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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Olaf Stapledon: La última y la primera humanidad

Idioma originalinglés
Título original: Last and First Men
Año de publicación: 1930
Traducción: Jordi Arbonés
Valoración: bastante recomendable (pero no para todos los gustos)

Ya en Hacedor de estrellas había utilizado la etiqueta "no para todos los gustos", lo cual muestra un adelanto de cómo sería leer esta novela, similar en tema, ambición y tono a aquella tan filosófica, excepcional en su estética del asombro y la inocencia y, para qué negarlo, árida hasta la extenuación. Otra etiqueta podría ser "en pequeñas dosis", pero como la he leído de corrido y manejado sus conceptos de una forma más asequible (en escalas es mucho más humilde, ¡solo la humanidad!), creo que vale la pena hacer el intento.

Es esta un recorrido entero sobre la especie humana. Nosotros aparecíamos brevemente en Hacedor de estrellas, apenas nombrando nuestra extinción en Neptuno. Acá se traza (de forma quizás muy morosa al principio y luego acelerando vertiginosamente milenios) la historia completa, desde nuestros inicios como Primera Humanidad (en la cual todavía nos encontramos) hasta la Decimoctava Humanidad (unos mil quinientos millones de años después y ya en Neptuno). Stapledon utiliza el recurso de mensaje del futuro enviado al pasado, elemento que se explicará casi al final de la novela (bastante abstracta y original la utilización, pero cargada de una imaginería difícil de asimilar), como una forma de "poseer" al autor y conminarlo a escribir lo que le relatará.

No quiero repetirme en el argumento: básicamente trata de nuestro proceder como especie a lo largo de dos mil millones de años. La Primera Humanidad, por ejemplo, y luego de guerrear repetidamente entre Europa, EE.UU y China, se reúne bajo un Estado Mundial que fracasa estrepitosamente por la obsesión hacia el principio del Motor (en el sentido de movimiento, no de motor de auto), representado en el despilfarro de energías naturales y agotando los recursos del planeta (¡plena actualidad!) y de la cual unos habitantes de la Patagonia serán el reducto último y las raíces de las que surgirá la Segunda Humanidad, que no es mejor que la Primera. Y así más o menos en cada transición hacia otra Humanidad. Stapledon menciona las características físicas y culturales de cada una, la evolución de ambas a lo largo de millares de años, los auges y decadencias de las mismas (y, algo que me sorprendió para bien, la marcada importancia de las relaciones sexuales en cada una de ellas. Para ser de 1930 es de todo menos pacato). Algunas Humanidades, como la Tercera y la Quinta son el summum de nuestra especie, dedicadas a la religión del amor y al abandono del egoísmo natural en pos de una comunidad mundial, pero con la individualidad por bandera. Otras son un desastre, como la Cuarta, unos cerebros artificiales incapaces de entender el disfrute de sus creadores, la Tercera, y por ende resentidos hasta el hartazgo, y un par más en donde directamente somos pájaros, ratas o babuinos más preocupados por nuestros instintos primales que en el conocimiento y la intuición para mejorar.

Es, entonces, una novela circular. El narrador, con una mezcla de sorpresa, desgana y lleno de compasión hacia el resto de las Humanidades, deshoja cada una con precisión de científico e incluso reconociendo lo desesperanzador de su relato, ya que pareciera que nuestro destino natural es fracasar y arruinar sociedad tras sociedad. En algún punto menciona que el sufrimiento, puesto en una balanza, es mucho mayor que nuestras alegrías. Pero Stapledon, marcado con una fuerte impronta humanista (pleno período de entreguerras, por un lado, y no tan desconocedor de lo que se venía) y a pesar de que en la novela nos extingamos, considera que ha sido un placer formar parte del género humano. 

Por ello, y por más que la novela arranque lentísimo con la Primera y termine siendo una abstracción muy potente con la Decimoctava, en la que cuesta entender la sociedad del momento (aunque sea un efecto buscado por el narrador), y lo adictivo esté en ese medio (más o menos lo que pasaba con Hacedor de estrellas: lo interesante está en la expansión de la Humanidad, y lo árido al principio, cuando todavía nos vemos limitado por una historia muy reconocible, y al final, en el que nos cuesta situarnos) comprendido por la Tercera y la Décima Humanidad, cuna de lo mejor y lo peor de nuestras acciones, nos vemos involucrados , esperanzados y desesperanzados por nuestra historia, nuestra causa, nuestras cuestiones existencialistas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?, ¿por qué estamos acá?, ¿es el universo algo con sentido o puro y fortuito azar? Uno termina siendo partícipe de lo que ocurre en la novela, termina creyendo que, desde su individualidad y en una trama de dos mil millones de años, importa lo que hagamos, por más que el narrador desempolve la trama histórica en suspiros como "y luego de millares de años consiguieron lo que buscaban", dejando de lado las iguales vidas en cantidad que se habrán vivido en ese período y la cantidad de miserias efectuadas, pero, y eso es lo más importante, también alegría y gozo por existir. Entonces, y para ir cerrando la reseña, nada mejor que citar a Stapledon, con su visión excesivamente romántica e ilusa para unos, necesaria y veraz para otros: "Está muy bien haber sido hombre".

