinosa que sabe riquísima en unos taquitos.

Otras obras de Jorge Volpi en ULAD: Una novela criminalLa tejedora de sombras

jueves, 31 de agosto de 2023

Jesús Mosterín: La naturaleza humana (In Memoriam Emilio Prado)

La semana pasada, los componentes del blog recibimos la peor de las noticias imaginables: Emilio Prado, que se unió a nuestro equipo en abril de este año, había fallecido. Una noticia terrible, inesperada, dolorosa, que nos dejó sin aliento y sin palabras.

Aunque no tuvimos la ocasión de conocer a Emilio en profundidad, le habíamos cogido mucho cariño, pues su sencillez, sentido del humor y pasión por la literatura eran sumamente contagiosas. Sus reseñas destacaban por su espontaneidad, así como la versatibilidad  de sus intereses (igual leía novelitas pulp que ensayos sesudos, tal como compaginaba el 'death metal' con el jazz).

Emilio dejó programadas varias reseñas para este blog, muchas de ellas del género de terror, al que era muy aficionado. Hemos decidido publicarlas tal y como las dejó, a lo largo de los próximos meses, como forma de honrar su memoria, y porque creemos que a él le habría gustado que se leyesen. En esta primera reseña incluimos también, con permiso de su familia, una fotografía que nos mandó recientemente, en la que se le ve compartiendo un tiempo de lectura en un programa de voluntariado.

Descansa en paz, Emilio, nunca te olvidaremos.
 


 
_____________________________________________

 
 
Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable

Jesús Mosterín fue un polímata español cuyo rasgo más característico de su pensamiento y obra podría decirse que era la concepción que tenía sobre la simbiosis existente entre filosofía y ciencia; en La naturaleza humana, desde ambos campos del conocimiento humano, Mosterín trata de crear una obra de divulgación accesible para todos los públicos.  

Comienza el libro con un breve capítulo mayormente filosófico sobre el tema del título, aunque pronto deja este enfoque de lado para centrarse en una faceta más biológica: evolución, vida y existencia del alma, siempre desde un punto de vista estrictamente científico, focalizan el primer cuarto del libro.

En esta primera parte, más allá del tema, un detalle que me llama gratamente la atención desde el punto de vista literario es el de poner en claro ciertos términos que se usarán a lo largo del libro y que se podría decir que son creados ex profeso para evitar ambigüedades; por ejemplo, “humán” por “ser humano”, o diferenciar entre experimentar y “experienciar”. Estupendo ejemplo de que el lenguaje se crea a medida que se crean necesidades y claro reflejo de la determinación del autor.

La parte central del libro toma la forma de divulgación científica en su concepción más directa con capítulos dedicados a los primates, genes, mente, lenguaje, cultura, hombres y mujeres. Están excelentemente desarrollados, mantienen fácilmente el interés a lo largo de la lectura y son muy instructivos, el autor no peca de superficial en ningún momento. Estos episodios pueden ser considerados como magníficas puertas de entrada si nos interesa el tema en cuestión y queremos profundizar en él con bibliografía más específica.

A partir de aquí los temas a tratar ya dejan un espacio más abierto a la ética y a la moral, cosa que Mosterín aprovecha sin pudor. No se cohíbe de expresar su opinión sobre temas controvertidos y la fundamenta; en el capítulo de Reproducción y eugenesia, por ejemplo,  no rehúye en ningún momento los tabúes sobre el tema y se muestra a favor de la llamada eugenesia positiva, asimilándola al uso de vacunas. En Muerte y eutanasia, por otra parte, también muestra su apoyo claro a la llamada muerte digna. Se debe remarcar que en estos capítulos la divulgación más pura se deja de lado para utilizar un tratamiento más parcial, más especulativo y no tan contrastado, por decirlo así.

En los capítulos finales es donde, desde mi punto de vista, se baja un poco el nivel; es una lástima que un libro tan bien construido, con un derroche de información tan bien plasmada y explicada de modo muy ameno, acabe con especulaciones sobre lo terrenal y lo divino, dándole pábulo a teorías halladas en un punto medio entre las corrientes New Age y las religiones panteístas tradicionales. No me cuela que el autor argumente que se limite a enumerarlas, más bien aboga por ellas de forma más o menos velada.

