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miércoles, 1 de abril de 2026

Bernhard Schlink: El regreso

 Idioma original: alemán

Título original: Die Heimkehr

Traducción: Rosa Pilar Blanco

Año de publicación: 2007

Valoración: Está bien

Quizás, a primera vista, no les suene a ustedes el nombre del autor de este libro. Para ponerles un poco en contexto, Schlink escribió El lector que, sin duda, muchos de ustedes conocerán, bien por el libro, bien por su exitosa adaptación cinematográfica.

Schlink es escritor y jurista y, sin duda, esta ambivalencia provoca que, en muchos casos, la justicia, la culpa y la lucha entre el bien y el mal impregnen sus novelas, que se editan con regularidad en nuestro país.

En el caso de El regreso nos encontramos con la historia de un niño que, durante unas vacaciones con sus abuelos que se dedican a revisar galeradas para editar novelas baratas, descubre el manuscrito de un texto en el que un soldado alemán, que ha estado prisionero en Rusia, vuelve a su casa después de la guerra y descubre que su mujer tiene un niño y vive con otro hombre. La historia queda grabada en el subconsciente del niño, que crece y se convierte en editor literario. En un momento de crisis vital, puesto que su matrimonio ha fracasado y su trabajo no le motiva, decide agarrarse a la vieja historia y emprende una búsqueda tanto de los protagonistas como del autor de la novela. En ese contexto descubre que los relatos de soldados que vuelven al hogar tras la guerra son un género bastante habitual en la posguerra. Nuestro protagonista nunca conoció a su padre porque murió en la guerra y comienza a encontrar excesivas semejanzas entre lo que sucede en la novela y su propia vida.

Aquí el escritor alemán traza un paralelismo entre las circunstancias de la vuelta de esos soldados a su hogar  y el dilatado regreso de Ulises a Ítaca. Pone en boca del protagonista reflexiones sobre lo que significa el regreso y el deseo de venganza de los soldados que vuelven a su hogar y encuentran que su sitio está ocupado por un intruso, y lo equipara con la venganza que comete Ulises al volver a Ítaca y matar a los pretendientes de Penélope. Siendo estas reflexiones interesantes y oportunas con lo que nos quiere transmitir el autor, suponen un freno en el desarrollo de la historia que hace que nos distanciemos de la misma.

En una búsqueda que se antoja un tanto improbable, puesto que nuestro protagonista localiza de forma un tanto inverosímil tanto documentos como personas que pudieron coexistir con el autor del libro de su infancia,  va descubriendo inquietantes detalles sobre la vida de su padre y entiende que su madre no le ha contado toda la verdad sobre la vida y la muerte de su progenitor. La historia inicia un giro sorprendente, aunque previsible, y desemboca en un  final atropellado que no hace justicia al prometedor inicio de la novela.

Schlink desarrolla una novela de intriga, bien escrita y con una prosa correcta, aunque un poco fría y demasiado analítica. Se deja leer, pero no entusiasma. El autor alemán dilata los acontecimientos en demasía, de tal manera que las continuas reflexiones filosóficas y pseudojurídicas sitúan la novela en muchas ocasiones al borde del ensayo, para al final no ser una cosa ni la otra.  Quizás con cien páginas menos hubiera conseguido concentrar lo que nos quiere transmitir, saldríamos mucho más satisfechos de esta lectura y subiríamos un escalón en la valoración de esta novela.


También en Ulad: El lector


martes, 31 de marzo de 2026

Atiq Rahimi: Maldito sea Dostoievski

Idioma original: francés 
Título originalMaudit soit Dostoïevski
Año de publicación: 2011
Traducción: Elena García-Aranda
Valoración: entre recomendable y bastante recomendable

Una novela atípica, diría, no tanto por la forma o el fondo, sino por las sensaciones que deja. Rasul, el protagonista de esta historia, es un joven perdido en el mundo, profunda y voluntariamente desconectado de su familia, y cuya locura, ya incipiente en medio de las guerras civiles en Kabul, termina por estallar cuando replica el mismo asesinato que comete Raskolnikov con la casera, con el propósito de liberar a Sufia, su novia, del trabajo que realizaba bajo las órdenes de la susodicha. 

El cambio que sufre la historia es que Rasul, asustado por la presencia de otra persona, no consigue robarle nada a la anciana y huye por la ciudad. En este vagar le suceden varias situaciones: es acusado de comunista por haber estudiado en San Petersburgo y por leer a Dostoievski, conoce a un militar que comparte la línea de pensamiento de Rasul y cree que la guerra civil solo ocasionará más dolor y separación, entra a varios tugurios (en realidad, el mismo, pero las descripciones de Rahimi son muy convincentes en el manejo de la espiral lisérgica en la que se embarcan todos los personajes del antro) y sufre de diversas alucinaciones y de paranoia ante el hecho de que lo siguen persiguiendo. Además, lucha constantemente contra el casero de su departamento, que intenta echarlo por falta de pagos, de su primo, que intenta sacarlo de la apatía y llevarlo a la luz, de Sufia y de la idea que tiene de ella, ya que la adora pero no es capaz de acercarse a su familia sin sentir el peso de la relación, y otros personajes que van poniendo de relieve la violencia latente de un país y las risas punzantes de una sociedad que no puede entender cómo es que Rasul es incapaz de ponerse de un lado o del otro sin encontrarle la quinta pata del gato a todo.

La novela está muy bien construida. Tiene un buen arranque y, sobre todo, un desarrollo que justifica plenamente la apatía de Rasul, a la vez de emocionarnos cuando consigue sacudirse de su desesperación y acude a confesarse, todo para que no le hagan ni el más remoto caso, razonando que su crimen es una nimiedad a comparación de lo que está sucediendo en ese momento (una guerra civil), y que si la policía no se ha tomado el trabajo de arrestarlo por ese motivo, nadie más lo hará. Y eso causa un final ambivalente, al que un gran monólogo de Rasul, por fin juzgado (pero no por las acciones que ha cometido, sino por sus pensamientos) se contrapone con un hecho que no mencionaré, pero que termina causando una sensación de falta de impacto en el mensaje, como si el hecho de que una persona pueda dar cuenta de todo lo podrido en el ambiente no fuera suficiente para generar algún tipo de cambio. Que puede ser cierto, es verdad, pero en la medida en que vemos evolucionar magníficamente a Rasul este impacto sabe a poco. A pesar de que el primo le diga que algo cambió gracias a sus acciones, parece más un consuelo mínimo. Además de eso, las escenas divagatorias en los bares, si bien de un lirismo convincente y que ayuda a variar el ritmo de la novela, se alargan de más en algunas ocasiones; también se reiteran ciertas ideas (básicamente, la paranoia de Rasul y los diversos enfrentamientos con su primo) en la parte central del libro que desacelera la trama sin ningún propósito.

Pero, sacando eso, es una muy buena novela, con un toque de humor negro y cínico que refresca la lectura a la vez que actualiza nuestras reflexiones acerca de una obra magna como lo es Crimen y castigo y nos da a conocer una sociedad constantemente vapuleada, tanto en sus guerras como en sus pensamientos.

lunes, 30 de marzo de 2026

Georges Bernanos: Bajo el sol de Satanás

Idioma original: francés

Título original: Sous le soleil de Satan

Traducción: Concepción Pérez Pérez

Año de publicación: 1926

Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Georges Bernanos es un autor bastante singular dentro del mundo literario del siglo XX. Su catolicismo no se limitaba a una simple profesión de fe, sino que se trasladaba con intensidad a su obra de ficción. No hay más que recordar alguno de sus libros más conocidos, como Diario de un cura rural o Diálogos de carmelitas pero, de forma aún más destacada en este aspecto, este Bajo el sol de Satanás, su primera novela. Bernanos no puede concebir lo religioso como algo tibio, sino como una experiencia saturada de dramatismo en la que el creyente, y más aún el clérigo, se sitúa en el centro de una confrontación que, más que entre el Bien y el Mal, es directamente entre Dios y Satán. Dos entidades, o quizá solo una con dos caras, sobre cuya interdependencia se ha escrito mucho y cuya pugna traslada el autor directamente al humano que ha abrazado la fe con la suficiente determinación.

En este caso la víctima de esas fuerzas enfrentadas es, como en alguna otra ocasión, un cura de aldea, poco más que un labriego, gris, sin especiales capacidades para la oratoria o el razonamiento, alguien mucho más capaz de sentir que de pensar, que difícilmente podremos decidir si es un santo, como terminan por identificarle los fieles, o si está poseído por el diablo, tal vez ambas cosas de forma alternativa o simultánea. El pobre padre Donissan siente el zarpazo de la tentación, pero no de una tentación terrenal, sino de la más profunda y definitiva: dejarse caer en brazos del demonio. Odia el pecado, intenta salvar almas, pero quizá en esa misma tarea siente que puede estar siendo manipulado. La lucha es feroz y sin tregua, e incluye el abandono personal absoluto y el intento de purificación mediante el castigo corporal.

