jueves, 27 de agosto de 2026

René Araya: Noche de los cristales rotos

Idioma original: español
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y está bien (tirando más a lo segundo)

Este libro me hubiese gustado mucho más (bueno, tanto como mucho más no, pero quizás la valoración sería un recomendable alto) si no hubiese leído Vivir abajo. Como lo leí (y para más inri me pareció una novela apabullante, excepcional, un clásico moderno), y a riesgo de sonar inmisericorde e injusto, solo puedo decir que la inspiración es evidente por todos lados. No en la prosa (y hasta ahí nomás, porque ciertas construcciones sintácticas y semánticas son calcadas a la citada novela), pero sí en la premisa y estructura. 

Para empezar, la novela se divide en cinco partes: arrancamos con un paneo del argumento, en donde uno de los protagonistas, Zárate, un policía argentino, se obsesiona con una seguidilla de crímenes cuyas víctimas siempre parecen ser de River Plate y (siendo el único que establece esa conexión) judías. Para eso,  aunque sea hincha de Racing, se tatúa una esvástica en el hombro y se vuelve parte de La Doce, la barra pesada de Boca Juniors. De ahí saltamos unos años luego de la Segunda Guerra Mundial, donde el autor nos cuenta de un nazi fugitivo que se refugia en la casa de dos curas homosexuales italianos, cuyos mambos mentales serán de lo menos interesante de leer en toda la novela, ya que, en realidad, solo tiene importancia Kohl, el nazi, y su relativa transformación en un anónimo que escapa hacia rumbos latinoamericanos. Y de ahí desembocamos en la verdadera tríada de personajes de la novela: el ya citado Zárate, Olivera, un policía paraguayo que está perdidamente enamorado de la tercera pata de esta historia, Elisa Feldman, una cazadora de nazis que ayuda a Zárate a buscar al responsable de los crímenes y a la vez persigue su propia obsesión, la de encontrar la hemeroteca del horror en algún punto de Latinoamérica donde haya habido una dictadura, una vasta colección de cintas filmadas todas en campos de concentración, con interrogatorios, torturas detalladas y asesinatos, para cerrar con cierta explicación de todo lo sucedido y retomar personajes que parecían olvidados (personajes que, si el lector está atento, se adivinan su participación en el misterio clave del libro, el paradero de las cintas).

Como ven, hay gran parte de Vivir abajo en esta novela. El tema del horror, de la paranoia de los personajes, de cintas escondidas en sótanos (como un George Benett buscando a su padre en varias dictaduras latinoamericanas), de historias dentro de historias que llevan o no a algún lado, de conexiones insólitas entre la cultura y el miedo (por ejemplo, la comparación de las canchas de fútbol con los campos de concentración, de la que estoy bastante seguro que ya existía en Vivir abajo, o las citas permanentes a películas que redefinen la vida de los protagonistas), de personajes cultos que mágicamente conocen todo lo que sus interlocutores refieren (exceptuando a Olivera, que no sabe nada de nada salvo de dibujitos animados, el personaje mejor trazado) y que monologan constantemente en un esfuerzo de escapar de la soledad (el tema es que no basta con mencionar torturas y contar una historia ingeniosa para que automáticamente se convierta en una parábola de la mugre infinita de la humanidad). Pero en donde Faverón Patriau lo hace con naturalidad, incorporando sus influencias de manera orgánica (Bolaño, sobre todo, y hasta mejorándolo a mi gusto), acá todo se siente forzado, como si el autor hubiese pensado que hacer un copia y pega de ciertos temas y trucos literarios (ciertos diálogos, ciertas terminaciones de reflexiones parecen un manual de cómo tener el tono de otros autores) bastara para convertirla en una buena novela.

No quiero únicamente criticarla por el lado de la comparación ni quiero rebajar los méritos de una novela que, por sí sola, cuenta con cierta potencia reseñable, pero es inevitable. En contraposición, puedo decir que algunos relatos tienen originalidad y consiguen casi siempre el impacto buscado (la historia de los dentistas cazadores de nazis es buena), y la parte central del libro, donde los tres personajes van entrelazando sus tramas mediante fragmentaciones narrativas y saltos temporales, posee una buena técnica y escenas perturbadoras (la sección de la madre de Elisa siendo cuidadora de una obesa mórbida, por ejemplo). El problema es que Araya busca una circularidad (lo que Tom Spanbauer llamaría escritura peligrosa) que no consigue: la repetición de conceptos (el horror, las cintas, el nazismo, la contraposición del paradisiaco paisajismo latinoamericano con la maldad escondida, incluso frases y chistes que retoman otros personajes) no termina de funcionar porque siempre tenemos la sensación de que calcula dónde ponerlos, como una forma de avanzar la trama, y poco más. Entonces, le pongo esa valoración porque el libro es ameno (sacando la parte de los sacerdotes, que me parece larga al pedo y te hace pensar en abandonar la lectura), tiene buenos diálogos e ideas, pero falla en solidificar lo que hubiese sido una buena idea a costa de basarla casi punto por punto en otro libro de calidad superior. Una pena, porque, como dije al principio, si no hubiese leído ese libro, este me parecería un poco mejor.

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