Estos últimos episodios, así como la introducción paulatina de opinión donde antes había información, en la segunda mitad del libro, es que lo me detiene de darle la calificación de imprescindible; considero algo sibilino que, tras unos cuantos capítulos de verdades irrefutables y axiomáticas, se introduzca poco a poco la visión del autor de ciertos temas de modo que pueda interpretarse también como un hecho contrastado. No lo considero ilícito, puesto que además mis opiniones personales son muy próximas a las de Mosterín, pero sí que me hubiera parecido más honesto advertir de cuando se especula o cuando se está informando.

Así y todo, considero que es una obra muy recomendable y que puede funcionar tanto como lectura “lineal” como fuente de referencia.

sábado, 28 de enero de 2023

Frank Wilczek: La diez claves de la realidad

Idioma original: inglés

Título original: Fundamentals. Ten Keys to Reality

Traducción: Joan Lluís Riera

Año de publicación: 2021

Valoración: Recomendable para interesados


Habrá quien piense, con bastante razón, que ya está otra vez el pesado este con sus libros de divulgación científica, que ni entiende ni parece que realmente le interesan. Hombre, interesarme sí que me interesan, aunque mi formación sea de eso que se llamaba Letras puras, y la verdad es que me cuesta bastante entender muchos conceptos. Y más que eso, me es difícil visualizar todas esas cosas muy pequeñas o muy grandes que los científicos se esfuerzan en investigar y explicar a los profanos que somos casi todos los demás. Lo cierto es que, como a todos los de mi palo, me interesa el pensamiento, las ideologías, el arte, la sociedad, el lenguaje, todas esas cosas que la Humanidad ha ido modelando a partir de la reflexión, la intuición o la experiencia. Pero de vez en cuando creo que hay que mirar un poco más a la tierra (o al cielo), a las cosas materiales que tenemos alrededor, y que también deben suscitarnos curiosidad, que para eso vivimos en un planeta, rodeados de animales y minerales, reacciones químicas, colores, velocidades y todas esas cosas que también son nuestro mundo.

El caso es que Frank Wilczek es físico y premio Nobel en esta especialidad en 2004, y parece un señor bastante simpático que, una vez más entre muchas, intenta abrirnos los ojos sobre asuntos de ese mundo que nos rodea y explicarnos cosas que para él son muy básicas, algo así como el ABC de la Física. Pero que para casi todos los demás, por más esfuerzos que hagamos, empiezan a ser poco menos que ininteligibles una vez pasadas esas poquitas páginas en las que el científico-divulgador intenta seducir con conceptos muy sencillitos.

El libro me parece que está muy bien escrito, y deja ver el esfuerzo que Wilczek hace por resultar comprensible. Explica cosas como que hay mucho espacio en el universo y mucha materia en ese espacio (y también mucho vacío, o que parece vacío), pero también hay muchas, muchísimas partículas en la composición de cada uno de nuestros propios cuerpos. Si alguien recuerda aquellos viejos vídeos de Carl Sagan, es un poco al vértigo de aquellas imágenes que arrancaban de una pareja tirada en un jardín para irse alejando hasta dejar la Tierra en el famoso ‘pálido punto azul’ y aún mucho más, viajando entre galaxias y moviéndonos hacia atrás en el tiempo. Esas distancias y tiempos, fuerzas y ondas, tan extremas y descomunales que terminan por dejarle a uno un poco frío, como si nos contasen una historia de ficción un poco pasada de vueltas.

Lo mismo ocurre cuando de lo inmenso nos vamos a lo diminuto, todas esas partículas subatómicas, electrones, quarks (que los hay de varios tipos, oiga), muones, neutrinos y no sé cuántas más. Tan misteriosas y minúsculas que algunas de ellas solo han sido descubiertas de verdad en esos enormes aceleradores del CERN, sometidas a volúmenes brutales de energía y ‘visibles’ durante infinitesimales fracciones de segundo. O, vaya, incluso algunas de ellas parecen no ser más que hipótesis matemáticas de cosas que se supone debieran existir pero que nadie hasta la fecha ha visto de verdad.

La perplejidad ante todo esto vence a cualquier otra sensación, al menos en mi caso, y resulta difícil que el interés que uno puede tener acerca de estos temas no se vaya desinflando página tras página. Como ya he comentado alguna vez, acaba uno por preguntarse hasta dónde todo esto es una realidad tangible y dónde empieza la especulación. Es el riesgo que se corre con este tipo de publicaciones, aunque en el fondo se supone que debe quedar algún sedimento de conocimientos, aunque sea muy superficiales, que uno no tenía antes de conocer el libro.