Pero hay que abrir algo el foco para tener una perspectiva como lectores, que es lo que ahora nos interesa. Todo el terrible conflicto que vive en el interior de nuestro cura se presenta en diversos formatos, ya sean largos diálogos, narración de autor omniscente, extractos de cartas o escritos, o esas elipsis que Bernanos maneja admirablemente para dejar zonas oscuras o hacer trabajar al lector. Incluido también ese primer tercio dedicado a la joven Mouchette, que tiene el sello inconfundible del dramón decimonónico (Y por cierto, se podría hablar largo y tendido sobre el paralelismo entre este personaje femenino y el de Nueva historia de Mouchette que comentamos hace algún tiempo).

Tampoco nos engañemos: todo esto a lo largo de cerca de cuatrocientas páginas casi por entero dominadas por la tragedia interior del padre Donissan puede resultar algo excesivo si uno no está muy interesado en el asunto. Hay mucho Maligno, muchas dudas, la tentación, el destino, el alma atormentada, y poco desarrollo para tanta extensión, con lo cual la lectura se hace algo pesada, quisiéramos que se despachasen las escenas con algo más de ligereza, pero está visto que Bernanos no está en esa idea: todo lo contrario, quizá machacando al lector es como quiere transmitirle la profundidad del dolor que nos está presentando.

Hay desde luego varios momentos que rozan lo sublime: el refinamiento de Mouchette para desconcertar a sus oponentes y al lector mismo, las escenas brutales de Donissan intentando salvar almas y cuerpos sin estar seguro de quién le provee de la fuerza para hacerlo y, sobre todo, una larga y arrebatadora escena del cura perdido por los campos en la noche, donde se mezclan de forma soberbia la realidad y el sueño, la metáfora, la posesión y el misticismo, toda una obra de arte. 

No estoy seguro de que estas virtudes literarias, que se manifiestan en varios momentos, justifiquen del todo la falta de ritmo y el protagonismo aplastante de la figura del cura, cuya tragedia interior satura por completo el relato. Quizá todo dependa del interés del lector hacia este tipo de asuntos y, por qué no, hasta dónde sea capaz de disfrutar de tanta intensidad.

Otras obras de Georges Bernanos reseñadas en ULAD: Nueva historia de Mouchette


domingo, 29 de marzo de 2026

Malcolm Devlin: Y entonces desperté

Idioma original: Inglés
Título original: And Then I Woke Up
Año de publicación: 2022
Traducción: Mª Pilar San Román
Valoración: Recomendable

Y entonces desperté es una novela de terror tan sencilla como efectiva. Además de enfocar de manera refrescante los géneros del apocalipsis y los zombies, entrega un contundente mensaje, lo cual aporta profundidad y enjundia al conjunto.

Transcurre en un mundo devastado por infectados violentos. El elemento diferencial de esta historia es que dichos infectados no son zombies, sino que tienen la percepción de la realidad alterada y ven a otras personas como tal. Los protagonistas de la historia, Spence y Leila, dos infectados rehabilitados, gestionan su pasado de manera distinta. Spence siente una culpa que le impide aceptar la postiza redención que los compasivos organismos oficiales reservan para los rehabilitados. Leila, en cambio... Bueno, mejor dejo que esto lo averigüen los lectores.

Llegados a este punto, me gustaría destacar unos cuantos apartados de Y entonces desperté que me hubiera gustado que se plantearan de otro modo:

  • Si bien el mensaje de la novela la engrandece y está muy bien focalizado, es quizá algo obvio y lineal.
  • Pese a que los protagonistas están adecuadamente diferenciados y caracterizados, sería más fácil simpatizar con ellos si su personalidad y motivaciones se hubieran espesado un poco.
  • Ojalá se exploraran más las formas en las que el gobierno pretende conseguir que los infectados vayan despertando, aunque comprendo que la novela no persigue crear un mundo detallado, por lo que con esbozar unas cuantas ideas interesantes sobre esto ya es suficiente.

Sea como fuere, Y entonces desperté es una vuelta de tuerca de las historias, por lo general algo gastadas, de apocalipsis y zombies. Aunque advierto que lo que la diferencia de sus compañeras de género no es solamente su concepto original, sino que también su tono reflexivo y el hecho de priorizar la psicología de sus personajes a la acción.

La imagen de la cubierta de la edición al español de Y entonces desperté me encanta. Realizada por el artista digital Samuel Araya, plasma con absoluta maestría una escena crucial de la novela.  

sábado, 28 de marzo de 2026

Mo Yan: El suplicio del aroma de sándalo

Idioma originalChino

Título original: 檀香刑

Traducción: Blas Piñero Martínez

Año de publicación: 2014

Valoración: Muy recomendable

Esta debe de ser la cuarta o quinta novela que leo de Mo Yan, pero es la primera que leo de él en al menos diez años. Al empezar El suplicio del aroma de sándalo, recordé de inmediato por qué durante tanto tiempo lo consideré uno de mis escritores favoritos. Bastan unas cuantas páginas para que reaparezca esa sensación de estar en manos de un narrador desmesurado, cruel, burlón, excesivo, pero también profundamente dueño de su mundo.

La novela tiene todo lo que más me gusta de Mo Yan y, más importante aún, esta vez siento que esos elementos están mejor equilibrados que en otras de sus obras: lo fantástico, el folclore chino, el gore y la historia. Claro que son inevitables las comparaciones con el realismo mágico (de hecho, algunos llaman a su estilo “realismo onírico”), pero en Mo Yan siempre da la impresión de que lo insólito brota de la propia lógica del mundo rural, de la superstición, del rumor, de la imaginación popular, como si la realidad por sí sola no bastara para explicar la brutalidad de la experiencia humana.

La novela se sitúa en la China de finales de la dinastía Qing, más o menos hacia 1900, en un contexto de ocupación extranjera, corrupción local y violencia política. La presencia extranjera se siente como una fuerza humillante que reorganiza el espacio, el poder y hasta la dignidad de los sometidos. En ese clima enrarecido, con el eco de la rebelión de los bóxers y el resentimiento nacional creciendo entre la impotencia y el fanatismo, Mo Yan sitúa en el centro de la historia una ejecución particularmente atroz: el “suplicio del aroma de sándalo”.

Las llamadas “torturas chinas” forman parte aquí de una cultura del castigo ejemplar: los suplicios debían corregir, aterrorizar y entretener al mismo tiempo. El cuerpo del condenado se volvía así un escenario donde el poder, acorralado por enemigos internos y externos, seguía representando su autoridad a falta de algo más convincente. A partir de esos castigos —como el ya célebre lingchi—, Mo Yan construye una trama en la que se entrecruzan el deseo, la traición, la lealtad filial, el orgullo nacional y la brutalidad del poder.

La historia sigue sobre todo a Sun Meiniang, una mujer atrapada entre la pasión, la obediencia familiar y el caos político que la rodea. A su alrededor desfilan verdugos, funcionarios, patriotas improvisados, suegros, amantes y oportunistas, todos arrastrados hacia un desenlace en el que la muerte deja de ser un hecho para convertirse en ceremonia, espectáculo y pedagogía pública. Como suele ocurrir en Mo Yan, nadie conserva del todo la dignidad y casi nadie merece conservarla. 

Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente la manera en que mezcla lo grotesco con lo trágico. Hay escenas de violencia extrema, descritas con una minuciosidad que por momentos parece regodearse en la herida. En Mo Yan la violencia siempre tiene algo de carnaval macabro: repugna, fascina y a ratos incluso mueve a una risa incómoda.

También me gusta cómo el folclore chino atraviesa toda la novela sin convertirse en simple decorado exótico para consumo extranjero (las notas podrían parecer excesivas para alguien que no esté interesado en el tema). Aquí hay ópera popular, supersticiones, habladurías, ritmos orales, exageraciones deliberadas, imágenes grotescas y una imaginación colectiva que transforma la historia en leyenda al mismo tiempo que la deforma. Mo Yan entiende algo fundamental: los pueblos no solo padecen la historia, también la cantan, la distorsionan, la vuelven fábula.

Volver a Mo Yan después de tanto tiempo fue reencontrarme con un escritor que sigue teniendo algo que muy pocos poseen: una voz capaz de ser brutal, cómica, obscena y lúcida al mismo tiempo.

