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miércoles, 31 de enero de 2018

Colaboración: Canción dulce de Leila Slimani

Idioma original: francés
Título original: Chanson douce
Año de publicación: 2016
Traducción: Malika Embarek López
Valoración: muy recomendable.

Llegué a este libro, premio Goncourt 2016 y de cuya autora no había leído nada (ni siquiera oído hablar, he de admitir), no sé muy bien cómo. Quizá fuese gracias a lo que me gustó el anterior (y primer) libro que había leído de la editorial Cabaret Voltaire, La mujer helada de Annie Ernaux, reseñado recientemente en ULAD. Pero lo más probable es que lo que me decidiera fuera la imagen de la cubierta, sobrecogedora e hipnótica, y que gana fuerza a medida que te introduces en el relato, casi como un elemento más de la obra. De hecho, la elección me parece una de las mejores que he visto en los últimos años.

Pasando a la novela, si analizamos a vista de pájaro los principales elementos, lo cierto es que podríamos decir que no entraña demasiados secretos.

En primer lugar, el argumento de Canción dulce no es nada fuera de lo común, incluso me atrevería a decir que es previsible: un matrimonio con dos hijos pequeños contrata a una niñera cuando la mujer decide retomar su carrera profesional, y lo que en principio —y durante un tiempo— parece una buena idea, acaba como el amigo al que invitas a pasar unos días y luego no hay manera de que se largue. En la novela el tema adquiere unos tintes sustancialmente más dramáticos, pero ya entienden el símil.

Tampoco el resto de elementos muestran en apariencia demasiada complejidad. Leila Slimani utiliza un narrador omnisciente en presente, con algunos flashbacks en pasado, que no tiene reparos en penetrar en la cabeza de todos los personajes, principales y secundarios, para describirnos sus pensamientos y emociones. En este sentido, es uno de los libros con los que más he tenido la impresión de que alguien (la autora) me estaba contando una historia, y al contrario de lo que podría pensarse, es un elemento que proporciona mucha potencia al resultado.

Desde el punto de vista estructural, aunque utiliza diferentes flashbacks, se mantiene en general la linealidad, con la excepción destacable del primer capítulo. Por último, la prosa es sencilla y clara: frases cortas y directas, amputadas de complejidad o lirismo innecesario. Para muestra, un botón:
Los parques públicos, en las tardes de invierno. La llovizna barre las hojas secas. La grava helada se adhiere a las rodillas de los críos. En los bancos, en las alamedas discretas, uno se topa con las personas que nadie quiere ya.
La realidad, si entramos más a fondo, es que Leila Slimani hace fácil lo difícil. En lugar de plantear un thriller típico en el conocer el desenlace es lo que mantiene el interés del lector, decide colocarse en una posición menos habitual (y sobre todo cómoda), y en las seis primeras líneas nos cuenta el final de la historia. Acotando incluso más, la primera frase de la novela no deja lugar a la duda: «El bebé ha muerto». Cuando llegamos al tercer capítulo, el elenco principal de personajes ya está presentado, con sus conflictos y personalidades: ya tenemos todas las cartas sobre la mesa.

A partir de ese momento, el resto de la novela lo dedica a desentrañar las circunstancias que conducen al punto final, apoyándose en diferentes personajes secundarios para definir, principalmente, las aristas de la personalidad de la niñera —que es la verdadera protagonista—, cómo esta ha llegado al punto en el que está y la forma en que la relación entre cada uno de los miembros de la pareja va cambiando respecto a ella. Y lo hace de tal forma que a pesar de conocer el final, logra mantener el interés durante todo el texto, sin recurrir a cliffhangers ni trucos estilísticos o de estructura. La historia simplemente se muestra, poco a poco, sin grandes sobresaltos; las cosas suceden y eso es suficiente.

Es cierto que se trata de una novela corta que rondará las cincuenta mil palabras, palabra arriba, palabra abajo, condensadas en algo más de doscientas cincuenta páginas; no estamos hablando de una obra de 500 páginas en las que la atención del lector en una estructura así podría llegar a ser más difícil de mantener. Sin embargo, mi impresión es que Slimani ha utilizado exactamente el número de palabras que necesitaba; ni una más, ni una menos, y para mí es uno de los elementos definitorios (y que más me gustan) de la obra: la sobriedad y economía y contención lingüística que transmite, coherentes (y casi diría que necesarias) con lo que es la propia historia que nos cuenta. Me ha parecido admirable la capacidad que tiene la autora de marcar y transmitir determinadas emociones o comportamientos relevantes para la historia con apenas un puñado de palabras o un par de frases breves, como si se tratara de pinceladas.

En definitiva, solo me queda repetir lo que he dicho antes: que Leila Slimani hace fácil lo difícil, y además lo hace sin que te des cuenta de ello.

Firmado: MBt

martes, 30 de enero de 2018

Dag Solstad: Novela once, obra dieciocho

Idioma original: noruego
Título original: Ellevte roman, bok atten
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 1992
Valoración: se deja leer

Autor considerado por la crítica noruega como uno de los más innovadores de su época, y único ganador por tres veces del Premio de la crítica noruega, sus obras giran en torno a la introspección y a la narrativa relacionada con la consciencia humana. Su admiración por Ibsen es evidente, pues en sus dos obras traducidas al castellano, se hace mención, y se le da un papel importante, a «El pato salvaje» del dramaturgo noruego.

Establecido el marco estilístico del escritor, y señaladas las características de su obra, en la breve novela que nos ocupa el autor busca y explora la debilidad humana hacia uno mismo, a través de su protagonista casi absoluto: Bjørn Hansen. Narrado en tercera persona, se narra la vida del protagonista y sabemos, ya de entrada, que hace cuatro años que abandonó a Turid, persona por quién dejó a su mujer e hijo de dos años, después de catorce años de relación. La aventura que estaba manteniendo con Turid (quien, a su vez, dejó a su esposo) llega a un punto en el que decide abandonar su familia y, sin saber si la ama suficientemente, decide arriesgarlo todo por ella, a pesar de ser consciente que parte de la fascinación por ella reside en la propia aventura sentimental que están manteniendo. Esta es la premisa de la novela, y su punto de arranque.

Evitando contar más sobre el argumento, esta obra utiliza un ensayo sobre Ibsen para establecer un paralelismo sobre el teatro de la vida. Y es que, relaciones sentimentales aparte, de eso trata el libro: como en una obra, la vida reproduce escenas cotidianas a menudo disfrazadas y vestidas de falsos decorados, para mantener la tensión y el interés de la obra representada. Así, nos mostramos a través de gestos autoimpuestos y engaños conocidos, ocultando la realidad bajo un disimulo sabido y compartido. Vemos lo que vemos, pero sobre todo aquello que queremos ver. Y nos mostramos intentando no mostrarnos, y queremos lo querido. En medio de telones y bambalinas, Solstad nos narra las desilusiones que nos encontramos cuando caen las máscaras que ocultan la realidad de la propia vida, cuando aquello que sostiene una relación se mantiene por el frágil equilibrio de desear aquello que todos desean, la atracción por poseer aquellos que los demás ansían; manteniendo las relaciones por aquello que te aportan, buscando seguridad en uno mismo para los inseguros, y elogios y halagos para quien no vive si no puede alimentarse de ellos. La luz de los focos del teatro de la vida, y poder ser quien sigue al lado de la protagonista cuando cae el telón y cuando la ausencia de maquillaje muestra la realidad de la misma.

Así, la primera parte de la narración promete mucho en cuento a temática y a intención, pero consigue bastante menos en cuanto a resultado. Y es una verdadera lástima porque, a pesar de suponer que encontraremos una gran profundidad en el texto, estamos ante una narración que pone a prueba la paciencia del lector, por reiteración; el autor tiene la costumbre de repetir constantemente el nombre del protagonista (nombre y apellido) y la ciudad donde vive, lo cual, teniendo en cuenta que el protagonista es prácticamente único y la historia gira en torno a él, es absolutamente prescindible mencionarlo constantemente. Siento decirlo, pero el exceso es tal, que acaba siendo algo repetitivo e incluso tedioso. Otro aspecto negativo del libro es su falta de sentido de la historia: uno va leyendo sin tener muy claro dónde quiere llegar el autor, qué nos quiere contar. Porque no solo de anécdotas y reflexiones puede vivir un libro, hace falta algo más, algo que te golpee, que te haga pensar, y lamentablemente no es el caso.