Digamos, y es verdad, que el libro es ameno dentro de lo que cabe, que Wilczek pone luz a descubrimientos y teorías clásicas que quizá nunca llegamos a entender del todo, y desfilan por las páginas nombres célebres (Newton, Einstein, Faraday, Hubble, Kepler y muchos más) cuyas aportaciones resultan de su mano algo más comprensibles. Pero hay un par de momentos en que el texto me parece mucho más atrayente, y es justamente cuando el autor se sale un poco de la objetividad de su ciencia.

El primero es cuando percibimos emociones que pocas veces nos llegan de este tipo de textos. Es sorprendente, y también gratificante, ver cómo un científico nos habla de la belleza de una ecuación (!) o del nerviosismo de haber intuido un descubrimiento, el estupor de ver cómo de pronto encajan ciertas teorías o el temor de tener que revisar otras tenidas hasta entonces como inamovibles. Empezamos entonces a vislumbrar a un tipo más humano de lo previsto, que disfruta de su trabajo y le pone alma a cosas que nos parecerían del todo áridas. 

Es también interesante cuando Wilczek aparta un poco el foco del microscopio (o del telescopio, por decir algo), se sincera y mira a su alrededor, reconociendo de alguna manera la pequeñez de toda ese serie de conocimientos que nos parecía tan abrumadora. Según explica en las páginas que por su humildad me han parecido más impactantes, el hombre está todavía muy lejos de saberlo todo, sus cinco sentidos siguen siendo enormemente limitados (solo hay que compararlos con otras muchas especies animales) y su tecnología, por avanzada que nos parezca, no hace más que atisbar nuevos misterios, campos todavía inexplorados, verdades que ahora mismo no llegamos siquiera a sospechar. Y todo esto, además de una confesión en toda regla, creo que es la mejor explicación de lo que en realidad es la ciencia y por qué quienes trabajan en ella se motivan en buscar siempre la próxima frontera.


martes, 29 de marzo de 2022

Paul Davies: El universo desbocado

Idioma original: inglés
Título original: The Runaway Universe
Traducción: Robert Estalella
Año de publicación: 1978
Valoración: Decepcionante

Si alguien leyó en su día, y recuerda, la parte que me correspondía en aquellas biografías lectoras (no pongo el enlace porque me da un poco de vergüenza), quizá sea consciente de que estos temas siderales de segunda división científica siempre me han atraído. Ahora menos que en aquellos remotos tiempos de la adolescencia, claro, pero aun así el cuerpo me pide no dejar escapar, aunque muy de vez en cuando, alguna oportunidad que surja para volver a estas cosas del cosmos, las galaxias, u objetos inalcanzables y difícilmente comprensibles en nuestra escala doméstica del espacio-tiempo. Creo que la última vez que me asomé a ese mundillo fue también de la mano de Paul Davies, este científico (ya no sé si físico, matemático u otras esdrujuleces) tan amigo de divulgar conocimientos para que los atrapemos los mortales más corrientes.

Ahora me encuentro otra vez con él por pura casualidad (libro encontrado en casa, y que nadie había leído), y si antes se centró en el posible contacto con inteligencias extraterrestres, en esta ocasión parece que presenta un campo mucho más amplio: el Universo, su formación, expansión y previsible muerte, nada menos.

Y qué quieren que les diga ¿Qué el libro es antiguo (1978, más de cuarenta años) y que ya no sorprenden descubrimientos tantas veces relatados? ¿Que uno ya ha leído bastante al respecto y que esto es más de lo mismo? Pues siendo ciertas las dos cosas, el libro en sí tampoco despierta mayor interés, porque quizá por esa época Davies todavía no había pillado el punto a esa difícil combinación entre lo científico y lo divulgativo, es decir, contar cosas con rigor pero evitando que el lector, necesariamente profano, desconecte, quizá abrumado, quizá aburrido.