(Conviene, sin embargo, hacer una precisión que hoy resulta casi inevitable. Mucho se ha criticado la afiliación de Mo Yan al Partido Comunista chino, así como su cercanía con posturas difíciles de defender, entre ellas su respaldo a ciertas formas de censura. Esa dimensión biográfica e ideológica incomoda, y no tendría sentido barrerla bajo la alfombra. Ahora bien, una extrapolación demasiado directa de El suplicio del aroma de sándalo a nuestro presente también corre el riesgo de simplificar la novela. Leída desde hoy, podría parecer que el libro articula un rechazo tajante al cambio cultural, a la modernización o a la presencia extranjera; pero reducirla a eso sería empobrecerla. Más que ofrecer un programa ideológico coherente, la novela dramatiza una sociedad humillada, convulsa y delirante, en la que la ocupación extranjera, la violencia imperial y el resentimiento popular producen respuestas tan comprensibles como monstruosas. Mo Yan no escribe aquí un manifiesto contra el extranjero ni una defensa transparente de la pureza cultural, sino una representación brutal de cómo el dolor histórico, el nacionalismo herido y la paranoia colectiva pueden deformar la experiencia de un pueblo. Y si algo queda claro en la novela, es que nadie sale moralmente intacto de ese proceso: ni el invasor, ni el poder local, ni tampoco quienes convierten la humillación en fervor.)

Otras obras de Mo Yan en ULAD: La república del vinoCambiosGrandes pechos, amplias caderas

viernes, 27 de marzo de 2026

2*1: Una madre trabajadora de Agnes Owens y Riesgo moral de Kate Jennings

2*1, sí. ¡Como si esto fuesen los siete días de oro de los gafapastas! Pero todo tiene su sentido. En este caso, dos son los lazos que ligan los libros hoy reseñados: su premisa (una mujer que, por motivos relacionados con la situación de sus respectivos maridos, ha de ponerse a trabajar) y su publicación en España por Muñeca Infinita. Ahora bien, no penséis que estoy va a ser una reseña comparada ni nada por el estilo; serán dos reseñas "independientes" de dos libros muy diferentes entre sí pero altamente recomendables. Empezamos.

Idioma original:
Inglés 
Titulo original: A working mother
Año de publicación:1994
Traducción: Blanca Gago
Valoración: Bastante recomendable

Apenas cuatro líneas de diálogo sirven para ponernos en situación sobre los dos personajes que protagonizarán esta novela: Betty y Adam, un matrimonio que no parece ir demasiado bien. Pero lo que parecía un drama sobre un matrimonio en descomposición resulta que, apenas 15 páginas después, se convierte en algo ligeramente diferente. Digamos que ese componente no desaparece (tristeza, soledad, alcohol, etc están presentes a lo largo de toda la novela), pero el tono del texto nos lleva al terreno de la "tragicomedia".

                                                    - Y mientras tanto, los hombres se morían
- Tú no. Ojalá te hubieras muerto
                        - Ojalá. Lo pienso cada vez que os veo a ti y a los mocosos en este vertedero 
 
Porque Una madre trabajadora es una novela oscurísima, ácida y llena de un humor negro profundamente british, en la que se juntan lo sórdido y lo patético, lo absurdo y lo triste. Tanto es así que la novela podría ser (y aquí me la juego), tanto por tono como por estructura, una sitcom británica que adaptara una obra de teatro de Tennessee Williams. O una especie de revisión oscura de Fleabag, la estupenda y recomendadísima serie protagonizada por Phoebe Waller-Bridge. 

No voy a entrar en detalles sobre el argumento porque implicaría destripar parte importante del atractivo de la novela, por lo que paso directamente a enumerar sus puntos fuertes:
  • los diálogos, con los que la autora describe situaciones y personajes, al tiempo que hace avanzar la trama. Se lleva la palma Betty, el personaje más logrado.
  • su ritmo, conseguido a través de breves escenas y de los comentados diálogos, con los que Owens se salta las "zonas de transición".
  • su capacidad de meter el dedo en la llaga desde una aparente ligereza. El amor, el sexo, las relaciones de poder, el papel de la mujer en la familia y en la sociedad, etc son otros temas que parecen en la novela.
  • el contraste entre sordidez y absurdo.
  • el final, contundente pero coherente con el desarrollo previo.
Quizá alguien pudiera decir que los personajes secundarios no están del todo bien construidos o que los saltos entre escenas son demasiado abruptos. Puede ser, pero me inclino a pensar que esto obedece más a la propia estructura de la obra que a un defecto "en sí". Optar por una novela más convencional podría dar mayor profundidad a esos personajes y mayor "continuidad" a la trama, pero creo que el texto perdería en frescura e inmediatez. Y no sé yo si compensaría, la verdad.

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Idioma original: Inglés  
Titulo original: Moral hazard
Año de publicación: 2002
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: Bastante recomendable

Voy a contar mi historia de la forma más directa que pueda, de lo más directa que me lo permitan los recuerdos torcidos que todos tenemos. Toda una declaración de intenciones que se cumple a lo largo de las 186 páginas de una novela en la que "conviven" la enfermedad degenerativa del marido de la narradora y la inserción de esta en el darwiniano entorno de la banca de inversión de Wall Street. Dos temas aparentemente antitéticos, pero que en manos de Jennings engarzan de forma convincente.

¿Cómo lo hace? Pues a través de breves capítulos en los que el escenario salta de la intimidad del hogar o del centro médico a la agitación del mundo de las altas finanzas y en los que su protagonista y narradora tiene la sensación de moverse entre dos formas de demencia.

Puede dar la impresión de que dentro de Riesgo moral hay dos novelas diferentes. No diría tanto ya que ambas comparten tono y cuentan con elementos comunes que son utilizados por la autora para lograr el engarce que comentaba anteriormente. El principal nexo de unión entre ambas "partes", además de la sensación citada en el párrafo anterior, es su carácter casi iniciático. La protagonista ha de aprender a convivir con la enfermedad y con un marido que cada vez se parece menos a quien fue no hace mucho tiempo y, al mismo tiempo, ha de aprender a moverse en un mundo absolutamente desconocido para ella y del que obtendrá valiosas lecciones.

Es normal que la parte "íntima" de la novela llegue de forma más directa. Jennings opta por el patetismo en lugar del espanto para mostrar el miedo y la soledad ante la enfermedad y la muerte. Pero hay momentos de luz, de ternura y amor que no palían el dolor, pero suponen un breve respiro. Jennings consigue emocionar sin caer en la sensiblería.

Por su parte, el lado financiero de la novela resulta algo más "áspero". Me gusta el retrato que ofrece del mundo laboral, demoledor y realista al mismo tiempo, así como la evolución de la protagonista en los 6 años que permanece en el mundillo, pero todo lo relacionado con intrigas más o menos políticas y el mundo de los derivados y opciones se me hace algo cuesta arriba, la verdad.

Pese a esta última salvedad, Riesgo moral supera con nota el examen y demuestra el buen ojo del editor para rescatar textos de los que nadie (o casi nadie) había oído hablar por estos lares.

jueves, 26 de marzo de 2026

Akimitsu Takagi: El misterio de la mujer tatuada

Idioma original: japonés

Título original: 刺青殺人事件 (Shisei Satsujin Jiken)

Año de publicación: 1948

Traducción: (del inglés) Eduardo Hojman

Valoración: bastante recomendable

Hoy en día los tatuajes son algo tan extendido y aceptado en nuestra sociedad que ya se los hacen hasta los chavales de la ESO (y los de Primaria, casi por poco), amén de jóvenes y mayores de toda clase y condición. pero antaño eran algo exclusivo de oficios un tanto aventureros (marineros y soldados, por ejemplo) y, sobre todo, de gentes de mal vivir o, al menos, que rondaban los ambientes del malevaje. Lo mismo que en Occidente ocurría en Japón, a pesar del maravilloso nivel artístico alcanzado por el irezumi o tatuaje tradicional, pero que se asociaba a  quienes se dedicaban a oficios arriesgados como bomberos o trabajadores de la construcción y, por otras razones, a los célebres yakuza. Con el punto añadido del erotismo, puesto que en la tradición japonesa los tatuajes más apreciados son de grandes dimensiones, en ocasiones de cuerpo entero o casi y sólo pueden apreciarse sobre los cuerpos desnudos.