Más de Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

lunes, 27 de julio de 2026

Contrarreseña: En busca del tiempo perdido VI. La fugitiva, de Marcel Proust

Idioma original: Francés

Título original: Albertine disparue

Traducción: Consuelo Bergés

Año de publicación: 1927

Valoración: Se deja leer

Hacía mucho que no leía un libro con un protagonista tan despreciable. Venía de leer los libros anteriores de la "saga" y, aunque tienen sus altibajos, concuerdo con las reseñas anteriores en que son obras maestras. Sin embargo, este libro lo sufrí. Pero, pues, ya que después de este solo queda uno más, no pensaba quedarme a medias.

Me ahorraré el argumento porque está muy bien presentado en la reseña original, la cual pueden leer aquí y luego regresar a terminar de leer esta.

Si ya de por sí sabemos que el protagonista de este culebrón tiene la madurez emocional de un niño de diez años, al presentársele una verdadera crisis (y no que su mamá no le vaya a dar el beso de buenas noches), presenciamos cómo afloran el narcisismo y la cobardía de este niño de papi.

Primero, el protagonista, a quien de ahora en adelante me referiré como Marcelito, nos platica lo mucho que sufre por el abandono de su concubina, la tal Albeghtín, a quien rechazaba, menospreciaba y pensaba abandonar. Pero, como se le adelantaron y lo dejaron primero, sufre a más no poder.

Segundo, Albertine muere (el único castigo que se merecía por dejar a nuestro héroe) en un accidente absurdo. Y Marcelito, en lugar de tener alguna revelación que impacte su carácter, nos suelta frases increíbles tales como: «Si Albertine no me hubiera conocido, tal vez aún seguiría viva y yo no estaría sufriendo tanto». Lo único que le importa a Marcelito de la muerte de Albertine es cuánto le afecta a él y que ya no será posible confirmar sus sospechas sobre las relaciones lésbicas de ella, lo que nos lleva al tercer punto.

Marcelito, el homosexual reprimido, nos narra lo mucho que desprecia las aberrantes relaciones que su Albertine pudo o no haber mantenido con otras damas de su círculo. Sin embargo, debido a que, ¡ups!, está muerta, no podrá confrontarla al respecto y tendrá que ir de rastrero a cuestionar a cualquiera que pueda saber algo sobre las aventuras sáficas de su examante, con el único objetivo de aliviar sus celos.

Por otro lado, a pesar de rechazar sin concesiones las relaciones lésbicas de las damas comme il faut, Marcelito no tuvo reparos en contarnos con lujo de detalle las relaciones homosexuales que un tal Monsieur de Charlus mantiene con jovencitos, asunto al que le dedica cientos de pa... ginas.

En conclusión, La fugitiva me resultó exasperante. Nos vemos obligados a quedarnos encerrados durante cientos de páginas en la cabeza de alguien mezquino, celoso, hipócrita y profundamente incapaz de amar sin poseer. Proust retrata con una precisión casi insoportable esa forma de duelo que nace nada más y nada menos que del orgullo herido.

Fuera de lo anterior, el libro está escrito por Marcel Proust: impecable.

domingo, 15 de febrero de 2026

H.G. Wells: La isla del doctor Moreau

Idioma original: inglés
Título originalThe island of Doctor Moreau
Año de publicación: 1895
Traducción: José C. Vales
Valoración: recomendable alto


Vamos con otro clásico de la ciencia ficción, aunque este es uno de los casos donde no se muestran avances futuristas ni sociedades en el futuro ni nada por el estilo, sino que se centra en un aspecto fundamentalmente más cercano: lo que sucede cuando la ciencia se entrecruza con el deseo de ser Dios y jugar, mediante el poder conferido por esa razón, con especies "inferiores".

La novela inicia con el relato de Edward Pendrick, quien nos informará de un suceso que le ocurrió hace un tiempo y del cual tiene necesidad de ponerlo en palabras, aunque (para él, se entiende) sea un relato inverosímil. Asistimos, entonces, a la descripción de su viaje en barco, el posterior naufragio y rescate por parte de otro, donde conoceremos a Montgomery, el ayudante del afamado doctor Moreau. Wells ya nos da las primeras pistas de que el doctor no juega con todos los patitos en fila, sobre todo por la actitud del ayudante, entre receloso de su tarea y rendido ante la admiración por el doctor. También leemos la descripción de M´Ling, un ser en apariencia humano, extremadamente feo y con ojos rojos, pero pronto nos enteramos que en realidad es la Bestia más sofisticada de todas las creaciones del doctor Moreau (hasta comparte cierta amistad con Montgomery, a pesar de ser un trasunto de la relación amo-esclavo).

