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martes, 24 de agosto de 2010

Zoom: En la red de cristal que la estrangula..., de José Gorostiza


Idioma original: castellano
Año de publicación: 1939
Valoración: Muy recomendable


Éste es el penúltimo poema de Muerte sin fin, su obra más madura y emblemática. Una serena indagación personal, no lineal, no racional, sí sensitiva y metafórica, nacida de la pura palabra. Igual que el agua y el vaso, la idea y la expresión se adaptan una a la otra enriqueciéndose mutuamente.

Estos versos muestran los motivos de la tradición poética pasados por el filtro personal de su autor. El que sirve de arranque es la dualidad forma/contenido que se repite a lo largo de todo el libro casi obsesivamente. Las causas de este primer planteamiento se desarrollan en el resto del poema mediante el uso anafórico de “porque”.

Las imágenes van cayendo en cascada mediante asociaciones que sorprenden sin llegar a extrañarnos, el ritmo enérgico y ágil arrastra sin dar respiro hasta el júbilo del verso final. Este viaje vertiginoso no supone ningún esfuerzo: sólo hay que seguir la cadencia.

Gorostiza derriba el espejo, la frontera de la vida, para situarse a la vez en los dos lados. Por eso el poema recrea la existencia pero también su final (la muerte) y un estado previo que es, en definitiva, lo mismo (el no existir). El pasado y el futuro, el mundo y el interior del hombre, todo se abarca y se resume en este complejo poema cuyos significados y matices resultan inabarcables. Desde el otro lado de la vida se contempla el trayecto recorrido, pero estamos a la vez en los dos lados.

El vaso da forma fija al agua y su carácter fluido no se pierde, por eso tiembla y se estrangula, es corriente, glacial y tiene pulso. El hombre, la vida, son dinámicos, el aspecto que le dan las circunstancias puede cambiar al momento siguiente, su naturaleza le impulsa a moverse a evolucionar (o involucionar), a veces, incluso, a formar remolinos, aunque esto le atormente, hasta que llega el momento final, el del quebranto. Entonces se desemboca en la nada, que es la muerte. Y, en medio, toda la riqueza del existir, con sus luces y sombras, mediante un despliegue metafórico riquísimo dirigido a los cinco sentidos. Las imágenes visuales y auditivas, olfativas, táctiles se amontonan, muchas veces unidas en un mismo elemento, como el mar o animales muy sonoros – entre ellos, la golondrina – o los instrumentos musicales, en una genial mezcolanza que abarca tanto la naturaleza de tierra y universo como referencias a personajes históricos, la diversas luces diurnas y los sentimientos humanos encarnados en una abigarrada fauna marítima y terrestre. Con ello se nos viene a decir que la vida es lenguaje y viceversa, porque sólo lo vivo, habla, sea para trasmitir belleza, tristeza, maldad o cualquier otro contenido hostil o amigable.

De esta forma, el goce y el dolor, el misterio, el nacimiento y la muerte, el horror, la belleza, todo el ciclo vital con sus elevaciones, caídas y descubrimientos, está aquí representado. Pero quizá la idea fundamental sea que cualquier ser vivo (y el hombre no va a ser menos) empieza a morir desde que nace. Y la muerte significa el cese del sonido, el silencio, ya que es una involución de la vida: lo orgánico se vuelve mineral y, al desintegrarse regresa a su (nuestro) estático origen.


El significado de un buen poema no se agota nunca, pero eso es lo de menos pues la poesía no existe para ser descifrada como si fuera un jeroglífico. Ni hay que buscarle el secreto, el único secreto es abandonarse a las palabras sin hacerse preguntas, en una lectura o en mil. Por eso, y, como no hay comentario que pueda hacer justicia a un poema, es mejor que lo leáis y lo escuchéis.

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