miércoles, 16 de septiembre de 2026
Olaf Stapledon: La última y la primera humanidad
lunes, 27 de julio de 2026
Contrarreseña: En busca del tiempo perdido VI. La fugitiva, de Marcel Proust
Título original: Albertine disparue
Traducción: Consuelo Bergés
Año de publicación: 1927
Valoración: Se deja leer
Hacía mucho que no leía un libro con un protagonista tan despreciable. Venía de leer los libros anteriores de la "saga" y, aunque tienen sus altibajos, concuerdo con las reseñas anteriores en que son obras maestras. Sin embargo, este libro lo sufrí. Pero, pues, ya que después de este solo queda uno más, no pensaba quedarme a medias.
Me ahorraré el argumento porque está muy bien presentado en la reseña original, la cual pueden leer aquí y luego regresar a terminar de leer esta.
Si ya de por sí sabemos que el protagonista de este culebrón tiene la madurez emocional de un niño de diez años, al presentársele una verdadera crisis (y no que su mamá no le vaya a dar el beso de buenas noches), presenciamos cómo afloran el narcisismo y la cobardía de este niño de papi.
Primero, el protagonista, a quien de ahora en adelante me referiré como Marcelito, nos platica lo mucho que sufre por el abandono de su concubina, la tal Albeghtín, a quien rechazaba, menospreciaba y pensaba abandonar. Pero, como se le adelantaron y lo dejaron primero, sufre a más no poder.
Segundo, Albertine muere (el único castigo que se merecía por dejar a nuestro héroe) en un accidente absurdo. Y Marcelito, en lugar de tener alguna revelación que impacte su carácter, nos suelta frases increíbles tales como: «Si Albertine no me hubiera conocido, tal vez aún seguiría viva y yo no estaría sufriendo tanto». Lo único que le importa a Marcelito de la muerte de Albertine es cuánto le afecta a él y que ya no será posible confirmar sus sospechas sobre las relaciones lésbicas de ella, lo que nos lleva al tercer punto.
Marcelito, el homosexual reprimido, nos narra lo mucho que desprecia las aberrantes relaciones que su Albertine pudo o no haber mantenido con otras damas de su círculo. Sin embargo, debido a que, ¡ups!, está muerta, no podrá confrontarla al respecto y tendrá que ir de rastrero a cuestionar a cualquiera que pueda saber algo sobre las aventuras sáficas de su examante, con el único objetivo de aliviar sus celos.
Por otro lado, a pesar de rechazar sin concesiones las relaciones lésbicas de las damas comme il faut, Marcelito no tuvo reparos en contarnos con lujo de detalle las relaciones homosexuales que un tal Monsieur de Charlus mantiene con jovencitos, asunto al que le dedica cientos de pa... ginas.
En conclusión, La fugitiva me resultó exasperante. Nos vemos obligados a quedarnos encerrados durante cientos de páginas en la cabeza de alguien mezquino, celoso, hipócrita y profundamente incapaz de amar sin poseer. Proust retrata con una precisión casi insoportable esa forma de duelo que nace nada más y nada menos que del orgullo herido.
Fuera de lo anterior, el libro está escrito por Marcel Proust: impecable.
domingo, 15 de febrero de 2026
H.G. Wells: La isla del doctor Moreau
viernes, 2 de enero de 2026
Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas
sábado, 30 de agosto de 2025
Aristófanes: Las aves
Título original: Ὄρνιθες (Ornithes)
Año de publicación (representación): 414 a.C.
Valoración: Se deja leer
Creo que alguna vez he llegado a decir aquí que leer a los clásicos griegos no es en absoluto tan intimidante como la gente cree. De hecho, aunque algunos textos resulten a veces no muy digeribles, hay otros, en mi opinión la mayoría y sobre todo los de los grandes dramaturgos, llenos de vivacidad, relatos épicos, tragedias brutales, historias eternas y a veces cuajadas de humor, que pueden leerse sin la menor dificultad y resultan muy gratificantes. Esto es así muchas veces, pero llegados a este punto hay que reconocer que no siempre.
