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domingo, 7 de mayo de 2023

Enrique Vila-Matas: Historia abreviada de la literatura portátil

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1985

Valoración: Muy recomendable


Llegué tarde a Vila-Matas, como si dijéramos a los postres, cuando ya había lectores un poco cansados de esa fórmula (verdad, Santi?) que, por lo que cuentan los demás y he podido comprobar en un par de lecturas, viene a ser la herramienta básica que el escritor barcelonés utiliza en todas o la mayoría de sus novelas. Esa fórmula que consiste en un armazón narrativo quizá no excesivamente sólido, sobre el que se levanta todo un revestimiento hecho a base de citas y referencias, a veces reales, a veces apócrifas, aparición de personajes existentes o imaginados en proporción a veces difícil de determinar, juegos de identidad, fusión de elementos aleatorios, todo ello manejado con suma destreza, como quien hace malabarismos con frasquitos de explosivo.

Puede que todo eso empezase aquí, en Historia abreviada de la literatura portátil, un relato breve de hace casi cuarenta años, seguramente el primero que sirvió para que don Enrique adquiriese alguna notoriedad. Porque, aun reconociendo mi muy escasa autoridad para analizar su trayectoria, creo que en este libro están, en todo su esplendor, esos ingredientes que después han servido para aderezar sus sucesivas publicaciones. Aquí están las primeras piedras preciosas, en estado puro, sin desbastar, y son francamente atrayentes.

Allá por los años veinte del siglo pasado, un puñado de artistas crea una especie de sociedad secreta para pertenecer a la cual es necesario cumplir una serie de requisitos: que toda su obra sea susceptible de ser transportada en una maleta (aunque se admiten las miniaturas), mostrar un punto de insolencia, o comportarse como una máquina soltera (sic) son algunas de las sorprendentes y poco concretas normas de acceso. Aunque sí hay un acto fundacional, nada menos que en la desembocadura del Níger, no existe rito iniciático, ni nómina oficial de socios, es algo vaporoso como si se llamasen a sí mismos ‘los modernos’, o cosa parecida (me queda la duda de si Vila-Matas está haciendo algún tipo de selección racional muy sutil o es un simple juego intelectual). Así pasa uno a ser un shandy, referencia bastante obvia a Laurence Sterne, lo que a su vez enlazaría con cierta incontinencia verbal, gusto por la digresión, etc. Porque aquí todo va relacionado con todo, aunque sea de forma inverosímil.

En esa peculiar comunidad se encuentran decenas de nombres del arte y el pensamiento de la época: Francis Picabia parece uno de los impulsores del invento, Duchamp deja su sello en la idea misma de la portabilidad, con su famosa caja, y sobre todo con la extraña referencia a la soltería, sin duda con origen en el también famoso cuadro del que hablamos aquí; Walter Benjamin inventa una máquina para detectar libros ‘pesados y engorrosos’ (esto nos sería muy útil en el blog, la verdad); Paul Klee escribe una especie de diario de las reuniones del club, y Tristan Tzara incorpora una interpretación de sus principios a sus Manifiestos Dadá. Pero circulan además por el texto, y busco aleatoriamente entre las páginas, César Vallejo, Valery Larbaud, Lorca, Karl Kraus, Cendrars y su hija Miriam, Aleister Crowley (papel destacado), Huidobro, Man Ray, Georgia O´Keeffe… y muchos, muchos nombres más, algunos, creo yo, inexistentes. A veces con referencias a alguna de sus obras, otras con párrafos alusivos o en tono de parodia.

Es un puro disparate, un fascinante desparrame repleto de elementos metaliterarios, con una notable influencia de Raymond Roussel y la voluntad decidida de internarse, con ese mismo punto de insolencia shandy, en los entresijos de la creación literaria y artística, de darles una vuelta, al mismo tiempo con admiración e irreverencia, a las obras de todo ese gran listado de creadores. Todo esto lo vamos viendo mientras asistimos a varias de las multitudinarias reuniones que estos señores mantienen por ejemplo en un balneario de Praga, creo que también en Italia, y en la Sevilla de aquel homenaje a Góngora considerado el acto fundacional de la Generación del 27. Siempre momentos, obras, autores, que van quedando ligados por la loca historia de Vila-Matas. No solo ellos, sino a veces sus propias criaturas, como los odradeks de Kafka, o el Golem de Meyrink, travestidos en cosas parecidas pero diferentes, que acompañan o persiguen a los artistas allá donde van, sin duda otra metáfora juguetona.

Podríamos estar tiempo indefinido buscando el porqué de cada cosa que se cita, qué nombres son reales y cuáles no, por qué algunos contemporáneos no son mencionados, qué títulos o citas son auténticos, qué caracteres se han distorsionado, conexiones entre los personajes o con los lugares en que se encuentran. O hasta dónde ese submarino varado en la costa de Bretaña, último lugar de reunión de los shandys antes de su disolución, es una mera invención o hay en alguna parte algo que no es imaginado.  

El libro es como un festival de nombres célebres al servicio de ese juego metaliterario inteligente y desenfadado, a la vez que un ejercicio de insumisión a las normas convencionales y una relectura revoltosa de la historia del arte de hace un siglo. Disfrutón para quienes gozan con estas cosas, y me incluyo hasta cierto punto, pero ojo, no para todos los gustos, no para aquellos lectores a quienes todo este exquisito batiburrillo no les dice nada. Si más adelante la fórmula ha sido repetida con exceso, porque ha perdido frescura y vigor o se ha amanerado, es otra cuestión, porque en este libro en concreto el juego, compacto y controlable, deja un resultado muy notable.


Muchas de las obras de Enrique Vila-Matas en ULAD: aquí

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