Cuando Wells hace la presentación del doctor Moreau (Pendrick recuerda haber leído acerca de él en los periódicos y de su exilio de la comunidad científica a raíz de las vivisecciones practicadas en los animales), lo revela como un doctor frío, metódico, que no tiene otro interés salvo el de aportar sus descubrimientos a la ciencia, a pesar del riesgo de que lo consideren perturbado (lo que vendría a ser uno de los primeros prototipos de genio loco y con una ética deleznable). El doctor le pide a Pendrick que no acceda a cierto recinto de la casa donde se alojan. Pendrick acepta, pero instantáneamente escucha gritos agonizantes en dicha habitación y decide alejarse para explorar la isla. Ahí encuentra a más Bestias, que tienen un comportamiento entre típico de animales (con una semejanza física similar a la de un cerdo) y a la vez demasiados ambiguos con la presencia de un simple humano. Al ver que lo persiguen, aturde en medio del pánico a uno y vuelve a casa, sin encontrar respuestas a lo que acaba de presenciar.

A partir de ahí la novela entra  en la cuestión moral de la intervención humana en las especies de la Naturaleza, sobre todo cuando nos enteramos que Moreau vivisecciona animales para tratar de conferirles rasgos humanos. Es por ello que las Bestias se reúnen en una caverna a recitar como una letanía La Ley, que impone pautas de comportamientos como no comer carne animal y a la vez recordatorios constantes (la repiten a cada rato) sobre el papel de Moreau como su Creador (dichas alabanzas le generan de todo menos vergüenza).

Es casi entrañable ver a los animales humanoides tratando de establecer jerarquías y de evitar a toda costa el animalismo inherente (hay un Bestia que casi cumple la función de sacerdote y orador, como si la necesidad de contar, aunque sea una proto-Biblia-, fuera la característica más importante del humano, y a la vez es aterrador ver que su mismo Creador se va deshumanizando a nuestros ojos, convencido de su importancia y de que la curiosidad y el empuje son los factores más importantes a la hora de aportar algo, más allá de toda convención acerca del bien y el mal. 

Si algo bueno tiene esta novela, es que las explicaciones técnicas tardan en llegar; a Wells no le preocupa tanto la posibilidad real de que los animales puedan llegar a pensar como humanos (incluso M´Ling, el más inteligente de todos, experimenta regresiones al animalismo), sino de si debemos adentrarnos en ese terreno. La novela funciona más a base de sugerencias e intuiciones y no tanto apelando a la racionalidad. Ciertamente hay un primitivismo en la actitud de todos los personajes: en la insania de Moreau, en la sumisión de Montgomery a través del alcohol y la resignación, en el patético intento de ser humano de M´Ling y en el acomodo confortable de Pendrick cuando le explican los secretos de la isla. En la citada explicación asistimos a un monólogo sin pasión, hasta corto para las características de este género; las maravillas del descubrimiento no afectan a Moreau, porque su corazón se ha corrompido en la búsqueda de otorgarles razón a sus criaturas. 

Y es por eso que ese mismo descubrimiento nos repugna y nos aleja de toda seducción. Es por eso que preferimos que Pendrick no elija quedarse con el trono de Moreau una vez que pasa lo inevitable y las criaturas, ya sin su Creador, regresan a su estado de naturaleza, y es por eso que lo entendemos cuando, a la vuelta de la civilización, nos considere a todos como humanos latentes de un animalismo reprimido por las convenciones sociales y a punto de explotar con cada paso. Wells nos informa y nos alerta de la necesidad de pensar qué hacen los avances, con qué mirada ética están sustentados y si realmente benefician a la sociedad y no son simplemente sadismo disfrazado de progreso y virtud.




viernes, 2 de enero de 2026

Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas

Título original: Star Maker
Año de publicación: 1937
Traducción: Gregorio Lemos
Valoración: muy recomedable (pero no para todos los gustos)

La verdad es que, aunque sea una novela totalmente recomendable y predecesora de muchos cambios que hoy vemos en el mundo, no podría ser entusiasta como para regalársela a todo el que se me cruce, como hago con Stoner, por ejemplo. Digamos ya que tiene un prólogo de Borges, y si a Borges le gustaba, que era, por lo general, un viejo odioso con mucha ironía, la novela debe de ser genial. El argumento tendría un punto si no fuera porque: 1) me enchufó La invención de Morel, que me resultó bastante floja, y; 2) hay que recordar que le gustaba todo lo filosófico y los palimpsestos áridos. Y por ahí anda Hacedor de estrellas en varios capítulos. De todas maneras, esta vez me inclino por la opinión de Borges.

Novela en la que realmente no ocurre nada y a la vez ocurre todo, inicia con el protagonista saliendo de casa hacia una colina para contemplar la noche despejada. Tal es la relajación y su maravilla ante el mundo que su consciencia se eleva de su cuerpo y abandona la Tierra. Lo que podría ser una premisa potente para una novela de ciencia ficción se convierte en un ensayo sobre las posibilidades de vida existentes en otros mundos, otras galaxias y otros espacios temporales. No me deja de sorprender la lucidez de Stapledon a la hora de narrar, con una prosa sequísima, de manual académico, pero a la vez cargada de honda sabiduría y de una tristeza infinita al comprobar que en todos lados se repite el ciclo de la historia humana, la invención de mundos distintos, de planos que están millones de años luz delante de nosotros. Todo ocurre, según el narrador, al mismo tiempo. De hecho, al final del libro adjunta tres gráficos para seguir la historia: uno por las edades galácticas, uno por edades del cosmos y otro, circular, que representa las dos mitades de la creación: inmatura y madura. 

