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jueves, 13 de septiembre de 2012

Contrarreseña: La campana de cristal, de Victoria Lucas / Sylvia Plath

Idioma original: inglés
Título original: The Bell Jar
Año de publicación: 1963 (1971)
Valoración: recomendable

Los lectores que lleven mucho tiempo siguiéndonos tal vez se den cuenta de que algo pasa con la entrada de hoy. Quizás algunos sufran un ataque de pánico: pero... pero... ¡¡si ese libro ya está reseñado!!

No les falta razón: la "contrarreseña" pretende ser un recurso excepcional en términos de frecuencia y fructífero en su capacidad para crear un poco de polémica. Una contrarreseña permite ofrecer un punto de vista radicalmente distinto de un libro ya reseñado por otro miembro del equipo. En el caso que nos ocupa, la valoración final que hago de La campana de cristal no dista mucha de la que en su día hiciera Ian. El planteamiento, sin embargo, es diametralmente opuesto. Ni más ni menos acertado; simplemente, distintos lectores hacen lecturas distintas.

Y, una vez dicho esto, allá voy: a saltarme las normas, que para eso las hemos puesto.


La campana de cristal, es ante todo, una novela de aprendizaje. Y como tal funciona a las mil maravillas. Esther Greenwood es una brillante estudiante de diecinueve años que nos narra en primera persona los acontecimientos previos a su fallido intento de suicidio y las experiencias vividas posteriormente en la institución mental donde pasa seis meses internada.

El cambio registrado en el personaje es estremecedor y enternecedor a partes iguales. De ser una becaria modélica a punto de comprometerse con el chico perfecto, Esther llega a convertirse en una caricatura. Cuando le preguntan por qué lleva el pijama por debajo de la ropa, responde que así se ahorra el tener que andar poniéndoselo y quitándoselo todo el tiempo.

La gran virtud de la novela es precisamente la construcción del personaje, con sus luces y sus sombras, con su carácter ambivalente y contradictorio. Se trata de una mujer joven, apenas una adolescente todavía, en plena lucha por definirse a sí misma en un entorno -el Nueva York de los años 50- que le resulta extraño e inhóspito. Si en una página Esther nos sorprende haciendo gala de una frivolidad sin límites, en la siguiente sus reflexiones, sumamente lúcidas algunas de ellas, nos revelan una persona reflexiva e independiente que se cuestiona su propio papel como mujer y que se niega a verse relegada al de ama de casa. Pese a que en ocasiones desee ponerle la cara del revés de un bofetazo, el lector llega a empatizar con el personaje: no está hecha para el mundo de las apariencias neoyorquinas, ni para leer relatos estúpidos en estúpidas revistas femeninas. No está hecha para dejarse engañar por la doble moral de los hombres. Y en esa tremenda lucidez radica también la soledad más absoluta.

Hay quien dice que La campana de cristal es una novela en clave. A mí, sinceramente, me da igual hasta qué punto Sylvia Plath se basó en sus propias experiencias para escribirla; me niego a interpretar la ficción en términos autobiográficos, por mucho que la literatura pueda nutrirse de la vida. Además de psicológica perspicaz y técnicamente habilidosa, Sylvia Plath confirma en La campana de cristal su condición de creadora de historias y personajes, además de imágenes poéticas. Es una pena que esta faceta creativa quedara, a su temprana muerte, insuficientemente explorada.


** Con todo mi respeto y mi cariño para Ian Grecco, autor de la reseña original **
*** ¡¡PELEA!! ¡¡¡PELEA!!! ***

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