Aristófanes, autor sobre todo de comedias, propone en Las aves una cosa bastante loca: un par de personajes, Pistetero y Evélpides, consiguen entrar en contacto con Tereo, un rey que de alguna manera fue transformado en una abubilla y en su nueva condición parece que ejerce cierto ascendiente sobre el mundo de las aves. Los recién llegados huyen de Atenas, donde es posible que estuviesen envueltos en algún pleito, e intentan convencer a la abubilla para que las aves creen una ciudad en los cielos desde la cual gobiernen el mundo, desbancando a los dioses del Olimpo. Todo esto, claro está, entre un despliegue de retórica disparatada, disfraces y algunas situaciones más o menos cómicas.
Tras haber logrado estos individuos en parte su objetivo, se desarrollan las escenas más divertidas cuando una serie de personajes van apareciendo en escena intentando apuntarse a lo que consideran el nuevo poder emergente. Poetas, negociantes y matemáticos se arriman a lo que consideran caballo ganador, siendo despachados sin contemplaciones por los nuevos dirigentes. También se aproximarán varios dioses con intención de conocer la situación, e incluso de negociar. El nuevo orden, aunque todavía embrionario, tiene un buen número de personajes arrodillados para hacerse hueco, una estampa que igual nos es un poco familiar en los tiempos actuales.
La cosa es tan chusca que por momentos se siente uno sumergido en el ambiente de algunas obras teatrales deudoras del surrealismo o de la literatura del absurdo, de manera que si estuviéramos leyendo algo del siglo XX nos pondríamos quizá a buscarle significados, mensajes encriptados o estereotipos bajo el disfraz. En ese intento de análisis de fondo, seguramente el texto podría darnos claves interesantes en manos de algún entendido en la época: el reflejo del conservadurismo de Aristófanes, la crítica a la recientemente nacida democracia ateniense, ecos de la geopolítica del momento, cosas así que he podido ver por ahí y que sin duda aportarían datos para una lectura más rica.
Por mi parte, a lo sumo se me ocurre que eso de abogar por una ciudad edificada en el cielo y un mundo gobernado por las aves puede tener algo de metafórico, un punto de idealismo lanzado por quien reniega de alguna situación política o social, y un mensaje que se quiere hacer llegar, envuelto en el humor, a los espectadores que por su parte solo esperan reírse y pasar un buen rato. Pero, claro, todo esto leído a pelo veinticinco siglos después no funciona nada bien, a diferencia de esos otros autores a los que me refería al principio, clásicos, estos sí, en el más profundo sentido de quienes hablan sobre cosas más allá del momento y el lugar, que tocan al ser humano con carácter universal e intemporal.
Por lo demás, digamos que el librito por sí mismo puede resultar a lo sumo entretenido y hasta provocarnos alguna sonrisa, nada mucho más allá, pero a fin de cuentas es otro título que llevarnos a la mochila, porque en definitiva en materia de lecturas (casi) todo suma.
Otras obras de Aristófanes reseñadas en ULAD: Lisístrata, Pluto
lunes, 28 de febrero de 2022
Ilustres olvidados #1 La Ilíada, de Homero
Resulta que mañana, 1 de marzo, este blog cumple exactamente trece años. Muchos, eh? Muchas reseñas de muchos libros han pasado por aquí, desde luego. Pero somos gente seria, austera, infatigable, y no nos permitimos celebrar con festejos esta entrada en la adolescencia. Al contrario, nos mortificamos con lo que después de esas cuatro mil no sé cuantas reseñas todavía no está en ULAD, las ausencias inexplicables, los Ilustres olvidados.
Serán autores a los que injustamente nunca les dimos un hueco (a algunos ya los rescatamos hace algún tiempo pero faltan más), libros esenciales que pasamos por alto, vacíos todos que nos impiden conciliar el sueño. En unas cuantas entradas durante esta semana repararemos algunos de esos agujeros. Nos quedarán más, pero con el tiempo iremos a por ellos.
Título original: Iliás (λιάς)
Traducción: Vicente López Soto
Año de publicación: siglo VIII a.C. o por ahí
Valoración: Bastante recomendable
Si hablamos de libros ilustres que todavía no habían llegado a ULAD, el bueno de Homero es un nombre que no puede faltar. En general no estamos haciendo mucho caso a los clásicos griegos (una pena, algo que iremos solucionando) pero dejar fuera al viejo poeta no tiene perdón. ¿Quién nos hubiera contado mejor las aventuras de Ulises (Odiseo) surcando el Mediterráneo acosado por todo tipo de monstruos? ¿Qué hubiera escrito Joyce sin esa inspiración? (bueno, seguro que hubiera encontrado otro filón vaya usted a saber dónde) ¿Dónde hubiéramos encontrado un mejor relato de la cólera de Aquiles y su (casi) irrevocable enfado con Agamenón? Pues bien, tomemos esto último para empezar a hablar de La Ilíada.
