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miércoles, 7 de agosto de 2019

Lucía Asué Mbomío Rubio; Las que se atrevieron


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Podría resultar hasta gracioso, si no fuera tan chusco y patético, ese empeño generalizado que mantiene que la sociedad española no es –ni ha sido- eminentemente racista. Lo que es indiscutible desde hace al menos unas décadas es que ya no se trata de una sociedad tan unívoca, homogénea y ensimismada, tal y como la idealiza su facción más tradicionalista y cerril, más nacionalista. Afortunadamente, puesto que, en definitiva, de eso va la libertad. Las que se atrevieron es un pequeño compendio de historias personales recogidas por la periodista Lucía Asué Mbomío Rubio (Madrid, 1981); mujeres españolas, blancas, que en el inmaculado, uniforme, patriarcal y devoto país de hace cincuenta años decidieron casarse con hombres negros, originarios de Guinea Ecuatorial.

La autora abre el libro con el relato de la peripecia de sus propios padres, ella una muchachita proveniente de un pequeño pueblo segoviano, con un padre que hizo la guerra con la derecha. Llegó a Madrid para estudiar Ingeniería Industrial, facultad en la que coincidió con un chico originario de una pequeña excolonia africana. A partir de ahí, lo previsible… Aunque no. La piel de él era mucho más oscura que la de ella, quien se resistió en lo posible a comentar a su familia ese dato sobre su novio, casi hasta lo inevitable. Sabía que aquella circunstancia alteraba el curso debido de la historia hasta lo inviable, así que optó por una estrategia de hechos consumados para enfrentar los prejuicios, la cerrazón: “Se daba una concatenación de miedos que impedía que todo el mundo actuará normal: mi madre temía a mi abuelo, mi abuelo al escándalo social en el pueblo y la gente de allí a ser señalados por culpa de mi madre”,

El tratamiento narrativo de Las que se atrevieron no es estrictamente periodístico, pues no se ciñe a hacer acopio y redactar una variedad de testimonios personales. La autora opta por un relato elaborado y estilizado, que si bien se basa en las experiencias recogidas, las elabora, mezcla, vela los nombres y las identidades concretas y les va dando diferentes perspectivas en función de los roles (Mis padres, Ella, La madre, La hija, La hermana) que asigna al narrador, manteniendo de esta manera la fuerza de la primera persona. Y eso que, como el dolor o la enfermedad, parece imposible comprender, sentir el racismo, si no es en la propia piel.

Hoy puede producir piadosa risa la escena de una chica blanca diciendo a sus blancos padres que quiere casarse con un chico negro y que la madre caiga desmayada. Pera para las chicas que en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado así lo hicieron suponía crear una conmoción familiar, un escándalo social y una hecatombe personal; ser tratadas de locas, fulanas, perdidas, incapaces. Eran castigadas, recluidas, escondidas. Esos hermanos varones que las apalearon en defensa del honor familiar, esos padres estupefactos que por más vueltas que le dieran no lograban entender porqué sus propias hijas les hacían eso… Esas mismas madres que casi volvieron a desmayarse cuando, años después, su hija les anunciaba que iba a divorciarse de su negro yerno; efectivamente, las parejas con diferentes concentraciones de pigmento en la piel tampoco son eternas, ni siquiera más proclives a la felicidad. 


Y luego, claro, llegaron los hijos. Mujeres blancas con hijos negros en una sociedad que racializa la nacionalidad, como es la española ahora. Niños especiales, diferentes, caféconleche, tan monos, acostumbrados a transitar por el espacio público con una armadura protectora, que se saben mestizos, que no mulatos, porque mulato viene de mula, de la mezcla estéril del caballo y el burro, del blanco y el negro. Niños que despiertan la curiosidad, el desprecio, la hostilidad, que no cuentan a sus madres los insultos y las agresiones que reciben para no hacerlas sufrir. Madres blancas que enseñan a sus hijos a reconocerse como negros y a dotarse de herramientas para romper, con la confianza y la formación, la burbuja de protección que incorporan de serie. Y también, claro, hijas que adoran a su padre y a su madre y que nunca se lo han dicho y que aprovechan su libro para hacerlo.

