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jueves, 21 de julio de 2022

Clarice Lispector: La hora de la estrella

Idioma original: portugués
Título original: A hora da estrela
Traducción: Josep Domènech Ponsatí (trad. al catalán para Club Editor) y Ana Poljak (trad. al castallano para Ediciones Siruela)
Año de publicación: 1977
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


De estilo muy marcado y diría que inconfundible, la literatura de Lispector envuelve la propia literatura. En esta obra, la última publicada por la autora un mes antes de su muerte, nos sitúa de nuevo en un plano metaobservador, pues nos ubica justo encima del hombro del propio escritor del relato, añadiendo a la relación entre autor y personaje(s) una capa siempre interesante a la propia creación con el diálogo constante entre lector y autor.

La autora parte de una «Dedicatoria del autor» donde a modo de prefacio se confiesa afirmando que «yo medito sin palabras y sobre la nada. Lo que me perturba la vida es escribir» a lo que añade que «se trata de un libro inacabado porque le falta respuesta. Respuesta que espero que alguien en el mundo me dé». De esta manera, y como haría de manera similar en «Un soplo de vida» (su obra póstuma escrita poco después), en este libro la autora se encarna en un escritor, Rodrigo, quien se convierte en su alter ego a través del cual se nos dirige y nos traslada sus dudas e inquietudes en el proceso narrativo. Así, Lispector da voz al creador (de personajes, de mundos, de vida y de muerte) de la narración y somete y tensa la relación entre escritor y personajes, a los que supuestamente da vida (si bien en manos de Lispector cobran vida propia). Así, en este continuo debate entre obra y autor, los personajes parecen ansiar dominar el relato, salirse de un esquema que se ofrece difuso pero inmaculado, impolutamente abierto a la fortuna de sus personajes y el escritor lucha con ellos y con él mismo en una tensión constante para que cobren vida sin que sea propia, porque ya el propio Rodrigo confiesa que «mientras tenga preguntas y no haya respuesta continuaré escribiendo». 

Lispector admite que sus personajes se van formando mientras piensa en ellos, les da forma a la vez que el autor da forma al libro. Así, en el centro de su creación, Rodrigo dibuja y moldea su personaje central, Macabéa, una nordestina (como la propia Lispector), un ser prácticamente indefenso, alguien quien «apenas tiene un cuerpo para vender, nadir la quiere, es virgen e inocua, nadie la echa de menos» y teje en torno a ella un relato desde el que la idea, le da vida y la guía en sus desventuras, acompañándola para no dejarla sola, para no abandonarla como todos han hecho porque «nada en ella era iridiscente (…) no tenía ese algo delicado que se llama encanto. Solo yo la veo encantadora. Solo yo, su autor, la amo». Pero Macabéa, a pesar de su carácter frágil, sobresale entre aquellos que la rodean. Vive entre prostitutas, pero ella es mecanógrafa. Así se rebela contra un mundo que le ha tocado en suerte (o en desgracia) y se debate entre un porvenir desalentador y el anhelo de una vida mejor a la vez que conoce a Olímpico, «un diablo ganador y vital», un chico duro, agresivo, de carácter violento aunque contenido, con malas intenciones pero disimuladas a través de un supuesto refinamiento. «Olímpico era un camorrista (…) haber matado y robado hacía que no fuera ‘un simple mierda’, eso le daba cierta categoría». Ella percibe ese fondo oscuro pero ¿quién es ella para juzgar y para elegir? Ella sueña en voz alta, viste su vida de ilusiones. Él las destruye, las aplaca, la devuelve a la realidad con aterrizajes bruscos porque «Olímpico quizá veía que Macabéa no tenía la fuerza de la raza, era un subproducto».

Estilísticamente, el relato empieza desde la reflexión consciente, con un ritmo pausado; Rodrigo se autoimpone un ritmo de escritura lento pues, a pesar de que tiene ganas de llegar al final de la historia, necesita ir poco a poco pues «ni yo mismo sé todavía cómo acabará todo» y confiesa sin tapujos que «sospecho que toda esta cháchara la hago únicamente para aplazar la pobreza de la historia, porque tengo miedo». Así, escribe sin prisas, descubriendo la historia a medida que avanza en ella y sin premura porque «sé perfectamente que cada día es un día robado a la muerte» y que «aquello que madura del todo se puede pudrir». Esta parte inicial es su mejor parte, en el debate entre autor y personaje, entre destino, voluntad y albedrío, más que la propia historia contada.

Lispector narra desde la oscuridad de unos personajes que se debaten de manera constante sobre quienes son, sobre su futuro, sobre la vida y la muerte. Ya afirma la autora, en boca de Rodrigo, que «mi fuerza se halla en la soledad. No tengo miedo de lluvias tempestuosas ni de grandes ventadas alzadas, porque yo también soy la oscuridad de la noche». En boca de Rodrigo afirma que «lo que escribiré ya debe estar escrito de algún modo en mí» y que «escribo porque soy un desesperado y estoy cansado, no soporto más la rutina de serme» y afirma que «la tristeza era una alegría fracasada». Y para ello construye esta historia, y «trataré de hacer, contra mi costumbre, una historia con inicio, desarrollo y ‘gran finale’ seguido de silencia y de lluvia que cae». Lispector consigue su propósito, y tiñe el retrato de unos personajes y de una lluvia que, aunque fina, cala sus huesos por ser constante, continua, y sin poder atisbar ni cuando empezó ni cuando terminará.

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