De esta manera, estilos narrativos aparte, lo que apuntaba al inicio en cuanto a profundidad, se diluye a mitad del libro, y da la sensación que el autor se pierde con el cambio cuando hacer aparecer la figura del hijo. Este punto de inflexión podría hacer que aumentara el interés en lo que ocurre, abrir una interesante vía, pero no es el caso. El interés en la novela se difumina ante tanta repetición y sin una historia interesante que contar. Podría mejorar si al menos hubiera reflexiones interesantes sobre la paternidad, pero no existen más allá de una lógica preocupación por la vida de un hijo en época universitaria y su ausencia de amistades y la dificultad para una integración social. Ya finalmente, y rápidamente, pues el libro es corto, el desconcierto definitivo del libro llega en su último tramo, con una final completamente irrisorio y difícil de creer.

Parece sorprendente que un libro que tiene un interesante planteamiento, una intencionalidad clara de lo que se quiere conseguir y es bastante prometedor en su inicio acabe naufragando de esta manera convirtiendo una historia interesante en poco más que un sinsentido. Y ya puestos, y sin considerarme un experto (ni de lejos) en el arte de escribir, la edición contiene un par de errores de bulto en saltos de línea que no ayudan a mejorar su valoración. De todos modos, viendo el resultado final del libro, eso casi es lo de menos.

lunes, 29 de enero de 2018

Reseña + Entrevista: Archipiélagos de Abilio Estévez

Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable


Poseedor de una fecunda trayectoria literaria, Abilio Estévez (La Habana, 1954) ofrece en su última novela publicada, Archipiélagos, un relato denso, abigarrado y fascinante. Al igual que en alguna otra de sus anteriores novelas -como por ejemplo El navegante dormido (2008) ambientada en la década de los 70- en Archipiélagos Emilio Estévez escoge un momento concreto del siglo XX cubano, en esta ocasión los días de agosto de 1933 que supusieron la caída del dictador Gerardo Machado, para urdir una ficción tan cargada de verosimilitud que el lector acaba atrapado por los personajes que pasaron aquel episodio real en la muy ficticia y literaria taberna La estrella de Occidente de Marianao.

Abilio Estévez parece tener predilección por esos lugares en la periferia de la Habana en el que se buscan la vida y se encuentran personajes que encarnan a ese tipo de personas comunes, sencillas y anónimas que no son los que acostumbran a manejar los hilos de la Historia sino más bien a sufrir las consecuencias de los acontecimientos. Esta caracterización de los personajes, tan faltos de elevadas expectativas más allá de su quehacer cotidiano y de la determinación por desempeñarse sin pretenciosa grandilocuencia, no significa en absoluto que el relato carezca de ambición narrativa. Por que el fresco que nos deparan las cuatrocientas páginas y pico de ese momento y de ese lugar es minucioso, vibrante, goloso. Un resultado basado en una variopinta y generosa galería de personajes, bien perfilados, de los que página tras página vamos conociendo personalidades, trayectorias, afanes y relaciones con los demás. Pero además, la escritura de Abilio Estévez tiene una especial cadencia para fijarse en los detalles que acaban, más que aportando verosimilitud al relato, sirviendo de cauce para que éste fluya como una reticente corriente, espesa y demorada, cargada de nutrientes.
 
La acción principal se centra en los tres días que supusieron la caída del machadato pero los saltos en el tiempo, con el narrador y protagonista rememorando desde su madurez aquellos días se alternan con el ejercicio de memoria del resto de los personajes en situaciones como la guerra de los negros en 1912 –solventada con la matanza de varios miles de descendientes de los esclavos por parte de la nueva legitimidad nacionalista y republicana surgida de la Independencia- o los devastadores efectos del huracán que asoló la isla el 20 de octubre de 1926. Queda clara la intencionalidad del autor de acotar, explicar, comprender, la realidad actual como deriva de toda una cadena de hechos, episodios y circunstancias de los que somos consecuencia directa. Al fin y al cabo, la ficción es una manera de ordenar, de pensar la realidad. En la que también valen símbolos y metáforas, como el rescate y ocultamiento para preservarlo de la multitud enfurecida de un instrumento tan incomprensible y fútil en ese momento como un astrolabio. Un aparato que proporciona coordenadas, que fija una posición; la premisa de una buena decisión sobre, por ejemplo, un rumbo.

El protagonista de la trama es José Isabel Masó, un adolescente inquieto y curioso, proclive a dejar volar la imaginación hacía lugares y países exóticos y a inventarse sus propios archipiélagos. Un afán que le permitirá entender que el lugar donde uno vive no es necesariamente el centro del mundo, aunque sea una amalgama tan fascinante y original como la de estos descendientes de bandidos españoles, chinos lavandero-opiómanos y negros lánguido-bailadores con la que el autor identifica a sus personajes en esa atmósfera insular y antillana, atravesada y atrapada “por la enorme distancia que existía entre la inquietud humana y la hermosa indolencia de la realidad”.

También de Abilio Estévez en ULAD: Cómo conocí al sembrador de árboles


Entrevista a Abilio Estévez



Quedo con Abilio Estévez una suave tarde de invierno para compartir un dry martini -que nos prepara Sergio, quien ejerce de estupendo librero de cabecera en Literanta- y casi dos horitas de conversación. Escuchar a Abilio, amable, conciso, cabal y risueño, es una verdadera delicia. Tanto que la grabadora y el teléfono con los que intento registrar sus palabras deciden incumplir su tarea y obviar su cometido, optando como yo por disfrutar del momento. Así que unos días después ejerzo de pesado y le pido a Abilio Estévez que me conteste por escrito. 

-¿Buscas una historia, una época, unos personajes, con los que narrar o más bien son elementos que se van conformando en tu imaginación hasta que decides transformarlo en un relato, en una novela?

-No, por lo general las historias no se buscan, aparecen. Son obsesiones, como sueños recurrentes que vienen de muy lejos. Casi diría que unas pocas obsesiones que se escriben una y otra vez. Decía Flannery O’Connor (y creo que tenía razón) de que todo el que haya sobrevivido a su infancia y adolescencia ya tiene para escribir el resto de la vida. 

-Ambientaste la novela Archipiélago en los años 30. ¿En qué fuentes buceaste para configurar el relato?

-Leí muchos libros de la época, me sumergí en la Cuban Heritage Collection de la Biblioteca Universidad de Miami, un lugar que es como un templo de la cultura y la historia cubanas. Pero fundamentalmente conté con mi madre (ya tiene 90 años) y las historias de la familia, sus propios recuerdos. Una verdadera maravilla. 

-¿Es la ficción una manera de entender, ordenar, dominar la realidad? ¿Vamos al pasado para entender el presente?

-Creo que todos estaremos de acuerdo en que sin la ficción la vida sería impensable. Hay que tener presente que Sheherezade salvó la vida contando esa caja china que es la colección de cuentos más hermosa que se haya escrito, Las mil y una noches. Supongo que la vida carece del orden y la estructura que le confiere la literatura. Vivimos una vida nueva cada vez que abrimos un libro. 
 
-Los personajes de Archipiélago son gente corriente, anónima, discreta parecen ir a la deriva, como naufragos de la Historia y de sus propias vidas… 

-Tienes razón, son víctimas de la historia, más o menos como nosotros, ¿no? Entre los posibles tipos de personas que quizá haya, yo señalaría dos: los que “hacen” la historia y los que la sufren. La mayoría pertenecemos a esta última categoría. Y así quise que fueran los personajes de mi novela. 

-Archipiélago está ambientada en los días que supusieron la caída de una dictadura, de una tiranía, el machadato. Pero Cuba no consiguió deshacerse del autoritarismo ni de la falta de libertades, puesto que después llegó Batista y más tarde los hermanos Castro.

-La historia de mi país parece dirigirse hacia ese último desastre. Era una de las cosas que quería intentar entender con ese libro. Vuelvo a las obsesiones de las que te hablaba, esa necesidad de iluminar un poco esa oscuridad en la que hemos vivido, no sólo los cubanos, sino la mayoría de los países en la cuenca de El Caribe. El autoritarismo, el caciquismo, ese mal que quizá nos haya llegado de España, encontró en América una tierra propicia. Los Castro son hijos de gallego. ¿No parece una coincidencia sospechosa? 