Como se ve, estamos hablando de un manejo del tiempo que abarca desde el principio, como lo entendemos o llegamos a entender, y del fin, difícilmente definible a no ser que tengas una prodigiosa imaginación. Pero entre medio pasan muchísimas cosas más. El narrador, después de un largo y espeso capítulo que casi me hace abandonar la novela (se la pasa describiendo la forma de nuestra Vía Láctea y cómo se va alejando de ella) llega a un mundo conocido como La Otra Tierra, y ahí es donde la novela despega, porque en el curso de muchos años asistimos a la integración del narrador en su planeta, a la contemplación de la decadencia total de su sociedad a pesar de que sus habitantes son muchos más civilizados que nosotros, y de cómo entabla amistad con uno de ellos hasta el punto de compartir una consciencia y lograr que también inicie su viaje interestelar.

La novela, en general, sigue un patrón: hay un viaje, se llega a un mundo o a varios (no hay que olvidar que en todo momento es una consciencia), se analiza la sociedad del momento y se acelera el tiempo para mostrar el fin de la misma, desgranando todos los motivos por el cual una comunidad de seres se degrada hasta la violencia y las formas últimas de sobrevivencia (fue escrita en el período de entreguerras, pero casi ahí nomás estalla la Segunda Guerra Mundial, así que sus poderes oraculares fueron totalmente certeros).

Poco a poco va reclutando miembros de distintas galaxias hasta formar una especie de familia rodante en una casa rodante mental; el narrador ya no es un narrador individual, son todos los aventureros que escapan de su condición que los ataba a sus respectivos mundos. Y poco a poco, también, van reflexionando acerca de por qué se encuentran ahí, dónde está Dios (lo que ellos llaman Hacedor de Estrellas) y por qué pareciera que la extinción de todos los mundos y la llegada de la muerte inminente del cosmos es un plan perfectamente calculado.

A partir de cierto punto, la novela (¿ensayo narrativo?) deja de focalizarse en los mundos y galaxias para obsesionarse con el Hacedor de Estrellas y las implicancias morales de su existencia. A partir de ahí (y un poco antes, cuando la narración se convierte en abstracta por la mente colmena) entramos en un terreno filoso de transitar. Si bien el sentido de asombro no decae nunca, mérito muy grande del autor, cada vez cuesta imaginarse más las cosas que cuenta. Maneja elementos demasiados ambiciosos para que al lector le resulte accesible ponerse en la situación interestelar. Ya al final son escenas imposibles de comprender desde un punto de vista humano. Lo cual creo que le importó entre poco y nada a Stapledon, y está bien que así sea, porque no le interesa nuestra compresión, sino lo insignificante que somos (y cualquier otro ser vivo de otros mundo) ante la Creación.

Como no hay casi acción, solo un recorrido por los distintos puntos del cosmos, yo no diría que sea para todos los públicos. Cuesta entrar, mucho más cuando uno entiende que no será una novela común al uso, pero de ahí hasta el punto mencionado la lectura es puro placer aventurero y constatación asombrosa del genio del autor, capaz de predecir y acertar lo que ocurriría en nuestra historia actual. Pero se vuelve densa en el terreno filosófico-religioso, y ya para el final, aunque contemplamos extasiados la visión del autor, también queremos volver a casa. Y en parte creo que ese es el efecto de Stapledon: todo viaje tiene su fin, y la mayoría de ellos, si no es con la muerte, es con el regreso a casa, trastornados ante lo registrado. Stapledon corona así una novela épica, inabarcable en su concepción (toda la historia del cosmos), llena de reflexiones y con la sensación de haber asistido, con el espíritu del niño inocente pero asustado por los fantasmas, a una obra que toca demasiado de cerca cuestiones que pensábamos superadas.

sábado, 30 de agosto de 2025

Aristófanes: Las aves

Idioma original: griego clásico

Título originalὌρνιθες (Ornithes) 

Año de publicación (representación): 414 a.C.

Valoración: Se deja leer 


Creo que alguna vez he llegado a decir aquí que leer a los clásicos griegos no es en absoluto tan intimidante como la gente cree. De hecho, aunque algunos textos resulten a veces no muy digeribles, hay otros, en mi opinión la mayoría y sobre todo los de los grandes dramaturgos, llenos de vivacidad, relatos épicos, tragedias brutales, historias eternas y a veces cuajadas de humor, que pueden leerse sin la menor dificultad y resultan muy gratificantes. Esto es así muchas veces, pero llegados a este punto hay que reconocer que no siempre.

Aristófanes, autor sobre todo de comedias, propone en Las aves una cosa bastante loca: un par de personajes, Pistetero y Evélpides, consiguen entrar en contacto con Tereo, un rey que de alguna manera fue transformado en una abubilla y en su nueva condición parece que ejerce cierto ascendiente sobre el mundo de las aves. Los recién llegados huyen de Atenas, donde es posible que estuviesen envueltos en algún pleito, e intentan convencer a la abubilla para que las aves creen una ciudad en los cielos desde la cual gobiernen el mundo, desbancando a los dioses del Olimpo. Todo esto, claro está, entre un despliegue de retórica disparatada, disfraces y algunas situaciones más o menos cómicas.

