Idioma original: catalán
Año de publicación: 2004
Valoración: casi imprescindible
Escribo esta reseña en marzo de 2026. Me apresuro a reservar la fecha de su publicación, como efemérides (esos aviones que jalonan la portada), vigésimoquinto aniversario de una de esas fechas que estructuran el recuerdo de varias generaciones. Sin descartar que lo hagan a costa de todas las posibilidades visuales que los tiempos ofrecían, no olvidemos que la revolución iba a ser televisada, y qué mejor ejemplo de la inmediatez y la omnipresencia que esos dos colosos desmoronándose, cambiando un orden mundial que desplazó, con la caída del muro, el terror de Occidente, desde el lado de la ideología al otro lado, el de las creencias religiosas. Aunque sea una conclusión reduccionista.
Curioso, por eso, que ese no fuera el primer motivo de que me decidiera a recuperar a Monzó (siempre reivindicable), sino la mención del artículo en que se aborda la cuestión de Barcelona.
A diferencia de sus novelas, de leves tonos surrealistas, y de las oportunas recolecciones de sus artículos donde siempre aborda aspectos extraños y caleidoscópicos sobre el comportamiento humano, en Catorce ciudades contando Brooklyn nos encontramos con un Monzó pletórico (si un día digo en su prime autorizo expresamente a que cualquiera acuda a mi puerta y me descerraje un tiro en la nuca) en su guisa de cronista, aspecto que siempre se muestra latente en sus artículos, pero aquí estalla de manera portentosa. Este es un libro de crónicas sin ser un libro de viajes exactamente. Monzó es un observador de lo que sucede a su alrededor y un prodigioso filtrador de detalles que parecen nimios pero que se convierten en piezas de un mosaico enormemente fiel a la realidad. Su agudeza es proverbial, aunque pase por su sesgo como escritor (como escritor moderno y referencial, incluso en 1989), no hay una línea que pueda desperdiciarse, a la que pueda achacarse que el autor se pierde en ejercicios de frivolidad. Tenemos un recorrido que empieza en Praga y Bucarest recién caído el muro, dos ciudades que a duras penas se restriegan los ojos sorprendidas ante el súbito final de regimenes totalitarios y necesitan procesar el advenimiento de otros tiempos. También tenemos a Praga transformada algunos años después. Tenemos a Barcelona, con sus Ramblas lanzadas a tumba abierta a una decadencia absoluta. Roma, Copenhague, Frankfurt, visitando un aeropuerto que tenía una sex-shop.
Brillantes movimientos que nos llevan a los dos grandes hitos del libro: Monzó, antiguo residente, es enviado a Nueva York, pasados pocos días del 11-S. Su disección, comprimida en extensos artículos sobre una ciudad que aunque nunca duerme, ha sido obligada a despertar, es magnífica, clarividente, locuaz, divertida sin dejar de ser respetuosa. Una narración amena, fascinante e inteligente que merece ser releída y disfrutada, no exagero lo mínimo. Y Jerusalén, algunos años más tarde, que se convierte en una especie de complemento o track adicional, por todo lo que representa como repercusión de ese caldo de cultivo, de esa maceración de una visión cuyo alcance apenas podía vislumbrarse por aquel entonces, 2004.
Escribo esta reseña en marzo de 2026. El día que la escribo, Irán e Israel siguen enzarzados intercambiando misiles que parecen tener objetivos cada vez más indiscriminados. En el mundo occidental surgen, cada vez menos tímidamente, voces que cuestionan el momento (¿por qué, más de cuarenta años de régimen de ayatolás, justo ahora?) y el propio hecho de la intervención. Veremos, y espero que quienes estábamos en ese momento estemos hoy para leerlo.
Previamente reseñado de Monzó en ULAD, aquí

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