domingo, 15 de febrero de 2026

H.G Wells: La isla del doctor Moreau

Idioma original: inglés
Título originalThe island of Doctor Moreau
Año de publicación: 1895
Traducción: José C. Vales
Valoración: recomendable alto


Vamos con otro clásico de la ciencia ficción, aunque este es uno de los casos donde no se muestran avances futuristas ni sociedades en el futuro ni nada por el estilo, sino que se centra en un aspecto fundamentalmente más cercano: lo que sucede cuando la ciencia se entrecruza con el deseo de ser Dios y jugar, mediante el poder conferido por esa razón, con especies "inferiores".

La novela inicia con el relato de Edward Pendrick, quien nos informará de un suceso que le ocurrió hace un tiempo y del cual tiene necesidad de ponerlo en palabras, aunque (para él, se entiende) sea un relato inverosímil. Asistimos, entonces, a la descripción de su viaje en barco, el posterior naufragio y rescate por parte de otro, donde conoceremos a Montgomery, el ayudante del afamado doctor Moreau. Wells ya nos da las primeras pistas de que el doctor no juega con todos los patitos en fila, sobre todo por la actitud del ayudante, entre receloso de su tarea y rendido ante la admiración por el doctor. También leemos la descripción de M´Ling, un ser en apariencia humano, extremadamente feo y con ojos rojos, pero pronto nos enteramos que en realidad es la Bestia más sofisticada de todas las creaciones del doctor Moreau (hasta comparte cierta amistad con Montgomery, a pesar de ser un trasunto de la relación amo-esclavo).

Cuando Wells hace la presentación del doctor Moreau (Pendrick recuerda haber leído acerca de él en los periódicos y de su exilio de la comunidad científica a raíz de las vivisecciones practicadas en los animales), lo revela como un doctor frío, metódico, que no tiene otro interés salvo el de aportar sus descubrimientos a la ciencia, a pesar del riesgo de que lo consideren perturbado (lo que vendría a ser uno de los primeros prototipos de genio loco y con una ética deleznable). El doctor le pide a Pendrick que no acceda a cierto recinto de la casa donde se alojan. Pendrick acepta, pero instantáneamente escucha gritos agonizantes en dicha habitación y decide alejarse para explorar la isla. Ahí encuentra a más Bestias, que tienen un comportamiento entre típico de animales (con una semejanza física similar a la de un cerdo) y a la vez demasiados ambiguos con la presencia de un simple humano. Al ver que lo persiguen, aturde en medio del pánico a uno y vuelve a casa, sin encontrar respuestas a lo que acaba de presenciar.

A partir de ahí la novela entra  en la cuestión moral de la intervención humana en las especies de la Naturaleza, sobre todo cuando nos enteramos que Moreau vivisecciona animales para tratar de conferirles rasgos humanos. Es por ello que las Bestias se reúnen en una caverna a recitar como una letanía La Ley, que impone pautas de comportamientos como no comer carne animal y a la vez recordatorios constantes (la repiten a cada rato) sobre el papel de Moreau como su Creador (dichas alabanzas le generan de todo menos vergüenza).

Es casi entrañable ver a los animales humanoides tratando de establecer jerarquías y de evitar a toda costa el animalismo inherente (hay un Bestia que casi cumple la función de sacerdote y orador, como si la necesidad de contar, aunque sea una proto-Biblia-, fuera la característica más importante del humano, y a la vez es aterrador ver que su mismo Creador se va deshumanizando a nuestros ojos, convencido de su importancia y de que la curiosidad y el empuje son los factores más importantes a la hora de aportar algo, más allá de toda convención acerca del bien y el mal. 

Si algo bueno tiene esta novela, es que las explicaciones técnicas tardan en llegar; a Wells no le preocupa tanto la posibilidad real de que los animales puedan llegar a pensar como humanos (incluso M´Ling, el más inteligente de todos, experimenta regresiones al animalismo), sino de si debemos adentrarnos en ese terreno. La novela funciona más a base de sugerencias e intuiciones y no tanto apelando a la racionalidad. Ciertamente hay un primitivismo en la actitud de todos los personajes: en la insania de Moreau, en la sumisión de Montgomery a través del alcohol y la resignación, en el patético intento de ser humano de M´Ling y en el acomodo confortable de Pendrick cuando le explican los secretos de la isla. En la citada explicación asistimos a un monólogo sin pasión, hasta corto para las características de este género; las maravillas del descubrimiento no afectan a Moreau, porque su corazón se ha corrompido en la búsqueda de otorgarles razón a sus criaturas. 

Y es por eso que ese mismo descubrimiento nos repugna y nos aleja de toda seducción. Es por eso que preferimos que Pendrick no elija quedarse con el trono de Moreau una vez que pasa lo inevitable y las criaturas, ya sin su Creador, regresan a su estado de naturaleza, y es por eso que lo entendemos cuando, a la vuelta de la civilización, nos considere a todos como humanos latentes de un animalismo reprimido por las convenciones sociales y a punto de explotar con cada paso. Wells nos informa y nos alerta de la necesidad de pensar qué hacen los avances, con qué mirada ética están sustentados y si realmente benefician a la sociedad y no son simplemente sadismo disfrazado de progreso y virtud.




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