Se puede leer con regularidad a Lucía Asué Mbomío Rubio en la revista Afrofeminas




sábado, 10 de noviembre de 2018

Tayyeb Saleh: Época de migración al Norte


 Idioma original: Árabe
Título original: موسم الهجرة إلى الشمال
Año de publicación: 1969
Traducción: María Luisa Cavero
Valoración: Muy recomendable

Que bien. De nuevo una de esas novelas que empiezas por curiosidad, sin ninguna expectativa, y que a la treintena de páginas ya te dices aquí va a haber tela, en la sesentena estás disfrutando como un poseso y en la centena empiezas a pensar en ir frenando el ritmo de lectura por que temes que se acabe y no quieres y al mismo tiempo necesitas seguir leyendo por que la narración te tiene absolutamente capturado, fascinado. Y he escrito “de nuevo” aunque realmente esta dichosa sensación tampoco es tan frecuente. ¡Pero que grande cuando aparece! Así que, como decía mi abuela, es de bien nacido ser agradecido, mi gratitud al Club de lecturas Africanistas de la Biblioteca pública de son Gotleu, en Palma. ¡Mil gracias por la sugerencia y por vuestra labor!

Publicada inicialmente en el diario Hiwar de Beirut, Época de migración al Norte  está narrada por la voz de un joven que tras siete años de estancia en una universidad inglesa regresa a Wad Hamid, su pueblo a orillas del Nilo en el norte de Sudán. Regresa a sus raíces, a su mundo campesino y tradicional, pero efectivamente en su cabeza la perspectiva ha cambiado. Lo cual no le supone conflicto ninguno; los juicios de valor, la tesis que subyace no es una dicotomía ni un choque sino más bien el fluir, veraz y poético, de una comunidad aferrada a la supervivencia en un territorio duro y arduo, siempre pendiente de las aguas que trae el Nilo, de sus crecidas devastadoras y fértiles, donde lo normal se convierte en extraordinario y donde lo nunca visto acaba formando parte de la vida cotidiana.

Por supuesto que las preguntas, los detalles, los por qué y los cómo que el narrador va sembrando por estas páginas están impregnados de su nueva perspectiva, condicionan la mirada recién adquirida: “Para el mundo industrializado europeo, nosotros somos unos pobres campesinos, pero, al abrazar a mi abuelo, me siento rico, como si fuera un latido del corazón del Universo. No es un roble, alto y frondoso, que crece en una tierra fértil y lluviosa, sino como los cactus del desierto del Sudán, de gruesa corteza y agudas espinas, que vencen a la muerte porque piden muy poco a la vida”. En esos años de ausencia se ha instalado en el pueblo un extraño, Mustafa Said, de quien apenas se sabe que es de Jartum, la capital. Esa falta de referencias acerca de Mustafa Said dispara el interés del narrador, y ahí empieza a desvelarse la vida de este personaje, su brillante inteligencia y sus miserias emocionales, su poderosa capacidad de seducción e, inevitablemente, de destrucción: “Su curiosidad se transformó en alegría y la alegría en simpatía y, cuando yo removiera las aguas tranquilas del algo de sus entrañas, la simpatía se transformaría en deseo, un deseo cuyas tensas cuerdas yo tañería a mi placer”.

Y así, con un ritmo ágil y constante, con un estilo luminoso y directo, van fluyendo acontecimientos y razones y el mundo, ese mundo, que parecía en una infancia permanente, enloquece y se precipita fuera de la calma, de la tradición y de la previsible cadencia de las estaciones y los años. Y medio siglo después, llega este lector desavisado y cae de bruces en ese mundo lejano y desconocido pero universal y reconocible. Y, desde luego, se despierta el apetito por devorar más historias de Tayyeb Saleh, nacido en Karmakol, en el norte de Sudán, en 1929 y fallecido ochenta años después en Londres 2009, y uno piensa –sí, que bien- quedan todavía tantas lecturas maravillosas por descubrir…


viernes, 12 de octubre de 2018

Nuruddin Farah: Nudos


Idioma original: Inglés
Título original: Knots
Año de publicación: 2007
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Está muy bien

