Año de publicación: 2020
Valoración: Muy recomendable
“Estados Unidos es el único país del mundo que mantiene una clasificación
de su propia población basada en criterios raciales –y racistas– del siglo
XVIII”
No cabe duda de que Trump está de moda, más incluso que cuando hacía tele-realidad. Lo ha estado desde que se presentó como candidato a presidente, su nombre y ocurrencias –algunas muy peligrosas, ninguna irrelevante– han estado en boca de gran número de personas, mayor a medida que transcurría la legislatura y lo está ahora pues, nos consta, la semilla de su doctrina ha arraigado en un campo abonado en USA desde que los europeos se toparon con los nativos y, más adelante, desde que el primer barco de esclavos procedentes de África arribó a las costas de lo que entonces solo eran estados incipientes. Ocurrencias que están y han estado entre las grandes preocupaciones de los foráneos, la alarma de los compatriotas defensores de la igualdad y la adoración incondicional de sus correligionarios. Una religión que podríamos definir con una sola palabra: racismo. De eso, del racismo endémico en el país de las oportunidades trata este valioso trabajo periodístico.
El periodista Mikel Reparaz ha conseguido realizar un trabajo tan exhaustivo como ameno. Esto es así porque su pretensión no ha sido, a mi entender, realizar un riguroso análisis histórico, ni presentarnos mediante datos estadísticos la ideología pasada y presente de Estados Unidos, su trabajo está enfocado más bien a demostrar, a partir de hechos significativos del pasado y el presente, hasta qué punto ese racismo impregna hasta le médula la conciencia de muchos ciudadanos, los motivos de esta realidad, las sucesivas fases que han desembocado en esto (léase el pronombre como “racismo desbocado y todavía más generalizado de lo imaginable”) y el estado actual de la cuestión. Y lo hace con una prosa transparente, gran claridad de ideas y una agradable mezcolanza de aspectos racionales y emotivos (esa música impregnada de ideología que va punteando los capítulos), pasado y presente, datos estadísticos y su análisis, panorámica del país o localidad y rastreo a pie de calle, bien observando, bien entrevistando a testigos presenciales representativos de ambos polos ideológicos.
Con consternación he leído estas (cerca de) cuatrocientas páginas, y es que hay que reconocer que su autor nos mete hasta el cuello en el tumultuoso ambiente de hoy y de ayer. No se puede decir nada mejor de una crónica: estamos allí, llevados de su mano, guiados por una experiencia de cinco años viviendo y viajando por los diversos estados, amén de otros viajes posteriores, dialogando con la gente de a pie, con los líderes de asociaciones pro derechos civiles, con los jerarcas o sus representantes, asistiendo a actos reivindicativos, a manifestaciones violentas, visitando domicilios, citándose con unos y con otros. Y nos hace vibrar con cada dato, imagen, testimonio, porque además de su impagable capacidad comunicativa, metáforas y descripciones logran un efecto teletransportador, el que se produce cuando literatura y periodismo van tan ligados que son indistinguibles.
Veamos algunas de las claves que, por incuestionables, se quedarán grabadas tras la lectura. Una, la respuesta, inmediata, contundente y feroz –ayer, hoy y siempre– del supremacismo blanco ante cualquier reivindicación con expectativas de prosperar. Dos, la gran oportunidad perdida con el gobierno de Obama, que no estuvo a la altura de lo esperado y en realidad supuso un paso atrás pues cronificó el problema racial al provocar, una vez más, esa respuesta airada y victimista por parte, tanto del estamento privilegiado como de los marginados de raza blanca. Algo así como “yo te piso a ti para que tú eches la culpa a los negros” (o a los inmigrantes, en su caso), y que, en mayor o menor proporción, experimentamos en todos los países, en gran parte debido al influjo del gigante americano. Es más, el primer hecho está tan relacionado con el segundo que, según sostiene el autor y hasta demuestra, consecuencia directa del mandato de Obama es, ni más ni menos el ascenso de Trump al poder. Y no lo dice solo él, le avalan los desesperanzados testimonios de activistas que han visto varias etapas de progreso pisoteadas por la enorme fuerza reaccionaria del blanco cabreado, y hasta el propio Partido Republicano, consciente desde el principio de que es preciso generar muchos elementos de este tipo para triunfar sobre los demócratas.
Sin embargo, y a pesar de lo que da por hecho un sector de ciudadanos blancos con economías precarias, es muy posible que la eliminación del conflicto racial alumbrase una sociedad más igualitaria y, en consecuencia, una mejora sustancial de las condiciones de vida de algunos. Según Reparaz este conflicto “sigue siendo la constante, la gran rémora que sigue lastrando el progreso social en Estados Unidos”. Sin olvidar que a la desigualdad económica se suman machismo y homofobia, no solo en Estados Unidos sino en Brasil y otros lugares del continente americano, hasta constituir una alarmante mayoría administrada por gobiernos ultras. (“Millones de individuos confían ciegamente en las garantías de supervivencia que les ofrece el líder, el gran seductor de masas que normalmente apela a los instintos más básicos: al egoísmo, al miedo, al amor. O al odio, que no es más que un amor pasado de revoluciones”).
Un país, de alguna forma,
marcado por el miedo. Miedo de los blancos a los negros y viceversa, de las
organizaciones democráticas a los grupos racistas, del establishment al comunismo en plena Guerra Fría, de los ricos al
triunfo de un estado de cosas más igualitario, del poder y quienes creen sus
argumentos a los inmigrantes etc. No obstante, la impunidad continúa estando
del mismo lado y beneficia ¡cómo no! a los de siempre. Todo sería más fácil si pudiésemos
mirar la realidad cara a cara, pero la realidad es demasiado compleja y
requiere de unos mediadores que llamamos periodistas. Entre ellos están los que
aceptan cómodamente la versión oficial y los que emprenden una senda más
escarpada. En cualquier caso, los medios representan un papel clave en el
desarrollo de los acontecimientos y su responsabilidad es un hecho, incluso si
nunca tienen que rendir cuentas por su demagogia sino, más bien, to.do lo
contrario. Porque es la desinformación, junto a las omnipresentes armas de fuego, lo que en
último término desencadena todas las tragedias.