Tras haber logrado estos individuos en parte su objetivo, se desarrollan las escenas más divertidas cuando una serie de personajes van apareciendo en escena intentando apuntarse a lo que consideran el nuevo poder emergente. Poetas, negociantes y matemáticos se arriman a lo que consideran caballo ganador, siendo despachados sin contemplaciones por los nuevos dirigentes. También se aproximarán varios dioses con intención de conocer la situación, e incluso de negociar. El nuevo orden, aunque todavía embrionario, tiene un buen número de personajes arrodillados para hacerse hueco, una estampa que igual nos es un poco familiar en los tiempos actuales.

La cosa es tan chusca que por momentos se siente uno sumergido en el ambiente de algunas obras teatrales deudoras del surrealismo o de la literatura del absurdo, de manera que si estuviéramos leyendo algo del siglo XX nos pondríamos quizá a buscarle significados, mensajes encriptados o estereotipos bajo el disfraz. En ese intento de análisis de fondo, seguramente el texto podría darnos claves interesantes en manos de algún entendido en la época: el reflejo del conservadurismo de Aristófanes, la crítica a la recientemente nacida democracia ateniense, ecos de la geopolítica del momento, cosas así que he podido ver por ahí y que sin duda aportarían datos para una lectura más rica.

Por mi parte, a lo sumo se me ocurre que eso de abogar por una ciudad edificada en el cielo y un mundo gobernado por las aves puede tener algo de metafórico, un punto de idealismo lanzado por quien reniega de alguna situación política o social, y un mensaje que se quiere hacer llegar, envuelto en el humor, a los espectadores que por su parte solo esperan reírse y pasar un buen rato. Pero, claro, todo esto leído a pelo veinticinco siglos después no funciona nada bien, a diferencia de esos otros autores a los que me refería al principio, clásicos, estos sí, en el más profundo sentido de quienes hablan sobre cosas más allá del momento y el lugar, que tocan al ser humano con carácter universal e intemporal. 

Por lo demás, digamos que el librito por sí mismo puede resultar a lo sumo entretenido y hasta provocarnos alguna sonrisa, nada mucho más allá, pero a fin de cuentas es otro título que llevarnos a la mochila, porque en definitiva en materia de lecturas (casi) todo suma.

Otras obras de Aristófanes reseñadas en ULADLisístrataPluto


lunes, 28 de febrero de 2022

Ilustres olvidados #1 La Ilíada, de Homero

Resulta que mañana, 1 de marzo, este blog cumple exactamente trece años. Muchos, eh? Muchas reseñas de muchos libros han pasado por aquí, desde luego. Pero somos gente seria, austera, infatigable, y no nos permitimos celebrar con festejos esta entrada en la adolescencia. Al contrario, nos mortificamos con lo que después de esas cuatro mil no sé cuantas reseñas todavía no está en ULAD, las ausencias inexplicables, los Ilustres olvidados.

Serán autores a los que injustamente nunca les dimos un hueco (a algunos ya los rescatamos hace algún tiempo pero faltan más), libros esenciales que pasamos por alto, vacíos todos que nos impiden conciliar el sueño. En unas cuantas entradas durante esta semana repararemos algunos de esos agujeros. Nos quedarán más, pero con el tiempo iremos a por ellos.


Idioma original: griego antiguo

Título original: Iliás (λιάς)

Traducción: Vicente López Soto

Año de publicación: siglo VIII a.C. o por ahí

Valoración: Bastante recomendable


Si hablamos de libros ilustres que todavía no habían llegado a ULAD, el bueno de Homero es un nombre que no puede faltar. En general no estamos haciendo mucho caso a los clásicos griegos (una pena, algo que iremos solucionando) pero dejar fuera al viejo poeta no tiene perdón. ¿Quién nos hubiera contado mejor las aventuras de Ulises (Odiseo) surcando el Mediterráneo acosado por todo tipo de monstruos? ¿Qué hubiera escrito Joyce sin esa inspiración? (bueno, seguro que hubiera encontrado otro filón vaya usted a saber dónde) ¿Dónde hubiéramos encontrado un mejor relato de la cólera de Aquiles y su (casi) irrevocable enfado con Agamenón? Pues bien, tomemos esto último para empezar a hablar de La Ilíada.

Por lo visto, no está claro cuánto tiene la guerra de Troya de realidad o de leyenda. El caso es que muchas fuentes anteriores a Homero mencionan cosas fragmentarias sobre este terrible conflicto, del que se dice que se prolongó durante diez años. Pero si usted espera que La Ilíada nos cuente su desarrollo y pormenores, incluidos el numerito del caballo y el del talón de Aquiles, lo tiene crudo. Lo que hace Homero a lo largo de sus quince mil y pico versos distribuidos en veinticuatro cantos es relatar una pequeña parte de esa guerra, a decir de los expertos una fase de unas cuantas semanas localizada en el último año de combates. Aun así, el libro nos informa de muchas cuestiones fundamentales en relación con los diferentes (y muy numerosos) protagonistas del choque.