Desde luego no tiene que ser fácil contar, además con cierto detalle, cómo se produjo el Big Bang, cómo se expande el Universo y por qué lo sabemos (o creemos saberlo), cómo evolucionan y colapsan las estrellas, si el nacimiento de la vida fue un fenómeno peculiar o responde a un patrón que puede haberse repetido miles de veces, o por qué caminos avanza ese Universo hacia un fin que podría tener diversas variantes. Puede que uno de los aspectos decisivos en este tipo de libros es fijar la materia a tratar, porque si resulta demasiado extensa, la atención se diluye irremediablemente en un océano de informaciones en torno a partículas extrañas, fuerzas gravitatorias, procesos nucleares, gases que se transforman y radiaciones de fondo, cosas que, reconozcámoslo, son por completo ajenas a nuestras aburridas vidas y a nuestra pequeñez sideral.

Es muy llamativo leer sobre explosiones inimaginables o agujeros negros que devoran estrellas y planetas, pero tropezamos con un obstáculo fundamental: todo aquello de lo que se nos habla opera en unas escalas tan delirantes tanto en el espacio como en el tiempo (miles de millones de años, tal vez billones, no sé qué parte infinitesimal de un átomo, cantidades innombrables de años-luz) que al cabo de unas decenas de páginas la atención decae, y el lector, al menos el que esto escribe, cae en una especie de indiferencia. La Humanidad tiene poco que decir en toda esta historia, es un mínimo puntito irrelevante en esas descomunales distancias y épocas, todas ellas remotas tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Así que todo eso que al científico, astrofísico o cosmólogo le parece tan apasionante, al humilde ciudadano ocupado en pagar su hipoteca, una vez pasada cierta sorpresa inicial, le resulta ajeno e incomprensible. Dicho rápidamente y por ceñirme al ejemplo más doméstico: es curioso saber que el Sol se apagará como consecuencia de no sé qué procesos dentro de tampoco sé cuántos miles de millones de años, pero ¿de verdad es algo que me toca en alguna fibra?

De manera que en el humilde lector aficionado crece la sospecha de que todo esto puede no ser más que un gran juego especulativo en el que matemáticos y físicos hacen despliegue de monstruosas ecuaciones o mediciones de cosas que, por muy grandes o muy pequeñas, están fuera de nuestra comprensión, y a fin de cuentas estas lecturas no nos reportan casi nada más que un dudoso poso de culturilla astrofísica y tal vez un rato de moderado entretenimiento. Si el libro además no tiene el gancho de una buena dosificación de los contenidos, el resultado de la experiencia lectora es más bien pobre.

Y añadiré algo más. Al final, estos trabajos en torno al origen y muerte del Universo siempre se quedan, necesariamente por supuesto, en el límite que separa la ciencia de la filosofía o la religión. Y bueno, tampoco vamos a pedir a Davies ni a ningún otro científico-divulgador que se moje, porque no es su negociado, pero sí resultaría digno de interés que alguien se atreviese a dar ese paso un poco más allá del horizonte, tan lejano, al que alcanzan los números, y fuera capaz de formular alguna teoría sobre el minuto anterior al Big Bang: ¿había una bola de fuego o una singularidad gravitacional? ¿de dónde surgió? ¿había algo alrededor? ¿la nada es un concepto científico? Esto, claro, desde la racionalidad, sin prejuicios ni payasadas. Qué difícil.

También de Paul Davies en ULADUn silencio inquietante

jueves, 11 de noviembre de 2021

Antonio Damasio: El extraño orden de las cosas

 Idioma original: inglés

Título original: The Strange Order of Things. Life, Feeling, and the Making of Cultures

Año de publicación: 2018

Valoración: Apasionante para interesados



“Gracias a la necesidad de enfrentarse a las contradicciones del espíritu humano, la humanidad se lanzó a interrogarse sobre el mundo y a asombrarse ante él, y descubrió la música, la danza, la pintura y la literatura. Continuó con sus esfuerzos creando esas epopeyas que son las creencias religiosas, la indagación filosófica y la política”,

Cuando se tiene curiosidad por los fenómenos que afectan al planeta, que se encuentran en el origen de la vida o que explican nuestra naturaleza y la de otros seres vivos, siempre es buen momento para acercarse a teorías e investigaciones más o menos recientes llevadas a cabo por quienes pueden considerarse pioneros en el campo que les atañe. Antonio Damasio es un destacado neurocientífico portugués, residente en Estados Unidos, autor de varias obras divulgativas y con un currículum impresionante. El extraño orden de las cosas se ha etiquetado como de divulgación unas veces y de investigación otras. Pienso que esta última describe mejor un contenido que no es siempre fácil de seguir para el profano -sobre todo en lo relativo al sistema nervioso y al cerebro- y porque parte de sus afirmaciones son hipótesis sin confirmar u opiniones personales sobre todo tipo de asuntos.

