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viernes, 24 de noviembre de 2023

Mark Bowden: Matar a Pablo

 Idioma original: inglés
Título original: Killing Pablo.
Traducción: Sandra Lafuente
Año de publicación: 2001.
Valoración:  muy recomendable 

Puede que la lectura de Matar a Pablo, dos décadas tras su publicación, quede mediatizada por el progresivo ascenso de la mitología en torno a su persona, a la que no negaré que Narcos, excelente y célebre serie, haya acabado de dar el empujón. 

Aunque hay que evitar ese tipo de cosas. Pablo Escobar ordenó muertes de inocentes porque eran familiares o afines de quienes le perseguían a él. Le dio igual que fueran funcionarios públicos ejerciendo la labor que les exigía su profesión, políticos que querían descabalgarlo de su inmenso poder, competidores en sus negocios o gente normal que no aceptó aquello tan famoso por una de las expresiones por las que también pasó a la posteridad: plata o plomo.

Así que siento decepcionar a quienes piensen encontrarse aquí una narración de pleitesía y veneración velada, porque Bowden, es, por encima de todo, un periodista, y esta es una brillante crónica de la ascensión y caída del jefe de una organización criminal que en la cumbre de su éxito quiso encarnarse en una especie de Robin Hood a base de comprar voluntades y adoptar una muy conveniente aura de disidente contra el poder. Esa espiral también implicaba que su huida hacia adelante no tenía opción de retorno.

Matar a Pablo solo tiene en contra el que todos esos hechos formen parte de la cultura contemporánea y que se haya llegado a banalizar su figura, con lo cual para los interesados queda, que no es poco, ese crescendo, esa dosificación de la historia que adquiere un tono épico a medida que adquiere poder, fortuna, relevancia, a medida que se embarca en febriles aventuras de representación política, en descabellados pulsos a los poderes no ya de su nación sino de los Estados Unidos, con lo que pasa a ser un enemigo común que obra el milagro de las extrañas alianzas entre quienes quieren ya no capturarle o perseguirle sino destruirle. Bowden construye de forma magnífica esa progresión y solo puedo alabar que, aún sabiendo (¿quién no?) cómo va a acabar todo, el libro mantiene el suspense, la atención, como pocos pueden conseguirlo, con lo que otra vez nos encontramos con lo que es básicamente otra obra de investigación periodística que trasciende géneros. 


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