Cuentan que en su momento Mogadiscio resultaba una ciudad de verdad atractiva; con la suficiente cantidad de placidez, exotismo y posibilidades como para hacer de ella un destino deseado, soñado. Por que ahora, y desde hace casi treinta años, asociamos la capital de Somalia a caos, destrucción y vorágine. Esa es al menos la única percepción que nos llega a través de los informativos, cuya actividad comercial consiste como sabemos en vendernos el relato de la supuesta realidad a base de la recopilación diaria de desastres y hechos llamativos, excepcionales o desgarradores. De lugares como Mogadiscio y de Somalia, entonces, apenas nos enteramos cuando el estallido de un coche bomba deja un buen reguero de cadáveres. Pero el oriente de África es también las melodías delicadas y extrañas de Mulatu Astatke o el ritmo risueño y fascinante de Abdel Aziz El Mubarak. O las novelas de Nuruddin Farah.

Los libros de Nuruddin Farah (Baidoa, Somalia, 1945) disponibles en castellano son los que componen la trilogía Past Imperfect (Pasado Imperfecto). A saber: Links (Eslabones, 2004), Knots (Nudos, 2007) y Crossbones (Huesos cruzados, 2011), que pueden ser leídos de manera desordenada pues lo que albergan es una situación parecida –el regreso del emigrante/exiliado a Mogadiscio- protagonizado por personajes de distinta circunstancia, género y perspectiva. En cualquier caso, son viajes de regreso que el propio autor experimentó por si mismo. Nuruddin Farah realizó sus estudios universitarios en India y en Reino Unido para partir definitivamente al exilio en la década de los 70 cuando Somalia estaba sometida a la dictadura de Siad Barre y tardó más de veinte años en poder visitar de nuevo su país. Desde entonces ha residido en diversas ciudades de Europa, Norteamérica y África.

En Nudos quien regresa a Mogadiscio tras veinte años de ausencia es Cambara, quien en Canadá se ha labrado una posición personal y profesional autónoma y exitosa. O quizás no tanto, pues su único hijo ha fallecido en un accidente doméstico en casa de la amante de su marido. Así que Cambara decide regresar a Mogadiscio con el objetivo de recuperar la casa familiar que ahora está ocupada por uno de los señores de la guerra que dominan la ciudad en una estrategia que pretende por un lado, canalizar el dolor por la pérdida personal a través de una acción que le permita recuperar parte del legado que conforma su estirpe familiar y, por otra, enfrentarse a la descomposición que asola a Mogadiscio y a Somalia tejiendo una red de amistades, fidelidades e intereses con la que plantar cara a la dinámica tribal, machista y depredadora que domina la situación. Y lo que Cambara se encuentra es desde luego dolor, miseria, escasez, ruina y desesperación y ese abatimiento, paralizante y, a la vez, colérico, que domina a los mascadores de qat, la potente planta psicoestimulante cuyo uso parece haberse masificado en los últimos años entre la mitad masculina de la población.

Pero Cambara también encuentra personas con las que compartir sus objetivos, cómplices con los que intentar revertir la situación, afines con los que planear un futuro más luminoso, más amable, más esperanzador, personas con las que construir una convivencia basada en los valores y los afectos y no en las identidades primarias, religiosas o tribales. Y aquí quizás surge a mi entender uno de los reparos que se le puede hacer a la narración; ¿cómo es posible este inmenso ejercicio de convivencia colectiva sin que asome ni por un momento el sentido del humor? Por eso, en algunas páginas la sensación de excesiva formalidad en el tono de la narración me ha parecido que le resta cercanía, veracidad, a esta novela que, en definitiva, deja buen sabor de boca, pues resulta un relato interesante, profundo y revelador.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Leonardo Sciascia; El mar color de vino


Idioma original: Italiano
Título original: Il mare colore del vino
Año de publicación: 1973
Traducción: Juan Manuel Salmerón Arcona
Valoración: Muy recomendable