-Caracterizas Cuba como una amalgama de bandidos españoles, chinos lavandero opiómanos y negros lánguido-bailadores…

-Sí, sí, la amalgama de nuestros países fue tremenda. Al principio de la conquista los que llegaban de la península eran por lo general marginales, de todos los rincones del reino. Cuando ya no había mano de obra indígena, secuestraban negros del Calabar y los traían en aquellos horrendos barcos negreros. Eran negros yorubas, lucumíes, congos, carabalíes..., arrancados de sus tribus y esclavizados… Luego, hacia finales del siglo XIX, llegaron los chinos, los coolies, que fueron engañados, en régimen de semiesclavitud. De todo eso, surgen las naciones caribeñas: Puerto Rico, República Dominicana, Cuba…

-Para ti, ¿es Cuba una herida?

-No sé si esa sea la palabra justa. No sé si es una herida, pero desde luego es algo que duele por algún lugar.

-¿Concibes la escritura si no es desde el inconformismo, la insatisfacción, la rebeldía?

-Totalmente. Creo que escribir es un acto de rebeldía. Un decir No. Tal vez se escriba para remediar una carencia, una insatisfacción. Por lo menos así es como lo entiendo. Es lo que nos llega desde el Romanticismo y, mucho más precisamente, desde Baudelaire y los poetas malditos: la literatura como acto de rebeldía.

-¿A qué escritores cubanos deberíamos prestar más atención?

-A dos gallegos (no fue malo todo lo que llegó de Galicia) maravillosos: Lino Novás Calvo, autor de una novela extraordinaria Pedro Blanco, el negrero, publicada por Tusquets Editores; Carlos Montenegro, autor de Hombres sin mujer. También Lydia Cabrera, una antropóloga que, junto con Fernando Ortiz, descubrieron la cultura negra de Cuba. Dos cuentistas excelentes: Enrique Labrador Ruiz, Calvert Casey.

-¿Y a cuáles escritores hay que volver siempre?

-Pues a Alejo Carpentier, a José Lezama Lima, a Virgilio Piñera, a Guillermo Cabrera Infante. Tenemos una gran literatura, dicho sea sin orgullo patrio, frase que me es radicalmente ajena.

domingo, 28 de enero de 2018

Marta Sanz: Farándula

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien

Descubrí a esta autora este año (bueno, para cuando se publique esta reseña ya será "el año pasado"), gracias a su última novela, Clavícula, y me prometí a mí mismo leer algo más de ella para reseñarlo por aquí. Y lo siguiente que ha caído en mis manos es esta Farándula, que mantiene algunas de las virtudes de Clavícula pero que me ha interesado bastante menos, por el tema y también por el tratamiento del tema. (Hay que decir que esta novela ganó el Premio Herralde de novela de aquel año, lo que debe de significar algo aunque no sé muy bien qué exactamente).

Tal como indica el título, la novela se centra en el mundo de la farándula: cine, teatro, televisión; actores y actrices, fundamentalmente. Los personajes principales componen un triángulo de figuras más o menos arquetípicas: Valeria Falcón, la actriz ya madura que lleva con dignidad su papel en las tablas teatrales; su compañera de apartamento, Natalia de Miguel, que sueña con ser una estrella del cine (o de la televisión, si eso); y el consagradísimo Daniel Valls (¿trasunto de Javier Bardem?), un actor que goza de tanto prestigio en el mundillo como odio despierta por sus posicionamientos políticos de izquierdas. A ellos se añaden Ana Urrutia, una anciana actriz retirada que vive prácticamente en la indigencia, o Charlotte Saint-Clair, la paciente y sufrida mujer de Daniel Valls.

De fondo (como un mise-en-abyme al que se podía haber sacado más partido), una representación de Eva al desnudo, la obra en la que una actriz veterana es sustituida y traicionada por otra más joven.

Las virtudes de las que hablaba antes: Marta Sanz escribe rematadamente bien. Tiene chispa, ingenio, estilo, sentido del humor. Nunca sabes qué sorpresa te puede deparar una frase o con qué invención va a conseguir describir a una persona, un lugar, una situación. Lástima que a veces esa virtud se transforme en un cierto virtuosismo (innecesario), como en esas largas enumeraciones "a lo Sabina" que le reprochó Tongoy (en una reseña, como la mayoría de las suyas, demasiado dura para mi gusto). Pero es verdad que en ciertos pasajes de la novela Marta Sanz parece querer demostrar lo bien que escribe (cosa que no pasaba en Clavícula), cuando no es necesario, porque como ya he dicho Marta Sanz escribe rematadamente bien.

Los defectos: quizás el más obvio sea el de lo estereotípico de algunos personajes, que no consiguen escapar de la unidimensionalidad. Natalia de Miguel es joven, bonita, ambiciosa, insegura, vanidosa, algo tontita: en resumen, Penny de The Big Bang Theory (sobre todo en las primeras temporadas). Daniel Valls es un Don Juan que quiere ser Robin Hood, pero nunca se llega a profundizar en los motivos de ese robinhoodismo, en las contradicciones que provoca o en cómo se podría encauzar mejor (más allá de repetir una y otra vez que Daniel Valls lo hace todo mal). El personaje de Valeria Falcón es el más redondo de todos, el que presenta más versiones y más perspectivas; probablemente sea aquel con quien la autora se identifica más, y de hecho al final de la novela Valeria decide comenzar a escribir.

La novela se plantea (o se vende, al menos) como una crítica al mundo de la "farándula", mostrando sus contradicciones y sus miserias (aunque también su glamour y su capacidad de fascinación); lo cierto es que como crítica resulta algo blanda, y como representación, algo limitada. Como puro artefacto literario, se lee con placer y con gusto, sigue despertando admiración por la capacidad lingüística y estilística de la autora, pero no deja un gran poso; todas las grandes preguntas que se propone plantear quedan solo esbozadas, sin profundizar en ellas, como si pusiera deberes al lector (pero el lector, ay, es perezoso).

En fin, sigue en pie mi intención de leer más novelas de esta autora, como de Belén Gopegui, a la que conozco poco y creo que debería conocer mejor; tengo la sensación de que todavía no he leído la obra maestra de ninguna de las dos. O a lo mejor es que la van a escribir en el futuro...

sábado, 27 de enero de 2018

John Barth: La ópera flotante

Idioma original: inglés
Título original: The floating opera
Año de publicación: 1956
Traducción: Marcelo Covián
Valoración: muy recomendable

Al rellenar la pequeña ficha sobre el libro que hay sobre estas líneas, no he podido evitar detenerme unos segundos al comprobar que esta novela lleva más de sesenta años publicada. Y que, con los obligatorios ajustes fruto de los cambios de los tiempos, parezca aún tan adelantada a su tiempo, tan actual y tan atemporal a la vez, como si su autor (junto a un reducido grupúsculo de coetáneos) pudiera permitírselo casi sin querer. He de puntualizar que la que he leído no es la reciente traducción publicada por Sexto Piso sino la primera edición en español, que desde luego me ha parecido en todo momento muy correcta y perfectamente válida para su valoración.

Pues sí, John Barth es uno de esos autores extraños que la literatura americana nos ha deparado desde hace unas décadas y que parecen relacionarse entre sí de forma curiosa, con influencias que se cruzan y que llegan hasta muchos autores de hoy en día. Barth, en función de lo leído aquí, sería un claro precedente, por ejemplo, de ciertas obras de Auster, en su confluencia de situaciones absurdas en apariencia, en su incidencia de lo azaroso, como si sus autores fueran unos fotocopistas de la realidad que la alteran de forma sutil hasta distorsionarla de forma imperceptible, edificando sobre los pedazos de ese trabajo de defragmentación algo que parece sustancialmente diferente, y dejando piedras por el camino para recordarnos que la realidad está ahí, un par de capas más abajo.