Se dice que el origen de la guerra fue el rapto de la griega Helena (lo de rapto es algo bastante dudoso) por Paris, uno de los muchos hijos del rey de Troya. Por intercesión de los dioses (ya hablaremos luego de esto) el rey Agamenón reúne un ejército para recuperar a la bella Helena y de paso destruir a los odiados troyanos. La coalición es muy potente, pero le falta la pieza clave: el gran Aquiles, hijo del rey Peleo y la diosa Tetis, está enfurruñado con Agamenón porque le ha birlado a una esclava que Aquiles obtuvo de un saqueo, y por lo visto estimaba mucho. El héroe se desplaza con los demás a Troya pero se queda en su tienda rumiando su enfado, mientras los demás griegos se batían el cobre frente a las murallas de la ciudad. Las fuerzas troyanas las capitanea otro tipo de cuidado, el divino Héctor, cuya fuerza y valor hace que la balanza se incline poco a poco del lado de los sitiados, en principio menos poderosos.

Todo esto lo cuenta Homero en sus versos, afortunadamente trasmutados para nosotros en una prosa fluida y muy asequible, con algunas peculiaridades, parte de ellas compartidas con otros clásicos de la época y la región. Una muy señalada es la propensión a los largos parlamentos, muchos de ellos colocados en los momentos más inoportunos, ya saben, cuando uno de los combatientes va a acometer a su oponente, larga un discurso resonante, que puede ser reivindicativo, amenazante o protocolario, incluso teñido de un negro sarcasmo frente al oponente muerto, que también. La cosa recuerda, si se me permite la frivolidad, a esos animes japoneses donde, entre puñetazo y puñetazo, se intercalan peroratas y reflexiones eternas. Pero en el caso de Homero todo está al servicio de la épica de la lucha y la exaltación de los combatientes. Son tipos aguerridos, valerosos y casi sobrehumanos. Aunque también se nos dejan ver sus debilidades, lo que es un signo importante que distingue al autor. Todos los héroes dejan en algún momento al descubierto flaquezas propias de cualquier persona: el rebote, un poco infantil, de Aquiles, cierta tendencia al derrotismo y la huida cuando las cosas se ponen feas, dudas en momentos decisivos. Los caudillos de uno y otro lado, pese a su carácter titánico, no escapan a su naturaleza humana, aunque sea momentáneamente.

El autor se muestra equidistante entre ambos bandos, no está contando un hecho histórico que se preste a tomar posición, quiere relatar la inmensa epopeya de hombres que son casi dioses y que pelean, más que por una patria o por un objetivo determinado, por el honor de la victoria… y de paso por las posibles recompensas (riquezas, mujeres, esclavos). Solo en la última fase Homero parece escorarse del lado de los aqueos, seguramente porque la muerte de Patroclo por Héctor (el hecho determinante del desenlace) no le parece del todo honorable. Por lo demás, llama la atención alguna digresión que, aunque quizá no para el autor, tiene tintes cómicos, como una larga discusión sobre si es preferible desayunar o no justo antes de iniciar la batalla decisiva.

Se puede hablar sobre otros muchos aspectos. Quizá el más sobresaliente es el papel de los dioses en todo este desaguisado. Allá arriba, en el Olimpo, un buen puñado de dioses, encabezados por Zeus, dejan ver innumerables rencillas que les llevan a engañarse unos a otros, buscando cada uno su interés o sus deseos de venganza, porque se dirían más humanos que los que luchan a ras de tierra. Unos y otros (Atenea, Apolo, Poseidón y una larga nómina) maniobran buscando la victoria del bando que les conviene, sin dudar a la hora de mezclarse en la guerra disfrazados, asesorando o alentando a los soldados, o directamente atacando a quien se tercie. Así, la guerra viene a ser una especie de juego de rol, y los imponentes héroes meros peones movidos a discreción por las deidades.

Pero no me extiendo más. Puede que la lectura se nos haga algo larga, y sobre todo que nos cueste un poco asumir un ritmo y unas líneas argumentales que en algunos momentos resultan extrañas a la literatura bélica actual. Pero es también un libro que deja un poso importante, algo que se debe conocer. Un Imprescindible para el amante de la literatura, un Recomendable para aquellos a quienes simplemente les gusta leer.


Algunas versiones, o libros relacionados, sobre los que hemos hablado en ULADEl manga, El asedio de Troya

miércoles, 12 de enero de 2022

Fernando de Rojas: La Celestina

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1502 (aproximadamente)
Valoración: Está bien



La Celestina está en todas las bibliotecas y programas de estudio, hasta el punto que resulta difícil que ningún ser humano de habla castellana haya logrado eludirla a lo largo de una trayectoria académica estándar. Otra cosa es que, por mucho que se haya leído, se haya llegado a profundizar en la complejidad del artefacto literario y de lo insólito de su naturaleza. Pero eso tampoco quedará resuelto en esta reseña, que para eso está la wikipedia y montones de artículos, ensayos y tesis muchísimo más eruditos. 