¿Por qué nos gusta tanto Sciascia? Repaso las entradas que este blog  dedica al escritor siciliano y encuentro hasta una decena, cargadas de elogios, reconocimiento de bondades y entusiasta recomendación. Y desde luego no seré yo quien vaya a desmarcarse de esta respetabilísima tradición. Pero, ¿por qué nos gusta tanto Sciascia? Podría irme por los cerros de Úbeda y soltar alguna ocurrencia del tipo por que todos los mediterráneos somos sicilianos. Proclives a buscar refugio en una sombra y verlas pasar, bla bla bla…

Pero no. Hay algo más hondo. Más sustancial. Los libros de Leonardo Sciascia (1921 / 1989) cuentan, casi exclusivamente, historias sicilianas y para nuestro autor Sicilia era una excelente unidad de medida de lo universal. Sin ápice de ombliguismo ni asomo de aldeanismo. Pero lo que ciertamente fascina de Sciascia es el rigor, la pulcritud de los argumentos, la exigencia a motivos y razones, la capacidad para pensar, para desnudar y (re)vestir ideas, comportamientos, actos y roles. O sea, para desmenuzar la condición humana con lucidez y agudeza. Por eso (creo) nos gusta tanto, y nos da lo mismo acabar de leer sus libros sin saber quién ha dado la orden, quién puso su pulgar hacia abajo, por que eso –como buenos sicilianos- no hace falta que nos lo cuenten, ya lo sabemos, estamos debajo de la sombra viéndolas pasar…. Lo que interesa es cómo sobrevivimos o cómo –casi siempre- somos manejados, dominados, toreados. Sometidos. Casi siempre.

El libro recoge trece relatos publicados en revistas y publicaciones varias entre 1959 y 1972. Destaca, por supuesto, la proverbial contención del autor; si el asunto puede ser bien contado en diez páginas, no son necesarias ni doce ni once. De los relatos aquí reunidos me parecen magníficos el que da título al libro, en el que un ingeniero peninsular emprende viaje en tren de Roma a Sicilia donde coincide en el compartimento con una familia siciliana –amor a dentelladas- que le dan un trayecto del que no conseguimos saber si le resulta sublime o terrorífico, o ambas cosas a la vez; la ironía resplandece con el mismo brillo que el sol del amanecer sobre el Jónico cuando el tren reinicia su andadura por el lado insular del estrecho de Messina.

En La retirada se pone a prueba el dogmatismo y la fe de aquellos militantes comunistas que recriminaban a sus esposas la devoción en santos milagreros y vírgenes protectoras mientras caían en la misma fantasía aunque su ídolo fuese un orondo y bigotudo soviético. En Un caso de conciencia vuelve a aflorar ese empacho de narcisismo y temerosa vergüenza al que dirán revestido de honor que tanto impregna y motiva al macho siciliano y a ese escozor que se percibe en la frente cuando surgen los cuernos, y que es uno de los grandes asuntos de la literatura del país. Y aquí es imposible no acordarse de los textos que componen el Tríptico siciliano de Vitalino Brancatti, uno de los referentes fundamentales en la formación como escritor de Leonardo Sciascia.

Otros relatos, como Juicio por violación o Eufrosina o El largo viaje, desprenden un aire como de crónica social, de retrato de un tiempo desde una cercanía sentimental que, aún así, prescinde por completo de la autoindulgencia que les haría caer de cabeza en el costumbrismo. Algunos, en fin, son un ejercicio divertido y sagaz de sacar punta a la relación entre los poderosos y las gentes de a pie, como en Reciprocidad, Western de “Cosa Nostra” o Giufà, donde la asimetría del trato entre los encaramados a la cúspide social y los que deambulamos por su base no deja de ser una arbitraria distinción frente a la simetría en la capacidad de pensar y desenvolvernos que a todos nos es propia y que convierte a quienes pululan por estos relatos en personajes de la negra comedia de la vida bajo el inclemente sol mediterráneo. Por eso siempre hay que volver a Sicilia. Y releer a Sciascia.