Ahora bien, si hoy en día la percepción social hacia los tatuajes, aquí y allí, ha cambiado por fuer de la moda, en 1947, al poco de acabar la II G. M. en Japón seguían viéndose como algo más bien marginal y túrbido -y, de hecho, la prohibición de dedicarse a tatuar seguía vigente por entonces -; lo interesante, por supuesto, es que esa práctica o afición, incluso pulsión, en algunos casos, conformaba un submundo muy particular, entre lo artístico, lo exquisito y lo opaco que resultaba de lo  más estimulante, desde un punto de vista narrativo. De ahí que la primera novela policiaca de Akimitsu Takagi, el considerado "Simenon japonés" (aunque creo que esto también se dice de su mentor, Edogawa Rampo), partiendo de una idea de lo más sugerente: en el asolado Tokio de la posguerra, que trataba de volver a la normalidad entre ruinas y escasez, se producen unos crímenes que parecen tener como objetivo apropiarse de la piel tatuada de las personas asesinadas. En el primero de los asesinatos se ve envuelto el joven médico Kenzo Matsushita, quien nos servirá de guía lo largo de toda la novela, pues además es hermano del comisario de la policía criminal Daiyu Matsushita y amigo de otro forense, el antiguo "Niño Genio", Kyosuke Kamizu, que viene a ser el Sherlock Holmes de esta historia (de hecho, esta novela es la primera de una serie protagonizada por él). 

Con estas premisa, sin duda se podría escribir un thriller erótico/truculento -y aquí encontramos ambos aspectos, de lo sensual al gore, pues después de todo, los autores japoneses son consumados intérpretes de ambas suertes-, así como una "novela problema", con misterio de cuarto cerrado incluido, que también se trata de eso. Pero, además y antes que los subgéneros mencionados, éste es un noir diríamos que clásico -o casi, debido a su ambientación- con femme fatale y todo... Es decir, que Takagi jugó con la combinación de estas diversas modalidades del género, lo que no resulta fácil, pero a él le salió bastante bien, con el atractivo añadido de, ya digo, sumergirnos en un mundo hermético, en una subcultura cerrada incluso para la mayoría de los japoneses de aquella época y que resulta o puede resultar de lo más estimulante y estremecedor al mismo tiempo. Todo bañado, ya digo, por un aura de sensualidad y, por momentos, con un toque onírico -quizás debido al estilo con que describe el autor ciertos elementos que aparecen en la novela, pero también a circunstancias de la trama-; digamos, por entendernos, que si se hiciera una adaptación de este libro al cine  (creo que no existe aún), el resultado podría ser algo así como una clasica película de detectives  de la Hammer, dirigida por Kurosawa y con la trama de una peli de Park Chan-wook, pero dándole un aire al Terciopelo Azul de David Lynch y a la estilizada brutalidad de Se7en o El silencio de los corderos... (perdón, quizás sean demasiadas referencias cinematográficas para la reseña de un libros).

El caso es que Takagi consiguió combinar todos estos elementos de una forma cuando menos amena y, en algún  momento, incluso fascinante. Cierto es que se le puede atribuir una cierta parsimonia narrativa, propia de la época en la que se escribió la novela y que, como historia de misterio, despista un poco que el Sherlock Holmes o Poirot de turno no aparezca hasta el último tercio del libro, pera luego resolver el misterio sin apenas despeinarse -bueno, sí que se despeina un poco, cosa insólita en él, por lo demás-; así, aunque sus deducciones no resultan forzadas, sí algo artificiosas. Dicho de otro modo: quizá el final no sea un Deus ex machina, pero sí un Kamizu ex machina... Da lo mismo: estos no son más que detalles, pequeñas objeciones a una novela, por lo demás estupenda, interesante e insólita. Ojalá esta editorial u otra siga publicando en España los libros de este escritor porque realmente creo que merecerá la pena leerlos.

Nota para quienes hayan leído la novela o para quienes no lo hayan hecho, pero no les importe arriesgarse a un spoiler que, en realidad, no lo es: Por lo visto, en el Museo de Patología Médica de la Universidad de Tokio sí que existe la colección de tatuajes que aparece en este libro, aunque no está abierta al público (por suerte, pienso yo, aunque entiendo que habrá a quien le gustaría verla). El iniciador de la misma fue, al parecer, un tal doctor Fukushi Masaichi, a quien no cuesta reconocer como el inspirador del profesor Hayakawa de la novela.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Miranda July: A cuatro patas


Idioma original: inglés

Título original: All fours

Año de publicación: 2025

Traducción: Luis Murillo Fort

Valoración: se deja leer

No descartemos que yo no me haya enterado de nada. No basta con abordar la lectura de una novela con buena actitud, en que esta se mantenga hasta un punto lo bastante alto para superar esa cuota personal (hago esos cálculos) del cuarenta y pico por ciento del volumen en que decides que ya hemos llegado demasiado lejos para abandonar ahora. Con alguna reticencia, en especial aquella que surge de los excesos críticos, aquella relacionada con algún premio literario en USA del cual pensabas que debías fiarte. Incluso espoleado por su inclusión en un lugar muy alto en una lista de esas en las que suelo creer a pies juntillas.

Incluso así, la sensación que me ha dejado A cuatro patas solo puedo describirla como una profunda decepción. En especial, porque las expectativas de ese primer tramo del libro han quedado evaporadas de forma, para mí, dramática, conforme he avanzado en su lectura y ya no digamos al finalizar la novela. Momento en que me he preguntado algo parecido a de qué ha ido esto o tanto rollo para llegar aquí.

La novela configura una especie de mosaico de piezas triangulares con un vértice en común: una artista de mediana edad (entiendo que una escultora o algo así, a lo largo de todo el libro no sabremos ni siquiera su nombre) que está casada con Harris, vinculado a la industria musical, en lo que parece una apacible vida de clase media norteamericana, junto a Sam, su hije (la inclusión a ultranza del género neutro a la hora de referirse a Sam ha llegado a ponerme nervioso, y de hecho aún no entiendo ni ese hecho ni su papel como personaje). Un día decide acogerse a un pretexto profesional para tomar el coche y cruzar el país para llegar a New York, una experiencia que desea abordar aunque nunca ha estado tanto tiempo, tres semanas, separada de su familia. En una de las primeras paradas de su trayecto conoce a Davey, un joven empleado de una empresa de alquiler de vehículos, cuya esposa Claire es decoradora y acepta un estrafalario encargo, decorar por veinte mil dólares la habitación de motel en que la protagonista se hospeda una noche, aunque nuestra protagonista decidirá permanecer ahí y detener su trayecto, convirtiendo la habitación en un lugar de encuentros furtivos llenos de deseo y pasión que nunca llegan a culminar. Se supone que ese viaje debe representar una huida, como un consuelo o un divertimento, quizás una aventura. Pero ella continua queriendo a su marido, y llegamos a saber que el parto fue una experiencia traumática, también que sus experiencias sexuales se han repartido entre los dos sexos, que tiene una amiga, Jordi, siempre dispuesta al otro lado del teléfono para que comparta sus experiencias, sus reflexiones, sus inseguridades.

Y ya está: al margen de cómo afecta a su matrimonio lo que ha supuesto esa experiencia efimera, a partir de ahí solo disponemos de una errática reflexión personal salpicada de escenas sexuales explícitas que se supone que tienen que representar en todo momento su ejercicio de la libertad personal, su actitud despreocupada hacia el sexo como ejercicio de liberación - aunque alguna escena roce lo meramente inconcebible - y una serie de prerrogativas que he sido incapaz de descodificar. Se ha obsesionado con Davey, o con el concepto de todo aquello que se prometieron postergar y nunca ha sido consumado. Y en medio de ese desquiciado embrollo, ha dinamitado su relación. 

¿Qué pretende Miranda July que hagamos con todo eso? Cierro el libro y todo se me ha escapado. Seré yo, seguro.

Más novelas de Miranda July reseñadas en ULAD: aquí


martes, 24 de marzo de 2026

Josep Pla: La calle estrecha

Idioma original: catalán
Título original: El carrer estret
Año de publicación: 1951
Valoración: está bien


A veces, em medio de la vorágine prolífica de novedades que inundan librerías, redes sociales y medios de comunicación, hay que saber tomar un respiro. Y volver a los clásicos. Y, entre ellos, uno de los que tenía pendientes era Josep Pla, autor referente de la literatura catalana y uno de sus más importantes representantes en el siglo XX.

El autor, hábil cronista de la sociedad y dotado de una fina ironía, empieza con una rotunda declaración de principios artísticos en este texto a caballo entre novela y crónica social, y que el propio autor reafirma al declarar que «el hecho de que el público crea que les novelas deban tener un argumento no significa que la vida tenga uno. Esta necesidad del público es la que demuestra que la vida transportada el plano literario es una segregación informe, caótica, de imágenes. La fatiga que produce este desbarajuste incesante e incomprensible es el que hace desear una ordenación y una coherencia, a pesar de que sea artificial y totalmente inverosímil». Así, el autor ya deja claro lo que nos encontraremos (y también lo que no) en este texto y establece su intencionalidad y propósito a la hora de escribir este libro.