Y La ópera flotante, su primera novela, más adelante abordaré alguna de sus novelas posteriores, esta supongo que será un punto desde el que éstas se desarrollan, pues, sin tratarse de una obra desbordante, sí que contiene aspectos que deben calificarse como novedosos o vanguardistas, más que en otro ámbito en lo relativo a su confluencia, en ese aspecto totalizador que ha acabado influyendo a mucha narrativa moderna. Así es esta historia, la de las andanzas del abogado Todd Andrews, residente en un hotel, partícipe de un triángulo amoroso consentido (lo que hoy recibe el cursi apelativo de poliamor), tanteando peligrosamente con la izquierda (recordemos que la novela se publica en unos Estados Unidos aún convalecientes del maccarthismo), atento al desarrollo de la Guerra Civil española, en una búsqueda existencialista en las simas de su persona, indagando sobre los motivos del suicidio de su padre (alusión directa a la Gran Depresión), y valorando él mismo, pero muy pronto se sabe que no, a poco que uno esté atento al texto, llevar a cabo tan terrible decisión, en una noche de un día de Junio de 1937, no recuerda cuál. Si todo ello no es suficiente, añadid escenas en las trincheras en Europa, peleas judiciales sobre testamentos que son auténticos manuales de lo descabellado, todo ello cabe aquí sin que Barth suene forzado.

Difícil considerar esto una sinopsis, más bien una mera puesta en escena pues Barth se las organiza para mantener una línea de continuidad e ir añadiendo piezas que son guiños (a tantos, hasta a Melville), consiguiendo acabar siendo pionero, que significa ser, durante un cierto lapso de tiempo, único.

Otras obras de John Barth en ULAD: El plantador de tabaco

viernes, 26 de enero de 2018

3x1: Museos, Historietas Y Viceversa


A estas alturas, creo que todos convendremos en considerar al cómic -llamémosle tebeo, BD o fumetti- como una más de las artes -¿la octava, quizá?- o, cuando menos, una afortunada combinación entre dos de ellas. En todo caso, quienes sí parecen tenerlo claro son algunos de los más importantes museos del mundo; no sólo porque en ellos se programen exposiciones sobre este género (como la que ahora mismo hay en el Reina Sofía de Madrid dedicada a George Herriman, creador de Krazy Kat), sino porque algunos incluso han decidido implementar joint-ventures editoriales para optimizar la sinergia resultante de esta suerte de coworking artístico-conceptual (vale, pido perdón por la gilipollez de esta frase, pero no me he podido resistir...); es decir, en plata: que ciertos museos han comenzado a publicar cómics, de reputados autores, eso sí, relacionados precisamente con su actividad museística o alguna de las obras que en ellos se exponen.


Autor: Nicolas de Crécy
Título: Periodo glacial
Idioma original: francés
Título original: Période Glaciaire
Año de publicación: 2005
Traducción: Ana Millán
Valoración: entre recomendable y está bien


El museo pionero en esta práctica, que yo sepa, fue el del Louvre (cómo no, dada la categoría y respeto que se le concede en Francia a la Bande Dessinée), habiendo participado en esta iniciativa autores tan reconocidos como Enki Bilal o Jiro Taniguchi. O quien abrió en 2005 esta serie de coediciones de cómics relacionados con el museo: el sorprendente y exquisito Nicolas de Crécy, precisamente con este Período glacial, original historia postapocalíptica en la que un grupo de exploradores-antropólogos, ayudados por una especie de híbridos parlantes entre perro y cerdo -como el romántico Hulk-, recorren una Francia convertida en blanquisa en busca de los escasos restos de la civilización actual... ¿Hasta dónde llegarán en su pesquisa? Ya, ya lo sé; no es muy difícil de adivinar... ; )

El resultado es una obra deliciosa y con el peculiar toque lindante con lo surreal que caracteriza a este autor. Como mínimo, una propuesta interesante y recomendable, sobre todo para los amantes del cómic galo.




Autor: Étienne Davodeau
Título: El perro bizco
Idioma original: francés
Título original: Le chien qui louche
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien


El perro bizco, de Étienne Davodeau también pertenece a la serie publicada por las ediciones del Museo del Louvre en colaboración con Futuropolis, aunque en este caso el registro cambia: está ambientada en un prosaico presente y la ironía melancólica del cómic anterior se convierte en un humor mucho más evidente, casi con la tierna socarronería de las películas de Jacques Tati. Aquí el protagonista es Fabien, un vigilante del museo -muy divertida la relación que los celadores mantienen con las obras y con los visitantes que las contemplan- que debe atender a la "sugerencia" de la familia de su novia Mathilde, el irreductible clan Benion, de colgar en el mismísimo Louvre un cuadro horrendo pintado por un antepasado con ínfulas artísticas: "El perro bizco", claro... obra que hace honor a su nombre. El pobre Fabien se ve en un aprieto fácil de imaginar, hasta que recibe una ayuda inesperada, que no desvelaré. Una BD divertida y hasta tierna, aunque no deja una huella demasiado profunda, hay que reconocer...



Título: El perdón y la furia
Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: está bastante bien

Este tercer cómic, sin embargo, está editado por el Museo de Prado, pinacoteca que también se ha sumado a esta práctica editorial, pero relacionándola con exposiciones que se hacen en el Museo (habiendo sido así su primera Historieta publicada El tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), de Max, con motivo de la exposición que celebraba el V centenario de El Bosco). Este otro cómic, El perdón y la furia, está dedicado a José de Ribera y cuenta la historia de un artista llamado Osvaldo González,  obsesionado hasta la locura con la obra de este pintor; en concreto con el conjunto llamado Las furias, encargado por el virrey de Nápoles en 1632, y que él relaciona con el Speculum redemptionis, la Geometría Mágica y otras sesudeces de las que sin duda se han informado bien los autores del libro.  Autores que son, Altarriba y Keko, además de otra historieta, Yo, asesino que comparte con este cómic no sólo una afinidad temática, la relación entre el arte y el crimen -aunque aquí no todo es lo que parece- sino también la misma técnica gráfica, a base de violentos claroscuros, en puro blanco y negro, aderezados tan sólo por la violencia del color rojo.

Los admiradores de esta pareja de guionista-ilustrador no se verán decepcionados, pero para los que no las conozcan, quizás sea mejor empezar a leer otraas obras de Altarriba, como la ya mencionada o la excepcional El arte de volar.


En fin, no sé hasta qué punto esta y otras iniciativas semejantes conseguirán que los no aficionados al género se interesen o simplemente respeten un poco más los cómics. O consigan que quienes no suelen entrar en un museo se acerquen de vez  en cuando a uno. Pero ojalá ocurriera alguna de las dos cosas o ambas. Porque de hecho, no hay por qué elegir entre la "alta cultura" y la cultura popular: una puede disfrutarse tanto como la otra. O viceversa.


Otras obras de Antonio Altarriba y Keko reseñadas en Un libro Al Día: Yo, asesinoEl arte de volar 

jueves, 25 de enero de 2018

Manuel de Pedrolo: Crucifeminació


Idioma original: Catalán 
Año de publicación: 1986
Valoración: Recomendable 

Manuel de Pedrolo era, para mí, el típico escritor cuyo nombre te suena pero apenas sabes nada de él. Le conocía porque en el instituto me hicieron leer su Mecanoscrito del segundo origen. Esa novela no me dejó un mal sabor de boca; tampoco debió suscitarme mucha curiosidad, ya que, finalizada la historia de Alba y Dídac, no me embarqué en más viajes junto a Pedrolo. Sin embargo, esto va a cambiar ahora que he leído Crucifeminació.

Estamos ante un libro curioso. Lo primero que parece corroborar esta afirmación es el género en el que se enmarca: ciencia ficción experimental. Esto de experimental se ve reflejado en la extravagante maquetación de la novela. Nada nuevo bajo el sol, entendámonos; recordemos que Mallarmé, Apollinaire y tantos otros que se me escapan ya han hecho de las suyas antes. En todo caso, siempre es divertido ver este tipo de artefactos literarios, estos juegos casi escultóricos con el texto. Y la maquetación del texto en Crucifeminació, salvo pasajes aislados, escapa gozosamente de lo convencional. Esto no es positivo de por sí, claro; la forma puede ser atractiva, pero si no aporta nada al contenido (o si solamente aporta a la superficialidad), no deja de ser un reclamo vacío. Por suerte, Crucifeminació elude esta trampa: la faceta visual está justificada; nunca se apodera de la historia, sino que actúa de forma complementaria a ella. 