Lo que Damasio pretende demostrar aquí es la influencia de los sentimientos -entendidos en un sentido amplio, y que yo llamaría “sensaciones”- en la sociedades y culturas humanas, y no solo la inteligencia, el lenguaje y las habilidades sociales como se ha creído hasta ahora. Para ello se basa en un concepto, el de homeostasis (conjunto de mecanismos reguladores de los seres vivos, del más primitivo al más evolucionado, para mantenerse con vida y en las mejores condiciones posibles) y en un rastreo de los organismos terrestres desde sus más remotos orígenes. La homeostasis existe, pues, desde el inicio de la vida, se manifiesta en los primitivos organismos unicelulares mediante reacciones químicas y eléctricas, y ha guiado la selección natural dando prioridad a los genes más eficientes. A lo largo de la escala evolutiva, estos mecanismos se van complicando, y cuando aparecen los seres con sistema nervioso -600 millones de años atrás nada menos- tienen lugar, según esta hipótesis, esos sentimientos primitivos: malestar y placer, básicamente, hasta llegar a los vertebrados -y puede que hasta a los insectos de forma rudimentaria- que cuentan con una mente y un sistema nervioso complejo capaces de reconocer sus procesos internos, además de cinco sentidos corporales que les comunican con el mundo exterior. Esta complejidad culmina en el ser humano, que no solo es capaz de identificar estados de carencia y bienestar (“sentimientos”) sino que puede producir imágenes mentales muy precisas, comunicarse con un lenguaje articulado etc., y por tanto responder a esos estados mediante pautas culturales, cada vez más sofisticadas históricamente hablando, que optimicen sus circunstancias físicas y psíquicas. Sobre esto, quizá anticipando susceptibilidades, se apresura a aclarar que:

“... haber descubierto que las raíces de las culturas humanas se encuentran en la biología no humana no disminuye en absoluto el carácter excepcional de la humanidad, pues la excepcionalidad de cada ser humano procede de la inigualable importancia que le otorgamos al sufrimiento y a la prosperidad en el contexto de nuestros recuerdos del pasado y de nuestra construcción de la memoria de un futuro que anticipamos constantemente”.

Por otra parte, ningún “sentimiento” es neutro, todos tienen un valor (“valencia”) positivo o negativo, es decir, producen disgusto o bienestar. En el primer caso, el efecto será saludable, en el segundo, patológico. Damasio describe los procesos fisiológicos y evolutivos con gran precisión y, a pesar de su tendencia a reiterar (suele ocurrir en este tipo de trabajos) y a idas y venidas un poco irrelevantes, o quizá precisamente por eso, el razonamiento general se sigue con relativa facilidad. Proporciona, además, abundante documentación para apoyar sus teorías o ampliar algunos contenidos.

Los últimos capítulos se centran en la vida cultural humana, entendida como respuesta a los requerimientos individuales y sociales. Primero, desde un punto de vista histórico, luego ciñéndose a los hallazgos de la ciencia actual y, por último, anticipando un futuro más o menos utópico (inmortalidad transhumanismo, ingeniería genética) y diferenciando los proyectos realizables de las simples quimeras. Sobre el transhumanismo, por ejemplo, explica que la mente humana no se compone simplemente de algoritmos -no somos robots- necesita un cuerpo que interaccione con ella. [Los organismos vivos] “no son líneas de código; son materia”. Por eso, se puede construir inteligencia artificial sin necesidad de un sustrato biológico, pero no fabricar seres humanos.

“… uno se estremece un poco ante la perspectiva de una sociedad que necesita robots para hacernos compañía. ¿No hay suficientes personas en paro como para cubrir estos empleos después de que los coches y camiones inteligentes les hayan quitado sus medios de vida?”

Finalmente, destaca el hecho de que los avances tecnológicos no están aportando la felicidad previsible, que la desigualdad social es cada vez mayor y que la sobreabundancia de información -que además está sesgada, priorizando intereses financieros, comerciales y políticos- conduce a una desconexión, bastante generalizada, de los usuarios con los problemas reales y sus posibles soluciones. No olvida mencionar la capacidad adictiva de los dispositivos y la constante vigilancia que ejercen sin que se les aplique ningún tipo de freno. Por desgracia, la homeostasis se produce en el interior de los organismos pero no en las comunidades humanas; parece que los conflictos forman parte de la esencia de nuestras culturas y no hay forma de eliminarlos.