Por lo visto, no está claro cuánto tiene la guerra de Troya de realidad o de leyenda. El caso es que muchas fuentes anteriores a Homero mencionan cosas fragmentarias sobre este terrible conflicto, del que se dice que se prolongó durante diez años. Pero si usted espera que La Ilíada nos cuente su desarrollo y pormenores, incluidos el numerito del caballo y el del talón de Aquiles, lo tiene crudo. Lo que hace Homero a lo largo de sus quince mil y pico versos distribuidos en veinticuatro cantos es relatar una pequeña parte de esa guerra, a decir de los expertos una fase de unas cuantas semanas localizada en el último año de combates. Aun así, el libro nos informa de muchas cuestiones fundamentales en relación con los diferentes (y muy numerosos) protagonistas del choque.
Se dice que el origen de la guerra fue el rapto de la griega Helena (lo de rapto es algo bastante dudoso) por Paris, uno de los muchos hijos del rey de Troya. Por intercesión de los dioses (ya hablaremos luego de esto) el rey Agamenón reúne un ejército para recuperar a la bella Helena y de paso destruir a los odiados troyanos. La coalición es muy potente, pero le falta la pieza clave: el gran Aquiles, hijo del rey Peleo y la diosa Tetis, está enfurruñado con Agamenón porque le ha birlado a una esclava que Aquiles obtuvo de un saqueo, y por lo visto estimaba mucho. El héroe se desplaza con los demás a Troya pero se queda en su tienda rumiando su enfado, mientras los demás griegos se batían el cobre frente a las murallas de la ciudad. Las fuerzas troyanas las capitanea otro tipo de cuidado, el divino Héctor, cuya fuerza y valor hace que la balanza se incline poco a poco del lado de los sitiados, en principio menos poderosos.
Todo esto lo cuenta Homero en sus versos, afortunadamente trasmutados para nosotros en una prosa fluida y muy asequible, con algunas peculiaridades, parte de ellas compartidas con otros clásicos de la época y la región. Una muy señalada es la propensión a los largos parlamentos, muchos de ellos colocados en los momentos más inoportunos, ya saben, cuando uno de los combatientes va a acometer a su oponente, larga un discurso resonante, que puede ser reivindicativo, amenazante o protocolario, incluso teñido de un negro sarcasmo frente al oponente muerto, que también. La cosa recuerda, si se me permite la frivolidad, a esos animes japoneses donde, entre puñetazo y puñetazo, se intercalan peroratas y reflexiones eternas. Pero en el caso de Homero todo está al servicio de la épica de la lucha y la exaltación de los combatientes. Son tipos aguerridos, valerosos y casi sobrehumanos. Aunque también se nos dejan ver sus debilidades, lo que es un signo importante que distingue al autor. Todos los héroes dejan en algún momento al descubierto flaquezas propias de cualquier persona: el rebote, un poco infantil, de Aquiles, cierta tendencia al derrotismo y la huida cuando las cosas se ponen feas, dudas en momentos decisivos. Los caudillos de uno y otro lado, pese a su carácter titánico, no escapan a su naturaleza humana, aunque sea momentáneamente.
El autor se muestra equidistante entre ambos bandos, no está contando un hecho histórico que se preste a tomar posición, quiere relatar la inmensa epopeya de hombres que son casi dioses y que pelean, más que por una patria o por un objetivo determinado, por el honor de la victoria… y de paso por las posibles recompensas (riquezas, mujeres, esclavos). Solo en la última fase Homero parece escorarse del lado de los aqueos, seguramente porque la muerte de Patroclo por Héctor (el hecho determinante del desenlace) no le parece del todo honorable. Por lo demás, llama la atención alguna digresión que, aunque quizá no para el autor, tiene tintes cómicos, como una larga discusión sobre si es preferible desayunar o no justo antes de iniciar la batalla decisiva.