¿De qué va esta novela? Bien, Crucifeminació narra los acontecimientos que rodean a lo que la Iglesia acaba por llamar la segunda encarnación de Dios en la Tierra: el nacimiento de un niño al que se bautiza como Definitivo. El suceso es distorsionado por las autoridades religiosas hasta el punto en que un simple parto es elevado al nivel de milagro. Ni corto ni perezoso, Pedrolo nos sumerge casi sin que nos demos cuenta en una sociedad distópica, donde la Iglesia recupera el apabullante poder que alguna vez tuvo y vuelve a gobernar. Sobre todo, pues, este es un libro anticlerical (que no anti-religioso); Pedrolo hace una crítica feroz, ácida, a la Iglesia y sus triquiñuelas. Otro elemento que me parece destacable de Crucifeminació es el humor negro con el que el autor retrata algunas situaciones. Es cierto que éste se concentra, sobre todo, en la primera parte del libro; no obstante, me ha parecido tan hilarante en sus mejores momentos que debo remarcarlo. Los representantes del brazo civil, militar, científico y religioso son retratados con tal sorna y desdén que algunos fragmentos de esta novela me remitían directamente al cuadro de Otto Dix titulado Los pilares de la sociedad (1926). Y esto sucedía, como digo, sólo arrancar la historia. Genial, vamos; aquello que se cuenta y cómo se cuenta. Lo que digo: ¡otro de Pedrolo cae pronto seguro! 



miércoles, 24 de enero de 2018

Joseph Roth: La Cripta de los Capuchinos

Idioma original: Alemán
Título original: Die Kapuzinergruft
Traducción: Jesús Pardo
Año de publicación: 1938
Valoración: Muy recomendable

El primer capítulo de esta novela nos da una idea perfecta de lo que nos encontraremos en ella: la historia de un mundo desparecido (el imperio austro-húngaro) y del extrañamiento de su protagonista. 
“No soy un hijo de mi tiempo, es verdad, incluso diría que me resulta difícil no erigirme en su enemigo, y no es que no lo entienda, como he afirmado a menudo, esto es una excusa piadosa. Por pura comodidad no quiero volverme hostil o agresivo, y por lo tanto digo que no lo entiendo, cuando debería decir que lo odio o que lo desprecio”
Como se puede comprobar, “La Cripta de los Capuchinos” es heredera directa, en cuanto a temática, de “La marcha Radetzky”, probablemente la mejor obra de Roth. De hecho, su protagonista, Francisco Fernando Trotta, es nieto de un hermano del héroe de Solferino, aquel que salvó la vida del emperador, etc. 

Narrada desde la distancia que da el tiempo, la novela abarca un período de 25 años (1913-1938), desde los decadentes ambientes aristocráticos de la Viena previa a la Primera Guerra Mundial hasta la anexión de Austria por Alemania (el célebre Anschluss), y es, como ya he dicho, la historia del final de una era y de los sucesivos extrañamientos de una generación y de una clase social.

La Guerra, que implica la pérdida de nombre, posición, rango, dinero, casa, valores, pasado, presente y futuro, marca el devenir de los acontecimientos. Pone, además, de manifiesto la contraposición entre lo viejo y lo nuevo, constante a lo largo de todo el libro, y supone una especie de epifanía para Trotta. 

Buena muestra del contraste entre lo viejo y lo nuevo y el deslumbramiento que causa en Trotta es su relación con Joseph Branco Trotta y Manes Reisiger, representantes del viejo mundo multiétnico del imperio, con sus viejos oficios y sus tradicionales costumbres, frente a la más cosmopolita y moderna Viena de Francisco Fernando. Con ellos vivirá la Guerra y el destierro y con ellos se reencontrará al final del libro.

Este contraste “viejo – nuevo” y el extrañamiento del protagonista se acentúa en la Viena de posguerra, época de adaptación y asimilación de nuevas ideas (algunas de ellas vilipendiadas con anterioridad). Los nobles ahora son apenas burgueses y son seres desubicados en un mundo nuevo, el de los negocios, en el que fracasan una y otra vez. La posguerra es momento de reencuentros, como el que tiene lugar con su madre, que sigue viviendo como si su mundo no se hubiera deshecho, o con su esposa Isabel, una mujer absolutamente cambiada respecto a la que dejó al comienzo de la Guerra. Reencuentros y desencuentros en un mundo que cambia a velocidad de vértigo..

Las principales virtudes del libro, como ya ocurre en otras obras de Roth, son la evolución psicológica de los personajes y el retrato de los diferentes ambientes. Trotta dista absolutamente de ser un personaje plano; es imposible que en 1938 sea el mismo que en 1913 debido a las sucesivas experiencias a las que se enfrenta (Guerra, destierro, matrimonio, paternidad, fracasos, etc) y Roth maneja esta evolución del personaje de forma magistral. Por otra parte, la sensación de melancolía y pesimismo que transmite el libro acompañan perfectamente el tono del relato.

Por ponerle un pero, me quedo con las ganas de saber algo más del período pre-Anschluss. Me parece percibir una cierta precipitación (lo sé, ¿quién soy yo para pretender criticar a Joseph Roth) a la hora de resolver ese período previo al final del libro.

En cualquier caso, un muy buen libro de uno de esos autores imprescindibles para entender la Europa de comienzos del siglo XX.

Más novelas de Joseph Roth en UnLibroAlDía: La leyenda del santo bebedorHotel SavoyLa rebeliónFuga sin finLa marcha Radetzky

martes, 23 de enero de 2018

Ignacio Martínez de Pisón: Enterrar a los muertos

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

Algo más sobre la Guerra civil, sí. Sopesando el ambiente, a veces me pregunto hasta cuándo seguiremos dándole vueltas al tema pero, claro, si pensamos que a día de hoy se siguen escribiendo y filmando cosas sobre las Guerras médicas, la campaña de Napoleón en Rusia o la toma de Granada, parece que tenemos para rato. Sin embargo, no es exactamente lo mismo. La Guerra civil es Historia pero también es algo relativamente reciente, todavía andan por ahí abuelos que la vivieron, pero además hay heridas que parecen siempre abiertas, porque no cicatrizan o porque no se les deja, no sé.  Quizá habría que hacer un gran ejercicio de sinceridad para admitir sin tapujos todas las atrocidades y pasar página de una vez de algo de lo que casi ninguno de los presentes fuimos responsables. Pero igual tampoco es momento para ahondar en la cuestión.

Hablando de heridas y atrocidades, muchas son conocidas y muchas también han sido manipuladas o utilizadas por intereses políticos. Ignacio Martínez de Pisón aporta en este libro algunas más para la colección, e indaga en cuestiones a las que generalmente no se les ha prestado mucha atención. Ese es justamente el principal interés de ‘Enterrar a los muertos’ (anda que se ha lucido con el título).

La atención se centra inicialmente en el escritor norteamericano John Dos Passos (Manhattan Transfer', ‘El Paralelo 42'). Como buena parte de los intelectuales de la época no oculta su simpatía por España, y su perfil izquierdista le convierte en ferviente defensor de la República. Tiene además una estrecha relación con su traductor José Robles, quien a su vez iniciada la guerra hará funciones de intérprete con los jefes militares rusos enviados en apoyo al Gobierno. Dos Passos visita España con frecuencia y colabora en un documental en defensa de la República, pero en uno de sus viajes comprueba que Robles ha desaparecido. Pronto se encuentra con un muro de silencio que al principio no comprende, pero tras pacientes investigaciones termina por encontrar la causa: Robles ha sido purgado por los servicios secretos soviéticos, como otros tantos que iremos conociendo, con la simple sospecha de no ajustarse a la ortodoxia stalinista.

El desarrollo del libro resulta algo chocante, porque parecía que estábamos ante un trabajo –quizá mínimamente novelado- sobre el caso concreto de Robles, pero enseguida conocemos su desenlace, y el misterio por tanto se deshace. No obstante, el interés no decae. La historia de Robles parece la punta de un iceberg desconocido (y perdón por la metáfora manida), a partir de la cual Martínez de Pisón sigue hurgando en ese oscuro mundo de pugnas políticas, primero al rebufo de las investigaciones de Dos Passos, luego diríamos por su cuenta.