Traducción: Joan Domènec Ros

martes, 24 de agosto de 2021

Siri Hustvedt: La mujer temblorosa o la historia de mis nervios

Idioma original: inglés
Título original: The Shaking Woman or A History of My Nerves
Traducción: Cecilia Ceriani
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable para interesados

Los que conocen la figura de Siri Hustvedt sabrán que siempre se ha caracterizado por tener una curiosidad inmensa y una interminable propensión a querer conocer a fondo los temas que le interesan o le preocupan. Así lo ha demostrado hablando de arte en sus libros de cariz más ensayístico («Los misterios del rectángulo» o «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres»), pero también dando conferencias universitarias en campos más científicos como la neurociencia, ámbito al que se aproximó a raíz de sus problemas nerviosos recurrentes a lo largo de su vida. Este último aspecto es el que aborda en este ensayo, y lo hace a fondo, como no puede ser de otra manera viniendo de esta autora.

El origen y germen de este libro se encuentra en un episodio nervioso que la autora sufrió durante un discurso que dio en homenaje a su fallecido padre en el que, de pronto y sin previo aviso, empezó a temblar desde el cuello a los pies y, a pesar de que pudo acabar el discurso, sólo cuando terminó le pasó el efecto. Este incidente la sorprendió y asustó a partes iguales, por la rareza del mismo pero también por desconocer lo sucedido, así como también la intrigó el porqué y el cómo ocurrió, en un efecto en el que parecía que su cuerpo se desdoblara y quién estaba sufriendo las convulsiones realmente era otra persona y no ella. A raíz de ello, se dedicó a estudiar con profundidad a qué podría ser debido, cual podría ser la causa y su posterior solución, en caso de que existiera.

A pesar de que su interés por la neurociencia y el psicoanálisis ya le venía de joven, incluso antes de estar internada en un hospital a causa de sus graves migrañas, este episodio incrementó aún más su afán por conocer cómo funciona el cuerpo con relación a la mente. Siri Hustvedt, fiel a su rigor y auto exigencia en conocer a fondo los temas que le interesan, se involucró para ello en un grupo de estudio con neurólogos, psiquiatras, investigadores, dio clases en talleres literarios para enfermos internados en hospitales psiquiátricos e incluso, ya antes de este ensayo, escribió una novela («Elegía para un americano») donde uno de sus personajes era psiquiatra y psicoanalista. Y es que todo en la obra de Hustvedt está relacionado, todo está interconectado, obra y vida, talento y dedicación, porque, más allá de la propia búsqueda de la causa de su enfermedad, el libro se adentra también en el análisis y exploración de quiénes somos y qué sabemos de nosotros, qué recordamos y el porqué, pues en palabras de la propia autora, «seguir la pista de mi patología se ha convertido en una aventura dentro de la historia de la experiencia y la percepción».

Los episodios más accesibles de este ensayo (y más interesantes bajo mi punto de vista) se centran en la memoria y la percepción, en los mecanismos que posee nuestra mente para recordar y reconstruir y, con relación a ello, Hustvedt afirma, sosteniendo la tesis de Freud, que «el presente colorea el pasado» y que «la memoria es, a la vez, cambiante y creativa». Hustvedt ya habló de ello en «Recuerdos del futuro» y es una teoría que yo comparto y que la autora documenta de manera científica, pues hace referencia a «un estudio realizado sobre personas con lesiones bilaterales en el hipocampo concluyó que los daños afectaban a la memoria de los pacientes y también a su imaginación». Por ello «la facultad de la memoria no puede separarse de la imaginación. Van de la mano. En mayor o menos medida, todos inventamos nuestro pasado. Y para la mayoría de nosotros ese pasado está construido de recuerdos coloreados emocionalmente». Así, por tanto, las lesiones que afectan a la memoria también lo hacen a la imaginación, puesto que imaginar el futuro no es otra manera que recordar hacia adelante. 