Se puede hablar sobre otros muchos aspectos. Quizá el más sobresaliente es el papel de los dioses en todo este desaguisado. Allá arriba, en el Olimpo, un buen puñado de dioses, encabezados por Zeus, dejan ver innumerables rencillas que les llevan a engañarse unos a otros, buscando cada uno su interés o sus deseos de venganza, porque se dirían más humanos que los que luchan a ras de tierra. Unos y otros (Atenea, Apolo, Poseidón y una larga nómina) maniobran buscando la victoria del bando que les conviene, sin dudar a la hora de mezclarse en la guerra disfrazados, asesorando o alentando a los soldados, o directamente atacando a quien se tercie. Así, la guerra viene a ser una especie de juego de rol, y los imponentes héroes meros peones movidos a discreción por las deidades.
Pero no me extiendo más. Puede que la lectura se nos haga algo larga, y sobre todo que nos cueste un poco asumir un ritmo y unas líneas argumentales que en algunos momentos resultan extrañas a la literatura bélica actual. Pero es también un libro que deja un poso importante, algo que se debe conocer. Un Imprescindible para el amante de la literatura, un Recomendable para aquellos a quienes simplemente les gusta leer.
miércoles, 12 de enero de 2022
Fernando de Rojas: La Celestina
Año de publicación: 1502 (aproximadamente)
Valoración: Está bien
- Porque sus personajes no despiertan la menor empatía; no hay ninguno por el que el lector sufra o por el que el lector se cambiaría. Incluso Calisto y Melibea que no dejan de ser dos víctimas de su entorno, quedan retratados como dos auténticos chorlitos.
- Porque ninguno de los conflictos que se apuntan llega a su culminación y todo queda en una amalgama de temas de baja intensidad: los peligros de dejarse llevar por el amor romántico, los peligros de emplear malas artes con fines lucrativos, las pugnas que se generan con la diferencia de clases.
- Porque ninguna de las tramas logra (tampoco) hacerse con las riendas de la narración: ni los amores de Calisto y Melibea, ni los tira y afloja entre Celestina y los criados, que quedan unidas por un desenlace final que, en mi opinión, se posterga demasiado y no resulta del todo verosímil. La muerte de Calisto cayendo por la escalera me resulta casi cómica.
«¿Piensas que se siente insultada cuando le llaman puta? No lo creas; que se glorifica en oírlo, como tú, cuando dicen: ¡diestro caballero es Calisto! Y además es conocida por tal título. Si entre cien mujeres va y alguno dice: ¡puta vieja!, sin ningún empacho vuelve la cabeza y responde con alegre gesto. En los convites, en las fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los mortuorios, en todas las reuniones de gentes, con ella pasan el tiempo. Si pasa por donde están los perros, a eso suena su ladrido; si está cerca de las aves, otras cosas no cantan; si cerca de los ganados, balando lo pregonan; si cerca de las bestias, rebuznando dicen: ¡puta vieja! Las ranas de los charcos otras cosas no suelen decir. Si va entre los herreros, aquello dicen sus martillos. Carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores, todo oficio de instrumento forma en el aire su nombre. Cántenla los carpinteros, péinenla los peinadores, tejedores. Labradores en las huertas, en los surcos, en las viñas, en las siegas con ella pasan el afán cotidiano. ¡Oh qué comedor de huevos asados era su marido! ¿Qué quieres más, sino, si una piedra toca con otra, luego suena ¡puta vieja!?»
sábado, 18 de septiembre de 2021
Àngel Guimerà: Terra baixa
Traducción: (*)
Año de publicación: 1896
Valoración: Imprescindible
- Subordinación de toda una comunidad a la voluntad de un solo individuo que ostenta un poder de fundamento básicamente feudal y hereditario. La autoridad del amo Sebastià no se pone en duda bajo ningún concepto a pesar de que cometa actos deleznables.
- Pedofilia. Sebastià aprovecha la situación de vulnerabilidad extrema de una niña de catorce años (Marta) para convertirla en su amante sin el menor escrúpulo.
- Violencia de género. No solo porque la Marta adulta vive sometida, física y emocionalmente, a la voluntad de Sebastià, sino porque la gente del pueblo no la considera una víctima sino una «perdida» que no merece la misma consideración que el resto.
- Alienación social. Una comunidad pequeña y hermética en la que se aceptan una serie de actitudes arraigadas a pesar de que son moral y humanamente reprobables e injustas. Tiene que venir alguien de fuera, en este caso Manelic, para poner en crisis todo su sistema de valores.


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