La cuestión es, simplificando mucho, la siguiente: Rusia es la única potencia que se ha movido en favor de la República y, aunque su apoyo es bastante menos evidente que el de Alemania o Italia a Franco, tiene jefes militares muy bien colocados y con mucho poder. El stalinismo está en su apogeo, domina la Internacional, y los partidos comunistas se le pliegan sin rechistar; pero también se manifiesta en toda su crudeza el enfrentamiento con Trotski, y la obsesión por la limpieza contra los desleales (reales o supuestos) alcanza niveles de paranoia. Como resultado, España, aparte de un estupendo escaparate para la solidaridad obrera internacionalista, es también un buen banco de pruebas y una pieza del tablero que Stalin desea manejar en su provecho. Igualito que están haciendo Hitler y Mussolini. Así que, mientras los soviéticos dirigen buena parte de las operaciones militares (porque la tropa la ponen los españoles y las Brigadas Internacionales), se ocupan también de ir situando sus peones en puestos clave, intentando abanderar sin complejos la resistencia al fascismo y, claro está, cargándose a todo aquel que disienta de las directrices.

Parece que Dos Passos fue siendo cada vez más consciente de todo esto, y de ahí su progresivo alejamiento de la izquierda tradicional, lo que le cuesta un duro enfrentamiento con su antiguo amigo Hemingway y la recriminación de buen número de intelectuales, que no conocen o no quieren ver la manipulación. Pero como decía, Pisón continúa explorando la cuestión, lo hace con buen pulso aunque con cierto desorden. El drama de los Robles, privados primero de información y luego de cualquier tipo de apoyo oficial, alcanza hasta al propio hijo del traductor ajusticiado, que fue objeto de la represión hasta el punto de terminar encarcelado y finalmente exiliado en México. Aunque parezca paradójico, la limpieza de los enemigos políticos arrecia según la República va perdiendo terreno, y culmina con la aniquilación del trotskista POUM y el exterminio físico de cientos de sus militantes, empezando por su dirigente Andreu Nin. Es decir, que los que no morían en el frente, eran liquidados en la retaguardia por sus teóricos aliados.

La parte final del libro incide en otra cuestión interesante. Al hilo de la dramática lucha política que comentaba, el autor dedica unas cuantas páginas a una pequeña historia del mundo editorial de izquierdas. Es un tema al que creo que Andrés Trapiello ha dedicado una monografía, y resulta sumamente esclarecedor: algunos editores, generalmente con más voluntad que medios, llevaban años promoviendo la publicación de libros en apoyo de ideas progresistas, hasta que en los últimos años de la República experimentaron en su seno esos mismos enfrentamientos entre las distintas tendencias, lo que redundó en su empobrecimiento, dispersión y pérdida de influencia.

Bueno va, que se me ha ido un poco la mano y termino ya. El libro puede resultar extraño en su primera parte si lo tomamos como relato policiaco o de investigación; pero cuando el lector es consciente de su naturaleza –un trabajo muy documentado sobre la intrahistoria política de ese periodo- se revela como un texto sólido y muy interesante.

También de Ignacio Martínez de Pisón en ULAD: La buena reputaciónDerecho natural

lunes, 22 de enero de 2018

Celeste Ng: Pequeños fuegos por todas partes

Idioma original: inglés
Título original: Little fires everywhere
Año de publicación: 2017
Valoración: entre recomendable y está bien

Shaker Heights. El orden. La planificación. El control. La meticulosidad. La belleza calculada. La rigidez y el sometimiento a las normas de vecindad. Todo milimétricamente establecido para conseguir una comunidad perfecta o, mejor dicho, perfectamente inestable, pues se mantiene en aparente equilibrio en su punto de inflexión. O de combustión.

Al lector le bastan unas pocas páginas para verse plenamente integrado en Shaker Heights, comunidad donde viven los Richardson. Se imagina las calles llenas de coches deslumbrantes, casas con sus jardines perfectamente cuidados acorde a las normas obligatorias de la comunidad que incluso establecen la altura adecuada del césped; uno casi ve los vestidos perfectamente planchados, los peinados sin un solo cabello fuera de sitio y todo funcionando cual reloj suizo (de alta gama, por supuesto). En este escenario de idílico decorado aparece Pearl con su madre, Mia. De origen humilde, establecen una relación con la familia Richardson, a quienes les alquilan el hogar donde vivirán. La aparición de Pearl y Mia, y su carácter despreocupado y atrevido, causa un choque con las normas de la comunidad en la que se encuentran, una fricción en la línea de separación de clases. Un roce que, por constante y repetido, causa cierta irritación, molestia y malestar, hasta que un hecho casual creará una polémica que afectará a las vidas de la comunidad y encenderá el fuego que amenazará con arrasarlo todo.

De esta manera, la autora nos sitúa en una comunidad de apariencia perfecta para, posteriormente, una vez acostumbrados a su forma de vida, sembrar una pequeña semilla de discrepancia y alteración que creará un caos en la comunidad. Y es que, en un perfecto equilibrio aparentemente estable, basta con un elemento que altere ese punto de equilibrio para sacudir las creencias estáticas e inquebrantables de la sociedad y realizar, de forma forzosa, una reflexión sobre quiénes somos, en qué se basan nuestros valores y qué sostiene la convivencia. Así, en esa quietud permanente, como en un estanque en calma, es suficiente la caída de una gota para alterar, no solo la superficie y lo que se ve, sino también lo que hay debajo. Un desencadenante que, como un alud, arrastra los diferentes personajes hacia un abismo de medias verdades, misterios ocultos y juicios paralelos bajo la mirada inquisitiva de propios y extraños, cuestionando quienes somos y qué sabemos de nuestros amigos, de nuestra familia. El pasado y aquello que escondemos, el presente y aquello que ocultamos. Aquello que deseamos y queremos y lo que estamos dispuestos a hacer para mantenerlo, para protegerlo, para cuidarlo. Las suposiciones y las verdades, las dudas y las certezas, los malentendidos y las revelaciones.

La habilidad de la autora en construir los protagonistas es más que evidente, y el retrato que hace de la sociedad y los personajes principales consigue que el libro capture el interés del lector de buen inicio. Así, el arranque es realmente cautivador, pues al haber sucedido la catástrofe, atrapa al lector deseoso de saber el motivo de tal desastre. La caracterización de los personajes es perfecta, y la trama va enredándose a medida que avanza hasta que, aquello que simbolizaba un remanso de paz, se convierte en un incendio de grandes proporciones. Tal es así, que el planteamiento del libro despertó mi curiosidad completamente. Por desgracia, a pesar de un punto de partida y planteamiento más que prometedor, el interés en la trama no es constante a lo largo del libro ya que, en su parte central, se aleja temporalmente del caos familiar inicialmente planteado para iniciar un viaje al pasado de uno de los personajes; ahí la novela cambia bastante, dirigiéndola hacia un escenario más centrado en lo que supone la figura de la madre y, a partir de este punto (y especialmente en su tramo final) la novela pierde fuelle, pues parece que la autora tome la decisión de equilibrar los personajes, vislumbrándose un cierto punto de esfuerzo (algo excesivo) en darle su dosis de protagonismo a cada uno de ellos, resultando algo forzado.

Aún y así, la novela atrae la atención y atrapa al lector, aunque lo que al principio prometía ser un análisis más de tipo sociológico tiende al final a una novela de tintes melodramático familiares. Y ahí ya no me atrae tanto, pues se pierde interés (quien sabe si en aras de querer llegar a un público más amplio). El libro pierde fuerza a medida que leemos y, sobretodo, pierde credibilidad. Claro que hay mucha crítica, por supuesto que hay maldad y grandes dosis de egoísmo y falsedad al querer mostrar siempre una imagen perfecta (muy propio de la sociedad actual, cabe decir) y recurriendo al autoengaño si con ello se acepta mejor la realidad, pero los derroteros por los que se adentra el libro en su desarrollo y desenlace nos llevan a un territorio demasiado rocambolesco, forzado y con tendencias a literatura de prosa fácil e ideas superficiales. Da la sensación de que la autora quiere cubrir demasiados frentes pues, en un intento de profundizar en la crítica social, se adentra en los distintos aspectos que la conforman: la familia, la maternidad, el estatus social, la imagen personal, la inmigración, el racismo... Tener tantos alementos a tratar supone una gran dificultad si la intención es reflexionar profundamente sobre ellos.