Lo que sí expondré son unos argumentos que expliquen por qué esta obra no me impresiona como tal y, sin embargo, puedo comprender que sea considerada un hito de nuestra literatura. Suena a contradicción irresoluble pero tan solo es una pescadilla que se muerde la cola.

Resumen resumido: el noble Calisto conoce accidentalmente a Melibea, hija de un rico comerciante, de la que se enamora al momento. Ante el inicial desprecio de ella, Calisto se pone en manos de la vieja y oscura Celestina para que interceda y le consiga sus favores. La necesaria participación en el plan de los dos criados de Calisto (Sempronio y Pármeno) generará una atmósfera de ambición, envidias y desconfianza por sacar el mayor provecho lucrativo de las ansias de los dos enamorados que empujará a todos ellos hacia un final trágico.

La Celestina, antes conocida bajo el título de Tragicomedia de Calisto y Melibea, ha sido objeto de debate en cuanto al género (¿novela, comedia humanística, tragedia, tragicomedia…?) en cuanto a la autoría, llegándose a considerar bajo algunas hipótesis de autoría colectiva y también en cuanto a su intención o propósito. Todo ello ligado a una larguísima trayectoria editorial, iniciada a principios del siglo XVI, repleta de interpretaciones, adaptaciones y censuras, que ha dado lugar a una obra de difícil catalogación y a la vez única e insólita.

Otra cuestión es cómo todo ese periplo de ambigüedad y transformación contribuye a su pérdida de carga cuando es leída o representada bajo los cánones y expectativas de una obra teatral. En cualquier caso, no deja de ser mi opinión personal de lectora de teatro que se chifla con historias bien hiladas, cargadas de conflictos universales y personajes llenos de humanidad. Y de ahí que La Celestina no me convenza:
  • Porque sus personajes no despiertan la menor empatía; no hay ninguno por el que el lector sufra o por el que el lector se cambiaría. Incluso Calisto y Melibea que no dejan de ser dos víctimas de su entorno, quedan retratados como dos auténticos chorlitos.
  • Porque ninguno de los conflictos que se apuntan llega a su culminación y todo queda en una amalgama de temas de baja intensidad: los peligros de dejarse llevar por el amor romántico, los peligros de emplear malas artes con fines lucrativos, las pugnas que se generan con la diferencia de clases.
  • Porque ninguna de las tramas logra (tampoco) hacerse con las riendas de la narración: ni los amores de Calisto y Melibea, ni los tira y afloja entre Celestina y los criados, que quedan unidas por un desenlace final que, en mi opinión, se posterga demasiado y no resulta del todo verosímil. La muerte de Calisto cayendo por la escalera me resulta casi cómica.
No por ello hay que quitarle mérito al personaje de Celestina, todo un arquetipo del que se han extraído centenares de facetas. Tampoco al esfuerzo cómico con todos los comentarios que, sobre todo los criados, lanzan al público/lector para hacerlo cómplice de sus ideas e intenciones. Para mí el pasaje más significativo es el alegato «puta vieja» que le hace Pármeno a su amo Calisto cuando al principio de la obra trata de disuadirlo de ponerse en manos de Celestina:
«¿Piensas que se siente insultada cuando le llaman puta? No lo creas; que se glorifica en oírlo, como tú, cuando dicen: ¡diestro caballero es Calisto! Y además es conocida por tal título. Si entre cien mujeres va y alguno dice: ¡puta vieja!, sin ningún empacho vuelve la cabeza y responde con alegre gesto. En los convites, en las fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los mortuorios, en todas las reuniones de gentes, con ella pasan el tiempo. Si pasa por donde están los perros, a eso suena su ladrido; si está cerca de las aves, otras cosas no cantan; si cerca de los ganados, balando lo pregonan; si cerca de las bestias, rebuznando dicen: ¡puta vieja! Las ranas de los charcos otras cosas no suelen decir. Si va entre los herreros, aquello dicen sus martillos. Carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores, todo oficio de instrumento forma en el aire su nombre. Cántenla los carpinteros, péinenla los peinadores, tejedores. Labradores en las huertas, en los surcos, en las viñas, en las siegas con ella pasan el afán cotidiano. ¡Oh qué comedor de huevos asados era su marido! ¿Qué quieres más, sino, si una piedra toca con otra, luego suena ¡puta vieja!?»
Por otra parte, y volviendo al tema de la naturaleza indeterminada de la obra, hay que decir que tal indeterminación (en el buen sentido de la palabra) es la que probablemente haya dado lugar al amplísimo abanico de interpretaciones, tonos y atmósfera bajo la que se ha adaptado y revisado esta obra: desde la óptica más oscura y fantasmagórica alrededor del mito de la Celestina-bruja, hasta la versión más cómica, gamberra y libertina, pasando por otra —ineludible y descafeinada— que pone el foco en la historia de amor romántico entre Calisto y Melibea. Para mí, sin embargo, no cabe duda de que el tema principal es la fricción que se genera con la diferencia de clases.