Otros títulos de Leonardo Sciascia en ULAD: aquí

domingo, 19 de agosto de 2018

Alba de Céspedes; El cuaderno prohibido


Idioma original: Italiano
Título original: Quaderno proibito
Año de publicación: 1952
Traducción: Pepa Linares. En catalán: Josep Miracle.
Valoración: Muy recomendable



Domingo por la mañana, Valeria sale temprano a la calle mientras su marido y los hijos demoran perezosos el momento de levantarse. Roma. Otoño, año 1950. Valeria compra un ramo de caléndulas y entra en el estanco para que Riccardo encuentre cuando despierte una cajetilla de sus cigarrillos en la mesita. Mientras guarda cola, repara en una pila de cuadernos y al llegar su turno le pide uno al estanquero, que se niega, pues ese día de la semana sólo le está permitido vender cigarrillos; los domingos –le dice- un guarda se apuesta en la puerta para comprobar que apenas despache tabaco. Valeria insiste, ahora el impulso es necesidad. Finalmente, el estanquero cede, le da un cuaderno y le pide que lo oculte entre su abrigo. Ya es un cuaderno prohibido.

El cuaderno es negro y lustroso, como una sanguijuela. Y desde el primer día genera en Valeria adicción y rechazo. En su primera entrada se instala la duda, el pánico; a descubrirse, a ser descubierta. A plantearse si tras 22 años de matrimonio, de abnegada entrega a marido e hijos, se debe conformar con su existencia y con el rol que desempeña o si no es más que una olla a presión repleta de sentimientos, emociones y afanes pugnando por ocupar un lugar, su lugar. No es que Valeria carezca de una habitación donde refugiarse, carece incluso de un cajón donde resguardar de los demás su cuaderno.

Sincerarse, a solas, a través de las hojas que va rellenando con la escritura supone una deslealtad con el marido. Es un empeño secreto y solitario, y como tal un engaño, un fraude a su papel de esposa y madre, esclava de la familia y de la casa. Una sumisión que Valeria asume como su fuerza, la aureola de su martirio, la aceptación mansa de un destino que no se cuestiona. Aunque la madre perfecta es también capaz de aplicar a los suyos una mirada tan acerada como la que se lanza a si misma, al ser, como es, consciente de que el hecho de que le reconozcan su entrega, su cansancio, les exime de toda responsabilidad. Valeria es la primera en creerse la obligación del sometimiento, de imponerse el apremio de no salirse ni un milímetro de lo que se espera de las buenas y decentes madres.

El tono que la narradora imprime a su diario no es del lamento ni el ajuste de cuentas, ni siquiera la duda. Es el de la constatación, objetiva y razonada, lúcida y perspicaz, y esa textura le da a la narración forma y ritmo, dotándola de originalidad y atractivo. La protagonista no se plantea su situación como un pesar, como un problema, como un despropósito contra el que actuar, si no que asume sus circunstancias como naturales y nos transmite lo nefasto y ruin de la situación a través de la actitud y el comportamiento de los personajes masculinos –Michele, el marido, y Riccardo, el hijo mayor- y la opción de rebelarse mediante la figura de la hija menor, Mirella. Una manera de contar, a mi entender, que hace de la narración un certero e inesperado artefacto explosivo.

En el relato de su evolución en los seis meses que dura la escritura del diario, asistimos a su periplo; cómo se siente atraída por su jefe, cómo se presenta el deseo y cómo se envuelve en el juego mecánico de la seducción… Al fin y al cabo, se nos excusa, no hay sentimiento que pueda resistir un análisis continuo y despiadado ni persona reflejada en el espejo de todos y cada uno de sus actos que pueda sentirse satisfecha de si misma… “He intentado volverme vieja y puede que sólo haya conseguido volverme mala”, escribe la protagonista.