En este ensayo, Hustvedt no duda en ponerse en primera línea como ejemplo o como propia protagonista del libro, pues expone sus motivaciones pero también sus debilidades. Así, nos habla de su la hipersensibilidad que padece y que la propia autora reconoce al afirmar que «mi empatía es extrema y, para ser franca, hay veces que mis sentimientos alcanzan tal intensidad que necesito protegerme de una exposición excesiva a ciertos estímulos, sino acabo completamente tensa y con dolores en todo el cuerpo», pero también sobre su «fuerte respuesta frente a los colores y la luz» que hizo que «durante un viaje a Islandia (…) pasamos junto a un lago que tenía un color inusual. El agua era verde azulada pero de una palidez glacial. El color me provocó una violenta impresión, como si me golpearan. El escalofrío me recorrió el cuerpo entero y de pronto me vi resistiéndome a aquel color, cerrando los ojos y agitando las manos en un intento de quitarme de encima aquella tonalidad intolerable».

En su intento de comprenderse mejor a sí misma y a lo que le ocurre en la relación entre su cuerpo y su mente, Hustvedt nos habla también de la sinestesia de tacto-espejo y el transitivismo, término acuñado por el Carl Wernicke en 1900 y que lo definió como «una proyección de nuestros síntomas a un doble con el fin de salvaguardarnos de ellos. El doppelgänger se hace cargo del sufrimiento por nosotros», algo que «en psiquiatría todavía se sigue utilizando para describir un estado en que los pacientes se confunden a sí mismos con otras personas. El umbral entre el yo y el se desdibuja o desaparece por completo», algo muy común en los niños pequeños en el que cuando uno se cae y se pone a llorar, otros que lo han visto también lo hacen en una «confusión de fronteras propia del transitivismo» y que en los niños toma la forma de «objetos de transición» que utilizan como «un sujeto alternativo en el cuál proyectar su fragilidad y sentirse protegidos al mismo tiempo», como disociación de uno mismo en el sujeto presente y uno en apariencia externo sobre el cual proyectar acciones o emociones como si los sufrieran ellos y no el sujeto en cuestión. 

Asimismo, fiel a su entendimiento holístico sobre el conocimiento humano, la autora conjuga arte y ciencia como elementos coincidentes e integrados pero sin eludir las fronteras existentes entre ellos, pues «todos hacemos extrapolaciones de nuestra existencia para entender el mundo. En el arte esto se considera una ventaja, pero en la ciencia se considera una contaminación» y podemos creer en «la existencia de neuronas y quarks (…) sin tener pleno conocimiento de ellos», pero nos cuesta más entender que los sentimientos que cada uno albergamos existen de manera personal y única en cada individuo. Esta relación entre ciencia, razón, mente, cuerpo y emociones tratada en este ensayo, y que aborda al final del libro al hablar de cerebro y mente, de neuronas y pensamientos y la relación entre biología, neurología y psicología, es algo que la autora expone y amplía en su más reciente libro «Los espejismos de la certeza» y que, en parte, van relacionados en el sentido que tratan el conocimiento, el pensamiento y las emociones como algo intrínseca y orgánicamente unido.

Cabe decir que el libro puede hacerse muy cuesta arriba para los no interesados en la neurología y la psiquiatría puesto que expone múltiples casos médicos, tratados y teorías científicas expuestas a lo largo de la historia. Así el libro se hace denso y, a menos que uno esté especialmente interesado en la relación entre cuerpo y mente o en las distintas enfermedades que parecen enlazar uno con otro, el libro puede no interesar demasiado y la lectura hacerse algo intrincada y ardua. Aun así, es interesante para aquellos que quieran ampliar sus conocimientos o su visión sobre un tema tan complejo como el de la relación entre las distintas partes de nuestro cuerpo, más ligadas entre ellas de lo que podría parecer a simple vista y a las que, en el fondo, cada uno de nosotros nos debemos.

martes, 5 de enero de 2021

Marina Perezagua: Seis formas de morir en Texas

Idioma original: español

Año de publicación: 2019

Valoración: Escalofriante aunque muy recomendable

 

Soñar llegó a ser el acto más subversivo que podía permitirme

Esta novela no es solo una novela, por eso cualquier esquema previo no servirá para juzgarla. Luego lo explicaré con detalle pero, de momento y para advertir previamente a los lectores, sirvan como ejemplo de lo que quiero decir dos textos paradigmáticos de la hibridación novela-investigación periodística: A sangre fría de Capote y otra obra también magnífica que se inspiró en los procedimientos de la anterior: La canción del verdugo de Norman Mailer. Se me escapa si Perezagua ha utilizado modelos previos o no, a mí sus procedimientos me han parecido bastante originales, algo que de ser así no le restaría méritos sino todo lo contrario.