Por todo ello, si se quiere leer el libro en clave sociológica (como creo que debería hacerse y auguro que era la intención inicial de la autora) el lector tiene que querer entrar ahí, y buscar ese mensaje, evitando caer en la tentación de quedarse en una lectura superficial, culebronesca (si se me permite) y llena de tópicos. Parece que, a juzgar por el resultado, finalmente la autora haya decidido dejar en manos del lector el análisis sobre lo expuesto y la búsqueda de la profundidad sobre lo que ella simplemente apunta. Y es arriesgado hacerlo así cuando la narrativa que ofreces lleva al lector a quedarse en el lado de la superficialidad, casi invitándole a hacerlo de esa manera. Pudiendo hacer una novela mordaz, ácida y contundente, el libro apunta, pero no se decide a disparar. Y ése es el principal punto débil. Porque es evidente e innegable que el libro engancha. El estilo de la autora de prosa fácil y recursos atractivos para atrapar al lector cumple con este propósito. Ése es el principal mérito de la autora, su capacidad para atraer al lector, aunque lamentablemente lo consiga a costa de reducir la carga profundidad del análisis. Difícil equilibrio si se quiere llegar a un amplio público sin caer en la literatura "guilty pleasure". En este caso, el libro salva el escollo por los pelos, pues a pesar de caer en muchos tópicos y en situaciones algo inverosímiles, también tiene los elementos suficientes para aquellos que quieran rascar bajo la superficie, atreviéndose a ver lo que hay debajo y darse cuenta que lo que plantea ya no es tan placentero ni tan bonito, sino una sociedad que esconde muchas carencias bajo una aparente capa de perfección.

También de Celeste Ng en ULAD: Todo lo que no te conté

domingo, 21 de enero de 2018

Trevor Noah: Prohibido nacer

Idioma original: inglés
Título original: Born a crime
Traducción: Javier Calvo
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable


Trevor Noah es un fenómeno mediático de primer orden desde que Jon Stewart lo designara como su sucesor al frente de The Daily Show (un famoso late-night talk en EEUU). Y no lo menciono como mero relleno introductorio, sino para que quede bien claro que cualquier cosa que se publicara a partir de aquel momento, bajo la autoría de Trevor Noah, tenía todos los números para arrasar en el mercado editorial. (Para que luego digan que Penguin Random House no apuesta por autores noveles).

Resumen resumido: las vivencias de Trevor Noah en su Sudáfrica natal durante y después del apartheid. Se trata de un periodo que se remonta antes de su ilícito nacimiento (puesto que conoceremos las andanzas de su madre, la díscola Patricia Nombuyiselo en los años previos a la concepción, también ilícita, de su primogénito), hasta que éste se emancipa del hogar familiar. 


Prohibido nacer no es alta literatura ni lo pretende, es un producto editorial con una factura muy cuidada y una buena estrategia narrativa. Se sustenta en el interés por un hecho histórico y controvertido (el apartheid), en el punto de vista en relación a los hechos (reales) y en la voz del narrador ¿Y qué tiene de especial esta voz?
  • Es la voz de una víctima.
  • Se dirige al lector con franqueza para explicar unos hechos que le han dejado una profunda marca emocional, 
  • Hace auto crítica y no cae en la auto compasión, 
  • Destila cierta inocencia (dada la corta edad del protagonista en buena parte del relato) 
  • Es ágil y fresca y ameniza la lectura por muy triste que pueda resultar lo que relata. 
Todo eso contribuye a que el lector confíe en el narrador y empatice con su situación prácticamente desde la primera línea. Más allá de eso, Trevor Noah juega también la carta de explotar su vis irónica y mordaz, no solo en el estilo si no también en la mirada; Trevor Noah es capaz de darle la vuelta a cualquiera de sus anécdotas sobre miseria, segregación o incultura:
«En todos los barrios pijos hay una familia blanca a la que se la suda todo. Ya sabéis de qué familia estoy hablando. No cortan el césped, no pintan la cerca y no arreglan el tejado. Tienen la casa hecha una porquería. Pues bien: mi madre encontró esa casa y la compró, y de esa forma consiguió meter a una familia negra en un sitio tan blanco como Highlands North».
Los arranques de capítulo suelen ser de este estilo, más parecidos a un monólogo humorístico, y te ríes y mucho; el desarrollo posterior mantiene la agilidad y el tono desenfadado sin que ello vaya en detrimento de la exposición de los hechos que, por muy tristes que sean, siempre lucen una pátina luminosa. Porque así son Trevor y su madre: dos almas positivas y peleonas, y ese espíritu impregna toda la narración. Me han gustado especialmente las reflexiones en relación a las diferentes lenguas y a las diferentes razas:
«El racismo nos enseña que el color de la piel nos distingue. Pero como el racismo es estúpido, es fácil engañarlo. Si eres racista y conoces a alguien que no tiene tu aspecto, el hecho de que no pueda hablar como tú refuerza tus prejuicios racistas. Esa persona es distinta, menos inteligente. (...). Sin embargo, si la persona que no tiene el mismo aspecto que tú habla el mismo idioma, tu cerebro se cortocircuita porque tu programa racista no incluye esas instrucciones en el código».
Antes mencioné una estrategia narrativa. El libro se estructura en tres partes que van desarrollando de un modo más o menos cronológico la infancia y juventud del protagonista. El interés por las vivencias de Trevor Noah está en su mismo origen: una madre muy negra —xhosa— y un padre muy blanco —suizo— en pleno apartheid (que nadie se me ponga nervioso que eso se explica en la contraportada). También en la contraportada se puede leer: «Mi madre me quería tanto, que tuvo que tirarme de un coche en marcha para que huyera». Lo uno y lo otro ya da para tener al lector pegado al libro un buen rato. Pero el mayor intríngulis está justo en aquello que no se cuenta o solo se menciona puntualmente, una vez en la primera parte, una vez en la segunda y al final de la tercera conocemos el desenlace. Hablo de violencia, son los únicos momentos en los que la voz del narrador se ensombrece por la incomprensión y la tristeza. Porque Trevor Noah y su madre salieron airosos de la violencia del sistema pero no les fue tan bien con la violencia doméstica. Y estas memorias son, con apartheid o sin él, un amoroso homenaje de un hijo a su madre, una mujer muy muy especial como podréis comprobar. 

Tal vez por lo mucho que se dilata innecesariamente la historia con el fin de postergar al máximo el clímax final, es por lo que a partir del último tercio tuve la sensación de que la narración perdía fuerza y ya no aportaba nada nuevo. Cuesta creer que una vida como la de Trevor Noah no dé para trescientas páginas interesantes, el lector se muere de ganas por saber cómo ese muchacho larguirucho y espabilado logra escapar de la miseria y acaba siendo el presentador de uno de los late más reputados de EEUU. Pero eso no te lo cuentan. Te quedas con que se emancipa de casa siendo muy joven y sin intención de ir a la universidad, y lo que sucede entre ese momento y su regreso para el gran final dramático (cuando él ya se ha hecho un nombre en la televisión Sudafricana) se sustrae deliberadamente y como lector te sientes estafado lo más grande; blasfemas, pataleas y maldices aún a sabiendas que igualmente comprarás esa segunda parte que ya debe estar lista y a la espera en algún cajón de madera de la buena. 

En cuanto al título, Prohibido nacer hace referencia directa al conflicto del narrador y protagonista ya que él es la consecuencia de la cópula (ilegal) entre dos miembros de dos razas distintas. Más allá de eso, sintetiza de un modo contundente la estupidez legislativa del aparato apartheid (en el libro se dan ejemplos de algunas de aquellas leyes y os aseguro que son dignas de enmarcar y colgar en el salón). El título original Born, a crime va en la misma dirección aunque resulta más emotivo y menos mordaz. 