El cuaderno prohibido fue publicado por entregas entre diciembre de 1950 y junio de 1951 en la revista italiana La Settimana Incom Illustrata. Su autora, Alba de Céspedes (Roma, 1911 – París, 1997), de ascendencia cubana, fue entre los años 40 y 60 del siglo pasado traducida al castellano y publicada con frecuencia en España (y me imagino al censor de turno desatado, en trance), aunque después su rastro se perdió por el desinterés del público y la industria, tal como parece suceder también en su Italia natal. Y es una pena, parcialmente subsanada con el rescate, nueva traducción y edición de esta novela sustentada en el cuaderno negro que, según Alba de Céspedes, todas las mujeres esconden.

lunes, 16 de abril de 2018

Fannie Flagg: Tomates verdes fritos


Idioma original: inglés
Título original: Fried green tomatoes at the Whistle Stop Cafe
Año de publicación: 1987
Traducción: Víctor Pozanco Villalba
Valoración: Muy recomendable



Etiquetada en su momento —qué sorpresa— como «literatura para mujeres», esta obra candidata al Pulitzer alcanzó el éxito en nuestro país gracias a la adaptación cinematográfica de Jon Avnet en 1991. El guion, coescrito por la propia Fannie Flagg, recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado.

Da igual el ñoño póster con las cuatro mujeres sonrientes o la estampa de alborotada decadencia sureña que podáis haber retenido en vuestra retina. Dejad a un lado las primeras impresiones, las etiquetas y los prejuicios porque esta novela no tiene NADA de inocente.

Resumen resumido: Evelyn Coach realiza una de sus penosas visitas a su suegra en la residencia Rose Terrace cuando conoce a la locuaz y encantadora Ninny Threadgoode, otra residente con la que traba una sincera amistad. El cariño de Ninny y su relato por entregas sobre las aventuras de los habitantes de un pueblecito llamado Whistle Stop, en el marco de la Gran Depresión, inspirarán a Evelyn para decidirse a tomar las riendas de su vida.

Se trata de una narración dentro de una narración donde buena parte del peso recae en las vivencias de los habitantes de Whistle Stop y, especialmente, las de Idgie Threadgoode y Ruth Jamison; su trama y su conflicto son los que vertebran la novela. La trama de Evelyn y Ninny tiene un papel más secundario siendo igualmente sólida e interesante. A estas dos tramas se les unen multitud de pequeñas sub tramas relacionadas con el raudal de personajes que aparecen en las narraciones de Ninny. 

Los que hayan visto la película y crean que ya lo saben todo deberían atenerse a lo siguiente: en primer lugar, la película (mucho más puritana) omite cuestiones y personajes de sumo interés al tiempo que «carameliza» los hechos con algunos detalles, en mi opinión, innecesarios. En segundo lugar, se estarán perdiendo la experiencia de leer una obra muy muy especial que engancha y satisface a partes iguales. ¿Qué tendrá Tomates verdes fritos que seduce a todo el que la lee?

1. Estrategia narrativa dinámica y bien pautada; capítulos cortos con diferentes narradores, por lo que la narración adquiere una cualidad envolvente, con muchos puntos de vista. El narrador principal, en tercera persona omnisciente, narra el pasado en Whistle Stop así como la trama presente de Evelyn y Ninny; pero cuando Ninny empieza a hablar del pasado, ella misma se convierte en narradora en primera persona dotando a su relato de emoción y cercanía. Otros recursos narrativos son el Semanario de Dot Weems u otras gacetas locales mediante las cuales vamos obteniendo información sobre los personajes y las diversas tramas y sub tramas. Las voces están muy conseguidas: Ninny es adorable sin caer en el cliché de la anciana charlatana; lo mismo sucede con Dot Weems, una cotilla de pueblo institucionalizada y alegre.

2. El humor fluye en toda la narración y genera complicidad con el lector, al tiempo que contribuye a la atmósfera luminosa que impregna hasta los momentos más dramáticos. La autora esgrime la ironía a la menor ocasión, como en este fragmento del Semanario de Dot Weems:

«El Club Teatral de Whistle Stop hizo su representación anual el viernes por la noche, y yo tengo que decir: ¡Muy bien, chicas! El título de la obra es Hamlet, del dramaturgo inglés Mr. William Shakespeare, que no es desconocido en Whistle Stop porque escribió también la obra del año pasado»

3. La galería de personajes es impresionante, un riquísimo tapiz de diversidad en el que hasta el menos decisivo para la trama está definido con sus conflictos y sus antecedentes siempre al servicio de la acción. 