Desde el inicio ya se nos sirve un plato fuerte que va in crescendo durante casi 400 páginas, así que prepárense para no leer un relato amable y tranquilizador, con el agravante de que, en paralelo a la ficción, se nos muestran hechos reales –y documentados en más de una treintena de notas finales y notas a pie de página– de forma que la invención y la realidad están perfectamente imbricadas en la narración pero pueden diferenciarse en la mente del lector gracias a recursos propios de géneros no narrativos.

Si digo que el ser humano es capaz del mayor de los heroísmos y de las más deleznables conductas no estoy descubriendo nada nuevo, además de nuestra experiencia personal existen grandes obras en el panorama literario que así lo atestiguan y esta es sin duda una de ellas.

Un hombre muere ejecutado y su corazón es uno de los muchos que contribuyen al desorbitado negocio con que el gobierno chino alimenta –o alimentó– sus arcas, pero los descendientes del fallecido no están dispuestos a que se disuelva su esencia, alma (o shen en su idioma original) y esto desencadena una serie de acontecimientos que afectan a personas muy lejanas espacial y temporalmente. Pero, aunque el argumento gire alrededor de este suceso, la novela no trata solo de trasplantes, nos quedaríamos muy cortos si redujéramos a un solo asunto una obra cuya complejidad estructural y temática es enorme. Y de paso advierto: ojo a la estructura, que personalmente me parece una genialidad, así como la mejor manera de convertir un artefacto narrativo en algo que ensambla magníficamente la ficción pura –en la que se alternan los géneros epistolar y puramente narrativo– con lo testimonial, divulgativo y de denuncia.

Como digo, los ejes temáticos son múltiples, citaré solo los que considero más relevantes. A través de una joven estadounidense llamada Robyn y de una familia china cuyo descendiente más joven se llama Xin Zàng se habla de drogadicción, asesinatos, del corredor de la muerte en Texas, de amistad, amor y erotismo, de fidelidad a las promesas, de heroísmo, de resistencia anímica, de decisiones impuestas, de egoísmo atroz, de empatía o ausencia de ella, crueldad con o sin ánimo de lucro, donantes anónimos de esperma, evolución personal, ansias de maternidad, relaciones paterno y materno-filiales, de represión política, de corrientes espiritualistas y supersticiones ancestrales y, por supuesto, de trasplantes y donación de órganos (que no es exactamente lo mismo). Si quieren una síntesis de todo ello ahí va: injusticia extrema  con el terror como aliado.

También encontraremos ejecuciones y torturas, gobiernos totalitarios y asesinos (así como gobiernos asesinos bajo un barniz demócrata), componendas políticas, soledad a raudales, locuras de juventud, seres desalmados y observaciones inteligentes. Todo ello presentado en el envase que lo unifica: la ciencia (biología, medicina, historia y documentación, principalmente) entendida como conocimiento de una realidad cuyos factores más relevantes quedan fuera del alcance del profano. Pues lo que consigue la autora es servirnos en bandeja esta información sin salirse de los parámetros narrativos, tal como he indicado más arriba, pero hay más, irán de sorpresa en sorpresa y –lo garantizo– el estupor no les abandonará hasta la última página, tanto que a veces seguir adelante se hace muy cuesta arriba.

Marina Perezagua no se ha conformado con el hallazgo de un argumento altamente impactante como sucede a menudo en la literatura contemporánea, al contrario, lo ha desarrollado con esfuerzo y talento, ambos perfectamente a la altura de esa idea inicial. No tengo más que un pequeñísimo reproche: aunque le agradezco que nos tranquilice cuando estamos al borde del infarto, a la trama no le favorece en absoluto ese dato reductor de una intriga tan laboriosamente urdida hasta el momento.

Además, una vez cerrado el libro y rumiando lo que hemos leído, puede que encontremos en el conjunto de los hechos tal como se presentan un toque algo estrafalario, pero no se pueden negar sus grandes dosis de ingenio, y, sobre todo, que en ningún momento deja de interpelarnos –y de eso se trata en mi opinión– ya que saca a la luz realidades que no deberían quedar ocultas para el público y sobre las que la comunidad internacional debería tener algo que decir.


También de Marina Perezagua: Criaturas abisales