Fiel a su estilo característico basado en el retrato de la sociedad catalana de su época, Josep Pla despliega sus recursos literarios consistentes en la simplicidad, accesibilidad y claridad, para mirar y narrar la sociedad con un punto de ironía, pues su prosa destaca por la aparente sencillez de un lenguaje que, si bien denota que es de otra época, consigue que fluya de manera natural para desarrollar un argumento que es en sí de una diáfana llaneza: un señor de mediana edad se traslada a vivir a una pequeña localidad para ejercer como veterinario del pueblo tras la defunción de su antiguo encargado. Para ello, se establece en primer lugar en una pequeña posada, pero tras hablar con la viuda del veterinario decide instalarse en un piso situado en una calle pequeña del pueblo. A partir de esta sencilla premisa, el protagonista (narrador en primera persona) nos relata su día a día, sus conversaciones con la gente del pueblo y sus reflexiones sobre los aspectos cotidianos. 

Con un lenguaje sencillo y afable, como si fuera nuestro abuelo el que nos contara la vida de tiempos pasados, el autor nos traslada el día a día de un pueblo y lo hace con mucha cercanía y altas dosis de cotidianidad en una lectura que se hace entrañable, amena y próxima, mientras a su vez hace un retrato de las clases sociales existentes: burguesía, payeses, clase obrera. Así, el libro refleja las costumbres de los pequeños pueblos y su día a día, ocupando el tiempo con sus habladurías, sus pequeños intereses, chismorreos y pequeños acontecimientos. La vida que refleja es la propia de esas pequeñas aldeas, donde el peso del relato recae más en los pequeños detalles del día a día y las conversaciones que suscitan que no en una historia de peso que sostenga la narración. A su vez, y a través de estas pequeñas situaciones cotidianas, el autor también refleja las costumbres propias de la época como, por ejemplo, el hecho de que se espere que las mujeres encuentren marido y formen una familia, algo que se evidencia cuando, ante una mujer joven, uno de los personajes» le comenta que «te conviene (…) es buen chico. Tiene un oficio. Es trabajador». Por contra, aquellas mujeres solteras parecen incomodar al resto del pueblo que las ve no sé si como una amenaza o como un elemento ajeno a la sociedad.

Así, con un ritmo pausado, contemplativo (aunque quizás demasiado rutinario), Josep Pla se entretiene en la vida de las personas, en sus movimientos, en sus idas y venidas en los que se percibe ese elemento de secreto y de misterio de los pequeños pueblos que se nutre de suspicacias y recelos,  algo que uno consigue ocultar con el más simulado interés en las grandes ciudades (porque la propia densidad humana hace que los misterios que arrastran las personas sean invisibles), pero que en los pueblos donde el mundo se conoce es más difícil pues las noticias reales (o especialmente las imaginadas) que uno tiene de la otra gente son abundantes, innumerables y causa que en la vida en un pueblo uno tenga la sensación de sentirse observado, de sentir que existen siempre unos ojos que nos miran diluyendo así la vida privada y generando una atmósfera que para algunos es motivo de distracción mientras para otras es de asfixia especialmente para los recién llegados, algo que el protagonista constata «cuando uno cae en un pueblo en una de estas reuniones formadas por vivos. La forastería queda muy remarcada. El forastero tiene un aire de intruso en los primeros días es aceptado porque la novedad que implica su presencia distrae» porque «no hay ningún ser humano no hay nada que esté totalmente desprovisto de interés el teatro del mundo tan basto y diverso, tan matizado y sorprendente que sacar un rato cada día la cabeza por la ventana constituye un inagotable divertimento».

Con todo ello, y a pesar de que no se trata del tipo de literatura que acostumbro a leer y no es de las que encajaría dentro de mis preferencias (de ahí la valoración), sí que destaco de esta lectura la ironía que despierta Josep Pla a la hora de retratar los diferentes personajes que pueden existir en un pueblo pequeño, pues el autor afina su crítica cuando la dirige a ciertos aspectos a la sociedad, ya sea los chismosos, los que van de sabios, los ricos, los que tienen aspiraciones. El actor es hábil en la crítica y tiene momentos realmente ácidos y punzantes cuando dirige su mirada a estos personajes en un texto que va de menos a más de manera análoga a lo que le sucede a su protagonista, y es que uno al leerlo tiene sensación de que primero tiene que tomar el pulso al pueblo y después, una vez ya entra en conocimiento de las diferentes circunstancias y situaciones, puede empezar a ver los matices de cada uno de los personajes. Por ello, la lectura se disfruta realmente cuando ya el lector se ha puesto en situación y puede ver con los ojos del mismo protagonista las diferentes tipologías de ciudadanos y sus puntos fuertes y, especialmente, los débiles.

También de Josep Pla en ULAD: Viaje en autobúsUn viaje frustrado / Contrabando

lunes, 23 de marzo de 2026

Luis E. Iñigo Fernández: Historia de los perdedores

 Idioma original: español

Año de publicación: 2022

Valoración: recomendable


El fundamento de este libro gira alrededor de una frase de George Orwell que se cita en el prólogo: "la historia la escriben los vencedores". Como señala el autor, este comportamiento es parte de la naturaleza humana y el resultado siempre nos ha llevado de una u otra manera al mismo punto: la injusticia.

El profesor Iñigo Fernández se propone, humildemente, "reparar esa injusticia, dando voz a quienes se han visto privados de ella, llevando a los lectores una visión equilibrada de su pasado y reconociendo su aportación, en ocasiones ingente, al acervo colectivo de la humanidad. Con ello seremos todos -vencedores y vencidos- quienes saldremos ganando, pues olvidarlos a ellos es olvidar también una parte de nosotros mismos".

Para conseguir ese objetivo el autor divide el libro en veinte capítulos, cada uno de ellos dedicado a un colectivo que ha sufrido el maltrato de la historia, y ordena su análisis de una forma cronológica. Comienza con los primeros perdedores, los neandertales, y concluye con los últimos, las víctimas de la globalización. Entre medias desfilan esclavos romanos, cátaros, templarios, obreros, judíos, mujeres, homosexuales o ancianos, entre otros. Todos ellos encuentran hueco en la investigación de Iñigo Fernández que nos demuestra que el papel de estos colectivos, cuya relevancia se ha minusvalorado o ignorado en la historia oficial, forma parte activa del progreso de la humanidad.

Es un libro bien estructurado, riguroso en su enfoque y de amena lectura. Quizás al tratar un tema tan complejo y estudiar tantos colectivos y periodos nos pueda resultar algo superficial en algún caso, pero el enfoque es el de un libro de consulta y en el epílogo disponemos de abundante bibliografía recomendada para ampliar el estudio de aquellos capítulos que nos interesen.

Después de leer este libro deberíamos ser capaces de reconocer esas injusticias y hacer todo lo posible para no volver a cometerlas. Desgraciadamente los telediarios nos muestran lo contrario y nuevos colectivos  se siguen sumando a la triste historia de los perdedores. Y eso, como señala Iñigo Fernández, solo puede traer aparejado: "ansiedad, envidia, rabia y desconfianza en las instituciones".

Como decía Ruiz de Santayana "quienes no pueden recordar su historia están condenados a repetirla". Pues en esas estamos, repitiendo lo peor de nuestra historia. No parece que hayamos aprendido mucho de nuestros errores.




domingo, 22 de marzo de 2026

Thomas Ligotti: Mi trabajo todavía no está acabado. Tres cuentos de horror corporativo

Idioma original: inglés
Título originalMy Work Is Not Yet Done. Three Tales of Corporate Horror.
Año de publicación2002
TraducciónMarta Lila
Valoraciónse deja leer 

La verdad de las verdades, llegué a este libro solo por el comentario de Juan acerca de la portada del libro de las entrevistas a Ligotti. Ese día me reí muchísimo, así que mis agradecimientos a mi compañero por alegrarme la tarde. 

Dicho lo cual, qué decepcionante este libro de cuentos. Es cierto que el terror es uno de los géneros más difíciles de escribir, y más en estos tiempos, pero lo que menos me esperaba era una mezcolanza entre lo sádico, lo bizarro y lo onírico en donde ninguna de las tres partes consiguiera destacarse. 