La valoración Está bien surge, por tanto, de la lectura realizada estrictamente bajo la óptica teatral sin que por ello deje de invitar a nuestros lectores a formarse una idea propia al respecto. Sobre la edición, yo tampoco iría a buscar algo muy remoto porque ya bastante se enrollan los personajes como para que además lo hagan en castellano antiguo. Al final una buena adaptación que no sea escolar logrará transmitir el espíritu de la obra y los hechos de la historia sin tener que dejarse la salud mental por el camino.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Àngel Guimerà: Terra baixa

Idioma original: catalán
Traducción: (*)
Año de publicación: 1896
Valoración: Imprescindible


Ya he comentado alguna vez lo mucho que me gusta leer teatro, sobre todo un buen clásico, universal, intenso, repleto de conflictos interesantes y de personajes arquetípicos llenos de humanidad y que, además, que aquello de lo que trate siga siendo vigente. Y así suele ser porque —no nos engañemos— que hayamos logrado plantar patatas en Marte no significa que tengamos resueltas nuestras miserias humanas más básicas.

Resumen resumido: El amo Sebastià hace venir desde las montañas al inocente pastor Manelic para casarlo bajo engaño con Marta, la joven a la que mantiene como amante desde que era prácticamente una niña; su pretensión es desactivar los recelos de la rica familia con la que va a emparentar sin por ello renunciar a Marta. Pero el temperamento noble y salvaje de Manelic no solo le devolverá a Marta la esperanza de tener una vida digna si no que se alzará frente al yugo feudalista de Sebastià.

La obra de Àngel Guimerà se caracteriza por poner el foco en cuestiones sociales como el clasismo, el racismo o el machismo, que al final no dejan de ser diferentes facetas de uno de los males más corrosivos que existen: el abuso de poder en cualquiera de sus formas, la opresión del otro para el beneficio personal. Sus héroes y heroínas suelen caracterizarse por su humanidad y capacidad de acercamiento al que es diferente, moviéndose por un fuerte deseo de justicia o de reposición de la dignidad. En el caso concreto de Terra baixa, los temas no han perdido —como decía antes— ni un ápice de actualidad:
  • Subordinación de toda una comunidad a la voluntad de un solo individuo que ostenta un poder de fundamento básicamente feudal y hereditario. La autoridad del amo Sebastià no se pone en duda bajo ningún concepto a pesar de que cometa actos deleznables.
  • Pedofilia. Sebastià aprovecha la situación de vulnerabilidad extrema de una niña de catorce años (Marta) para convertirla en su amante sin el menor escrúpulo.
  • Violencia de género. No solo porque la Marta adulta vive sometida, física y emocionalmente, a la voluntad de Sebastià, sino porque la gente del pueblo no la considera una víctima sino una «perdida» que no merece la misma consideración que el resto.
  • Alienación social. Una comunidad pequeña y hermética en la que se aceptan una serie de actitudes arraigadas a pesar de que son moral y humanamente reprobables e injustas. Tiene que venir alguien de fuera, en este caso Manelic, para poner en crisis todo su sistema de valores.
Àngel Guimerà emplea un lenguaje adecuado a la historia y a los personajes, sencillo y certero, así como unas acotaciones precisas que no resultan invasivas a la lectura. Por otra parte, emplea la simbología y la dicotomía como recurso habitual en sus obras: la confrontación entre una tierra alta, de la que proviene Manelic con su pureza, su espiritualidad y los valores que residen en la mente, y una tierra baja absolutamente corrompida haciendo referencia a los bajos instintos, a la genitalidad pura y dura. Lo mismo sucede con la anécdota del lobo que sirve para vehicular y justificar el acto de Manelic en ese final catárquico que pone la carne de gallina, tanto por su intensidad como por su mensaje.

Y es que uno de los mayores atractivos de Terra baixa es su protagonista, Manelic; un joven pastor que ha vivido durante años aislado en las montañas al que, sin conocerlo, juzgan a la ligera y tratan con condescendencia. Pero aunque Manelic se ha criado en un entorno regido por las reglas inclementes de una naturaleza feroz, también ha honrado cada día a sus padres fallecidos y ha rezado para preservar su humanidad, por lo que dista mucho de ser un salvaje o un simple. Manelic encarna el ideal de alma pura no corrompida con unos valores más sólidos que los del resto. Diría que de todos los personajes teatrales que he tenido el placer de conocer es el que más me ha impactado, aunque quizá tenga algo que ver el hecho de que lo pude ver interpretado por un joven Lluís Homar (cuánto tiempo, sí) que hizo un trabajo absolutamente magistral. Muy interesante, complejo y lleno de matices también el papel de Marta, dificilísimo de interpretar (en mi opinión) al ser una mujer tan hermética que arrastra semejante bagaje vital y emocional; un personaje que puede despertar la incomprensión de algunos espectadores/lectores precisamente por la miopía social que aún impera frente a las víctimas de violencia de género, tal como explicaba antes.

Y por todo eso, Imprescindible, aunque quede un poco intenso. Terra baixa es una de esas historias universales y bien contadas, un dramón de los buenos que te deja con ganas de salir a la calle a quemar unos cuantos contenedores, pero con alegría.

(*) Terra baixa (Tierra baja) es un clásico del teatro catalán y una de las obras más representadas y traducidas de la lengua catalana, por lo que existen en el mercado varias ediciones y traducciones al alcance de cualquier lector que esté interesado.