Título original: Hamnet
Traducción: Concha Cardeñoso
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable
Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.
Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.
Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.
De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.
Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes.
Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.
Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.
Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.
Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.
Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.
Pueden leer la reseña original aquí: Hamnet

4 comentarios:
Perfecto análisis de como una novela reescribe la historia para los gustos de los actuales lectores.
Nada o muy poco se conoce sobre la mujer del dramaturgo; siempre nos queda el testamento de éste donde lega a su mujer SU SEGUNDA MEJOR CAMA.
Sin una buena dosis de ficción no existiría la literatura, pero cuando la ficción se acomoda a lo actual, la literatura sale perdiendo.
Para mí, sinceramente, este libro fue decepcionante, el perfecto ejemplo de un "quiero y no puedo", y no entiendo muy bien que haya tenido tanto éxito. Se nota el esfuerzo de la autora por escribir bien y epatar con su estilo pero a mi juicio no lo consigue, todo es demasiado artificioso y forzado y el estilo se queda más como una cáscara hueca que como un verdadero logro. No me convenció. Además, en el fondo la historia no pasa de ser una historia de amor un tanto ñoña y simplona que parte de un engaño al lector potencial: crees que vas a encontrarte con todo el sufrimiento de Shakespeare ante la muerte de su hijo y cómo consigue transformar esa tragedia en arte pero todo ese trasfondo, que para mí era lo más interesante, se queda en un segundo plano muy borroso. El protagonista podría haberse llamado perfectamente John Smith porque no hay apenas distinción del bardo inglés.
Hola:
Sobre el tema de la segunda mejor cama, que se suele aducir para explicar un supuesto desdén (o maltrato, según la mirada) de Shakespeare hacia su mujer o, cuando menos, ciertas desavenencias conyugales, hace poco leí que en aquella época o, al menos, entre las familias con posibles, la mejor cama de la casa se reservaba para las posibles visitas, mientras que la segunda mejor era la que utilizaba el matrimonio de los dueños de la casa. Es decir, que Shakespeare no le habría dejado a su mujer tan sólo "la segunda mejor cama" , sino, sobre todo, la cama conyugal, donde dormía Anne Hathaway a diario y donde , presumiblemente, habrían sido concebidos sus hijos ( bueno, en la novela y película, la mayor no, ejem...).
No sé si es la explicación correcta, pero suena plausible.
Pues a mí me gustó cuando la leí, al igual que otras de la autora. Escribe con delicadeza y cultivando el detalle. No sabría decir si se ciñe mucho al contexto histórico; tampoco los lectores somos especialistas en historia. Creo que el argumento dinámico en todo caso debe de primar. Resumo, para mí notable, alto. Tanto está novela como la otra centrada en las intrigas en la corte de una ciudad estado en el renacimiento italiano.
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