Vamos a desglosar uno por uno los tres cuentos. Bueno, técnicamente el primero es una novela corta. Mi trabajo todavía no está acabado trata sobre Frank Dominio y de cómo lleva años trabajando en la empresa. Cuando empieza la novelita, forma parte de un grupo en el cual todos son los representantes de sus áreas, y cada uno es más tonto y sádico que el otro. Y acá es donde ya comienza a hacerme ruido. Si bien el subtítulo de este libro es Tres cuentos de horror corporativo, me parece una falta de sutileza importante caracterizar a los demás trabajadores (todos chupamedias del gran jefe Richard, un personaje que surfea entre la condescendencia hacia Frank y el egoísmo y cinismo más frío) como inútiles superficiales que solo buscan destruir a su compañero. Por supuesto que existe gente así, y es la mayoría por lo general, pero en esta ocasión me parecieron un compendio de estereotipos. Sospecho que Ligotti busca ese efecto precisamente por lo que ocurre después, cuando la trama llega a su nudo.

Motivado por una gran idea, Frank la presenta al resto de su grupo y solo obtiene unos comentarios de compromiso, todo para que a los días descubra que Richard se apropió de su idea. A partir de ahí, nace en su mente la idea de matarlos, pero terminan atropellándolo y dejándolo en una cama mientras su consciencia cobra vida como un ente aparte que obtiene poderes para eliminar a todos aquellos que lo maltrataron en su vida. No puedo contar más, pero es justo este cambio de decisión, a primera visa original, lo que termina por desbarrancar a la novela. Se convierte en una sumatoria de ejecuciones (bien planteadas, pero que al final no son para tanto, porque uno, como lector, no obtiene placer ante las muertes de los compañeros estereotipados) y se acumula una tensión por lo que sucederá entre Frank y Richard que se resuelve de manera decepcionante. Casi me hizo pensar en por qué había leído un centenar de páginas de prosa alucinatoria y desconfiada y escenas con efectos especiales de clase Z.

El siguiente cuento, Tengo un plan especial para este mundo, tiene un tono más ominoso. El mal (o al menos la brutalidad empresarial) es más abstracto, y la crítica hacia la estructura de un mundo competitivo funciona mejor por el hecho de situarlo en una ciudad casi incognoscible, una especie de Gotham (de hecho la ciudad, antes de la llegada de la empresa, se llamaba Ciudad del Crimen) sin justiciero, donde existe una niebla amarilla que, en aquellos lugares donde se hace más densa, conlleva asesinatos macabros, y a medida que la empresa se asienta o se relocaliza, como mencionan algunos empleados, en la ciudad (y hasta le cambia el nombre a Ciudad Dorada por temas de publicidad) los supervisores empiezan a morir de manera despiadada. En esta ocasión el giro me pareció menos efectista y algo más acorde a la trama, ya que el elemento de la niebla amarilla juega a su favor, y el hecho de que el narrador contemple todo de forma desapasionada también ayuda, pero la falta de desarrollo, o mejor dicho, el excesivo desarrollo de la trama y la falta de un sentido o de un clímax, hace que termine con sabor a poco y hasta algo confuso.

El último cuento, La red de las pesadillas, es el más experimental. Ligotti utiliza anuncios empresariales y comerciales para ir contando la historia de una empresa llamada OneiriCon, cuyo auge, expansión y caída se va fundiendo con la necesidad de pervivir bajo la fusión con una compañía rival. Si bien este cuento tiene trazas de originalidad, su tono frío y posmoderno hace que el lector se mantenga alejado y casi sin interés acerca por lo que le está contando. De hecho, es más un relato que otra cosa, una demostración del mecanismo de una empresa que no aporta a lo que todos sabemos, más cuando ya existen escritores como Foster Wallace que logran abarcar y desarrollar matices más profundos acerca del ambiente empresarial.

En definitiva, me pareció un libro pasable. El tono y prosa delirante de Ligotti (los dos primeros comparten casi al mismo narrador, si bien en el primero el personaje es más sacado y paranoico y el segundo más formal) no es suficiente para sostener unas historias donde pesa mucho más la forma que el fondo, historias centradas en generar un ambiente de incomodidad que en aterrorizar de forma certera.

Más de Thomas Ligotti: La fábrica de pesadillas

sábado, 21 de marzo de 2026

Jordi Sevilla: Manifiesto por una democracia radical

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2024

Valoración: Está bien


Mientras escribo esto, hace ya algún tiempo, me entero de que Jordi Sevilla, que fue ministro y asesor del expresidente Rodríguez Zapatero, está presentando un manifiesto (que no es este del que vamos a hablar) de carácter crítico con la trayectoria reciente de su partido, lo que, como era de esperar, le ha supuesto empezar a recibir palos de algunos dirigentes poca dados al debate y la reflexión. Así que parece que a nuestro autor de hoy le gusta eso de escribir manifiestos y presentar propuestas o puntos de vista personales sobre la política, el mercado, el socialismo o la situación internacional, lo que se puede corroborar observando su bibliografía de los últimos diez o quince años.

El pasado 2024 Sevilla publicó este Manifiesto por una democracia radical de sonoro título que, qué quieren que les diga, tiene el aspecto de algo refrescante y vitamínico en este comienzo de 2026 cuando todo parece encresparse hasta el límite, vemos tambalearse la convivencia y desaparecer las estabilidades de décadas pasadas, arrastradas por la polarización, la corrupción y la mentira. Sin ánimo de ponerme apocalíptico, cuando los adversarios o discrepantes se convierten en enemigos a eliminar (aunque sea, de momento,  políticamente) y el mundo pasa a ser gobernado por payasos sin escrúpulos y con muchas armas, que alguien hable de recuperar principios y superar trincheras merece por lo menos unas horas de lectura.

Lo más valioso del libro es en mi opinión el análisis, que seguro que Sevilla ya ha expuesto en algún texto anterior, sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Me parece brillante su exposición sobre la ‘revolución’ conservadora de los años 80-90 del siglo pasado, el derrumbe del sistema soviético y la convicción, bastante generalizada, de que finalmente el capitalismo (en su versión más feroz) había finalmente triunfado en el mundo. Desregulación y globalización traerían progresivamente y de manera natural la democracia al mundo entero, y así, tan sencillo, parecía llegado el ‘fin de la Historia’. 

Otra cosa es que todo esto, que tampoco tenía en cuenta la cultura y la idiosincrasia de más allá de las fronteras de Occidente, se fuese fraguando en manos de un mercado salvaje que no tardó mucho en reventar las costuras con la crisis financiera de 2008, que dejó millones de damnificados en las clases medias y trabajadoras, germen de algunos fenómenos que después han seguido engordando. El principal de ellos el populismo, al que el autor dedica buen número de páginas, y sobre el que no creo necesarias mayores explicaciones: también de izquierdas, pero sobre todo de ultraderecha, es una ola que recoge el descontento que se había ido enquistando y, con tintes mesiánicos y eslóganes sencillos dirigidos a lo emocional, provocan la polarización cada vez más extrema, con el disparate, el alarido y el eslogan como guías de la acción política.

Me sorprende hasta cierto punto que el libro ignore prácticamente por completo fenómenos de nuestro tiempo que han podido también contribuir (en realidad o como excusa) a este auge del populismo, como el terrorismo islamista o los movimientos migratorios, pero quiero entender que Sevilla ha querido ser muy cauteloso con estos temas, sabedor de que en su target lector (gente progresista, liberales, con ciertas convicciones humanistas) son asuntos que pueden resultar bastante espinosos.

Pero claro, lo que nos interesa son sobre todo las recetas, la fórmula para avanzar hacia eso que llama democracia radical, que suponemos que es un estadio evolucionado del viejo sistema occidental, la democracia parlamentaria, liberal, el Estado de Derecho, un paso adelante para recuperar sus principios básicos y la conexión perdida con la ciudadanía. La verdad es que aquí el Manifiesto se pone un poco melifluo y no ofrece novedades demasiado llamativas: mayor transparencia y supresión de privilegios de los políticos, avances en la igualdad social para que la democracia tenga una base real, profundización en el feminismo, búsqueda de consensos contra el cambio climático, liberación del mandato imperativo, correcciones en el mercado para reducir la desigualdad, gobernanza transnacional (¿¿¿¿????). 