No obstante y a pesar del molesto tufillo mercantilista, me reitero en mi recomendable (alto). Es difícil resistirse a un libro que tanto enseña como divierte y emociona.

sábado, 20 de enero de 2018

Toni Morrison: La noche de los niños

Resultado de imagen de la noche de los niños amazonIdioma original: inglés
Título original: God Help the Child
Año de publicación: 2015
Valoración: Está bien


No le hacía ninguna falta. A Toni Morrison, digo, no le hubiese hecho falta publicar esta novela. Ni siquiera escribir nada que esté, aunque sea ligeramente, por debajo de lo que ya tiene en su haber. ¿Una historia de amor? Sí, pero tan increíble, tan traído por los pelos todo. El amor pero también lo demás. Protagonistas  vulnerables en su fortaleza, o viceversa, como todos los suyos. Ambientación contemporánea para variar, nada de ecos del pasado. Un argumento que le podría haber quedado más sólido si no se multiplicasen las coincidencias. Y, sobre todo, si estas coincidencias no se refiriesen a lo innombrable. Porque se puede hablar de (casi) todo, y la clave está en ese adverbio del que, obviamente, no tengo nada que decir. Es más, si hubiese barruntado que la cuestión se abordaba aquí –y más con tanta insistencia –jamás hubiese abierto el libro.
Todo se acaba, hasta el genio de los genios. Ojo, hablo de genialidad, que no hay que confundir con el oficio, este permanece mientras se conserven las facultades intelectuales. Y oficio sigue habiendo, lógicamente. Por eso, y a pesar de tópicos como el de la belleza absoluta, de la incomprensible superficialidad, a pesar del morbo que asoma de vez en cuando, no puedo hablar mal del todo de La noche de los niños: está claro que no es lo mejor de su autora, pero hay que tener en cuenta que sus obras menores siempre estarán por encima de lo más destacable de otros.
Morrison, creadora de personalidades entrañables, nos regala a una protagonista particularmente simpática. Bride se reinventa a sí misma tras una infancia sin cariño por culpa, no de su raza, sino de la intensidad de esta. Resulta interesante observar los sinuosos caminos  que recorre la sinrazón para ejercer sobre sus víctimas el mayor de los daños posibles. Ahora resulta que la raza tiene grados. Por eso, no solo los que logran pasar desapercibidos –como ocurre en Imitación a la vida (película de 1959) o en La mancha humana de Philip Roth– también los reconocidos y reconocibles pueden avergonzarse de los otros, más oscuros que ellos. Pero la vida es tan inclemente que ¿quién podría culparles de algo así?
Bride es, además, toda una campeona. Aunque deba superar una infancia traumática y una culpa de la que no es responsable ¿cómo calificar su meteórica carrera con solo veintitrés años? ¿Cómo obtiene esa seguridad de haber llegado a la cumbre que jamás se pone en cuestión? ¿Quién es ella como personaje? Sí, está claro que se hace querer pero ¿se ha construido con la suficiente consistencia?
No sé ustedes, yo desde luego no acabo de creérmela, lo siento. Lo mismo ocurre con Booker, el otro personaje principal. Encantador, contradictorio, repleto de de matices, pero también de tópicos e incoherencias. Y es una pena, porque el resto de la nómina está muy bien desarrollado. Hasta la mítica tía Queen, a pesar de cierta idealización, sin olvidar a la desgraciada Sofía, maestra recién salida de la cárcel, ni por supuesto a la familia de Booker al completo, así como a la imperfecta –y por tanto muy creíble– madre de Bride.
Una historia de luchadores, narrada desde varios puntos de vista, tan tierna como amarga, que se lee con el mismo afecto que transmite y que nos hará plantearnos algunas cuestiones trascendentes. A quien necesite un empujón, le diré que es corta, de lectura fácil, con un final más que amable y que la emoción está asegurada si es lo que estaba buscando.


De la misma autora: Volver, La canción de Salomón, Sula, BelovedEl origen de los otros

viernes, 19 de enero de 2018

Luca D'Andrea: La sustancia del mal

Idioma original: italiano
Título original: La sostanza del male 
Año de publicación: 2016
Traducción: Xavier González Rovira
Valoración: está bien

Uno ve este libro en la estantería del hipermercado o el centro comercial (lo confieso. yo sólo compro libros en sitios así), al lado de los últimos éxitos, de los best-sellers de rigor, y algo te llama la atención... quizás la colorida portada -que tiene truco, por cierto-, quizás la (arghh) faja que compara a su autor con los más célebres escritores de thrillers... Además, está publicado por un editorial de aún cierto prestigio, que también ha descubierto a los hispanolectores otros grandes nombres del género como... Joël Dicker ¡De repente se disparan todas las alarmas, se bloquean las salidas con puertas de acero...DEFCON DOS, DEFCON DOS! Entran los agentes del Servicio Secreto beretta en mano para llevarte a un refugio seguro: "El pájaro está en el nido... Repito: el pájaro está en el nido..."

Tranqui todo el mundo, el caso es que no hace falta tanta alarma; sí, Luca D'Andrea es un escritor aún joven (o casi), europeo, que ha escrito un thriller á l'americaine, que incluso se le emparenta (aunque eso ya casi es un tópico) con monstruos como Stephen King... pero vamos, poco que ver con Joël Dicker. Gracias. Al. Cielo. En este caso, el libro que nos ocupa no deja de ser, ni pretende ser otra cosa que una novela de misterio, con su punto de originalidad, cierto es, en la ambientación: se trata de un crimen pavoroso ocurrido en las montañas del Alto Adigio o Tirol del Sur en 1985, una época de tensiones entre las comunidades germana e italiana -que le valieron a la región el apodo de "Belfast con strudel"- y que trata de desentrañar -o no, según el momento- un guionista de documentales neoyorquino que está casado con una lugareña: más que un walscher o forastero, pero menos que un nativo del pequeño pueblo donde se desarrolla la historia. Tal circunstancia se revela tanto como una ventaja como todo lo contrario, por otra parte...

Pero, un instante... un protagonista que se dedica, de una u otra manera, a la escritura...que nos cuenta en primera persona la indagación, en una pequeña comunidad, sobre un crimen cometido treinta años atrás... ¿A qué me recuerda eso? ¡Mierda, La verdad sobre el caso Har...!¡No chicos, tranquilos (ya entraban otra vez los del Servicio Secreto)... que no va por ahí la cosa, por suerte! De todos modos, aguardad un momento... ¿le suena a alguien una novela sobre un crimen en un caserío del Goiherri en la época más dura de ETA? ¿No? Pues esperad que corro al registro de la Propiedad Intelectual. Ahora vuelvo...

Bueno, ya está. ¿Por dónde iba? Ah, sí: que esto no tiene que ver con aquella novela con ínfulas que perpetró el tal Dicker. Ni siquiera se le pueden buscar referencias a literarias de campanillas, a pesar de que el prota-detective se llame Salinger -sí, amigos/as: J. Salinger, nada menos-, aparte de alguna mención a, precisamente, don Stephen King. Es más, La sustancia del mal, pese a no ser sino un entretenido thriller de misterio, repito, cuenta con algunas virtudes que, aunque sólo sea por no ser defectos, cabe destacar:

  • Utiliza ciertos recursos típicos de los best-sellers (lenguaje muy asequible, párrafos sin complicaciones, capítulos cortos) pero no da la impresión de seguir un manual de cómo escribir uno. Pese a haberlos, no abusa de los quiebros en la trama ni de los cliffhangers (que aquí son literales, por otra parte), aunque no falte el toque ternurista
  • No hace trampas con la historia: la novela es un ejemplo de whodunnit, en la que el protagonista tiene los mismos datos que el lector para resolver el crimen. 
  • Como ya he mencionado, no pretende ser otra cosa que lo que es. Eso incluye el bagage anterior  del propio autor, nacido en Bolzano, muy cerca de donde se desarrolla la acción, montañero y, también él, guionista de documentales sobre los rescates de montaña. Lo que, en otros casos, yo juzgaría como una falta de imaginación preocupante para un escritor de ficción, pero en este, creo que le da al resultado un aire de autenticidad e incluso honestidad que ayuda a que la novela se lea con agrado.
En suma, y por no enrollarme más: un thriller entretenido y sin más complicaciones, un best-seller para pasar el rato y que no de vergüenza llevarlo a cualquier sitio: al metro o a la piscina, a la playa o a la montaña... bueno, no, a la montaña , mejor que no...