4. El compromiso de la novela con cuestiones delicadas (y más en 1987) y el tratamiento naturalizado de las mismas con humor, reflexión y positivismo —que no buenismo—, y sin caer en los estereotipos:

  • El machismo y la violencia de género en todas sus escalas. El machismo cotidiano se extiende de forma natural en todo el texto:

«Hay muy buenas personas que son asesinos. (…) Sí señor. No daría un paso por ayudar a un ladrón. En cambio, un asesino lo es solo una vez, casi siempre por alguna mujer, y no reincide»

  • El racismo, también en todas sus magnitudes y como muestra de otros males menos perceptibles como el egoísmo o la falta de empatía.

«(…) al empezar los problemas en los años 60, tanto ella como la mayoría de los blancos de Birmingham se vieron sorprendidos por los acontecimientos. Y todos coincidían en lo mismo: “No son nuestros negros” los que provocan los disturbios. Lo achacaban a agitadores externos enviados desde el norte. También solían dar por sentado que sus negros “eran felices tal como estaban”. Años después, Evelyn se decía en qué habría estado pensando ella para no percatarse de lo que estaba sucediendo justo al otro lado de la ciudad»

  • El retrato de la menopausia a través del malestar de Evelyn, que incluso fantasea con el suicidio. La autora consigue que el lector deje atrás la idea simple y facilona de «aquí tenemos otra madurita depresiva».

«—Pero es que yo tengo la sensación de ser demasiado joven para pasar por eso —dijo Evelyn—. Sólo acabo de cumplir cuarenta y ocho.
—Qué va, encanto. Muchísimas mujeres lo pasan antes. Se dio un caso con una georgiana de sólo treinta y seis años, que cogió un día el coche y subió con él por la escalinata del Palacio de Justicia del condado, bajó la ventanilla y le tiró la cabeza de su madre, a quien acababa de cortársela en la cocina, a un policía, gritándole: “¡Hala, para ti!”, y volvió a bajar la escalinata con el coche. Así que, ojo, que en eso puede parar una menopausia precoz si no tienes cuidado»

  • El lesbianismo. La relación amorosa entre Idgie y Ruth es algo que la película pasa tan de puntillas que muchos espectadores ni siquiera la percibieron. Sin embargo, la novela da por hecho esa relación, sin caer en el morbo y con absoluta naturalidad, tal como se desprende del Semanario de Dot Weems: 

«Mi otra mitad regresó de la excursión de pesca organizada por el Club del Hinojo totalmente de vacío y con el trasero hecho un mapa de arañazos de ortigas. Dice que la culpa ha sido de Idgie, que le dijo que se sentase allí. Ruth dice que también Idgie tiene un mapa en el mismo sitio»

Al final del libro —anécdota muy comentada— se adjuntan varias de las recetas que Sipsey preparaba en el café de Idgie y Ruth. Resulta curioso y sobretodo oportuno por la enorme presencia de la gastronomía del sur a lo largo de toda la narración.
Así que muy recomendable porque es una novela audaz, divertida, comprometida, luminosa, emocionante y escrita y planteada con muchísima habilidad e ingenio. Casi me atrevería a decir que también la pueden leer los hombres y hasta llegar a disfrutarla y apreciarla pero, claro, qué sabré yo de etiquetas editoriales.

Ya para acabar, la edición de Tomates verdes fritos que he tenido ocasión de leer corresponde a la imagen que adjunto con la reseña. La descripción del café de Idgie y Ruth según la novela es:

«Era una pequeña construcción pintada de verde y con un toldo a franjas blancas y verdes bajo un anuncio de Coca-Cola que decía: THE WHISTLE STOP CAFÉ»

Sí, sí, no sigáis buscando el toldo o el anuncio de Coca-Cola —la portada es esa como podría ser una foto del Zoo de Nueva York—, otra muestra de la desidia editorial de la que ha sido objeto esta novela en nuestro país a lo que añado que Tomates verdes fritos está, a día de hoy, descatalogada. 

A veces sueño que ha sido re editada por Blackie Books...