Salvo algunas alusiones más concretas referidas específicamente a España (ciertos cambios constitucionales) todo suena a generalidades tantas veces escuchadas, derroche de voluntarismo idealista, todo bien razonado y a veces innecesariamente repetido, pero con escaso anclaje con la lamentable realidad actual, como sacar la paloma con la rama de olivo y entonar himnos a la paz en medio de una lluvia de misiles. Creía uno, ingenuamente desde luego, que se podría encontrar alguna propuesta, ideas que invitasen a engancharse a una posibilidad de salir de este marasmo, una luz entre el humo que se vende y el fango de la sobreactuación, pero me temo que si queremos algo más que buenas intenciones habrá que buscar en otros sitios. 


viernes, 20 de marzo de 2026

Alfred Kubin: La otra parte

Idioma original: Alemán
Título original: Die Andere Seite. Ein Phantasticher Roman
Traducción: Juan José del Solar
Año de publicación: 1909
Valoración: Obra maestra (aunque irregular y no necesariamente recomendable para todo el mundo)

La otra parte es una obra maestra de la literatura fantástica. El austríaco Alfred Kubin, conocido dibujante, grabador y pintor de estética expresionista, la escribió, al parecer, de manera convulsiva durante una crisis creativa como artista plástico.

Cubre la llegada y estancia de tres años de un narrador innominado en el Reino de los Sueños, un país fundado por por Claus Patera, amigo de juventud del protagonista. El Reino de los Sueños destaca por sus peculiares habitantes, costumbres, vestimenta, geografía, arquitectura, economía, etc... 

Aunque la novela arranca con algún que otro elemento maravilloso que roza lo mágico, no es hasta la segunda mitad que adquiere un marcado tono entre fantástico y onírico (o, mejor dicho, pesadillesco), y en su clímax ya se decanta abiertamente por lo espectral y apocalíptico. 

De ella me han sorprendido varias cosas:

  • La innegable calidad de su prosa (sensible o vigorosa según se tercie, demuestra que Kubin era tan hábil con la pluma como con el lápiz, el buril o el pincel). 
  • Su innegable creatividad.
  • Su lograda atmósfera (surrealista, difusa, inquietante y tenebrosa). 
  • Su absorbente argumento (salpicado de escenas memorables en su composición visual)
  • Sus fascinantes misterios (sobre todo el que cuestiona si Patera es el titiritero que mueve los hilos o una marioneta más). 
  •  Sus irrepetibles personajes (apenas perfilados, pero visualmente distinguibles los unos de los otros y capaces de dar mucho juego al interactuar entre ellos).
  • La frescura que aporta al conjunto la aparición de Hércules Bell, el americano que se opone a Patera y pretende destruir el Reino de los Sueños. 

A todo lo anteriormente mencionado hay que agregar que La otra parte resuena particularmente con mis gustos como lector. A fin de cuentas, abunda en ideas extrañas, siniestras y terroríficas, presenta ocasionales destellos de humor negro y, en ciertos apartados, recuerda sobremanera a Franz Kafka (quien, de hecho, se inspiró en el universo de Kubin).

La novela puede interpretarse de muchas maneras; por ejemplo, como una desencantada fábula sobre el poder absoluto, la pérdida de la fe en la divinidad, lo azaroso del destino del hombre, lo postizo de las utopías, el colapso de las civilizaciones o lo infructuosa de la búsqueda de sentido. 

Apenas le pondría algunos reproches (minúsculos, advierto) a La otra parte

  • Que su voz narrativa se toma ciertas licencias (como por ejemplo mimetizarse con la perspectiva de Bell en un único capítulo) que escapan a las atribuciones de la primera persona.
  • Que su argumento a veces se estanca.
  • Que determinadas escenas carecen de transiciones. 
  • Que no separa unos cuantos párrafos en la tercera parte, capítulo VIII, que respirarían y se sentirían más orgánicos si así fuera.
  • Que emplea de forma desconcertante el verbo evolucionar en las páginas 267, 271 y 274.
  • Que su final se desinfla un poco (no porque le falte fuelle, sino porque no podemos evitar compararlo injustamente con la majestuosidad de aquello que lo precede).
  • Que se cierra con un capítulo abstracto que intenta dar (sin mucho éxito, a mi modo de entender) empaque al conjunto referenciando el dualismo pendular, concepto que aparece un puñado de veces a lo largo del texto pero que nunca acaba de cuajar.

En resumen: la novela de Kubin es a todas luces fruto de un talento artístico monstruoso. Pese a que tiene alguna aspereza, no creo que funcionara igual de bien si se la puliera respondiendo a criterios puramente literarios y narrativos. Y es que su textura irregular emula perfectamente a la de los sueños, con su lógica interna aplastante, su inquietante familiaridad y su esquivo significado y simbolismo.

La edición de La otra parte que yo he leído se la debemos a Siruela. Tiene tapa dura e incluye las cincuenta ilustraciones que el propio Kubin le dedicó a esta historia. La única pega que le pondría es que la imagen de la cubierta, un dibujo del autor titulado El último rey, está algo pixelada.


jueves, 19 de marzo de 2026

Contrarreseña: Hamnet de Maggie O'Farrell

Idioma original: Inglés

Título original: Hamnet

Traducción: Concha Cardeñoso

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable

Primero, coincido con la reseña original en lo esencial: la novela está bellamente escrita. Se percibe el trabajo y la atención al detalle en cada página. No tengo ningún reparo en lo que respecta a la forma. Si acaso, se ha elogiado mucho el ritmo y el uso de los saltos temporales; a mí me parecen un recurso innecesario, aunque no por ello le resten valor a la obra.

Mi problema con el libro va más allá de lo estrictamente literario. Tiene que ver, más bien, con el uso de un personaje histórico para manipular al lector. Y esto ocurre tanto en el plano del argumento como en el de la campaña publicitaria de la novela.

Para explicar el primer punto, puedo recurrir a otra obra como comparación. Cuando se estrenó Joker, de Todd Phillips, se utilizó un personaje conocido por todos para contar una historia determinada. Sin embargo, esa película bien podría haber narrado la vida de cualquier individuo desajustado (ahí está, por ejemplo, Taxi Driver) sin necesidad de encajar a la fuerza al Joker en ella (las partes que se entrecruzan con la historia de Batman no tienen ninguna relevancia). Pero el hecho de que sea el Joker garantiza las salas de cine llenas.

De igual manera, Hamnet podría haber sido simplemente la historia de un niño y de su madre. No cambiaría gran cosa si el padre fuera un granjero analfabeto cualquiera en vez de Shakespeare. Como en el caso de Joker, esa elección obliga a la autora a forzar ciertos elementos de la historia sin que ello resulte realmente necesario. En el posfacio, Maggie O’Farrell cuenta que decidió incorporar la historia de la epidemia para dar un sentido más ominoso a la muerte de Hamnet, pero esa decisión acaba sintiéndose añadida desde fuera, como una carga de significado que la novela no necesitaba para sostenerse.

Claro, en la ficción se valen muchos trucos, pero aquí el truco acaba por volverse el centro mismo de la propuesta. No estamos ante una novela que necesite de Shakespeare para pensar mejor el duelo, sino ante una novela que usa el nombre de Shakespeare para intensificar artificialmente su resonancia. El lector no solo lee la tragedia de una familia: lee, sobre todo, la tragedia de la familia de Shakespeare. Y esa diferencia importa, porque introduce de entrada una carga emocional y simbólica que la obra no se gana del todo por sí misma, sino que hereda del prestigio histórico y cultural de sus personajes. 

Dicho de otro modo: O’Farrell no parte de una situación novelesca y la desarrolla hasta volverla conmovedora, sino que parte de un material que ya llega rodeado de aura. El hijo muerto de Shakespeare, la posible cercanía entre Hamnet y Hamlet, la esposa relegada por la historia oficial, el genio ausente en Londres mientras la tragedia ocurre en un pueblucho. Todo ello compone un dispositivo casi perfecto para predisponer al lector a la emoción, a la reverencia y a la interpretación.

Y ahí entra el segundo punto: la campaña alrededor del libro. Porque Hamnet no se vendió solo como una novela notable, sino como una especie de revelación íntima sobre Shakespeare; casi como si O’Farrell hubiera iluminado una zona ciega del canon y devuelto voz a quienes la historia había silenciado. Esa operación es muy eficaz comercialmente, desde luego, pero también es discutible. No se nos ofrece únicamente una ficción: se nos invita a leerla con el prestigio suplementario de estar rozando una verdad emocional sobre el mayor escritor en lengua inglesa. La novela se beneficia así de un doble blindaje: por un lado, el prestigio literario de su prosa; por otro, el magnetismo casi inagotable de Shakespeare.

Mi objeción, entonces, no es que O’Farrell ficcionalice una vida ajena (la literatura lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo), sino que aquí la ficcionalización parece menos interesada en interrogar el pasado que en apropiarse de él para producir un efecto reconocible y rentable. Se toma una grieta de la historia, un dato sugestivo, y se construye a partir de él una maquinaria sentimental muy afinada. Pero una cosa es imaginar y otra explotar. Y en Hamnet, a ratos, la frontera entre ambas se vuelve borrosa.

Por eso tampoco termino de comprar una de las ideas más repetidas en torno a la novela: que rescata del olvido a Hathaway. En realidad, no rescata a una mujer histórica, sino que construye un personaje híbrido a partir de sensibilidades contemporáneas. Esa Agnes intuitiva, casi telúrica, ligada a los saberes naturales, marginada por un entorno masculino y por la posteridad del marido, responde demasiado bien a cierta imaginación actual del pasado. Es un personaje eficaz, sí, y por momentos incluso poderoso, pero también calculado. Más que una figura descubierta, parece una figura diseñada para encarnar una reivindicación legible y emocionalmente atractiva para el lector de hoy.

Nada de esto significa que la novela no funcione. Funciona, y muy bien, en muchos pasajes. Hay escenas de dolor, enfermedad y duelo que están narradas con una sensibilidad indudable. Pero precisamente por eso me resulta más frustrante: porque debajo de esa prosa excelente percibo una operación oportunista. Como si el libro no confiara del todo en la fuerza de su propia historia y hubiera necesitado apoyarse en la celebridad de Shakespeare para volverse imprescindible.

Pueden leer la reseña original aquíHamnet

Otros títulos de esta escritora reseñados en Un Libro Al Día: Tiene que ser aquíLa primera mano que sostuvo la míaEl retrato de casada

miércoles, 18 de marzo de 2026

Agustín Alonso G.: Demarquía

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Recomendable

España. Año 2026 + x (siendo 10<x<20, aprox). El hartazgo que llevó al 15-M y al auge de la extrema derecha ha dado paso a la demarquía, sistema político por el cual los representantes del pueblo son elegidos mediante sorteo puro y duro, aunque el Presidente del Gobierno sigue siendo elegido mediante votación "al uso". 

Este punto de partida nos puede traer a la cabeza a Jose Saramago (Ensayo sobre la lucidez) o a Michel Houellebecq (Sumisión) y nos puede llevar al terreno de la utopía, de la distopía o de la ficción política, pero esto no sería del todo correcto porque, transcurridas unas páginas, el autor pone el foco en algunos de los parlamentarios electos y en sus circunstancias personales, lo que hará que la novela tome la vía balzacquiana o galdosiana. 

Por lo tanto, la obra de Agustín Alonso retrata la realidad social y política del país (sí, alguno dirá que es una novela woke porque en la novela hay negros, homosexuales, etc pero esto ya no es el país uniforme de hace unos años, chavales) haciendo que personajes de diversas edades, procedencias geográficas y sociales, ideologías, etc ocupen el centro del texto. De hecho, y aunque no sé yo si el autor estará muy de acuerdo, creo que Demarquía es una "novela de personajes".

En cualquier caso, el componente político es innegable, tanto es así que será el avance en la tramitación de una nueva Ley de Educación el hilo conductor que hará los personajes interactúen y se vean sometidos a presiones o tensiones que determinarán su comportamiento.

Sea como fuere, y metamos Demarquía en el saco que queramos meterlo, se trata de una utopía convertida en tragicomedia que mezcla hábilmente la ficción política con el retrato social y que posee una serie de virtudes a tener en cuenta:

  • ambición. No se llevan demasiado las novelas de 400 páginas y con muchos personajes. Tendemos a lo breve, pero a mi estos intentos "totalizadores", aunque puedan tener sus defectillos, me parecen dignos de alabar
  • personajes. Por lo general, los persanajes de Demarquía me parecen bien construidos en lo "argumentativo" y creíbles en sus voces. Su evolución resulta razonable y su actuación ante los acontecimientos de la novela es coherente.
  • lo posmo. Demarquía es parcialmente una novela decimonónica (ojo que esto no es peyorativo, ni mucho menos), pero enlaza con la modernidad gracias a la inserción de artículos, noticias, transcripciones de sesiones parlamentarias, etc que están plenamente justificadas en el desarrollo de la trama.
  • el guiño a los thrillers políticos setenteros, aunque no esté por aquí Robert Redford.
En la parte menos positiva dejo tres apuntes:
  • cierta tendencia a la sobreadjetivación en la parte inicial, relacionada con la presentación de personajes.
  • algunos personajes algo descafeinados. Cuando uno opta por meter tantos personajes existe el riesgo de unos "se coman" a otros. Aquí ocurre, creo yo, pero es producto de esa ambición de la que hablaba.
  • la parte más estrictamente "burocrática", que creo que rompe en parte el ritmo de la novela.
A pesar de estás "pegas", completamente subjetivas, me queda la sensación final de una novela recomendable que, como suele ser habitual, ha pasado bastante desapercibida. ¡Aún estamos a tiempo de arreglarlo!

P.S.: Tenía una entrevista grabada con Agustín que se ha perdido en el cementerio de discos duros. Una hora de charla de lo más interesante que queda para otra ocasión. A cambio, podéis escuchar el podcast del autor: El libro del año

martes, 17 de marzo de 2026

Leila Sucari : Casi perra

Idioma: español 

Año de publicación: 2023

Valoración: está bien

Una mujer de mediana edad, de quien no conocemos nunca el nombre, se sube al tren en alguna ciudad argentina, para bajarse en la última parada, en un pueblo de nombre improbable. Allí se instala en un camping, junto al río y se dedica a recordar y olvidar una relación sentimental con un hombre -de éste sabremos que es su psiquiatra o psicoterapeuta- mientras lleva a cabo una especie de purga física por medio de una ¿degradación? ¿Deconstrucción? ¿Toma de conciencia de su  condición animal y subsiguiente empoderamiento a través de la asunción de sus deseos femeninos? Yo que sé, la verdad... el caso es que tras pasar así toda la primera parte de la novela  -muy corta, por lo demás- y cuando parece que la narración se ha estancado, la mujer se traslada -o la trasladan- a un pueblo cercano, más fantasmal o metafísico que el anterior, si cabe y allí, en su segunda mitad, la narración toma otros derroteros y el lector (o lectora, pues quizás la novela esté más pensada para un público femenino, autoconsciente  y "echao p'alante", al estilo de buena parte de la literatura latinoamericana de más éxito en los últimos tiempos) llega a la conclusión que la primera parte de la historia no era sino una preparación para esta segunda, que es donde está el meollo de la narración y, sobre todo, de lo que pretende contarnos su autora...

En este segundo pueblo la protagonista tiene una relación romántico-sexual-alucinada con Diamela, una lugareña lectora de las Metamorfosis de Ovidio y ahonda en su liberación/autorrealización a través de la rendición ante sus instintos animales -de ahí el curioso título de la novela y ya he contado demasiado_; es todo muy confuso, empero y no queda claro hasta que punto la protagonista y narradora -se me olvidaba decir que la historia está contada en primera persona- nos explica lo que sucede en la realidad física, lo que ocurre en su percepción o imaginación o lo que puede deberse a una dimensión mágica o mística de su devenir... Tampoco es que importe mucho, la verdad: lo mejor es no tratar de entenderlo todo a la perfección y dejarse llevar por la prosa, que en ocasiones es arrebatadora e incluso magnífica, con momentos de gran lirismo -el primer encuentro sexual entre las dos mujeres, por ejemplo-, aunque en otros bordea peligrosamente no ya lo inverosímil, pues este adjetivo se cierne sobre toda o gran parte de la novela, sino lo ridículo. De ahí que yo, desde mi modesta competencia crítica, no me sienta capaz de valorar con mayor entusiasmo este libro; a las páginas o párrafos que me han subyugado seguían otras que enfriaban bastante mi ánimo. Por otra parte, la convivencia continua entre reflexiones más o menos intelectualizadas y otras mucho más epidérmicas y hasta soeces, si bien sirven para retratar el evidente desequilibrio de la protagonista (ojo, que no digo que esté cucú bananas del todo, de hecho, ese desequilibrio, ese dejarse caer en un vórtice dionisíaco parece necesario para su deconstrucción, etc.), no hacen más fácil el avance en la lectura, sobre todo en algún momento en que la narración se encalla un poco, como ya digo.

No obstante, estoy seguro que a muchos lectores o puede que, sobre todo, lectoras, les puede interesas sobremanera esta nouvelle que por momentos resulta intensa y absorbente. Quizás quienes la lean desde fuera de Argentina tengan algún problema con el castellano en el que está escrita (he de confesar que siento debilidad no sólo por la literatura argentina sino, más aún, por la que está provista de numerosos argentinismos bien puestos, aunque a veces no los entienda del todo), pero no es un obstáculo invencible, ni siquiera relevante, creo yo. Y, teniendo en cuenta la extensión del libro, tampoco su lectura será una gran pérdida de tiempo para nadie, en caso de que no le agrade. Ánimo y buena suerte.